Los días habían pasado rápido con más ajetreo del usual, una fuga en Azkaban había obligado a Bellatrix y a su séquito a ausentarse de sus hogares durante una semana, tiempo que tardaron en dar con todos aquellos que habían logrado escapar de las garras desesperanzadoras de los dementores. Con ellos tras las rejas nuevamente, el agotado equipo de aurores se despedía frente a la chimenea de su cuartel para retornar con sus familias.

La casa Black la recibió en un profundo silencio, el reloj sobre la chimenea marcaba las dos de la madrugada. Sorteó los sillones y se encaminó por el pasillo que llevaba a las habitaciones. Se detuvo en la primer puerta de madera y la entreabrió, para descubrir a su sobrino plácidamente dormido. Tranquila al ver a Draco, siguió el recorrido hasta llegar a su cuarto, donde pudo dejar su bolso y desnudarse para tomar una ducha relajante.

Tras media hora, tan sólo con una camiseta ancha y un short se encaminó a la cocina para prepararse algo rápido de cena, su estómago hacía tiempo que le estaba gruñendo por algo de alimento. Una tortilla junto con una copa de vino fue su elección y así tomó asiento frente a la mesa, sin embargo el merecido descanso todavía no llegaba ya que a sus espaldas sintió una presencia acercarse cada vez más. Todo pasó de una manera tan acelerada que el misterioso atacante no pudo darse cuenta de que Bellatrix estaba agarrando su varita cuando ya la tenía amenazantemente pegada a su garganta.

-¡Bella, soy yo!

-¡Por el amor de Merlín, Hermione! ¿Cómo se te ocurre aparecerte así? Medio segundo más y podría haberte matado – Bellatrix bajó la varita y se alejó furibunda, caminando de un lado al otro en la cocina. Todavía sentía su corazón querer salir corriendo de su pecho.

-Lo siento, Bella, estaba en la habitación de invitados y me desperté con sed, no esperaba encontrarte, Draco me dijo que estabas en un viaje por trabajo.

Bellatrix se ordenó inspirar y expirar lentamente para así volver a relajarse. Siempre que volvía de sus viajes tenía tanto estrés que su cabeza se volvía conspiratoria. Más tranquila, levantó la mirada para observar a Hermione y el gesto que traía la chica la hizo sentirse realmente mal consigo misma, tenía pintada la cara de miedo.

-Está bien, perdóname, reaccioné por demás. ¿Te asusté mucho? – La voz de la mayor sonó más suave y las facciones de ambas se relajaron.

-No hay problema, ¿Puedo acompañarte mientras cenas? – Se aventuró Hermione, observando el plato abandonado en la mesa.

-Claro, ¿Te sirvo algo para tomar?

-Agua, por favor –Sonrió agradecida, tomando asiento frente al lugar de Bellatrix.

-¿Qué hicieron estos días? – Preguntó tendiéndole el vaso a la menor.

-Lo normal, ya sabes, embriagarnos y coquetear.

-¡Vaya! Y yo pensando que lo normal era ir al colegio y estudiar – Se burló Bella, tomando luego un trago de vino de su elegante copa.

Hermione sonrió coqueta y se encogió de hombros, haciendo que sus pechos sin sujetador atrajeran toda la atención de Bella, que tuvo que hacer grandes esfuerzos para no ahogarse con el vino. Con todo el susto, no se había percatado de la escasa ropa que cubría el cuerpo de la chica.

-¿Estás bien? – Ahora se burlaba Hermione, deslizando su lengua entre sus labios para capturar una perdida gota de agua, haciendo suspirar a Bellatrix que estaba demasiado cansada como para jugar al gato y al ratón.

-Por supuesto, mocosa. ¿Cómo viene la fiesta sorpresa? ¿Pudiste encargarte de todo? – Cambió de tema.

-Claro que sí, mañana Draco y yo volveremos de entrenar y luego de ducharnos le diré que subamos a la terraza para tomar un poco de aire, ahí van a estar todos ustedes preparados para sorprenderlo – Explicó emocionada – Sólo queda que te ocupes de la barra de alcohol, las invitaciones ya las mandé por lechuza ayer.

-Perfecto, gracias por ocuparte de eso – Apoyó su mano sobre la de Hermione, queriendo reforzar sus palabras.

-Es mi mejor amigo, lo hago con placer – Entrelazó sus dedos con los de Bella.

-¿Mon chéri? – Una voz lejana que sonaba como si estuviese suspendida en el aire las sobresaltó.

-Parece que hoy es el día de asustar a Cruciatus - Bufó Bellatrix, soltando con suavidad la mano de Hermione y poniéndose de pie – Lo siento, es Emilie, enseguida vuelvo.

La menor se quedó pensativa, repitiendo una y otra vez aquel nombre en su cabeza. ¿De qué le sonaba?.

Bellatrix dejó la cocina para entrar al living y acercarse a la llameante chimenea donde flotaba la cabeza de su pareja. Se arrodillo frente a ella.

-Buenas noches, Emilie, no te esperaba a esta hora.

-Lo siento, mon amour, ¿Te desperté? – Habló con un notorio acento francés que le daba un toque de dulzura a su voz.

-No, llegué hace un rato y estaba comiendo algo antes de irme a la cama. ¿Cómo estás? Perdón por la falta de noticias de este último tiempo…- La voz de Emilie la cortó en medio de su explicación.

-No hay nada que perdonar, sé que estuviste ocupada trabajando – Bellatrix asintió aunque eso no era del todo cierto –Tengo ganas de verte.

-Y yo ¿Quieres venir al cumpleaños de mi sobrino? Lo celebramos mañana, ¿Puedes organizarte con tan poco tiempo?

-Por supuesto, mon chéri, me encantaría asistir.

Un ruido a sus espaldas hizo que Bellatrix se girara y se encontrara con la fugaz figura de Hermione huyendo hacia su cuarto. ¿La habría estado escuchando?

-Bella, ¡Bella!

-Sí, perdón ¿Qué me decías? – Volvió su rostro hacia las llamas.

-Que vayas a dormir, se te nota cansada. Mañana nos vemos, mon amour.

-Claro, nos vemos mañana Emilie – Y sin más, las llamas lentamente se fueron apagando.

Bellatrix se levantó y volvió a la cocina para apurar lo que quedaba de su copa de vino. Severus tenía razón, ya estaba grande para caer en manos de una adolescente. Emilie era una buena persona, muy inteligente e interesante y, debía reconocerlo, tenían una química increíble que existió desde la primera noche que se cruzaron en un bar de Francia y decidieron tomar la última copa en el departamento de la profesora de Beauxbatons.

El despertador sonó mucho antes de lo que Bellatrix hubiera querido. De no ser porque era un objeto, no hubiese dudado en hechizarlo con un cruciatus. Sacó su mano a través de las sabanas y apagó el dichoso artefacto que le estaba martilleando el cerebro. Quizás esa no había sido una buena compra muggle, pensó. Sin embargo, todo el mal humor se le pasó rápidamente cuando recordó que hoy era el cumpleaños de Draco y con esa una perspectiva, se levantó decidida a prepararle el desayuno y darle el regalo que había elegido para él.

En el baño, se cepilló los dientes y luego intentó domar un poco sus rizos azabaches, sabiendo desde el principio que era una batalla perdida. Cuando estuvo conforme, se internó en su vestidor donde eligió una fina camisa en un tono celeste pálido junto con una falda tubo que con los tacos adecuados modelaba sus piernas de tal manera que todos babeaban a su paso. Si algo podía decirse de los Black, es que la elegancia era su marca de distinción.

Una hora después, el rubio apareció en bóxer por el salón, aún soñoliento e intentando cubrirse los ojos de la luz que entraba por los grandes ventanales. Cuando logró adaptarse a tanta luz, se encontró con la casa decorada con globos verde y plata.

-¿A qué son lindos? – Habló su tía, acercándose hacia él.

-Tía, cumplo diez y ocho años, me parece que no eran necesario los globos – Respondió sonriendo ampliamente.

-Tú estás creciendo mucho y yo me estoy poniendo vieja y sensible, Draco – Lo abrazó y fue correspondida de inmediato – Feliz cumpleaños, querido. ¡A ver qué travesuras haces ahora que eres mayor de edad! – Su sobrino rio entre sus brazos.

-Feliz cumple, sexy sexy boy – Draco se separó con suavidad del abrazo y giró para encontrarse a una sonriente Hermione, ya vestida con el uniforme escolar. Los amigos se fundieron en un abrazo y la chica le susurró algo al oído que no llegó a escuchar Bellatrix pero hizo que Draco riera.

-Muy bien, espero que hayan amanecido con apetito porque tengo la mesa llena de sus dulces favoritos – Les llamó la atención Bella, dando la vuelta y entrando en la amplia cocina, también iluminada por los ventanales que permitían la entrada del sol. Era un día espectacular.

Los chicos la siguieron y se sentaron alrededor de la mesa con cara de no haber probado bocado en las últimas cuatro semanas. Frente a ellos había todo tipo de tortas, frutas y jugos que no dudaron en empezar a devorar.

-Hay que ver el cuerpo que desarrollaste entrenando, Draco – Habló pensativa Bella, observando el torso desnudo de su sobrino – Seguro que más de uno se te tira encima ¿No?

-Tía, ¡Por Merlín! ¿Tenemos que hablar de estas cosas? – Inquirió sonriente y sonrojado.

-Yo puedo dar fe de eso, tiene una larga fila de admiradores – Lo molestó Hermione, sirviéndose una porción de torta de chocolate.

-Tía, deberías ver el club de fans de Mione, incluso van a todos los entrenamientos – Le devolvió el comentario Draco.

-¡Eso no es cierto! Bueno, no del todo… Sólo a veces. Casi siempre – Terminó por admitir escondida tras su taza de café ante la risa de los otros dos comensales.

-Está muy bien, chicos, son unas buenas joyas para su edad – Elogió Bellatrix, guiñándoles un ojo – Debo irme al trabajo, pero antes quisiera darte tu regalo, Draco.

-No era necesario, tía – Sonrió el rubio, con la boca manchada de merengue.

-Vamos a ver si piensas lo mismo cuando lo veas. Ve a vestirte, los espero en el salón – Ordenó Bellatrix mientras terminaba su café y se ponía de pie.

En tiempo record, Draco estaba con su uniforme puesto y deseante de conocer el obsequio. Entraron al ascensor y se sorprendió cuando su tía apretó el botón que llevaba al estacionamiento.

-Ya verás – Sonrió enigmática Bella.

Las puertas se abrieron y dieron paso a un garaje amplio e iluminado. Los dos magos menores observaron todo el lugar en busca de algo que llamara su atención pero no veían nada fuera de lo normal, por lo que siguieron los pasos de una segura Bellatrix. Sus tacos resonaban por todo el espacio. Tras sortear varios vehículos, se detuvo.

-Feliz cumpleaños, sobrino, debajo de esa cubierta está tu regalo – Sonrió con ansiedad Bella, quedándose en un segundo plano para observar a su sobrino acercarse con miedo y empezar a descubrir lo que había oculto debajo.

-¡Vamos Draco, no creo que te muerda! – Habló emocionada Hermione, la curiosidad corriendo por sus venas.

-Muy bien, terminemos con esto – Decidido, Draco tiró de un solo golpe la funda hacia un costado y frente a él se reveló una moto con aspecto futurista, en el color rojo característico de la marca Ferrari.

-¡OH POR EL MISMÍSIMO VOLDEMORT! – Exclamó el mago, quien no dejaba de dar vueltas alrededor de su regalo, sin poder creerlo.

-Me alegro de que te guste, es un modelo que aún no salió a la venta, pero la familia Ferrari me debía algunos favores y no dudaron en privilegiarme – Sonrió – Las escobas están muy bien pero no hay como un buen vehículo para volar ¿Cierto?

Hermione a su lado todavía no había podido cerrar la boca.

-Muchísimas gracias tía, es mucho más de lo que hubiera podido imaginar – Draco se abrazó a Bella – No sé ni cómo empezar a agradecerte todo lo que haces por mí.

-Bueno, bueno, no nos vamos a poner sensibleros que aún seguimos siendo la familia Black – Bromeó – No tienes nada que agradecer, rubio, me hace feliz verte feliz. Ahora basta de hablar y vayan a probarla, eso sí, no tienes permitido faltar al colegio por mucho que sea tu cumpleaños –Lo apuntó con un dedo.

-Derechito a Hogwarts – Se llevó una mano a la cabeza, simulando ser un soldado, luego atajó las llaves que le tiró su tía y se acercó a la moto, tendiéndole la mano a Hermione - ¿Quisiera viajar conmigo, señorita Granger?

Hermione reaccionó al fin y con un grito de júbilo se montó tras Draco. Bellatrix desvió rápidamente la mirada cuando la falda de la joven se subió más centímetros de lo moralmente permitido. El suave ronroneo de la Ferrari la devolvió a la realidad y se despidió de los chicos con un único pensamiento en mente:

Esa chica iba terminar con su cordura.