II
Había sido culpa suya.
¿Cuántas veces se repitió que no debía incurrir en su ira? Ramsay Bolton era su señor, el amo en esa mazmorra lóbrega y oscura, el que ponía las normas, trayendo con su aparición tenebrosa la luz y el dolor. Hediondo gimió de culpabilidad, lanzando los trozos de la rata al suelo. la boca le sabía todavía a la tivia sangre; si se concentraba un poco, podía sentir crujir los huesecillos bajo lo que quedaba de su dentadura.
«No, no, no. Lord Ramsay se enfadará, a él no le gusta que se coman sus ratas, ninguna, ninguna...»
Intentó no hacerlo. Por todos los medios refrenó su hambre, tratando de no ver a esos roedores pequeños y chillones como fuente de alimento. Esperó a que su señor se acordara de él, que a pesar de todo padecía como cualquier ser humano y viniera con su antorcha, aquella sonrisa que conocía ya en los labios y su calor. El calor del norte que aliviaba el frío y le hacía daño. Pero el apetito lo venció, su razón se debilitó y no pudo evitar comerla. Querría vomitarla y suplicar perdón de rodillas, pero no había nadie a quien suplicar. Si Ramsay Bolton lo torturaba, sería culpa suya.
«Otro dedo. No, dioses, por favor.»
La angustia lo torturaba. No sabía cuánto tiempo transcurría ni cuándo vendría el señor a verle. Inquieto y anhelante, con las ratas mordisqueándole los pies y el aire viciado acariciándole la piel fina como la de un viejo, aguardó en un triste duermevela. No podía descansar, expectante contra la pared de piedra. Lloró una vez, dos y tres, sin que sus lamentos trajeran al ansiado Lord nuevamente de vuelta. Por un lado quería verle y pedirle que tuviese piedad; por otro, sabía que no la tendría.
Así que, cuando los pasos se acercaron y la llave tintineó tras la puerta segundos antes de abrirse, Hediondo retrocedió todavía más contra la pared. Quiso ocultar las pruebas de su delito, pero ya era tarde; su barba estaba manchada de sangre; el aliento, apestoso a rata, y sus ojos delataban el crimen. Gimió, desesperado, cuando se avistó la antorcha. ¡Luz! La luz simbolizaba a Lord Bolton (no Nieve, eso jamás) acercándosele peligroso e implacable. La luz era compañía humana, dolor, fuego y pasión.
–Me he comido una rata, señor –no pudo evitar confesarle, con un murmullo desesperado.
La sombra de una sonrisa cruzó el rostro del joven, curvando sus labios gordos como gusanos.
–¿Una rata? –su voz sonaba más divertida que furiosa, pero a Hediondo le parecía más terrorífica. –¿No sabes que las ratas pertenecen a Fuerte Terror? Ay, mi Hediondo, tendré que castigarte.
Él lo sabía, por supuesto. pero había sido culpa suya así que no se quejó, nada dijo en su defensa. Su señor se mostró bondadoso y le permitió conservar un dedo. En cambio, solo se conformó con hacerle aquello otro, eso donde lo apegaba contra la pared y...
«Me lo merecía. Al menos, esta vez no se sintió tan mal.»
