Dos años antes:

– ¡Vamos levántate! -gritó la mujer santo.

– ¡No puedo! ¡No puedo más! -repetía la joven Paula de rodillas sobre el suelo.

– Si no te levantas te golpearé igual.

Esta vez la muchacha no se puso en pie, y la maestra cumplió su amenaza con un puñetazo en la barbilla y una patada que le hicieron caer.

– ¡Levanta! ¡Levanta!

Ante la negativa a moverse, la mujer santo le empezó a propinar patadas en el suelo.

– ¡No voy a parar porque te quedes en el suelo! ¡Y menos porque te pongas a llorar!

Los sollozos de Paula rompieron la entereza de Litsha, su única compañera en todo el campo de entrenamiento, y sus propios lagrimales se derramaron bajo la máscara.

– ¡Para por favor! ¡No va a defenderse! -Litsha sabía que no debía intervenir, pero no podía seguir viendo el brutal maltrato a su única amiga. Preferiría soportar ella los golpes, sabía que podría encajarlos mejor.

De un salto la maestra se puso frente a Litsha, estaba obviamente enfadada por la falta de disciplina de ella.

– ¡Como te atreves! ¿Me das una orden?

– No, yo sólo sugería... -no sabía bien cómo salir de ésta-.

– ¿Te ha pedido alguien tu opinión, aprendiz?

– Maestra... yo...

– ¿Quieres que muera?

– ¡No, por favor! ¿Qué estás diciendo maestra?

– Esta niña tiene dos opciones, o encuentra la voluntad de lucha propia de un verdadero guerrero, o se marcha de aquí de una vez. Preferiblemente lo segundo, ya que parece que no está hecha para esto -dirigió su mirada para Paula, que seguía tendida en el suelo lloriqueando-. Pero si se queda aquí de esta manera morirá en su primera batalla de verdad. Por eso si de verdad la quieres, ¡no la cuides más! Tiene que cambiar o irse, y tu mal entendido compañerismo es malo para ella. Por eso he interrumpido vuestra pelea de pacotilla.

Litsha no sabía que responder, pero también supo que mejor era no decir nada. Después de un tiempo frente a ella con aire intimidante, la maestra se volvió hacia Paula.

– ¡Está bien! ¡Tienes un minuto para salir de aquí, o volveré a pegarte!

Con gran dificultad, Paula se incorporó y se puso a duras penas en pie. Fue tambaleándose hacia Litsha para que le ayudase a andar.

– ¡Ahora sí puedes levantarte! ¡Desaparece de mi vista, cobarde!


De vuelta a la tienda y ya despojadas de sus máscaras, algo que sólo podían hacer en esa intimidad, Litsha curaba como podía las heridas de su compañera. Lavaba sus herida y ponía vendas húmedas sobre ellas.

– No te preocupes, te harás más dura con el tiempo. Te ayudaré y haremos entrenamientos extra.

– No te molestes más Litsha.

– No, de veras. Ya verás como te haces fuerte.

– No, me voy de aquí.

– ¡¿Qué?!

De la impresión Litsha soltó las vendas. Se puso frente a ella y la cogió de los brazos.

– ¿Qué estás diciendo? ¿Cómo vas a abandonar ahora? ¿Y los años que llevas entrenando?

– Han sido una pérdida de tiempo, Litsha. Nunca llegaré a ganar una armadura.

– No es cierto -transmitía desesperación en su voz-. Yo sé que tú eres fuerte, más fuerte de lo que piensan todos, más de lo que tú misma te crees. Sólo tienes que sacar el coraje.

– Déjalo ya, yo no soy como tú. Te levantas esperando con ansia el entrenamiento, vives con emoción todas las pruebas y das cada día todo lo que tienes.

– Paula, yo sé que tú puedes hacer lo mismo.

– No, Litsha. Tú eres capaz de eso porque deseas con todo tu alma convertirte en un Santo. Pero yo no, sólo estoy aquí porque me obligan.

Las lágrimas caían por los dos rostros. Después de un silencio Paula continuó.

– Sé que huir de todo y buscarme la vida yo sola tiene que ser difícil, pero no puede ser más duro que esto.

Litsha dejó que sus lágrimas cayeran con toda la fuerza y empezó a gritar.

– ¡Paula no te vayas! ¡Te lo suplico! Eres la única chica aquí y la única persona que me conoce y me entiende. ¿Me vas a dejar sola para que aguante las pruebas duras y las burlas de los aprendices masculinos? ¿Crees que puedo aguantar en este infierno sin la única cosa dulce que existe aquí? Dices que me levanto y entreno con ilusión, pero sólo puedo hacerlo porque tú estás conmigo.

Mientras su compañera se entregaba al llanto, Paula la miraba, tan impresionada por sus palabras que hasta las lágrimas se habían cortado. Tomó las manos de su amiga, pero no sabía qué decir. En su amistad, ella era siempre la fuerte, la que llevaba la iniciativa, y Paula la que se dejaba llevar. Ver derrumbarse a alguien con tanta energía vital era desconcertante.

– Sé que estoy siendo egoísta -admitió Litsha entre los sollozos-, pero no puedo seguir sin ti. Eres la persona más importante de mi vida.

– Tú eres la única persona importante de mi vida. No tengo a nadie más.

– Tú tienes a Piero -masculló en voz baja con un matiz de rencor-.

– Vamos, Litsha, ése fue un chico que conocí cuando tenía ocho años. Todo era sólo un juego infantil. Ya abandoné esas ideas tontas.

– Pero no te has cortado el pelo por la promesa que le hiciste.

Paula examinó la trenza en la que tenía recogido el pelo. El metro y pico de pelo dañado por las inclemencias del entrenamiento atestiguaba la firmeza de su propósito.

– Eso es sólo una fantasía para darme ánimos para continuar, ni siquiera recuerdo cómo era ese niño. La única persona que tengo en realidad eres tú.

– ¿Y nos vamos a separar?

– No me había dado cuenta hasta este momento. No puedo irme y no verte nunca más. Eres como una hermana para mí.

– ¿De verdad -dijo sonriendo-? ¿Te quedarás?

Paula le devolvió la sonrisa.

– Juntas podemos aguantar los golpes, por separado nos quebraremos.

Litsha la abrazó con cuidado, y luego siguió curándola. Paula estaba sorprendida de su propia decisión, quedarse en ése infierno para estar con su amiga, pero cuando lo pensaba le dolía la idea de dejar a su amiga abandonada. Ella le acompañaría hasta que Litsha ganase la armadura. Se preguntó qué pasaría con su amistad después de que su compañera se convirtiera en Santo, porque sabía que a pesar de las palabras, ella misma no lo conseguiría.

Cuando terminó de curarle, Litsha había recuperado la compostura, y sólo el rojo de sus ojos delataba su actitud anterior. Con el mismo aura de confianza que le caracterizaba, dijo:

– Gracias por quedarte. Te daré algo que te devolverá las fuerzas.

– ¿Qué es?

Con movimiento rápido, Litsha puso sus labios sobre la italiana. Paula abrió los ojos de par en par, enrojeció y sintió un calor que recorría su cuerpo, más intenso que el de sus heridas.

Su compañera se quedó mirándola unos instantes, con una sonrisa confiada. Paula estaba paralizada por el pudor.

– Tengo que volver al entrenamiento. Nos vemos después, amiga.

Se puso la máscara y salió corriendo de la tienda mientras Paula la miraba atónita. Nunca se había sentido así. ¿Qué había sido eso?