Capítulo II

Noté una extraña tibieza fluyendo en mi interior, pero me sentía desorientado y el silencio que imperaba a mi alrededor no ayudaba a ubicarme.

-Link, despierta, muchacho.-me pidió una cálida voz masculina.

Abrí los ojos poco a poco hasta que mi visión se aclaró y me incorporé. Parecía encontrarme en el mismo lugar que antes, la sala del templo del tiempo que albergaba la Espada Maestra, pero algo había cambiado. Níveas hileras de columnatas se erguían sobre una bruma azulada que parecían flotar en el vacío arropadas por pequeñas cascadas de luz.

Me levanté sacudiendo la cabeza y comprobé que la plataforma central en que me hallaba tenía el símbolo de la trifuerza grabado, junto con 6 símbolos de diversos colores insertos en esferas que la rodeaban. La Espada Maestra estaba en el suelo, justo en el lugar en que yo había estado tendido, la observé atentamente entendiendo que todo aquello no era una ensoñación producto de mis febriles preocupaciones. Había algo de real en todo aquello por lo que quise volver a palpar aquel arma de nuevo para asegurarme.

-Al fin estás aquí, joven héroe.-volvió a repetir aquel anciano acercándose a mí.

Parecía un sacerdote, estaba ataviado con una vestidura talar de colores anaranjados y bermejos, muy vivos que contrastaban con su pálida piel y su barba encanecida. Tenía un rostro amable, rechoncho y apacible y me observaba con una preocupación que se entremezclaba con algo de emoción.

-¿Quién sois vos?-pregunté colocándome bien el gorro y la túnica.

Sonrió acercándose a mí y se cruzó de brazos con un suspiro que denotaba alivio. Murmuró algo entre dientes, quizá una leve plegaria y luego carraspeó suavemente.

-Mi nombre es Rauru. Soy el sacerdote del templo del tiempo y uno de los 6 sabios que te ayudará a sellar al malvado Ganondorf. En concreto, emplearé mi poder de la luz para lograrlo.

Sus palabras me llenaron de arrojo pero también hicieron que mi confusión aumentase. Sacudí la cabeza me froté los ojos, luego me agaché para coger la Espada Maestra. Como había supuesto, no podía sostenerla adecuadamente y tuve que hacer esfuerzos aferrándome a su empuñadura con ambas manos.

-La espada te ha aceptado, joven Link.-me puso la mano en el hombro-Pero aún no puedes blandirla, tendrás que entrenarte duramente antes de poder salir a combatir al rey del mal.

-Pero-bajé la vista y apoyé la punta de la espada en aquella masa etérea pero firme a un tiempo-si todavía no estoy preparado, ¿por qué me eligieron las diosas? ¿por qué tendré que esperar? ¿qué pasará en mi ausencia?

-Cálmate, Link.-me revolvió el flequillo con cariño-Sé que tienes muchas preguntas y no podré resolverlas todas ahora. Intentaré explicártelo todo con detalle pero debes tranquilizarte.

Me alejé y me senté sobre el borde de aquella plataforma flotante colocando la espada en mi regazo. Podía sentir una leve brisa circulando y moviendo aquella fina bruma que nos acechaba, también oía un nítido y cristalino murmullo cuya fuente desconocía, pero que terminó por relajarme.

-Estarás bien aquí, protegido. Una vez que hayas culminado tu preparación podrás abandonar este lugar y cumplir con tu destino.-explicó a medida que sus pasos lentos y pesados reverberaron en la estancia, colocándose tras de mí.

-¿Y qué pasará con Zelda? ¿y con los ciudadanos de Hyrule?-pregunté sin volver el rostro. Me sentía engañado y utilizado.

-También estará a salvo junto a Impa, no te atormentes. Respecto a los ciudadanos-su voz tembló un poco-no puedo decirte nada.

Apreté los puños y me levanté de un salto sosteniendo la espada con la repentina explosión de fuerza que sólo puede ocasionar la rabia.

-¿Me estáis diciendo que mientras yo estoy aquí a salvo hay quien va a sufrir por mi culpa? ¡No puedo permitirlo! ¡Sacadme de aquí!-elevé la mirada notando como las lágrimas pugnaban por salir y los ojos me ardían.

No era justo ¿qué clase de héroe podría ser si me dedicaba a esconderme y a huir mientras otros necesitaban de mi ayuda?

-No, Link. A veces es necesario esperar al momento oportuno para que las cosas se desarrollen como uno desea, aunque eso implique causar daños colaterales.-me cogió por los hombros y me atrajo hacia sí estrechándome en sus brazos con un abrazo sincero-Pronto lo entenderás.

-¿Cuándo será ese "pronto"?-sollocé levemente-Me odio por todo esto. Me detesto por no poder cumplir vuestras expectativas. Este destino que me han encomendado me sobrepasa.

-¡Escúchame!-se agachó y me miró a los ojos con severidad-No permitas que esos sentimientos enraícen en ti, por favor.-me enjugó las lágrimas con la manga de sus vestiduras-Si lo haces tu mayor enemigo no será Ganondorf, sino tú mismo.

La espada se me escurrió entre los dedos y cayó al suelo con un estrépito metálico. No entendí sus palabras y aquello me causó pavor.

-Sé que ahora no lo comprendes, pero el valor que tienes debe madurar, transformarse.-sonrió con ternura y se levantó-Posees la ardiente e inconsciente valentía de la juventud. Un valor que lo arrasa todo pero que, de no ser canalizado como se debe, puede volverse temeridad y fanfarronería. Tienes que cambiar ese valor por una valentía gélida, impasible. Una seguridad en ti mismo que te permita avanzar enfrentándote a tus miedos, sabiendo que lo irracional es no aprovechar los obstáculos para superarte paulatinamente.-se alejó de mí caminando pensativo con las manos a la espalda.

Observé el envés de mi mano izquierda en el que se intuía la tenue marca de la trifuerza del valor. Suspiré tragándome las lágrimas y asentí levemente. Rauru estaba en lo cierto, no podía correr el riesgo de salir a enfrentarme a Ganondorf siendo apenas un niño, ni el poder de la diosa Farore me serviría para sobrevivir a una hipotética batalla contra el rey del mal. Si perecía por mi egoísmo y mi ingenuidad ¿qué esperanza le quedaría a Hyrule? Sólo esperé poder afrontar aquel reto lo más pronto posible.

-Pueden pasar semanas, meses… o incluso años hasta que estés totalmente preparado, Link. Pero no nos queda otra alternativa-comentó como si hubiese leído mis sospechas-Bienvenido al reino sagrado, héroe elegido por las diosas.

En aquel entonces abracé el ambicioso objetivo de salvar todo un reino. Infeliz de mí pensé que aquello bastaría para darme fuerzas, no supe que sólo lograría acrecentar el odio hacia mí mismo, alimentando mis demonios internos. El egoísmo, el valor frío e impertérrito me habrían salvado, pero antepuse el bienestar de los ciudadanos al mío propio. A veces la bondad no es la solución, hemos de elegir entre lo bueno y lo correcto.

"Y así, el héroe vivió en los colores prohibidos de la luz."