2. Rosa naranja

Enamorarse de Taichi no había sido difícil, en absoluto. Un poco frustrante, en ocasiones. Doloroso en la distancia, sin duda. También le había dejado con la sensación que ella no sabía si lo conocía o no, si podía encontrarse en sus ojos y verse tan brillante como se sentía o un espejismo genuino que él terminaría por olvidar.

Sora le decía que no había visto a Taichi sonriendo tanto desde hacía mucho tiempo, esa sonrisa luminosa de luz de sol que todos ellos adoraban, aunque no se lo dijeran en voz alta. Yamato, de todas las personas, había sido el primero en notar que ellos estaban juntos por esa estúpida sonrisa en su cara (sus palabras, no las de ella). Mimi hasta había logrado que él no la llamase princesa cada vez que quería molestarla y en alguna clase de metamorfosis, esa palabra quedó como una broma privada entre los dos. El superior Jou ocasionalmente los miraba por encima de sus gafas con la exasperación contenta que él siempre tenía con ella.

Mimi se sentía afortunada. Ella no había esperado ser correspondida cuando, tan solo unos meses después de su llegada a Japón, se confesó con Taichi. Sora le había dado un pequeño empujón alegando algo sobre devolver un favor, sonriendo alentadoramente. Mimi no le había mentido nunca a él, ni en sus interminables cadenas de correo, las ocasionales video llamadas o los encuentros puntuales de sus visitas a Japón y, a pesar de todo, Taichi se había sorprendido cuando ella le habló de sus sentimientos.

—Él es despistado —Sora la consoló cuando Mimi le explicó lo incierta que se sentía por el asombro inmenso de Taichi tras su declaración y el silencio que le siguió—. Él es despistado y si tarda más tiempo en responder es porque quiere estar seguro.

—¿Estar seguro?

—Sí. No creo que vaya a responderte con un tal vez.

Los ojos de Sora brillaban pero no se sentía tan segura como la pelirroja.

Mimi tenía suerte de haberse confesado en San Valentín, la paciencia era obligada por los rituales japoneses aún cuando ella lo odiase y contase los días para el Día Blanco. Parecía un truco para jugar con sentimientos ajenos, todos querían dar una respuesta sincera y no algún quizá... Pero el tiempo no debía estar establecido por otros. Cada uno debería...

Mimi no quería pensar en tradiciones. Lo importantes es que Taichi había tenido tiempo para pensar en su respuesta, Agumon le había dicho que sus chocolates eran deliciosos, que no era sorprendente porque parecía disfrutar toda comida, y Mimi pudo explicarle a Palmon lo que significaba para ella toda la situación.

Le había regalado rosas en respuesta... y con ese pensamiento recordó por qué estaba enojada con él.

—Es un tonto regalo —suspiró, pero la irritación no había disminuido ni tampoco el dolor sordo que había pintado una mueca en su rostro.

Sora tenía razón, desde luego, Taichi era despistado y Mimi, que no se llamaba ni Sora ni Hikari, sabía que podía perderse en uno más de una lista interminable. Para Taichi, eran importantes todos ellos. Ella no era menos, simplemente no era más tampoco.

Se arrojó en la cama, abrazando su almohada para dejar salir un sonido de frustración. No llegaba a ser grito ni suspiro, no era llanto dolido ni un quejido. Era ese sonido intermedio en la gama de turbulencias que todo lo abarcaban en esa paleta de emociones negativas. Si alguien tuviese que describir a Mimi, toda ella era rosa. Incluso su molestia.

Algo golpeó en su ventana. Lo ignoró.

Mimi había insistido, desde que regresaron a Japón y vio el nuevo apartamento, que se quedaría con la habitación con la ventana más grande y con mejor vista. Le gustaba asomarse para ver la ciudad y la gente, todos parecían apurados y grises a veces, pero también había luces y vida. Si Estados Unidos y Japón tenían algo en común era el universo de cemento que se asomaba en su hogar.

El segundo golpe fue más difícil de ignorar. No tenían un balcón tan grande como en su casa en América pero se asomó de todas formas.

Contra el gris de la ciudad, el naranja en Taichi resaltaba. También las flores rosadas y otros colores.

Mimi parpadeó y la sonrisa en su cara tenía el borde de una estrella.


Palmon y Agumon podrían no tener el mejor estilo, pero a Mimi le robaron una risita al verlos. Palmon tenía un kimono y Agumon una yukata así que la mano de Sora estaba involucrada, pero los peinados y pelucas eran pura elección de los digimon.

Su amiga pelirroja no los dejaría salir con peinados tan aparatosos.

—No iban a aceptar un no como respuesta —Taichi adivinó sus pensamientos y sonrió, amplio y divertido—. Querían estar aquí.

—¿Cómo me veo, Mimi? —preguntó Palmon y ella se preguntó quién le había enseñado a usar las pestañas postizas. No era la primera vez que la pregunta se le cruzaba por la mente.

—Te ves muy bonita, Palmon.

—¿Qué hay de mi? —Agumon parecía molesto por la falta de cumplidos.

—Agumon...

—También te ves muy bien. —Mimi le guiñó un ojo.

Agumon le dio su versión de sonrisa y luego le lanzó una mirada a Palmon que ella no podía definir de otro modo que orgullosa. Mimi se preguntó si habían tenido conversación sobre sus trajes, no le sorprendería en absoluto.

—Supongo que... quieres saber porqué vinimos. —Taichi captó su atención fácilmente y Mimi se giró para mirarlo. Se frotaba la nuca como solía hacer cuando estaba nervioso o apenado o una mezcla de ambos, la opción favorita de ella. Siempre es invaluable ver a Taichi nervioso.

—Espero que no fuera a lanzar cosas a mí ventana —ella no pudo evitar comentar, pero sintió algo menos pesado el corazón. Ella importaba.

—Palmon dijo que eso hacen en las películas —interrumpió Agumon, sin vacilación—... También íbamos a hacer una serenata, pero Palmon pensó que no sería buena idea.

—La última vez que había querido cantar Taichi fue terrible —Palmon miró con algo parecido a la simpatía, discúlpandose sin las palabras.

—Yamato y Mimi son la música —Agumon afirmó casualmente. Tras una mirada a su compañero, agregó:—. Pero Taichi mejoró.

—Mimi tiene una voz hermosa. —Palmon estuvo de acuerdo, luego miró a su amigo digimon con una pregunta en sus ojos—¿Habría sido mejor que la vez que él trató de cantar en el castillo?

Agumon alzó los brazos. —Jou pensó que era una mala idea.

—Sería más una tragedia que una comedia romántica...

Mimi parpadeó varias veces, la escena pintándose tan claramente en su imaginación que la risa brotó sin que pudiera detenerla.

Taichi miró con impotencia a los dos digimon, luciendo totalmente arrepentido de haberlos llevado y quizá un poco irritado con el rumbo de la plática entre ambos. Suspiró, suave y lentamente, pero una sonrisa se asomó en su rostro como el sol en el horizonte al amanecer.
Debería haber imaginado que los digimon no sabrían comportarse pero él no lo haría de ninguna otra manera, ese momento.

Tenían a sus compañeros con ellos, y Mimi reía. Sospechaba que era un don, porque cuando ella reía todo se sentía mejor.

—¿Por qué vinieron a tirar cosas a mí ventana, entonces?

Taichi simplemente le tendió la mano, una invitación, una disculpa. Lo cierto es, Mimi no dudó.


De niña, ella sabía, había pecado de caprichosa. Taichi también había sido otro, temerario e irresponsable. Los dos habían llegado al Mundo Digital con los mundos perfectamente cimentados en la infancia pero habían logrado construir mucho más desde ese punto. Mimi se encontró pensando en su versión más pequeña, que bajaba de un bote con forma de cisne y renegaba que Taichi le llamase princesa mientras dejaba que él la ayudase en una imagen reflejada del recuerdo. La risita brotó, suave y pequeña.

—¿Cómo encontraste este bote? —preguntó y se acomodó el cabello.

—Un mago nunca revela sus secretos —le dijo con una sonrisa.

—No eres un mago, creo que en este punto eres mi príncipe —sonrió ella cuando él arrugó la nariz en el título—... Aunque tampoco dices mucho tus secretos. No eres tan transparente como creen que eres.

Los ojos de Taichi se cruzaron con los suyos por un minuto. Su sonrisa no era luminosa, pero era sincera en su nimiedad.

—Podría decir lo mismo de ti, princesa. Pero todos somos diferentes de las versiones que tienen de nosotros.

Mimi ignoró la calidez de sus manos unidas. Quizá, algún tiempo atrás, le había temblado el aliento más que el corazón.

No sabía en qué punto eso había cambiado.

—¿Quién lo dijo? ¿Hikari?

Él bufó.

—Todo el mundo asume eso siempre. También puedo pensar en una cosa o dos.

Mimi torció la boca en falso disgusto y su expresión se volvió pensativa.

—Takeru lo endulzaría más y sé que esas palabras no son de Koushiro tampoco. Así que tengo a Yamato, Sora y Jou.

Taichi se rio en voz baja.

—Tal vez alguien mayor.

—Si es mayor al superior me quedo sin... ¿Hablaste de con el profesor Nijishima?

Taichi alzó un hombro.

—No le dije tu nombre. Hay muchas chicas en el Instituto.

Mimi se cruzó de brazos pero sonreían sus ojos.

—No tiene mucho que adivinar. Meimei se mudó después de lo que pasó con los digimon. Sora tiene otra pareja. Miyako no pasa tanto tiempo contigo como yo. Y Hikari es tu hermana.

Él sonrió, más divertido que apenado.

—Y sólo a ti te digo princesa. Supongo que es bastante obvio.

—Nadie te acusará de ser sutil —Mimi respondió. Tampoco era algo que aplicase a ella—. Pero todavía no me has dicho-

Sus ojos se encontraron una imagen inesperada pero familiar.

Oh.

—¿Es...?

—Había sido destruido por el Digimon Emperador pero después del reboot simplemente volvió. Tu castillo.

—Nunca fue mi castillo —respondió, admirando la estructura antigua que lucía, imponente, en la distancia—. Sólo era muy niña para verlo.

Mimi miró a Palmon sintiendo una punzada de vergüenza.

—¿Por qué estamos aquí?

—Creí que era un buen lugar.

—¿Un buen lugar? Taichi, recuerdas lo que pasó.

—Mi memoria no se reinició —respondió, con una pequeña sonrisa. Miraron a sus digimon a la vez, recuerdos similares pasando en el silencio, durmiendo en la memoria—. Palmon encontró este lugar en una de sus caminatas.

Se giró hacia su compañera.

—¿Recuerdas lo que pasó, Palmon?

—Algo.

Ella no entendía del todo como había funcionado el reinicio en sus compañeros digimon. Ellos habían recuperado la memoria, al menos parcialmente, en lo que los involucraba.

Palmon había llorado cuando recordó que había dejado a Mimi sin despedirse en una ocasión y tuvo que convencerla que no había sido así, que al final habían llegado a despedirse. También era cierto que había huecos en la memoria, piezas faltantes. Koushiro lo había atribuido a la intensidad de las emociones atadas a esos recuerdos. Algunos eran angustiantes en exceso, y por eso Tailmon había sido capaz de rememorar a Wizardmon incluso contra todo pronóstico.

—¿Y qué estamos haciendo aquí?

—¿No es obvio? Vamos a crear nuevos recuerdos. Mejores recuerdos.

Taichi le tendió la mano otra vez, una invitación.

Mimi tampoco dudó esa vez. Y estarían bien, ella sabía. Porque el amor era tan simple o complicado como eso.