Déjame, Albus
-
Rose salió corriendo al pasillo, seguida de Albus. Hace cinco minutos que tendrían que estar en Transformaciones y lo más seguro era que se perdieran. Ni siquiera sabían a que piso debían ir, porque el gran Albus se había olvidado el plano en su cama.
–Joder Albus. ¿Qué se supone que hacemos ahora? – Dijo mientras intentaba abrir la cuarta puerta que se encontraron cerrada.
–Pues entrar a clase, inútiles. Igual que vuestros padres en su primera clase – Se dieron la vuelta y bajaron la cabeza al ver a la profesora McGonagall - ¿A que esperáis?
Entraron al aula, sintiéndose observados por todo el mundo y cuando se sentaron, Rose le dio un pellizco a su primo en la pierna. Éste simplemente rió por la cara de enfado de su compañera y después sacó sus libros.
–Oh, vamos, Rose. No vas a suspender la asignatura por llegar tarde el primer día – Decía mientras abría la mochila y se colocaba la varita detrás de la oreja.
–Pero seguro que ya se acuerdan de nosotros y nos cogen manía. Y quítate eso de la cabeza. Te pareces a la tía Luna
–No es tu tía y, además, esa mujer mola.
–¿Mola? Bill y Charlie te están pegando esa forma de hablar… Y ahora déjame tomar apuntes.
--
En la primera hora libre que encontró, Rose cogió pergaminos, sobres, pluma y tintero y se escapó a la lechucería. Cuando consiguió llegar, examinó el lugar y decidió sentarse arriba. Abrió el tintero con cuidado y mojó la pluma. La primera carta era para sus padres y ocupó menos de lo que ella tenía planeado, luego, otra para tío Harry, otra para su hermano y finalmente una para Ted. Le contó lo sucedido en la clase de Transformaciones y lo orgullosa que estaba de que dijeran que era igual que su padre. Y luego, en una indirecta poco sutil, le pidió algo de Sortilegios Weasley. Preguntó por Victoire y por fin cerró la carta.
Envío todas, en tres lechuzas diferentes y se asomó por la ventana. Había una cabaña, la que dedujo que había sido de Hagrid. Le tenía mucho aprecio a ese hombre, siempre la cuidaba bien y le contaba historias sobre gigantes e hipogrifos. Salió de nuevo a los jardines y, cuando se acostumbró al viento se dirigió a su próxima clase.
Encontró a Albus por el camino y se fueron juntos. En realidad, Albus nunca le había caído del todo bien, pues siempre intentaba destacar, pero había crecido con él y ahora les tocaba estar juntos otros siete años. Rose esperaba poder cogerle ese cariño que le faltaba en ese tiempo. Todavía se sentaban juntos, pues apenas conocían a nadie y, mientras Rose tomaba apuntes, Albus miraba divertido al resto de sus compañeros. Le dirigió a Scorpius Malfoy una mirada despectiva y se giró para mirar al profesor.
–Albus ¿qué haces?
–Es Malfoy, ¿quieres que le mande rositas mientras le abro un camino por los pasillos?
–No, claro que no. Pero que sea hijo de quien es no significa que tenga que ser como él. Sabes que las cosas han cambiado.
–Rose, mírale. Tiene la misma cara que su padre, da asco.
–No sé dónde le ves el asco, es bastante guapo – Rose se rió de la cara de su primo, y añadió – Pero hay que decir que tú lo eres más.
–Ya me estabas asustando.
--
A los pocos días, Rose consiguió hacerse amiga de Stefan. Era de su misma casa y coincidían en todas las clases. Se había acercado a él disimuladamente para mirar sus ojos azules –podía oír las risitas nerviosas de sus compañeras – y él le pregunto dónde estaba el aula de Encantamientos. Fueron juntos hasta la clase y Rose notó que su cara se iba volviendo más rosada por momentos así que hacía lo que podía para tapársela con el pelo. Y cuando pasaron al lado de Albus, le ignoró. Sin darse cuenta, los dos se sentaron en el mismo sitio.
Stefan no era muy inteligente, no destacaba en clase y tenía una afición secreta por el Quidditch que su familia no le había dejado mostrar. No preguntaba a Rose nada que tuviese que ver con su tío Harry y escuchaba atentamente. Rose notaba como pensaba todo antes de decirlo, como si tuviese miedo a cagarla delante de ella. Albus ya le había advertido que le gustaba, pero ella relacionó eso con los celos. Déjame en paz, Albus. Y se marchaba para seguir hablando con Stefan.
Me encanta esta historia. Puede que no sea lo mejor que haya escrito, pero me encanta y no quiero ir rápido.
Elena, cuando lo veas tendrás un montón de cosas.
Un beso,
Swanny
