¡HOLA! Trabajando a marchas forzadas jaja, les traigo el episodio 2 del Crossover regalo para GeishaPax que agradezco mucho que les haya gustado! Ya dije este es mi primer cross y haré mi mejor esfuerzo :)
Ahora a responder reviews!
GeishaPax: Awww hermana maligna me siento feliz de que te haya gustado tu relato, estoy haciendo mi mejor esfuerzo para que quede lo mejor posible y te daré tu dosis de Cleon aquí también lo prometo, espero y hayas tenido una loca fiesta de cumpleaños, si no es así me sentiré un poco decepcionada jajaja bromi! :3 "Vivir por ella" estoy trabajando en eso y "Mala Sangre" bueno me está costando pero ahí voy! Termino dos one shots que tengo pendientes y continúo con la programación normal. :3 Espero y el episodio dos te agrade!
Frozenheart7: Pequeña, debo decir que de no ser por ti esta historia no sería la misma y lo sabes. :3 Gracias por ello, has sido de gran ayuda a pesar de que te has esforzado por no conocer mucho la saga de AC, eres jodidamente genial amiga mía! Respecto a Mala Sangre, ¡ups! debo dos fics para fines de este mes, pero prometo trabajar más rápido para tener todo listo con las actualizaciones que debo. Pola ya salió de prisión, por favor no me stalkeen tan feo jajajaja! Ya me contarás que te pareció el capítulo de hoy. Nos estamos leyendo!
Vic Sage: Hola! Geisha me ha hablado de ti, han hecho un gran trabajo con WWTLF y FITY sigo ambas historias y me parecen excelentes :3 Me da mucho gusto que te haya gustado este cross, es la primera vez que intento escribir algo de este género y la verdad estaba muy nerviosa pero creo que no ha salido del todo tan mal. Claire es lindísima siempre, aunque de dama florentina seguro que se ve más linda... Muchas gracias por seguir la historia y espero te guste el capítulo de hoy.
FANFIC: DEJA VU
Esas cifras fueron como una patada en el estómago.
1476…
La chica sintió que las piernas le flaquearon y se dejó caer desvanecida en la cama.
— ¡Santo cielo! ¡Cristina!—Gritó la mujer cuando vio que la muchacha se había quedado inmóvil en su sitio. — ¡Iré por las sales!
Era demasiado para ella. ¿Cómo pudo pasar todo esto? Por la noche había dormido en su departamento ubicado en Los Ángeles California, al lado de su prometido, en el año 2016. Y ahora había despertado en Florencia Italia, en una casa que desconocía al lado de gente extraña que la llamaba Cristina, todo en el año de 1476. ¡Había retrocedido 570 años en el tiempo!
En ese momento quería gritar, llorar, salir corriendo. Jadeaba desesperadamente sobre su cama sin saber si se debía al pánico del momento o a la falta de oxígeno a causa de la presión en sus pulmones gracias a ese estúpido corsé.
Simplemente era imposible, nada de eso tenía sentido. Un desafío a las leyes de la naturaleza, física, tiempo y espacio.
Sintió ganas de salir huyendo y gritar que ella no pertenecía a esa época y buscar ayuda en algún lado, pero enseguida descartó esa idea. Si esta era una situación real y no una alucinación, no podía darse el lujo de comportarse como una demente ya que podría llegar a alarmar a las personas y temió que la pudiesen encerrar en un manicomio, la acusaran de hereje o la quemaran por bruja. Como no tenía la certeza de en qué momento de la historia se encontraba, prefirió extremar precauciones. Entonces optó por tranquilizarse.
"Tranquila, Claire. Cálmate. Lo mejor es actuar natural para encontrar respuestas. Esto no es lo peor que me ha sucedido. Al menos aquí no hay monstruos ni muertos vivientes que quieren comerte viva. Cálmate…"
Enseguida llegó la mucama con un pequeño frasco de cristal que contenía un líquido adentro y lo colocó cerca de la nariz de la pelirroja. Cuando sintió el olor penetrante inundar sus fosas nasales apartó con las manos la botellita y se sentó de nuevo en la cama.
— ¡Que susto me has metido! Espero que con esto ya dejes de ser remilgosa y empieces a comer mejor.
Claire tosió a causa del fuerte olor de las sales de amoniaco y de nuevo volvió a incorporarse.
— ¡Catalina! ¿Ya se ha levantado Cristina? —Preguntó una voz ronca que resonó en toda la habitación.
— ¡Ya está señor! Enseguida baja a almorzar. —Contestó la mujer que al parecer respondía al nombre de Catalina. Después se dirigió a la pelirroja.
—Ya escuchaste a tu padre que debe de tener un hambre de los mil demonios. Apresúrate antes de que empiece a bufar por toda la casa como toro en brama.
La chica de cabellos rojizos se levantó acomodándose la falda del vestido y siguió en silencio a Catalina para dirigirse al comedor. La Redfield miraba con sorpresa aquella construcción. Tenía pasillos enormes y al juzgar también varias recámaras. Todas las ventanas eran exactamente iguales entre sí, pero no por ello menos elegantes. Caminaron hasta una escalera que estaba cubierta por una fina alfombra con diseños de rombos y un barandal de madera que parecía ser costosa.
— ¿Almorzaremos solos? —Preguntó Claire con inseguridad, tratando de tantear el terreno para saber qué era lo que le esperaba durante la comida.
— ¿A qué te refieres con "solos"? —Contestó astuta la doncella.
Ahora estaba en un aprieto. Tenía que improvisar.
—Me refiero a mi padre, tú y yo. —Respondió con inseguridad la de ojos azules, temiendo haber metido la pata.
—Esta vez no, Cristina. Recuerda que la semana pasada tu padre invitó a almorzar a tu primo Américo. Supongo que ya debe de estar aquí.
Vaya. Al menos se había salvado por ahora. Sólo tenía que actuar natural, comer en silencio y decir "grazie" de vez en cuando. Benditas clases de italiano básico que había recibido alguna vez en el Instituto.
Su vista se detuvo cuando de repente en una de las paredes miró un escudo de armas que en cierta forma, le recordó al logo de su banda favorita que surgiría varios siglos después: Queen.
Pudo distinguir entre las figuras del escudo unas cuantas flores, un par de fieras, una corona y una espada, seguro que algo significarían. Y en letras de oro, estaba grabado lo que supuso era el apellido de aquella familia; Vespucci.
"Así que mi nombre es Cristina Vespucci." Dedujo mentalmente sin dejar de caminar detrás de la mujer mayor.
Finalmente llegaron a la zona del comedor. Parecía ser el lugar más grande de la casa. Una mesa de doce sillas con adornos tallados en madera se presentaba ante sus ojos y un frutero de porcelana lleno de fruta madura estaba en el centro. Por un momento Claire se preguntó porqué usaban tantas sillas en ese entonces, ya que de la era de donde ella venía difícilmente podía llenarse un una mesa para seis personas. Acercándose más, fue que miró allí a dos hombres.
En el asiento principal se encontraba un hombre que vestía una camisola de lino y un extraño moño que parecía formar parte de una pechera blanca. En los puños llevaba mangas con graciosos holanes de tela que le recordaron a los pétalos de una flor. En la cabeza llevaba boina y su cabello era ligeramente largo y oscuro. De piel morena, ojos cansados y barba prominente supuso que probablemente ese hombre se trataba de su "padre". Al lado del sujeto de más edad estaba también un joven. Era un chico que no superaba los veinticinco años de edad. Se notaba a leguas que era alto e igual que el otro caballero usaba también una camisa con holanes y una boina de color azul oscuro de donde sobresalía uno que otro rizo castaño de su cabellera corta. La piel era blanca, pupilas color miel y las facciones ligeramente aniñadas… Al juzgar, probablemente era el tal Américo.
—Buenos días, hija mía. —Saludó el de más edad a la chiquilla.
—Bu-buenos días, padre. —Respondió ella sintiendo que hablaba como si fuera una muy mala actriz.
—Prima… —Se levantó el joven de su asiento y le tomó la mano con las suyas para saludarla con un beso en el dorso de la mano. —Un gusto volver a verte.
La pelirroja solo sonrió y se limitó a aceptar las cortesías de su ahora primo al acomodar el asiento para ella.
Enseguida se sirvió el desayuno. Claire ocupó su lugar al lado izquierdo de su padre, junto a la señora Catalina y frente a ella estaba Américo. Desayunaron unos panecillos integrales recién horneados y ensalada de frutas silvestres endulzada con miel de abeja. Sin duda la comida de ese año era más buena que la que estaba acostumbrada a comer. Sin conservadores ni ingredientes dietéticos, todo era natural. Comió en silencio mientras escuchaba la conversación amena de los otros con los que compartía la mesa. Detectó que los comensales hablaban sobre algunas personas que respondían a apellidos como, Medici, Alberti, Pazzi, Auditore…
— ¿Entonces, estás decidido a seguir la carrera de cosmógrafo? —Preguntó el de mayor edad al más joven.
—Así es, tío. Aunque también he pensado en probar suerte en la navegación. Espero y algún día poder trabajar en la compañía naviera de los Medici.
—Pero por supuesto, de eso me encargaremos Cristina y yo. Nunca nadie ha cuestionado la brillantez de la familia Vespucci en toda Florencia.
"Un segundo… ¿Él es Américo Vespucci? ¿El chico que está frente a mí es el hombre que diseñaría el mapa del continente americano?" Se dijo la pelirroja al atar cabos dentro de la conversación. "¿Quién diría que algún día un continente llevaría el nombre de ese chico tan tímido? ¡Genial! Estoy en una época donde ni siquiera han descubierto las tierras de donde vengo."
Sus familiares continuaron charlando en la mesa hasta que terminaron su desayuno, y ella permanecía en silencio pensando en alguna manera de salir de esa situación. Después de un rato, Catalina fue la primera en levantarse de su asiento y tomando un pequeño bolsito hecho de cuero, — el cual Claire supuso que se trataba de una especie de monedero, — se dispuso a salir de la casa.
—Iré a la botica a comprar más sales de amoniaco que ya se nos agotaron. —Anunció la mujer caminando hacia la puerta.
— ¿Llevas suficientes florines? —Preguntó el señor Vespucci a la mucama.
—Hasta de sobra. —Contestó ella dándose media vuelta.
— ¿Puedo acompañarla? —Dijo la pelirroja con timidez realizando la pregunta abierta, ya que no estaba segura hacia quién debía dirigirse. Tal vez y andar por la calle le ayudaría a despejarse y a encontrar más rápidamente una posible solución.
—Por supuesto que sí, hija mía. Solo traten de no llegar tarde a casa. Recuerda que hoy tenemos la reunión en la casa de los Medici.
La chica de ojos azules asintió y se levantó de la mesa para caminar detrás de Catalina.
Cuando cruzaron el umbral de la casa de los Vespucci, la Redfield no pudo evitar quedarse encantada con lo que veían sus ojos. Lo que contemplaba superaba con creces a cualquier pintura o imagen que hubiese visto antes de Florencia Renacentista. La ciudad entera era una verdadera obra de arte, palpable y tangible.
Las mujeres se detuvieron en una especie de plazuela en donde había varios locales comerciales y puestos ambulantes que ofrecían sus productos a la gente que transitaba por ahí.
—Ahora voy con el doctor. Trataré de regatear lo más que pueda para ahorrarnos unos cuantos florines. No te alejes demasiado de la plaza. —Indicó la de más edad a la muchacha, mientras ella se quedó de pie a la sombra de un árbol cercano.
Aún no daba crédito a lo que veía, no podía creer que estuviese en Florencia del Renacimiento, y a pesar de que este hecho le desconcertaba y también asustaba, no podía ocultar su fascinación de artista, observando maravillada cada cosa que veía.
Mientras estaba perdida en sus contemplaciones, escuchó una especie de pisadas metálicas que venían corriendo a sus espaldas. Entonces miró a los que parecían ser los guardias de la ciudad corriendo hacia una de las calles laterales en las que ella se encontraba sosteniendo unos enormes mazos que se veían pesados, desplazándose a toda velocidad mientras otros los seguían montando a todo galope sus caballos.
La chiquilla se apartó para evitar ser atropellada por los corceles y vio como toda la multitud se aproximaba a seguir a los guardias, armando todo un alboroto. Definitivamente la curiosidad descarada de la gente frente a asuntos ajenos no había cambiado con el tiempo.
Claire se quedó a observar de lejos no queriendo parecer chismosa para ver lo que pasaba, cuando de repente fue tomada por el brazo y arrastrada lejos del tumulto de gente.
— ¡Niña tonta! ¿¡Acaso se te antoja ser arrollada por los caballos de la guardia?! —Regañó Catalina acercándola hacia una de las bancas de la plaza.
— ¡No! —Repuso la Redfield enseguida. —Solo quería ver qué estaba sucediendo.
— ¡Es otra riña callejera! ¡Causada de nueva cuenta por el chico de los Auditore! Ahora se agarró a golpes con Duccio Barone, el novio de su hermana Claudia. ¡Es un problemático! Vas a terminar metiéndote en un lio grande si sigues con tu terquedad de frecuentarte con ese hijo de Giovanni Auditore…
"Auditore, otra vez ese apellido. ¿Quién carajo era esa familia y porqué siempre el integrante más joven está en boca de todos?" Pensó la ojiazul escuchando los parloteos de la mucama.
—Menudo disgusto que le causarás a tu padre por verte a escondidas con ese ragazzo. Terminará casándote con algún galo, un terrateniente veneciano o hasta con el mismísimo cretino de Vieri de Pazzi…
La pelirroja no prestó más atención a las palabras de la mujer mayor y se dedicó a seguir mirando la ciudad, tratando de memorizar las calles y texturas en su mente, mientras caminaba de nuevo de regreso a casa.
Una vez en el hogar de los Vespucci, la familia se apresuró a subir a un carruaje para trasladarse al hogar de los Medici. Durante todo el camino, la hermana de Chris Redfield se mantuvo callada y taciturna, tratando de memorizar la ciudad en su mente.
Cuando el carruaje se detuvo, el mayor de los Vespucci se apresuró a bajar para ayudar a la pelirroja y Américo hizo lo propio con Catalina.
La mandíbula de Claire cayó al suelo cuando pisó por primera vez la residencia de los Medici. Amplia, con grandes ventanales, y una terraza de la más fina herrería. Había bellos jardines de las más preciosas flores y una fuente en forma de ángel celestial adornando el pasillo principal. Si algún día volver a su época, la chica tendría mucho material para sus nuevas obras de arte.
Aún no dejaba de admirar la belleza del inmueble cuando fueron recibidos por un matrimonio joven. Enseguida vio a un hombre alto que vestía una especie de túnica blanca con incrustaciones en plateado y azul. Llevaba botas de cuero en los pies y guantes de color blanco en las manos. Su cabello ondulado le llegaba hasta los hombros y de facciones delgadas en un rostro que denotaba cansancio, le daba el aspecto de un hombre apacible. Tomada del brazo de ese varón le acompañaba una dama que a leguas se notaba su origen de buena cuna, vestía un vestido azul de una sola pieza con pequeños detalles en color negro. Delgada y de piel color durazno miró a la distinguida mujer que les regalaba una cálida sonrisa a sus invitados. Se trataba de Lorenzo de Medici y Clarice Ursino.
—Bienvenidos sean. —Saludó Lorenzo a los recién llegados.
—Lorenzo. —Respondió el mayor de los Vespucci dando un abrazo educado al anfitrión y dándole unas palmaditas en la espalda, para después besar la mano de Clarice.
Américo fue el siguiente en saludar y posteriormente fue el turno de Catalina, dejando en último lugar a la joven de melena rojiza.
—Bella Donna—dijo Lorenzo de Medici tomando a Claire de la mano para depositar un beso suave en el dorso. —Cada día estás más bella, Cristina.
La pelirroja se sonrojó. No todos los días se recibe un cumplido de Lorenzo el Magnífico.
—Por alguna razón siempre eres la modelo favorita de Botticelli. —Agregó la señora de Medici depositando un beso en la mejilla de la ojiazul.
Cuando terminaron todas las cortesías de bienvenida, se dispusieron a entrar a la casa para comenzar el festín. Si en un inicio la sobreviviente de Raccoon City había creído que el comedor de los Vespucci era enorme, sin duda era porque definitivamente no había visitado el hogar de los Medici. Mesa cuadrada y dieciséis sillas con detalles tallados en madera fina, era el sitio que los aguardaba.
En el vestíbulo había algunas otras personas que se les unieron y todos tomaron asiento uno a uno. La chica de melena pelirroja tomó asiento en medio de su padre y su primo Américo, mientras que Lorenzo tomaba su lugar en el asiento principal. Supuso que los invitados debían de ser gente importante ya que por sus modales y menosprecio al observar a los demás, seguramente debían de pertenecer a la nobleza de aquél entonces.
Enseguida la servidumbre comenzó a trabajar. Colocaron frente a los invitados una fina servilleta de tela junto con un tazón que tenía alguna especie de líquido dentro. Claire se puso nerviosa. ¿Qué demonios debía hacer?
Dio una mirada disimulada hacia lo que hacían los demás y notó que empezaban a meter sus manos en el tazón, frotándose las manos con el líquido.
"A donde vayas, haz lo que veas." Dijo para sí misma la pelirroja y comenzó a imitar a los comensales.
Al lavarse se dio cuenta que aquello eran aguas perfumadas que dejaban un dulce olor floral en las manos y qué decir de la humectación en la piel. Definitivamente pintaba para ser un evento elegante desde el inicio hasta el final. Cuando todos terminaron de lavarse, el banquete continuó.
Mazapanes, higos, bizcochuelos, y vino moscatel fue lo que prosiguió. Claire tomó un pedazo de pastel de piñón degustando el sabor suave en las papilas gustativas. Al parecer también la comida era toda una obra de arte. Después de servir dichos aperitivos le siguieron charolas con estofado de cordero, trozos de pan, tórtolas asadas, faisán, y un sinfín de platillos de la más alta cocina italiana fueron ofrecidos a sus invitados. La pelirroja rezó para que no la hicieran comer una porción de cada uno de los manjares.
En medio de ese convite lleno de abundancia y atenciones, todos los presentes charlaban amenamente sobre temas bastante variados como política, religión, economía… Y el tema que más le interesaba a la dama de ojos azules; arte. Ella permaneció callada comiendo faisán en silencio, deleitándose de las atinadas y cultas opiniones de la gente que comía a su alrededor, cuando de repente una voz solemne pronunció su presunto nombre en voz alta.
—Cristina, ¿qué opinas sobre la joven carrera de tu primo Américo? —Preguntó con interés el distinguido Lorenzo de Medici, usando ese tono de voz tranquilo pero que a la vez denotaba autoridad.
Ahora todos los ojos de los presentes estaban sobre la pelirroja.
"¡Maldita sea! ¡Estoy en un lío!" Pensó interiormente la chiquilla sintiendo como el color rojo comenzaba a inundarle las mejillas.
"Se supone que mi primo es Américo Vespucci el hombre que algún día dibujará el mapa del continente de donde vengo… Piensa, Claire, piensa…"
La joven se enderezó en su asiento y después resopló profundamente para buscar en su garganta el tono de voz más seguro que almacenaba en sus cuerdas vocales para tratar de ocultar su nerviosismo.
—Trabaja con Américo y te aseguro, mi estimado Lorenzo, que en un año pondrás su nombre a tu compañía naviera. —Respondió la chiquilla con una sonrisa y dándole un pequeño sorbo a su copa de vino.
Lorenzo de Medici sonrió y empezó a aplaudir encantado por la opinión de la muchacha, con todos los presentes imitándolo mientras el joven cartógrafo se sonrojaba por el cumplido de su prima. Al parecer el discurso había sido todo un éxito.
Entonces la pelirroja se percató de que uno de los invitados fijaba su extraña atención en ella. Se trataba de un hombre robusto, facciones toscas, usaba una boina y joyas enormes con pedrería preciosa. Si no se equivocaba y había memorizado correctamente la mayoría de los nombres de todos los comensales, ese sujeto respondía al nombre de Uberto Alberti, un prestigioso abogado y también confaloniero de los gobernantes y anfitriones de ese convite.
Por alguna razón, Claire se había sentido incómoda con la presencia de ese señor que la miraba atentamente con sus ojos pequeños. Durante el banquete había escuchado que el tal Uberto se quedaría al frente de Florencia durante la ausencia de los Medici, hecho que no le daba buena espina. Siempre había sido muy perceptiva y era buena leyendo a las personas, pero en esta ocasión, creyó que quizás sólo era una paranoia del momento.
Luego de un rato más de conversación amena y la presentación de más delicias culinarias, el festín terminó y todos los invitados se retiraron hacia sus hogares. A pesar de que la Redfield literalmente se sentía fuera de contexto. Había pasado un rato agradable en la casa de los gobernantes de Florencia, los Medici en verdad eran unas finísimas personas, y comprendía mejor aún el porqué todos los florentinos le tenían ese respeto y admiración.
Para cuando llegó a casa, la ciudad era iluminada con la tenue luz crepuscular y veía como la gente de los mercados guardaban sus productos a la vez que los faroleros comenzaban a iluminar el poblado.
A pesar de haber sido un día relativamente "tranquilo" la joven estaba exhausta. Quizás había sido porque no estaba acostumbrada a andar con tacones todo el día, o porque ese estúpido corsé ajustado no le permitía respirar bien, o también podría ser que ese no era su tiempo ni su época y se hallaba perdida sin tener idea de cómo llegó ahí y mucho menos sin saber cómo regresar. Estaba cansada tanto física como mentalmente así que en cuanto llegó a casa subió directamente a su habitación, con intenciones de darse un baño y tumbarse en la cama para dormir y olvidarse de todo.
Cuando estuvo en su alcoba colocó el seguro de la puerta y lo primero que hizo fue botar sus zapatos incómodos junto con el vestido y el corsé para meterse en la tina que estaba en el baño de junto. Catalina se había asegurado de dejarle ahí un balde de agua tibia y sales aromáticas para que se refrescara, así que solo tuvo que colocar el agua en la tina y hundirse en el dulce aroma que desprendía el líquido en la bañera. Uno de los beneficios de estar en un contexto antiguo era el gozar de lujos y comodidades que en la era moderna eran difíciles de conseguir, tales como las atenciones, lujos y productos de primera calidad que estaban al alcance de su mano. Al menos estar perdida en el tiempo no era algo del todo malo.
Permaneció durante un buen rato dentro del agua manteniendo los ojos cerrados, hasta que comenzó a sentir los párpados pesados y pensó que si no salía de allí probablemente se quedaría dormida en la bañera y no le apetecía pescar un resfriado en un momento histórico donde posiblemente no habían descubierto aún la penicilina y si se enfermaba quizás la llenarían de sanguijuelas por doquier.
Tomó una toalla para secarse el cuerpo y el cabello para después vestirse con un camisón rosado de tela ligera que encontró en el armario, ya que por nada del mundo deseaba dormir de nuevo con ese jubón que le oprimía las costillas. Secó su cabello lo más que pudo y después caminó hacia el tocador de su habitación para cepillar las hebras pelirrojas con un peine que al parecer tenía incrustaciones en piedras preciosas.
Al finalizar de desenredar su melena, Claire se encaminó hacia su enorme cama y apagó las velas del candelabro que iluminaba su habitación para dejar el sitio en la total penumbra. A tientas se acercó hacia el dosel de su lecho para jalar las sábanas y acostarse, cuando de repente sintió un par de manos grandes rodearla por la cintura, para después percibir el aliento frío de otra persona en su cuello que le susurraba con voz grave que parecía ser de un varón joven;
—Cristina…
.
.
.
Continuará...
