"Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde (…)".


Polvos Flu

A la mañana siguiente, Hermione se despertó cuando el primer rayo de luz atravesó la pequeña ventana de su dormitorio e iluminó su rostro. Por fortuna, se encontró con el profesor Flitwick al salir de la biblioteca, y él la ayudó a instalarse en una de las habitaciones del séptimo piso, cerca de la torre Gryffindor.

Se restregó los ojos y se incorporó poco a poco. Su primer recuerdo fue la expresión en la cara de Snape la noche anterior. Sonrió un momento y se levantó. Quería que ese fuera un gran día.

Se arregló mejor que pudo, después de todos esos años intentando controlar su alborotado cabello, al fin lo había logrado. Ahora tenía una forma mucho más definida y no parecía como si jamás en su vida se hubiera pasado un peine.

Bajó rápidamente hacia el Gran Salón para desayunar. Ni siquiera sabía la hora que era, pero sólo quería llegar cuanto antes, quizá primero que todos para ver si así se encontraba con él a solas aunque fuera sólo unos momentos.

Sin embargo, cuando llegó sólo se encontraba la profesora McGonagall. ¿Tan temprano era? Buscó en todas direcciones, pero no había ni rastro de Snape. Bajó los hombros, decepcionada.

— Buenos días, profesora— saludó Hermione, sentándose un par de puestos a la izquierda de la directora.

— Buenos días— dijo Minerva sonriente—. ¿Dormiste bien?

— Sí— respondió la chica mientras se servía jugo de calabaza y tomaba un par de tostadas—. Sinceramente, hace mucho tiempo no dormía tan bien.

La profesora McGonagall alzó las cejas y su sonrisa se hizo más amplia, inquietando a Hermione. Le daba la impresión de que la bruja sabía lo que había sucedido con Snape… todo. Así que bajó la vista a su comida, y pretendió entretenerse en eso para no mantenerle la mirada.

Muy pronto, casi todos los profesores comenzaron a tomar asiento en sus respectivos lugares… excepto Snape, claro. A Hermione, lamentablemente, no le extrañó que el profesor se ausentara, ya que solía hacerlo cuando algo "extraño" ocurría entre ellos. Aunque si alguien los hubiera visto la noche anterior, pensó, no hubiese notado nada fuera de lo normal. Sólo fueron un par de segundos extra de contacto visual. ¿Por qué le daría tanta importancia? ¿Acaso se estaba escondiendo de ella, o de verdad estaba muy ocupado?

El profesor Slughorn aprovechó un asiento vacío a su lado para sentarse allí y preguntarle de su vida, la cual, según él, era extraordinaria.


Snape se encontraba dormido en el sofá de su habitación, con la cabeza apoyada en el respaldo en una posición bastante incómoda y un libro a punto de caerse en su mano derecha.

Le había costado conciliar el sueño, por lo que decidió leer un poco y así poder distraerse. Pero de poco le había servido.

Se removió en su lugar, incorporándose poco a poco y sintiendo un dolor punzante en el cuello, justamente donde tenía la cicatriz, la que se frotó durante largos minutos sin poder contener un gemido de dolor. Soltó un improperio por la insensatez que había cometido quedarse dormido allí.

Se puso de pie y recordó tan claramente el rostro de Granger que él mismo se sorprendió por su claridad.

Los rayos del sol le indicaron que era más tarde de la hora a la que usualmente se levantaba. Gruñó enfadado y se metió al cuarto de baño para darse una buena ducha y despejar la mente.

Al salir, fue directo al comedor. Su estómago rugía con fuerza, pero se sentía incapaz de probar bocado alguno. Iría sólo para que Granger no creyera que huía de ella o algo así… o para que Minerva o Sybill no comenzaran a sacar conjeturas del supuesto extraño comportamiento que estaba teniendo desde que la chica llegó al colegio. Sabía que ese par no se aguantaba las ganas de molestarlo… y no sabía por qué.

Cruzó el salón como de costumbre, dando grandes y fuertes zancadas y sin mirar a nadie a su alrededor, como si no fuesen lo suficientemente agradables para él. Se sentó, para su desgracia, al lado de McGonagall, quien, también para su desgracia, estaba demasiado cerca de la profesora de Adivinación.

— Buen día, Severus— saludó la directora con su usual cordialidad matinal. Él respondió con un imperceptible movimiento de sus cejas, sirviéndose un café muy cargado.

Hermione sentía que las manos le temblaban tanto, que si no se contenía, terminaría arrojando por todas partes el jugo de calabaza. Optó por llevarse un gran bocado de huevos fritos a la boca aunque ya no tuviera hambre, cualquier cosa era útil para mantenerse callada y no decir alguna estupidez.

La conversación, sin embargo, giraba en torno a unos planes que tenía la directora de hacer algo ese año para que los alumnos tuvieran una instancia de recreación distinta. Ella quería entender lo que decían, pero no podía estando tan concentrada en mantener un semblante tranquilo y relajado.

Sentía la persistente mirada de la profesora de Transformaciones sobre ella, haciéndola sentir aún más tensa.

— ¿Te sientes bien? — preguntó Agatha ladeando la cabeza para verla mejor.

— Sí— contestó Hermione forzando una sonrisa, pero la profesora no pareció creerle, entrecerrando sus ojos.

— ¿Estás nerviosa por algo? — "¿Qué acaso ahora es profesora de Adivinación?", pensó la chica, terminándose el resto del jugo de un sorbo y dejando el vaso sobre la mesa con un fuerte ruido. Todos los profesores voltearon a verla.

— No es nada— mintió, intentando con todas sus fuerzas no mirarlo, no traicionarse delante de todos ellos—. Profesora Jones…

— ¡No me digas así! — Vociferó la bruja, dándole una suave palmada en el hombro— Me haces sentir vieja— dijo soltando una fuerte risotada al tiempo que Snape la miraba de reojo, haciendo una mueca de disgusto. Hermione también tuvo que reírse para no parecer maleducada.

—Sí… ¿Usted sabe algo de los elfos domésticos?... ¿Algo de historia? — inquirió para cambiar el tema de conversación. Si supiera algo o no, le daba exactamente igual.

— ¿De historia? — La profesora apoyó la cabeza en una mano— Si se trata de historia, deberías preguntarle al profesor Binns, ¿no? — Hermione sabía que Snape estaba escuchando todo, lo que la hizo contener una sonrisa.

— Sí… claro.

— ¿Necesitas ayuda con tu investigación? — preguntó Agatha, con una expresión que dejaba muy en claro que estaba totalmente dispuesta a ayudarla.

— Un poco. De todas formas, el profesor Snape me dio algo muy útil— Hermione habló con la voz más alta de lo necesario deliberadamente. Quizá para que él, al verse obligado, le hablara, o para que los demás supieran que él estaba interesado en cooperar con ella… o quizá para demostrar que con ella tenía un trato diferente, especial.

La profesora Jones abrió mucho los ojos y giró la cabeza para mirar a su colega, que estaba rígido en su asiento, observando fijamente la taza de café frente a él.

— ¿Es eso cierto, Severus? — inquirió la profesora muy seria. Él asintió con la cabeza en un movimiento leve, queriendo evitar por todos los medios tener que hablar con ella— Vaya… no sabía que te llevaras tan bien con la señorita Granger— Snape apretó los dientes, y la miró a los ojos sin ninguna expresión en sus gestos.

— Que le haya mostrado un libro, no significa que me lleve bien con ella… profesora— sentenció Severus con su mejor tono sarcástico. La mujer desvió la vista y se movió en su asiento, intimidada con esos ojos negros cargados de desprecio.

Snape se percató de la fugaz mirada entre Sybill y Minerva, y tuvo ganas de levantarse, mandarlos a todos al demonio, largarse y no volver más. Pero sabía que no podía hacerlo. No con el año escolar recién comenzando.

— Dejemos las hostilidades— terció el profesor Slughorn, riendo de manera nerviosa—. Estoy seguro que aquí todos queremos y podemos echarle una mano a la señorita Granger— Con eso, la discusión llegó a su fin, y el profesor volteó para ver a Hermione— ¿Sabe? La primera fiesta del Club de las Eminencias será el próximo sábado. ¿Le interesaría ir?

Si por Hermione fuese, hubiera respondido con un rotundo "no", sin embargo, la gentileza del profesor por aún incluirla en ese grupo que ella tanto detestaba la obligó a fingir que lo consideraba.

— No lo sé, profesor. Con tanto trabajo, dudo que pueda ir — dijo como si estuviera muy apenada—. Pero quizá en otra ocasión— El hombre le sonrió, comprendiendo sus razones.

— Es una lástima. Los chicos estarían muy contentos de tenerla a usted allí.

Snape carraspeó y la miró de soslayo. Se sostuvieron la mirada por escasos segundos, hasta que fue ella la primera en romper el contacto.

Estaba segura que él también recordó aquella desdichada fiesta de Slughorn cuando rompió con Ron, y él, literalmente, le ofreció un hombro para llorar, y la abrazó por primera y única vez.

Se sonrojó tan notoriamente que tuvo que bajar la cabeza para que nadie se diese cuenta… aunque sabía que él sí lo hizo.

El desayuno terminó, y Hermione y Snape salieron del Gran Salón tomando caminos opuestos sin dirigirse la palabra ni una sola vez.


Hermione pasó la mayor parte del día leyendo el libro de "Magos Famosos" que Snape le recomendó, sin embargo, no encontraba nada que hiciera ni la más mínima referencia a los elfos domésticos. Tal vez sí había pasado mucho tiempo y el profesor se había equivocado.

Pero se negaba a creer eso. Snape era casi un maniático como para equivocarse en algo así. Si no hubiera estado seguro de que ese era el libro, no se lo hubiera entregado. Así que buscaba con ahínco la página donde, según él, estaban mencionados los elfos.

Aquello sería una tarea ardua y agotadora, dado que el texto contaba con más de seiscientas páginas. No era que le aburriera, sólo que no disponía de tanto tiempo como para leerlo tan detenidamente… también tenía muchas otras cosas que hacer en el trabajo.

No se volvieron a topar durante el día, y al anochecer, Hermione debía volver a su apartamento.

Tuvo que ir a hablar con Madame Pince para pedirle prestado el libro durante la semana, y tras rogar un par de veces, logró la aprobación de la mujer. Luego se encaminó hacia el despacho de McGonagall para ir a su casa a través de la Red Flu.


Snape se hallaba en la oficina de la directora, en una de las muchas reuniones de profesores que tanto lo aburrían. No terminaba de entender por qué las hacían tan seguido si siempre hablaban de lo mismo, como si pasaran muchas cosas interesantes en el colegio.

Minerva y Filius tenían planeado un par de días de esparcimiento para los alumnos, y los demás parecían muy animados. A él no le atraía mucho la idea de un "día del profesor", como habían dicho, y mucho menos un "día del estudiante". Creía que eran actividades inútiles que no aportaban nada a la educación de los mocosos… pero no estaba de ánimos para iniciar una discusión por algo tan insípido. Así que permaneció en completo silencio mientras todos, en especial el tarado de Horace, proponían un montón de cosas sin sentido.

Hasta que se vio en la obligación de sumarse a la plática cuando Minerva se dirigió a él:

— ¿Tú qué opinas, Severus? — Snape sintió cómo todas las miradas se posaban sobre él, expectantes.

— Me da igual. Por mí está bien— dijo apenas esforzándose por modular. McGonagall pareció algo contrariada con las pocas ganas del profesor.

— ¿No te gustaría participar en alguna actividad? — insistió, sonriendo. Él sólo se encogió de hombros—. Agatha pensó en hacer concursos. Podrías organizar algo con ella y Horace.

El hombre se cruzó de brazos, y la miró con escepticismo. Estaban todos sentados alrededor de una gran mesa dispuesta en mitad de la oficina, observándolo en el más puro de los silencios. La profesora Jones le sonreía ampliamente, esperando una respuesta afirmativa.

Snape se removió en su asiento, un tanto incómodo. En otros tiempos, hubiera sido tan simple como decir que creía que era una idea idiota y absurda e irse. Pero no se sentía capaz de hacerlo en ese momento, con todos sus colegas esperando con ansias que él se sumara a las celebraciones. Sentía que se empecinaban en incluirlo en sus estúpidos planes. Parecía que aún mantenían la esperanza de verlo feliz y animado, casi de que fuera amigo de ellos.

Suspiró con fuerza.

— Como quieras— Toda la mesa lanzó gritos de júbilo, y la más feliz (no sabía por qué) era Pomona… además de Minerva.

Más tarde de lo que hubiera querido, la reunión terminó, y él se puso de pie de inmediato. Sin embargo, McGonagall lo retuvo.

— Severus, ¿puedes quedarte un momento? — Él exhaló aire con fuerza y volvió a tomar asiento. Los otros profesores salieron del despacho hablando animadamente.

— ¿Qué ocurre? — preguntó con fastidio.

— Nada. Sólo que me sorprende que hayas querido participar— declaró la bruja, sentándose a su lado y observándolo con afecto. Él desvió la vista a cualquier parte.

— No es que me hubieras dejado otra opción— objetó Snape, esbozando una sonrisa sarcástica.

— Claro que tenías otra opción— Minerva lo escrutó con la mirada por unos segundos, como si estuviera estudiándolo—. Haz cambiado mucho, Severus. Me siento muy feliz por ti— El profesor soltó un gruñido y la miró a los ojos.

Permanecieron en silencio hasta que oyeron unos débiles golpes en la puerta, lo que Snape aprovechó para ponerse de pie nuevamente.

— Buenas noches— dijo muy rápido para que Minerva no tuviera oportunidad de continuar con tan insólita conversación. Ella le sonrió y alzó las cejas, consciente del nerviosismo que sus palabras le habían causado.

El profesor Snape abrió la puerta, y se encontró frente a frente con Hermione, que tenía el puño en alto y una mochila al hombro. Él, inconscientemente, abrió mucho los ojos; ella ahogó un grito.

McGonagall notó cómo el profesor enderezaba la espalda y, a la vez, sacaba pecho, en una reacción muy singular. Y también cómo Granger no dejaba de mirarlo a los ojos.

— Profesor.

— Granger— murmuró Snape, haciéndose a un lado para que la chica pudiera entrar. No dijo más y descendió por la gárgola de piedra.

Hermione hacía su mejor esfuerzo por controlar el poderoso rubor que repentinamente coloreó sus mejillas, a sabiendas de que la profesora McGonagall estaba viéndolo todo.

— ¿Cómo estás? — preguntó la directora haciéndose la desentendida.

— Bien— respondió Hermione con un hilo de voz. Minerva, con un movimiento de varita, hizo desaparecer la mesa del centro del despacho, y se dirigió a su escritorio.

— Espero que tu estadía haya sido provechosa.

— Sí, por supuesto— La chica no sabía muy bien qué hacer a continuación. Lo mejor era ir directo al grano—. Ya me voy. Me preguntaba si puedo usar su chimenea…— McGonagall volteó para mirarla.

— Claro, no hay problema— dijo en tono fraternal—. Pero, espera… te llegó una carta esta tarde— Hermione tomó la carta que la profesora le ofrecía. Le dio las gracias, se despidió y se perdió de vista entre llamaradas verdes.

McGonagall no cabía en sí de asombro. Todos los disparates que Sybill le venía diciendo hace más de un año parecían tomar forma.

"Tuve una visión reveladora… vi a una mujer en la vida de Severus… una mujer que es muy especial para él".


Hermione apareció en la chimenea de su apartamento. Aún no se podía acostumbrar viajar así, odiaba esa sensación.

Se sacó el polvo de la ropa agitando la varita, y se dejó caer pesadamente en un sofá. Abrió la carta, era de Ginny, decía que quería juntarse con ella para hablar. Nada serio, sólo ponerse al corriente.

Sonrió al recordar a su amiga. Hace semanas que no la veía, así que, de inmediato, mandó una respuesta para juntarse el domingo siguiente.

El pausado transcurrir de los días que siguieron la agobiaba, y las horas de trabajo nunca le parecieron más eternas.

Sólo deseaba que llegara pronto el fin de semana.

Además, cada día le exigían más y más en el ministerio, como si sólo ella supiera hacer bien su trabajo. Pensaba que todos los demás eran unos incompetentes, lo que la tenía de muy malhumor.

Sin embargo, e inevitablemente, llegó el viernes.

Hermione estaba en un pub atestado de gente en el centro de Londres, y no dejaba de cuestionarse por qué había aceptado, por fin, la invitación de Bennett de tomarse algo (tal vez por su exasperante insistencia).

Bebían cerveza, y él no dejaba de mirarla, casi devorándola con los ojos. La chica no podía estar más incómoda.

Y hubiera podido decir que estaban conversando, si no fuera porque él era el que hacía las preguntas, y ella se limitaba a responder con monosílabos. Era más un interrogatorio.

Hermione no dejaba de imaginarse cómo sería estar con Snape en ese mismo lugar. Quizá él estaría de un humor de perros, quejándose por la cantidad de muggles que había a su alrededor y poniendo cara de pocos amigos a quienquiera que se cruzara.

Sería lindo (en otro mundo, quizá).

El barullo del lugar le impedía escuchar con claridad lo que Bennett le decía, a pesar de que estuviera hablándole prácticamente al oído. La barra estaba cada vez más llena de gente, y él no dejaba de decirle cosas que no llegaba a escuchar.

— ¿Cómo? — preguntó otra vez, acercándose más al hombre.

— Que no te lo he dicho… pero te ves muy linda hoy— dijo él con un ligero rubor en sus mejillas. Hermione no sabía si se debía al bochorno o a la cerveza.

De pronto, Bennett le tomó una mano con menos delicadeza de la que le hubiera gustado, y acortó la distancia aún más. Ella, instintivamente, se hizo hacia atrás.

— Eh… gracias— murmuró Hermione, bebiendo un corto trago para no tener que devolver el cumplido. La verdad era que Bennett sí era apuesto, no un galán de telenovela, pero tenía lo suyo. El pelo corto que se enroscaba apenas en rizos castaños e incipientes, ojos de un verde vivo, algo más alto que ella, fornido… toda esa clase de cosas que a ella no le llamaban demasiado la atención. Era, quizá, un poco engreído, pero no mala persona. Le recordaba a McLaggen, y tal vez era esa la causa de su repulsión hacia él.

Bennett sonreía mostrando sus dientes blancos y perfectos, resaltando con el cada vez más oscuro local.

Y Hermione no supo por qué en ese momento se preguntó si valdría la pena intentar algo con él. Probablemente sería una salida fácil: estar con alguien por el simple hecho de evitar la soledad.

Lo miró a los ojos por largos segundos, absorta por completo en sus pensamientos.

— ¿Estás bien? Te veo un poco preocupada— dijo él haciéndose hacia adelante para mirarla mejor. Ella se mantuvo rígida en su lugar, tomando el vaso con cerveza con ambas manos, y mirando cómo el barman preparaba los tragos.

— Lo estoy… con todo el trabajo que tengo, es difícil no sentirme presionada.

— Olvídate del trabajo, los elfos domésticos y el ministerio, Hermione. Al diablo con ellos— sentenció Bennett mientras acercaba su silla a la de ella, que ya no sabía qué hacer para hacerle entender que no quería esa clase de cercanía—. Olvida todo eso… ahora estamos sólo los dos pasándolo bien… ¿no lo estás pasando bien? — Hermione giró para mirarlo a la cara. Felizmente hubiera dicho que no, que preferiría estar sola en su apartamento leyendo o viendo la televisión. Pero guardó silencio y forzó una sonrisa.

Él malinterpretó su sonrisa, tomándola por coqueteo, así que rápidamente la tomó de la nuca con su mano libre y la atrajo hacia él. Fue algo que la pilló totalmente desprevenida, apenas tuvo tiempo para asimilar lo que él estaba haciendo.

Estuvieron a punto de besarse, pero Hermione volvió en sí antes de cometer aquella locura, y lo abofeteó.

La expresión de Bennett era de profunda confusión y perplejidad.

— ¿Qué pasa? ¿Acaso… no quieres esto? — preguntó, enderezándose en su asiento.

Ella se cubrió el rostro con las manos, volviendo a decirse que haber ido allí con él había sido una muy mala idea… y una muy mala forma de intentar olvidarse de Snape.

Porque sí, esa había sido su principal motivación. Había pensado que lo que necesitaba para sacárselo de la cabeza era salir con alguien, conocer a más personas.

Pero no.

Se sentía tan sucia, como si lo hubiera engañado.

— Lo siento, Ben… yo…— Apenas y lograba balbucear. No sabía qué rayos decirle.

— ¿Estás con alguien? — inquirió Bennett, desilusionado y resignado a no tenerla nunca.

Hermione lo miró sin poder hallar una respuesta. Sin embargo, la verdad era una sola: no estaba con nadie, por más que lo quisiera. Lo que pasaba era sólo que no quería traicionar a sus propios sentimientos.

— No precisamente.

— ¿Entonces?

— Me tengo que ir— sentenció la chica al tiempo que se ponía de pie y tomaba su cartera. Sacó un poco de dinero, lo puso sobre la barra y salió del pub empujando a todo el que estuviera estorbándole el paso, dejando a su cita más confundida aún.

Sintió pena por ese chico, era buena persona, pero ella no podía fingir sentir algo por otro… era así de sencillo.


Llegó el sábado, y Snape daba vueltas en su despacho. Sentía nervios… pero quizá más ansias.

Al fin se había logrado convencer de que lo que sentía por esa chica no era algo pasajero, mucho menos un asunto que simplemente podía obviar.

Repasaba cada recuerdo que tenía con ella, y su corazón parecía subirle a la garganta, palpitando con una fuerza que lo desesperaba.

No podría soportar mucho tiempo más así.

Y si ella seguía queriéndolo como antes… ¿debería hacer algo?

Hace tiempo se había dicho que sí, que no tenía por qué alejar a la única mujer que lo había amado en toda su vida.

¿Y por qué lo había hecho?

Por miedo. Sí. Miedo al rechazo, a la decepción y al dolor, a perder lo único que le daba sentido a su existencia.

Pero, ¿cómo acercarse? Deseaba tener la valentía que ella había demostrado esa lejana noche que le confesó lo que sentía.

Se desordenó el cabello un par de veces. No tenía la más mínima idea de lo que debía hacer a continuación.

Logró calmarse, y pensó que lo mejor sería ver qué pasaba ese fin de semana… si las circunstancias eran apropiadas para… cualquier cosa. Para calmar el ardiente deseo de desahogar su alma.


Nuevamente el lugar del encuentro fue el Gran Salón. Hermione lamentaba que ese tuviera que ser una de las pocas instancias en las que lo veía; había demasiada gente.

Había más alumnos y, por lo tanto, más alboroto que la vez anterior, por lo que no pudo conversar mucho con ninguno de los profesores. Aun así, notaba que el ambiente en la mesa era ligero, casi festivo. No supo por qué.

Veía con el mayor disimulo posible a Snape, que mantenía la cabeza apoyada en un puño, y parecía distraído.

Le gustaba cuando estaba así, perdido en sus pensamientos, sin esa expresión siempre dura en el rostro. El semblante tranquilo.

Hermione supuso que, obviamente, no se ponía tan nervioso como ella cuando se veían.

Severus no tenía la más ínfima intención de mirarla. Sí el deseo, pero sentía que si lo hacía, no podría dejar de hacerlo jamás en su vida… y no podía permitir que algo así sucediera frente a todo ese público.

El desayuno terminó, y cada quien fue por su lado.

Hermione aprovechó el hermoso día que hacía para sentarse a leer bajo la sombra de un árbol crecido en años, bastante apartada de las miradas curiosas de los alumnos.

Apenas y había tenido tiempo durante la semana para leer, así que era el momento perfecto para hacerlo sin que nadie la molestara.

Si lo pensaba detenidamente, ir a Hogwarts no era tan necesario, bien podía quedarse en la tranquilidad de su apartamento. Pero se excusaba pensando que, si le surgía alguna duda, estando allí podría preguntarle a algún profesor.

Además, ¿qué tenía de malo? No era que estuviera escapando de sus obligaciones.


El profesor Snape, como todos los fines de semana, se sentó a corregir un enorme montón de pergaminos. No entendía cómo se le acumulaban tanto, si nunca los dejaba para última hora. Tal vez les estaba exigiendo demasiado a los chiquillos.

Se rió de sí mismo por pensar eso. Él siempre había sido el profesor más estricto del colegio, y no porque tuviera mucho trabajo dejaría de serlo.

Sin embargo, todavía no aparecía el "alumno estrella" que había en cada generación. Ese alumno que le gustaba devorar libros y que pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca. Él había hecho lo propio durante sus años escolares, y Granger fue la última.

Probablemente era eso lo que lo aburría. También el que no estuviera Potter y los demás mocosos molestos que siempre tenían el atrevimiento de discutirle la forma en que daba clases.

Pensó que los mejores años de Hogwarts ya habían terminado… y se entristeció.

Los Merodeadores, los gemelos Weasley, el trío que conformaban Potter, Weasley y Granger… nunca más volverían, por más que lo fastidiaran.


Llegó la noche y nunca se vieron. Él demasiado ocupado, ella también. Sin tiempo para perder. Perdiendo el poco tiempo que tenían.

Hermione iba ya por la mitad del libro, pero no encontraba todavía lo que necesitaba. Sólo un sinfín de magos y brujas que pasaron a la historia por diversas razones. Nada que le sirviera.

Quiso hablar con el profesor Binns, pero no lo encontró. Claro, al ser fantasma podía estar en el lugar más insólito. Le gustaba su materia, pero lo encontraba un poco aburrido, así que no se desilusionó mucho cuando, ya entrada la noche, se fue a acostar.

El día siguiente no fue más alentador, y Hermione estaba tan distraída pensando en él, buscándolo con la mirada a cada minuto, que consideró seriamente volver a su casa. Pero, claro, no lo hizo.

Durante el almuerzo, estaba un poco aburrida sin tener nada más que hacer que mirar a los alumnos, así que "sin querer" oyó a la profesora McGonagall decir que esa noche tendrían una reunión en la sala de profesores.

Gracias a dios que no volvió a su apartamento.

Miró de reojo cómo Snape componía una mueca de disgusto que le pareció muy cómica, era como ver a un niño haciendo rabieta.

Cuando terminó la comida, decidió ir a la biblioteca a leer, igual que el domingo anterior. No tenía nada de malo "probar suerte", pensó.

Las horas pasaban y el sol descendía cada vez más, y, eventualmente, los pocos alumnos que estudiaban y terminaban deberes, comenzaron a regresar a sus salas comunes.

Hermione pasaba los ojos por las páginas, pero no lograba retener nada. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces leyó el mismo párrafo sin entender nada en absoluto. Movía las piernas de manera compulsiva, poniéndose más nerviosa, y no dejaba de mirar a todos lados. Cada niño que pasaba a su lado, cada sombra, para ella era Snape.

Estaba volviéndole la locura, seguro.


Llegada la hora en que no había ni sol ni estrellas, la chica se puso de pie de un salto. Era definitivo: no podía concentrarse. Con movimientos bruscos recogió todas sus cosas y partió a los jardines a dar un paseo. Éstos, en ese momento del día, estaban prácticamente vacíos. El ligero rumor del viento rozando las copas de los árboles, y el canto de los pájaros que volvían a sus nidos, era lo único que oía.

Sólo calma.

Pensó en visitar a Hagrid, pero pronto recordó que él debía ir también a la reunión de esa noche. Resopló molesta y bajó los hombros. Ahora no sabía a dónde ir. Nunca había estado sola en Hogwarts, siempre había contado con la compañía de sus amigos, con los que iba a todos lados, con los que siempre tenía aventuras y miles de cosas que hacer.

Fue hasta el lago y caminó pausadamente por la ribera. Estaba tan quieto que reflejaba los más mínimos detalles de los árboles en su orilla, produciendo apenas pequeñas olas.

Cerró los ojos y tomó aire profundamente. La brisa fresca revolvía sus cabellos. Estaba tranquila y feliz, alejada de las presiones y el ajetreo de la vida diaria.

Pronto oscureció por completo y condujo sus pasos hacia el castillo. Por más que quisiera retrasar el momento, ya era tiempo de partir, y había quedado de juntarse con Ginny en su apartamento, no se podía retrasar más.

¿Y si echaba sólo un pequeño vistazo a la sala de profesores? ¿Uno pequeñito e inocente?

Entonces encontró la excusa perfecta, ¡era muy obvio! Necesitaba a McGonagall para poder usar su chimenea y así volver a casa. Insistiría en que le urgía llegar pronto y que esa era la forma más rápida.

¿Cómo podrían sospechar? Además era verdad.

Iba tan feliz que casi daba brincos al caminar. Cuadros y estatuas giraban sus cabezas al ella pasar al frente. Quizá todavía persistía en ella algo de la pequeña niña que tantas veces merodeó por los pasillos de noche.

Cruzó el vestíbulo y no demoró en llegar a la planta baja, justo frente a la sala de maestros. Titubeó un momento y pegó la oreja en la puerta para escuchar mejor. Le pareció curioso que no pusieran algún hechizo para que no se pudiera oír… tampoco se quejaría.

Escuchaba apenas un tenue murmullo, no estaba muy segura de quién estaba hablando, pero sabía que en cuanto él lo hiciera, lo distinguiría de inmediato.

Transcurrieron largos minutos en los que Hermione pensaba que, si no se calmaba, todos al interior terminarían por escuchar los latidos desenfrenados de su corazón. Entonces oyó más movimiento y varias sillas deslizarse en el piso. Se alejó de la puerta lo más rápido que pudo, y golpeó con pulso inquieto.

La puerta no tardó en abrirse, dejando ver a una profesora McGonagall muy sonriente. Hermione veía cómo todos los profesores se asomaban tras la bruja para mirarla, y perdió el valor de buscar a Snape entre ellos.

— Granger— dijo la directora con sorpresa—. ¿Qué te trae por aquí? — La chica olvidó su plan, y abrió la boca sin saber bien qué decir.

—Yo… profesora…— Terminó su balbuceo al verlo a él entre las cabezas de los demás—. Ya me voy. ¿Podría usar su chimenea? Si no es mucha la molestia— McGonagall pareció pensarlo un instante y luego volteó. Hermione no sabía qué diablos estaba pasando, pero sus manos comenzaron a temblar y sudar.

— Severus, ¿llevarías a la señorita Granger a la chimenea de tu despacho? — Inquirió Minerva alzando la voz— El tuyo es el que queda más cerca.

¿Podía ser cierta su suerte?

Hermione se rascó la cabeza y sonrió forzada. Snape se abrió paso entre sus colegas hasta quedar frente a ella. Vio cómo la profesora Trelawney se tapaba la boca con ambas manos y… ¿estaba dando saltitos? Desvió la mirada hacia el profesor, pensando que quizá había visto mal.

Él la miraba con típica petulancia, alzando una ceja.

"¿Por qué siguen todos aquí? ¿No tienen trabajo que hacer?", se preguntó ella, sintiendo una vergüenza bastante inoportuna.

— ¿Tiene prisa, Granger? — preguntó Snape, sonriendo de forma desagradable. Era muy obvia su falsa amabilidad.

— Más o menos— La voz de Hermione fue temblorosa, y no sabía qué hacer para que su rostro recuperara un tono normal. Era más que consciente de que estaba furiosamente roja.

— Vamos entonces— murmuró el hombre, pasando por su lado.

La chica se quedó de piedra, no podía creer que todo eso de verdad estaba sucediendo.

— Buenas noches— atinó a decir al resto de los profesores antes de marcharse. Tuvo la extraña impresión de que todos querían que aquello pasara, como si de alguna manera lo hubiesen planeado.

Iban por un pasillo como en los viejos tiempos: él adelante, ella atrás intentando darle alcance, sin hablar ni mirarse. Descendieron por las escaleras que daban a las mazmorras, y Hermione sintió cómo el aire se hacía más frío.

Llegaron a la puerta del despacho, Snape entró primero y esperó a que ella hiciera lo mismo para cerrar.

Hermione no sabía qué debía hacer, así que se quedó de pie en medio de la oficina, aguardando a lo que él dijera.

El profesor Snape permanecía con la mano sobre el pomo de la puerta, dándole la espalda a Granger. Sabía que su respuesta natural para llevar a la chica hasta allí hubiese sido "no", que todos los profesores notaron el trato… especial que tenía con ella. Pero no le importó. Que se fueran al demonio.

Volteó y caminó apresurado hasta su escritorio sin mirarla.

— Tome asiento— dijo cortante. La cara de asombro de Hermione hubiese sido muy evidente si él la hubiera mirado. Se sentó en la primera silla que encontró, jugueteando con las manos para aliviar la tensión.

Severus se despojó de la capa y la colgó pulcramente en un colgador que Hermione pensó sería "el colgador de capas".

Él abría y cerraba los cajones del escritorio buscando algo con afán.

— No recuerdo dónde dejé los Polvos Flu— aclaró el profesor antes de que ella se atreviera a preguntar. A la chica le extrañó, porque no creía que él fuese la clase de persona que deja las cosas al azar. También se preguntaba por qué se había sacado la capa, si en ese lugar lo último que hacía era calor. Y notó cómo, nuevamente, el ardor comenzaba a subirle a la cabeza. Se veía muy guapo así, con el torso al "descubierto".

Entonces no pudo retener más una pregunta simple que hacía mucho tiempo quería hacer:

— ¿Cómo ha estado? — Snape se asomó por detrás del mueble donde estaba agazapado para mirarla. Alzó las cejas y pareció un poco divertido con la pregunta.

— Bien. Dando clases a mocosos insoportables— dijo con soltura al tiempo que volvía a su tarea. Hermione sonrió.

— Supongo que ya encontró a otro "insoportable sabelotodo"— comentó ella sin pensárselo dos veces. Fue como si sus labios se movieran por cuenta propia, ya que, si no hubiera sido así, jamás lo habría dicho.

Snape tardó en responder, pues se puso de pie con un pequeño recipiente negro sin más ornamentos y miró a Hermione con cierto humor en los gestos. Ella se sorprendió por ver por primera vez esa expresión en su rostro. Le parecía que de un momento a otro iba a sonreírle.

— No creo que alguien pueda ser más insufrible que usted, Granger, por más sabelotodo que sea.

Entonces Hermione no supo cómo refutar aquello, porque el tono en que lo dijo no fue de desprecio. Así que simplemente se limitó a regalarle una sonrisa.

El profesor Snape rodeó el escritorio hasta situarse frente a ella y ofrecerle la vasija. Ella, aún sentada, le mantuvo la mirada con la misma intensidad con la que él lo hacía. Se puso de pie lentamente, notando el poco espacio que había entre ellos, y la recibió.

— Gracias— murmuró apenas, alternando la mirada entre la vasija y él, que respondió asintiendo con la cabeza.

Hermione le dio la espalda y se dirigió a la chimenea, buscando alguna manera de hacer que ese momento se prolongara más, quizá hasta el fin de su existencia.

Oía los pasos de él detrás, muy cerca. Su corazón bombeaba a mil mientras se agachaba para poder introducirse en la chimenea. Tenía que volver a prepararse para ese bendito viaje.

Volteó nuevamente, y lo que vio le cortó la respiración: Snape estaba de pie ahí, frente a ella, con las manos en los bolsillos de los pantalones, mirándole con algo parecido a la tristeza. No supo cómo describirlo, pero la paralizó por completo.

Se veía… adorable.

Y entonces, por una vez en su vida, el rubor de sus mejillas estando en su presencia no la avergonzó.

Había sólo una cosa más que quería saber.

— ¿Puedo preguntarle algo? — dijo abriendo y cerrando la tapa del recipiente. Él hizo un ademán para que prosiguiera, así que se aclaró la garganta para que su voz no flaqueara, y suspiró con fuerza—. Usted nunca sintió algo por mí, ¿verdad?

La expresión de Snape cambió rotundamente, se puso serio como una estatua y bajó la mirada al suelo, prolongando un silencio que a ambos les resultó bastante extraño.

Hermione no sabía por qué se demoraba tanto en responder, él ya era un adulto como para no saber lo que sentía o no, además ya había pasado bastante tiempo como para que pudiera pensarlo. Era tan simple como decir sí o no.

— ¿Por qué pregunta eso? — inquirió con la voz ronca, sin levantar la cabeza.

— Sólo… quisiera saberlo— declaró Hermione encogiéndose de hombros. Estaba sorprendida de sí misma por lo calmada que se encontraba ante esa conversación.

— Siempre quiere saberlo todo— Snape volvió a mirarla, sonriendo de medio lado. Ella le devolvió la sonrisa abiertamente, sin ningún pudor.

— Puede ser… — Entonces asumió su evasiva como una negación, y de una vez abrió el recipiente, tomó un buen puñado de Polvos Flu, y cuando estaba por arrojarlas a la chimenea, Snape se aproximó con suma rapidez y le tomó la mano con fuerza. Hermione se hizo hacia atrás de forma instintiva, un poco asustada—. ¿Qué…? — Muy pronto sus temblores se tornaron incontrolables. Ahora sí que no tenía idea qué ocurría.

—Granger…— susurró el profesor débilmente. Ella se mantuvo quieta con los ojos abiertos como platos. Sin embargo, Snape la soltó y murmuró una rápida disculpa, retrocediendo un par de pasos.

Hermione no tenía muchos ánimos de indagar, en el fondo temía lo que él pudiera decir. Y no consideraba necesario pasar por otro rechazo, otra humillación.

— Gracias por dejarme usar su chimenea. No volveré a molestarlo— dijo llanamente, entregándole la vasija. Él levantó la mirada y buscó sus ojos con insistencia, pero la chica ya había pronunciado su lugar de destino y arrojado los polvos al piso.

— Espere— Snape se encorvó y dio un paso dentro de la chimenea justo cuando comenzaban a aparecer llamas verdes.

El poco espacio hizo que sus cuerpos se encontraran en un movimiento certero, al mismo tiempo que el despacho comenzaba a desdibujarse. Hermione no supo cómo pasó, ni en qué momento la mano de él se había aferrado a su cintura. Todo era difuso mientras viajaban por la Red Flu, viendo cómo las chimeneas pasaban una tras otra entre llamaradas y girando sobre sí mismos. Perdiendo el control de sus cuerpos.

Hermione sintió la imperiosa necesidad de aferrarse a él para no caerse, aunque sabía que eso no pasaría. Y entre toda esa confusión, lo tomó de un brazo y lo miró a los ojos. Snape la observaba como si no supiera qué decir… pero no había nada que decir en ese momento. Estaba todo demasiado claro para los dos.

Fue él quien comenzó a parpadear más rápido de lo normal, y se inclinó hacia adelante al tiempo que ella estrechaba el agarre de su brazo. La chica, en una reacción natural, cerró los ojos. Pasaron unos segundos hasta que sintió la respiración agitada y cálida del hombre sobre su rostro. No se atrevió a mirar, sólo quería sentir… y lo sintió por fin, después de tanto tiempo.

Un roce delicado que encendió todas sus emociones, acelerando sus corazones al máximo. Hermione no quiso ni pudo saber más del mundo a su alrededor. Se separaron apenas, él contuvo la respiración, y ella exhaló el poco aire que le quedaba. Juntó coraje y volvió a unir sus labios a los de él con rebosante pasión, pero a la vez tranquila y paciente.

Snape se abandonó por una vez a lo que sus sentimientos le pedían, a los impulsos de su cuerpo. Quería eso, y lo había querido hace mucho tiempo. "Al demonio con todo", pensó sintiendo cómo la tibieza en su pecho crecía de manera abismante, tensando todos sus músculos, quemándolo por dentro. Llevó una mano insegura y temerosa a la parte posterior del cuello de ella, atreviéndose poco a acariciarla, sin saber muy bien cómo debía hacerlo, pero haciéndolo como mejor podía.

Hermione se estremeció al sentir el contacto, enterrando los dedos en el brazo de él y colocando la otra mano sobre su pecho. Ese breve instante les hizo olvidar todo lo demás. Sus cuerpos ardiendo del deseo reprimido durante todos esos meses era lo único que tenía importancia. La lejanía por fin quedaba en el pasado, junto con el orgullo y las dudas… ya no eran útiles.

Él fue el que finalmente derrumbó sus propias barreras, dejándose querer y queriendo de vuelta, como en su juventud se juró no hacer jamás.

El beso se prolongaba mientras ellos disfrutaban de todas esas cosas que tanto habían querido ocultar al otro. Hermione quería dejarle claro todo lo que sentía, y quería que él hiciera lo mismo, que ya no tuviera excusa alguna para decirle que aquello era una tontería o un error. Todo eso les pareció a los dos una reverenda estupidez.

Entonces volvieron a separarse, esta vez incrementando la distancia. Ya no viajaban, habían llegado (no sabían cuándo) al apartamento de Hermione. Permanecieron en la misma posición unos momentos, sin mirarse a los ojos, no queriendo preguntarse qué pasaría ahora.

Cuando sus miradas se encontraron, ella sonrió tímidamente, y él frunció el ceño, sin saber cómo tenía que continuar aquello.

Snape retiró lentamente la mano del cuello de Hermione, con los dedos un poco enredados en sus cabellos. Sentía que una fuerza sobrenatural le impedía quitarle los ojos de encima. Simplemente no era capaz de dejar de contemplar cada uno de sus hermosos rasgos. Volvió a preguntarse qué veía ella en él, cómo podía sentir algo por él, si ella era tan joven, tan linda, y él… sólo un viejo profesor de Pociones. Pero ya no volvería a cuestionárselo.

— No me diga que piensa que es un error — Se aventuró a decir Hermione—. No me lo diga otra vez— murmuró, rodeándolo por el torso con los brazos y apoyando la cabeza en su pecho. El vaivén alterado de la respiración del profesor, dejaba en evidencia su nerviosismo. Ese mismo que ella estuvo tan segura que él no sentía cuando estaban juntos.

— No— Fue lo único que Severus pudo decir. La farsa había terminado, y no había forma de continuar fingiendo frente a ella. Estaba vencido… y más feliz que nunca por eso.


Y por fin, después de tanto sufrimiento, pasó lo que tenía que pasar.

Espero que les guste tanto como a mí me gustó escribirlo (y me costó xD)

Estoy en los exámenes de titulación, así que me están matando los nervios y ansias y estrés y todo eso... pero me distraigo un poco escribiendo este fic que me come la cabeza todo el día xD

Actualizaré lo más pronto posible... y como en dos días más tengo el último examen, ahí tendré más tiempo.

Nuevamente, ojala les guste este capítulo :) cualquier cosa, no duden en comentar.

¡Que tengan una linda semana!

¡Besos!