Como dice el encabezado es un historia adaptada la historia no es mía los créditos son de una amiga que me ha dado el permiso para adaptarla, le doy clasificación M porque a pesar de no contar con contenido referente a drogas, violencia y malas palabras el contenido sexual si lo considero adecuado a esta clasificación, dicho eso disfruten la lectura ^.^

CAPITULO 2

—Phil, ¿te importa que me vaya ya? —se obligó a preguntar Letty—. Tengo que hacer una cosa.

No había tiempo que perder. Habían tenido tres clientes en toda la tarde. Seguramente debido a que aunque al final no había llovido, seguía habiendo nubarrones. Podría haberse ido hacía horas y seguro que a Phil no le habría importado.

Sabes perfectamente que no te puedo negar nada —contestó Phil sonriendo—. Tus deseos son órdenes para mí.

Estupendo. Eso quiere decir que me subes el sueldo, ¿no? —bromeó Letty, batiendo las pestañas de manera exagerada y cómica.

Su jefe solo salía con chicas de piernas interminables y cabezas huecas, y ella no cumplía ninguno de los dos requisitos.

En cuanto accedas a salir conmigo, te subo el sueldo. Eso está hecho —contestó Phil, siguiéndole la broma.

Ya, claro… —se rio Letty—. Si quieres, mañana recupero las horas de hoy. Es que hoy ha sido mi último día de socorrista —le explicó, resuelta a ir directamente al grano.

No sabía cuánto tiempo iban a aguantar los nubarrones sin descargar, ni cuánto tiempo se iba a mantener su resolución. Phil miró el reloj mientras metía los vasos sucios en el lavaplatos.

No hace falta que recuperes nada, Letty —le dijo—. Trabajas más que de sobra.

Phil era un ligón empedernido, pero era el mejor jefe del mundo.

Gracias, Phil —contestó Letty, quitándose el delantal y las horquillas del pelo.

Una cosa antes de que te vayas… Luke me ha dicho que esta tarde has rescatado a tu primer náufrago, y que lo has hecho muy bien. Enhorabuena

.—Gracias —contestó Letty algo avergonzada—, pero me temo que el trabajo no está terminado todavía. El tipo se ha ido a toda velocidad y no nos ha dado tiempo de hacer los exámenes que se suelen hacer —añadió,

pensando en el incidente al que llevaba toda la tarde dándole vueltas en la cabeza.

Si se ha ido sin dejar que se los hicieras, es su problema, no el tuyo—contestó Phil, dejando el trapo en el borde del fregadero.

En teoría, sí —asintió Letty, que llevaba toda la tarde intentando convencerse precisamente de aquello—, pero creo que tendría quehaberme cerciorado de que realmente estaba bien antes de dejar que se fuera.

¿Y si se le había metido agua en los pulmones? ¿Y si tenía un traumatismo craneoencefálico? En aquellos

momentos, podría estar inconsciente en el suelo de su mansión. Letty nunca se lo perdonaría. Lo cierto era que lo había sacado del mar y se sentía responsable de él, lo cual debía de ser una tontería, sí, era cierto, pero era lo que había. Letty sabía que hasta que no supiera que estaba bien, no iba a poder dormir aquella noche.

Ya no puedes hacer nada —comentó Phil.

Sí, claro que puedo —objetó Letty saliendo de la barra —. voy a pasar por su casa —declaró.

Hacía ya más de una hora que la marea habría hecho impracticable el sendero del acantilado, pero en veinte minutos en bicicleta estaría en su casa. Letty se acercó a la puerta y se puso el chubasquero.

¿Tú crees que le va a gustar que te pases por su casa para ver qué tal está? —le preguntó Phil.

No, yo creo que no le va a gustar nada —contestó Letty —, pero que se fastidie, que no se hubiera ahogado en mi turno…

Letty entró pedaleando una hora después por la verja de Trewan Manor.

¿Pero estaba loca o qué? Seguro que el protagonista de sus deseos se encontraba perfectamente y le cerraría la puerta en las narices, y ella volvería a casa con la tormenta que estaba a punto de desencadenarse le podía costar la vida a ella. Subir hasta la mansión del desconocido había sido una pesadilla. La subida embarrada habría sido más que suficiente por sí sola, pero para colmo, se le había salido la cadena de la bicicleta dos veces y estaba agotada. Mientras desmontaba y avanzaba hacia la casa, sintió cómo le resbalaban las gotas de lluvia por dentro del cuello del chubasquero. Letty miró hacia el cielo, que estaba negro, y rezó para que la tormenta aguantara todavía una media hora más. No tenía luces en la bicicleta, así que volver a su casa en aquellas condiciones iba a resultar un suicidio. Letty maldijo su inconsciencia y su naturaleza compasiva. Llegó a la puerta de la mansión y se quedó con la boca abierta. El edificio de torres de piedra se alzaba sobre ella, y ahora se le antojaba que se parecía más al castillo de Drácula que a la casa de

Cumbres Borrascosas. La construcción resultaba más imponente desde cerca. Letty dejó la bicicleta apoyada y subió los tres escalones que la separaban de una gran puerta de roble macizo, sintiéndose como Dorothy a punto de entrar en la casa de la bruja.

Buscó infructuosamente el timbre, y al final, llamó con la pesada aldaba, cuyo sonido reverberó en la tarde noche. Esperó cinco minutos y no obtuvo respuesta, así que insistió. Nada, Letty dio un paso atrás y se dijo que allí acababa su misión, pero entonces, se imaginó al desconocido tendido en el suelo de la entrada, con el traje de neopreno todavía puesto, y se dijo que debía insistir, así que se arrodilló y decidió echar un vistazo a través del buzón que había en mitad de la puerta. No había ido hasta allí para nada. La trampilla del buzón se movió con facilidad, y pudo ver una sombra que atravesaba el vestíbulo, y de repente se hizo la luz. En un abrir y cerrar de ojos, la puerta se había abierto y Letty había caído hacia delante.

¿Qué demonios…? —gritó una voz malhumorada mientras Letty caía sobre alguien. Alguien que olía a pino y a sal.

No estás muerto… —acertó a balbucir.

¡Vaya, la socorrista…! —murmuró el desconocido, enarcando las cejas—. No, no estoy muerto. Todavía no. ¿Qué haces aquí aparte de espiarme?

No te estaba… —comenzó a defenderse Letty , pero se calló al ver cómo iba vestido.

El desconocido solo llevaba un albornoz . Lo debía de haber pillado duchándose. El albornoz se le había abierto por un lado, dejando al descubierto un pectoral estupendo… Sobre el que ella había aterrizado. Letty tragó saliva.

He venido a ver si estabas bien.

¿Y por qué no iba a estarlo? —contestó el desconocido frunciendo el ceño y colocándose bien el albornoz, privando a Letty de la estupenda vista.

Porque no… —dijo Letty tragando saliva—. Porque no nos has dejado examinarte apropiadamente. Después de un accidente como el que has sufrido esta tarde, deberías haber ido al hospital.

¿De verdad?

Sí, de verdad —contestó Letty , a pesar de que se estaba poniendo nerviosa por cómo la estaba mirando. De repente sintió vergüenza, pues llevaba los pantalones manchados de barro, el pelo pegado a la cara, y un chubasquero que no le favorecía en absoluto.

¿Alguien te ha nombrado mi ángel de la guarda y yo no me he enterado? —le preguntó el dueño de los penetrantes ojos cafés que la estaban taladrando.

Yo… —murmuró Letty sonrojándose sin remedio. «Pero bueno, este hombre es insoportable», pensó de repente.

Espero que no, sinceramente… —contestó con sarcasmo.

No se lo deseo ni a mi peor enemigo —añadió, decidiendo que aunque aquel hombre tenía el cuerpo de un dios griego, su arrogancia era equiparable.

Bueno, como veo que no estás muerto, me voy y te dejo a solas contigo mismo, que parece que te encanta… —concluyó dándose la vuelta, y bajando los tres escalones ignorando los truenos.

Quería irse de allí cuanto antes. No tendría que haber ido nunca. Aquel hombre no necesitaba su ayuda, y ella desde luego, no necesitaba la de un arrogante semejante.

Letty avanzó por el camino llevando su bicicleta agarrada del manillar, y se juró a sí misma que aquella había sido la última vez que se dedicaba a arreglar la vida de los demás. En aquel momento, oyó un trueno y gruesas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre ella.

¡Vuelve aquí ahora mismo, loca! —le gritó el dios griego—. Te vas a ahogar.

Letty se indignó, se retiró el pelo de la cara y se giró hacia la casa. Al hacerlo, se fijó en las horrendas cicatrices que cubrían una de las piernas del hombre y sintió pena. «Ni se te ocurra sentir pena por él. Por sentir pena por él, mira dónde te has metido», se dijo.

Prefiero ahogarme que quedarme contigo —le espetó.

El desconocido se encogió de hombros y se volvió a meter en casa.

Muy bien, haz lo que quieras —le dijo cerrando de un portazo.

Letty había avanzado tres metros cuando el cielo se abrió y dejó escapar toda su furia, empapando en pocos segundos toda su ó dos más y se dió cuenta de que para colmo, se le había pinchado la rueda de atrás.

Dominic se negó a sentirse culpable, mientras apagaba la luz del vestíbulo y oía caer la lluvia con fuerza. Él no le había pedido que se presentara en su casa. Él no necesitaba su ayuda ni su mirada de compasión. A ver si una buena tormenta le enseñaba a aquella metomentodo, que no podía ir por ahí metiendo las narices donde no la llamaban. Sin embargo, mientras avanzaba por el pasillo, recordó sus ojos negros azabache y se sintió culpable. Dominic se paró y se apoyó en una pared. Mientras clavaba la mirada en el suelo, maldijo en voz alta y se dió cuenta de que se había vuelto una persona insoportable, exactamente igual que su abuelo. Una cosa era sentir lástima de sí mismo, y otra muy diferente tratar mal a los demás, como le había hecho su abuelo cuando había llegado él a aquella casa años atrás. Dominic negó con la cabeza y miró hacia la puerta. Estaba diluviando. ¡Maldición! Ninguna de las mujeres con las que había estado, desde Clara Biggs, con la que se había acostado al día siguiente de cumplir dieciséis años, hasta Marta, con la que se había acostado la misma mañana del fatídico accidente, lo habría reconocido si hubiera oído cómo acababa de tratar a aquella chica. Lo cierto era que ni él mismo se reconocía. Antes le encantaba estar con mujeres. De hecho, había habido un tiempo en el que las había adorado, en el que le había gustado todo de ellas, su gracia al moverse, sus charlas, su pasión por asuntos superfluos como la moda y los cosméticos… Incluso le gustaban sus repentinos cambios de humor y las interminables horas que se pasaban en el baño. Le gustaba pasar tiempo con mujeres no solo por una cuestión de sexo, sino porque le fascinaban. Bueno, pues ahora ya no le fascinaban ni quería pasar tiempo con ellas. ¿Y qué? Pero ésa no era excusa para tratar a aquella chica como lo había hecho. Aunque fuera una metomentodo, había visto en sus ojos verdadera preocupación. Claro que a aquellas alturas, ya habría pasado a odiarlo… Ya no era el hombre encantador y seductor que había sido, pero por lo menos, podía ofrecerle pasar la tormenta bajo techo. Podría aguantar su compañía durante media hora y mostrarse civilizado con ella. Al fin y al cabo, lo había sacado del agua aquella tarde, ¿no? Ahora le tocaba a él devolverle el favor. Iba ya hacia la puerta cuando oyó que estaban llamando.

Estaba encantadora, mojada y temblorosa como ``Annie la huerfanita´´.

Le castañeteaban los dientes y le caía agua por la ropa empapada. Estaba tan empapada que estaba formando un charco.