Hello Girls! 1er cap!

Los personajes ni la historia me pertenecen. Personajes: Stephenie Meyer, historia: Colleen McCullough.


UNO

1915-1919

BELLA

1

El 8 de diciembre de 1915, Bella Swan cumplió cuatro años. Su madre, cuando hubo retirado los platos del desayuno, puso en sus brazos un paquete envuelto en papel de embalar y le dijo que saliese afuera. Y Bella se acurrucó detrás de una aulaga1 próxima a la puerta de entrada y empezó a tirar del papel con impaciencia. Sus dedos eran torpes, y el envoltorio, resistente. Olía un poco a los grandes almacenes de Wahine, y esto le reveló que, fuera cual fuera el contenido del paquete, había sido milagrosamente comprado, no regalado o confeccionado en casa.

Algo fino y de un color opaco empezó a asomar por uno de los ángulos; en vista de lo cual, rasgó más de prisa el papel, arrancándolo en largas e irregulares tiras.

-¡Agnes! ¡Oh, Agnes! – Dijo, conmovida, pestañeando ante la muñeca que yacía en su destrozado envoltorio.

Aquello era un verdadero milagro. Sólo una vez en su vida había estado Bella en Wahine; la habían llevado allí en mayo, por haberse portado muy bien. Sentada en el calesín, al lado de su madre, muy modosita, estaba demasiado emocionada para ver o recordar gran cosa. Sólo la imagen de Agnes había quedado grabada en su mente; la hermosa muñeca sentada en el mostrador de la tienda, con su falda hueca de satén color rosa y toda llena de adornos de encaje claro. Allí mismo y en el acto, la había bautizado mentalmente: Agnes, el único nombre, entre los que conocía, lo bastante distinguido para aquella preciosa criatura. Sin embargo, en los meses que siguieron, su deseo de que Agnes le perteneciera había estado desprovisto de esperanza; Bella no poseía ninguna muñeca, y no tenía la menor idea de que las niñas y las muñecas siempre van juntas. Jugaba muy contenta con los silbatos, los tiradores de goma y los soldados rotos que tiraban sus hermanos, y se ensuciaba las manos y se llenaba las botas de barro.

Ni siquiera se le había ocurrido pensar que Agnes fuese para jugar con ella. Alisó los brillantes pliegues del vestido rosa, más lujoso que cualquiera le hubiese visto llevar a una mujer, y levantó cariñosamente a Agnes. La muñeca tenía los brazos y las piernas articulados, de manera que podían moverse en todas las direcciones; incluido el cuello y la delicada cintura tenían articulaciones. Los cabellos dorados los tenía esmeradamente peinados al estilo Pompadour2 y adornados con perlas, y el pálido pecho asomaba sobre una rizada pañoleta de blonda de color crema, sujeta con un alfiler que tenía una perla de bisutería. La cara de porcelana, delicadamente pintada, era muy hermosa, y no le habían dado brillo para que la piel pareciese natural. Unos ojos azules, asombrosamente vivos, brillaban entre unas pestañas de pelo natural, y las pupilas eran moteadas y estaban rodeadas por un círculo azul más oscuro. Bella descubrió que, si echaba a Agnes hacia atrás, la muñeca cerraba los ojos. Sobre una mejilla ligeramente arrebolada, tenía una peca negra, y su boca oscura aparecía entreabierta, mostrando unos diminutos dientes blancos. Bella reclinó suavemente la muñeca en su falda, cruzó los pies para estar más cómoda, y se la quedó mirando.

Todavía estaba sentada detrás de la aulaga, cuando Mike y Paul llegaron deslizándose entre las altas hierbas que, por estar demasiado cerca de la valla, no eran alcanzadas por la guadaña. Los cabellos de Bella tenían el brillo típico de los Swan, pues todos los niños de la familia, excepto Jacob, sufrían el martirio de unos cabellos tirando a rojos. Mike dio un codazo a su hermano y le indicó algo jubilosamente. Se separaron, sonriéndose, y simularon que eran soldados persiguiendo a un renegado maorí. De todos modos, Bella no les habría oído, tan absorta estaba en Agnes, mientras canturreaba entre dientes.

-¿Qué tienes ahí, Bella? – Gritó Mike, plantándose a su lado -, ¡Enséñanoslo!

-Sí, ¡muéstranoslo! – rió Paul, situándose al otro lado.

La niña apretó la muñeca sobre su pecho y movió la cabeza.

-¡No! ¡Es mía! ¡Es mi regalo de cumpleaños!

-Vamos, enséñanosla. Sólo queremos echarle un vistazo.

Bella se dejó vencer por el gozo y el orgullo. Levantó la muñeca para que sus hermanos la viesen.

-Mírenla. ¿No es hermosa? Se llama Agnes.

-¿Agnes? ¿Agnes?- Replicó Mike, en tono burlón -. ¡Qué nombre más tonto! ¿Por qué no la llamas Margaret o Betty?

- ¡Porque es Agnes!

Paul advirtió la articulación en la muñeca de Agnes y silbó-

-¡Eh! ¡Mira, Mike! ¡Puede mover la mano!

-¿Cómo? Vamos a verlo.

-¡No!- Bella volvió a estrechar la muñeca contra sí, a punto de llorar. – No. ¡La romperán! ¡Oh! No la agarres Mike… ¡La romperás!

-¡Uf!- Las sucias manos morenas del chico se cerraron sobre las muñecas de la niña y apretaron con fuerza. -¿Quieres sufrir un tormento chino? Y no seas llorona, o se lo diré a Emmett. – Estiró la piel de su hermana en opuestas direcciones, hasta que se puso blanca, mientras Paul tiraba de la falda de Agnes. -¡Suelta, o te haré daño de veras!

-¡No! No, Mike ¡por favor! La romperán, ¡sé que la romperán! ¡Oh, déjenla en paz! ¡No se la lleven, por favor!

Y, a pesar del cruel agarrón de manos de Mike, se aferró a la muñeca, llorando y pataleando.

-¡Ya la tengo!- gritó Paul, al deslizarse la muñeca entre los antebrazos cruzados de Bella.

Mike y Paul la encontraron tan fascinante como Bella, y le quitaron el vestido, las enaguas y el largo pantalón almidonado. Agnes yació desnuda, mientras los chicos la empujaban y tiraban de ella, pasándole un pie por detrás del cogote, haciéndole mirar la espina dorsal y obligándola a realizar todas las contorsiones que eran capaces de imaginar. No se fijaron en Bella, que se levantó llorando; pero la niña no pensó siquiera en pedir ayuda, pues, en la familia Swan, no solía auxiliarse al que era incapaz de defenderse, y esto valía también para las niñas.

Los dorados cabellos de la muñeca se soltaron y las perlas cayeron y desaparecieron entre las altas hierbas. Una bota polvorienta pisó por descuido en vestido abandonado, embadurnando el satén con grasa de la fragua. Bella se hincó de rodillas, tratando frenéticamente de recoger aquella ropa diminuta antes de que sufriese daños mayores, y después, empezó a buscar entre las hierbas, donde pensaba que habían caído las perlas. Las lágrimas la cegaban y su dolor era profundo y nuevo, pues nunca, hasta ahora, había tenido nada que valiese la pena de llorar por ello.

Jacob sumergió la herradura al rojo en agua fría y luego enderezó la espalda; estos días no le dolía, por lo que pensó que quizá se estaba acostumbrando a su trabajo. Ya era hora de que al cabo de seis meses, habría dicho su padre. Pero Jacob sabía muy bien el tiempo que había pasado desde que empezó a trabajar en la fragua; había contado los días con resentimiento y odio. Arrojando el martillo en su caja, con mano temblorosa se apartó los negro y lacios cabellos de la frente, y luego se desprendió del cuello el viejo delantal de cuero. Tenía la camisa sobre un montón de paja en un rincón; se dirigió allí y estuvo un momento mirando la astillada pared de henil como si no existiese, muy abierto y fijos sus ojos negros.

Era muy bajito, menos de un metro sesenta, y delgado como correspondía a un mozalbete, pero los hombros y los brazos desnudos mostraban ya músculos nudosos de tanto trabajar con el martillo, y la pálida y lisa piel brillaba a causa del sudor. La negrura de su cabello y de sus ojos mostraba un matiz exótico, y sus gruesos labios y ancha nariz le distinguían de su familia, pero su madre tenía sangre maorí, y quizás esta se manifestaba en él. Pronto cumpliría los dieciséis años, mientras que Emmett aún no había cumplido los once; Mike tenía diez, Paul nueve, Jasper cinco y la pequeña Bella tres. Pero entonces recordó que aquel día Bella cumplía los cuatro, pues era 8 de diciembre. Se puso la camisa y salió del henil.

La casa estaba situada encima de una pequeña colino, unos treinta metros más alta que el henil y los establos. Como todas las casas de Nueva Zelanda, era de madera, ocupaba mucho espacio y tenía un solo piso, de acuerdo con la teoría de que, si se producía un terremoto, algo quedaría en pie. A su alrededor, crecían aulagas en todas partes, adornada ahora de bellas flores amarillas; la hierba era verde y lozana, como toda la de Nueva Zelanda. Ni siquiera la mitad del invierno, cuando la escarcha no se fundía en todo el día a la sombra, se agotaba la hierba, y el largo y suave verano sólo le daba un verde más vivo. Las lluvias caían mansamente, sin dañar los tiernos retoños de todas las cosas que crecían; no nevaba, y el sol tenía siempre bastante fuerza para acariciar, pero nunca suficiente para quemar. Más que descender del cielo, las plagas de Nueva Zelanda surgían de las entrañas de la tierra. Siempre reinaba una sofocante impresión de espera, un estremecimiento insensible que acababa transmitiéndose a los pies. Pues debajo del suelo yacía un poder terrible, un poder de tal magnitud que, treinta años antes, había hecho desaparecer una montaña imponente; salían vapores silbando de las grietas de las laderas de plácidas colinas, los volcanes vomitaban humo y manaba caliente agua de los torrentes alpinos. Grandes lagos fangosos hervían como el aceite; el mar lamía vacilante unos riscos que tal vez no estarían ya allí en la próxima marea, y, en algunos lugares, la corteza terrestre tenía menos de trescientos metros de espesor.

Sin embargo, era un país grato y amable. Más allá de la casa, se extendía una llanura ondulada tan verde como la esmeralda de la sortija de prometida de Esme Swan, salpicada de miles de bultitos cremosos que, vistos de cerca, resultaban ser corderos. Allí donde los curvos montes festoneaban al borde de un claro cielo azul, el Egmont se elevaba a tres mil metros, adentrándose en las nubes, con sus laderas todavía blanqueadas por la nieve y con una simetría tan perfecta que incluso lo que, como Jacob, lo veían todos los días, no dejaban nunca de maravillarse.

Había un buen trecho del henil a la casa, pero Jacob caminaba de prisa, porque sabía que no hubiese debido ir; las órdenes de su padre eran concretas. Entonces al doblar la esquina de la casa, vio al pequeño grupo junto a la aulaga.

Jacob había llevado a su madre a Wahine, a comprara la muñeca de Bella, y todavía se preguntaba qué la habría inducido a hacerlo. No era partidaria de los regalos inútiles de cumpleaños, ni sobraba el dinero para ellos, ni nuca había regalado un juguete a nadie hasta ahora. Todo lo que recibían eran prendas de vestir; los cumpleaños y las navidades servían para repones los exiguos guardarropas. Pero, al parecer, Bella había visto la muñeca en su única visita a la ciudad, y Esme no lo había olvidado. Cuando Jacob le preguntó, murmuró algo sobre la necesidad que tenían de una muñeca, y cambió rápidamente de tema.


1 Aulaga= Nombre común de diversas especies de arbustos espinosos, con hojas lisas lanceoladas y flores por lo general amarillas.

2 Pompadour= Es un tipo de peinado que se caracteriza por la creación de un fleco o tupé alto y que toma su nombre de la aristócrata y amante de Luis XV de Francia, Mademe de Pompadour.


Oki doki, aca les doy el primer capitulo para que vean de que va la historia. Trataré de subir un nuevo capitulo todos Jueves, si? Reviews plis?

Beeesos!

Malee-SP