Aunque Souichi se quejara de que Morinaga lo tocase, tenía que admitir (muy, muy en secreto, dentro de sí) que sus manos eran agradables. Eran suaves, siempre gentiles y muy cálidas aun en invierno. Cuando se metían bajo su ropa y entraban en contacto con su piel, nunca le sobresaltaba la temperatura, pues siempre era perfecta.
Tal vez sus manos eran algo de lo que Souichi no podía quejarse con odio profundo. Entrarían, entonces, en la lista de cosas sobre Morinaga que no podía despreciar (desgraciadamente). Y esta se estaba haciendo bastante más larga de lo que imaginó en principio.
