– Tatsumi ¿Qué piensas? – Dijo Hilda probándose su nuevo bikini.
– Has engordado – Dijo sin prestarle atención, mientras leía el nuevo manga que le había robado a Furuichi. Sin dudarlo Hilda le asestó un golpe – ¡No es mentira! – Declaró – Tu barriga es enorme.
– Por supuesto que lo es rata de alcantarilla. Los bebés están creciendo – A sus seis meses de embarazo, el abdomen de Hilda se veía bastante prominente, por no decir que sus pechos también habían aumentado de tamaño. A pesar de esto seguía manteniendo su perfecta figura.
Oga lo sabía muy bien, hace dos años había contraído matrimonio con un demonio, a sus ojos, la más hermosa. No sabía cuándo ni cómo, pero de un momento a otro la rubia ya había echado raíces en su corazón. Era un tipo rudo y estúpido, y si bien estar enamorado no iba con su forma de ser, lo estaba, no podía evitarlo.
Miró nuevamente a la rubia, esta permanecía frente al espejo admirando la nueva figura que el embarazo le había otorgado "Es mi esposa – Se dijo a sí mismo – Está embarazada"
La rubia suspiró. Aun no se acostumbraba a verse así misma con una barriga tan grande.
– Hilda – La llamó Oga. Esta se puso frente a él – Te queda bien – Dijo a lo que posaba su mano sobre el vientre de su esposa. Hilda se sonrojó.
No estaba acostumbrada a recibir halagos de Oga, puesto que a pesar de haber decidido pasar el resto de su vida juntos, sus mezquinas personalidades no habían cambiado. Sin embargo, aunque no se dijeran sus sentimientos constantemente, ambos tenían la certeza de que estaban perdidamente enamorados y la confianza de que nada alejaría a su pareja de su lado.
Ni siquiera se dio cuenta de que quería hacerlo, hasta que la tuvo enfrente, inconscientemente su mano se posó sobre el vientre de ella. La sonrisa disimulada de Hilda, sumada a los pequeños golpeteos bajo sus dedos, lo complacían. Por supuesto seguía siendo el padre de Beel y Nico, pero los bebes que Hilda llevaba eran de él. Se acercó y tiernamente, para sorpresa de su esposa, besó su abdomen, en forma de una promesa tácita hacia esos dos pequeños, la promesa de que siempre los protegería. Al minuto siguiente, posó sus labios en los de la rubia. Esta le respondió el beso de inmediato. Después de guiar las manos de Hilda hacia su cuello, Oga asentó las suyas en la parte baja de su espalda, en un abrazó incómodo con la barriga de por medio. Se juró así mismo, que jamás dejaría que alguien dañase a su familia.
Gracias al salarió que el rey demonio les otorgaba a ambos, lograron agrandar la casa de los Oga, haciéndose así, de una habitación lo suficiente mente grande para los cuatro, contando por supuesto a los dos nuevos integrantes. Los padres y la hermana de Oga estaban extasiados, con la adición de estos pequeños a la familia. Habían comprado ropa, y Hilda trajo del mundo de los demonios, más de algún juguete demoniaco. Yolda la visitaba constantemente, ya que a pesar de no demostrarlo, estaba ansiosa por el nacimiento de sus sobrinos.
Lamia y Furuichi venían constantemente, este último había decidido seguir los pasos de su novia, estudiando medicina en el mundo humano. Lo que era, en definitiva, una sorpresa tratándose de ese idiota.
El día había llegado. Era hora del esperado viaje a la playa. Lamia, Furuichi, Hilda, Oga y los bebés, utilizaron a Alaindelon para llegar más rápido al lugar. Una lujosa cabaña facilitada por el cuatro ojos ricachón Himekawa.
– ¡Oga! – Grito Kanzaki – Ya era hora – Protestó.
Todos los demás ya se encontraban en el lugar.
– Aquí están las llaves de sus habitaciones – Himekawa se acercó dándoselas a Oga y Furuichi. Este último le lanzó una mirada pícara a su novia.
Luego de dejar sus cosas en las habitaciones, Hilda y Oga se dirigieron a la playa donde los esperaban los demás. Al pie de la escalera los miraba una sorprendida Kunieda, que apenas se enteraba de su llegada.
No pudo evitar mirar el vientre expuesto de Hilda "Es cierto – pensó – Está esperando a los bebés de Oga" Un nudo se formó en su garganta, a pesar de ello forzó una sonrisa. Estaba a punto de saludarlos, cuando Hilda tropezó. Instintivamente trato de socorrerla, pero antes de que se diera cuenta Oga la había sujetado.
– ¿Estas bien? – Preguntó Oga. El tonó de preocupación reflejado en su voz era algo que Kunieda jamás había escuchado viniendo de él. Hilda asintió – Idiota, ten más cuidado – La regañó, al tiempo que con su brazo alrededor del cuello de la rubia la acercaba a su pecho.
"Estaba preocupado – Asumió Kunieda" Era difícil para ella ver como el hombre que amaba, mostraba una faceta que nadie conocía, a una mujer, que claramente no era ella. Se retiró en silencio, por fin había comprendido que los sentimientos que albergaba no la llevarían a nada, y que lamentablemente ya era tiempo de dejarlo ir. Salió de la cabaña en dirección a la playa, esperando que el estar con sus amigas, aminorara el dolor que le provocaba tener que resignarse.
– Nene ¿Qué miras? –Le preguntó Yuko. Esta se sorprendió, hace ya unos minutos que observaba a Furuichi y Lamia. Ambos recogían caracolas en la orilla de la playa.
– Nada – Dijo. Hace dos meses se había propuesto dejar ese amor atrás, y aunque sentía una opresión en su pecho, podía sentir como poco a poco se iba haciendo cada vez más leve. Lo estaba logrando.
– ¡Vamos a nadar Kanzaki! – Gritó Yuko emocionada a lo que se arrojaba entre sus brazos.
– Ten más cuidado – La regañó Kanzaki, comprobando que la pequeña pancita de Yuko se encontrara bien. Habiendo hecho eso, fue arrastrado por una caprichosa y emocionada Yuko.
El grupo entero disfrutaba. Tojo estaba a cargo de la comida, Kunieda, Nene y Chiaki tomaban sol, mientras Furuichi intentaba, inútilmente, enseñarle a nadar a Lamia. Beel presumía ante Nico su habilidad de hacer castillos de arena, a su lado y siempre observándolos permanecía Hilda, protegida del calor bajo su sombrilla.
Sin saber quien propuso la idea, al cabo de unas horas se vieron jugando voleibol entre ellos. Ninguno había perdido su competitividad y mucho menos el orgullo. Jugaron sin parar hasta que el sol se ocultó.
Dentro de la cabaña, se reunieron en la sala de estar, continuaron su competencia, esta vez, jugando a las cartas. Kunieda y Furuichi lideraban, mientras que los demás, a pesar de hacer trampa no podían con ellos.
– Oga – Himekawa dijo señalando a la mujer que se encontraba a su lado. Al voltearse para ver, vio que su esposa yacía dormida en el sofá.
– Demonios – Dijo con pereza – Me retiro – Agregó, dejando su baraja sobre la mesa. A la vista de todos, tomó en sus brazos con extrema delicadeza a su esposa, llevándola como una princesa a su habitación.
Empujó la puerta con su cuerpo, cuidando que Hilda no se hiciera daño. En una de las camas yacían dormidos Beel y Nico. La otra, era para ellos. Dejó a Hilda sobre la cama, y con la excusa de permitirle dormir más cómoda, comenzó a despojarla de su ropa. Pero a pesar de que estuvo a punto de atacarla, se retractó y le colocó el pijama. Acostado a su lado, podía admirar el bello rostro de la demonio, aprovechando las ocasiones en las que podía verla con un rostro relajado.
En la otra habitación…
– Para – Rogaba inútilmente y sin convicción – Takayuki – Dijo entre jadeos. Hace un rato ya que habían llegado a su habitación, y sin darse cuenta, terminaron besándose sobre la cama.
– No me lo pidas – Dijo Furuichi, posicionándose sobre ella – Porque no puedo – La besó nuevamente. Sus manos acariciaban suavemente sus muslos y cintura.
Poco después de la boda de Oga y Hilda, la relación de los dos había comenzado, y a la fecha, esta era la primera vez que iban más allá de los besos. Si bien Furuichi era un pervertido, había sabido respetar a Lamia. Ella estaba consciente del esfuerzo que él ponía para contenerse y no hacerle daño, pero bien sabía también que estaba preparada para dar el siguiente paso.
Se estremeció, pero no se resistió a las caricias de su novio, sin oponer resistencia, dejó que este la despojara de su ropa dejándola solo con su ropa interior. Furuichi la miró dudoso durante unos segundos, ella solo asintió ruborizada. No hizo falta más, entre más besos y caricias llegaron al punto en el que ningún trozo de tela perturbaba el roce de sus cuerpos. Furuichi sintió las uñas de Lamia incrustándose en su espalda, podía entender que era producto del dolor que la penetración conllevaba. Habían avanzado mucho para detenerse en este punto, así que, haciendo un poco más de presión logro entrar por completo en su interior.
Cada beso era más dulce, y los constantes gemidos de Lamia no hacían más que alentarlo a seguir. La vergüenza había pasado a segundo plano, ya solo eran conscientes que de sí mismos. El placer se incrementaba con el vaivén de Furuichi sobre ella.
– Te amo – Susurró entre gemidos.
– Te amo – Respondió mirándola con una sonrisa.
Lo hicieron durante toda la noche, hundiéndose cada vez más en el otro, separando sus labios solo para volverlos a juntar en un instante. Al culminar, ambos dejaron escapar más de algún gemido. Dejando su posición entre jadeos, se recostó al lado de su novia aun desnuda. Piel blanca y tersa, y unos pechos, para él, del tamaño perfecto. No podía creer, que aquella mujer tan hermosa, se había entregado a él hace solo unos instantes. Viendo a su compañera ya rendida ante el cansancio, la cubrió a ella y así mismo con el edredón, cayendo finalmente, dormido sobre su pecho.
A la mañana siguiente, las parejas presentes fueron acusadas de no permitirles conciliar el sueño, pues las paredes que separaban las habitaciones no eran lo suficientemente gruesas como para aislar el ruido. Por supuesto todos se hicieron los desentendidos, sin lograr encontrar a los verdaderos culpables. Los culpables que en secreto se dedicaban una cómplice sonrisa.
