Y sí, yo de nuevo...
No tengo mucho para decir, excepto disculparme por la brevedad del capítulo y por el tiempo que dejé pasar para subirlo. A decir verdad lo acabo de escribir, y no estoy muy conforme. Tenía pensada otra cosa, incluso, otro personaje, hasta que me senté a escribir la primera frase. Y el resto surgió.
A ver que les parece... dejen reviews, opiniones, críticas, o un silencio.
Saludos a los posibles lectores de esta historia...

Samara, la Cuenta Cuentos.

Recostó la espalda por un momento muy breve sobre el tronco de uno de los árboles del bosque prohibido para descansar después de toda una tarde de ininterrumpida búsqueda. Su trabajo era su pasión y no se daba tregua cuando se trataba de encontrar algo tan valioso por sí mismo. Sabía que lo encontraría tarde o temprano, y además tenía ayuda. Miró a un costado y vio la silueta de Rolf como pintada contra el ocaso que se colaba entre los árboles más altos, concentrado en su trabajo. Estaba agachado frente a una roca grande y pulida, escarbando en la tierra con movimientos rápidos de la varita. A él no le gustaba ensuciarse, por lo que evitaba el contacto directo con la tierra, la roca, y con todo aquello que trabajaba. Ella, por el contrario, disfrutaba hundir las manos en la tierra o internarse en las profundidades de los lagos hasta la cintura para buscar sus tesoros. Eran muy distintos, pero a la vez muy semejantes, y ciertamente se complementaban a la perfección. Su esposo sintió su mirada clavada en su nuca y se dio vuelta para mirarla a la cara. Ella sonrió y dejó escapar un suspiro de cansancio.

-Se está haciendo tarde. Deberíamos volver y continuar mañana. –anunció solemnemente, irguiéndose y limpiándose los restos de tierra y pasto seco que se le habían pegado a las rodillas. Luna asintió con la cabeza dos veces, pero no se movió del lugar. Por un momento se había quedado maravillada con la visión de las ramas de los árboles moviéndose como en una danza tranquila que presagiaba una noche serena. Su pareja estaba acostumbrada a los desvaríos de su mente, de modo que no la interrumpió, simplemente se la quedó mirando hasta que ella salió del trance y se acercó a él.

-A veces extraño mucho Hogwarts… -susurró, con su mirada siempre soñadora, sentándose en la roca. Él se sentó a su lado y contempló su rostro maduro, las finas arrugas que le enmarcaban los ojos. –Creo que siento envidia por los niños. Iré a verlos en la mañana.

-Luna, prometimos no acercarnos a ellos para no incordiarlos. No deben saber que estamos trabajando aquí. –reprochó su esposo con tranquila severidad, arqueando una ceja. Ella suspiró de nuevo y lo miró con algo parecido a la súplica en el gris de sus ojos.

-Por favor, Rolf… sólo una tarde con ellos, en Hogwarts…

Rolf sabía que su mujer no extrañaba a sus hijos. No en ese sentido de la palabra, porque estaba acostumbrada a pasar mucho tiempo lejos de ellos, desde que eran pequeños. No podían llevarlos a todas sus excavaciones y descubrimientos, de modo que muchas veces tuvieron que quedar al cuidado de sus padres, o de Xenophilius, mientras ellos viajaban a alguna parte del mundo para encontrar un nuevo espécimen de bestia mágica, los restos de algún fósil desconocido. Ella extrañaba el castillo y deseaba vivir nuevamente esa experiencia. Había pasado mucho tiempo en él y todas las maravillas que solía contarle a sus gemelos estaban relacionadas con sus amigos del colegio. Él no podía negárselo. Habían pasado tantos años…

-Hablaré con el director. –se resignó finalmente, sin mirarla. Siempre terminaba cediendo a sus deseos.

-¿Lo harás? ¿Podré verlos? ¿Podremos entrar? –sus ojos claros se iluminaron con sincera alegría. Saltó sobre sus pies y lo abrazó por la espalda, apretando su pecho contra su cuerpo y enterrando la nariz en su nuca. No le importó tener las manos llenas de barro y mancharle la túnica a él con los restos de su búsqueda momentáneamente frustrada. Y tampoco a él pareció importarle, porque esbozó una sonrisa. Y pocas veces sonreía, a decir verdad, eso era casi un milagro. -¡Voy contigo!

-No, será mejor que te quedes aquí. Vendré a buscarte. Lo prometo. –aseguró su esposo dándole un beso en la frente y sin permitirle replicar nada. Lo vio salir del bosque con su andar pesado y suspiró, tan etérea como siempre. El cansancio de sus cuarenta años comenzaba a pesarle sobre los hombros, pero la idea de entrar nuevamente a su querido castillo y compartir una tarde con sus hijos en él le daba renovadas energías. Impaciente, dio un rodeo por entre los árboles de la zona que habían cercado para marcarse el lugar de trabajo, tarareando una canción. Recorrer el castillo, oler los aromas, acariciar las paredes de piedra. Contarles historias mil veces narradas a Lorcan y Lysander, comer un banquete, abrazar a su viejo amigo Neville, conversar con Myrtle la Llorona. ¡Cuánto deseaba volver a ser la niña que había dejado atrás, sólo por vivir nuevamente esos pequeños placeres!

Estaba tan absorta en sus pensamientos que se olvidó del motivo del viaje, de la especie en extinción que estaban intentando salvar, y de los dientes de potrillo de unicornio que estaban buscando para devolverle la vida a ese delicado animal. Olvidó que no tenía quince años y que las cosas habían cambiado mucho desde entonces, incluso ella misma. Su manera de pensar seguía siendo la de siempre, pero ahora era una mujer madura, hecha y derecha, con dos hijos y una vida a cuestas. Y lo olvidó todo por sentir la anticipación de lo que iba a pasar. Tan distraída estaba que no vio la raíz salida del árbol más alto del bosque y tropezó con ella hasta dar de bruces en el suelo. Se quedó un momento recostada, oliendo la hierba bajo su nariz, apretando el lugar del golpe con una mano y dejando escapar un quejido inaudible. Luego se sentó en el suelo y se miró las manos, avergonzada de sí misma.

Compórtate Luna, no has cambiado nada, se dijo a sí misma, presa de un remordimiento que no sabía de dónde venía. Miró alrededor e intentó ponerse de pie, pero comprendió que se había doblado el tobillo al caer, porque no pudo mover la pierna. Se masajeó la parte adolorida, esperando que cuando Rolf llegase a buscarla gritara su nombre para darle aviso de dónde estaba y guiarlo hasta a ella. Miró el cielo, ya completamente oscuro, y luego volvió a bajar la mirada hacia la hierba. Decidida a esperar quieta en su puesto, se acomodó lo mejor que pudo el pie en una posición que no le resultara incómoda y jugueteó con las puntas de sus cabellos, esperando.

Quince minutos después, Rolf todavía no llegaba, y ella comenzaba a impacientarse, preguntándose por qué tenía que tardar tanto. Acarició la hierba a su paso con la mano derecha y suspiró. Sus dedos tocaron una piedra y jugueteó con ella entre los dedos inconscientemente, pensando todavía en su marido y en sus hijos, y en el gusto que le daría volver a ver su castillo, su colegio, su hogar.

Alzó la cabeza con cansancio para mover el cuello de una posición demasiado rígida y lo que vio la paralizó, dejando caer la piedra que tenía en las manos.

Había durado sólo un instante, por lo que creyó que había sido sólo una alucinación. Además, al momento siguiente su esposo hizo su aparición entre los árboles, llamándola a todas voces.

-¡Estoy aquí, Rolf! –gritó lo más alto que pudo, saliendo de su involuntario trance. Cuando lo vio aparecer junto a ella y agacharse a su lado para ayudarla a ponerse de pie, dio una explicación innecesaria. –Tropecé con una rama salida de ese árbol y me doblé el tobillo.

-Vamos al castillo, ya tengo el permiso del director.

Ella asintió con la cabeza, pero cuando estaban por empezar a andar, se detuvo. Giró la cabeza para mirar hacia atrás y comprobar que, efectivamente, no había nadie allí.

-¿Qué sucede?

-Es solo que… -negó con la cabeza, segura de que aquello tuvo que haber sido uno de los desvaríos de su cerebro, agotado de tanto trabajar aquel día. –Nada importante.

Nada importante para él, en realidad. Porque para ella sí hubiera sido importante reencontrarse con su madre; aunque al contrario de lo que era su costumbre, pensó que estaba volviéndose loca por ver cosas donde no las había.

La Piedra de la Resurrección había vuelto a actuar, pero quien tuvo la oportunidad de ponerla a prueba, no tuvo sin embargo suficiente tacto como para reconocer su poder. Y ahora reposaba en la tierra, en el mismo lugar de siempre, en las profundidades del bosque prohibido.