I

Era una mañana invernal, fría, como aquellas en que ella insistía en ponerme un abrigado polerón de lana y yo procuraba no hacerle caso para provocar su enojo. Estaba sentado en la cocina, recordando esos graciosos momentos mientras daba sorbos a mi taza de café, cuando vi entrar a Yuri.

Evidentemente no se percató de mi presencia, puesto que ingresó con cara de susto, mirando con expresión huidiza hacia un lado y hablando bajito por teléfono.

- Traelo, no creo que se enoje – opinó convencida. Luego hizo una pausa para oír la respuesta de su interlocutor - Ya ha pasado bastante. No tenés porqué no venir. ¡No seas tonta! – agregó – Además… es el cumpleaños de Kazu. No podés faltar. Es una tradición – luego de recibir respuesta, apagó el teléfono.

- ¿Era Rika? – pregunté yo, convencido de que sí lo era, sorprendiendo a la joven.

- Era – me dijo.

- ¿Va a venir?

- No lo sé… no sabía si podía… -

Mi rostro no expresaba más que una seriedad absolutamente improvisada – y perfectamente verosímil – pero mi corazón latía tan fuerte que pensé que Yuri lo escucharía.

- Me voy – dije, para poder evadir cualquier tipo de pregunta o comentario.

- OK, cuídate – contestó ella, algo confundida, supongo, ante mi desinteresada reacción.

La clase me resultó particularmente larga y tediosa. La profesora no hacía más que cuchichear cosas que ya todos sabíamos.

Mi cabeza comenzó a viajar por cualquier sitio, alejada de la realidad. La conversación que mantuvo Yuri esa mañana con Rika comenzó a resonar en mi mente. "Traelo, no creo que se enoje". ¿Sería que Rika tenía novio? ¿Tan rápido se olvidó de mí?

Salí antes de que la clase terminara.

- Me siento un poco mareado – le dije a Javier quien hizo un gesto afirmativo con la cabeza y me preguntó si no necesitaba que me acompañara. Negué convencido, ya que quería evitar los sermones y las preguntas que indudablemente serían formuladas por él y el resto de la barra.

Caminé por los corredores largos y desiertos de la facultad. Sentía mi cabeza por explotar de confusión y bronca. Me acerqué al portal de vidrio que desembocaba al gran patio exterior. Allí sentada, con las largas piernas cruzadas, cubierta con una gabardina negra, el cabello suelto y una expresión de concentración en el rostro, se encontraba Rika, leyendo.

Vacilé un poco al ver que levantaba su cabeza, y por precaución, me desplacé a un rincón desde el que podría observarla sin correr el riesgo de ser visto. Miraba para todos lados como si se sintiera perseguida. Luego dio un largo suspiro de resignación y ladeándose levemente se recostó en el banco. Cerró sus ojos y bostezó con ganas. Me pareció que el sueño se había apoderado de ella.

La recorrí completamente con mi mirada: de la cabeza a los pies. ¿Es que nunca va a volverse una mujer horrenda, capaz de espantarme, así me facilita el trabajo de olvidarla?, pensé molesto. ¡Qué ganas de despertarla comiéndole la boca! Pero claro, eso era imposible: en primer lugar porque yo la estaba mirando desde un primer piso, y el patio donde ella se encontraba estaba en la planta baja, y en segundo lugar, porque yo ya no era su novio, y hacía bastante que no hablaba con ella.

- Soy un desgraciado y un estúpido – me dije a mí mismo, dirigiéndole una última mirada antes de irme.

Salí del edificio rápidamente, sintiendo que cuanto más veloz, más fácilmente se alejaría su fantasma de mí. Corrí en línea recta hasta llegar a la avenida. Observé los edificios que se elevaban a mi alrededor: todos altísimos e inertes. Me hacían sentir como una aguja en un pajar por la majestuosidad de su porte.

- Estúpida naturaleza humana, estúpida arquitectura… - farfullé enojado.

Crucé la calle e ingresé a un gran local donde solíamos sumergirnos por horas cuando buscábamos algo para regalar.

- Creo que comprarle algo a Hiro será lo mejor… - me dije. El gran cartel con el que me tropecé terminó de embobecerme. ¿Es qué estoy loco del todo? ¿Por qué la veo hasta en los afiches de promoción? Un momento: sí, es Rika. La imagen se alzaba cuan majestuosa y brillante era ante mi atónita mirada. "Vive el momento" podía leerse a un lado de la hermosísima joven retratada en el cartel.

No precisamente contigo, murmuré acongojado. Observé la expresión de Rika en la fotografía. Su sonrisa blanca era como un imán: atraía a cualquier despistado que pasara por allí. Realmente incitaba a un desgraciado como yo a disfrutar el momento de mirarla, aunque fuera allí.

- Es hermosa… - oí decir a un muchacho que se encontraba a mi lado.

- Así es… - admití, no sin ciertos celos al ver la cara de estúpido del gusano que se atrevía a mirarla de esa manera.

Bufé con pesar y me volteé hacia las góndolas. Al rato, salí del local dirigiendo una última mirada al cartel. Te quiero, pensé.

Llegué a casa. Entré velozmente. La expresión de seriedad de mi rostro hizo a Henry escupir toda la Coca Cola que había tomado.

- ¿Será que estamos todos locos? – murmuró para sí – Si es así… espero que no sea contagioso…