Capítulo

2

Para el destino, no había sido suficiente con los dos acontecimientos anteriores. Faltaban los que iban a terminar por joder definitivamente mi infancia. Por infancia entiendo hasta los 7 años de edad. Ya descubriréis más adelante porque esto es así.

Pongámonos en situación. Yo, desde que recuerdo, siempre había tenido una mancha en una de las ultimas vertebras. Bueno pues, cuando ya había sobrepasado los 4 años de edad, esa mancha se convirtió en un bulto. Ese bulto picaba horrores y no paraba de hacerse más grande. Al principio mis padres me decían que era una irritación que había crecido por rascarme tanto. Al ver que eso no decrecía, decidieron llevarme al médico. Fue inútil pues el diagnostico del médico fue, simplemente, dejarlo avanzar para descubrir que era. Por supuesto que descubrimos que era. Un día, a si por las buenas, el bulto, que tenía una capa de piel encima, se rompió y apareció, para el asombro de todos, una cola de mono. ¿Desde cuando a los niños les crece cola? Yo no lo entendía, en realidad no entendía nada de lo que me pasaba.

Esto agravó el rechazo de mis padres, familiares y cualquier persona que me viera hacia mí. Como ya nadie quería jugar conmigo, ni hablarme más de lo imprescindible, tenía que buscarme un entretenimiento. Así, leer se convirtió en mi mayor hobby. El aprender pronto y rápido a leer, lo hizo posible. Recuerdo que me gustaba leer sobre todos los temas, desde ciencia hasta fantasía. Me sumergía completamente en los libros que leía. Mi hermana siempre me estaba trayendo nuevos libros de la biblioteca para que me los leyera. En aquella época amaba leer. Me imaginaba a mi mismo en las situaciones de los protagonistas y aprendía muchísimo de las historias. Cosas diversas como hacer una fogata o sacarte el veneno de una picadura. De los libros que más aprendí sin duda fueron de los científicos.

Además tenía otras formas de pasar el rato, aunque estas eran minoritarias. Me gustaba ver cocinar a mi madre y también ver a mi padre montar y desmontar aparatos electrónicos y también verle poner enchufes en la casa.

Respecto a la familia, las únicas personas que no me veían raro eran mi abuelo materno y el hijo del hermano de mi padre, es decir, mi primo. Me lo pasaba bien escuchando las historias que mi abuelo me contaba. Unas veces eran sobre anécdotas, y otras sobre cuentos que se inventaba. Yo le quería mucho. Con mi primo me lo pasaba bien jugando al fútbol, al baloncesto o a la play. Además nos contábamos todo, aunque yo no tenía mucho que contar. Solo le contaba cosas que había leído en libros. El no era mucho mayor que yo. Tenía tres años más y no tenía ningún hermano. Por eso me trataba como si yo lo fuera. El me protegía y se enfadaba cuando los adultos me miraban raro. Solía decir un

- ¿Que miras ? -o cosas de ese estilo. También me dijo que, para evitar que se me viera, la enroscara en la cintura y la tapara con la camiseta. De este modo cesaron las miradas de la gente cuando yo estaba en la calle.

Un día, me dio otra advertencia que no entendí muy bien. Me dijo

- Nunca mires la luna llena

- ¿Por qué? -le pregunte yo.

- Porque, si la miras salen monstruos y estos nos mataran a todos. Por eso es importante que no la mires -concluyó mi primo Maikel.

Yo no reflexione sobre esto y me limité, simplemente, a obedecerle.

A esto es a lo que dediqué mi infancia. También iba a la escuela aunque esta era tremendamente aburrida porque, y perdonad por insistir, pero nadie se acercaba lo más mínimo a mí a no ser de que le obligara la profesora. A menudo pensaba que se sentiría al tener amigos, pero no conseguía imaginarlo. Lo más parecido a unos amigos eran mi abuelo y mi primo.

Poco a poco las relaciones con mis padres fueron empeorando. Yo no solía pensar en las consecuencias a la hora de hacer las cosas y eso provocaba incidentes domésticos. Un día intenté hacer fuego en casa, y lo conseguí, pero no pensé en como lo iba a apagar. Mi padre lo apagó y bronca para mí por hacer fuego en casa. Así con muchas otras cosas que intentaba. Las broncas de mis padres eran cada vez más fuertes y esto produjo un rechazo mutuo. Cada vez les obedecía menos, y ellos cada vez me restringían más.

º º º

Para acabar de construir la imagen de monstruo que tenían mis padres y hermana de mi, ocurrió una de mis peores vivencias.

Yo ya tenía los 6 años de edad y estábamos a 3 de agosto. Mi abuelo llevaba casi 3 meses en el hospital porque, de fumar, había desarrollado un cáncer en el pulmón. Ya, en agosto, estaba muy mal y no paso de aquel día.

Yo estaba en mi casa, sin saber que mi abuelo había muerto, leyendo como siempre. Oí la puerta y supuse que eran mis padres que habían vuelto de visitar a mi abuelo. Fui a preguntarles como se encontraba.

- ¿Qué tal está el abuelo?

Mi padre me respondió con una voz fría y sin tacto alguno.

- Tu abuelo ha muerto

Esas palabras se clavaron en mi mente. Un fuerte sentimiento de rabia e ira se apoderó de mí. Un aura dorada rodeó mi cuerpo, mis ojos soltaron lagrimas y se volvieron verdes puros y el pelo de todo mi cuerpo, cola incluida, se volvió rubio al mismo tiempo que el de la cabeza se endurecía y tomaba otra forma distinta a la que estaba acostumbrado.

- ¡¿ Por qué ?! - grité con todas mis fuerzas.

Al finalizar el grito, volví a ser como antes. Mis padres quedaron atónitos ante el acontecimiento. Les miré, baje la cabeza y me fui a continuar llorando a mi habitación.
Esos son los acontecimientos más relevantes que marcaron mi infancia.

º º º

A se me olvido mencionar una pequeña cosilla que me pasó. Recuerdo que hacía poco que había cumplido los tres años.

Un día mi madre encontró una fruta muy parecida a una piña en la frutería. El frutero la dijo que si estaba en el lugar de las piñas, sería piña. Mi madre la compró y la partió en rodajas para comérsela.

En ese momento yo pasaba por ahí y mi madre me dijo.

- ¿Quieres un trozo?

Yo asentí con la cabeza y me subió a sus piernas.

- No sé a que sabe -dijo y continuo diciendo- y vas a ser el primero en probarla.

Me comí el primer trozo y me lo tragué. Puse mucha cara de asco y le pedí a mi madre agua. Me la dio y me la bebí para quitarme ese amargo sabor. A pesar de que sabia horrible mi madre se termino el plato.

Ya, de noche, me empezó a doler la cabeza y llamé mi madre. Me puso el termómetro y este, después de unos segundos, pitó. Marcaba 36,7.

- Te está entrando fiebre -dijo mi madre.

Nos fuimos al médico. El dolor no paraba de aumentar y en esos momentos pensé que mi cabeza iba a explotar.

Cuando llegamos, el médico me volvió a poner el termómetro y este marco 40 y algo. La fiebre era altísima así que el. médico solicitó que me quedara en observación. Estuve ingresado 5 días hasta que la fiebre cesó. Recuerdo que, los primeros días de mi estancia, el dolor hacía que fuera insoportable estar despierto pero, con el paso de los días, esta fue retrocediendo hasta que finalmente mi cuerpo alcanzó su temperatura normal y pude volver a casa.

El médico dijo que no sabían que había causado la fiebre pero que estaban seguros de que no había sido, ni un virus ni una bacteria.

- Se ha curado solo. No le hemos dado ningún medicamento porque no tenía ninguna enfermedad. No sabemos lo que le ha pasado -y terminó diciendo con gesto serio hacia mis padres- es necesario mantenerse alerta por si le vuelve a ocurrir.
Jamás me volví a poner tan mal como esa vez.