Aclaracion: Nada me pertenece esto es una ADAPTACIÓN por lo tanto todo le pertenece a la Gran Meyer y a Anne McAllister;

Aqui tienen el primer capitulo, espero que lo disfruten.!


Capítulo 1

Edward Cullen necesitaba una mujer. Y no cualquier mujer, sino un bombón. Rubísima. Ostensiblemente sensual. Con un gran desparpajo. Y cuanto más vulgar fuera su aspecto, mejor.

Tampoco estaría mal que llevase un vestido ceñido con estampado de leopardo, pensó esbozando una sonrisa mientras sujetaba el teléfono entre el oído y el hombro y marcaba el número.

—Servicio de Acompañantes Dollies —maulló una voz al otro lado del teléfono.

Edward sonrió. Si la mujer era tan prometedora como la voz, estaría fuera de allí aquella misma tarde.

—Querría contar con los servicios de una de sus acompañantes esta tarde.

—Por supuesto, señor —contestó la misma voz—. Lo que desee su corazón.

Y lo que su corazón deseaba era estar a cinco mil kilómetros de la mansión de su padre en Long Island, pero sabía que eso no era lo que aquella mujer se imaginaba, así que le dio a la recepcionista una idea de la clase de acompañante que quería.

— ¿Una mujer, digamos… poco recatada?

—Descarada, clara como el agua —corroboró Edward —. Que carezca por completo de sutileza. ¿Comprende?

—Eh, bueno… —la recepcionista pareció dudar, pero después su sentido de los negocios la impulsó a decir—: estoy segura de que tenemos la clase de mujer que busca. Se la envió ahora mismo.

Edward le dio la dirección.

—Estoy en la casa de invitados, detrás de la residencia principal. Hay una fiesta en la piscina, pero me gustaría que entrase por la puerta principal y que pasase por en medio de los invitados.

Edward miró al grupo de adictos a las fiestas que llenaban el jardín trasero de la casa principal… particularmente al testarudo y adusto padre, que llevaba un taburete plegable para Esme, su embarazadísima y joven mujer. Edward rotó los hombros. No tardaría en salir de aquel confinamiento.

—Sí, señor. Se lo diré. Y estoy segura de que hará lo que usted quiera que haga, señor Cullen —le aseguró la recepcionista.

—Sí —contestó Edward con evidente satisfacción en la voz—. Estoy seguro de que lo hará.

No habían pasado aún cuarenta y cinco minutos cuando oyó llamar a la puerta. Fue una llamada corta y decidida, nada sensual. Pero claro que también debía ser difícil percibir la sensualidad en una llamada con los nudillos a la puerta.

También podía ser el jardinero, que al haberla visto llegar, la había detenido sospechando que se había perdido. ¡No podría confundirse con uno de los invitados a la fiesta de la mujer de su padre! Edward sonrió y metió la última camiseta en la bolsa de lona. Cuanto antes estuviera preparado para salir de allí cuando su padre lo echara, mejor.

Si estuviera en condiciones de conducir, ya se habría marchado hacía tiempo. Pero un accidente de coche, seguido por una pelea a gritos con su padre un mes atrás, había tenido como resultado una escayola en la pierna que reducía considerablemente su movilidad, lo cual le había ofrecido a su padre la oportunidad que andaba buscando de retener a Edward hasta que pudiera convencerle de que trabajase para Cullen International.

«Ni lo sueñes», pensó Edward, como cada vez que surgía el tema. Tendría que haber un metro de nieve en el infierno para que él aceptase.

Se levantó con dificultad de la silla para abrir la puerta. Mientras esperaba que su acompañante llegase, había echado un vistazo por la ventana, lo que le había confirmado que la audiencia iba a ser considerablemente mayor de lo que se había esperado al hacer la llamada. Al menos cincuenta de las mujeres más ricas y mejor vestidas de Hamptons reían y charlaban junto a la piscina mientras Esme abría una pila de regalos envueltos en papel de colores. Deanne, su mejor amiga, que era quien había organizado aquella fiesta para el bebé, debía haber invitado a todo el país.

Globos rosa y azul atados a las farolas para la ocasión se mecían suavemente al ritmo de la brisa de verano. Serpentinas de los mismos colores aleteaban desde el techo del nuevo cenador. Habían estado toda la mañana preparándolo, y aquella fue la imagen que sirvió de telón de fondo cuando, vestido sólo con una toalla y con la escayola, abrió la puerta.

Aquella señorita no era un bombón.

Ni siquiera era rubia… no mucho, al menos. Tenía el pelo castaño oscuro, y lo llevaba largo y recogido en un moño en la nuca. No parecía tampoco demasiado sensual, aunque tenía los ojos marrones como el chocolate, más grandes que había visto. Aun así, parecía una colegiala mojigata y remilgada, con aquella falda azul marino y la camisa abotonada casi hasta el cuello.

Lo que sí podía concederle era que tenía un buen busto; eso sí.

De todas formas, si aquello era lo que Acompañantes Dollies entendía por «poco recatada» no iban a durar mucho en aquel negocio. Sus clientes iban a tener que utilizar mucho la imaginación.

Edward miró hacia el grupo de la piscina para comprobar si se habían dado cuenta de su llegada, ya que no había sido tan espectacular como él esperaba. Casi ninguna de las mujeres estaba prestando atención, excepto… y Edward sonrió, su padre.

El viejo parecía sentir curiosidad. Estaba un poco alejado de las mujeres, con el cuerpo hacia ellas, pero con la atención puesta en la casita de invitados.

Bien.

Habría estado mejor que ella fuese descarada y poco sutil, pero al menos era una mujer y con eso tendría que bastar.

—Ya era hora —le dijo, adoptando su mejor sonrisa de macho.

Ella fue a contestar, pero él no le dio oportunidad de hacerlo.

—Ven a enseñarme lo que hay debajo de ese uniforme, cariño.

Y pasando un brazo por su cintura, la besó.

Por encima de su hombro vio a su padre quedarse boquiabierto. De haber estado más cerca, incluso habría podido percibir un temblor en su bigote.

Para sacarle el máximo partido a la situación, apretó a la mujer contra él; además, resultaba bastante más tentadora tras haberla tocado.

Por un momento, ella se quedó rígida e inmóvil, interpretando a la perfección el papel de la persona que parecía ser, pero después, casi imperceptiblemente, cambió. El hielo se derritió y la sintió sorprenderse casi tanto como él, porque por Dios que había fuego en ella…

Y entonces, le mordió.

Edward lanzó un grito y retrocediendo, se cubrió los labios con el dorso de la mano. Tenía sangre. ¡Le había mordido!

— ¿Pero qué demonios…? ¡No conseguirá muchos trabajos si se comporta siempre así!

— ¡Es que los trabajos que yo quiero no incluyen esa clase de besos!

— ¿Es que besar es un extra? —preguntó Edward, molesto—. ¿Piensas practicar el sexo conmigo sin besarme?

Ella enrojeció.

— ¡No pienso hacer tal cosa! ¿Qué se ha creído que…?

— ¡Lo que creo es que ha llevado el papel de bibliotecaria remilgada demasiado lejos! —espetó.

Iba a echarlo todo a perder. Nadie, y mucho menos su padre, iba a creerse que hubiera contratado los servicios de una prostituta si aquella mujer insistía en comportarse como una monja.

¡Que no esperase cobrar si seguía en ese plan!

— ¿Bibliotecaria remilgada? —repitió la mujer.

—Algunos hombres pueden encontrarlo sexy, cariño, pero yo no.

Echó una rápida mirada en dirección a la piscina. Contaban con algo más de público, incluyendo a su padre, que parecía atónito. Quizás no todo estuviera perdido.

Edward tomó su mano.

—Vamos.

Ella intentó soltarse, pero él, llevando ambas muletas bajo un brazo, le pasó el otro por la cintura, y que ella siguiera debatiéndose hizo parecer que aún se pegaban más el uno al otro.

Con una pierna enyesada y el brazo aún dolorido, apenas podía sujetarla, de modo que apenas había cerrado la puerta cuando la soltó y cerró los ojos.

¡Maldición! Incluso aquel ejercicio tan insignificante le agotaba. No estaba acostumbrado. Apenas había hecho otra cosa que no fuera dormir, comer y discutir con su padre en las dos semanas que llevaba fuera del hospital. Qué asco. Detestaba tanta debilidad. La cabeza había vuelto también a palpitarle. Le ocurría cada vez que intentaba concentrarse en algo durante demasiado tiempo.

— ¿Se puede saber qué está usted haciendo? —Preguntó la bibliotecaria—. Abra esa puerta, que me voy a marchar. ¡Inmediatamente!

—No.

Ella abrió los ojos de par en par.

— ¿Qué quiere decir con que no?

—Pues lo que he dicho —contestó Edward —. Te he contratado, estás aquí, y es aquí donde te vas a quedar. Siéntate.

Ella no obedeció. Si su padre se acercaba a ver qué ocurría, se daría cuenta de que no era lo que él quería hacerle pensar. Estaba completamente vestida y era perfectamente visible a través de la ventana.

— ¡He dicho que te sientes, maldita sea! —gritó.

—No puedo. Tengo que marcharme. Debo haberme equivocado de sitio.

—No. Has venido al sitio adecuado, relájate. ¿Cómo demonios te metiste a trabajar en esto?

Ella lo miró con el ceño fruncido.

—Pues soy muy buena en mi trabajo.

Cualquiera lo diría… Quizás la cosa cambiase radicalmente cuando se quitaba aquella ropa, porque la verdad es que había sentido fuego bajo sus labios. Era una pena que no pudiese disfrutar de aquel encuentro como debiera.

—Bueno, pues tendrás que demostrármelo en otra ocasión —replicó.

—No pienso demostrarle nada —contestó, cruzándose de brazos—. ¡Ni siquiera sé quién es usted, así que haga el favor de abrir la puerta!

— ¡Siéntate! —bramó. La cabeza iba a estallarle.

La fuerza de su voz la obligó a sentarse inmediatamente.

—Ahí no —suspiró Edward —. Te va a ver desde fuera. Siéntate en el sofá.

— ¿Quién? —preguntó sin moverse—. ¿De qué está hablando?

Edward no contestó, sino que se limitó a mirar el sofá con los dientes apretados. Tampoco se apartó de la puerta. No podría haberlo hecho aunque quisiera, si pretendía seguir de pie. Dios, cómo le dolía la cabeza.

—No entiendo nada —murmuró ella y al final se cambió al sofá.

—Gracias —contestó Edward con aspereza. Esperó a verla sentada y después ocupó el sillón de orejas que quedaba frente a ella. El movimiento le obligó a ajustarse la toalla, y ella enrojeció y miró hacia otro lado, más concretamente a la puerta.

—Ni se te ocurra —le advirtió él, y ella no hizo intento de levantarse, lo cual era una buena fortuna porque no creía tener la fuerza suficiente para detenerla.

Se quedó sentada donde estaba, las manos recogidas decorosamente en el regazo, tal y como lo haría una profesora de colegio, mirándolo preocupada y expectante a un tiempo. No había nada sensual ni seductor en ella… excepto su forma de besar.

—No llevas mucho tiempo dedicándote a esto, ¿verdad?

—Cuatro años.

— ¿Cuatro años? Increíble.

—Empecé mientras terminaba el máster, mis cualificaciones son excelentes. Soy muy buena —añadió con firmeza—. Tengo referencias.

Edward contuvo una sonrisa.

—Me gustaría verlas.

Los ojos le echaron llamaradas.

— ¡No tengo por qué enseñárselas a alguien como usted! Es más, no sé qué sentido tiene que me retenga aquí —añadió—. Debo haberme equivocado de dirección. ¡Por favor, déjeme salir! Tengo que hablar con el señor Cullen.

Edward colocó la pierna escayolada sobre la mesa y se recostó en el respaldo.

—Estás hablando con él.

— ¡Usted no es el señor Cullen! Él es bastante más mayor, tiene bigote y es…

Edward se incorporó de pronto. ¿Conocía a su padre? Demonios… No podía creerlo. Puede que su padre tuviese sus rarezas, pero jamás se había imaginado que llevara a su casa a una mujer como aquella. Carlisle siempre había respetado profundamente su familia. Esa era precisamente la razón de que hubiese decidido traer allí a una mujer de la vida.

— ¿Quién eres tú? —le preguntó.

—Me llamo Bella Swan. Soy la niñera.

¿La niñera?

Edward repitió toda la escena en su cabeza y empezó a comprender lo ocurrido. Y con la comprensión no llegó la consternación, sino una satisfacción mayor de la prevista. Una increíble satisfacción. Así que había besado a la nueva niñera, ¿eh? Vestido sólo con una toalla se había plantado delante de su padre y había besado a la nueva niñera de Em., su medio hermano. Genial.

No era de extrañar que a su padre se le hubiera quedado esa cara. ¡Todo estaba resultando mucho mejor de lo que se había imaginado!

Por mucho que su padre quisiera forzarle a entrar en la compañía, jamás le permitiría quedarse allí después de haber hecho algo así con la nueva niñera de Emmet. El estricto Carlisle Cullen echaría a su primogénito sin pensárselo dos veces. Incluso cabía la posibilidad de que cambiase el testamento y que su segundo hijo pasase a ser su heredero. ¿Por qué no?

Emmet, el niño de cuatro años que Carlisle había tenido en su segundo matrimonio, era el centro de su universo. Emmet era el sol en torno al que su padre giraba, el niño encantador y dotado que su hijo mayor no había sido… lo que a Edward le molestaba más de lo que habría reconocido jamás.

Incluso le hacía sentir un poco de lástima por el chico. Y no es que tuviese mucha relación con él. Apenas se conocían. De hecho, Carlisle hacía todo lo posible por mantenerle alejado del crápula de su hermano mayor.

Y no es que su padre se lo hubiera dicho, pero Edward lo sabía. Nada de lo que hacía lo complacía, y hacía ya mucho tiempo que había dejado de intentar satisfacerle. Era mucho más interesante y gratificante ser la tormenta de Carlisle Cullen, siempre y cuando pudiera marcharse si las cosas se ponían insoportables.

Por culpa del accidente, se había visto obligado a permanecer allí, y como si la escayola no fuese impedimento suficiente, la herida que se había hecho en la cabeza requería medicación periódica, lo que le impedía conducir. Y su padre se había negado a que otra persona le llevara.

— ¡Estoy prisionero! —le había acusado Edward.

—Sólo intento mirar por tu bienestar —le había contestado su padre—. Además, no es como si tuvieses algo verdaderamente importante que hacer, como atender tu trabajo, por ejemplo —Carlisle sonrió de medio lado—. Dios no lo quiera.

Edward no le había contestado. Era absurdo. Hacía ya tiempo que Carlisle había decidido que no servía para nada, y Edward estaba encargado de hacer todo lo posible por demostrarle que no se equivocaba.

—Ya es hora de que sientes la cabeza —había continuado su padre, implacable—. Hasta que puedas volver a conducir, te quedarás aquí.

Y era absurdo intentar discutir con él. No había forma humana de convencerle de nada que él hubiera decidido. Estaba allí encerrado hasta que pudiera conducir, con su padre y su noción de cómo debían hacerse las cosas.

Era exactamente lo que su padre andaba buscando. Había sido precisamente ese el tema de su última discusión justo antes del accidente. Era el argumento de la discusión que habían tenido la semana anterior.

Carlisle había ido a la casita de invitados dispuesto a hacerle estudiar el prospecto de la compañía.

—Quiero que conozcas lo que vas a heredar —le dijo.

—Lo sé todo de mi herencia —le replicó Edward, dejando el folleto a un lado.

—Te enderezaré aunque sea lo último que haga –juró su padre, mirándole con el ceño fruncido mientras Edward le devolvía desafiante la mirada.

— ¡Me gustaría verte intentarlo! —le contestó, apretando los dientes.

— ¿Ah, sí? —Carlisle guardó silencio un segundo—. Está bien. Cuenta con ello.

Y había salido de la casa cerrando la puerta tras de sí en un gesto nada prometedor.

Pero Edward había decidido ignorarlo todo, y le había producido una enorme satisfacción el hecho de que, durante los últimos cinco días, el viejo le hubiera andado evitando por completo. Pronto había desistido de lo de «reformarle».

Pero él no había desistido de escapar de allí, de alejarse de su padre, de sus exigencias y sus desconfianzas, de toda la amargura, las batallas y las desilusiones que habían supuesto el uno para el otro durante los treinta y dos años de existencia de Edward.

Que Em. se lo quedase todo… incluso el dolor que iba inexorablemente unido a todo aquello.

Entonces miró a la mujer que seguía sentada en el sofá. Una niñera sí que parecía. O mejor, una monja.

Pobre Em...

Debía tener unas credenciales inmejorables. De otro modo, su padre no la habría elegido como niñera de su Em... Habría cuestionado a la mismísima Mary Poppins.

—Siento lo de antes —dijo con un arrepentimiento que no sentía. De hecho, seguía sonriendo.

Ella no.

—No tiene ninguna gracia. Yo tengo una reputación que mantener.

—Pues yo no daría ni un céntimo por tu reputación ahora —contestó él alegremente.

—El señor Cullen se va a disgustar.

—Es lo que espero.

Incluso era posible que el viejo estuviese a punto de abrir la puerta, decidido a rescatar a Mary Poppins de sus garras.

—Me esperaba a las tres. Es importante para mí ser puntual —dijo—. Ser justa. Ser estricta. El señor Cullen dice que eso es lo que necesita su hijo.

¿Ah, sí? Edward no conocía lo bastante bien a Em. para poder decir si eso era cierto o no. Desde luego, el chiquillo no era tan testarudo como lo había sido él.

—Puntual. Justa. Estricta. Vaya… debes ser el parangón de todas las virtudes. Le vas a impresionar. ¿Qué otras virtudes tienes? —preguntó perezosamente.

—No utilizo palabras malsonantes.

Así que sabía pinchar cuando era necesario, ¿eh? Edward sonrió.

—Así que el pequeño se está desmandando, ¿eh? Hay que evitar que salga como su hermano mayor, ¿no?

La niñera parecía perpleja.

— ¿Su hermano mayor? ¿Es que hay dos niños? El señor Cullen no me lo mencionó.

—No me sorprende.

—Pero sí —continuó con sinceridad—, me dijo que Edward le había estado dando algunos problemas.

— ¿Cómo?

Su grito le hizo dar un respingo, pero en lugar de contestar, recogió las manos en el regazo y apretó los labios de tal modo que dio la sensación de que tendría que torturarla para sacarle esa información.

— ¿Qué has dicho? —repitió Edward.

Ella negó con la cabeza.

—No debería haber dicho nada de ese niño o de su comportamiento. Ha sido una indiscreción. Impropio. Es algo entre la persona que me contrata y yo.

Pero Edward no la escuchaba.

— ¿Cómo has dicho que se llama ese… niño? —preguntó, acercándose a ella.

Bella Swan parpadeó como lo haría un búho, pero no se iba a dejar intimidar.

—Edward —repitió, tal y como él había creído oír.

—No.

—Sí.

—No —insistió—. Su nombre es Emmet.

—No —repitió ella con la misma firmeza—. No es Emmet.

De su bolso sacó un contrato que le mostró.

—Véalo usted mismo. Aquí lo dice. Se llama Edward. ¡Puede que me haya equivocado de casa, pero no de niño!

Desde el punto de vista de su padre, no. Así que su padre no se había quedado precisamente atónito al verle besar a Mary Poppins, sino que se debía haber pasado un buen rato a su costa… y con toda la razón.

Su falta de respeto por las conveniencias sociales, la forma en que había besado a una extraña sin más ni más sólo habría servido para reforzar su idea de que había hecho lo correcto.

¡El viejo había contratado a una niñera para que le enderezara! Y en lugar correr a rescatarla, estaría muerto de risa junto a la piscina.

Edward apretó los dientes. El dolor de cabeza era ya salvaje, así que la apoyó en el respaldo y cerró los ojos.

«Te enderezaré aunque sea lo último que haga», habían sido las palabras de su padre. Qué burla. Qué humillación.

—Señor… eh… lo siento, perdón no sé su nombre… —le interrumpió la voz de la niñera—, pero debería dejarme marchar. Tengo que encontrar la casa. Tengo que…

Edward abrió los ojos y la miró fijamente. Ella parpadeó otra vez, pero no bajó la mirada. ¿Hasta qué punto sería firme aquella mujer? No podía saberlo, pero sí podía apostar, y estaba dispuesto a apostarse lo que fuera a que era capaz de hacerla salir corriendo de allí en menos de veinticuatro horas.

Edward sonrió de medio lado. ¿Se habría pensado el viejo que iba a rendirse sin más ni más? Porque, si era así, había subestimado enormemente a su primogénito.

—No se ha equivocado de casa —le dijo.

—Pero antes me ha dicho que… —miró a su alrededor sin comprender—. ¿Dónde… dónde está Edward?

Él sonrió, pero con una afilada dureza.

—Yo soy Edward.

La niñera se quedó con la boca abierta.

—Bienvenida a su nuevo trabajo, señorita Swan. Al parecer, mi padre la ha contratado para que se ocupe usted de mí.

Evidentemente estaba loco, pero era el loco más atractivo que había visto en su vida. Tenía los ojos de un color verde oscuro y el pelo de un extraño color cobrizo, la cara delgada con los pómulos marcados y un hoyuelo que se le marcaba justo a un lado de la boca con aquella sonrisa tan particular. Y besaba como…

¡No tenía por qué pensar en cómo besaba! ¡Nunca la habían besado así en toda su vida! Cualquier otra mujer con menos auto control… bueno, muchas otras mujeres, habrían caído rendidas a sus pies. Pero Bella Swan estaba hecha de un material mucho más consistente.

Tenía un trabajo que realizar, una reputación que proteger, un anuncio en una revista ante el que responder, y un par de encantadoras e inocentes tías a las que mantener.

Y a pesar del hecho de que el corazón todavía le palpitaba en la garganta, de que la cabeza no había dejado de darle vueltas y de que los labios aún le temblaban, tenía que encontrarse con Carlisle Cullen. Y tenía que hacerlo pronto.

¿Pero cómo, si aquel quienquiera que fuese seguía sentado de guardia junto a la puerta?

—Mire, señor…

—Cullen —ofreció él, solícito, y sonrió. Igual que había hecho antes. Era una sonrisa que no pretendía suavizar la situación, y que ni siquiera pretendía ser atractiva, pero desgraciadamente lo era.

El hoyuelo apareció de nuevo y Bella deseó tocarlo. Tocarle. Otra vez.

—Señor Cullen, no sé por qué estará usted haciendo esto, pero…

—Sería mejor que te preguntases por qué lo hace mi padre.

— ¿Su padre?

—El famoso Carlisle Cullen. Ya sabes: mayor que yo, con bigote… —repitió su descripción—. El hombre que la contrató.

—Para ocuparse de su niño.

—Para ocuparse de Edward —corroboró él, señalándose el pecho—. De mí.

— ¡Pero eso es ridículo!

—Ni que lo digas —contestó, y su sonrisa se deslució por completo—. Maldita sea… —dijo entre dientes, frotándose la frente.

Bella frunció el ceño. Quizás no estuviese loco del todo. Quizás hubiese sufrido una conmoción, un golpe en la cabeza que le hiciese pensar que era otra persona. Desde luego parecía haber mantenido una batalla con algo formidable, y haberla perdido: llevaba la pierna izquierda escayolada, un brazo pegado al cuerpo como si se protegiera las costillas, tenía una cicatriz reciente en la mandíbula y restos de una quemadura bajo el ojo izquierdo y en la sien.

— ¿Se encuentra bien? —le preguntó.

— ¿Lo estarías tú?

La debilidad de su tono la sobresaltó. Evidentemente él no hablaba de su condición física, y le preocupaba que pudiera estar diciendo la verdad. Bella tragó saliva e intentó no pensar en ello.

Carlisle Cullen la había contratado para ser la niñera de su hijo. ¡De su niño! Sabía que tenía un niño pequeño. Había visto una foto de él en la librería del despacho de Carlisle.

— ¿Es este Edward? —le había preguntado.

Él había tomado la fotografía con una sonrisa de papá y había contestado:

—Es mi hijo.

Pero en realidad no había dicho «es mi hijo Edward ». ¿Y aquel hombre endiabladamente atractivo sentado frente a ella era…?

— ¿Tú eres Edward? —Preguntó con un hilo de voz—. No me estarás tomando el pelo, ¿verdad?

Él la miró a los ojos y negó lentamente con la cabeza.

—No te estoy tomando el pelo.

Fuera, en la distancia, podía oírse las risas de las mujeres, el motor de un avión, el canto de un pájaro.

—Pero… no tiene sentido. Es decir: ¿por qué iba él a…? Tú no eres… Tengo entendido que tiene un hijo de cuatro años. ¡Él me enseñó la fotografía de un niño de cuatro años! —se quejó.

—Y lo tiene. Es medio hermano mío. Emmet.

—Entonces, es evidente que se trata de un error.

—No es un error.

—Pero…

—Es su forma de demostrar algo. Mi padre piensa que estoy malgastando mi vida. Que no me tomo las cosas lo bastante en serio, y que no he aceptado mis responsabilidades como heredero de su maldito imperio, por lo que estoy faltando a mis deberes como primogénito.

Su tono iba siendo más y más amargo a medida que hablaba. Sus ojos oscuros lanzaron un destello y Bella sintió deseos de encogerse, pero no lo hizo porque, como niñera, sabía que el menor resquicio en su armadura podía hacerle mucho daño.

«No dejes que te intimide» se recordó como regla cardinal a la hora de tratar con uno de sus alumnos.

¿Uno de sus alumnos? No estaría pensando que iba a ser la niñera de aquel hombre, ¿verdad?

Era todo una broma. En cualquier momento Carlisle Cullen entraría por la puerta, lo aclararía todo y los tres se reirían de ello, aunque su hijo lo hiciera con un tinte de amargura, y después, empezaría con su verdadero trabajo como niñera de Emmet.

Porque necesitaba desesperadamente aquel trabajo. Tía Rosalie y tía Alice se quedarían en la calle si ella no mantenía aquel trabajo. La llamada de Carlisle Cullen había sido un regalo del cielo.

—He leído su anuncio en una revista de mi esposa —le había dicho—. ¿Es verdad que puede usted hacer de un demonio un verdadero angelito?

Bella había recordado el artículo que había aparecido sobre ella en una revista de padres, en el que la ponían poco menos que como una heroína.

—El autor exageraba un poco —se permitió con una sonrisa—. Es que fui niñera de su sobrino durante dos años.

— ¿Y era un chico difícil?

—Desde luego.

—Mi hijo también lo es.

Su hijo de cuatro años, había pensado ella. Qué tonta.

Ahora se explicaba el dinero extra que le había ofrecido al hablar con él en su despacho. Había hecho hincapié en la testarudez de su hijo, su dificultad para seguir la línea marcada y su rebelión constante ante la autoridad paterna.

—Yo creía que iba a ser capaz de manejarle —había reconocido—, pero ya no estoy tan seguro. Pero si usted consigue hacer carrera de él en seis meses, es decir, si «dura» usted seis meses, le daré cien mil dólares extra.

Bella lo había mirado boquiabierta y él, apoyando los codos en la mesa y mirándola por encima de los dedos entrelazados, había añadido:

—Y si se marcha antes de los seis meses, me deberá diez.

— ¿Diez?

—Diez mil dólares.

Para él cantidades como ésa debían ser comidas para pollos, pero para ella y en las circunstancias de su familia, era más de lo que podía prometer.

Pero no tendría que dárselos si no se marchaba. Y no iba a hacerlo. ¡No podía hacerlo!

—De acuerdo —había aceptado.

—Supongo que estaba de broma —le dijo al extraño que la observaba como si todos aquellos pensamientos estuviesen escritos en su frente.

Despacio, muy despacio, Edward negó con la cabeza.

—No.

—Pero…

—Te ha contratado para que me reformes.

—Yo no puedo…

— ¡Por supuesto que no puedes! —la interrumpió—. Así que vete ahora mismo a la casa y dile que el chiste va a ser a su costa.

— ¿Qué quieres decir?

—Pues que tienes que decirle que no vas a seguirle el juego. Que te pague lo que te pague, no es suficiente. Que no hay forma alguna de que pueda convencerte para que te quedes.

Pero es que sí la había. Aquel enorme caserón blanco de sus tías, su orgullo y su alegría, la herencia de su padre, era como un pozo sin fondo con el dinero. Y no podían renunciar a ella.

— ¿Y adonde iríamos, querida? —resonó la voz frágil de tía Rose en sus oídos—. Siempre hemos vivido aquí.

—No puedes llevar a Rose a una de esas casas modernas —solía decir tía Alice—. Se moriría.

Y seguramente era cierto. Tía Rose padecía del corazón, y tampoco le haría ningún bien saber que tía Alice había intentado sacarles de la ruina apostando a los caballos.

La verdad es que tener que dejar aquella casa las mataría a ambas. Y no tendrían que dejarla… incluso podrían pagar la deuda de juego y remozar toda la casa, si ella se las arreglaba para mantener aquel trabajo y percibir el dinero extra prometido por Carlisle.

—No —contestó—. No puedo hacerlo.

Edward Cullen frunció el ceño.

— ¿Por qué no?

—Porque necesito el trabajo.

— ¿Qué te ha ofrecido?

— ¿Cómo?

—Es evidente que debe haberte ofrecido un buen pellizco —se impacientó—. Bien. Yo te daré más por marcharte.

Era una oferta tentadora. Muy tentadora, y hubiera querido aceptarla pero, al mismo tiempo…

—No puedo —dijo al fin.

— ¿Cómo que no puedes?

—Mi reputación está en juego —contestó, entrelazando de nuevo las manos.

— ¿Qué? —bramó.

—Tengo una reputación profesional, como ya te he dicho antes —sintió que las mejillas le ardían—. No la clase de reputación que tú te has imaginado, pero es algo importante para mí.

Él apretó los dientes y ambos se desafiaron con las miradas.

Bella sintió que el pulso se le aceleraba; se sentía como un caballo de carreras enfilando la recta de meta.

—Lo único que tienes que hacer es reformarte —le recordó.

—Y una mierda. ¡Jamás me arrodillaré ante sus amenazas!

—Sí, bueno… —inspiró profundamente y se encogió de hombros—. Puede que no puedas hacerlo.

El pulso le latió a él en la sien, y se pasó una mano por el pelo.

— ¿Me estás diciendo que piensas quedarte, señorita Swan?

«Dile que no», se dijo. «Márchate ahora mismo. ¡Al infierno con tu reputación, tus tías, los cien mil dólares y su forma de besar! ¿Dónde está tu sentido común?»

Pues no tenía ni idea. Lo único que sí sabía era que algo había ocurrido al besarla Edward Cullen. No era la primera vez que la besaban, por supuesto; incluso había estado a punto de casarse, pero cuando Mike la besaba sólo sentía algo agradable y cálido que desaparecía en cuestión de segundos.

Pero en aquel momento, aún sentía la huella de los labios de Edward en los suyos. Su sabor era parte de ella, y en el fondo, había sentido que algo dormido en su interior se despertaba; algo desconocido, pero que ansiaba conocer.

La cordura, a pesar de la reputación, de sus tías y del dinero le empujaba a decir que no. Era una locura acceder a ser la niñera de un adulto por cualquier razón o por cualquier cantidad de dinero.

Bella era práctica, Bella era sensata, Bella tenía los pies en el suelo.

—La gente que tiene los pies en el suelo nunca ha volado —solía decir su tío Jasper, con un brillo especial en los ojos.

Inspiró profundamente y dijo:

—Sí. Me quedo.