Capítulo beteado por Carla Liñán [MaeCllnWay], Beta FFAD
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En la oscuridad.
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MarieElizabethCS
En cuanto abrí los ojos esa mañana, supe que no sería un buen día.
Sí, sonaba anticipado, depresivo y hasta un tanto dramático para mi gusto, muy diferente a lo que usualmente pensaba al despertar. Pero lo sabía... hoy sería un día horrendo. No lo deseaba así, ni quería pensar tampoco de esa manera negativa, pero mi instinto me decía que no tuviese muchas expectativas sobre hoy. ¿Cómo lo sabía? Ni bien había terminado de abrir los ojos, recordé qué día era y, por lo tanto, quién había arribado la noche anterior de su último viaje de negocios.
Cerré los ojos con fuerza, jalando las sábanas que estaban enrolladas en mi cintura para cubrirme hasta la cabeza, por si acaso a Charlie se le ocurría la gran idea de a venir a molestarme.
Respiré profundo y con calma en varias ocasiones. Deseaba poder dormirme de verdad y no tener que verle la cara por varias horas; incluso si eso significaba sufrir de hambre y sed durante todo el día, lo haría contar de no cruzarme con él bajo ningún motivo.
¿Por qué tuvo que regresar? Aquí nadie lo deseaba de regreso. Ni siquiera a Betty, mi tutora legal durante las ausencias de Charlie, le fue muy grato verlo bajar del auto negro blindado, ayer en la noche. Yo tampoco lo extrañaba. A decir verdad, era un gran alivio que no tuviese tiempo para pasarlo conmigo; no lo soportaba, ni me agradaba la idea de volverlo a ver... mucho menos tener que hablarle.
Verlo llegar, vestido con su traje habitual del trabajo, me causó un malestar de proporciones bíblicas. No podía evitar sentirme de ese modo cada vez que lo veía aparecer como si nada.
Se trataba de mi padre. Ante la mirada de los demás, podía parecerlo así; frente a mis profesores, a mis amigos y los vecinos, él podía pasar por un padre muy trabajador. Sin embargo, para mí, que sabía la clase de perla tenía por padre, era una cosa totalmente distinta. Charlie no era más que un huésped sin rumbo fijo, un desconocido que invadía mi casa pocas veces al año. ¿Me sentía mal al respecto? No, todo lo contrario. En algún momento, supongo que pudo haberme dolido su abandono y su falta de comprensión o de cariño, sobre todo en mi niñez. No recordaba esa etapa de todas formas y eso era suficiente para seguir con mi vida, sin ningún impedimento.
Por muy insensible que fuera, esa era la verdad.
Hasta cierto punto se lo agradecía, porque a raíz de su ausencia aprendí a vivir sola, a valerme por mis propios medios y a superarme sin necesidad de tenerlo presente ni depender de él o de nadie más.
Siempre volvía a la misma pregunta: ¿Por qué había regresado? ¡Nadie lo necesitaba aquí! ¿Por qué tuvo que aparecer? Que yo supiera, ni Sue ni Betty lo habían llamado. Obviamente, tampoco era Navidad ni Año Nuevo, como para que apareciera.
Hurgué en mi cabeza alguna otra opción. Sin embargo, no me gustó lo que me arrojó mi mente y arrugué el ceño. No, no podía ser eso… aún faltaban tres meses para el aniversario de la muerte de Reneé. Ocho años desde aquel trágico día de agosto. Tragué pesado. ¿Sería por eso? ¿Vino para estar presente este año? Los últimos dos años no había venido, porque, según él, había tenido complicaciones en el trabajo. ¡Claro! ¡Por supuesto que era por el trabajo!
No obstante, no tenía ningún sentido que viniera tres meses antes. Rodeé sobre mi estómago, quedando boca abajo. Algo no calzaba aquí. ¿Por qué no avisó que venía?
La puerta de mi habitación se abrió suavemente, alejando todos mis pensamientos. Todo mi cuerpo se tensó al escuchar unos pasos lentos viniendo en mi dirección. Por dentro, no dejaba de gritar que se fuera. ¡Quería que me dejaran sola! Pero los pasos siguieron avanzando hasta llegar a mi cama. No podía verlo, pero sabía que era él. ¿Quién más podía ser? Betty se había ido ayer en la noche; cuando Charlie puso un pie dentro de la sala, ella prácticamente corrió escaleras arriba, empacó sus cosas, cargó su maleta y se despidió rápidamente, como huyendo de la lepra o quizás del mal genio que mi padre arrastraba consigo todo el tiempo.
De alguna forma, Charlie siempre se las arreglaba para caerle mal a sus empleados. Bueno, excepto a Sue, la cocinera, quien de seguro estaba ocupada preparando algún plato especial para él.
Traté de aparentar estar dormida. Se detuvo al lado de mi cama, haciéndome sentir incómoda, sintiendo que clavaba sus ojos cafés en mi nuca. ¿Acaso lo hacía a propósito? Parecía que le encantaba incomodarme. Contuve el aliento, esperando a que se marchara. Pero como nada de lo que pido suele cumplirse, él hizo todo lo contrario a eso. Caminó unos pasos más cerca y luego de unos segundos inquietantes, sentí que mi cama se hundía a mi izquierda. Mordí mi labio inferior, conteniendo la respiración.
— ¿Cuánto tiempo piensas quedarte en la cama, Bella? —preguntó con sorna desde su posición.
Entrecerré los ojos, todavía boca abajo y con mi cara enterrada sobre la almohada. Qué mierda de día. ¿Cómo supo que estaba despierta? ¿Acaso tenía jodidos ojos de síquico? Me removí entre las sábanas, quitándomelas de encima con rabia y acabando con mi actuación. ¿Qué carajos quería de mí?
—Todo el tiempo que yo quiera, porque es mi condenada cama, al fin y al cabo. ¿Algún problema con eso? —le espeté, sin mirarlo todavía, y le di la espalda. Escuché que suspiraba a mis espaldas, con irritación. ¿Es que tampoco podría estar tranquila en mi propia habitación? Murmuró algo bajo su aliento. Alcé una ceja, esperando su regaño.
—No tengo ningún problema con que te quedes aquí todo el día, si quieres…
Lo interrumpí con un bufido. Mi padre, tan comprensivo... pensé irónicamente.
—Entonces, déjame sola y vete de una vez.
—Bella… no me iré hasta que escuches lo que tengo que decirte —se levantó de la cama, tomándose unos cuantos segundos para detenerse frente a mí. ¿Podía ser más exasperante? No alcé la vista, pero desde mi posición pude ver que llevaba puesto un pantalón de color gris con zapatos negros de marca. Italianos, de seguro, como el resto de sus prendas.
¿Qué carajos tenía que decirme? ¿No pudo dejarme un mensaje o algo, como siempre lo hacía? Tenía que venir, invadir mi privacidad y obligarme a escucharlo. ¿No entendía que no me importaba nada de lo que saliera de su boca? De todas formas, ¿por qué tenía que escucharlo precisamente ahora? Si en todos estos años, él nunca se ha preocupado por escucharme a mí.
—Charlie, no me interesa nada de lo que tengas que decirme —farfulló una maldición después de que lo llamara intencionalmente por su nombre—. Así que no pierdas el tiempo. Mejor vete y déjame dormir tranquila —acomodé de nuevo la cabeza en la almohada, esperando a que se fuera.
Suspiró, dando unos pasos hacia atrás. No me sentía mal por tratarlo de esta forma. Con el paso del tiempo, me había acostumbrado a levantar defensas cada vez que él aparecía en la casa; ese era el modo más efectivo que había encontrado para protegerme de sus comentarios mordaces. No era nada nuevo para mí. Sin embargo, lo que sí era novedoso era que él no me fastidiara por faltarle al respeto, como siempre solía pasar.
Le había perdido el respeto hacía mucho tiempo atrás.
Esperé a que girara y se fuera, tal y como se lo exigí. Me estaba poniendo de los nervios esta conversación, no solo porque Charlie estaba más reacio a dejarme sola, sino también porque era la conversación más extensa que habíamos tenido desde hace años; estábamos fuera mi zona de confort. Entrecerré los ojos, sin disimular mi enojo. No obstante, Charlie decidió no moverse ni un centímetro más, a pesar de mi mal humor. Al contrario, puso sus ojos sobre los míos con determinación y se cruzó de brazos, como si esperara a que cediera bajo la presión de su mirada. ¡Ja! Claro, como si eso fuera a suceder en este mundo. Esa mirada podía hacer sucumbir a sus trabajadores, pero conmigo no surtía el más mínimo efecto. Si él no se iba, la que se largaba era yo.
Retiré por completo las sábanas de mi cuerpo y me levanté de la cama, tirando el cobertor al suelo con ira, sin mirarlo. ¡Tenía que salir de mi propia recámara por su culpa! Esto era el colmo. Ni siquiera podía estar tranquila en mi propio espacio. Caminé hasta el armario y lo abrí de un jalón. Tenía tanta rabia que las manos me temblaban un poco.
—No sé qué es lo que pretendes hoy, Charlie, pero si tu intención era sacarme de la cama, ¡felicidades, lo lograste! Conseguiste lo que querías —chillé, buscando algo decente que ponerme para salir. ¡No había manera de que me quedara a verle su cara!
Saqué una muda de ropa al azar y la lancé sobre mi cama, sin preocuparme dónde o cómo caía. Cogí mi teléfono celular de la mesita de noche, ante la mirada furibunda de Charlie y le escribí un mensaje a Riley, para que viniera por mí. Quería salir corriendo cuanto antes de aquí.
¿Puedes venir a buscarme?
B
—Te comportas como una malcriada. Necesito hablar contigo sobre algo muy importante, un asunto que nos concierne a los dos… ¡Podrías parar de hacer eso! —Charlie alzó la voz, regañándome por estar mandando mensajes de texto. Puse los ojos en blanco y me giré para verlo. Su cara se encontraba un poco roja y tenía la mandíbula apretada. Estaba muy segura de que estallaría—. Esto no es un juego, Bella, se trata de los Cullen.
Las manos se me crisparon. Abrí más los ojos y lo miré estupefacta.
¿Qué acaba de decir?
¿Los Cullen?
¿Acaso me estaba jodiendo?
Sentí el mal humor escocer de solo pensar en ellos. ¿Por qué los mencionaba? Charlie nunca hablaba sobre ellos, por lo menos no sin un insulto de por medio. Desde que Carlisle Cullen, su ex mejor amigo y socio, lo traicionó al irse con James Salvatore, Charlie odiaba cualquier cosa que le recordara esa familia. No era una historia que conociera muy bien, pero hasta donde sabía, Carlisle había dejado la sociedad que tenía con Charlie justo el día que Reneé murió.
Fruncí el ceño. El día que murió mamá…
Me embargó un sentimiento de pérdida, náuseas y angustia que se incrustaron en el pecho de solo rememorar aquel día. Me perdí por unos segundos, recordando lo terrible que fue ver partir al ser que más había amado.
Me senté con cuidado sobre la cama, ante la mirada incómoda de Charlie. Aunque ya habían pasado ocho años desde ese día, me era difícil recordar los sentimientos y la tristeza que aún me provocaba la ausencia de mi madre. Todavía dolía, era como un vacío en mi pecho que a veces no me dejaba respirar. Pensar en todo lo que no pude compartir, vivir o sentir junto a ella. Todo lo que se nos fue negado injustamente.
Mi madre murió un veinte de agosto. El mismo día en que los Cullen se fueron sin despedirse, y todo porque Carlisle quiso asociarse con un nuevo empresario del Reino Unido, llamado James Salvatore. Dejando solo —y casi en bancarrota— a Charlie. Desde ahí nació su odio y el resentimiento que sentía por ese traidor.
Para mí, sin duda significó perder una gran parte de mi vida. Perdí mi infancia… la ingenuidad… la fe en las personas. Mis amigos, aquellos que tanto apreciaba, me dieron la espalda.
Los Cullen formaban parte de mi pasado. Ese día que se marcharon fue la última vez que los vi. Nunca más se contactaron conmigo, ni una sola llamada, ni una carta… fue como si nunca hubiesen existido.
Charlie tomó asiento junto a mí. Por instinto, mi cuerpo se encogió, poniendo distancia entre nosotros. No me sentía bien teniendo a Charlie tan cerca. Él se dio cuenta de mi gesto, pero no dijo nada. Se inclinó, apoyando los codos sobre sus rodillas, como si le pesara algún tipo de carga sobre su espalda.
— ¿Por qué quería saber algo de los Cullen? —pregunté finalmente. Ellos habían desaparecido hace mucho tiempo de nuestras vidas y, sinceramente, no me interesaba saber nada de ellos ahora. Charlie bajó la mirada a la alfombra, rehuyendo a mis ojos.
—Carlisle me llamó hace tres días —parpadeé, incrédula—. Al parecer, su familia se encuentra en aprietos económicos.
Abrí la boca, pero no supe qué decirle. No tenía la más mínima idea de cómo reaccionar. ¿Carlisle llamó? Pero, ¿desde cuándo ellos hablaban? Peor aún, ¿qué carajos nos interesaba sus problemas? Él no tuvo la decencia de mirar atrás cuando se marchó con James al Reino Unido. ¿Por qué tendría que llamar a Charlie, si se suponía que ya no eran amigos?
No entendía nada. Sin embargo, tampoco quise averiguarlo.
—No sé por qué tuviste que hablar con él, Charlie. ¿No aprendes del pasado? —Inquirí con exasperación, revolviendo mi cabello y convirtiéndolo en una maraña—. ¿Acaso te tengo que recordar lo Carlisle nos hizo? —Lo que su familia nos hizo, quise agregar, pero no lo hice—. No sé qué pasa con ellos, ni me interesa, la verdad.
Mi teléfono vibró en ese momento, de seguro era Riley.
—Bella, no puedes pensar de esa forma. Ellos alguna vez fueron parte de nuestra familia y… sé que Carlisle se equivocó, pero no puedo dejarlo a su suerte así nada más. Ellos nos necesitan —miré a Charlie, espantada y paralizada. No podía creer lo que escuché. Era inaudito, como un golpe o una bofetada. ¿Ayudarlos? ¡Ayudarlos! ¡¿En qué carajos estaba pensando Charlie?!
—Has perdido la razón… es… no, ni siquiera puedo expresar lo indignante o lo estúpido que es… —me puse de pie, con demasiadas cosas arremolinadas en la cabeza. No podía mirarlo, era como si Charlie también me hubiese clavado un puñal por la espalda—. Tú no puedes decir eso, no después de todo lo que pasó. ¿Te golpeaste la cabeza acaso? ¡Ellos… ellos nos traicionaron! Se fueron de nuestras vidas de un día para otro…
Rabia, desconcierto, ira… pero, sobre todo, sentí indignación. ¿Él no se escuchaba así mismo?
Cogí mi ropa, determinada a olvidar que esta conversación había tenido lugar. Estaba en shock, anonadada por toda la jodida situación. Caminé hasta la puerta del baño, pero me detuve antes de entrar. La piel se me erizó y contuve la respiración. Me giré para verlo. Charlie estaba mirándome y sus ojos estaban velados con confusión.
—Aceptaste, ¿no es así? —no respondió nada y apareció una mueca en su labio inferior. Eso fue lo único que necesité para confirmar mis sospechas—. ¡Mierda! ¡Lo has hecho! ¡¿Qué carajos, Charlie?! ¿Por qué lo hiciste?
Arrugó su ceño, visiblemente molesto.
—No hables de esa forma delante de mí.
Me cogí el cabello, desesperada, y agité las manos en el aire, maldiciendo mentalmente este día de porquería. ¡Esto no podía estar pasando! Los Cullen no tenían ningún derecho de venir y contactar a Charlie así como así. ¿No tenían vergüenza? Y para colmo, Charlie se las quería tirar de buen samaritano. Justo con ellos. ¿No podía ir a algún refugio? No, claro que no. Tenía que empezar a ser buena persona, nada menos que con la familia que nos dio la espalda en el peor momento de mi vida.
— ¿Aceptaste ayudarlo? —le pregunté, a punto del desquicio, mirándolo tan fieramente que por un momento temí agredirlo. Lo detestaba más ahora que nunca, si eso era posible. Antes de que Charlie abriera la boca, yo ya sabía la respuesta. Su rostro avergonzado y culpable era suficiente evidencia—. ¿Sabes qué? Mejor no digas nada, porque cada vez que abres la boca, me arruinas más el día, así que no digas nada. Voy a hacer como si esta… extraña conversación nunca hubiese sucedido —le cerré la puerta del baño en la cara, antes de que me pudiese responder.
..::..
Estaba revolviendo el pote de helado de fresas que Riley me había comprado, mientras miraba fijo hacia un punto de la mesa, sin prestarle verdaderamente atención a lo que sucedía a mi alrededor. Podían estar lloviendo tigres púrpuras del cielo y yo ni me enteraba. La discusión que había tenido con Charlie me dejó con los nervios destrozados, distraída y sin ganas de comer. Todavía me era difícil creer que Charlie tomara la decisión —sin consultarme— de ayudar a los Cullen, así nada más, perdonándolos sin mucho problema. Era como si lo que hubiesen hecho fuera algo sin importancia. ¿Estaba pasando algo más? Sabía que Charlie sentía rencor hacía ellos, pues todo lo que solía hacer era blasfemar y maldecir sobre ellos; sobre su éxito, sus amigos, su empresa… ¿Y ahora los quería ayudar? Mordí mi labio, dándole vueltas a lo mismo una y otra vez.
—Si no te lo vas a comer, entonces trae para acá —Riley me arrebató el pote de un zarpazo. Regresé a la realidad en seguida. Mi amigo no demoró nada en empezar a devorar el helado derretido que yo no me comí. Él muy sinvergüenza ni siquiera se inmutó por mi mala cara.
Dos horas antes, Riley me había ido a buscar a casa en el auto de su mamá, un Renault Kangoo color rojo, del cual estaba muy orgulloso, ya que técnicamente solo él lo manejaba. Parqueó frente a mi casa y esperó unos minutos a que yo bajara. Le envié un mensaje cuando estuve lista, bajé las escaleras y aproveché que nadie estaba en el living para irme. Riley me miró con atención cuando me subí al auto y sus ojos azules escudriñaron profundamente, como intentando leerme la mente a través de mis ojos. Sino lo conociera bien, pensaría que era un acosador. No obstante, lo conocía demasiado bien y sabía lo que estaba tratando de hacer. Se acercó y me besó en la mejilla, con cariño, me sonrió y arrancó el auto, sin decirme nada. No hubo necesidad, porque yo sabía que esa era su forma de apoyarme. Sin palabras, sin preguntas. Él me conocía mejor que nadie.
Me encogí de hombros, sin dejar de mirarlo, mientras hundía la cuchara dentro del pote por quinta vez.
—Eso era mío, glotón —tragó una gran porción de helado y después me enseñó la lengua. ¡Ugh, cerdo repugnante!—. Eres un asqueroso, Riley. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no abras la boca mientras masticas?
Riley sonrió travieso. Le importaba poco lo que le dijera.
Suspiré internamente, resignada. Su actitud era la de un niño terco, egocéntrico y malcriado. Si en todos estos años no pude corregir sus malos modales en la mesa, entonces definitivamente no lo lograría ahora. Era mi mejor amigo, lo quería de aquí a la luna, pero... ¡demonios! Un vagabundo de la calle era más decente que él.
—Muchas veces me lo has dicho. ¡Pero, no lo hago con intención! ¡Se me olvida! —hizo un puchero, sin dejar de comer y pretendiendo parecer inocente—. Además, tú no te lo estabas comiendo, así que no te quejes.
Sonreí a medias, dando por perdida la batalla.
—Supongo que no tengo mucho apetito hoy —bajé la mirada, apenada por ser tan mala compañía y no poder compartir con Riley como siempre, pero me era imposible despejar la cabeza.
Después de eso, nos quedamos unos minutos en silencio. No quería preocupar nuevamente a Riley con mis problemas. Él siempre me había apoyado en todo, incluso desde el primer día que nos conocimos en aquel cementerio, luego del funeral de mi madre. Fue él quien me consoló y me alentó a seguir adelante. No contaba con nadie más que me comprendiera y me quisiera como él lo hacía, y que hasta la fecha lo seguía haciendo. Durante años, él fue mi pilar, mi amigo y mi confidente. Siempre que lo he necesitado o siempre que lo llamo, él está ahí, conmigo. A veces sentía que abusaba de su amistad. No era mi intención, obviamente, pero en ocasiones sentía que él anteponía mis problemas a cualquier cosa, y eso no estaba bien. Fue por eso que dudé si era buena idea contarle o no lo que me estaba sucediendo.
— ¿Hay algo que quieras decirme? Sé que algo anda mal contigo hoy, estás muy callada —me preguntó, preocupado. Mordí mi labio, rehuyendo a su mirada cautivadora. No quería que nuestra amistad se tratara solo de mis problemas. Mi amigo no debería cargar con ese peso, así que rápidamente le inventé una excusa.
—No me pasa nada, Riley. Ya sabes que me pongo de mal humor cuando Charlie llega a mi casa —respondí, tratando de sonar convincente. Además, no se trataba de una mentira. En cierta manera, también me molestaba el hecho que tener a Charlie rondando en mi espacio seguro.
Riley me miró detenidamente, poniéndome nerviosa. Suspiró largamente y dejó el pote de helado a un lado.
— ¿Me lo dirás cuando estés preparada? —cogió una de mis manos, con suavidad, y la acarició. Mi corazón retumbó de cariño, ternura y también con culpa. Él era como un ángel… no me quería presionar, a pesar de que se había dado cuenta de que le escondía algo importante.
Asentí sin despegar los ojos de los suyos.
Dejamos el local de helados y caminamos por las calles, tomados de las manos. Era un gesto que teníamos desde niños. Su tacto me hacía sentir segura y más tranquila. Nuestros amigos, Ángela, Ben, Mike y Jess, siempre nos molestaban por eso. Constantemente, nos hacían burlas e insinuaciones por hacer esto porque, según ellos, no era algo normal que se hiciera entre amigos. Al menos, no tan a menudo como acostumbrábamos hacerlo nosotros dos. Sin embargo, no les prestábamos atención a sus tonterías. Yo era feliz cuando él entrelazaba nuestras manos.
Después de caminar unas cuadras hacia el norte, llegamos al parque más grande de Forks.
Varios niños corrían alrededor de los columpios, gritando y riendo, persiguiéndose entre ellos mismos, mientras algunos adultos los vigilaban desde las bancas. Atravesamos las rejas y nos sentamos en una de las bancas, la más alejada a la vista de los demás. Era tranquilo, ignorando la algarabía de los niños. El parque era precioso y estaba muy bien cuidado. Era el lugar perfecto para tomar un respiro de los problemas.
—Así que… Charlie se encuentra en el pueblo, ¿eh? ¿Cuándo llegó? —me preguntó con voz baja, mientras mirábamos hacia el verde profundo de los árboles que bordeaban el parque. Me encogí de hombros.
—Ayer en la noche, pero no recuerdo bien a qué hora. Llegó sin avisar, para colmo de todo —refunfuñé. Charlie y sus grandes "ideas" me habían jodido el viernes y lo que quedaba del fin de semana. De solo pensarlo, me entristeció.
—Ya veo. Pero la llegada de Charlie no es lo único que te tiene preocupada, ¿no es así? —cuestionó con interés, esperando una respuesta.
¿Cómo le hacía para ser tan suspicaz? Me giré para verlo, mortificada.
—No quiero fastidiarte con mis problemas.
Abrió un poco más los ojos, con sorpresa. No se esperaba que le dijera eso.
—Tus problemas nunca podrían fastidiarme, Bella. Te quiero y me duele verte tan decaída —alzó su mano y me acarició la mejilla. Me recargué contra su tacto y suspiré suavemente—. No soporto verte así —añadió con tristeza.
La culpa me golpeó por hacerlo sentir de ese modo. Agarré la mano que acariciaba mi rostro y la entrelacé fuertemente con la mía, recargando la cabeza en su hombro.
—Yo también te quiero mucho, Riley, no sabes cuánto. Pero no quiero que ocupes tu mente con uno más de mis problemas. Ya suficientes han sido durante todos estos años, como para agregarle otro más.
Riley se rió cerca de mi oído.
—Exageras.
—No lo hago y lo sabes.
— ¿Eso significa que no me dirás que te está atormentando? —preguntó, confundido.
—Eso significa que te lo diré después. Ahora, solo quiero pasar un rato tranquilo contigo. ¿Podrías concederme eso? —lo miré con ansiedad, esperando que me diera una respuesta afirmativa. Por supuesto, no me decepcionó. Sonrió y me atrajo en un abrazo fraternal, de esos que te hacen un poco más feliz.
Él lograba tranquilizar mis miedos y menguaba un poco la carga de mi espalda, volviendo toda mi tristeza más aceptable y mucho más llevadera, a pesar del dolor que nunca me dejaba. Era mi ancla y mi persona especial. Tenía un poder impetuoso y enorme sobre mí; con solo una sonrisa de las suyas, pícara e inocente a la vez, lograba hacerme sentir mucho mejor.
Me puse de pie cuando me dejó ir, le sonreí con travesura y le tendí la mano para que me acompañara. Hacía una tarde maravillosa y quería aprovechar cada segundo junto a mi amigo. Caminamos juntos por el sendero del parque durante varios minutos, admirando el paisaje fenomenal que nos regalaba la naturaleza. A lo lejos, el sol casi completamente oculto tras las nubes, empezó a desvanecerse, proporcionando un ligero color rojizo a las hojas verdes.
Era sencillamente hermoso.
Nos fuimos del parque antes de que terminara de anochecer.
—Me llamas si necesitas algo, lo que sea —me dijo en cuanto llegamos a la puerta de mi casa. Cogió mis manos y las apretó levemente. Sonreí con dulzura. Riley era un amigo muy gentil. No dejaba de preocuparse por mi bienestar.
—Lo haré, no te preocupes.
Asintió y se acercó para dejar un beso en mi mejilla. —Nos vemos, Bella.
Soltó mis manos y fue hasta su auto, haciendo una seña para despedirse. Le devolví el gesto antes de entrar a mi casa.
Había sido una buena tarde, como siempre que sucedía con Riley. Había logrado que me sintiera más tranquila que cuando salí de mi casa. Ahora, el estrés se había eliminado por completo de mi sistema. Solo esperaba que me durara aunque fuese una hora, a no ser que Charlie viniera de nuevo con una nueva y loca conversación.
Suspiré con pesar. Era hora de regresar a la realidad.
El living se encontraba silencioso y a oscuras. Parecía como si no hubiese nadie en casa. A esta hora, Sue ya no se encontraba aquí, pues ella vivía en una pequeña casa a las afueras del pueblo junto a sus dos hijos Leah y Seth y no podía quedarse hasta muy tarde.
Charlie tampoco se encontraba, lo cual no me sorprendía en lo más mínimo. Además, eso sería lo mejor que me pudiese suceder, ya que no quería verlo esta noche, ni ninguna otra. De esta manera, no podríamos retomar la discusión de esta mañana.
Subí las escaleras totalmente desganada y a paso lento, esperando no encontrármelo arriba. Para mi suerte, todo se encontraba igual de desierto que el resto de la casa. Al parecer, tenía la casa para mi sola, cosa que me tranquilizaba. A tientas, encendí las luces del pasillo y logré abrir la puerta de mi habitación. Cuando estuve dentro, me quité la ropa y me escabullí bajo las cálidas cobijas, usando solo mi ropa interior. Me sentía cansada, física y mentalmente. De tanto pensar, suponer e imaginarme un millón de escenarios y posibilidades, solo había conseguido fatigarme. Cerré los ojos y caí rendida en un sueño liviano, olvidándome por completo de Charlie y los estúpidos Cullen.
Me levanté varias horas después, casi a la medianoche, según el reloj que estaba en mi mesita de noche. Bostecé y me tallé los ojos, retirando las cobijas e incorporándome para quedar sentada sobre la cama. La habitación se encontraba completamente en penumbras, apenas y podía ver algo más allá de mi nariz. No entraba mucha luz a través de la puerta de vidrio que conectaba mi habitación con la terraza, al parecer la luna se escondía esta noche detrás de las nubes.
Me había despertado un malestar leve en el estómago. Había olvidado comer algo en la noche, pero era justificable, después de la inolvidable conversación que tuve con Charlie. El problema era que ahora me dolía el estómago. A excepción del jugo de naranja que tomé por la mañana, no había probado bocado en todo el día.
Dios, Bella. ¿Quieres morir de una úlcera?
Negué con la cabeza y me espabilé. Tenía que comer algo antes de dormirme de nuevo o no soportaría más el ardor. Resignada, terminé de quitar las sábanas y me puse en pie. Con cuidado de no tropezar con alguna esquina, mueble, o con mis propios pies, avancé hasta el baño, dando pasos pequeños por si mi mala suerte hacía acto de presencia. Mis ojos resintieron el cambio de luz cuando entré al baño. Cogí la bata de seda roja que colgaba tras la puerta, me la puse sin asegurarla bien, efectos del sueño tan pesado que tenía hice un nudo alrededor de mi cintura, saliendo del cuarto.
Sin embargo, me detuve antes de seguir.
La luz del baño alumbraba buena parte de mi cuarto, lo suficiente para darme cuenta que al otro lado de la recámara, tras las puertas corredizas, había una persona observándome. Me refregué los ojos, confundida, y forcé la vista porque creí estar viendo mal. Miré de nuevo y comprobé que, en efecto, sí había un hombre viendo hacia a mí desde el otro lado del cristal. Mi corazón bombeó con más rapidez al sentir esa penetrante mirada sobre mi cuerpo.
— ¿Charlie? —balbuceé, sintiéndome inquieta. Retrocedí hasta toparme contra el marco de la puerta. ¿Quién más podría ser? Es decir, tenía que ser él. Seguramente debió haber llegado mientras dormía.
Con mi mano, tanteé la pared para encender la luz y salir de dudas, pero el interruptor no se encontraba cerca de mi posición.
—No es gracioso, Charlie. ¿Qué estás haciendo allá afuera? —por un instante, me sentí como en una de esas películas de terror, con el asesino acechando entre las sombras, listo para matar a la pobre e indefensa protagonista. Meneé la cabeza de un lado a otro, sacándome esas bobadas de la mente.
Me concentré mejor en ver hacia afuera, donde el extraño se encontraba. No podía ver su rostro claramente, las sombras y la poca luz de la luna tras su espalda me lo hacían más difícil. Parecía alto… aunque no podía asegurarlo. Tenía los hombros amplios y su postura no parecía amenazadora.
Charlie no era tan alto como el hombre afuera de mi cuarto. Él poseía casi la misma altura que yo, así que era claro que el sujeto que estaba viendo me superaba por más. Mordí mi labio inferior para ahogar el grito de auxilio que quiso salir disparado de forma histérica de mi garganta al darme cuenta de ese importante detalle.
Tragué con fuerza. Había un condenado hombre desconocido viéndome fijamente, mientras que yo llevaba puesta una precaria bata, muy reveladora, y nada más que mi ropa interior bajo esta.
Mierda.
Moví mis piernas, las cuales parecían pesar más de lo habitual y conseguí caminar hasta la puerta de mi cuarto, sin dejar de ver al hombre, quien no apartó la mirada penetrante de mi cuerpo, siguiendo mi leve movimiento. La piel se me erizó y el corazón se me contrajo dolorosamente, clara señal de mi inseguridad. ¿Estaría Charlie abajo? ¿Si gritaba, alguien me ayudaría? Me sentía un poco atontada y no sabía si era por el sueño, el miedo o la falta de alimentos. No me sentía como yo misma… era eso, o la mirada que me enviaba aquel sujeto a través de la oscuridad me estaba trastornando de alguna manera.
¿No tienes sentido de la supervivencia acaso? ¡Abre la maldita puerta!
Tomé el pomo de la puerta con las dos manos, pero al hacerlo, el frío de la noche me golpeó. Tardé unos segundos interminables en darme cuenta de que no había sido yo quien abrió la puerta. Para mi total horror, había sido la puerta corrediza la que se había abierto de repente, dejando entrar el gélido viento de la noche a mi habitación y haciendo que me paralizara antes de poder siquiera girar la perilla para poder salir.
Miedo, confusión, terror, desconfianza… cada sentimiento me sacudió cuando lo vi cruzar las puertas corredizas, con paso seguro. La respiración se me atascó y lo único que me pasó por la cabeza fue ponerme a gritar o llorar, para alguien me escuchara. Pero en vez de reaccionar como una persona normal, me quedé estática en mi lugar, sin voz, como una estúpida estatua sin vida. Si no fuera por el latido de mi corazón que me estallaba en los oídos, una y otra vez sin cesar, pensaría que era cierto.
Cuando lo vi caminar más cerca, a menos de un metro de distancia, fue que finalmente reaccioné. Como si un platillo estallara sobre mi cabeza, moviendo algo dentro de mis neuronas, mi sentido común despertó del letargo. Giré el pomo de la puerta en menos de un segundo y la abrí de un jalón, para escapar. Vi que el pasillo se encontraba iluminado todavía. Se encontraba tal cual lo había dejado antes de acostarme. Seguramente, Charlie no había llegado a casa todavía o, de ser así, hubiera apagado las luces antes de irse a dormir. En ese momento, no me importó y, aunque estuviese sola en casa, abrí la boca para empezar a gritar.
— ¡Ayúdenme!
En seguida, un brazo fuerte se encajó en mi cintura, al mismo tiempo que una gran mano me tapó la boca, impidiendo que gritara de nuevo. Su brazo me apresó contra él con fuerza, inmovilizándome y pegándome la espalda contra su duro pecho. Pude sentir su abdomen pétreo ligado contra la parte media de la espalda, mientras que me arrastraba de vuelta a la habitación, sin costarle demasiado.
Empecé a hiperventilar y pataleé. Esto no podía estar pasando… No, no, no, no…
Grité contra su mano, con todas mis fuerzas, me removí contra él y, haciendo uso de toda mi energía, lo golpeé sobre las costillas con mi codo, arrancándole un jadeo de dolor. Soltó una grosería. Sin embargo, a pesar de mis esfuerzos, me vi arrastrada devuelta a mi habitación. Me sentí morir cuando cerró la puerta de una patada, como si me sentenciara a un próximo infierno. Prácticamente, me cargó como si yo fuera una muñeca de trapo: insignificante y frágil.
A lo lejos, noté que farfullaba cerca de mi oído. Alcancé a escuchar un "no debí confiar" y que "era una trampa", pero realmente no le presté atención. Me encontraba demasiado preocupada, atemorizada y llena de pánico, como para tratar de averiguar.
Cuando estuvimos dentro, me lanzó sobre la cama, de forma bruta. El miedo tomó control sobre mi cuerpo y mente y empecé a temblar como una hoja al viento, sin saber qué esperar. No quería pensar en lo que este hombre quería de mí.
¿Qué iba a hacerme?
— ¡¿Quién te envió?! —de repente, una voz fría, medida e impersonal llegó hasta mis oídos, siseando. Mi respiración se agitó y levanté la cabeza para mirarlo, todavía asustada. La luz proveniente del baño me permitió ver su cabello cobrizo, despeinado y brillante; un color extraño, pero a la vez único. Parpadeé, sin recordar que había dicho—. ¡No me hagas perder la paciencia y responde! ¿Quién carajos te envió?
Pestañé un par de veces, viendo su cara oculta por la falta de luz. ¿De qué estaba hablando?
—N-nadie me ha en-enviado. Yo vivo a-aquí —balbuceé, esperando que con eso apaciguara su ira, aunque fuera un poco. No obstante y para mi total espanto, gruñó agresivamente, como un depredador enfurecido. Juro que nunca en la vida había escuchado semejante sonido atroz.
Sin mediar más palabras, se subió a ahorcajadas sobre mi espalda, cortándome la respiración con su peso. Entonces, aprisionó mis brazos con una mano, doblándolos hacía atrás e impidiéndome cualquier movimiento. Luché por respirar, consiguiéndolo a duras penas. Pesaba demasiado y mi tórax no lograba expandirse lo suficiente, provocando que me ahogara.
— ¿Me crees un imbécil? ¡Yo sé que trabajas para Aro! Dime, ¿cómo llegaste hasta aquí? ¡¿Charlie te lo dijo?! —bramó, con una pregunta tras otra y sin dejarme contestar. No sabía por qué me inculpaba. ¿Quién demonios era Aro? ¿Y qué tenía que ver Charlie en todo esto? ¿Lo conocía? ¡¿Qué infiernos sucedía?! Me sentí perdida, sofocada bajo su cuerpo y atemorizada por no tener las respuestas que él me exigía.
Odié sentirme tan frágil.
Por unos contados segundos, creí que iba a perder la consciencia. No era para menos, me encontraba agotada, desfalleciendo poco a poco, sin que pudiese vitarlo. Los parpados se me cerraron, cargados y pesados por el llanto y el agotamiento. Mis músculos no estaban mucho mejor. Los sentía agarrotados de la tensión e inmóviles por el agarre bárbaro con el que me mantenía aplastada contra el colchón.
Pensé que no podía ser peor: caer en la oscuridad y con un extraño encima de mí. Quedaría indefensa, más que ahora. Pero estaba equivocada. Agarró mi cabello y lo enredó dolorosamente en su mano.
— ¡Ahh! —solté un alarido de dolor al sentir su poderosa mano, jalándome del cabello y provocando que mi cuerpo se arqueara ferozmente contra él. Varias lágrimas escaparon de mis ojos.
Exclamó cerca de mi oído, sin dejar de sujetarme.
— ¡Habla! ¿Trabajas para Aro? —tiró más fuerte de mi cabellera, haciendo que sollozara desconsolada y sin aliento. ¡Dios! ¿Por qué no me creía?
Nunca nadie me había tratado de esta forma tan terrible. Jamás pensé que experimentaría una situación así en la vida. Era una pesadilla. ¡Esto no era real! Esto tenía que ser una nefasta pesadilla.
Pillé un poco de aire, suficiente como para contestarle antes de que se cabreara más.
— ¡No! No sé de qui-quien me hablas. N-no conozco a e-ese hombre. Y-yo me llamo I-Isabella Swan —sollocé, derramando más lágrimas sobre mi cuello.
Acto seguido, dejó de asir su mano en mi cabello. Sentí que el alivio fue inmediato cuando me dejó ir, aunque no me fié del todo. Me dejó caer contra la superficie plana de la cama y se separó de mi cuerpo, saltando fuera, cómo si le quemara la piel. ¿Me estaba dejando ir? No lo pensé ni dos segundos, era mi oportunidad para ponerme a salvo. Arrastré mi cuerpo hasta toparme contra el cabecero, donde abracé mis rodillas contra mi pecho.
Por favor, mamá… que no me haga daño. Por favor, protégeme, rogué, cerrando los ojos y mojándome la piel mientras sollozaba como una nena desprotegida.
—Lo siento, Bella, yo no quería… pensé que tú eras… ¡Mierda! Lo siento.
Su tono de voz fue bajo, aterciopelado y totalmente opuesto al de hace unos segundos, lo cual lo hacía más aterrador. ¿Era bipolar? ¿Tenía alguna clase de trastorno de la personalidad? ¡Dios! ¿Por qué me pasaba esto justo a mí? ¿Estaba pagando algún karma de mi vida pasada? Estoy empezando a sospechar que hice algo demasiado malo en otra vida, porque esto no puede ser simple coincidencia.
¿Me decía que lo lamentaba? Los dientes me castañearon, no por el frío, sino por la terrorífica situación. No sabía qué esperar ahora. Estaba llena de incertidumbre.
—Sabía que era un error. ¡Se lo dije! No debí regresar. Pero, claro… la seguridad primero. ¡Y una jodida mierda! —empezó a maldecir sin control, pareciendo un lunático. Me encogí aún más de lo que estaba al escucharlo. Sentía que, si me movía más de la cuenta, se enfurecería más.
Hubo un sonido sordo y estrepitoso, como si alguien hubiera entrado abruptamente a mi habitación.
— ¿Qué es lo que sucede aquí? —la atronadora voz de Charlie me hizo levantar la cabeza. ¡Dios Santo! Nunca en la vida me había sentido tan alegre de ver a Charlie. Ni siquiera su cara mal humorada pudo disuadir la tranquilidad que me invadió en ese instante. Me puse de pie, temblorosa y tropezándome con mis propios pies hasta llegar a mi salvador.
Cuando llegué hasta su lado, Charlie me sostuvo del brazo. Su expresión fue de sorpresa cuando me inspeccionó de arriba abajo. Luego, miró apreciativamente hacía el otro lado del cuarto, como si buscara alguna respuesta.
— ¿Edward? ¿Me puedes explicar qué estás haciendo en el cuarto de mi hija? —suavemente, me puso detrás de su cuerpo, en un gesto tan protector como desconocido para mí. No dejó de agarrarme mientras se dirigía al hombre que me había lastimado con severidad. ¿Charlie lo conocía? ¿Fue él quien lo había dejado entrar en casa?
Escuché un bufido. La piel se me erizó y, por instinto, traté de zafarme de la mano de Charlie. Quise correr lejos y no tener que verlo o escucharlo nunca más en mi vida, pero Charlie no me dejó ir.
—No sabía que Bella estaba en casa. No me lo dijiste —murmuró impetuosamente, quejándose de mi presencia. Me mordí el labio inferior. ¿Él me conocía? ¿Dónde carajos tendría que estar, según él? Esta era mi casa.
—Era obvio que Bella se encontraba en casa, estaba de más decirte que mi hija vive aquí. ¡Eso lo deberías saber! —gritó, amenazadoramente—. Ya, respóndeme. Quiero saber qué haces tú en su cuarto —inquirió con dureza y su espalda se cuadró. Tensó todo su cuerpo y, por un momento, pensé que saltaría encima del desconocido. ¡Oh, vaya! Nunca había visto a Charlie actuar de esa forma, mucho menos debido a mí.
—Pensé que se trataba de alguna zorra enviada por Aro. En ningún momento pensé que se trataba de Bella. Es que… mírala, esta vestida como una.
Abrí los ojos como platos. ¿Este tipo me acaba de llamar zorra? Volqué la mirada hacia abajo. El nudo de mi bata en algún momento se había desatado, dejando ver mis senos cubiertos con el brasier negro que aún llevaba puesto. Me sonrojé furiosamente. Todo este tiempo había estado prácticamente desnuda.
¡Pero eso no le daba el jodido derecho de tratarme así!
Él rugido de Charlie lo hizo callar.
— ¡Edward Anthony Cullen Platt! ¡Estás hablando de mi hija, no te atrevas a compararla con una mujerzuela!
Todo el aire se me fue de los pulmones en el instante en que Charlie mencionó el nombre del que alguna vez fue mi mejor amigo. Mi cabeza se alzó como un resorte y apenas pude ver algo tras la espalda de Charlie. ¡Dios! ¿Era él? Un peso extraño se posó en mi pecho. ¿Edward? ¿Fue él quien me agredió de esa forma tan denigrante y que además me confundió con una zorra? ¿El mismo Edward que yo conocía?
Despierta, Bella. ¿Cuántos Edward Cullen conoces?
Pero… ¿qué hacía él aquí?
Hola, perdón por la demora pero aqui esta el nuevo capi :) GRACIAS POR SUS MENSAJES, LAS ALERTAS Y FAVORITOS! Son mi motivación.
¿Que les pareció El regreso de Edward Cullen?
Gracias a mi Beta Carla por dejar este capi tan hermoso ;)
Att: MarieElizabethCS
