La senda escarlata
Capítulo 02 - El hombre que vino de Italia
Cuando Antonio vino a su encuentro aquella noche, Francis se acercó a él y fue elevado por los aires. Le gustaba cuando el hispano le levantaba de esa manera y besaba sus mejillas porque le hacía sentirse querido. Las pequeñas manos del niño dieron golpecitos sobre los hombros del hombre que cuidaba de él y le miró con una sonrisa triunfal.
- He pensado que como no puedes levantarte durante el día, porque estás malito, yo voy a quedarme despierto por la noche para que así no estés solo. -dijo con un orgullo profundo.
La consideraba la mejor idea que nunca había tenido. Aunque Ana le había dicho que quizás lo que Antonio preferiría sería que descansara con normalidad, Francis había insistido en que sería una sorpresa y en que seguro que se ponía contento. Las cosas entre Hendrik y Antonio estaban tensas, hasta él se daba cuenta de eso. Seguro que, cuando se dormía, ese hombre enfermo se debía aburrir mucho. La prueba era que cuando jugaban, parecía disfrutar tanto como él. Tras mucho pensarlo, había decidido que quería hacer algo por él ya que Antonio había hecho mucho por procurar su bienestar. El vampiro español se quedó durante unos segundos sorprendido, observando el rostro del niño que tenía en brazos.
- ¿Vas a quedarte despierto? -vio que asentía y se rió- Ay, cielo, no tienes que hacerlo. Debes dormir como el resto de los niños. Ya suficiente rato te quedas despierto. Los niños buenos se van más pronto a la cama, ¿sabes? -le replicó con tono amoroso mientras le dejaba en el suelo.
- ¡Soy un niño bueno! -le replicó enfadado- Por eso los Reyes Magos me van a regalar cosas esta navidad. Lo de quedarme despierto lo verán como algo bueno, porque lo hago por ti. Hasta he dormido una siesta muy larga para poder estar despierto más rato. Me quedaré a tu lado hasta que te dé el sueño a ti.
- Está bien, perdona por lo que he dicho antes. Muchas gracias, Francis. Aprecio mucho el esfuerzo que haces por mí.
El rubio cerró los ojos, sonriendo felizmente, cuando Antonio le revolvió el cabello en un gesto de agradecimiento. Así le gustaba, que por una vez pensara en sí mismo. Francis se fue a buscar su cajón de juguetes, el cual el de cabellos castaños fue observando mientras el niño lo arrastraba. Las pocas posesiones que Francis tenía se las había dado Ana de cosas que ella tenía por casa. Eran juguetes viejos y algunos de ellos estaban despintados y todo. Se agachó a su lado y tomó una muñeca de trapo cuyo rostro estaba sucio. Frotó con el pulgar aquella zona, para ver si se limpiaba al frotar, pero la mancha siguió en el sitio, sin desvanecerse ni un mínimo.
- He pensado en algo. -empezó Antonio.
- Toma, tú llevas el dinosaurio. -interrumpió Francis tendiéndole una reproducción de un tiranosaurio que al hispano no le quedó más remedio que coger. El francés tomó para sí mismo un muñeco, que en comparación con el dinosaurio, se veía enorme- Yo seré un gigante. Uaaah... La ciudad está siendo atacada por el dinosauriooo... -se quedó quieto y miró al mayor, expectante. Éste arqueó una ceja. Estaba hablando con él y le había cambiado el tema. ¿En serio?
- Groaaaar. Soy un dinosaurio y me voy a comer a todo el mundo. -gritó poniendo una expresión seria. Francis sonrió por un momento y luego se concentró casi tanto como Antonio.
- ¡Pero el pueblo está a salvo porque cuentan con un gigante! ¡No dejaré que hagas daño a la gente de la ciudad!
Se rió por lo bajo mientras movía el muñeco, haciendo ver que ambos se enzarzaban en una pelea épica. Le parecía adorable la imaginación que Francis llegaba a tener y perdió el hilo de lo que antes quería decir. Estuvieron una hora larga jugando a aquello y cuando ya no supo qué más añadir, el francés le pidió cambiar a otro juego.
- Voy a darle dinero a Ana para que te compre nuevos juguetes. Estos están viejos y no son muchos tampoco.
- ¿Vendrás con nosotros a comprarlos? -preguntó Francis levantando la mirada para poder ver el rostro del adulto- Si los pagas tú, tienes que venir y verlos. Además, tú también los usas, tienen que gustarte.
- Cariño, ya hemos hablado esto antes... No creo que pueda salir a tiempo para encontrar jugueterías abiertas. Pero no te preocupes, puedes ir con Ana. Ella me conoce bien y seguro que te dará consejos buenos sobre lo que puede gustarme. -le dijo sonriéndole con tristeza. Se había dado cuenta de que a Francis siempre le parecía faltar que quisiera venir con ellos a comprar las cosas para él.
- Entonces no quiero juguetes. -sentenció tras estar en silencio unos segundos, inflando los mofletes.
- ¿Qué? Pero tienes poquitos y están ya viejos. ¿Por qué no vas con Ana-?
- No quiero nada nuevo. Me haría ilusión si pudiera ir contigo a comprarlos, pero si no puedes ir porque estás malo, entonces me da igual. Jugaremos con las cosas viejas. Tampoco es aburrido, me lo paso bien.
Sus padres nunca habían tenido demasiado dinero, así que Francis estaba acostumbrado a tener pocas cosas y que muchas de éstas fuesen antiguas. Le había hecho ilusión ir a comprar juguetes nuevos si Antonio hubiese podido venir con él. Era su compañero de juego, ¿cómo podía pensar en ir solo a decidir qué compraba o no? Debían tener cosas con las que ambos pudieran inventar historias y divertirse. Ir por su cuenta, con Ana, que era muy maja y todo eso, pero que no jugaba con él como Antonio, le parecía injusto. No quería ir a comprar nada si el español no podía venir con él.
- ¿No los quieres? ¿En serio? -le dijo sorprendido el adulto. No había esperado que le dijera algo así. Cualquier chiquillo aceptaría como si le fuese la vida en ello. De hecho, Francis parecía dispuesto hasta que le dijo que no podría venir con él.
- Sí. Si no puedes venir conmigo a escoger, no quiero nada nuevo. Somos un equipo, los juguetes tienen que gustarte a ti también. -dijo Francis enfurruñado, con las mejillas hinchadas y un poco sonrojado. No estaba diciendo ninguna locura, ¿verdad? En su cabeza sonaba lógico, pero viendo lo que le estaba costando entenderlo a Antonio... Quizás no se había expresado bien.
Para su sorpresa, el adulto que había delante de él se le arrimó y le abrazó. Antonio frotaba su mejilla contra la del niño, con una sonrisa tonta. La verdad es que le había llegado al corazón aquello. ¡Que el chiquillo, como no podía ir con él, no quería nada! Le parecía una ricura. Intentaría hablar con alguna juguetería para que abriesen un poco más tarde. No podía permitir que un niño tan bueno se quedara sin juguetes nuevos con los que disfrutar.
- Me estás dando vergüenza... -murmuró Francis en su lengua materna, azorado por esa reacción que había tenido el otro.
- Perdóname, pequeño. Es que me ha hecho ilusión ver que me tienes en cuenta. -le contestó Antonio tras apartarse un poco, en un perfecto francés. Los ojos azules del chico le miraron atónitos.
- ¿Sabes francés? ¡Pensaba que no! Como siempre hablas en castellano... -chilló el niño, demasiado feliz por aquello. Hacía tiempo que no pronunciaba ni una sola palabra en francés con nadie y el idioma le agradaba mucho. No se hubiera imaginado que Antonio lo hablaba y, aún menos, que tenía un acento tan bueno. Casi parecía que había nacido en Francia.
- Sí, sé hablar francés. -dijo Antonio tras reír por aquella exagerada reacción- También sé otros idiomas. Soy un hombre muy inteligente aunque no te lo pueda parecer a simple vista.
- Uoooh... Eres muy listo... -murmuró aún sorprendido el niño, que le observaba como si fuese alguien a quien admirar y cuyo ejemplo seguir.
Antonio supo que Francis había dormido más porque pasaron las dos y éste seguía despierto. No le molestaba para nada estar en su compañía y charlar de temas que al niño le parecían apasionantes y que en realidad eran simples y tontos. Esa era la manera de ser de un chiquillo de cinco años y también parte de lo que le hacía adorable. Sin embargo, por mucho que hubiese dormido con anterioridad, no dejaba de ser un niño, por lo que a las tres y media empezaron a cerrársele los ojos. Aún a regañadientes, Francis fue guiado hacia la cama por el adulto, que insistía en que estaba cansado y que quería tumbarse en la cama. El rubio tenía la certeza de que lo hacía para que se durmiera y la verdad era que no estaba errado en absoluto.
Estuvieron aproximadamente una hora jugando a palabras encadenadas. Francis tenía muchos problemas en pensar algunas y, además, se inventaba otras usando como referencia palabras francesas. Se dio cuenta, tras repetir tres veces su respuesta, que el chiquillo se había quedado dormido. Antonio se quedó a su lado, leyendo por enésima vez un libro que le gustaba mucho y que tenía desde que era un adolescente. Ana cogió al niño sobre las cuatro y media. El vampiro les siguió hasta la puerta y les vio alejarse por el camino, en dirección al pueblo. Aseguró el portón y regresó hacia su habitación.
Había pasado un mes desde que encontró a Francis en la carretera, junto a sus padres muertos, y hasta hacía cosa de dos días Antonio no se había puesto en serio a mirar familias de acogida. Tuvo que llamar a un par de contactos, gente que le debía algún favor, y así logró una lista con nombres de familias que estaban buscando con ahínco adoptar. La tarea de indagar acerca de cada uno de ellos era tediosa y le daba la información de la que aquellos reportes que tenía en las manos estaban privados.
El hispano tenía unos requerimientos antes de escoger. En primer lugar, deseaba una familia para Francis que llevara mucho tiempo buscando adoptar, que realmente lo anhelara. Pensaba que de esta manera los futuros padres adoptivos del francés realmente le cogerían con ganas y lo tratarían como si fuese un hijo de sangre real. Por otra parte, quería que viviesen en un sitio amplio donde Francis pudiera corretear, como hacía en el Castillo. Una vez hasta le había tenido que regañar porque el tío se había aventurado hacia abajo, donde se encontraban viejos calabozos que ahora estaban vacíos. No le importaba que corriese, pero que tuviese cuidado, porque algunas zonas estaban más antiguas que otras y aún podría hacerse daño.
Ya, para finalizar, no pensaba dejar que Francis se marchara de su hogar sin saber que iba a estar bien. Seguramente le tocaría espiarles por las noches para ver que todo le iba bien al pequeño, pero era algo necesario. No podría descansar tranquilo si no tenía la certeza absoluta de que las cosas funcionaban en ese hogar. Escuchó que la puerta del despacho se abría, pero no levantó la mirada. En el marco de la puerta, parcialmente escudado tras la madera, Francis observaba a Antonio. Hacía un par de días que el hispano estaba ocupado y no tenía tiempo ni para jugar con él. Si bien era cierto que podía pasar el tiempo él solo, era mucho más aburrido.
- ¿Hoy tampoco vas a jugar conmigo? -le preguntó el niño, sin saludar siquiera. Le fastidiaba que Antonio no viniera y, aunque Ana le decía que era porque estaba buscándole una familia, Francis no se quedaba tranquilo con aquello. No le importaría que tardara más tiempo en encontrarle gente con la que estar si empleara ese tiempo en estar con él.
- Lo siento, Francis. Tengo que acabar de mirar estos papeles antes de ir a dormir. Puedes pedirle a Ana que juegue contigo. Dile que se lo pido yo.
- Da igual, ya juego yo solo. -dijo el francés ladeando la mirada. No era lo mismo jugar con una chica, eso estaba claro, pero Antonio estaba tan centrado en esa tarea que personalmente odiaba, que ni tan siquiera podía llegar a esa conclusión él mismo.
Siguieron de esa manera durante dos días más. Francis ya se cansó de estar en otra parte y se quedaba jugando en el mismo despacho, en el suelo, sin hacer ruido para no molestar a Antonio. Aunque fuera, quería pasar rato con él. ¿Le estaría buscando alguien con quien vivir? Esperaba que fuesen igual de buenos que él. El ruido de algo golpeando suavemente la puerta les distrajo a ambos de sus propios pensamientos. Apareció allí una muchacha de cabello negro, brillante y ondulado y sus ojos marrones les observaban.
- Señor, tiene visita. -dijo la muchacha con respeto.
- Dile a quien sea que vuelva en otro momento. Tengo mucho que leer y ahora...
- El señor Romario ha insistido en quedarse a pesar de que le he dicho que está usted muy ocupado.
Francis se quedó sin palabras al ver el cambio en la expresión de Antonio. Primero abrió los ojos, sorprendido y lentamente levantó la cabeza. Le tuvo que preguntar a la criada si había dicho que Romario estaba allí, sin poder creer lo que sus orejas habían escuchado. El rubio se preguntaba quién sería ese tal Romario y por qué, de repente, Antonio dibujaba una sonrisa triunfal, exuberante. El hispano pegó un salto, casi tirando la silla en la que había estado sentado en el proceso, y corrió fuera de la habitación. El niño no podía creer lo que había presenciado. ¿Pues no había estado casi toda una semana en la que no quería salir para apenas nada y ahora venía un tal Romario, que sonaba a nombre de comida para niños idiotas, y se levantaba y corría fuera de aquel sitio? Se levantó, se atusó la ropa y siguió a Antonio. Sus piernas tuvieron que esforzarse el doble para ir al mismo ritmo que el adulto y podía notar que su pelo se movía hacia atrás debido a la velocidad que había adquirido.
Fueron hasta uno de los salones que tenía el Castillo y allí esperaba un hombre más alto que Antonio, quizás un poco más que Hendrik, con el cabello castaño, corto y ondulado y ojos dorados, que miraron hacia el lugar del que venían. Antonio se abrazó a ese hombre mientras le llamaba, como si fuese la mayor alegría que jamás le habían dado. El chiquillo arqueó una ceja cuando vio que el hombre que cuidaba de él y el recién llegado se besaban en la mejilla, demasiado cerca de los labios. Romario estrechó a Antonio contra su cuerpo y luego le revolvió el pelo con cariño. No había cambiado ni un ápice, enérgico y jovial después de siglos.
- ¡Hacía muchísimo tiempo que no te veía! ¡Estás igual que siempre, Romario! -dijo el español retrocediendo para poder verle bien, pero agarrando sus manos para que no se fuera muy lejos.
- Me pillaba cerca tu casa, así que he venido a echarte un ojo para asegurarme de que sigues bien. -contestó el hombre, con un fuerte acento italiano- Eh, ¿y ese niñito que hay ahí quién es?
- Ah, él es Francis. Le encontré cuando sus padres y él se habían accidentado con un coche. Esos trastos los carga el diablo... El caso es que de momento me estoy encargando de cuidarle. Por las noches, cuando es tarde, se va con Ana a casa. Ven, Francis, acércate. -el hispano hizo un gesto con la mano, azuzándole para que se aproximara.
El rubio miró la mano que extendía hacia él y puso morros. Ah, ¿es que ahora sí que quería hablar con él? Le daban ganas de no ir y dejarle mal delante de ese extraño al que parecía querer tanto. No debería sentirse de esa manera, pero era como si le estuviesen quitando la atención de su padre y eso le fastidiaba en sobremanera. ¿Por qué estaba ocupado para jugar con él pero no para venir corriendo a encontrarse con ese señor? Se adelantó unos pasitos, con timidez y actitud reservada, y estiró la mano para que Antonio la cogiese. Romario se agachó para quedar a su altura y le observó con una sonrisa.
- Hola, soy Romario. Encantado de conocerte. -dijo el italiano.
- Yo soy Francis... -murmuró con timidez y, acto seguido, se escondió tras la pierna de Antonio y sólo se asomó un poco, para poder ver a ese tipo de reojo, el cual rió por aquella reacción.
- Es adorable. Qué niño más mono has escogido para ser tu hijo~ -le dijo a Antonio, incorporándose.
- No, no... Francis no es mi hijo. Estoy buscando entre un montón de papeles para hallarle una familia de acogida que le trate como se merece. Estoy seguro de que hay infinidad de personas que serían mejor padre que yo. De momento sólo le cuido.
- Vaya, y yo que pensaba que ibas a hacer como yo. -replicó el mayor.
- Ni hablar. -dijo Antonio tras reír. Con la mano, un gesto suave, apartó a Francis - Cielo, pórtate bien y ve a jugar con Ana, ¿vale?
Sin decir nada más, Francis vio como los dos adultos se alejaban por el pasillo, hablando en susurros. Infló mofletes, a disgusto cuando se dio cuenta de la facilidad con la que le había apartado y se había ido a pasear con ese tío. No es que fuera desagradable, ¿pero qué tenía de especial para que Antonio no pudiera hacerle caso a nadie más? Minutos más tarde se encontró a Hendrik, que seguía con cara de malas pulgas. Perfecto, ahora tenía que encontrarse con el señor borde. ¿Es que su día podía ir peor? Aunque se dio cuenta de que le miraba mejor a él en ese momento.
- ¿Hoy no estás enfadado conmigo? -se atrevió a preguntar Francis, mirándole de lejos.
- No eres mi preferido, chaval, pero ese tío aún me gusta menos. -dijo el holandés mirando hacia lo lejos. Él podía aún verles, perdiéndose pasillo abajo. No había hablado muchas veces con Romario, pero lo que no le agradaba era el comportamiento que tenía Antonio cuando éste estaba cerca. Era como si volviese a ser un humano en la edad del pavo. No parecía él mismo y no lo decía porque le ignorara por completo cuando él estaba cerca.
- ¿Quieres un caramelo? -dijo Francis tendiéndole uno que había guardado en el bolsillo de su pantalón de pana marrón.
- No me molestes, niño. -le replicó Hendrik antes de caminar hacia otro lugar.
Al holandés no se le olvidaba que la última vez que vino Romario a aquel sitio tuvieron problemas. El servicio creía que era un tipo agradable, pero tampoco veían con buenos ojos el cambio de comportamiento de su señor. Después de incidentes que no venían al caso, Hendrik y el servicio se unieron y le pidieron en secreto a Romario que se marchara. El italiano pasó de la sorpresa a una sonrisa calmada, casi como si creyese que eran buena gente a pesar de que estaban echándole. No se opuso a la petición y se fue del sitio lo antes posible. Ahora que había vuelto, seguramente con intención de pasar unos días, ellos volvían a sentirse incómodos ante la presencia del vampiro italiano. Romario era uno de los ancianos del mundo. Junto a Germán, eran los vampiros más longevos y llegaban a los mil años. Germán se había transformado en el cuidador de Romario, al menos cuando se unían durante decenios para ver el mundo y visitar otras comunidades. No era de extrañar que les diese miedo enemistarse con uno de los más poderosos que existían.
Horas después, cuando quedaba poco para que saliera el sol, decidió pasar por la habitación para hacer entrar en razón a Antonio y preguntarle qué intenciones tenía Romario. Si tenían que echarle de nuevo, lo harían. Le pareció escuchar un suspiro más fuerte que provenía del interior. Frunció el ceño y decidió que eso de llamar a la puerta se lo iba a saltar a la torera. Ahí estaba pasando algo e iba a descubrir de qué se trataba. Cuando abrió la puerta, sus ojos se abrieron con asombro al ver que Antonio estaba sentado en el sofá y rodeándole desde atrás estaba Romario. Eso no era lo sorprendente, lo que sí que lo era, y que le empezó a indignar, fue ver que los colmillos del italiano estaban hundidos sobre el cuello de Antonio y que se estaba alimentando de la sangre que tenía en su cuerpo. Se dio cuenta Romario de que no estaban solo y se apresuró a retirar sus colmillos. Antonio tardó un poco más ya que había estado con los ojos cerrados, demasiado cegado por esa especie de sensación de estar colocado, de estar bien, sin sentir dolor ni nada. Cuando se dio cuenta de la expresión iracunda de Hendrik, se levantó y se acercó a él. De cualquier manera, los ojos del holandés no dejaban de mirar aquella herida sobre su piel.
- No es lo que piensas... Romario no ha sido el que lo ha pedido, he sido yo el que-
- Ya sé que él no ha pedido nada. ¡Eres tú! ¡Eres tú con ese cerebro que parece que se te atrofia por momentos! ¡¿En qué demonios estás pensando?! -cerró tras de sí, pegando un portazo y miró de aquella manera, acusadora, a Antonio- ¡No debemos dar de beber a otros vampiros! ¡Incluso tú me lo has dicho otras veces! ¡¿Qué mierda tienes en la cabeza para decir una cosa y luego hacer otra?!
- Hendrik, baja el volumen, si Francis pasa cerca te va a escuchar... -dijo Antonio nervioso.
- ¿Francis? ¿¡Ahora!? ¿¡Ahora piensas en el mocoso después de cómo te he encontrado!? Primero de todo, tú... -miró a Romario- Sal de la habitación. Este problema lo tengo con él y tú eres igual o incluso más culpable. Fuera.
- No hace falta que le trates- -empezó Antonio, pasando la mirada del holandés al italiano.
- Tú cállate de una maldita vez. -le siseó.
- Estaré fuera, vigilando que nadie se acerque. Pero ni se te ocurra levantarle la mano o entraré. -dijo Romario mientras caminaba hacia la puerta.
Una vez se quedaron solos, Antonio suspiró y se frotó con la mano derecha la zona en la que había estado mordiendo el vampiro milenario. Aunque si volviese atrás, seguramente volvería a hacer lo mismo, se sentía avergonzado por la mirada que le estaba dirigiendo Hendrik, que era incluso peor que la que había puesto cuando le había dicho que se iba a traer a Francis al castillo.
- No sé si recuerdas la explicación que me diste en su momento porque te apetecía explicarme las reglas de los vampiros, pero entonces me dijiste que nunca dejara que un vampiro me mordiese porque eso era arriesgarme a morir. ¿Es eso a lo que juegas? Porque pensaba que no querías morir.
- Y claro que no quiero. Lo que pasa es que Romario es diferente. Él nunca me haría daño, lo sé. El pobre venía sediento y necesitaba sangre. Yo estaba saciado y no había reservas en el castillo. ¿Qué querías que hiciera? No podía dejar que pasara la noche en ese estado.
- Gilipolleces. ¿De verdad crees que voy a decirte que tienes razón con ese estúpido motivo? Si tan sediento estaba, suponía un peligro aún mayor. Y encima me dices que no chille porque te puede escuchar Francis. ¡También podría haber abierto la puerta y haberse encontrado al que le salvó siendo mordido por el tío raro que ha salido de la nada! Y eso no te ha preocupado ni un poquito, ¿¡o me equivoco!? No me vengas ahora con toda esa mierda de que Francis puede oírnos. Te recuerdo que el problema es tuyo, por hacer todo lo que no deberías hacer. ¡No nos gusta cómo te comportas cuando Romario está cerca! Si quieres ser su perrito faldero, estupendo, pero no arriesgues tu integridad por él. Porque él es un cobarde y no puede negarse porque siente responsabilidad hacia ti y esto es el cuento de no acabar. Un día beberá hasta que no te quede ni una gota de sangre y, mientras mueres, te acordarás de que te advertí de esto.
- Hendrik... -murmuró apenado Antonio. Bueno, quizás sí que perdía un poco la razón cuando Romario estaba de visita, pero no podía evitarlo. Eran muchas cosas y no le apetecía contarlas.
- Si le vuelves a dar de beber, le echaré aunque sea a rastras, ¿me entiendes? Si quiere sangre, que salga a cazar como todos hacemos. Estoy harto de estos favoritismos por ese vampiro que se irá de nuevo.
- Está bien, lo siento. -dijo por lo bajo, con la cabeza gacha- Intentaré que algo así no vuelva a ocurrir.
- Y cúbrete ese cuello para que no lo veamos ninguno. Aunque sería divertido, no me apetecería escucharte tartamudear como un idiota cuando Francis te pregunte que qué son esas marcas que tienes en el cuello.
Bajó la mirada hacia el suelo, entristecido, cuando Hendrik salió de la habitación y pegó un portazo tras de él. Tras minutos pensando, suspiró y fue a ver dónde estaba Francis. Le encontró tumbado en un sofá, durmiendo abrazado a un cojín. Sonrió ligeramente, acarició sus cabellos y le cubrió con la chaqueta.
El niño humano de cinco años estaba contento aunque al mismo tiempo enfadado. Nunca hubiese imaginado que dos sentimientos tan contradictorios pudiesen producirse en una persona al mismo tiempo. Por una parte estaba contento porque aquel era el último día que ese hombre, Romario, que captaba toda la atención de su benefactor, pasaba en el castillo. Por otra parte, estaba ese pequeño problema: aún tenía que pasar todo el día y a él le fastidiaba que para Antonio hubiese pasado a ser invisible. Había empezado a dibujar en un cuaderno que Ana le había traído, aburrido. El estuche de colores que le había regalado tenía zurcido un oso de color marrón con un ojo guiñado. Al principio pensó que era estúpido y que un niño mayor como él no necesitaba cosas bonitas. Luego lo estuvo sopesando en sus manos, comprobando la forma en la que estaba hecho, dónde se encontraban las costuras y le acabó por gustar. Los dibujos en su mayoría eran sobre ese hombre que se iba y él y Antonio jugando de nuevo. Había hecho otros dibujos después, pero esos los había guardado todos juntos. Ya que Antonio no le hacía caso, ahora se iba a poner en marcha su plan B y, si tenía éxito, seguro que cuando Romario se fuera, el hispano vendría lloriqueando a por su atención. Le daba la impresión de que se había vuelto más quejica con el tiempo. Cuando sus padres vivían, Francis no tenía que perseguirles para que le prestaran atención y, aunque a ratos le ignoraran, el niño se alejaba y jugaba a su manera. Pero Antonio no entraba en la categoría exacta de un padre, a ratos era más como un hermano, y quizás era por eso que dolía más de lo que debería.
Cuando dio con Hendrik, éste se encontraba en las cocinas charlando acerca de algo que no entendía con las criadas. Francis se movió hasta que estuvo justo delante de él, mirándole con sus ojos grandes azules fijamente. El holandés le examinó extrañado. ¿Qué era lo que quería? Durante todo este tiempo, el niñito siempre parecía tenerle miedo y eso a él le parecía perfecto. No le agradaba que estuviese allí y quizás si le miraba muy mal decidiría que quería irse a otro sitio, con otra familia. Esperó largos segundos, a ver si le decía algo de una vez por todas, pero no se produjo ni un amago de conversación durante un par de minutos.
- ¿Se puede saber qué es lo que te pasa? Mirándome tanto rato de esa forma pareces un rarito.
- ¿Por qué siempre estás enfadado conmigo? No he hecho nada malo para que estés así. ¿Es que quieres jugar con nosotros? Tengo más juguetes, a partir de ahora tú puedes ser el gigante, yo seré la pelota. Seguro que se me ocurre un personaje. ¡Podría ser una persona que fue hechizada y que no puede salir de la pelota pero tiene poderes sobrenaturales!
- No digas tonterías. Me da igual que no me incluyáis en vuestros juegos, son estúpidos. Simplemente no me caes bien.
- Toma. -dijo Francis extendiendo los brazos. Hendrik no se movió ni un milímetro. Frunció el ceño, dándole una expresión más decidida- ¡Toma!
El holandés hizo rodar la mirada, se agachó y cogió el fajo de hojas que el niño francés le tendía. Cuando Francis vio que los ojos de Hendrik se posaban en el cubo de basura, pegó un grito, corrió y se abrazó a éste cubriendo el cilindro con su cuerpecito. El vampiro le miró con indiferencia, con una suave pincelada de irritación porque de esta manera le impedía terminar con su principal problema.
- ¡No puedes tirarlo sin haberlo visto! ¡Eso es de mala educación! Lo he dibujado para ti expresamente, he pasado tiempo y he gastado mis colores en ellos. Por lo menos míralos.
- Menuda manera de perder mi tiempo... -bufó el holandés. Le hubiera gustado poder agarrar las hojas y destrozarlas delante de sus morros, pero quizás aquello era demasiado para un niño. Si lloraba mucho, seguro que Antonio era capaz de su coma, regresaría a su edad mental habitual y le zurraría por entristecer al niño de sus ojos.
- Puedes pensar que esos dibujos son mi manera de decirte hola y que quiero ser tu amigo. Y si te he hecho enfadar, también es para pedirte perdón. -le dijo sonriéndole deslumbrantemente.
El holandés chasqueó la lengua a disgusto al darse cuenta de que tenía delante a otro que parecía que imponía su voluntad con una facilidad apabullante. No le gustaba nada que hicieran eso con una sonrisa de bueno en el rostro, como si sólo por eso tuvieran que ser perdonados por cualquier cosa. Ya encontraría otra papelera, por eso no había que preocuparse. Se fue hasta su habitación y una vez dentro alzó la mano, mirando aquel álbum de dibujos que Francis había hecho especialmente para él. Se fue hasta la cama y se sentó en ella. No iba a matarle ver lo mal que dibujaba, puede que al día siguiente tuviera material con el que burlarse de él. Si lograba que se enfurruñara se divertiría y todo. Sin embargo, aquella sonrisilla petulante que había tenido cuando pasó la primera hoja, en blanco, que era la portada, se fue esfumando a medida que veía los dibujos. Aunque era cierto que no eran un Picasso, que eran los trazos desordenados de un niño, había algo en ellos que seducía.
Puede que fuera el sentimiento que impregnaba cada una de aquellas páginas. En todos los dibujos había un monigote que se asemejaba a Hendrik y parecía que Francis tenía un concepto bastante bueno de él porque le dibujaba como si fuese algún tipo de superhombre. Había un dibujo en el que también salía él y Antonio y abajo rezaba el título: Mi nueva familia. Se quedó mirándolo durante largos minutos, apreciando los colores y cualquier detalle ínfimo. Incluso podía apreciar en qué trazos había empleado más o menos fuerza y dónde había estado usando más el lápiz. Tiró el fajo de folios sobre la cama y bufó.
- Menuda pérdida de tiempo, la verdad.
Se quedó quieto, arropado por aquel silencio que le hacía compañía. Después de unos minutos pensando, al final arrancó una de las páginas. Se levantó de la cama, caminó hasta un pequeño tablero en el que había recortes de revistas, y allí clavó el dibujo en el que salían los tres. Puede que a partir de ahora no fuese a ser capaz de mirarle mal y tratarle con frialdad, pero algo sí tenía claro, seguía pensando que quedarse con él era una mala idea. Debería tener una familia normal, no crecer en ese nido de monstruos.
Cuando Romario se marchó, Antonio fue el único que había salido a despedirle. Podía decir que lo esperaba de Hendrik, porque sabía que no le caía bien Romario, pero lo que no se había imaginado era que Francis tampoco vendría. Le había encontrado a posteriori, sentado en el suelo del salón en el que Ana se encontraba limpiando el polvo. El rubio estaba con sus juguetes, murmurando cosas y haciendo que chocaran entre ellos. Para él aquello seguía una lógica, era la historia dentro de su mente y allí se trataba de algo de proporciones épicas. Le anunció que el italiano se iba a ir y Francis ni tan siquiera le había mirado a los ojos. Insistió, pero tuvo la misma respuesta. Al parecer el juego era demasiado interesante como para abandonarlo sin más por aquel motivo.
Para Antonio, al menos en ese momento, el comportamiento de Francis había sido algo normal. Los niños a veces se metían tanto en sus propios mundos de fantasía que obviaban a los adultos para seguir haciendo lo que de verdad les gustaba. Tras darse un abrazo y que Romario le pidiera que se cuidara, se despidieron. Las siguientes horas para Antonio fueron como siempre, amargas. Se sentía demasiado apenado cuando se marchaba y, al mismo tiempo, nacía un resquemor que pensaba que quedaba olvidado. Aunque pronto se dio cuenta de algo: esta vez no sólo estaba Hendrik en aquel lugar, también tendría a Francis. No estaba solo y tenía que centrar sus pensamientos en pasar el tiempo con los que estaban a su alrededor.
¿Cuál fue su mayor sorpresa? Pues sin duda fue cuando preguntó a Ana acerca del paradero de Francis, tras buscarle durante diez minutos, y se enteró de que Hendrik se lo había llevado fuera para ver las estrellas. En un primer momento hasta le dio el pánico. ¿Y si aquello era la manera fina de decir que se lo llevaba a algún lugar apartado para abandonarlo en cuanto el chiquillo se despistara? Estuvo interrogando a la criada, con nerviosismo, acerca de cualquier pequeño detalle. Ante la mención del telescopio que recientemente había adquirido el holandés, a Antonio se le quedó cara de póquer. ¿Podría ser que se lo hubiese llevado para realmente ver las estrellas? Pero si dijo que no quería cuidar del pequeño francés...
Cuando llegaron, Hendrik cargaba con un brazo, apoyado contra su cuerpo, al niño, que se había quedado dormido mientras observaban en silencio las estrellas, y con el otro el cachivache que había comprado. Aunque iba a preguntarle, se notó porque entreabrió los labios, el holandés fue más rápido, le endiñó al niño y se escabulló a su habitación. Hizo rodar la mirada y suspiró. Aquel día ya no pudo jugar con Francis, pero tampoco ocurrió al día siguiente. ¡Se le había quedado una cara de tonto cuando llegó a la cocina aquella noche y vio que Francis estaba comiendo...! ¡Se suponía que él iba a encargarse de eso! Pero aún más chocante fue la respuesta que recibió tras preguntarle que quién le había preparado esa cena.
- Ha sido Hen, es que ya tenía hambre. -murmuró Francis, al que aquello no le parecía sorprender ni un mínimo.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que el pequeño parecía distante y supo que algo le había ocurrido. Estuvo durante un par de horas pensando en detalle lo que podría haberle hecho enfadar, mientras observaba de reojo cómo jugaba. Le había dicho que le dejara el dinosaurio, que él haría ese papel, pero Francis había negado y le había dicho que ya podía hacerlo solo. Era muy decepcionante. Tras ese ir y venir de pensamientos, de teorías, Antonio se encontró de morros con la primera que había pensado y que había descartado porque le parecía absurda. ¿Y si Francis estaba molesto por la visita de Romario? Bueno, ahora que lo pensaba más, no había jugado con él casi nada desde que el italiano apareció. Ni se había dado cuenta en el instante.
Definitivamente, era aquello. Se movió, arrodillándose en el suelo tras abandonar el sofá, y se acercó hasta Francis. Cuando el niño le miró, preparado para decirle que podía jugar solo de nuevo ya que Antonio podía ser muy pesado cuando se lo proponía, el hispano juntó las palmas de las manos y las puso a la altura de su boca. Su expresión era apenada y hasta culpable.
- Lo siento mucho, Francis. ¿Me perdonas? Sé que estos días he estado un poco ausente por la visita de Romario y también porque estaba buscándote una familia. Sé que tengo toda la culpa, pero no quiero que estés enfadado conmigo y me gustaría poder jugar contigo a dragones y princesas, o dragones y gigantes... No sé a qué versión juegas hoy.
- Dragones y hadas... -murmuró el chiquillo ofendido, como si el que no hubiera acertado le hubiese molestado más- Si estar con ese hombre viejo es más divertido que estar conmigo, da igual. No me importa. Puedo jugar muy bien yo solo. -y acto seguido le sacó la lengua.
Lo sabía, había estado enfadado estos días... ¡Qué idiota por no darse cuenta antes! Para Francis, que Antonio se hubiera alejado de él había sido como una colleja en toda la nuca. Había pasado de una ilusión a un sentimiento de decepción enorme. Hasta ese momento, el francés había tenido el concepto de que el español estaba siempre a su disposición y de manera inconsciente había pensado que siempre sólo tendría ojos para él. Descubrir que él tenía alguien a quien quería mucho, que le hacía muchísimo más feliz que él, le decepcionó. Francis solamente tenía a Antonio, pero eso no era así a la inversa. Esa realidad le había entristecido mucho. Si seguía por ese camino, lloraría al recordar lo que le ocurrió a sus padres, así que optó por enfadarse. La parte buena del asunto es que aquella situación había hecho que se llevara mejor con Hendrik. No es que pudiera comparar la atención que el holandés le prestaba con la de Antonio, pero al menos era agradable ver que alguien se preocupaba.
- En serio, siento mucho haber estado ausente. No se trata de que sea más divertido, es que hacía muchos años que no veía a ese hombre. Te pido que me perdones, Francis. Y para que veas que mis intenciones son las mejores, ayer estuve hablando con el dueño de una juguetería que no queda muy lejos de aquí. Le he convencido para que abra la tienda por la noche para nosotros y hoy es el día que acordamos. ¿No quieres venir conmigo?
La cara de sorpresa reemplazó la de enfado. Sus ojos azules miraban al adulto, buscando un gesto, una sonrisa traidora que le diera la certeza de que era un bulo para que no estuviera enfadado con él. Antonio le observaba aún con las manos juntas, con aquella expresión implorante. Se le veía arrepentido y triste. Quizás ya se había hecho el interesante suficiente tiempo, ¿no? El español parecía que había escarmentado y ya podía cambiar su actitud, ¿verdad?
- ¿Me perdonas? -le pidió Antonio.
- Está bien... -dijo en voz baja Francis- Pero no te creas que lo hago por los juguetes, lo hago porque no me sale bien hacer dos papeles al mismo tiempo. Tú eres el dinosaurio esta vez. -dijo tendiéndole el muñeco.
El hispano le miró emocionado y le abrazó en un impulso. Francis se puso rojo hasta las orejas. ¿Por qué tenía que montar tanto drama por una cosa tan simple? Era como si de todo tuviese que hacer un espectáculo. Le había ignorado durante días, ¿por qué ahora de repente parecía tan contento por saber que le perdonaba? Era como si de la noche a la mañana se hubiese convertido en una necesidad imperiosa que le quitaba el sueño.
- ¿A dónde vamos a ir? ¿Queda cerca? Ay, cuidadooo... -exclamó cuando Antonio le agarró con más fuerza y lo levantó del suelo. Vale, quizás había echado de menos eso más de lo que le gustaría admitir. Sus brazos se apostaron alrededor de su cuello y sus manos se aferraron a la tela de la bufanda que llevaba.
- Es una tienda que está a una hora caminando. Yo te llevaré en brazos para que así podamos ir más rápido. Mientras, puedes irme contando qué es lo que has hecho estos días y cómo es que ahora parece que Hendrik te tiene aprecio y todo. -dijo Antonio mientras se movía por el castillo y recogía ropa de abrigo para el pequeño.
Le dejó en el suelo para cubrirle más. En primer lugar le puso la chaqueta y se la abrochó, luego fueron los guantes, los cuales remetió por debajo de la primera pieza. Le puso una bufanda de color azul oscuro y luego un gorro que le tapaba también las orejas. En general, parecía un pequeño muñeco barrigón de toda la ropa que llevaba encima. Estaba gracioso y le daban ganas de tomarle una fotografía para guardarla para siempre. Aunque claro, a ver quién era el guapo que le decía a Francis que debía estarse quieto durante largos minutos. Seguro que, a pesar de ser un chico paciente, acabaría por cansarse y moverse. Le agarró en brazos y empezó a caminar hacia el pueblo.
Francis le contaba la historia de los dibujos que había estado haciendo para Hendrik y Antonio le comentaba cosas, admirando pequeños detalles de la historia, mientras iba caminando a un paso bastante más rápido de lo normal. Lo bueno era que Francis iba tan centrado en contar todo, en impresionar a Antonio, que ni siquiera se daba cuenta de que para ser una persona, el hispano corría mucho.
El pequeño pueblecito se encontraba sumido en un silencio que únicamente era interrumpido por los ocasionales cantos de búhos, que iban de rama en rama y se dedicaban a cazar los ratones que corrían entre el pasto, y el aullar de algún lobo, lejano. Las fachadas de los edificios se veían grises, apagadas por la penumbra en la que se veían sumidas. Había alguna farola apartada, que tristemente lanzaba su pobre luz sobre el asfalto y acera, en un penoso intento de producir un ambiente algo más claro. Sin duda, hubiesen hecho falta más. Francis no parecía estar asustado por ese ambiente sombrío, es más, cuando llegaron le instó a que le bajara y caminó por el lugar, observando las luces de los hogares, que bañaban el exterior con colores amarillentos. Antonio tuvo que ir tras de él, agarrarle la mano y tirar de él hacia el lado contrario. Cuando llegaron a la juguetería, con grandes cristaleras que tenían en exposición infinidad de muñecos y peluches, Francis pegó las manos enguantadas al cristal y miró aquellas maravillas con admiración.
- ¡Hay muchos juguetes! -exclamó pletórico. Antonio tuvo que reírse por la manera en que lo dijo ya que le había parecido demasiado adorable.
- Lo sé, por eso mismo elegí este sitio. Ahora vamos adentro, el señor nos está esperando y seguro que tiene ganas de irse a casa. Venga, compremos lo que te guste y regresemos.
- Sííí~ -dijo dócil y de manera cantarina Francis.
De un salto había bajado del pequeño escalón en el que se había subido para ver mejor el escaparate y corrió al lado de Antonio, que ya se encontraba abriendo la puerta del establecimiento. El ruido de una campanilla les recibió y pronto se escuchó una voz anciana que venía del interior. De entre un par de osos de peluche de tamaño gigante, un hombre con cabello canoso, tez arrugada y ojos negros les observó.
- El señor Fernández asumo. -murmuró.
- Exacto, pero llámeme Antonio, por favor. -dijo con cordialidad y una deslumbrante sonrisa. Sin quitarse los guantes, le tendió la mano- Un placer conocerle en persona, señor y de nuevo le agradezco lo que ha hecho por nosotros.
- Insistió muchísimo, no supe decirle que no de esta manera. Además, me parece que este señorito tiene derecho a tener unos juguetes bonitos, ¿no es así?
- Esta tienda es genial... Quiero quedarme a vivir aquí. -dijo Francis maravillado mirando a su alrededor. Era como si no pudiera ser más feliz en toda su vida y, por eso mismo, estaba en un estado en el que no podía creer lo que estaba ocurriendo- ¡Dinosaurios! -exclamó antes de salir corriendo hacia un lado.
El considerado hombre les dejó estar un rato vagando por la tienda, observando cada juguete y pensando cómo cuadraría eso dentro de sus historias habituales. Antonio intentaba no opinar demasiado y le dejaba tomar las decisiones al niño. Éste, al final, decidió que se llevaría siete juguetes nuevos, los cuales cargaba entre sus manos mientras miraba a los adultos con una sonrisa radiante y las mejillas rojizas de tanta excitación y júbilo. Llevaba un perro de juguete, un muñeco que parecía un indio, una pelota que iba con una red y que se había colgado de la cintura, dos muñecos más pequeños, que parecían bebés pero que no lo eran, un trenecito de madera que colgaba peligrosamente cerca del suelo y para finalizar una muñeca con pinta de vieja. Sujetaba a duras penas las cosas entre sus brazos, con fuerza, como si temiese que se las quitaran a pesar de que Antonio ya estaba pagando todo. Sobre el mostrador había algo que Francis no había visto pero el español lo cogió y se lo tendió. Se trataba de un muñeco de un dinosaurio, bastante mejor hecho y más grande que el que tenía en casa.
- ¿Eso qué es? -le preguntó sorprendido. Bueno él ya había elegido sus juguetes y ahora se encontraba con que Antonio tenía uno que era alucinante y que no había visto antes. Si lo hubiese hecho, seguro que lo hubiera cogido.
- Es un regalo que te quiero hacer personalmente, para que sepas que te tengo mucho aprecio y que no te ignoraré más. ¿Hacemos las paces definitivamente? -le preguntó con una sonrisa, tendiéndole el muñeco.
Los ojos azules se pusieron hasta un poco llorosos mientras sonreía como un tonto. Estiró una de sus manos, con cuidado de no tirar las otras cosas, y cogió el muñeco. El francés tenía una pasión inconmensurable hacia los dinosaurios y los dragones, por eso éstos solían salir siempre en sus historias. La mano grande de Antonio se posó en su cabeza, haciendo que sin querer se sintiera aún más pequeño, y le revolvió el cabello con cariño. Por instinto, Francis cerró los ojos, dejando que le mimara de aquella forma. Se alegraba demasiado de que Antonio volviese a ser el de siempre.
- Hacemos las paces. -dijo asintiendo con vehemencia.
- ¡Estupendo~! -exclamó agarrándole en volandas- Nos vamos para casa antes de que se haga demasiado tarde. ¿Estás contento con tus nuevas cosas? -el rubio asintió de nuevo, con una sonrisa- ¿Y a qué vas a jugar con todo eso?
Entonces empezaron los relatos frenéticos, por ratos incoherentes, de Francis, que le contaba todo lo que le pasaba por esa cabecita que tenía. Él aprovechaba la distracción para andar a paso ligero hacia el casillo, disfrutando de la compañía y el modo en que el viento le rozaba el rostro mientras por dentro se preguntaba a qué les tocaría jugar aquella noche.
Cuando entró en la sala, Francis se le lanzó encima, rodeando todo lo que podía con sus brazos su cintura, y chilló una bienvenida que casi le taladró los oídos. No contento con aquel recibimiento, el niño francés empezó a trepar por el cuerpo del vampiro hasta que estuvo a la altura del torso. En ese momento, preocupado por su estabilidad, Antonio rodeó a Francis, asegurándole entre sus brazos. Besó esa mejilla rechoncha y sonrosada y le devolvió ese saludo. Como cada noche, el niñito le preguntó acerca de su estado de salud mientras el hispano caminaba hacia la mesa y le sentaba en una de las sillas.
- Esta noche voy a prepararte algo bueno para comer. ¿Qué es lo que te apetece?
- ¡Bieen! ¡Cena de Antonio! Hen cocina bien, pero tú cocinas aún mejor. -le dijo el chiquillo con ilusión y las manos apoyadas sobre la mesa.
El holandés, que había estado a un lado leyendo un periódico, hizo rodar la mirada sin darle importancia al asunto. Bueno, no podía negar que Antonio tenía gran reconocimiento entre los vampiros por sus habilidades culinarias a pesar de que para ellos el sabor convirtiera los platos en una de las peores cosas que se pudiesen llevar a la boca. Hendrik no cocinaba demasiado, sobre todo porque no era usual que él tuviera visita de humanos y, cuando estaba en el castillo de Antonio, era el propio servicio el que se encargaba de preparar sus alimentos. En ocasiones especiales, como para navidad o el cumpleaños de Antonio, el hispano se ponía el delantal y deleitaba a sus criados con sus habilidades. Todos le agradecían siempre lo que hacía por ellos y en esos momentos se notaba el aprecio que le tenían a pesar de ser su mayor depredador.
- A ver si Hendrik se va a molestar por tu comentario, ahora que sois tan amigos. -dijo Antonio con una sonrisa.
- No, porque Hen es muy bueno. Su nombre es Hen, de genial. ¿Verdad que le he puesto un nombre chulo? -le dijo Francis ilusionado mientras jugueteaba con el cubierto que el español había dejado sobre la mesa- Quiero pasta.
- No puedes estar cenando cosas así día sí y día también... Lo que vamos a hacer es un poquito de verdura, que ya verás qué bien que te sienta. Y le has puesto un nombre muy chulo, yo también quiero uno... -dijo Antonio arqueando una ceja. Pero Francis tenía cara de horror, así que suponía que ya no estaba mucho por la labor. Su mente se había quedado en lo de verdura.
- ¿Eeeh...? No quiero verdura, está mala. -murmuró haciendo un pequeño puchero y alargando las vocales.
- No está mala. Ya sabes que cocino bien, así que te va a parecer deliciosa. -replicó Antonio.
- ¡Eso no es verdad! ¡Es verde, está blanda y está mala! ¡Tiene color de moco! -exclamó Francis. Cuando terminó su exposición infló las mejillas, mirando firmemente a ese adulto que se creía que podía imponer su voluntad así como así.
- Pero el color no tiene nada que ver con el sabor, te lo prometo. Tienes que comer verdura y eso es lo que toca.
- Pues ya tengo tu nombre: eres el señor de las verduras y sus malvados esbirros del mal.
- Qué crueldad... -dijo Antonio sonriendo resignadamente- Aún así no te vas a librar de comer verdura.
- ¡Joooo...! -se quejó Francis y acto seguido empezó a dar golpecitos en la mesa. ¿Por qué tenía que llevarle la contraria? Cuando jugaban siempre le hacía caso. ¿Por qué después para otras cosas de vital importancia, como era la amenaza de hacerle comer verduras, Antonio tenía que ser tan inflexible?
En aquellos momentos en los que Francis se ponía quejica, como todo niño pequeño, el vampiro español tenía una habilidad innata para ignorarle. No era el caso de Hendrik, que empezó a regañarle y a decirle que dejara de gritar si no quería que le confiscara todos sus juguetes. Francis, lejos de callarse, le replicaba que podía pedirle un juguete y le dejaría unirse a ellos en sus aventuras. Ana regresó de limpiar uno de los salones y se encontró aquella escena curiosa. Se llevó la mano delante de la boca y ocultó la risa.
- Desde luego, parecen toda una familia. Me pregunto quién de los dos será la madre del niño... -dijo Ana aún risueña. Caminó hacia el armario que quedaba a la derecha de la nevera y allí fue a dejar el plumero y el trapo que había estado pasando a los diversos espejos que había por todo el lugar. Aquel sitio era enorme y uno no terminaba en la vida de limpiar todo.
- Yo seguro que no. -se apresuró a añadir Hendrik, que ganó la batalla puesto que a Antonio sólo le había dado tiempo a abrir la boca.
- Esto no es nada justo... Hoy os habéis aliado todos en mi contra. Primero Francis, luego Ana, ahora tú...
- ¡Antonio es la mamá! -exclamó el pequeño tras reír bien fuerte. Se había imaginado al hispano con el pelo largo y los labios y los ojos pintados, como su madre lo había estado cuando estaba viva y salían por ahí de paseo. Se preguntaba si también se pondría vestido ahora que era la mamá. El vampiro de cabellos castaños entrecerró los ojos mientras sonreía de lado. Menuda idea había tenido Ana...
- Ah, señor, ha llegado una carta para usted. La he dejado en la repisa, junto con algunas facturas y publicidad. Ya sabe que soy partidaria de tirar toda esa propaganda, pero usted insiste en que a veces puede encontrar cosas interesantes...
- ¿Una carta? -dijo Antonio levantando la vista de la olla que tenía en frente, aunque con la mano siguió removiendo el contenido con un cucharón de madera.
- Sí, una carta de Italia.
Los ojos de Antonio se abrieron mucho y progresivamente se le dibujó una sonrisa. Empezó a dar saltitos nerviosos sobre el sitio, pasando el peso de un pie al otro, mientras sujetaba con apenas la yema de los dedos la cuchara. Luego sus ojos verdes se clavaron en el holandés, que le estaba esperando y le miraba con los ojos entrecerrados. El tío se ponía de un pesado cada vez que llegaban noticias de algo relacionado con ese maldito país... Iba a pensar en pedirle dinero por daños y perjuicios. Suspiró con pesadez, se acercó a Antonio, le empujó con un golpe seco de cadera y tomó entre sus dedos aquella pieza de madera.
- Abre la maldita carta y deja de molestarnos a todos con tus tonterías. -dijo Hendrik sin siquiera mirarle a la cara.
- Venga, no pongáis esas caras largas. Seguramente es Romario, que nos invita a su casa en Roma. ¿Os he dicho que parece uno de esos lugares en los que los emperadores romanos vivían? Me gusta mucho, seguro que a vosotros también.
- Yo no quiero ir ni aunque me pagaran. -dijo el holandés sin esperar ni un solo segundo.
- ¡Yo tampoco! -añadió Francis.
No pudo decirles tampoco nada más. ¿Por qué le tenían tanta manía a Romario? Si en realidad era un trozo de pan... En su cabeza no comprendía que si se ponían de ese modo no era tanto porque les cayera mal -al menos a Francis-, si no porque Antonio cambiaba por completo cuando ese hombre estaba presente y no soportaban aquello. Miró el sobre y volvió a sonreír.
- ¡Es una carta de Lovino! Anda~ ... Hace mucho que no le veo. Espero que esté bien. -murmuró más para él mismo que para el resto, que además le estaba ignorando. No les gustaba Italia, estaba claro.
Con un cuchillo rasgó limpiamente el sobre y de dentro sacó un papel pulcramente doblado. La letra de Lovino estaba inclinada y era fina. Se notaba que había escrito aquellas palabras con rapidez ya que el espacio entre líneas era mayor de lo normal. A medida que fue leyendo, la sonrisa se fue borrando del rostro de Antonio. Al final de la carta, sus ojos, más abiertos de lo normal, observaban el papel con fijación mientras la mano izquierda se había movido hasta cubrir su boca. Se podía escuchar su respiración chocar contra la piel, y parecía que tapar la boca le servía para no ponerse a gritar como un histérico. Tras inspirar hondo, Antonio bajó las manos y empezó a dar vueltas en la cocina, sin hacer caso a nada ni nadie. Tanto Hendrik como Francis observaban aquella reacción ,extrañados, pero ninguno de los dos se atrevía a abrir la boca.
- No puede ser... No puede... Joder...
Antonio sentía que se ahogaba y aquello era técnicamente imposible. No podía controlar durante más tiempo sus sentimientos, que amenazaban con desbordarse, con salir de alguna manera que no podía prever. Hendrik aflojó el fuego y, aunque intentó acercarse, el español se fue hacia el lado contrario.
- Eh, ¿me vas a decir qué es lo que pasa? Antonio, para un momento, siéntate y cuenta lo que decía esa carta.
Pero no le escuchaba, seguía dando vueltas mientras murmuraba aquellas negaciones, sumido en pensamientos que ninguno de ellos podía adivinar. Francis sentía más congoja que otra cosa. ¿Cómo podían unas palabras afectar tanto a alguien? ¿Qué le habrían escrito? ¿Es que no podían ir a la casa a veranear y por eso Antonio estaba de aquella manera? Se le veía muy ilusionado antes, seguro que tenía que ser algo así. Antes de que Hendrik pudiera acercarse a él, el español dirigió sus pasos hacia la puerta de la cocina. El holandés chasqueó la lengua y se fue tras él. Antes de salir del todo, se dio cuenta de que Francis parecía dispuesto a bajarse y seguirles.
- Tú quédate ahí, mocoso. Vigila que la verdura sigue en su sitio y cuando vuelva te prepararé lo que quieras. -dijo el de cabellos de punta.
Menos mal que logró que Francis no se moviese, ahora no podía preocuparse por él. A mitad del camino encontró la carta arrugada en el suelo. La recogió rápidamente y siguió a Antonio, que seguía fuera de sí mientras iba por los pasillos de aquel castillo. Se dirigía a la entrada de la torre este y ese hecho mortificaba al holandés, que puso más empeño en detenerle. Al cuello, el español, llevaba un collar con un crucifijo y una pequeña llave. Se lo sacó de un tirón y el crucifijo cayó a un lado, aunque a él en ese momento sólo le importaba la llave. La metió en la cerradura y la vieja puerta de madera crujió mientras se abría. Antes de que pudiera adentrarse, Hendrik le dio alcance y le puso la mano en el hombro. Sin embargo, nada le había preparado para el puñetazo en el estómago que Antonio le pegó sin dudar un momento, que le hizo retroceder y chocar con fuerza contra una de las paredes. Cuando levantó la vista, la puerta estaba cerrada y del español sólo escuchaba los pasos tras la madera, que se perdían hacia pisos superiores del torreón.
- La madre que lo parió... -murmuró el holandés con la mano en el estómago, sufriendo el resquemor del impacto.
Ya que no iba a obtener respuestas de Antonio, no le quedaba más opción que leer la carta que había provocado semejante reacción en él. La misiva decía así:
"A la atención de Antonio,
Me temo que las noticias que tengo no son las mejores, pero prefiero comunicártelas antes de que te lleguen por otras fuentes y que te metas en líos. Romario está muerto. Germán, el que había estado protegiéndole, fue la mano que terminó con su existencia y luego lo quemó hasta que de él sólo había un cráter. Te pido que seas fuerte y que no vengas. Todos nos las estamos arreglando por aquí, no ayudarías.
Un saludo.
Lovino."
Hendrik arrugó el papel con la mano con una expresión molesta. ¿Por qué ese viejo tenía que dar por saco incluso después de muerto? La puerta apenas produjo un pequeño ruido cuando la sacudió con fuerza. Suspiró de manera inaudible y fue a la cocina a vigilar a Francis. El chiquillo, mientras no había nadie, se había bajado de la silla y había caminado hasta plantarse delante de los fogones. Se ponía de puntillas y estiraba el cuello intentando ver el contenido de la olla sin éxito. Cuando escuchó ruido, entornó el rostro y fijó sus ojos azules en Hendrik, que sin abrir la boca parecía estar interrogándole acerca de lo que estaba haciendo. Francis bajó los talones hasta que estos estuvieron tocando el suelo y acató la orden del holandés, que estiró el brazo derecho y con el dedo índice apuntó a la silla, corriendo hasta sentarse de nuevo en su sitio. Miró hacia la puerta, esperando ver a su cuidador, pero no había ni rastro de él.
- Hen, ¿dónde está Antonio...? -inquirió finalmente, observándole mientras proseguía cocinando en silencio- Heen...
- No va a venir, acabaré yo de prepararte la cena. -le respondió escuetamente.
- ¿Es que se ha enfadado conmigo por decirle que era malvado y no querer comer verduras? No dejaré nada en el plato, dile que vuelva. -murmuró apenado.
- No se trata de eso, Francis. -dijo ahora mirándole- ¿Recuerdas lo que les pasó a tus padres?
- Sí, se murieron. ¿Es que se va a morir? -el pronunciarlo fue doloroso. No quería ni imaginar que no fuese a ver a Antonio y que fuese a sufrir por culpa de esa enfermedad que no comprendía, pero que parecía lo suficientemente horrible.
- Tampoco es eso. Romario está muerto, es eso lo que ha pasado. Para Antonio, ese hombre era algo así como un padre.
No podía decirle que otra persona le había matado y que ese mismo había sido el hombre del que siempre había estado enamorado. No había que ser un lince para saber del afecto que Romario le profesaba a Germán. Los dos eran de los más antiguos que había en todo el mundo y habían vivido muchas cosas juntos. No podía imaginar cómo había sido para Romario el ser traicionado por el vampiro al que estimaba. Aunque le hubiese caído mal, aquello le producía una sensación similar a la tristeza. Por su parte, Francis se había quedado demasiado sorprendido ante esa revelación. ¿Ese hombre se había muerto también? Le daba miedo. ¿Por qué últimamente parecía tan sencillo que la gente a su alrededor desapareciese? La muerte le daba mucho miedo. Los ojos de Francis se pusieron llorosos y miró a Hendrik, que se había dado la vuelta y seguía cocinando.
- ¿Por qué no vamos a buscarle? Antonio debe estar muy triste, ¿no? -dijo él apretando los puños.
- Es imposible, chaval. Se ha encerrado en esa maldita torre. Nadie tiene llave de ahí a excepción de él y la puerta es robusta, ni yo podría tirarla abajo. Nunca me ha dicho qué hay ahí, no deja que nadie entre y él tampoco suele hacerlo.
- Pero... ¿Y si le busco un nombre más chulo se le pasará? ¿Le he puesto más triste?
El rubio se sentía culpable por todo el cachondeo previo que habían tenido. No sólo le había puesto un mote feo, además se había reído diciendo que era la madre. ¿Y si eso, al recibir las noticias, le había entristecido aún más? Si pensaba en esa posibilidad aún se sentía más apenado.
- Tú no tienes la culpa, Francis. Ya bajará cuando le apetezca. -dijo Hendrik sin muchos ánimos. Estaba de mal humor con toda la situación.
- Tenemos que ir a buscarle, Hen... Seguro que está triste. ¿Y si está llorando?
- Entonces no podemos hacer nada más. Esté triste o llorando, él no quiere que le veamos de esta forma. Ya te he dicho que esa puerta no se puede traspasar y la ventana de la torre está bloqueada. He intentado entrar antes, en otra ocasión, y ha sido inútil.
- Pero... Pero... -al niño se le estaban saltando las lágrimas de la impotencia- ¿Y si Antonio está igual de triste que yo lo estaba cuando mis papás murieron? Tenemos que estar con él. ¿Y si está llorando? Cuando yo lloraba, Antonio me abrazaba y me decía que todo iba a ir bien. ¡Tenemos que abrazarle y decírselo! ¡Tenemos que hacer que deje de llorar, Hen...!
El adulto se quedó mirando al francés, que ahora sollozaba por lo bajo, con los párpados apretados y que ocasionalmente sorbía los mocos, intentando que no se cayesen. Le dolía el pecho mientras recordaba la tristeza que había experimentado cuando sus padres se murieron. Si Antonio se estaba sintiendo de aquella manera, seguro que estaba incluso más triste que él. El hispano le había animado en los momentos que más triste se encontraba. ¿Es que no podían hacer nada por él? Hendrik apagó el fuego y se fue hacia donde estaba sentado. Se inclinó cuando estuvo en frente del niño y le cogió en brazos. El chiquillo escondió su cara en la bufanda blanca y azul que el holandés siempre llevaba al cuello y se aferró a la ropa con las manos.
- Eres tú el que está llorando ahora... -murmuró dándole palmadas en la espalda lentamente.
Aquella noche, Antonio no bajó.
Me gustaría saber si pensasteis que el hombre al que se refería el título era Romano o Roma xD Por curiosidad. Pues nada, otro lugar en el que Roma ha tenido su aparición. Por ahora ha sido fugaz XD ya que bueno... Germania le ha matado, como se supone que le traicionó y todo eso. No sé muy bien qué comentar, si tenéis dudas me las expresáis e intentaré contestaros si no sale más adelante mejor explicado ovo
Charlestone-Baby, jajaja... Pues tendrás suerte si te encuentras a uno como Antonio porque si no... ovo' Cuidado y ten miedo. Es un niño muy confundible XD Bueno, sólo tiene que recordar realmente lo que está pasando. Tenerle en la casa no es muy bueno, pero coincido... xD Se ha encariñado mucho.
Lady Locura, XD me ha encantado tu momento de locura. Pues hacía muchísimo que lo escribí, también me tiré la vida XD Poner títulos es complicado pero bueno, ahora me va gustando más. Siempre al principio me cuesta, sobre todo si no tengo algo pensado xD Espero que te guste =u=
GusGuschan, Oooh ovo Gente nueva. ¡Hola! Pues bienvenida a las actualizaciones semanales xD Awww... No te dé nervios, mujer óuo' Si no como ni nada ouo Te entiendo, yo muchas veces soy tímida, aunque más en la vida real xD En internet se me va ligeramente XD. Me alegra que te haya gustado, me hizo feliz saber que había gente nueva leyéndome y muchas gracias por el review ;v; los aprecio muchísimos, todos.
Tamat, jajaja bueno... no quise ser tampoco muy específica, para que si no lo pillabais al entrar entonces os situara y quizás sorprendiera. Tenía ganas de escribir algo de vampiros: tengo un rol en otro foro donde Francis es el vampiro y no Antonio, pero me apetecía el cambio por una vez. Hendrik es cascarrabias pero bueno, tiene una parte que se preocupa. Otra no, eso seguro XD. Bueno, Antonio le tiene cariño eso creo que queda claro XD Pero el problema es que es un humano y no es el mejor entorno uvu' Gracias a ti por dejar review ouo Espero que te guste.
Vampiresla, supongo que me perdí más en esa primera descripción porque imaginé claramente la escena y quería pasmarla lo mejor posible en el papel. Antonio tiene que buscar una buena tapadera, que si no seguramente le pillarían y lo pasaría muy mal. Suficiente trauma ha tenido el pobre Francis para que ahora no le traten con cariño. Antonio lo sabe, por eso lo de cielo y apodos cariñosos ovo. Muchas gracias por el comment =u= Espero que te vaya gustando el fic
Yuyies, jajaja ok, quizás un poquito. Pero era necesario de alguna manera para hacer lo que tenía en mente ovo' Lo peor fue la muerte del ciervo (?) XDDD Sigo diciendo que de alguna manera la mayoría de gente pinta a Francis como al vampiro, lo pensé y fue un: ... pues hagámoslo a la inversa o7o Van a salir bastantes vampiros, no lo niego ovo. Ante todo, Antonio no quiere dejar de lado esa humanidad, es especial :D Con lo poquito que ha salido Holanda, al final le he tenido que poner más o menos así. Y como no quiero cambiarle el nombre, pues Hendrik mientras no le dé uno XD Gracias por el review ovo
XX22, Hola ovo *emocionada al ver a gente nueva* Gracias por tus halagos ;v; Me hacen muy feliz. La ropa de época la llevarían si no fuera ya el 1902, que tienen que llamar la atención lo menos posible ùvú. No te preocupes, pasará a ser mayor también. Te entiendo... yo también tengo un fetiche por este hombre que... Maldita sea *flips life* ;v; Gracias por leer y dejar review ovo
Fijisaki Vargas, Hola, bienvenida al mundo de los fanfics ovo... Awn, bueno no te preocupes. Más vale tarde que nunca, encantada de conocerte ovo Omg, cuando me dicen que vicié a alguien al Frain me hace feliz porque adoro esta pareja y me encanta poder extender el amor por ellos *se va a una esquinita y llora felizmente* Sí òuo Fui avisando por Twitter y eso, porque soy así de pesada XD y tenía ganas de publicarlo. En general supongo que su vida es suficientemente complicada como para ser seriote, así que le gusta ser un niño grande, pasarlo bien y, si lo requiere la situación, volverse serio ò.o Francis ha seguido en su intento hasta que ha conseguido ganar a Hendrik. El niño lo vale XD No, mujer, no te haces pesada, me ha encantado tu review ovo Ana... jajaja XD Ana es un OC propio, que puse como la mujer del servicio de Antonio. En mi mente es la criada aquella que sale en el primer capítulo, así muy hispana ella xD Tonterías mías. Es la única OC totalmente fuera del mundo de los países ovo
Y eso es todo por esta vez, ¡que no es poco precisamente!
Muchas gracias =u=
Nos leemos.
Miruru.
