Me dejas sin palabras, cuando hablas conmigo; me dejas sin respirar, por la manera en que me miras...
II
Claveles
No importaba el poco tiempo que había pasado junto a él, se sentía totalmente preparada para cruzar el cielo y superar sus miedos, se sentía preparada para ser sólo suya.
Se encontraron en el parque, eran las seis de la tarde. El viento le arremolinaba los cabellos y el rocío le pegaba contra la espalda, esperaba pacientemente a su príncipe azul personal.
Él llego a las seis con quince, le sonrió y le entregó un ramo de claveles, sus favoritos y le dio un dulce beso en la mejilla, ella se sonrojó profundamente y sintió las piernas estremecer por lo próximo que iba a decir.
—Estoy lista —murmuró suavemente, el rubor se intensificó. Al principio, Billy no entendió sus palabras, pero al notar su cabeza gacha y su sonrojo se percató de lo que le estaba diciendo.
—No es necesario que lo hagas, Jenny. Yo entendería si no lo quisieras ha… —comenzó a balbucear tontamente, hasta que sintió unos suaves labios presionar contra los suyos, jadeó de sorpresa y la lengua de su novia entró en su boca, entrelazándose a la suya. Estuvieron minutos besándose, hasta que el aire les faltó.
—Quiero hacerlo.
* * *
No hubo dolor, no sintió nada, mas que placer; no era virgen, eso le sorprendió, pero enseguida supo que no pudo haber dejado de serlo con otra persona que no fuera Billy.
Él fue muy dulce, fue delicado y en cada segundo le repetía lo mucho que la amaba. Los besos fueron suaves, cómo si ella fuera la cosa más frágil del mundo…y le encantó.
—Te amo, no sabes cuanto —murmuró él contra su pecho, al terminar.
—Yo te amo mucho más —respondió Jenny, sonriendo.
—Nos amamos en igual medida —dijo, dándole un beso en la mejilla.
—En igual medida —replicó.
* * *
Jenny yacía dormida en sus brazos, con una sonrisa tatuada en su rostro, y él la contemplaba dormir como el tonto enamorado que era. ¿Quién diría que él sería capaz de dar la vida por alguien? Ese alguien era Jenny.
Los claveles estaban en la mesilla de noche, alumbrados por la tenue luz que entraba por la ventana. Claveles, ¿quién diría que él le daría claveles a una chica? Esa chica era Jenny.
—Yo te amo mucho más, cielo —le murmuró en el oído, sonrojado hasta las orejas y con una sonrisa en los labios.
El viento sopló y entró por la ventana, un clavel voló y se posó en el pecho de Jenny; «Se ve opacado en comparación a su belleza» pensó entonces, cerrando los ojos, dispuesto a dormir junto a su novia.
