(Editado 15/08/2015)


CAPÍTULO 2: EL MINISTRO DE MAGIA, CORNELIUS FUDGE


Eran las doce de la mañana cuando un grupo formado por cuatro shinobis regresó a la Aldea de la Hoja. Cualquier persona que los hubiera visto, civil o shinobi, habría adivinado por su aspecto que habían fracasado en su misión. Hana se había visto obligada a ayudar a Tokuma Hyuga a caminar, a pesar de la resistencia que había ofrecido el chico. Sus heridas no eran las más graves, pero eran suficientes para impedirle avanzar por su propio pie. La chica se detuvo a unos metros de la puerta y esperó a sus compañeros.

—Gato, ¿vas bien? —preguntó, mirando al capitán ANBU que los había acompañado. Llevaba la mano apretada contra el pecho y respiraba con dificultad bajo el peso muerto que era Kakashi. El shinobi asintió, pero Hana podía notar los signos del cansancio en su forma de caminar.

—¿Qué ha ocurrido? —ambos apartaron la vista de los heridos y se fijaron en la puerta que acaba de abrirse. Era Genma, que se acerca corriendo— ¿Los habéis encontrado?

—No, nos hemos ido de fiesta. ¿A ti qué te parece? —dijo Hana, molesta—. Los localizamos cerca de las tres y media a nueve kilómetros de aquí, hacia el noroeste. Los perseguimos durante otros quince kilómetros atacándoles desde lejos, hasta que nos devolvieron el golpe... ¡Estuvimos a tan poco de atraparlos!

—Tenéis que ir al hospital —dijo el shinobi, pasando por alto el tono de la chica—, alertaré al Hokage de que habéis llegado.


El más bajo movió las manos, nervioso, jugando con el anillo que llevaba puesto en el dedo anular. Aquel hombre le incomodaba. Aquella mañana había entrado a su oficina como cualquier otro día y se lo había encontrado allí, sentado en su escritorio, revisando sus papeles, la estrategia para la próxima campaña política y alguna que otra carta personal. Inmediatamente, Fudge había sacado su varita y había pensado en cinco posibles hechizos que podría realizar si fuera necesario. Estaba dispuesto a llamar a seguridad e iba a hacerlo cuando el intruso levantó la vista de sus papeles y con un gesto de la mano, su varita salió volando a la esquina opuesta de la habitación.

Fue entonces cuando Fudge se había empezado a asustar de verdad. El hombre se puso de pie y dio la vuelta al escritorio, cojeando. Llevaba una túnica blanca y roja, media cara vendada y el brazo enfundado en un trozo de metal, como si tuviera el brazo partido. Fudge retrocedió, preguntándose qué sería más acertado: recoger su varita o salir corriendo por la puerta.

El reloj dio las doce de la mañana y Fudge seguía preguntándose qué hacía aquel loco en su oficina y por qué no había podido echarlo todavía. Cada vez que la idea pasaba por su cabeza, su mente se nublaba y se encendían todas alarmas, pensando que se trataba de un imperius, sin embargo, la sensación desaparecía tan rápido como había llegado.

—Perdone —dijo, rompiendo el silencio. El ajetreo que llegaba desde el exterior de la oficina empeoraba la situación: era como si estuvieran en dos sitios distintos, como si el despacho hubiera dejado de pertenecer al edificio del Ministerio—, ¿cómo ha dicho que se llamaba?

—Danzo Shimura —respondió el hombre, cruzando los brazos.

—Muy bien, señor Shimura, ¿le importaría explicarme qué hace en mi oficina? —dijo, intentando sonar lo más indignado y autoritario que podía. Era el ministro de Magia, pensó, no podía dejar que cualquiera llegara y le quitara su asiento. No podía acobardarse.

—Ya se lo he dicho, señor Ministro, busco asilo político.

Sí, se lo había dicho, pero seguía sin entenderlo. No podía aparecer de la nada y decir así como así que quería la protección del Ministerio de Magia de Gran Bretaña y esperar obtenerlo.

—Es estúpido —dijo el ministro, poniéndose de pie—, mire, lo acompañaré a la oficina de Aurores, habla con ellos y...

—¡Espere! ¡Usted no lo entiende!

Cornelius se detuvo, con la mano a cinco centímetros del pomo y frunció el ceño. No podía vacilar, si lo hacía, estaría completamente perdido. Seguía pensando que aquel hombre no era normal y estaba poniendo todo su esfuerzo por controlarse y no entrar en un ataque de pánico.

—¿El qué no entiendo? —preguntó, sabiendo que iban a volver al principio de la discusión.

—No puede dejarlo en manos de los Aurores, necesito...

—Necesita... ¿qué? —dijo muy lentamente. Era solo un loco. Un loco que se había pasado toda la noche encerrado en su oficina. El Loco, como Cornelius había decidido llamarlo, lo miró con expresión angustiada. Necesitas una plaza en San Mungo, pensó sin atreverse a decirlo en voz alta.

—No lo está entendiendo —el Loco apoyó la cabeza sobre la mano que tenía libre. Parecía cansado—. Hiruzen Sarutobi me ha enviado a este mundo para ponerme a salvo. Soy un alto cargo de Konoha. Esta noche un grupo de criminales ha intentado asesinarme...

Cornelius bajó la mano lentamente, alejándose de la puerta. Aquel nombre le sonaba.

—¿Hiruzen? ¿El ninja?

—Sí, ese mismo.

Danzo suspiró aliviado, observando como el mago se acercaba y tomaba asiento nuevamente. Sentía que estaba tardando demasiado en convencerlo de actuar a su favor, pero los efectos de la pelea de la noche anterior seguían vigentes en él y le costaba pensar con claridad. Por otra parte, se alegraba de haber podido escapar de la ira de Itachi, aunque solo fuera temporalmente. Ese crío... antes era peligroso, del tipo genio del clan, de los que aparecer una vez cada no se cuantos años, pero en esos ocho meses parecía haberse hecho mucho más fuerte. ¿Quién iba a creer que un adolescente de catorce años pudiera causar semejante destrozo? Le había dicho a Sarutobi que necesitaban eliminarlo junto al resto de su clan, pero este no había accedido. No había visto lo que él, que tarde o temprano volvería, furioso por el destino de su clan. Por lo menos, habían quitado de en medio al clan Uchiha y la amenaza que suponían. Le habría gustado poder tener los cuerpos para salvar los ojos de los miembros más poderosos, pero Hiruzen había ordenado enterrar los cadáveres inmediatamente. Al final, el Hokage sintió pena por el destino de los Uchiha. ¿Quién podría sentir pena por un grupo de traidores? Él no, desde luego.

—Debes saber que mi agresor me ha seguido hasta aquí. Nuestros dos mundos están en peligro.

—¿En peligro? ¿Por una sola persona? ¿Cómo va a ser eso? Ni que el Innombrable haya resucitado...

—Es un crío, apenas catorce años, sin embargo...

—¿Catorce? —el Ministro estaba confundido, ¿por qué iba a temer a un niño de catorce años?—. ¿Qué tiene de peligroso un niño de colegio?

—Empezando porque no es un niño de colegio. ¿He de su poner que estás al tanto de nuestras costumbres?

—Sí, sí... Sarutobi me contó lo básico —y era verdad. Él y Sarutobi habían hablado por primera vez cuando él había conseguido el puesto de Ministro. Algo sobre amistad entre los dos mundos... Y la búsqueda de clientes para su aldea. Pero aun así se dejó bastantes detalles por el camino, aunque él no lo supiera. Era algo así como la relación que tenían él y el Ministro muggle.

—Deberías saber que este niño de colegio como tú lo has llamado, hace ocho meses, cuando todavía tenía trece años, mató a todo su clan a sangre fría, en un sola noche. Ancianos, niños, mujeres... No dejó a nadie en pie. Encontraron a su hermano pequeño, Sasuke, ensartado por una katana, clavado en la pared del recibidor de su casa... El pobre niño...

Danzo podía ver como su interlocutor empezaba a perder el poco color que tenía en el rostro.

—¿De qué me estás hablando? ¿Cuántas personas...?

¿A cuánta gente puede cargarse un niño en una noche?

—Un clan no tiene una determinada cantidad de gente, eso ya deberías saberlo. El clan Uchiha tenía doscientos ochenta y nueve miembros, doscientos noventa si contamos al propio Itachi.

—¿Cómo...? ¿Por qué...?

—¿Por qué haría un niño algo así? Es muy sencillo. Por ambición. Su familia lo retenía de todo lo que quería hacer. Él era el heredero del clan, además de uno de los mejores miembros de las fuerzas especiales de la aldea. Prácticamente todo el cuerpo estaba bajo sus ordenes. Era un shinobi maravilloso. Nadie mata como él. Sin sentimientos, sin quejas... Nunca lo he visto llorar ni protestar al quitar una vida. Un verdadero monstruo, por no hablar de que está loco. Obsesionado con la sangre. Cree a pies juntillas que los sangre-limpias son mejores que el resto. Sarutobi cree que está reuniendo gente para su causa.

Por supuesto, Danzo omitió el hecho de que el término sangre limpia no significaba exactamente lo mismo en ambos mundos.

—¿Quién seguiría a un niño de catorce años? Debe ser vergonzoso estar bajo las ordenes de un niño.

—En realidad, en mi mundo, mucha gente que comparte sus ideales consideraría un honor luchar su lado. Se le ha considerado el Uchiha más fuerte aún a su edad. Hay gente que piensa que cuando sea mayor, podría incluso superar al propio Madara.

—¿Madara? ¿Quién es?

—Fue uno de los dos cofundadores de la aldea, junto a Hashirama Senju —explicó—. Sin embargo, no salió del todo bien. No tenían las mismas ideas y Madara acabó huyendo de la Hoja, jurando venganza.

El Ministro frunció el ceño, sintiendo que aquella historia le sonaba de algo.

—¿Cómo habéis permitido que semejante ser venga a este mundo? —exclamó de pronto el Ministro, comprendiendo la magnitud del problema— Deberiais saber que es muy mala educación ir extendiendo vuestros asuntos al resto de comunidades... Todavía no me puedo creer lo que me estás contando... Menudo lío... ¿Cómo voy a contar esto a mi gente?

—¿Entiende por qué necesito protección? —dijo el shinobi, sonando desesperado— Itachi Uchiha busca algo que tengo en mi poder. Debo protegerlo bajo cualquier coste, si cayera en sus manos... No se hace ni idea de que podría suceder.

Cornelius sacó un pañuelo de tela del bolsillo de su túnica y lo utilizó para secarse el sudor de la frente.

—Así que... Este Uchiha... es poderoso...

Danzo sonrió internamente, sintiendo que al final, después de todo, estaba resultando demasiado fácil.

—Mucho.


Hugin y Munin lo habían acompañado desde que tenía siete años, pero no firmó realmente el contrato hasta que cumplió los once años. Desde la primera vez que los encontró Itachi había estado profundamente agradecido con ellos. Lo habían ayudado en numerosas misiones, advirtiéndole de peligros, recopilando información y utilizando genjutsus sobre sus enemigos cuando él no estaba capacitado para ello.

Aquella tarde era uno de esos extraños momentos en los que Itachi se sentía molesto con una de sus invocaciones. Le agradecía que hubiera barrido el callejón entero y parte del resto de la ciudad, proporcionándole información, pero no encontraba necesario que se comiera la mitad de su comida. Itachi miró resignado al pájaro que estaba terminando de limpiar las migajas del plato y suspiró, sacando el monedero que tan amablemente le había regalado Madame Malkin y observó la cuenta que le acababa de traer el camarero. Estuvo un rato mirando del monedero a la cuenta hasta que decidió que no quería malgastar el dinero en algo así y salió disimuladamente por la puerta local.

Una vez en la calle estuvo caminando por el callejón Diagón hasta que vio por el rabillo del ojo a alguien con el pelo rubio pegado al escaparate de la tienda de Quidditch. Iba a acercarse cuando vio que un cuervo volaba hacia él, con un sobre atado a la pata izquierda. Era Munin, que volvía de su viaje a Hogwarts. Después de todo, quedaba poco tiempo para que empezaran las clases y él necesitaba una plaza si quería estudiar —también llamado buscar una manera de volver a su mundo, tener un sitio en el que dormir y encontrar a Danzo—.

Se metió en una de las calles laterales a esperar a que Munin se posara en su hombro y le entregara la carta. Había sido difícil que le aceptaran en unas circunstancias tan... ¿sospechosas? Pero no era nada que un cuervo escalofriante para todo el mundo excepto para él mismo y más grande de la cuenta, con un Mangekyo y conocimientos en genjutsu no pudiera arreglar.


—¡Oye! ¡Tú eres el de esta mañana en la tienda de Madame Malkin! —la verdad era que no esperaba volver a encontrarse al elemento de la tienda de ropa, mucho menos volver a hablarle alguna vez en su vida. Había pensado que estaba de viaje después del problema del idioma, pero al verle por la calle con el uniforme del colegio dentro de una bolsa, cambió de idea. Nunca lo había visto por Hogwarts pero siempre era bueno conocer gente. ¿Y si al final resultaba que era alguien importante? Además, iba más limpio que hacía un par de horas.

—Sí, tú eres Draco Malfoy, ¿me equivoco?

—Así que me conoces, era de esperar, mis padres son gente importante y...

Itachi esbozó una sonrisa de disculpa.

—La verdad, es que simplemente os he escuchado hablar en la tienda.

—Oh, bueno, no pasa nada. ¿Así que vas a Hogwarts? —preguntó mientras señalaba la bolsa, recuperándose del golpe.

—Sí, empiezo allí este año, mi familia se ha mudado, así que me he tenido que cambiar de colegio.

—Ya veo que estás comprando los materiales, puedo ayudarte si quieres.

—La verdad es que te lo agradecería mucho. Este sitio es muy grande y no tengo ni idea de donde encontrar ni la mitad de las cosas.

—Lo primero que tienes que conseguir son los libros, es por aquí —dijo echando a andar, esperando que el otro joven lo siguiera—. Por cierto, ¿te gustaría ver las finales de Quidditch? El Ministro ha invitado a mi familia y a unos amigos, pero al final Goyle no puede ir, así que hay un asiento libre. Si quieres puedo hablar con mis padres para que...

Itachi miró la espalda del chico antes de seguirlo, consternado. Acababa de encontrar a alguien que hablaba lo mismo o incluso más que Madame Malkin.


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