Capítulo 2
En las profundidades del Infierno
La semana pasaba lentamente, convirtiéndose poco a poco en sólo una más de las otras, con la única excepción de que podía disfrutar de las miradas de odio e impotencia de los Slytherin, especialmente la de Malfoy, que era la más frecuente de todas. Aunque a veces eran bastante incómodas e inquietantes. Se preguntó si debía preocuparse por eso, pero finalmente les restó importancia.
El fin de semana había llegado, pero si Harry creía que iba a descansar, estaba equivocado. Aquel miércoles que pasó en la enfermería no podía contarlo como un día libre, ya que, al parecer, estar desmayado a causa de la estúpida envidia de Malfoy no era escusa para no entregar los numerosos ensayos de las clases de ese día para la siguiente semana.
― Te dije que no lo dejases para último momento, pero nunca me escuchas ―dijo Hermione con aire de suficiencia.
Harry rodó los ojos y suspiró.
― ¿Vas a ayudarme a terminar con esto o seguirás diciéndome lo que debería haber hecho? ―dijo Harry, tratando de volver a concentrarse.
Los tres habían estado casi toda la tarde en la biblioteca intentando hacer los ensayos que tenían pendientes. Pero Hermione, como no es de sorprender, ya los tenía terminados, por lo que ayudaba a sus amigos a realizar sus tareas y explicar, inútilmente, a Harry lo que habían hecho en las clases que se perdió.
El día había sido uno típico de otoño, lloviendo desde la mañana hasta la noche y no precisamente cálido. Por lo que Harry no tuvo oportunidad de distraerse entrenando en Quidditch o saliendo al patio, sino que la noche ya había llegado y él intentaba aprender al menos una oración del libro que tenía enfrente. Por supuesto, completamente en vano, ya que las letras se les mezclaban frente a sus ojos.
― Argh, Hermione, creo que ya es suficiente. Estoy muy cansado y no creo que pueda aprenderme una palabra más. Además, sospecho que Ron lleva un tiempo dormido tras ese libro.
Ambos miraron al pelirrojo. Hermione le lanzó un hechizo, con lo que el libro salió volando, haciendo a Ron despertarse dando un brinco y mirado para todos lados.
Los otros dos rieron, y sus risas se convirtieron en bostezos, dándose cuenta de que estaban tan cansados como su somnoliento amigo.
― Sí, tienes razón, Harry ―dijo Hermione, bostezando nuevamente― También estoy agotada. Y sólo faltan unos minutos para el toque de queda.
Los tres juntaron sus cosas y salieron de allí, dirigiéndose hacia la Torre de Gryffindor. Una vez que llegaron a su Sala Común, se despidieron de Hermione y los dos chicos entraron a su habitación. Seamus, Dean y Neville estaban ya durmiendo, y, bueno, Ron al parecer también, ya que había caído muerto en el contacto con su cama.
Y mientras Harry guardaba el contenido de su bolso en el baúl, se dio cuenta de que…
¡Maldición!
¡Había olvidado uno de sus libros en la biblioteca! Y ni siquiera era suyo, se lo había prestado un Ravenclaw que estaba en una clase más avanzada. Tendría que ir a recuperarlo. Quizás, con la ayuda de su capa de invisibilidad y si evitaba hacer ruido, podría volver a hurtadillas a la biblioteca, tomar el libro y regresar sin que nadie se diese cuenta. Sí, ese era un buen plan.
Harry tomó su capa, la tiró sobre sí mismo y, comprobando que Ron realmente estuviese dormido ―lo cual no fue difícil, ya que sus ronquidos eran tan fuertes que hasta temió que despertase a los demás―, salió de las habitaciones en dirección a la biblioteca.
Volvió a recorrer el camino que habían tomado, y, luego de atravesar varios pasillos, estando ya a unos metros de su destino, Harry oyó el maullido de la Señora Norris en una esquina, advirtiéndole que el conserje estaba cerca.
― ¿Qué sucede cariño? ¿Hay alguien por aquí? ―dijo Filch con su aguardentosa voz, a lo que su gata le respondió con otro maullido. ¡Demonios! ¡Ese condenado animal siempre lo detectaba!
Filch y la Señora Norris cruzaron el pasillo, pasando frente a él, y Harry se quedó estático, rogando para que no lo descubrieran. ¡Oh, realmente no quería quedar castigado sólo por ir a recuperar un libro! Pero entonces la gata miró en su dirección, olfateó y… dio la vuelta.
Eso estuvo cerca…― pensó Harry, y antes de que alguien más volviese, rápidamente dobló por el pasillo y entró en la biblioteca.
Sólo unas pocas velas alumbraban el lugar, dejándolo todo bajo la luz de las tenues y temblorosas flamas. Era mucho más pacífico de lo común, aunque no debió sorprenderle siendo ya casi media noche. Harry se dirigió a la mesa en la que habían estado y lo vio. Genial, el libro aún estaba allí. Se acercó, y cuando estaba por tomarlo, notó que había algo sobre el libro. Una nota. Extraño, no recordaba haber dejado ningún apunte, y sin embargo era de papiro. ¿Acaso alguien más sabía que él había estado usando ese libro hoy? ¿Lo habían… Lo habían estado observando?
Harry miró hacia los lados. No parecía haber nadie. Volvió a mirar la nota, estaba doblada sobre su libro abierto. La tomó entre sus manos y la abrió. En tinta negra estaba escrito:
"Reúnete conmigo en los baños averiados a media noche
Atte., un admirador secreto"
¿Admirador secreto? ¿Quién podría querer reunirse con él a esa hora? ¿Y por qué? Sinceramente era muy sospechoso, y no eran horas para estar deambulando por el castillo. Podría hasta ser peligroso, y como un buen alumno debería estar ya dormido. Pero por otro lado… la curiosidad no podría dejarlo dormir, y su personalidad Gryffindor le decía que no debería dejar plantado a quienquiera que fuese. Quizás era esa Ravenclaw de segundo año que todo el tiempo lo miraba y se sonrojaba.
Sintiéndose animado e intrigado por la enigmática atención, tomó el libro, puso la carta en su bolsillo y se encaminó al baño fuera de servicio. Afortunadamente pudo llegar sin ser visto. Nunca había estado allí por la noche, y tenía que decir que era bastante diferente que durante el día. Lo único que iluminaba el lugar era la brillante luz de la luna, había olor a humedad, y el silencio era roto sólo por las gotas que caían lentamente, una tras otra, de algún grifo.
Dio unos cautelosos pasos y miró alrededor, pero no vio a nadie. Ni siquiera a algún fantasma.
― ¿Hola…?
Hizo un movimiento para sacar su varita y alumbrar mejor el lugar con un Lumos, pero al instante oyó:
― ¡Expelliarmus!
Un haz de luz roja salió en su dirección y la varita voló de su mano, fuera de su alcance. Rápidamente miró hacia el origen del hechizo, pero no llegó a ver nada ya que nuevamente escuchó la voz diciendo:
― ¡Accio gafas!
Las gafas desaparecieron de su rostro y entonces todo se volvió borroso. Lo único que lograba vagamente divisar eran algunas siluetas que se acercaban a él. Estando completamente desarmado, instintivamente dio unos pasos hacia atrás, pero se topó contra la pared y cayó al piso al haberse resbalado con un charco.
Enseguida oyó risas provenientes de las figuras, que se detuvieron justo frente a él. Podía notar que eran tres, pero entre la poca iluminación y la confusión no pudo percibir nada más. Vio que uno de ellos desenfundaba su varita, por lo que intentó pararse para protegerse, pero fue inútil.
― Immoderata corpus ―siseó una voz masculina, y entonces volvió a caer al suelo. Pero… algo extraño le pasaba, no podía… ¡no podía mover su cuerpo! ¡Estaba tirado en el piso, completamente indefenso ante quienquiera que fuesen esos bastardos!
― ¿Quiénes son? ¡Déjenme ir! ―gritó, aunque su voz apenas era un balbuceo debido al hechizo. ¡Maldita sea! ¡Debió haberse ido a su habitación y no haberle hecho caso a la estúpida carta! ¿Quién rayos le haría caso a una misteriosa nota en medio de la noche?
― Oh, ¿pero qué tenemos aquí? ¡Potter a mis pies! ―Harry lo reconoció al instante.
― ¡Malfoy! ¡Suéltame ahora! ―intentó moverse, pero no dio resultado, todo lo que podía hacer era mover la cabeza.
― Vaya que eres estúpido, Potter. Deja de intentarlo, no llegarás a ningún lado ―dijo al ver que seguía moviendo la cabeza de un lado a otro― ¿Un admirador secreto? ¿De verdad crees que alguien podría admirarte? ¡Ja! Sólo eres un repugnante gusano a mis pies. Miren cómo se retuerce ―sus acompañantes rieron.
― ¿Qué es lo que quieres, Malfoy? ―tal vez si razonaba con él podría lograr algo.
― ¿Qué es lo que quiero? Quiero dejarte en claro, Potter, que ningún Malfoy limpiará retretes sólo porque algún sucio Potter no puede aguantar una pequeña broma y va a lloriquear a los brazos de sus padres. Oh, lo olvidaba, ¡tú no tienes! ―a Harry le recorrió una punzada de dolor, pero no dejaría que lo siguiese tratando así.
― ¡Suéltame ya! ―gritó, con una nota de desesperación en su voz.
― Ni lo pienses, Potter. Nos divertiremos contigo un rato. ¿Crees que puedes hacer perder a Slytherin doscientos puntos y salirte con la tuya? Vamos a enseñarte con quiénes te estás metiendo, elegido.
Los otros dos lo tomaron de los brazos y lo estiraron en el suelo, dejándolo boca arriba. La angustia y desesperación por lo incierto lo estaban carcomiendo. ¿Malfoy lo mataría? ¿Éste sería su fin?
― Bien, veamos qué hay debajo… ―uno de los que estaban sobre su cabeza agitó su varita y una helada brisa recorrió su cuerpo entero. Toda su ropa había desaparecido, dejándolo completamente desnudo frente a esos tres. Sentía aquellos ojos observándolo, contemplando una vista que no les pertenecía. ¡No! ¡Ellos no debían verlo! ¡No tenían el derecho! ¡Harry no lo había permitido! Pero, ¿haría falta que Harry lo permitiese si podían someterlo libremente contra su voluntad? Parecía que no…― Por fuera eres tan repugnante como por dentro… ―Malfoy levantó la cabeza, mirando a los otros e hizo un gesto de aprobación asintiendo con la cabeza.
Unos fuertes dedos se apretaron en su mandíbula, obligándole a abrir la boca. Trataba de impedirlo, pero, ¿qué podría hacer si se encontraba en completa desventaja? Oyó un ¡plop!, como un pequeño frasco al destaponarse, y entonces lo llevaron a sus labios. Movía la cabeza de un lado a otro, pero eso no evitaba que el repugnante líquido fluyese por su garganta, hasta tragarlo todo. Cuando lo soltaron tosió, y estaba a punto de preguntar qué demonios le habían dado, pero su preocupación se centró en algo peor. El que no pudiese mover su cuerpo no quitaba el hecho de que aún podía sentirlo, por eso mismo dirigió su atención a Malfoy cuando éste lo tomó por las piernas y las abrió bruscamente. El Slytherin abrió su cremallera y se bajó ligeramente los pantalones. Harry abrió súbitamente los ojos al ver a dónde se dirigía aquello.
― No… ¡No! ¡No me toquen! ¡No te atrevas a hacerlo, Malfoy! ¡Haré lo que me pidas, pero no lo hagas!―dijo, negando con la cabeza y mirando a Malfoy a los ojos, o a donde creía que estaban, sintiendo los suyos humedecerse.
― Ya es muy tarde, Potter…
Y entonces un fuerte movimiento de Malfoy hizo su carne desgarrarse y el más profundo dolor recorrer su cuerpo, envolviéndolo hasta casi sofocarlo. El aire desapareció de sus pulmones, convirtiéndose en gritos que rasgaron su garganta, mientras sentía agujas perforando su piel. La más intensa de las torturas se le estaba aplicando, y el peor de los dolores sólo se intensificaba más con cada movimiento, llegando hasta cada milímetro de su ser y manchando su alma.
Cada estocada era como una cuchilla clavándose violentamente en su interior. Una vez. Y otra. Y otra. Y otra vez más. Entre sus gritos de desconsuelo, débiles debido a que la energía abandonaba poco a poco su cuerpo, podía oír murmullos de carcajadas y sentía algunas sucias manos tocarlo, ensuciándolo. Sus ojos estaban llenos de pesadas lágrimas de desasosiego que bañaban su rostro.
¿Realmente él merecía esto? ¿Era culpable y debía ser castigado? ¿Era merecedor del dolor y la humillación?
Paulatinamente, la sensibilidad lo dejaba. Ya no podía sentirlo, pero no por eso era mejor. Sentía que estaba a punto de desfallecer, pero no lo hacía, seguía semi-consciente. Constantemente su cuerpo se sacudía como un trapo usado y ultrajado, pero entonces sintió que dejaba de moverse.
Malfoy dio una última férrea estocada y se detuvo, gruñendo con satisfacción. Se retiró, y Harry volvió a oír la cremallera de sus pantalones, esta vez cerrarse. Pero no le importaba ya nada. Su cabeza estaba tendida de lado, y ni siquiera se molestó en mirarlo cuando, estando apenas en el borde de la consciencia, le oyó decir jactancioso:
― ¿Qué sucede? ¿El Niño-Que-Vivió no puede sobrevivir a esto? Dime…
― ¡Cállate! Creo que oí a alguien cerca… ―interrumpió en un susurro una voz femenina. Se quedaron todos en silencio, y entonces se oyeron pasos.
― Maldición. Espero que hayas aprendido tu lección, Potter ―susurró Malfoy, pronunciando su nombre despectivamente, y luego se dirigió a los otros dos: ― ¡Vámonos!
Todos desaparecieron del lugar, dejándolo tirado en el piso como una muñeca de trapo olvidada.
Lo único que quería en ese momento era morir. Desaparecer. Huir de ese dolor punzante que atravesaba su cuerpo y llegaba a su alma, rompiéndola en mil pedazos.
¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser a él? ¿Por qué tenía que ser tan estúpido? ¿Por qué siempre tenía que hacer lo que no debía? ¿Por qué todo tenía que ser así?
¿Por qué?
Las imágenes frente a él se desdibujaban. Harry cerró los ojos, las lágrimas fluían por su funesto rostro. Ya no hacía ni frío ni calor, y el único sonido que vagamente llegaba a sus oídos era el eco que resonaba en las duras paredes de las gotas que caían una en una en un pequeño charco. Al igual que sus lágrimas.
Y el golpe de una puerta al abrirse súbitamente.
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¡Feliz Halloween!
