Capítulo 1

El inspector de policía de la ciudad ha informado de la muerte de 118 personas durante el último fin de semana: 31 hombres, 24 mujeres y 63 niños.

The Truh Teller, un periódico de Nueva York para caballeros Ocho años después

Ciudad de Nueva York. Squeezy Gut Alley, por la noche.

El sonido de unos cascos de caballo atronando a lo lejos en la polvorienta pista de tierra más allá de la mal iluminada calle impulsó a Naruto a hacer una seña a sus hombres, que acechaban en silencio. Los cinco que había escogido de su grupo de cuarenta, estratégicamente colocados y al amparo de las sombras de los estrechos portales.

Todavía espiando la calle, Naruto desenfundó sus dos pistolas.

Apretando la mandíbula, volvió al lado de Sasuke para susurrarle contrariado:

—¿Dónde diablos está Yahiko?

Sasuke se inclinó hacia él y le susurró a su vez:

—Sabes perfectamente que ese canalla solo sigue sus propias órdenes.

—Ya, bueno, pues entonces le enseñaremos a ese maldito comisario cómo se hace su trabajo. Una vez más.

—Oye, oye, no te adelantes, Namikase. Todavía no tenemos nada. Estamos todos a la puerta de un burdel que parece encontrarse fuera de uso, y la mayoría de nuestros informantes no valen nada.

—Gracias por recordarme siempre lo obvio, Sasuke.

Se quedaron callados.

Una carreta cargada con dos toneles apareció en la calle, tirada por un único jamelgo de aspecto famélico. Un hombre grande iba sentado en el pescante, con la cabeza cubierta por una capucha de lana con dos agujeros para poder ver. El hombre saltó del carro y se recolocó la capucha.

Mirando a su alrededor, sacó un cuchillo de carnicero y corrió hacia la parte posterior.

La justicia estaba a punto de penetrar en Five Points. Porque si aquella escena no parecía lo suficientemente nefanda como para justificar una intervención, entonces Naruto desconocía el significado de la palabra.

Apuntando a la cabeza del hombre con las dos pistolas, salió de entre las sombras para dirigirse hacia él.

—Tú, suelta el cuchillo. Ahora.

El hombre se quedó paralizado mientras Sasuke, Gara, Kakuzo, Shino, Kankuro y Zabuza abandonaban sus escondites para rodearlo, encañonándolo también con sus pistolas.

El hombre enmascarado se volvió hacia Naruto, dejó caer el cuchillo al suelo y alzó sus manos desnudas.

—Estoy repartiendo avena. No podéis dispararme por eso —su acento hosco apestaba inequívocamente a inglés.

Kakuzo rodeó la carreta. Su rostro marcado de cicatrices apareció por un instante a la luz de la farola antes de volver a perderse en las sombras.

Acto seguido, su gigantesca figura se adelantó hacia el hombre.

—¿Avena? Vosotros los Brits siempre os creéis que estáis por encima de la ley. Como el Brit que tuvo las narices de marcarme la cara —Kakuzo se plantó ante el tipo. Le arrancó la capucha de la cabeza y la arrojó a un lado, revelando unos ojillos verdes y una cabellera larga. Luego amartilló su pistola con un clic metálico y gruñó:

—Yo digo que matemos a este rufián y enviemos a Inglaterra un mensaje claro.

Naruto reprimió el impulso de saltar sobre Kakuzo y golpearlo. Eso era exactamente lo que sucedía cuando un irlandés tenía demasiada sed de justicia hirviendo en su sangre: que la tomaba contra todo el mundo. Y pobre del hombre que tuviera aspecto de inglés. Si no hubiera sido por el hecho de que Kakuzo estaba consagrado a la causa y dispuesto a luchar con uñas y dientes por su triunfo, hacía mucho tiempo que Naruto le hubiera dado la patada.

Acercándose a Kakuzo, Naruto endureció la voz.

—Esto no tiene que ver ni con Inglaterra ni con tu cara, así que tranquilízate. No necesitamos cadáveres, ni que los guardias nos pisen los talones.

Kakuzo resopló furioso, pero no dijo nada.

—Revisa los toneles —gritó Naruto a Sasuke.

Sasuke corrió hacia la carreta y subió de un salto a la parte trasera.

Revisó cada barrica de madera, abriendo las tapas, y alzó luego la mirada con su rostro como tallado a golpes de hacha iluminado por la farola.

—Aquí están las dos.

Naruto suspiró.

Inclinándose sobre los toneles, Sasuke sacó a una niña de no más de ocho años, atada y amordazada, y luego a otra de similar edad. Estaban descalzas. Usando una navaja, las liberó de las cuerdas y las mordazas.

Sollozos ahogados escaparon de las gargantas de las chiquillas mientras se abrazaban. Los vestidos de lana que llevaban estaban toscamente cosidos: muy probablemente no eran los mismos que habían llevado cuando fueron secuestradas del orfanato.

A Naruto se le cerró la garganta. Sabía que si no hubiera sido por su intervención y la de sus hombres, aquellas dos niñas, que habían desaparecido del orfanato aquella misma semana, habrían sido vendidas a algún burdel. Encajándose las pistolas en el cinturón, señaló al hombre calvo.

—Maniatad a este canalla antes de que lo haga yo.

Pero el hombre se deslizó entre Shino y Zabuza para echar a correr calle abajo.

¡Diablos! Todos los músculos de Naruto reaccionaron instintivamente mientras arrancaba a correr detrás del tipo.

—¡Te dije que deberíamos haberle matado! —tronó Kakuzo a su espalda—. ¿De qué nos sirven las pistolas si nunca las usamos?

—¡Todo el mundo en marcha! —gritó Naruto sin detenerse—.

¡Dispersaos! ¡Sasuke, quédate con las niñas!

Naruto volvió a concentrarse en la figura en sombras que ya llevaba recorrida media calle, chapoteando en el barro con los faldones de su abrigo al viento.

Naruto se obligó a acelerar el ritmo de carrera mientras se perdía en la oscuridad. A la luz de la luna y de las farolas podía ver cómo el hombre miraba repetidamente hacia atrás, cada vez más cansado.

No estaba acostumbrado a correr.

Estaba más bien acostumbrado a conducir la carreta.

Fue entonces cuando él, Naruto, que no hacía otra cosa que correr para seguir viviendo, acabó con las esperanzas que aquel canalla tenía de escapar. Cerrando la distancia que los separaba, y justo antes de internarse en el callejón que se abría entre dos edificios, Naruto lo agarró con fuerza del cuello del abrigo.

Apretando los dientes, lo lanzó contra una pared y terminaron rodando los dos por el barro.

Naruto se sirvió de su peso para quedar encima, aplastándolo contra el suelo. El canalla reaccionó con frenéticos puñetazos que impactaron en su pecho y hombros.

Inmovilizando al hombre con un brazo, Naruto alzó el puño y lo descargó sobre su cráneo, haciéndolo rebotar contra el barro.

—¡Quédate quieto, hijo de perra! Quédate quieto antes de que…

—¡Lo tenemos! —gritó Kankuro, apareciendo de pronto y apoyando una rodilla contra el cuello del hombre.

Naruto se levantó jadeante, con los brazos y los muslos cubiertos de barro. Kakuzo apareció también, salpicando más barro y apartando a Kankuro.

—Yo te demostraré cómo se hacen las cosas en Irlanda.

Sin aparente esfuerzo, levantó al canalla del suelo y le rodeó el cuello con un brazo, amenazando con estrangularlo. Kankuro se acercó con una soga.

Una vez que el hombre estuvo bien atado, Shino se adelantó y, con un gruñido, le propinó un puñetazo en el estómago.

—¡Eso es por todas las niñas que has tocado, canalla! —le lanzó otro golpe, haciéndole tambalearse—. ¿Cómo puedes creerte con derecho a…?

—todavía le pegó una vez más en la cara, con un golpe que resonó en el aire de la noche.

—¡Shino! —tronó Naruto.

Shino retrocedió, tambaleándose.

Naruto tragó saliva, intentando tranquilizar el alocado latido de su corazón. A pesar de la reprimenda, Naruto sabía demasiado bien que Shino, que había perdido a su hija de doce años en un brutal asesinato con violación ocurrido en aquella misma calle, seis años antes, se estaba comportando con relativa calma dada la situación.

Era justamente la necesidad profundamente arraigada de corregir los desmanes cometidos contra aquellos hombres lo que los había juntado. El dolor de todos se había convertido en el dolor de cada uno. Todos estaban invadidos por la ira.

—Sé que esto no es fácil para ti. Respira profundo.

Shino se pasó una temblorosa mano por su rostro.

—Lo siento —como si acabara de salir de un trance, dijo—: Atiende a las niñas. Seguramente Sasuke las tendrá aterrorizadas.

—No te metas con él. No es tan duro como parece —Naruto se limpió el barro de las manos y corrió de vuelta a la calle hasta que alcanzó la carreta—. ¡Lo atrapamos! —gritó a Sasuke, que estaba inclinado sobre el carro a la espera de recibir noticias.

Sasuke soltó un hondo suspiro.

—Bien.

Dirigiéndose a la parte trasera de la carreta, Naruto echó un vistazo.

Ninguna de las niñas lloraba ya, pero ambas seguían apretujadas contra los toneles en cuyo interior habían estado encerradas, abrazándose la una a la otra.

Sasuke las señaló.

—Probablemente deberías hacerte cargo tú. Creo que no les gusto. Y mis historias tampoco.

Esperó que Sasuke no le hubiera estado contando historias que no debía. Limpiándose el barro en la camisa de lino, Naruto tendió los brazos a las niñas y les dijo con tono suave:

—Estamos aquí para ayudaros. Yo me llamo Naruto y este caballero es Sasuke. Ahora, quiero que las dos seáis valientes y no hagáis caso del barro que cubre mi ropa y de este parche que llevo en el ojo. ¿Seréis lo suficientemente valientes como para confiar en mí? ¿Solo por esta vez?

Se lo quedaron mirando fijamente, todavía abrazadas.

Naruto bajó entonces las manos y sonrió en un esfuerzo por tranquilizarlas.

—Dime lo que queréis que haga y lo haré. ¿Queréis que haga el mono? Los monos tuertos son mi fuerte, ¿sabéis? Solo tenéis que pedírmelo —se rascó entonces con los dedos e imitó los gritos de aquellos animales—:

¡Eh! ¡Eh! ¡Ah! ¡Ah!

Sasuke se inclinó en ese momento hacia ellas.

—Yo sé hacer el mono mejor que él. Mirad esto —y alzó sus largos y musculosos brazos.

Las niñas se alejaron de Sasuke. Sus oscuros cabellos se agitaron mientras se arremolinaban en torno a Naruto, como si lo consideraran una mejor opción.

Naruto reprimió una sonrisa. El pobre Sasuke… siempre estaba asustando a todo el mundo.

—No le tengáis miedo —dijo Naruto—. Solo está haciendo el tonto. Y ahora dadme vuestras manos —se las apretó con suavidad, intentando transmitirles tanto calor como apoyo. Inclinándose hacia ellas, susurró —Gracias por ser tan valientes. Sé lo mucho que os ha costado. ¿Estáis listas para volver con la hermana Catherine? Ha estado muy preocupada por vosotras.

Para su asombro, ambas niñas se colgaron de su cuello, enterrando las cabecitas en sus hombros. Y se pusieron a sollozar contra su pecho.

Naruto las alzó en brazos, nada sorprendido, por desgracia, de lo poco que pesaban.

El atronar de unos cascos de caballo resonó a lo lejos. Las niñas apretaron su abrazo mientras él se volvía hacia el origen del sonido.

La farola proyectaba un fantasmal halo dorado sobre la calle. El regular sonido de los cascos se iba acercando conforme se dibujaba la silueta de un hombre con atuendo militar y un sable al cinto, que guiaba su montura hacia ellos.

El comisario Yahiko. El muy canalla… A buenas horas aparecía.

Naruto miró a las niñas.

—Se supone que este hombre tenía que ayudaros, pero el alcalde, que es como si fuera su madre, no le dejó salir de casa para jugar. Y al final resulta que ni uno ni otro hacen lo suficiente por esta ciudad. Acordaos de esto cuando finalmente podáis disfrutar del derecho a votar en unas elecciones.

—Te he oído —le espetó Yahiko sin bajar del caballo, con su tosco rostro envuelto en sombras—. ¿Por qué no les cuentas también que yo siempre miro para otro lado cuando te sorprendo haciendo algo ilegal?

Naruto lo fulminó con la mirada.

—¿Por qué no les ofrece usted su caballo para que yo pueda llevarlas de vuelta al orfanato?

Yahiko hizo un gesto de indiferencia con su mano enguantada.

—He pasado una larga noche que ha incluido que casi me rebanen el cuello. ¿Por qué diantres crees que he llegado tan tarde? Súbelas al caballo. Yo mismo las llevaré de vuelta.

Las niñas se abrazaron todavía con mayor fuerza a Naruto, dejando escapar sendos sollozos.

Naruto retrocedió sin soltarlas.

—No sé cómo no lo ha notado antes, Yahiko, pero estas niñas ya lo han pasado bastante mal y no necesitan oírle hablar de rebanar gargantas. Así que suavice ese tono de voz y bájese del caballo. Yo las llevaré de vuelta al orfanato, ¿de acuerdo?

Tras una primera vacilación, Yahiko suspiró resignado y desmontó de un salto. Rebuscando en un bolsillo, extrajo un billete de cinco dólares.

—Esto es para cubrir los gastos —le dijo a regañadientes—. Oí que robaste otro cargamento de pistolas. Entérate de una cosa: la próxima vez que hagas algo así mientras yo esté de guardia, me aseguraré de que tú y tus Cuarenta Ladrones terminéis en la prisión de Sing Sing.

El muy canalla podía considerarse afortunado de que Naruto tuviera en ese momento a las dos niñas en brazos.

—No necesito su dinero. Dónelo al orfanato. Necesitan instalar un cerrojo en la puerta.

—Te niegas a aceptar mi dinero y sin embargo no tienes escrúpulos en robar —Yahiko sacudió la cabeza de lado a lado, bajando la mano en la que sostenía el billete—. Uno de estos días, tu orgullo terminará llevándote a la horca.

—Sí, bueno, eso no ha ocurrido todavía._