Capitulo uno

Mayo de 1850

El sonido de sus rápidos y enérgicos pasos invadieron el estrecho espacio entre las paredes del laberintico jardín. Los setos se inclinaban sobre él, como si quisieran cerrarle el paso, y el corazón le latía tan fuerte que penso que ahora si lo oirían. Recorrió lentamente la estrecha verada, sus pies desnudos deslizándose silenciosamente por la fresca y verde hierba, su pecho palpitando. Le temblaba todo el cuerpo y le sangraba la mano, tal vez rota después del puñetazo en la cara que le había propinado a Michele con el cortante filo de su anillo de diamante. Al menos había conseguido deshacerse de él y esconderse en el laberinto. No se atrevía a pedir ayuda, pues sabía que solo los tres hombres lo oirían.

Esa noche, no había nadie más afuera. Las gotas de lluvia se esparcían en un cielo azul oscuro cubierto de nubes. Las cigarras cantaban al unísono mientras el viento, que soplaba primero de un lado y después del otro, traía consigo fragmentos de un minueto interpretado en los jardines reales, el minueto de su baile: el de su fiesta de compromiso. Su prometido había sido incapaz de asistir.

Inclino la cabeza hacia la izquierda al oír movimientos al otro lado del frondoso seto.

Él estaba allí. Un sabor acido del vino que había bebido le subió por la garganta.

Podía ver su silueta, alta y elegante. Podía ver la silueta de una pistola en su mano. Y supo que de la misma forma, él podría ver su traje de seda clara a través de las ramas. Se puso en cuclillas y se alejó con cautela.

-No tenga miedo, Alteza. –Oyó la meliflua voz de Seung a varios pasos de distancia-. No vamos a lastimaros. Salid, no hay nada que podáis hacer.

El Coreano se había separado de su compañero para cercarlo.

Reprimió un sollozo, dominando su fragilidad mientras trataba de decidir el mejor camino. Aunque había correteado por el laberinto desde que era un niño, el miedo lo hacía ahora dudar de su sentido de la orientación.

Escucho el pausado murmullo que provenía de la fuente del centro del laberinto y trato de guiarse por su sonido. Se acurruco contra el arbusto y desde allí inspecciono palmo a palmo el camino, cerrando con tanta fuerza los puños que las uñas se le clavaban en la palma de la mano. Al final, apretó la espalda contra los espinosos arbustos, demasiado asustado para superar el recodo camino. Espero, temblando, en un intento vano con contener los nervios y el nudo que le oprimía el estómago.

Él no sabía lo que querían.

Había recibido otras veces proposiciones de los engreídos y hambrientos cortesanos de palacio, pero ninguno de ellos había tratado nunca de retenerlo por ña fuerza. Y mucho menos, habían usado armas.

«Kamisama, por favor»

Quería gritar, pero tenía demasiado miedo. El viento soplo de nuevo: traía olor a hierba, a jazmín… a hombres.

«Ya vienen»

-Alteza, no tiene nada que temer. Somos sus amigos.

Echo a correr, su corta y negra cabellera al viento. Se oyó un trueno, el anuncio de una tormenta de verano que traía el viento.

Al llegar al final del pasaje se detuvo otra vez, demasiado asustado para girar en el próximo recodo, donde quedaría a merced de Michele o el Coreano, Seung, quienes parecían dispuestos a encontrarlo. No podía dejar de pensar en lo que le decía su antigua institutriz, que un día le pasaría algo malo si seguía actuando de una manera tan salvaje y descarada.

Se prometió no ser descarado nunca más. No volvería a coquetear. No volvería a confiar en nadie.

Su pecho se movía arriba y abajo, arriba y abajo.

Ya llegaban. Sabía que no podía quedarse donde estaba ni un segundo más.

«Estoy atrapado. No hay salida.»

Y de repente, escucho otra voz, apenas audible, como un susurro fantasmagórico.

-Príncipe.

Era como si esa sola palabra hubiese salido de la tierra, como si el viento la hubiese dejado salir apenas un momento.

Estuvo a punto de responder en voz alta, deseando con todas sus fuerzas que no fuera una jugarreta de su mente confundida por el pánico. Solo una persona lo llamaba así, con la versión Rusa de su título.

Si alguna vez le había necesitado, era ahora.

El hermoso y oscuro, Victor.

Solo el podía salvarlo de esta pesadilla. Sin embargo, él se encontraba a mucha distancia, ocupado en los asuntos de palacio, reuniendo información y protegiendo al embajador en Moscú, donde se estaba formando la nueva coalición contra Jean Jacques.

Victor Nikiforov era un insolente, un bárbaro arrogante, pero no conocía el significado del miedo, por lo que estaba seguro de que podría hacer cualquier cosa. No le había visto en casi un año, lo que no impedía que siguiera rondando por su mente, con su arrogante sonrisa y sus ojos azul claro como el cielo. Unos ojos que parecían vigilarlo aunque estuviera a kilómetros de distancia.

-Estoy cansado de esta persecución –le advirtió Seung. Vio un movimiento a través de la hilera se setos y unos mechones negros desaliñados. Vio como el coreano se detenía y movía la cabeza, como si así pudiera oír mejor.

Con los ojos muy abiertos, se tapó la boca con las dos manos. Empezó a retroceder sin darle la espalda. Estuvo a punto de gritar cuando una rama se le enredo en el pelo, y tuvo que volverse al comprobar que uno de sus mechones se había enganchado entre los arbustos.

-Príncipe.

¡Sabía que había oído bien! Pero ¿Cómo era posible? Se quedó helado, su mirada inspeccionando los alrededores con vehemencia.

¿Cómo podía saber que estaba en peligro? ¿Era el lazo que les unía tan poderoso?

Y entonces se dio cuenta de que podía sentirlo, podía sentir su extraño y silencioso poder presente en la noche, como la inminente tormenta.

-Diríjase al centro del patio. –Era un murmullo oscuro y leve el que la dirigía.

-¡Ay, Kamisama! –susurro, aliviado. Había venido.

Desde luego que había venido.

Incluso aunque no lo quisiera, incluso aunque no pudiera nunca amarlo, él era sangre real y su honor le obligaba a protegerlo.

Victor Nikiforov era el hombre de confianza del rey, un maestro en el espionaje y el asesinato. Su lealtad hacia su padre era absoluta. Si había trabajo sucio que hacer para proteger al reino y a la familia real de la pequeña isla de Hasetsu, Victor se encargaba de ello sin reproches. Su presencia le hizo darse cuenta de que había algo más serio de lo que pensaba en el intento de Michele de secuestrarlo.

Se quitó las manos de la boca, aunque su pecho seguía moviéndose con cada inspiración, y espero, con la cabeza erguida, las instrucciones de Victor.

-Vaya al patio, Alteza. Deprisa.

-¿Dónde está? –respiro, temblando-. Ayudadme.

-Estoy cerca, pero no puedo acercarme.

-Por favor, ayúdeme –balbució, reprimiendo un sollozo.

-Shhh –le susurro-, vaya al centro de la plaza.

-Estoy perdido, Victor. Lo olvide. –Cegado ahora por las lágrimas que había reprimido por pura supervivencia, intento verle entre el denso verdor del seto.

-Tranquilo, se valiente –le pidió con suavidad-. Dos giros a la derecha. Está muy cerca. Me reuniré con usted allí.

-De acuerdo –balbució.

-Vaya. Ahora. –Y su susurro se desvaneció.

Por un momento, Yuuri fue incapaz de moverse. Pero se armó de valor y se dirigió hacia el pequeño y pavimentado patio. Le temblaban las piernas y la herida de su rodilla le ardía todavía, fruto de un resbalón anterior en el césped. El traje de seda que había estrenado con tanto entusiasmo tenia ahora un rasgón a la altura de las rodillas. Cada movimiento era un suplicio que sufría en silencio, y aunque el miedo le volvía torpe, se esforzaba por seguir el sonido refrescante de la fuente.

A cada palmo que avanzaba, canturreaba mentalmente su nombre, como si así pudiera conjurarlo, «Victor, Victor, Victor». Así llego hasta el primer recodo.

Tomo fuerzas y miro a su alrededor.

«A salvo».

Siguió moviéndose, ahora con más confianza. Imágenes de Victor se sucedían en su mente, imágenes de la infancia, el siempre vigilándolo, tranquilizándolo con una mirada, su serio y querido caballero, siempre dispuesto a protegerlo. Pero cuando por fin el creció, nada había salido según sus planes.

«Victor, no dejes que me atrapen.»

Al mirar hacia delante, vio que tendría que pasar un claro en el que confluía otro camino por la izquierda. Rezo para que sus perseguidores no estuvieran esperándolo allí, escondidos. Se terminaba el seto que lo protegía y, vacilante, sintió que el coraje volvía a abandonarlo.

Una gota de sudor le rodo por la frente.

«Que esto salga en los periódicos –pensó nervioso, enjuagándose la frente con el dorso de la mano-: ¡Ultimas noticias! ¡El Príncipe real suda!»

Cerró los ojos brevemente y murmuro una plegaria. Después, se lanzó hacia delante tras echar una mirada furtiva a la parte baja de la línea de setos por la que caminaba. A unos veinte pies de distancia, el rudo conductor de Michele yacía boca abajo, inmóvil. Un pedazo de metal brillaba a la luz de la luna. Había sido estrangulado, pensó horrorizado. Victor había pasado por aquí.

Siguió caminando con pasos entumecidos y vacilantes mientras un terror frio se apoderaba de su estado. El canto de las cigarras se había reducido a una vibración monótona que parecía iba a hacerle perder los nervios. Cuando llego al final de la línea, hizo una mueca, luchando en silencio consigo mismo por encontrar el coraje necesario para mirar al otro lado del recodo.

Se obligó a hacerlo.

« ¡Despejado!»

La entrada al patio se veía ya al final del pasillo. Casi había llegado. Todo lo que tenía que hacer era pasar otro hueco a mitad del camino.

Hizo el giro y corrió para pasarlo.

Con la respiración entrecortada, sus pies descalzos lo llevaron rápidamente por la hierba sedosa. Estaba muy próximo al claro y al final de la línea veía ahora con claridad la entrada al patio. El cielo arrojo un puñado de lluvia y viento sobre su cara. Las nubes cubrían la media luna dorada.

-¡Vuelve aquí, pequeña zorra! –grito una voz profunda.

Él se encogió y miro por encima de sus hombros. Michele lo había encontrado.

Corrió con todas sus fuerzas para pasar el claro, y fue entonces cuando Seung apareció por la intersección y lo agarro con los dos brazos. Grito desesperado. Seung se abalanzo rápidamente sobre él y, de repente, Victor apareció, como un resplandor mortal entre las sombras, como un lobo al ataque.

Seung grito al perder el equilibrio en su intento por protegerse de Victor. Yuuri se enfrentó a su agresor, y escucho como se rasgaba la seda de su traje cuando por fin se deshacía de él. Corrió hacia el patio, llorando. Los dedos de sus pies rozaron el asfalto y tropezaron en el pequeño recinto. Cruzó la grotesca mirada lasciva de piedra que Pan le dirigía desde la fuente, con su boca musgosa echando agua, y se refugió en las sombras de una esquina.

Se agacho, encogido, rezando para que Michele eligiese quedarse y ayudarse a su compañero contra Victor en vez de perseguirlo. Este pensamiento no duro mucho porque pronto lo vio aparecer en la entrada, y atravesar el bien cuidado seto.

Lo descubrió enseguida, sus pasos fuertes, y una mirada de desprecio en los ojos. Camino a grandes zancadas hacia él y lo tiro del brazo para que se levantara. Yuuri grito. Él le tapo la boza con la mano y puso un cuchillo en su garganta, justo en el momento en que Victor aparecía corriendo por la entrada.

Yuuri sollozo su nombre.

Michele tiro de él.

-¡Cállate!

Victor se acercó, respirando fuerte mientras analizaba la escena que tenía enfrente. Sus fieros ojos de hielo escudriñaron la noche con una intensidad demoniaca. Un rayo en el cielo ilumino su oscura y exótica belleza por un instante, y después, no hubo sino oscuridad.

Yuuri fijo su mirada y toda su fe en el mientras agarraba con las dos manos el brazo que rodeaba su cuello.

-A un lado, Nikiforov –le advirtió Michele-. Un paso más y el morirá.

-No seas estúpido, Crispino. Los dos sabemos que él no quiere que le suceda nada. –Su tono era desdeñoso y frio, su mirada serena. Sin embargo, todo su cuerpo emanaba peligro al pasearse por el patio, esbelto y elegante, iluminado apenas por una luna dorada. Vestido impecablemente de negro, sus movimientos eran los de un depredador felino.

Bajo esa ceja arqueada, se escondía una expresión salvaje y luminosa. Los ojos profundos y melancólicos reflejaban una naturaleza apasionada y misteriosa. Los austeros ángulos de sus mejillas y la nariz altanera… todo completado por la sensualidad de su enfurruñada boca. Una pequeña arruga, en forma de media luna, estropeaba la dulzura de sus labios en una curva amarga.

Yuuri le contemplaba embelesado, pero Victor ni siquiera lo miro, como si no existiera. En vez de eso, clavo sus ojos en los de Michele y esbozo una sonrisa.

-Pensé que eras un profesional, Crispino –dijo con una voz suave y calmada, matizada por su acento ruso-. ¿Es así como llevas tus negocios, poniendo cuchillos en las gargantas de los jovencitos? –Hizo un gesto hacia ellos con ociosa elegancia-. Me pregunto cómo podéis servir a un hombre sin honor.

-No he venido aquí a filosofar contigo, Nikiforov –gruño Michele, tan tenso y alterado mientras Victor permanecía frio-. Me voy ya, y él se viene conmigo.

-Si crees que voy a dejarte pasar –le dijo con amabilidad-, es que te engañas a ti mismo.

-¡Lo matare! –le advirtió Michele.

Victor le dirigió una sonrisa aterradora.

-A tu señor no le gustaría.

El silencio cortaba el aire como el filo de una navaja. Los dos hombres se miraron desafiantes, los dos entrenados para matar, cada uno de ellos esperando que el otro se rindiera, hasta que Yuuri no pudo soportarlo más.

-Por favor –suplico-, déjame marchar.

Al oír su desamparo, Victor volvió la mirada hacia él. Durante un desafortunado instante, él pudo leer la verdad: la furia, la desesperación que escondía su apariencia inflexible. Esa mirada se desvaneció al instante y sus labios se contrajeron de nuevo en una media sonrisa, aunque fue demasiado tarde.

Michele lo había visto también.

-¿Qué ha sido eso? –Pregunto en tono de burla-. ¿He descubierto tu punto débil? ¿Es posible que el gran Nikiforov tenga un talón de Aquiles?

La cara finamente cincelada de Victor se contrajo. Sus ojos de largas pestañas se entrecerraron mirando a Michele.

-Ah, desde luego –prosiguió, sin prestar atención al peligro-. Recuerdo que alguien me dijo que fuiste su guardaespaldas cuando él no era más que un mocoso.

La voz de Victor se suavizo en un murmullo aterrador.

-Baja tu arma.

-Apártate de mi camino.

-Libera al príncipe. Rendirte es tu única salida. Tus hombres han muerto, y sabes demasiado bien que te necesito vivo.

-Mmm, empieza a enfadarse. –Michele reflexiono en voz alta-. Debe de estar verdaderamente prendado de vos, querido.

Sus palabras hirieron al príncipe más de lo que podía imaginarse.

-No estás haciendo sino empeorar las cosas, Crispino. Recordare como me has importunado cuando tú y yo tengamos más tarde una charla sobre tus amigos y tus órdenes.

-Ah, pero mis órdenes no existen, Nikiforov. Yo no existo. No puedo volver con las manos vacías, así que, ya lo ves, no conseguirás nada de mí –gruño-

Victor empezó a acercarse a ellos lentamente, con cautela.

-¡Ni un paso más!

Él se detuvo.

-Aléjate del príncipe –dijo suavemente, con una mirada tranquila y despiadada.

Yuuri recitaba mentalmente el fragmento de una plegaria, una y otra vez. Podía sentir el pulso de Michele contra su cuerpo, y como apretaba la presión sobre su cuello. Sintió que aumentaba su desesperación mientras buscaba una forma de salir de allí. El miro el cuchillo con el que le amenazaba el cuello, cerró los ojos y rezo más fervorosamente.

-Dime, Nikiforov… entre colegas –ladro de repente Michele-: ahora que tú pequeña carga ha, digamos así, crecido, ¿no te has preguntado alguna vez…? Quiero decir, míralo. Hay quien dice que es el joven más hermoso del mundo; o al menos, uno de los tres más guapos. Desde luego, mi patrón esta de acuerdo. Helena de Troya, lo llama. Los hombres van a la guerra por poseer semejante belleza. ¿No deberíamos echar un vistazo?

Los ojos de Yuuri se abrieron sorprendidos mientras Michele agarraba la parte del traje que Seung había roto. Dio un grito ahogado, aterrorizado al ver que dejaba al descubierto su cuerpo hasta la altura de la cintura.

Esto no podía estar sucediendo, pensó. No en sus hermosos jardines, en el centro del mismo de su pequeño, seguro y aislado mundo, Con las mejillas encendidas de vergüenza, se modio el labio inferior, conteniendo unas lágrimas de rabia. Intento taparse la cara con los mechones de su pelo, pero Michele protesto.

-Non, non, cherie. Déjanos ver la belleza que Dios te ha dado. –Con la mano izquierda, le aparto delicadamente el cabello dejando nuevamente su cara descubierta.

-Eres un infeliz –susurro Victor.

El no pudo resistir buscar sus ojos.

Con las manos a los lados, se quedó allí temblando de humillación y rabia, expuesto ante el único hombre que el había querido. El único que no lo quería.

No mucho tiempo antes, había amado a Victor Nikiforov con un ardor doloroso y adolescente. Tres años atrás, había tratado de demostrárselo en el baile de su puesta de largo. Ese día le dijo que había crecido para él, que había dejado de ser un niño; intento demostrarle que ninguna mujer le amaría como él le amaba. Pero él le había rehuido y había dejado la isla, embarcándose en alguna nueva misión. Ahora, testigo de su humillación, era forzado a ver su cuerpo, el regalo que el había intentado darle, y que ahora tan poco significaba.

Justo entonces, el cielo de la noche se abrió en otro rápido y frio chaparrón. Yuuri se estremeció y tembló al sentir las primeras gotas de lluvia sobre su cuerpo desnudo.

Podía sentir la fuerza volcánica de la ira que inundaba a Victor, pero por algún motivo la única cosa en la que podía centrase era en su orgullo, en lo que creía su última defensa. Se agarró rápido a él, como si fuera una tabla de salvación. Levanto la cabeza para combatir la vergüenza. Con lágrimas en los ojos, se quedó mirando fijamente la nada.

Michele se rio de él.

-Criatura altanera. Si, sabes que eres maravilloso, ¿verdad? –murmuro, recorriendo con un dedo la curva de su hombro hasta llegar al brazo. Lucho para no temblar de asco-. Una piel como la seda. Ven y tócalo, Victor. Es exquisito. No te culpo, cualquier hombre sentiría debilidad por una criatura como esta. Podemos compartirlo si quieres.

Al oírlo, sus ojos se volvieron hacia Victor, y entonces fue como si una fría vara le golpease la espina dorsal. Porque lo que vio fue a un hombre disfrutando con la visión de su torso, una mirada que devoraba su desnudez.

-¿Victor? –pregunto con un susurro lastimero.

Los dedos de Michele se agarraron con más fuerza al puño del cuchillo, aunque su voz segura y calmada emitiera una nota de triunfo.

-Ven y pruébalo. Nadie tiene que enterarse. En serio, con todo lo que has hecho por tu rey, ¿acaso no te lo mereces?

Finalmente, Victor elevo una mirada para examinar la intimidad de su cuerpo. Yuuri pudo ver el destello de unos dientes blancos en su sonrisa fría y diabólica. Empezó a acercarse lentamente hacia ellos, a la vez que preguntaba a Michele:

-¿Qué es lo que sugieres?

Yuuri no daba crédito a lo que oía. En su mente aparecieron imágenes de la última vez que había visto a Victor, seis meses atrás. Como de costumbre, la había ignorado nada más poner los pies en palacio, pero aquel día, Yuuri había abierto la puerta del salón de música a media tarde, y le había encontrado junto a la pared jugueteando con una de sus muchas amantes. Llevaba la camisa abierta, los hombros y el pecho desnudo, y los pantalones le caían hasta los muslos, mientras la mujer, de falsas remangadas, trataba de desnudarle. Cuando Yuuri abrió la puerta, él lo vio por encima del hombro de ella y sus ojos se encontraron por un segundo.

Todavía recordaba el ardor de su mirada. Él había quedado allí, de pie en la puerta con la boca y los ojos muy abiertos. Recordaba la sonrisa burlona y seductora que le había dirigido antes de salir el con un portazo. Se parecía a la que ahora veía.

-Yo lo sujetare para ti –dijo Michele.

-Ah, no se resistiría a mí –murmuro-, verdad, ¿mi ángel?

Sus mejillas se volvieron de color carmesí. Agacho la cabeza, avergonzado y rabioso. Temblaba y no podía soportar ver como se acercaba e ellos.

Se juró a si mismo que esto era parte de un plan. ¡Él era el príncipe heredero! Victor no haría algo así nunca, nunca.

Pero él no era como los demás hombres. Este ruso de belleza aterradora escapaba a cualquiera de sus predicciones. Solo sabía que no le temía a nada y que, por mucha lealtad que profesara a su padre, no obedecería a otra ley que no fuera la suya propia.

Lentamente, primero un paso y después otro, se acercó hasta quedarse a unos tres palmos de él, tan cerca que sus pechos casi podían rozarse. Tan cerca que podía sentir su respiración contra él.

Estaba atrapado entre dos altos y rudos hombres, respiraba con dificultad y temblaba con tiritones fríos y calientes. Él iba a tocarlo en cualquier momento, pensó. Con las mejillas encendidas, quería morirse de vergüenza al ver el deseo perverso en su rostro. Solía ser bastante perspicaz, pero esta vez se había quedado mudo, mirando como hipnotizado el botón plateado que quedaba a la altura de sus ojos.

No podía pensar en nada que pudiera decir en su defensa, no podía encontrar la voz para invocar el nombre de su padre, ni el de su prometido; en este momento, ni siquiera podía dibujar el rostro de Georgi. El terror lo había dejado en blanco, y Victor llenaba sus sentidos: los más fieros y elementales.

Su cercanía, la pura fortaleza masculina que emanaba… era sobrecogedora. Los orificios de su nariz, se llenaron de una mezcla de olores a almizcle, caballo y piel, y la exótica marca de puro que siempre fumaba. Tampoco escapo a su nariz el hedor de la sangre que hervía por sus venas. Podía sentir el calor que emitía, la tensión que rodeaba sus formas duras y musculosas.

Entonces, todo paso muy rápido. Victor atrapo a Michele por el cuello, obligándole a soltar a Yuuri. Esquivo la hoja de su cuchillo y apretó la muñeca derecha de Michele mientras Yuuri tropezaba y caía a cuatro patas sobre el suelo. Con lo que pensó eran sus últimas fuerzas se alejó cuanto pudo y se levantó lo suficiente como para ver si Victor estaba herido. Pero la fuente no le dejaba ver lo que pasaba al otro lado. Solo escucha un batir de metales.

Michele prefería toda clase de improperios cuando su arma voló rozando el pavimento. Intento abalanzarse sobre él, pero Victor le dio un puntapié para alelarla y le mantuvo agarrado con fuerza. Revolviéndose con furia, Michele logro escabullirse y salir corriendo.

Victor fue tras él. Agarro a Michele por la parte de atrás del cuello y se tiro sobre él, haciéndole caer sobre las baldosas de piedra y bloqueando la salida.

Yuuri levanto la mirada horrorizada cuando oyó el silbido del metal y vio la daga de ébano en la mano de Victor. La luz de la luna besaba la fina elegancia de la hoja.

«Kamisama»

Cuando Michele levanto las dos manos para protegerse del primer golpe, la daga de Victor corto sus palmas abiertas.

Yuuri volvió el rostro para no ver nada más, aunque siguió oyendo cada segundo de pelea, cada jadeo, cada maldición que salía de sus labios mientras Victor le masacraba.

Las cigarras gritaron. Quería correr con todas sus fuerzas.

Cuando Victor juro en alguna lengua irreconocible, abrió los ojos y le vio con la daga levantaba a dos manos, lista para el golpe final. En ese momento vio cómo su hermoso rostro se iluminaba con ferocidad.

«No.»

Yuuri cerró los ojos con fuerza cuando el cuchillo se hundió como un ave de rapiña en su presa. El grito de Michele fue breve, seguido de un mortal silencio.

Después, solo pudo oír la brisa soplando entre los enebros y los pasos rudos de un hombre que se acercaba. Pensó que iba a vomitar.

Se dio cuenta con una histeria repentina de que tenía que correr. Tenía que escapar de allí, alejarse de el de una vez antes de que viniera a satisfacer el deseo que había visto en sus ojos. Era el hombre más devastador del reino y estaba fuera de control, reducido por la rabia a la ley de su niñez, la ley de la calle.

Sin apartar los ojos de él, Yuuri se puso de pie con un movimiento vacilante mientras Victor se pasaba una mano por el cabello y mostraba el perfil de su rostro negro y demoniaco en la oscuridad de la noche. Un segundo después, sacaba el cuchillo del pecho de Michele.

Él le miro, recomponiendo los restos de su traje de seda mientras miraba con atención los alrededores del patio. Trato de ignorar las ramas que le arañaban la espalda. El bloqueaba la única salida, pero podría abrirse paso entre los setos si fuese necesario.

Victor se levantó junto al cuerpo sin vida de Michele. Saco un pañuelo del bolsillo de su impecable chaqueta y se limpió la sangre de las manos. De repente, se detuvo y dio al cuerpo una patada maligna en las costillas.

Yuuri dejo espaciar un pequeño grito, bajándola guardia ante este rápido y tempestuoso movimiento.

Victor lo miro con atención por un segundo, como si acabase de recordar que estaba allí. Después camino en silencio, una figura alta y sigilosa surgimiento de la oscuridad.

-¿Qué está haciendo? –Su voz era tan serena, que resultaba desconcertante.

Atrapada en sus ojos, se quedó helada.

-Jesús –murmuro, y cerró los ojos por un momento.

Él se quedó allí sin decir nada, tratando de juntar los últimos jirones de su vestido sobre el pecho con manos sudorosas mientras calculaba las probabilidades de salir airoso.

Victor suspiro y sacudió la cabeza para sí mismo. A continuación, se dirigió a la fuente y refresco su rostro en el agua burbujeante. Solo entonces se dirigió a Yuuri, al tiempo que se quitaba el abrigo negro.

Se encogió junto a los arbustos.

Él le ofreció el abrigo, lo sostuvo frente a Yuuri.

Ni se atrevía a aceptarlo, ni se atrevía a retirar sus ojos de él.

Había matado a tres hombres como trabajo nocturno, era conocido por hacer cosas indecentes a las mujeres en la mitad del día, había visto su piel desnuda, y, lo que era aún más perturbador: había sido marcado por la sangre de este hombre ocho años atrás.

Había sucedido en la plaza del pueblo, durante su decimosegundo cumpleaños, cuando alguien había intentado matar al rey. Yuuri estaba allí, sonriendo por la fiesta, sosteniendo la mano de su padre cuando el asesino ataco. Victor, este hermoso salvaje, penso, se interpuso entre la bala y su padre. La sangre caliente y escarlata de este hombre le había rozado la mejilla y manchado su precioso traje blanco.

Desde aquel día, en ese lugar profundo e ilógico donde guardaba cosas como la calidez del fuego y el olor de la cocina, en lo más profundo de su sangre y sus huesos, donde no era ni príncipe ni peón político, sino un simple hombre, supo que pertenecería para siempre a Victor Nikiforov.

Y lo más terrible de todo era saber que él también lo sabía.

Su intensa y fiera mirada se suavizo bajo sus largas pestañas.

El no podía dejar de temblar.

De nuevo, Victor le ofreció el abrigo.

-Tómelo, príncipe –dijo débilmente.

Sin previo aviso, sus ojos se desbordaron al oír la gentileza de su tono.

Parpadeo una y otra vez con sus largas pestañas, sin saber muy bien qué hacer con el joven.

-Le ayudare –dijo a regañadamente, sosteniendo la chaqueta para que el solo tuviese que meter los brazos por las mangas.

Vacilante, le dejo que se lo pusiera, como si fuera un niño.

-Pensé… -empezó. Se mordió el labio inferior, incapaz de terminar la frase.

-Se lo que pensó. –Su voz era baja, fiera-. Nunca podría lastimarlo.

Sus miradas se encontraron, enfrentándose, con cautela.

Yuuri fue el primero en bajar los ojos, asombrado de esa inusual sumisión. Su antigua institutriz no lo hubiere creído.

-¿No… no le necesitaba vivo?

-Bueno, ya está muerto, ¿no? –dijo disgustado-. Me las arreglare. –Con un puño se golpeaba la cadera, y con la otra mano se frotaba la frente.

-Gracias susurro Yuuri temblando.

Victor se encogió de hombros y camino en dirección a la fuente.

Finalmente, ahora que veía que el peligro había pasado, toda la fortaleza pareció abandonar al joven. Las lágrimas se apoderaron de sus ojos, cegándolo. Se quedó clavado donde estaba, abatido sobre el pavimento. Cubrió su cuerpo con el abrigo, sentado, y se abrazó por los hombros, dejando caer la cabeza entre sus manos, luchando por contener las lágrimas.

«No llorare delante de él», pensó con fuerza, pero al poco tiempo sucumbió. No pudo evitarlo.

Al oír los sollozos, Victor se volvió hacia el sorprendido. Con los ojos fruncidos, se acercó y se quedó de pie junto a Yuuri. No podía recuperar su sentido del orgullo, solo podía llorar y sorber furiosamente. Se secó una lagrima de la mejilla con el dorso de la mano, incapaz de elevar los ojos por encima de esas brillantes botas negras terminadas en espuelas.

Victor se arrodillo, en busco de sus ojos.

-Eh, príncipe. ¿A qué viene esto? ¿Está tratando de arruinarme la noche?

Yuuri le miro sin dar crédito a lo que oía.

-¿«Arruinarle» la noche?

Salto cuando se acercó a él, pero Victor lo único que hizo fue ofrecerle un pañuelo limpio que saco de ningún lado, en uno de sus trucos de magia.

Después de un momento de vacilación, se decidió a aceptarlo, y recordó como solía pensar que él era un mago cuando de pequeño sacaba una moneda de oro de su oído y la hacía después desaparecer ante sus asombrados ojos.

Victor lo estudio, con una mueca arrogante en los labios, incomodo con la mirada que ella le dirigía.

-¿Qué ocurre? ¿También usted me tiene miedo como todos los demás?

Le respondió con un único sollozo, surgido de lo más profundo de sus pulmones.

La sonrisa de Victor se desvaneció.

-Ah, vamos, Pequeño Katsudon. Soy yo. –dijo, ahora con más delicadeza. Parecía casi conmovido-. Me conoce, siempre me ha conocido. Desde que era así de grande, ¿no es cierto? –Extendió el pulgar y el índice mostrando algo así como un palmo de longitud.

Yuuri miro la mano, después se encontró con sus ojos sin mucha convicción.

Era una verdad a medias. Toda su vida había estado allí, en la sombra, pero nadie conocía verdaderamente a Victor Nikiforov. Él no lo permitía. De hecho, se protegía con el humor más mordaz de aquellos que intentaban amarle, como Yuuri muy bien sabia.

Hacia veinte años, justo antes de su nacimiento, sus padres habían sacado a Victor de la calle, un ladronzuelo sin domesticar que, por un acto de valor, había salvado la vida de su madre. Como prueba de agradecimiento, su padre le había nombrado guardia real, criándole como si se tratase de su propio hijo, en la medida en que el orgullo de Victor le permitía aceptar lo que él veía como caridad. Cuando Yuuri fue lo suficientemente mayor encontró en este extraño ruso, cuyos únicos amigos eran los caballos del establo real, a su mejor aliado y protector.

Victor bajo sus largas pestañas y su voz se hizo más suave.

-Bueno, no importa si tiene miedo de mi ahora. No lo culpo. A veces, incluso me asusto a mí mismo.

-Los mataste –susurro-. Fue horrible.

-Ese es mi trabajo, y si, algunas veces es horrible –se defendió-. Siento mucho que tuviera que verlo. Deberíais haber cerrado los ojos, Alteza.

-Lo hice, pero aun así lo oí.

Parecía resentido.

-Ese hombre insulto su honor. Tuvo lo que se merecía. –Se levantó y se alejó caminando.

Sujetándose la cabeza con una mano, y abrazando con el otro brazo a una de sus rodillas, Yuuri le vio dirigirse hacia la salida del patio, la espalda ancha, el chaleco negro ceñido a la cintura, sus brazos bien cubiertos con una camisa blanca de manga larga.

«Le he ofendido.» Sabía lo sensible que era.

-Venga, Alteza –dijo, lejano-, va a ser una noche larga. Han introducido más espías al palacio. No sé todavía quiénes son pero terminare por descubrirlo. Hasta entonces, tenemos que sacarla de aquí inmediatamente,

Yuuri dejó escapar un suspiro y se puso en pie. Las piernas le temblaban aun después de la terrible experiencia.

Victor lo esperaba junto a la fuente, sin poder mirarlo todavía encerrado en su mismo. Con las manos en las caderas, levanto su fino rostro para escudriñar el cielo de la noche.

La luz liquida de la luna se reflejaba en su mandíbula y besaba su amarga y hermosa boca con un resplandor dorado.

Cuando Yuuri estuvo a su lado, se volvió para mostrarle el camino.

-Primero tenemos que ir a ver a su padre. Él le asignara a alguien para que os lleve a su escondite…

-Victor, espere. –Puso una mano en la amplia curva de su brazo. Miro la forma de su hombro y sus dedos se enredaron en un trozo invisible de tela mojada.

Yuuri se quedó helado. Lentamente, si miro la palma de la mano.

-Victor –respiro, con los ojos clavados en la sangre de su mano.

-¿Qué?

-Está sangrando.

Yuuri le oyó reírse por lo bajo, mientras encendía una cerilla sobre la piedra grotesca de Pan, y prendía con ella, a continuación, un puro.

-¿A quién diablos le importa, Yuuri? –dijo amargamente-. ¿A quién diablos le importa?

Bruscamente, tiro a la fuente la cerilla todavía encendida y se alejó caminando, el brillo de su cigarro parpadeaba en medio de la oscuridad.