LETTER FROM HOME

Capitulo 2

Quizá a fin de cuentas la profesora Van Theisen tenía razón, quizá dejar la mente en blanco para que todo brote solo es la manera de empezar a escribir.

¡Je! Empezar a escribir…

Te mentiría si dijera que siempre he escrito; Mentiría si dijera que no recuerdo la primera línea con sentido que escribí; Y también mentiría si dijera que no sé de dónde sale lo que escribo. Porque la cuestión es que empecé no hace mucho, que la primera línea que escribí hablaba de baloncesto y que lo que escribo ahora viene de él.

Pasé en la tienda del señor Itsumoto más de un año todavía, junto a Hatsumomo.

Tras esa brutal recaída, pasé unos días encerrado en casa. Mamá no me dijo nada, simplemente llamó a Hatsumomo y le dijo que estaba indispuesto. Le agradezco tanto que cuidara de mí en silencio esos días. Que no me obligara a enfrentar la realidad de forma apresurada, que intentara darme tiempo para poner de nuevo todo a su lugar, para que intentara componerme de todos los pedazos que el mar, violento como esos ojos azules clavados en mi memoria, había vuelto a esparcer.

Todavía ahora me cuesta entender porqué tras casi un año, cuando todo empezaba a ir bien, cuando yo empezaba a estar mejor me ocurrió aquello. Fue extraño para mí, y ahora visto de lejos me parece algo absurdo.

Hatsumomo cerró la tienda unos días porque ella sola no podía con todo. Pero no estaba la economía como para mantener cerrado muchos días, así que una tarde se presentó en casa. Muy preocupada me pidió si me ocurría algo grave, que sabía que de no ser así no la habría dejado colgada y que si necesitaba su ayuda. Yo la vi tan triste y preocupada que me sentí mal. Intenté de nuevo ponerme la máscara de que todo iba bien, intenté encontrar una excusa para mi inexistente enfermedad. Ante mi dificultad para hablar coherentemente ella insistió para que la acompañara a pasear, para que me diera el aire. Creo que pensó que no sabía qué decir porque mi madre estaba en casa en ese momento.

Y salimos. Y extrañamente no tuve que esforzarme mucho para mantener una postura decentemente alegre. Ella es, como ya te he dicho, una chica muy dulce. Nos entendemos bien. Sabe como hacerme reír, y siempre ríe mis bromas. Tiene un gran sentido del humor. Recuerdo que paseamos un rato en silencio, luego le pregunté por su abuelo.

El señor Istumoto había empeorado de nuevo. Ella se puso triste y yo la consolé. Unos minutos más tarde se quejó de que fuera yo quien la consolara a ella cuando el que estaba mal era yo. Sonreí tristemente.

-¿Quieres contármelo? Hablar puede que te ayude,- me dijo. -Prometo no contárselo a nadie,- añadió con una tímida sonrisa, cálida, muy cálida.

Pero no me di cuenta que quizá lo era demasiado.

Tomé sus manos en las mías y le di un beso en ellas. Luego nos sentamos en un banco del parque y, sin saber muy bien cómo, hablé con ella de todo lo que había intentado mantener oculto, enjaulado y controlado en mi corazón.

Le hablé de que lo que me ocurría no era nada nuevo, que llevaba con ello meses, que era cierto que no estaba bien. Le dije que alguien había partido un año atrás y que desde entonces me había sido imposible dar pie con bola. Había perdido las ganas de hacer nada, no tenía ninguna meta en la vida, no tenía un objetivo así que no tenía nada por lo que luchar, ningún futuro mejor por el que trabajar duro y finalmente sentirme realizado como la mayoría de la gente a mi alrededor parecía tener. Le hablé de la sensación de exclusión que había llegado a sentir al final de último curso cuando todos parecían saber qué hacer con sus vidas excepto yo.

Ella callaba y me dejaba hablar. Solo me escuchaba. Y eso fue lo que me ayudó.

Entonces hice algo que durante mucho tiempo me pregunte si no debí. Me permití el lujo de llegar más allá y confesarle que en realidad lo único que deseaba era que esa persona que se había ido volviera a estar aquí, a mi lado, cada día. E incluso le confesé que si eso, tan improbable, casi imposible, ocurriera tampoco sabría qué hacer entonces con mi vida. Le expliqué que cuando estábamos juntos yo no era consciente de todo lo que sentía por Kaede, de enfrentarle de nuevo, ahora que era consciente de todo y que quería mucho más de nuestra relación de lo que había querido nada nunca en mi vida, no sabría cómo enfrentarle. Y ni que encontrara la manera de hacerlo, eso no iba a darme un camino que seguir, le dije. Creía firmemente que incluso estando a su lado seguiría sintiéndome como si estuviera perdido en un mar de arena sin ningún camino, sin dirección, casi como un navío a la deriva en alta mar, lejos de cualquier destino.

-¿Hanamichi, no te das cuenta? Ya tienes un camino frente a ti.- Me dijo ella con sus labios curvados en una siempre cálida sonrisa, y los ojos entre vidriosos y divertidos.

Pero nunca llegué a saber qué había querido decir con esas enigmáticas palabras. A pesar de mi insistencia para que me las aclarara ella no dijo nada más esa tarde referente a ese tema. Cuando me acompañó de vuelta a casa me hizo prometer que la mañana siguiente abriría de nuevo la tienda.

Esa noche volví a soñar con él, pero por primera vez no me levanté angustiado o triste por ello. Hablar de todo lo que me angustiaba alivió mi corazón de tal modo que por vez primera disfruté realmente de la fantasía de compartir con Kaede algo mucho más allá de ser simples compañeros de equipo. Y a pesar de que despertar de ese sueño fue duro, no lo fue tanto como antes.

En la tienda una nueva complicidad nació entre Hatsumomo y yo. Eso hizo del ir a trabajar algo mucho más llevadero. Ella fue muy paciente conmigo y no sacó de nuevo el tema de Kaede. Supongo que esperaba que lo hiciera yo cuando quisiera hablar de él de nuevo. Quizá ella, como yo, no quería hablar más del tema, que quería olvidar en la medida de lo posible, pasar página y concentrarme en ese camino que ella decía que ya tenía delante.

En eso sí insistí. Y cada vez que lo hacía su risa, alegre y agradable como pocas, sonaba por toda la tienda y muy sutilmente siempre me decía lo mismo:

-El camino está ahí Hanamichi, y debes ser tú quien lo encuentre, si yo te lo digo ya no será tu propio camino.

Y de algún modo sabía que tenía razón. Mamá también me decía que si no había encontrado todavía qué hacer con mi vida era porque todavía no estaba preparado para él, mi futuro digo. Quizá ambas estaban en lo cierto. La verdad es que después de que ella dijera esa tarde que sí había un camino para mí en esta vida me costaba menos levantarme de la cama cada día. Aunque quizá no fuera por eso.

Fueron unos meses buenos para mi. Quizá porque siempre me había gustado el verano. Me fue fácil no quedarme tan encerrado en mí como hice en invierno. Los días largos, las tardes claras, invitaban a salir a pasear a tomar algo, en las noches frescas apetecía salir, ver a los amigos, reír.

Salí mucho ese verano, tanto con Hatsumomo como con los chicos del Gundam.

Como ya éramos mayores de edad podíamos ir a la discoteca sin miedo a que los porteros nos pararan para pedirnos el carné. Seguro que sabes que siempre me ha gustado bailar, y en verano cuando las discotecas abren las salas al aire libre todavía me gusta más. Trabajar tenía la ventaja de disponer de efectivo cuando quisiera. A pesar de que una parte de mi sueldo iba a la cuenta de Mamá para que pudiera pagar las facturas y demás gastos de la casa, y que hasta ahora había estado ahorrando el resto para lo que pudiera suceder, ese verano lo pasé en grande pudiendo hacer todo lo que me apetecía por primera vez en mi vida sin tener que pensar en qué sacrificar para poder pagarme el capricho de salir o comprar algo.

Definitivamente fue un buen verano.

No sé si ésta va a ser la forma de conseguir nada pero de momento a mi me está ayudando recordar. Hacía mucho que no pensaba en muchas de estas cosas. Me alegro de haber empezado esto, a pesar de que estoy seguro que si supiera que algún día podrías llegar a leerlo quizá no lo escribiría.

La gente a mí alrededor se ha puesto manos a la obra enseguida, como ayer. Parecen todos tan ansiosos por seguir escribiendo, leyendo y estudiando, como yo de que salga algo de todo esto.

Hoy hace un día claro, parece que la lluvia de ayer se llevó todo lo gris y hoy el sol luce como nunca, y todo parece tener más color. Me siento bien, no como ese verano en Kanagawa, pero es agradable sentirse en paz de vez en cuando a pesar de que no me sobren los motivos precisamente.

John me dijo una vez que no podemos cambiar el pasado pero que sí podemos cambiar el futuro. Ese es un pensamiento que siempre me ha reconfortado. Quizá por esto estoy aquí, pensando de nuevo en lo que mi vida ha sido desde que Kaede se marchó a Estados Unidos, esperando con ello dar con la clave a mi dilema.

El primer año fue difícil, he de reconocerlo. Pero ese verano fue bueno. Creo que fue el último gran verano de mi vida. Aunque como diría John, quizá el mejor todavía está por venir…

La noche del aniversario de Mamá preparé una fiesta. He de reconocer que estaba un poco perdido y que no sabía a quien invitar. Opté por los vecinos que se llevaban bien con Mamá, su mejor amiga que me ayudó a preparar la tarta, un par de compañeras del trabajo, tras dudar mucho llamé a unos viejos amigos de la familia, el numero que tenía de ellos ya no existía. Más tarde Mamá me contó que hacía años que se habían mudado de Tokio y que desde entonces no sabía nada de ellos. Una muestra de lo que el tiempo y el espacio pueden hacer… quisiera pensar que yo nuca voy a olvidar a nadie.

Para no sentirme fuera de lugar, y darle un aire joven a la fiesta invité a los de la gundam con sus respectivas parejas, a quienes Mamá no conocía todavía y había insistido mucho en conocer. Finalmente invité a Hatsumomo. Ella me había echado un cable cuando más lo necesité y a Mamá le caía muy bien. Había dejado de ser solo una compañera de trabajo, era mi mejor amiga, y creo que Mamá pensaba que éramos algo más. No intenté sacarla de su error.

La fiesta fue todo un éxito. Coincidió con el final de las fiestas del barrio, así que al tarde, por la noche cuando ya habíamos cenado y repartido regalos y felicitaciones, pudimos ir todos juntos al parque a ver los fuegos artificiales. Fue una noche maravillosa de mediados de Junio, en la que no pude evitar recordar el festival de fin de curso más de un año antes. Por un momento me entristecí porque era ahora cuando veía que esa noche con Kaede había sido algo especial. Pero Mamá estaba radiante de felicidad y eso logró sacarme cualquier pensamiento triste de la cabeza. Estaba muy contenta porque su mejor amiga iba a quedarse a dormir con nosotros pues no podía tomar el siguiente tren hasta la mañana siguiente, y yo le pedí permiso a Mamá para invitar a Hatsumomo, pues cuando todos se hubieron marchado era ya muy tarde y me daba mucha pereza acompañarle a casa, y no iba a dejarla ir sola. Mamá aceptó con una sonrisa bajo la nariz, y misteriosamente ella y su amiga desaparecieron rápidamente al piso de arriba dejándonos a nosotros solos en la sala.

A pesar de ser tarde ambos estábamos extrañamente desvelados y animados, quizá por la mezcla de saque y champán, el caso es que nos pasamos gran parte de la noche despiertos hablando. Medio tumbados en el sofá de la sala, con las luces apagadas y las ventanas abiertas, en una burbuja de intimidad nos contamos hermosos secretos que, como tales, no deben ser desvelados.

Lo que si puedo contar es que esa noche nació una idea. Mi primera idea empresarial.

Ya ves, yo con ideas empresariales. Lo más fuerte es que mi idea le encantó a Hatsumomo y a finales de Julio, ella ya había convencido a su abuelo para que intentáramos tirar adelante mi idea de ampliar el negocio con nuevos artículos de deportes más minoritarios en nuestro país. Yo que había practicado uno de los deportes minoritarios de Japón sabía que no era fácil encontrar dónde comprar buenos balones, o deportivas, para no hablar ya de las típicas camisetas con los emblemas de equipos conocidos de nuestra liga y de otras ligas extranjeras como la NBA o la liga Europea.

Pero los que jugábamos a baloncesto no éramos ni de lejos los que más difícil lo teníamos, porque en Kanagawa había la tienda de Itsumoto y sabía por mis viajes en los años de instituto por los nacionales que más o menos todas las regiones tenían alguna tienda con artículos como los que ahora vendía yo. Pero sabía de otras disciplinas menos conocidas, que no tenían esa suerte. Conocimos a unos chicos de un equipo de voley en el segundo nacional que iban expresamente a Osaka a comprarse el material, para no hablar del voley playa, los bolos, o el surf. Todos los artículos de ese tipo de deportes solo podían encontrarse en Tokio y quizá en alguna tienda de deportes de alguna región cercana que se atreviera a aumentar el negocio como yo proponía hacer. Pero eran pocas y poco conocidas.

No venderíamos mucho, lo sabíamos, pero confiábamos en que los clientes que hiciéramos de esos deportes fueran fieles, y te puedo asegurar que fueron fieles hasta el final. Y todos los demás artículos de deporte que compraron no especializados, chándales y demás, acabaron comprándolos en la tienda también.

Ese paso supuso un aumento de trabajo para mí, puesto que Hatsumomo sola no podía con todo y me pidió que le ayudara con los comerciales de las nuevas casas con las que comenzamos a tratar, que buscara catálogos de las marcas que ya conocíamos, que investigara qué tipo de artículos iban a pedirnos los clientes. Pase muchas mañanas, que era cuando menos trabajo había en la tienda y podía dejar a Hatsumomo sola, viajando por la región de centro deportivo en centro deportivo hablando con los capitanes de equipos de estos deportes, paseando por las playas en busca de surfistas, etc. intentando saber qué tipo de material necesitaban, y luego buscando qué marcas comerciales con las que tratábamos ofrecían esos productos.

Fue agotador, pero valió la pena. A finales de Agosto teníamos todo listo para la ampliación que se haría a principios de Septiembre. Mi particular estudio de mercado dio como resultado que todos con los que hablé supieron de nuestra apertura, y el boca a boca entre sus amigos funcionó de tal manera que una vez inaugurada la temporada de otoño con todos los nuevos artículos, las ventas aumentaron más de un veinte por ciento según los cálculos de Hatsumomo en las primeras semanas. Si es que no hay nada como ser un genio.

Una tarde a finales de Septiembre Hatsumomo me pidió que la acompañara a ver a su abuelo. Cerramos la tienda antes de lo habitual y fuimos a ver al señor Itsumoto. Yo no le había visto desde hacía meses, cuando enfermó a medio invierno y dejó de venir por las tardes empezando yo a hacer doble turno.

Itsumoto-sama estaba muy envejecido. Sabía por Hatsumomo que no se había recuperado del todo, y que había tenido alguna recaída, pero no esperaba encontrarle así. Había perdido peso y nos esperaba sentado en la sala de su pequeño piso envuelto en una manta de tal modo que me pareció un pobre pollito indefenso.

Itsumoto estaba muy contento con nuestra gestión de la tienda, pasó un buen rato alabando mi idea, y recordando lo que le había costado decidirse a contratarme.

-Suerte que lo hice,- dijo justo antes de anunciarme que iba a subirme el sueldo.

La verdad es que no puedo decir que no me lo esperara. Cuando empecé a trabajar a doble turno Hatsumomo ya me dijo que la tienda no daba para aumentar mi sueldo. Ganábamos lo mínimo para los tres. Pero ahora las cosas habían cambiado. Itsumoto expresó su deseo de que esos beneficios nos los repartiéramos nosotros, pues él, según su parecer, no necesitaba más de lo que ya recibía, pues casi no salía y sus gastos eran mínimos, y como me dijo más tarde mientras Hatsumomo estaba en la cocina preparando el te, sentía que su vida estaba ya llegando al final y prefería dar su herencia a su nieta en vida que después de muerto.

Me impresionó la calma con la que hablaba ese hombre de su propia muerte, la serenidad con la que afrontaba la situación. Estaba en paz con la vida, era feliz con lo que había conseguido. Hablaba maravillas de sus años de juventud y decía haber tenido la suerte de conocer lo que era el amor, la felicidad y la dicha, por lo que daba gracias. Se iba tranquilo, con la sensación de que había hecho todo lo que debía en esta vida y que ahora merecía disfrutar de los placeres de la vida eterna, reunirse con sus seres amados que le habían precedido en el gran viaje, y quedar aquí ya solo como un recuerdo hermoso en los corazones de aquellos que dejaba atrás.

Envidié esa paz y esa serenidad, se mostró ante mí con un aura tan especial que esa tarde ese hombre me ganó un respeto que no he sentido por nadie más.

Esa fue la última vez que vi a Itsumoto-sama en vida.

Itsumoto-sama murió una noche fría de finales de octubre mientras dormía. El funeral fue muy tranquilo y sereno, una soleada mañana de viernes. Acompañé a Hatsumomo y el resto de la familia hasta el cementerio. Fue rápido y silencioso. Nadie se quedó mucho rato. Solo Hatsumomo, y yo que no me atreví a dejarla sola.

No fue hasta que estuvimos solos que ella lloró. Empezó de forma tranquila, pero luego su dolor salió de golpe y su llanto se tornó desgarrador. En un intento de aliviar su pena la abracé con toda la ternura de la que fui capaz.

Cerramos una semana, durante la cual yo iba cada mediodía a ver a Hatsumomo para asegurarme de que estaba bien. Pero ella necesitaba estar sola, y yo conociendo de cerca el dolor de perder a un ser amado respetaba ese deseo marchándome tras darle gentilmente lo que fuera que le hubiera comprado para que comiera algo durante el día. Solo una tarde le pedí que me acompañara a pasear, no quiso y no insistí.

El lunes siguiente ella misma abrió la tienda, con una energía que me sorprendió mucho. Ella simplemente dijo que su abuelo no hubiera querido vernos abatidos ni que la tienda estuviera cerrada tanto tiempo por su causa. Ante mi insistencia me aseguró que estaba bien y que lo que en ese momento necesitaba era precisamente trabajar.

Pasamos el octubre sin más contratiempos que un pequeño catarro de Hatsumomo. Fue una buena excusa para mandarla a casa un par de días para que descansara. Mientras yo organizaba para ella una pequeña sorpresa.

Dos semanas más tarde cerrábamos de nuevo, pero esta vez por vacaciones. Hatsumomo sabía desde la fiesta de mi madre que en Noviembre quería hacer unas pequeñas vacaciones con mi madre, que ése era mi regalo de cumpleaños para ella, lo que no sabía es que el viaje lo preparé para los tres y que en vez de pasar dos semanas sola en Kanagawa sin nada que hacer iba a venir con nosotros.

Una pequeña pensión en un pueblo de la costa, nada ostentoso, pero lejos de la rutina para los tres. Mamá se empeñaba en pasar horas leyendo en la playa, con la idea de dejarnos espacio, decía ella. Bueno me lo decía a mí, porque como oficialmente según ella no le había presentado a Hatsumomo como mi novia, no se atrevía a hacer ese comentario enfrente suyo. Yo sabía que la comedia no podía durar mucho más, lo que no esperaba es que acabara como acabó.

Tres días después de haber llegado a la pensión, una tarde decidí salir con Mamá a hacer algo nosotros solos, y dejamos a Hatsumomo medio dormida disfrutando de los últimos rayos de sol antes de la llegada del invierno.

Esa noche cuando volvimos, mi amiga nos hizo saber mientras cenábamos que un había hecho amistad con un chico del pueblo. Entre risas nos contó lo amable que era el muchacho, lo alegre, lo mucho que se parecía a mí, comentó. Yo sonreía ante la atónita mirada de Mamá que no entendía que yo me tomara tan bien que mi supuesta novia secreta me contara enfrente de ella que había conocido a alguien tan encantador.

-Bueno tendrás que presentárnoslo mañana. O empezaré a ponerme celoso,- comenté medio en broma, medio en serio. Yo no estaba enamorado de Hatsumomo, pero la quería, y no iba a dejar que el primer pelagatos que pasara le destrozara el corazón.

El que quedó medio en shock la mañana siguiente fui yo cuando supe el nombre del misterioso y encantador ser: Nobunaga Kiyota.

No se quien de los dos estaba más sorprendido de ver al otro, si él o yo.

-¡Mono salvaje!

-¡Mono pelirrojo!

Dijimos los dos a la vez, seguidos de un:

-¿Qué haces tú aquí?

Resultó que ése era el pueblo de sus abuelos, a quienes estaba haciendo una visita ese mismo fin de semana. Hatsumomo tuvo serios problemas para conseguir que Kiyota y yo accediéramos a salir juntos con ella esa tarde. No entendía qué puñetas le había visto a ese energúmeno chiflado que le había gustado, o peor, que le había recordado a mí.

Supongo que nuestros desacuerdos siempre vinieron del hecho que nos parecemos más de lo que nunca admitiríamos ante nadie. Solo por ella, y tras mucho tiempo hemos llegado a cierto grado de entendimiento.

Esas vacaciones por eso quedaron seriamente dañadas como el periodo de calma que debían haber sido.

Para empezar Kiyota dijo que iba a volver la semana siguiente para poder volver a ver a Hatsumomo, eso la tuvo a ella nerviosa toda la semana, a mi medio celoso medio enfadado, y a mi madre muy dolida e indignada por la actitud de ambos Hatsumomo y yo.

Desde ese mes de noviembre tuve que acostumbrarme a ver a menudo a Kiyota. Resultó que lo de ellos iba en serio. Y yo no podía, ni iba a hacer nada para impedirlo. Solo me quejaba todo el día diciendo que Hatsumomo podría haberse fijado en alguien mejor. Aunque nunca tuve el atrevimiento de decirle nada, pues ella se veía feliz y eso era mayor que cualquier desacuerdo que yo pudiera tener con Kiyota, pero no lo hacía desaparecer. Además ya tenía experiencia en intentar sacarle de la cabeza a una chica enamorada que la persona de sus sueños no es como cree, y no me apetecía estropear la relación con Hatsumomo como años atrás había estropeado la que tenía con Haruko.

Pero de todos modos me quejé tanto que Mamá se hartó de oír mis quejas y a principios de Diciembre se atrevió a decir lo que había estado guardando desde hacía un mes.

-Es tu culpa Hanamichi. Si hubieras tratado un poco mejor a Hatsummo ella no te habría dejado por otro- me dijo yendo directo al grano.

-Ella no…

-No hijo calla y déjame terminar que esto debería haberlo dicho hace tiempo. ¡Eres tan desesperante como tu padre, de todas las cosas buenas que podías haber heredado de él tuviste que salir indeciso en el amor como él! Sí, y no me mires así. No has luchado para que no se alejara de ti.

-Pero…

-Y te quería, se le veía en los ojos, ¡pero como seguir con alguien que ni siquiera quiere admitir la relación frente a su propia madre!

-Mamá eso no…

-Eres un zopenco cariño así que ahora no te quejes porque tú le has alejado. Además si ese mono salvaje del que tanto hablas…

-Mamá espera un momento. Cálmate y deja de decir estupideces. No soy ningún zopenco, y Hatsumomo no me ha dejado porque simplemente nunca hemos estado juntos.- De no saber que me hablaba de Hatsumomo hubiera logrado que me sintiera mal de verdad, pues a pesar de todo en algo si tenía razón, no había luchado mucho para que quien amaba de verdad no se alejara de mí… Quizá pensar eso en el fondo de mi corazón hizo que mis palabras no fueran dichas con mucha convicción y Mamá no me creyó. Alegó que era muy cobarde por mi parte negar que quería a Hatsumomo ahora que me había dejado por otro.

La discusión siguió por largos minutos, cada vez los ánimos estaban más encendidos, casi como la noche que discutimos cuando se marchó Kaede. Aunque he de reconocer que es extraño que no hubiéramos llegado a gritarnos de ese modo en todo ese tiempo. Heredé mi genio de ella, y ya se sabe que los polos iguales se repelen. Supongo que ella tuvo que hacer un gran esfuerzo para no dejarse vencer por la rabia que tan fácilmente nos embargaba a ambos, para evitar exaltarme todo ese tiempo. Ella sabía que no había estado bien y quiso protegerme, y logró por más de un año evitar las peleas. Me di cuanta de ello cuando estaba a punto de salir corriendo de nuevo ofuscado porque no quería escucharme. Entonces hice por primera vez el esfuerzo de parar, detenerme, parar de gritar, parar de moverme como un león enjaulado. Parar e intentar serenarme.

Y miré fijamente a Mamá delante de mí gritando, todavía ajena a mi renuncia a discutir más, que le daba vergüenza que su propio hijo fuera así de idiota. Me costó no reaccionar contra ese idiota, me acerqué a Mamá y sin previo aviso la abracé.

-Mamá, quiero a mucho a Hatsumomo, ella es mi mejor amiga, pero no la amo, no estoy enamorado de ella sino de… alguien más. Cálmate por favor.- Y ella se calmó. Me faltó valor para decir en voz alta el nombre de Rukawa, pero no hizo falta.

Instantes después oí a Mamá sollozar entre mis brazos y la estreché un poco más. Es tan menuda, la verdad es que no se de dónde diablos salí yo tan grande como soy. Que no me quejo, tengo un cuerpo de infarto y mi poca similitud física a nadie de mi familia que yo conozca nunca me ha importado.

-Pensé que le habías olvidado, que lo habías superado. Lo siento tanto cariño…- me murmuró acurrucada en mi pecho.

Yo estaba paralizado. ¿Mi madre sabía de quién estaba hablando o eran imaginaciones mías?

-Mamá… tú…- susurré apartándola un poco de mí para poder verle bien la cara. Como los míos sus ojos no saben mentir.

-Esas cosas una madre las sabe cariño,- me dijo acariciándome la mejilla suavemente. -Además era demasiado evidente incluso para mí. Desde que le conociste que solo hablabas de él, Rukawa por aquí, el zorro por allá, primero solo pensé que era otro más, pero luego… él fue el que estuvo allí contigo cuando te lesionaste, él fue el que te animó a seguir adelante, eran sus palabras las únicas que te hicieron ver que no todo estaba perdido. Y en la cancha cariño…, jugabais como si fuerais solo uno. Eso no se consigue con cualquiera.

-Pero…

-Sí, lo sé. No te diste cuenta hasta que se fue. Y me he hecho la misma pregunta desde entonces, ¿habría aliviado tu sufrimiento si hubiera intentado que lo vieras por ti mismo antes, cuando todavía tenías tiempo para…?

Mis ojos llenos de silenciosas lágrimas la miraban como si estuviera descubriendo que mi madre era un marciano, como si en realidad yo no la conociese.

-En el fondo quise pensar que solo era una tontería de adolescentes, que se te pasaría en cuando os separarais. Nunca pensé que era tan especial para ti cariño… y cuando conociste a Hatsumomo y empezaste a recuperar los ánimos, y a hablar de ella con tanta ternura… creía que por fin habías encontrado a tu persona especial. Creí que… yo…

Ahora eran sus ojos los que no podían contener las lágrimas. Sin saber qué decir me senté, intentando no descomponerme de nuevo.

-Mamá yo…

-Hanamichi cariño no bajes la cabeza. No tienes que avergonzarte, yo no me avergüenzo de ti. Y sé que tu padre tampoco lo haría. Eres un buen chico…

-¿Mamá, no te molesta que él sea un chico?

-Me molesta ver que sufres en silencio cariño, me molesta que te hayas enamorado de alguien que se ha ido dejándote atrás sin remordimientos, y sí, me molestó al principio que fuera un chico, pero luego me di cuenta de no había motivo. Hijo no hay corazón más puro que el tuyo, yo lo sé, y ni siquiera lo escogiste, no elegiste amarle, solo pasó, no puedo enojarme por ello.

-Quise decírtelo Mamá, pero tenía tanto miedo, le dije entre sollozos. Y pensaba que si no hablaba más de él, si dejaba de ir a los sitios dónde iba con él, si… pero no ha servido de nada Mamá. Y le hecho de menos…

-Lo sé. Ahora lo sé,- me murmuró mientras esta vez era ella la que me abrazaba.

Del mismo modo que sincerarme con Hatsumomo me ayudó en su momento, hacerlo con Mamá resultó igual o más agradable. Un gran peso había desaparecido de mi corazón. Todo ese tiempo estuve preocupado por si Mamá llegaba a saber que me había enamorado de otro hombre, por como iba a reaccionar, por si se enfadaba. Ahora eso ya no era importante, y en mi interior se estableció una especie de paz, o tranquilidad, no sabría como definirlo.

A finales de Diciembre me encontré una tarde sentado en un banco del centro comercial, esperando con las manos llenas de bolsas a que llegaran Hatsumomo y Kiyota. Habíamos quedado para ir a cenar junto con los chicos del Gundam en un pequeño restaurante que Kiyota dijo conocer.

Resultó ser el restaurante del gorila capitán del antiguo Ryonan.

Fue una noche extraña.

En el restaurante coincidimos con otros antiguos compañeros de baloncesto, por lo visto era un restaurante muy popular entre los jugadores de baloncesto. Akagi, Kogure, Mitsui y Haruko estaban en una mesa al fondo. Me acerqué a saludar en cuanto les vi.

Akagi, Haruko y Kogure celebraban el final de los exámenes del trimestre y Mitsui que su equipo iba escalando posiciones en la liga nacional. Me invitaron a sentarme con ellos, pero les dije que iba con unos amigos y que me estaban esperando. Me preguntaron qué era de mi vida, que no habían sabido nada de mí en tanto tiempo que empezaban a pensar que me había fugado. Yo reí, les dije triunfal que era el encargado de la antigua tienda de Itsumoto-sama, ahora de su nieta, y que todo nos iba tan bien y que tenían que pasar a verme por allí alguna tarde y les haría algún descuento.

Y entonces ocurrió: me preguntaron por Rukawa. Supongo que mi expresión de felicidad cambió de golpe. Pero me repuse y conteste haciendo broma…

-Sigue en yankilandia. ¿O me diréis que habéis dejado de seguir las ligas americanas ahora que uno de los nuestros ha llegado ahí?

-No claro. Sabemos que su equipo va segundo pero…- intentó decir Kogure, como siempre poniendo paz. No habían cambiado mucho, eso me hizo sonreír.

-Supongo que el zorro está muy cabreado con el resto de su equipo por ser solo los segundos, jejeje- reí. -Nunca le gustó perder,- recordé en voz alta antes de reír de nuevo.

-¿No has hablado con él? Digo, como al final os hicisteis tan amigos…- dijo Haruko con su curiosidad que tanto me gustó cuando la conocí y que ahora hubiera preferido que no tuviera.

-¿Amigos?- dije sin querer.

-Bueno pensábamos que vosotros por fin…- yo le corté.

-Él está bien. Pronto estará en la NBA,- dije tranquilamente como si esa parca explicación fuera del todo suficiente, sonreí y luego me despedí indicando la mesa donde Hatsumomo, Kiyota y el gundam me esperaban.

-No sabía que habías hecho migas con Kiyota- comentó Mitsui mordaz mirando hacia la mesa.

-Si bien, digamos que de nuevo mi mejor amiga me salió con mal gusto,- comenté antes de girarme. Aunque luego me arrepentí, no era con Haruko con quien estaba enfadado, ella no tenía que pagar mi mal humor. -Lo siento Haruko, no debí, ha sido muy grosero por mi parte- me disculpé. Y entonces sí me fui de esa mesa.

De lejos pude oír como Akagi le decía a su hermana que no me hiciera caso que seguía siendo un estúpido zoquete que… pero Kogure le cortó.

-No es cierto, Hanamichi ha cambiado.

-Sí,- dijo Mitsui, -ha crecido.

No oí nada más, tampoco me giré para que supieran que les había oído. Llegué a mi mesa y como si nada hubiera pasado me senté a cenar con mis amigos. Hatsumomo preguntó quienes eran esos chicos, y muy amablemente la gundam se encargó de contarle mil y una batallitas de cuando íbamos al Shohoku, cuando Akagi era el Gori, cuando Haruko era mi amada Haruko, y Rukawa y yo nos pasábamos los entrenamientos peleando. Kiyota no sabía nada de todo lo que yo había hecho para entrar en el equipo tras derrotar al Gori, daba por sentado que eso me había dado entrada al equipo. Tampoco sabía nada de mi lesión, bueno mejor dicho de mi recuperación. Creo que quedó impresionado. Jejeje aquí tendría que decir que es lo que suele ocurrir cuando uno es un genio ¿verdad? Pero no estaba de humor para alardear de nada, tenía la cabeza en otra parte, y a pesar de que disfrutaba de la compañía de mis amigos, recordar el pasado no ayudaba a mejorar mi humor sombrío.

Esa noche mientras volvíamos a casa Hatsumomo se separó un momento de Kiyota y me cogió del brazo. Paseamos así un rato en silencio, siempre concientes de la mirada de Kiyota clavada en mí detrás de nosotros dónde Yohei y los otros le contaban anécdotas de mí intentando distraerle. Lejos de querer hacerme enfadar, los chicos me daban tiempo para que hablara con Hatsumomo. Reconocer en ellos esa complicidad que creía perdida me hizo sonreír.

-Veo que estás bien. Temí que te hubieran preguntado por…- dijo ella sonriendo también.

-Lo hicieron,- la corté haciendo desaparecer su sonrisa y la mía. Evité mirarla a la cara levantando la vista hacia el cielo. -Les dije que él estaba bien, porque está cumpliendo su sueño. Y no mentí. No necesito haber hablado con él para saber eso.

Ella no dijo nada, solo me abrazó y me dio un tierno beso en la mejilla.

-Un día encontrarás a alguien Hanamichi, te lo prometo.

-Ya le encontré y le dejé marchar.- Nuestras miradas se cruzaron y una sonrisa triste se formó en mis labios. -Con lo fácil que hubiera sido enamorarme de ti…- susurré acariciando su pelo negro que llevaba suelto, -tú me hubieras querido…

-Siempre,- gesticuló sin llegar a pronunciarlo.

Mi mano acarició su mejilla y murmuré, -lo siento.

Ella negó con la cabeza ligeramente incapaz de decir nada más. Yo la solté y seguí andando sin mirar atrás, alejándome de ellos.

Seguí andando, sin rumbo, solo. Sintiéndome mal por haberle hecho daño a Hatsumomo. Sintiéndome vacío e inútil. -Soy un idiota,- me dije a mi mismo.

No sé como llegué allí. Ni siquiera sabía que ese local existía, solo sé que cuando estuve frente esa puerta algo me empujó a entrar. Era un pequeño local nocturno. Estaba bastante lleno, al fondo un pequeño escenario y delante un espacio que pretendía ser una zona de baile. Las mesas estaban todas llenas, en la barra un rincón oscuro y solitario me llamó la atención. Me senté y cuando el camarero se acercó pedí una cerveza. En realidad no tenía sed, y había visto y vivido suficientes borracheras como para no querer beber más de la cuenta. Di un sorbo directamente de la botella y me giré a observar la gente del local. La gente, mayormente hombres, hablaban entretenidamente riendo, muchos de ellos con alguna copa de más en su cuerpo. Prefería ver el camarero ir y venir detrás de la barra que esa gente que parecía tan feliz.

No sé cuanto tiempo pasé allí pensando en qué hacer con mi vida. Hasta ese momento creía que todo empezaba a ir bien, que estaba encontrando mi sitio quizá. Pero esa noche me sentía tan mal, tan descolocado. Noté, como nunca, que no había encontrado mi sitio todavía. Estaba harto de esa sensación, de sentirme que no encajaba, o que no estaba haciendo lo que debería, o peor de no saber que debería estar haciendo con mi vida. Así que pedí un trozo de papel y un bolígrafo al camarero y empecé a hacer una estúpida lista de posibilidades:

Seguir con Hatsumomo en la tienda.

"¿Después de lo de esta noche?" pensé, y lo taché. Hacia tiempo que sabía que yo le gustaba, igual que ella sabía que yo no la amaba así, y sabía que lo estaba superando… quizá era por eso que esa noche pensar en ella me hacía sentir tan incómodo conmigo mismo.

Volver a estudiar.

"¡Ni loco!" También lo taché de la lista.

Buscar otro trabajo:

"que remedio, ¿pero cual?"

Policía.

"Naaa" tachado.

Bombero.

"Siii… no, mi espalda…" también o taché.

Obrero.

"¿En una fábrica? ¿Encerrado? ¡Antes vuelvo a estudiar!" Tachado.

Paleta.

"La espalda" otro menos…

Oficinista.

"Para ello no necesito tener la espalda bien. Pero necesito estudios" y también acabó tachado.

Camarero.

"Sí, ¿por qué no?... pero no duraría mucho…" Tachado.

"En realidad lo que desearía" pensé antes de empezar a anotarlo.

Jugar a Ba…

Llegados a ése punto me puse a reír. Reía para no llorar. Era patético estar en la barra de un bar haciendo una lista de posibles salidas laborales, y que encima acabaran todas tachadas antes de levantarme de ese taburete.

En medio de mi desesperación, entre risa y risa, hice un movimiento en falso y acabé echándome la cerveza, que estaba medio llena todavía, por encima.

-¡Mierda!- exclamé levantándome y sacudiendo mi ropa y apartando las bolsas con lo que había comprado esa tarde para que no se mojara todo de cerveza.

-¿Un mal día?- Dijo una voz a mi lado. Le miré sin saber si echarme a gritar sandeces como siempre o no hacerlo, ¿total para qué?, pensé.

-Sí.- Murmuré todavía sacudiendo mi ropa. El camarero se había acercado y me alargaba un trapo para que me secara mientras él secaba la barra.

-No será peor que el mío.- Volvió a hablarme ése hombre. Esta vez lo miré directamente a los ojos intentando averiguar si se estaba riendo de mí. Era un hombre joven, cuatro o cinco años mayor que yo, quizá más pensé, vestido con ropa informal, con un aire desaliñado que he de reconocer que ya desde el primer momento me pareció sexy. No era japonés, era rubio, de ojos marrón claro, color miel, facciones marcadas, barba de tres días, llevaba el pelo bastante largo, revuelto, sin peinar, llevaba gafas tras las que se veían claramente unas ojeras de tres días sin dormir.

-No claro, la persona que quiero está felizmente instalada al otro lado del planeta sin saber que le quiero, aunque eso da igual porque no creo que recuerde que existo, pasado mañana es su cumpleaños y no sé si enviarle lo que le he comprado puesto que el último paquete que le envié no sé siquiera si lo recibió. Tengo un trabajo, del que vivo, por el que he luchado durante meses, y al cual me había hecho a la idea que sería mi trabajo por mucho tiempo, pero acabo de darme cuanta que pronto tendré que dejarlo porque mi mejor amiga, mi compañera y jefa, se enamoró de mi y he tenido que decirle que no podré corresponderle de ese modo, a pesar de que la quiero. Además tengo que soportar que ella empiece a salir con un tío que me cae fatal, porque sé que él puede hacerla feliz. Todavía no tengo claro qué quiero hacer con mi vida y si lo supiera tampoco creo que pudiera lograrlo en estos momentos, así que no me vengas con que tu día ha sido peor.

Después de soltar todo eso, me sentía igual de enfadado que antes pero algo más aliviado. Ese hombre me miró unos instantes sin tomar en cuenta que le había gritado para decir todo eso, y me señaló el taburete para que me sentara de nuevo. Pidió dos cervezas y dijo casi en un murmullo.

-Acabo de salir del hospital. Mi compañero de trabajo ha muerto hace apenas unas horas. No éramos amigos. Hacía poco que trabajábamos juntos, pero le atropellaron cuando iba a hacer un encargo por mí, para salvarme el culo ante la jefa, mientras yo "estaba" con alguien que ni siquiera sé como sé llama. Tuve que llamar a su familia, y decirles lo que había ocurrido, y esta noche tras tres días de esperar un milagro, su cuerpo se ha rendido. Ahora tengo la muerte de alguien que hubiera podido ser un buen amigo si me hubiera dignado a conocerle, en la conciencia y encima no tengo compañero de trabajo, y si no lo encuentro mi jefa puede que me eche.

-Lo siento.- Murmuré impresionado por todo lo que ese hombre decía. -Me llamo Hanamichi Sakuragi,- me presenté.

-John Tanakene,- dijo él.

Así conocí a John: Una noche en un bar.

Tras tres horas de hablar ya sabía que era periodista, que escribía en un periódico para la sección de sucesos. Su compañero era su fotógrafo y junto con él redactaban lo que ocurría en Kanagawa cada día. En realidad lo que a él le gustaba era la política, pero solo a los mejores les dejaban hablar de política.

-Ahora seguro que Misato- su jefa -me relega a la sección de deportes, hace días que quería promocionar al muchacho de los deportes, ¿como se llama?… da igual, prefiero no saber el nombre del que me quitará el trabajo, dijo John antes de dar un trago a su cerveza.

A las tres, cuando ya no quedaba nadie más que nosotros en el local, y el camarero nos pidió que por favor nos fuéramos a casa que ya era hora de cerrar, salimos juntos a la calle y nos despedimos a la puerta del bar como si fuéramos viejos amigos con la promesa de volvernos a ver.

Cuando llegué a casa me di cuenta de que no le había dado mi teléfono, tampoco tenía el suyo, no sabía en qué periódico trabajaba. No volveré a verle, me dije antes de meterme en la cama. Esa noche no soñé con Kaede, sino con John. Recuerdo que desperté un poco sobresaltado, solo había sentido ese tipo de cosas una vez y me sentí realmente confundido de sentir atracción por otra persona. Otro hombre querrás decir, me dijo mi subconsciente. Medio alarmado, medio emocionado me metí a la ducha con una sonrisa en los labios antes de ir a correr.

Hatsumomo no apareció por la tienda en toda la semana. Me mandó un mensaje para que no me preocupara, como si eso fuera posible, pero no la llamé.

El viernes cerré temprano, no había gente y quería irme a casa. Había sido una semana larga. Sabía que todavía tenía que hacer la compra y estaba cansado. Medio arrastrándome llegué al supermercado justo antes que cerraran. Bajo la mirada del encargado que también tenía ganas de cerrar fui cogiendo todo lo que Mamá me había puesto en la lista. Salí cargado con cuatro bolsas llenas. Que pesaban bastante. Llegué a casa sudado por el esfuerzo, pensando que la próxima vez tenía que controlar más qué compraba y repartir mejor el peso en más bolsas. Tras dejar todo ordenado en la cocina, y poner un cazo al fuego para empezar con la cena decidí ir a darme una ducha. Y estaba a medio enjabonarme cuando llamaron al timbre. Refunfuñando pensando que era Mamá que se había dejado las llaves me cubrí con la toalla y salí a abrir la puerta.

-¡Ya voy!- grité desde lo alto de las escaleras casi temblando de frío. Seguí criticando a Mamá por hacerme salir de la ducha cuando a fuera hacía tanto frío. Y así llegué a la puerta helado y enfadado. Pero más helado me quedé cuando vi que quien llamaba no era ella sin llaves, sino John. Un escalofrío me recorrió la espalda cuando lo vi allí plantado mirándome de arriba abajo, no sé si en mi vida me he sentido tan desnudo como esa vez. Rojo de vergüenza lo primero que se me ocurrió decir fue:

-¡¿Qué haces aquí?- Él siguió sin decir nada y yo le pregunté sintiéndome muy incómodo que como había encontrado mi casa. Él no dijo nada, su mirada color miel se había clavado en mi y casi me sentía arder de vergüenza por su intensa observación de todo mi cuerpo. Helado de frío le hice entrar y con fugaz "espera aquí, ahora bajo" le dejé en la sala y subí a terminar la ducha, con un buen chorro de agua fría la verdad.

Me estaba vistiendo cuando escuché un grito de abajo, era Mamá. Bajé corriendo con los tejanos a medio abrochar y sin camiseta a ver qué le ocurría. Acababa de llegar y se había encontrado a John en la sala. No sé quien de los dos estaba más asustado, si mi madre que rápida de reflejos había cogido lo primero que vio para defenderse del intruso, que resultó ser la katana del abuelo que colgaste en el pasillo poco antes de morir, o bien John que visiblemente alterado intentaba hacerle entender a Mamá que no era necesario que blandiera la katana enfrente de él, que estaba aquí porque me conocía, e intentando negar un grado de excitación evidente por el bulto en sus pantalones.

Me llevé a Mamá a la cocina para contarle que lo que decía John era cierto, que nos habíamos conocido hacía unos día, y que si no le había hablado de él fue porque nunca pensé en volverle a ver realmente. No le dije que lo conocí una noche en un bar, pero sí que lo hice un día malo y que él me había escuchado, y que eso me ayudó. Eso la tranquilizó un poco pero no mucho, había todavía el hecho de que John estaba en la sala solo y visiblemente excitado por algo que según mi madre era yo, echo que yo mismo negué, pero no coló. Me costó pero al final logré clamar a Mamá, aunque cuando me di cuenta John se había ido. Encontré una nota críptica en la mesa de la sala:

Mao Tse, 680, 6º. Deportes.

mañana a las 12h

luego llámame

No estaba seguro de lo que debía hacer. Realmente no conocía a ese hombre de nada casi. Se había presentado a casa sin que yo le diera la dirección, por un motivo que no sabría si no acudía a la misteriosa cita, y no podía negar que me sentía atraído por él (y ahora sabía que yo tampoco le era indiferente). Di muchas vueltas a la cama esa noche.

Finalmente decidí acudir.

El 680 de Mao Tse resultó ser un imponente bloque de oficinas, en cuyo sexto piso había la pequeña redacción del periódico de Kanagawa. Siguiendo las instrucciones pedí a la recepcionista por la sección de deportes, sin estar muy seguro de si dar media vuelta y volver a casa. Pero alguien me vio antes que pudiera hacerlo: Hikoichi Aida. Entusiasmado llegó a mí corriendo, preguntándome tantas cosas y tan rápido que no fui capaz de entender nada. Parecía contento de verme. Luego supe que John le había dicho esa mañana que había encontrado el candidato ideal para ayudarle en la sección de deportes ahora que él había ascendido a ser el encargado de la sección. No le dijo que sería yo, le tuvo toda la mañana rompiéndose la cabeza pensando en quien, que él conociera, podría ser el candidato de John para ayudarle. Finalmente la directora había decidido no echar a John, pues era bueno en lo que hacía, pero le puso de ayudante alguien que sabía que lo mantendría a raya con sus informes tan pormenorizados de todo lo que hiciera que John no tendría otra opción que comportarse. Pero Si Hikoichi tenía que asumir más responsabilidad necesitaba ayuda para cubrir los partidos a los que no podía asistir… ahí entró John diciendo que yo podía ser un candidato.

El trabajo consistía en asistir a los partidos de baloncesto, carreras de Natación, partidos de Voley,… vamos todos esos eventos deportivos que no fueran artes marciales, pues para ellos ya había una sección especial, a los que él no pudiera asistir. Parecía interesante, pero me retuvo de aceptar inmediatamente el miedo a no saber hacerlo. No había escrito dos líneas en mi vida fuera de los cuadernos del colegio. Hikoichi me contó entusiasmadamente cómo funcionaba la redacción, me presentó la gente que trabajaba en la redacción, hasta tuve que frenarle y decirle que tenía que pensármelo primero para que no me mandara de inmediato a cubrir un torneo de tenis que se celebraba en Tokio esa misma tarde.

Antes de irme, le pedí el numero de John, alegando que lo había perdido, y salí antes que pudiera preguntarme de qué conocía a John, pregunta que me pareció en ese momento que Hikoichi había olvidado, o quizá que John ya le había dado una explicación. La verdad es que no me importaba.

John vino en cinco minutos a buscarme a la entrada del edificio y antes de que pudiera pedirle explicaciones me indicó que le siguiera. Salimos con prisas del edificio y fuimos a un bar. Una vez sentados y con un té en las manos pude por fin preguntarle qué estaba ocurriendo, o más bien él pareció por fin dispuesto a responder a mis preguntas, incesantes y cada vez más subidas de tono desde que habíamos hablado por teléfono minutos antes.

-Lo siento, no quería que los de la redacción nos vieran, no después de lo de Taichi…- me dijo él.

Eso me descolocó, ¿Taichi? Su compañero de trabajo, el que había muerto días antes, cuando él estaba con alguien.

-Un chico,- me dijo, -no mucho más joven que tú, que había conocido horas antes en un bar.

Yo estaba tan descolocado y sorprendido que no supe que decir, así que callé.

-Los de la oficina saben que ese día Taichi estaba haciendo lo que tendría que haber estado haciendo yo. Ya es bastante difícil soportar mi conciencia, como para tener que aguantar las habladurías.

-¿Habladurías?

-¿Te ha preguntado Hikoichi de dónde me conocías?

No, no lo había hecho, según John por que, igual que el resto harían, Hikoichi pensaba que era un ligue suyo, uno más.

-¿Qué?- grité sorprendido y en parte avergonzado porque la idea que me tomaran por un amante de John no me escandalizaba como tendría que haber ocurrido.

-No es una idea tan disparatada, al fin y al cabo nos conocimos como he conocido a todos los chicos con los que…

-¡Oye pero tú por quien me tomas!- logré reaccionar por fin. -¿Lo del trabajo no será para que te meta en mi cama verdad? ¡Por qué si esperas que…!

-No espero nada. Buscábamos a alguien interesado en el deporte, sabía que tú buscabas trabajo y te debía una así que…

-¿Cómo que me deb…?

-Esa noche… yo no estaba bien. Tú me ayudaste Hanamichi. No te diré que de no haberte conocido me habría tirado por un puente, pero llegué a casa sobrio, sin acompañante, sin drogas en el cuerpo, y sintiéndome un poco mejor que cuando entré en ese bar.

Me quedé de nuevo descolocado. Con John nada podía ser convencional o mediocre, pensé en ese momento. Y lo cierto es que no me equivoqué de mucho. Antes de que yo pudiera hablar de nuevo, él siguió hablando. Parecía cansado y triste. Me contó que al darle una oportunidad su jefa le dijo que buscara a alguien adecuado para la sección de deportes. Misato odia las entrevistas de trabajo y delegando ese trabajo a John quizá como castigo, yo llegué a la redacción.

No estaba muy convencido, pero John me pidió que lo probara, aunque solo fuera para un par de crónicas, que si no me gustaba buscaría a otro, y me dejé convencer. Simplemente dejé que lo que me atraía de John me arrastrara a intentar algo nuevo. Además era muy seductor pensar que yo podía llegar a hacer algo como escribir crónicas deportivas.

Es curioso como uno llega a las cosas más importantes de su vida, a menudo a través de cambios o coincidencias en apariencia intrascendentes. De no haberme metido esa noche en ese local, no habría conocido a John, y hoy por hoy no sería quien soy ni estaría dónde estoy. Pero lo hice, igual que acepté escribir cuando pude haberme negado.

Volví a la redacción esa misma tarde y le dije a Hikoichi que aceptaba. Pero con la condición de trabajar solo por las mañanas o por la noche, pero que por las tardes necesitaba estar en la tienda. No podía dejarlo todo así como así. Además no podía dejar a Hatsumomo sola. No así de repente.

No sé si fue casualidad, es más, lo dudo, pero mi primer encargo fue escribir la crónica de un partido de baloncesto. Un partido de la liga universitaria. Podría haber coincidido con alguno de mis ex-compañeros, por suerte no ocurrió. Me habría puesto más nervioso de lo que ya estaba. Siguiendo el consejo de John me llevé una grabadora, para gravar mis propios comentarios mientras el partido tenía lugar. Y suerte que lo hice porque a medio partido estaba tan metido en él que me olvidé de tomar notas.

He de reconocer que mi primer artículo no fue precisamente la octava maravilla del mundo. Ahora visto en perspectiva me doy cuenta que le faltaba mucha de la información habitual, y quizá le faltaba un poco de seriedad, pero lo cierto es que desde un buen principio a Misato le gustó mi estilo y a pesar de las quejas de Hikoichi decidió publicarlo.

-Si tanto te molesta que haga tantos errores enséñale a hacer una buena crónica deportiva- le dijo la jefa cuando Hikoichi se quejó.

Y así lo hizo él. Quizá un poco a regañadientes pero fue mi primer profesor de redacción.

El día que salió publicada mi crónica fue un gran día para mi. Recibí muchas felicitaciones de Mamá, que todavía ahora no se hace a la idea de tener un hijo periodista, incluso de los chicos del gundam que al día siguiente pasaron por la tienda con esos gorritos de cartón de colores y el confeti que tanto había echado de menos; Esa noche salimos a celebrarlo y bebí demasiado. Pero sobretodo recuerdo con especial cariño la felicitación de Hatsumomo. Desde el día que la llamé diciéndole que me había salido la oportunidad de escribir crónicas, que solo podría ir por las tardes y que tendría que dejarla sola algunas mañanas, no habíamos coincidido en la tienda. Supongo que ella necesitaba también su tiempo para afianzar lo suyo con Kiyota, quizá era yo quien necesitaba tiempo. Pero esa tarde apareció con el periódico en las manos y una amplia sonrisa.

La complicidad que yo creía que había perdido seguía allí. Lo descubrí esa tarde, cuando me propuso contratar a alguien para que cubriera todas la mañanas dejándome tiempo a mi para escribir, quedando nosotros dos para compaginar las tardes.

-Hanamichi,- me dijo antes de separarnos, -quiero que sigamos siendo amigos como hasta ahora, te he echado de menos estos días…

Y todo empezó a ir bien de nuevo, no, mejor. Hacía un par o tres de crónicas a la semana, me divertía mucho durante los partidos, luego sufría redactando la noticia y me divertía otro poco viendo a Hikoichi tirarse de los pelos con cada nueva mala idea mía, intentando corregirme.

En un mes pasamos muchas noches y mañanas arreglando mis artículos. Hikoichi decía que a pesar de todo yo tenía cierto talento para eso. La verdad es que no sabía si creérmelo o no, pero no le di importancia. Solo intentaba esforzarme al máximo y poco a poco eso fue dando buen resultado. Además entre Hikoichi y yo surgió cierta complicidad, sobretodo cuando se dio cuenta que yo no era el amante de… la verdad es que a John a penas lo vi un par de veces esos primeros días, entrando o saliendo de la redacción, y no cruzamos más de cuatro palabras. Tuve la sensación que me rehuía pero en la redacción no quise pedirle explicaciones por su actitud, pues ya sabía su motivo. Y fuera de la redacción, entre una cosa y otra tampoco encontré el momento para verle de nuevo.

Y entonces sucedió, Hikoichi, como antes lo hicieron Hissashi y los otros en el restaurante, me preguntó por Kaede.

-No lo sé,- le dije intentando no imprimir ninguna connotación negativa en mi voz, cogiendo la corrección de sus manos y haciendo como si la leyera. El no aceptó mi negativa a hablar y siguió insistiendo. Cuando vio que no le contestaba empezó a hablar solo.

-Siendo su amigo supongo que es normal que quieras proteger su intimidad, pero joder, todos los periodistas deportivos de Japón, incluso los de Estados Unidos matarían por saber algo de él fuera de una cancha ahora que a su equipo ha llegado a la primera posición del campeonato gracias a él, y todos lo ven como la próxima gran estrella del baloncesto, y tú que se supone que eres uno de nosotros, podrías saberlo todo y no dices nada.

Me quedé un poco atónito.

-No digo que tengas que traicionarle, no me malinterpretes, tu lealtad para con él es admirable, si hubiera más gente como tú este mundo seguramente iría mejor.

-Seguramente,- murmuré sin saber qué decir. -¿Oye, tú como sabes que yo sé que…?- dije intentando saber como era que estaba tan seguro de mi "amistad" con Kaede.

-Joder, vuestra amistad a finales del último curso fue la comidilla de tod…- Mi cara de incredulidad supongo que fue lo que le hizo parar. -¿No me digas que no lo sabías? ¿Cómo crees que supieron Akagi o Maki que tú y Rukawa habías enterrado el hacha de guerra y os habías convertido en íntimos?

-¿Maki?… ¿íntimos?… -fui repitiendo yo sin dar crédito a lo que oía.

-Todos alucinamos, un montón, pero…- y Hikoichi siguió hablando. La verdad es dejé de escucharle, estaba con la cabeza en otra parte. Nunca me di cuenta de si alguien más notó nuestro acercamiento durante ese mes. Solo me importaba que con él me lo pasaba bien, estaba a gusto y me sentía como que encajaba, lo demás… pero descubrir dos años más tarde que todo Kanagawa se había percatado de nuestra amistad… era extraño. Más, teniendo en cuenta que solo duró un mes.

Un mes.

¿Cómo algo que había durado tan poco podía ser tan importante para mí? Me pregunto todavía ahora.

De repente sin motivo pensé en que hacía ya casi dos meses de año nuevo. Si Kaede había recibido el paquete había tenido tiempo de sobra para contestar. Obviamente no lo hizo nunca.

-No debí enviárselo,- murmuré.

-¿Qué?- dijo Hikoichi callando de repente.

-Nada. ¿Te importa si acabamos esto mañana? Acabo de recordar que tengo algo que hacer y…

Me fui. Salí de la redacción casi corriendo. Otra vez abatido. Tenía la sensación de que cada vez que mi vida empezaba a ir hacia delante su recuerdo volvía a mí y todo se iba a bajo.

Iba tan ofuscado, andaba por la calle con tanta concentración y con el paso tan acelerado por mi frustración, que no lo vi salir. Pasaba por delante de ese local justo cuando él salía y me lo llevé por delante. Tras un duro golpe acabamos los dos en el suelo un poco aturdidos. No me di cuanta de quien era hasta justo antes de que ocurriera, me pilló desprevenido, me dejó descolocado y cuando quise reaccionar mi primer beso ya me había sido robado.

-Lo, lo…, yo lo siento, no…- murmuró intentando levantarse de encima mío. Pero titubeaba, había bebido, estaba nervioso, resbaló de nuevo encima mío y entonces, todavía no se por qué, le besé.

No sabía muy bien qué debía hacer, solo acerqué mis labios a los suyos, sabía a sake, y él hizo el resto, yo solo me dejé llevar.

Un minuto más tarde la campana que indicaba que alguien abría la puerta del local nos hizo detenernos de golpe. Entre asustado y avergonzado me incorporé quintándome a John de encima. Nervioso no esperé a que él se levantara y empecé a andar calle abajo.

-Espera,- gritó tras de mí. -Espera Hanamichi joder, que no puedo seguirte,- le oí de nuevo detrás de mi. -¿Quieres hacer el favor de parar, no ves que estoy…?

-Estás bebido,- dije girándome de golpe para enfrentarlo. Estaba más cerca de mí de lo que esperaba, mi frenazo brusco nos hizo quedar a un palmo escaso de distancia. Nervioso di un paso atrás.

-Hanamichi lo siento, no debí… no quería…

-No, sí querías John. No debiste, pero sí querías,- le dije yo mirándole fijamente a los ojos.

-Sí, es cierto sí quería…- dijo acercándose más a mí. -Me gustas Hanamichi.

-Lo sé,- murmuré sin alejarme.

-Dame una oportunidad,- me dijo él manteniendo mi mirada, casi suplicando con esos ojos color miel.

-¿Una oportunidad para qué?- dije yo sin estar seguro de si sólo estaba jugando conmigo.

-Para lo que sea,- se apresuró a decir. Luego especificó, -para estar contigo, para conocerte más, no lo sé. Para enseñarte a…

-¿Qué sabes tú que pudiera interesarme aprender?- le pregunté en un tono entre atrevido y sensual que no sabía que tenía.

-Besar,- dijo justo antes de volver a besarme. Esta vez estábamos de pie en la zona más oscura entre una farola y la siguiente, era tarde en una noche de invierno, fría, no había nadie en la calle que pudiera vernos.

Y me gustó. Me gustó su beso, como el primero, no, más. Pronto noté como las manos de John me rodeaban la espada abrazándome, acercando mi cuerpo al suyo. Mis manos en su pecho, notando claramente su corazón latir aceleradamente, casi desbocado, como el mío. Sus labios eran dulces pero ásperos, su boca sabía a sake, y su lengua era húmeda y tibia. La sensación de cercanía y calidez era tanta y tan placentera que cuando poco a poco nos separamos casi lo evito acercándolo a mi más si cabe.

Pero el beso terminó, aunque seguimos abrazados. Yo estaba ruborizado, en un estado mezcla extraña entre excitación, tranquilidad, miedo y emoción.

-¿Por qué no vienes a mi casa?- me preguntó él en un tono más grave de lo habitual sin dejar de recorrer con sus grandes manos mi espalda, hecho que me erizó todo el bello.

-Porque has bebido,- le dije serio empujándole levemente para que se apartara de mí. -Descansa, y búscame mañana cuando andes sobrio,- murmuré sonrojándome y dando un paso atrás.

-¡Pero no puedes dejarme así!- se quejó él tambaleándose pero sin todavía soltarme.

-Ya me has robado mi primer beso, es suficiente por un día.- Di media vuelta y me fui. Necesitaba alejarme de él, estaba demasiado nervioso, y él parecía tener demasiada influencia en mí como para seguirle esa noche. Prueba de ello es que todavía consiguió que le besara de nuevo antes de dejarlo solo y huir hacia casa casi corriendo.

Sabía que no iba tan borracho como para hacerse daño o perderse y su casa no quedaba lejos así que tan siquiera miré atrás. Llegué a casa todo sudado y rojo.

Evité las insistentes preguntas de Mamá, y pretendiendo estar agotado subí a la habitación. Pero me costó dormirme esa noche. En mi cabeza se repetía una y otra vez esa escena, esos besos, mis labios latían al recordar la calidez de los de John, de sus manos, de… de repente pensé en Kaede, en si sus besos serían tan dulces, tan agradables. Dios como odiaba que eso ocurriera.

"Eso es algo que nunca sabrás", me dije a mi mismo, reprochándome el seguir pensando en él, cuando alguien tan increíble como John acababa de besarme. Me sonrojé de nuevo.

John me había gustado desde el día que lo conocí, intuía que yo no le era indiferente, pero nunca había pensado en que realmente le pudiera interesar tanto como para declararse de ese modo. Quería una oportunidad para conocerme, y para enseñarme… en ese momento me di cuenta de mi estado de excitación. Y pensando en John me masturbé. No lo había hecho nunca antes pensando en otro chico que no fuera… pero por esa noche John Tanakene ocupó toda mi atención.

La mañana siguiente cuando desperté mi primer pensamiento fue en si John cumpliría y una vez sobrio vendría a buscarme o si por el contrario todo lo de la noche anterior había sido solo producto del alcohol.

No lo había sido para mí. Pero tampoco para John.

Grissina: Bueno supongo que ahora sí ya sabéis a quien va dirigida la carta (si no es que ya lo teníais claro desde el primer capitulo).

Por otro lado espero que las admiradoras de mi amado pelirrojo estén contentas, y que a pesar de que todas sabemos que Kaede es su pareja ideal, le den una oportunidad a John que no es porque sea un personaje mío pero es un buen pedazo de hombre. XD.

Y para las amantes del angst que no sufran que todavía les queda una buena dosis por delante, jeje. Estoy algo sádica estos días, y parece que como mas sufren mis amados muchachos mejor me parece todo.

Sanaka4: a ver si acierto y pasas por aquí pronto. Mira mi perfil para ver como dejarme el mail, ya que la web lo borro del review que me dejaste. Y Gracias por todos los reviews que me has dejado!