¡Hola!
Gracias a Mery Vedder, Ariadna Simonds, anyablack, AnnaGreen y Julietaa por los reviews del prólogo.
Capítulo primero: Vidas que empiezan y vidas que terminan
Llevas una estrella en tu vientre,
llevas una vida que late.
Un posible ingeniero, rockero o escritor;
quizá bohemio, quizá un señor.
Quizá compositor, poeta medio loco o soñador...
Quizá una idea, quizá una solución.
Ricardo Arjona-Llevas una estrella en tu vientre
Seis años después
Vale, Minnie. No es tan malo. Sólo… sólo…
Sólo está embarazada.
Y serás madre soltera, agrega una voz burlona en su cabeza. Dominique suelta un gruñido amenazador y la obliga a callarse.
Lo peor de todo es que es cierto. Es una completa imbécil. ¿En qué diablos estaba pensando aquella noche? Desde luego, en coger un condón probablemente no; y Frank, con el calentón, obviamente tampoco. A Minnie le hace cierta gracia pensar que su hijo (o hija) será parte del baby boom producido después de que, tras tantas temporadas que nadie salvo su tío Ron recuerda cuándo fue la última vez, los Chudley Cannons hayan pasado de octavos en la Liga.
Pero no le hace tanta gracia la parte de enfrentarse a la posibilidad de tener que criar un niño ella sola. Vale que tiene sus bien cumplidos veintisiete años y su trabajo en la tienda del tío George le ha permitido ahorrar para conseguir independizarse y vivir en el piso en el que está ahora intentando no llorar (porque Minnie es de las que piensa que llorando no se soluciona nada), pero… ¿un bebé? ¿Ella? Dominique Weasley, la misma persona que estrenó su mayoría de edad caminando sobre las almenas de la Torre de Astronomía, que se hubiera matado de no ser por el padre de la criatura. La misma a la que el puñetero padre de la criatura ha dejado después de un enorme malentendido que ella no sabe cómo ni dónde empezar a explicarle… ¿madre?
Minnie piensa en lo que ocurrió la tarde que Frank rompió con ella. Lo cierto es que, si medita sobre ello detenidamente, visto desde una perspectiva neutral, al joven no le faltan motivos para desconfiar. Pero él debería confiar en ella, ése es el problema. Y tendría que, si no perdonarle lo que quiera que haya podido ofenderle (porque Dominique tiene muy claro que ella no ha hecho nada indebido), al menos escucharla y no hacer oídos sordos a sus explicaciones con un mordaz: "Vete a tirarte otra vez a Forward, si sabes que lo estás deseando".
Con un suspiro, Dominique decide que debe decírselo a Frank. Después de todo, por mucho que desconfíe de ella, la deteste y la odie, el bebé que Minnie está esperando (porque el aborto, definitivamente y para que quede bien claro, no entra en sus planes; a Dominique le gustan los niños y siempre ha querido ser madre, y no le importa serlo sin la compañía de un hombre a su lado para cuidar a su hijo-o su hija) es tan de Frank como de ella… así que no tendría por qué haber ningún problema. El joven puede ser muchas cosas (imbécil, torpe, cabezota), pero la irresponsabilidad no está entre sus defectos.
De modo que Dominique se desaparece hasta San Mungo. Se materializa en la recepción del hospital de magos de Londres y echa a andar hacia las escaleras, que deja de subir cuando llega a la cuarta planta. Sabe que Frank pasa mucho tiempo ahí, sobre todo por sus abuelos.
Y, efectivamente, lo ve, con una larga bata blanca, saliendo de la habitación en la que Frank y Alice Longbottom llevan muchos años recluidos, sin haber sido conscientes del paso del tiempo, sin reconocer a su hijo o a su nieto. En cuanto la ve, el joven entorna los ojos con rabia.
Eso no puedes reprochárselo, comenta la voz de su cabeza. Minnie le gruñe para que se calle de nuevo. Está empezando a odiarla.
-¿Qué haces aquí?-pregunta Frank con cierta brusquedad, cruzándose de brazos y sin abandonar su postura claramente hostil.
-Tengo que hablar contigo-responde Dominique, segura. Seguridad que se desmorona cuando en los ojos castaños de Frank no descubre más que rabia y desprecio hacia ella-. Verás, esta mañana…-empieza, sin saber cómo seguir. Victoire nunca le ha explicado cómo informó ella de la noticia a Teddy, ni Molly tampoco se lo ha dicho (porque ella y Phil llevaban tiempo buscando a su hijo), mucho menos Julia, por lo que no tiene ni idea de qué se supone que tiene que decir-. Pues… resulta que… esto es… como que… estaba yo… y resulta… me he dado cuenta de… la otra noche…
-Ah-la corta Frank, comprendiendo-. Vale. Sigues queriendo justificar lo que no tiene justificación-se da la vuelta y echa a andar alejándose de ella.
-¡Frank, haz el favor de escucharme!-exclama Dominique, exasperada, harta de que no quiera oír sus explicaciones. Merlín, Frank se lo ha tomado todo a la tremenda. El joven se da la vuelta-. No me tiré a Will, quieras verlo o no… y no es eso lo que tengo que decirte. Imbécil-sí, insultar gratuitamente siempre la alivia a una.
Frank pone los ojos en blanco, vuelve sobre sus pasos y se acerca de nuevo a Dominique, que trata de contener la risa cuando lo ve tropezar con sus propios pies y estar a punto de caerse, y de componer una expresión seria cuando el joven la mira.
-Ilumíname-dice, intentando ignorar la forma tan estúpida que ha tenido de perder el equilibrio y la dignidad.
-Estoy embarazada-anuncia Minnie.
No sabe exactamente qué esperaba. Quizá que Frank se sorprendiese. Quizá que se asustara, quizá que rememorase aquella noche en la que a ninguno le apeteció pensar en las posibles consecuencias de sus actos. Puede que incluso que se desmayara. O a lo mejor que se alegrara.
Lo que Dominique no esperaba, de ningún modo, es la reacción de su ex novio:
-¿Y a mí, qué?
Minnie parpadea, sorprendida.
-¿Cómo que "¿Y a mí, qué?"? ¡Te acabo de decir que estoy embarazada! ¡Eso implica que voy a tener un hijo, un bebé! ¡Un crío que también es tuyo! ¿Es que no eres capaz de pensar algo que tenga un mínimo de complejidad?
-¿Y tú pretendes que me crea que ese niño, en caso de ser real, es mío?-replica Frank.
Dominique aprieta los puños, comprendiendo amargamente por dónde van los tiros.
-No puede ser de nadie más, imbécil.
-Claro. Me parece que te olvidas de tu amigo Forward, Minnie-dice Frank con un tono curiosamente dulce y a la vez amargo.
-¡No pasó nada!-protesta ella-. ¡Tropecé y me caí encima de él! ¡Punto! ¡Sólo es un amigo!
-Sí, claro, y tu camiseta había volado por el viento producido a causa de tu caída-replica Frank con ironía. Dominique se muerde el labio para no decirle que William entró sin permiso a su habitación, y fue la reacción exagerada de ella la que hizo que ambos acabaran en la incómoda situación en que los encontró su ahora ex novio. Ya ha comprobado que no sirve-. En serio, Dominique, soy muchas cosas, pero no idiota.
-Pues lo disimulas de maravilla-suelta ella con rabia-. Si no quieres al niño, sólo tienes que decirlo, que a mí no me cuesta nada cruzarte la cara. Pero no tienes que montarte toda esa película, imbécil. Así que deja de tratarme como si me hubiera tirado a todos los tíos del mundo, porque para empezar eso ni siquiera es cierto. Y para terminar… no es tan mala idea, ¿sabes? Quizá incluso encontrase a alguien que me escuchara más que tú.
Dicho esto, se da la vuelta y echa a andar resueltamente para salir del hospital. Escucha unos titubeantes pasos tras ella, que se acercan, pero la joven no se vuelve, al contrario; acelera el ritmo para evitar que Frank la alcance y pueda decirle algo. Lo que menos quiere es que él se disculpe, necesita estar enfadada para no pensar en lo que se le viene encima, y en que probablemente estará sola para afrontarlo.
Porque, por mucho que diga Frank, la única posibilidad de que ese bebé no sea hijo suyo es la tesis del Espíritu Santo ése en el que creen algunos muggles.
Unos días después de que Dominique haya descubierto su embarazo, pese a que ellos no tienen la menor idea (ni interés por averiguarlo, tampoco) del suceso, ocurre algo que trastoca las vidas de todos los Nott, desde el primero hasta la última.
Phil no está en la casa. Está en Belfast, cuidando de su flamante (adecuado adjetivo, teniendo en cuenta que se parece a inflamable, porque Theodore está convencido de que ser tan pelirrojo no puede ser saludable) esposa y su hijo de sólo ocho meses, el pequeño Alexander Nott. Afortunadamente para el abuelo de la criatura, su primer nieto no tiene ni un solo mechón rojizo; lo único que ha heredado de su madre es, aparte de una impaciencia que ya se hace patente a pesar de su corta edad, unos ojos almendrados, tan azules como el cielo.
Dan (mudo y una réplica ya-no-tan-en-miniatura de Theodore, salvo por los ojos grises de su madre) ha pedido un día libre en el Cuartel de Aurores para terminar de preparar las maletas. En apenas tres días, él y Roxanne Weasley se irán a vivir juntos. Algo que, pese a que les alegra que su hijo sea feliz, entristece a Theodore y Daphne; van a echar de menos sus silencios y sus calladas pero no por ello menos agudas réplicas. A él también le apena tener que volar del nido, porque eso significa que verá mucho menos a sus hermanos menores, pero generalmente basta que Roxanne y el abanico de posibilidades que una casa para ellos solos, sin tener que preocuparse por si llega alguien y los encuentra en una situación incómoda, se cuelen en su mente para que se le pase.
Nicky ha salido. Con Hugo Weasley. Ella todavía no tiene intención de irse a la casa de sus padres, al menos hasta que consiga un trabajo estable. De momento, sus prácticas en el laboratorio van mejor de lo esperado, y puede que le ofrezcan un contrato fijo. Además, la joven tiene una fuente de ingresos adicional, la que le da escribir artículos para una revista muggle especializada en fotografía. Se podría decir que, salvo las veces en que se deprime por no ser capaz de transformar un alfiler en una cerilla, se las ingenia bastante bien viviendo entre dos mundos.
En cuanto a los más pequeños de la casa, Tony y Lizzie… bueno, sus padres están algo preocupados por ellos. Porque Tony se pasa el día suspirando y, cuando le preguntan, muestra aún más acidez de la acostumbrada al responder, y luego va a San Mungo él solo aunque no le duela nada. Y cuando vuelve varias horas después, tiene una pequeña sonrisa en los labios, aunque sus ojos dejan ver que no está del todo feliz.
Lizzie es otro mundo. Ella se pasa la mitad del día en San Mungo haciendo las prácticas de Psicología Mágica, y la otra mitad encerrada en su cuarto y dibujando. Siempre ha mostrado un talento especial para ello. Sin embargo, a Theodore le preocupa lo que ve en las obras de su hija. Porque, si bien antes Lisbeth disfrutaba plasmando con sus propias manos todo tipo de flores, y a veces incluso fotografías que hace Nicole y le gustan mucho, ahora el color predominante de sus dibujos es el negro. Árboles secos y retorcidos, cuervos con tres ojos sobrevolando un abismo al fondo del cual sólo hay nada, lobos aullando en una noche sin luna.
Tanto Theodore como Daphne han intentado averiguar qué le ocurre para que su alma, reflejada en sus dibujos, se haya oscurecido, sin éxito alguno. Ella alega que simplemente le vienen a la cabeza esos motivos.
Theodore sube a la habitación de su segundo hijo, por si necesita algo. Lo encuentra dando vueltas en mitad del dormitorio, como si hubiera algo que se le ha olvidado y no se acordase. El joven lo observa durante unos segundos.
-Papá, ¿sabes dónde está la pulsera de hilo marrón?-pregunta en el lenguaje de signos, dando una vuelta más sobre sí mismo.
-No. Dan, ¿por qué no la tiras? Está muy vieja-su hijo simplemente niega con la cabeza-. Como quieras. ¿Te falta recoger algo más?
Dan mira alrededor, y luego niega con la cabeza de nuevo. Justo en ese momento, ambos escuchan unos pasos apresurados subiendo la escalera. Unos siete segundos más tarde, Daphne Nott entra en la habitación. Lleva una carta en las manos y parece muy afectada por algo.
-¿Qué ocurre?-pregunta Theodore con preocupación.
-Acabo de recibir esto-explica ella, mostrándole la carta-. Es de mi tío Boris. Dice que han encontrado a mi prima Noelia.
-¿Ah, sí?-inquiere Theo con interés. Hace varios días, Noelia Greengrass desapareció de su casa a las afueras de Oxford sin dejar rastro. Casi todos los Greengrass creen que abandonó a su marido con los niños en venganza cuando se descubrió su aventura con su secretaria. Y, para ser sinceros, Theodore también lo cree. Sólo esa mujer puede ser tan desequilibrada como para hacer semejante ridiculez-. ¿Y dónde estaba?
-Está muerta.
Dan se queda boquiabierto al escuchar la noticia. Theodore también. Con la diferencia de que él empieza rápidamente a elaborar distintas teorías sobre la muerte de Noelia Greengrass.
-¿Cómo ha muerto?-pregunta, con más curiosidad que lástima
-Utilizó la maldición asesina sobre sí misma-responde Daphne en voz baja-. O eso dicen-consulta la carta-. Es muy raro, porque… porque antes usó la cruciatus; suponen que con ella misma.
-¿Así que le iba el rollo masoquista?-inquiere Dan por gestos. Sus padres lo miran, y a Daphne le tiembla el labio inferior. Theodore sabe que su segundo hijo no lamenta especialmente la muerte de Noelia; la última vez que la vio fue cuando terminó Hogwarts-. Vale-gesticula, comprendiendo que acaba de meter la pata-. Me callo-y se cruza de brazos.
-No lo creo-dice Daphne-. Noelia era muy idiota, pero de ahí a autolesionarse hay un trecho… Además…-suspira-. Creo que hay algo más.
Theodore se encoge de hombros. Se acerca a ella y la abraza con fuerza.
-De todas formas, Daphne, eso es cosa de los aurores, no es asunto nuestro.
Harry todavía recuerda, como si hubiese sido ayer, la profecía que escuchó decir a Sybill Trelawney aquel seis de diciembre de hace seis años. Recuerda cómo su ex profesora de Adivinación y en la mayoría de las ocasiones mayor farsante de todo el castillo, superando incluso a Gilderoy Lockhart, predijo que alguien iniciaría una "purga", y cómo se derramaría sangre. Se pregunta quién, en el caso de ser cierta dicha profecía, sería el próximo Señor Tenebroso. Llega a la conclusión, como siempre, de que es mejor no pensar en ello.
Es entonces cuando un joven moreno y corpulento se acerca a él. Harry lo reconoce como Russell Finnigan, con los rasgos tan parecidos a los de su padre que duele mirarlo y recordar que Seamus ya no está ahí, pese a que ya hace varios años desde el día que intentar impedir la fuga de un preso de Azkaban le costó la vida. Harry deja de pensar en profecías y amigos perdidos y vuelve al presente, al Cuartel de Aurores.
-¿Qué ocurre?-pregunta, al percatarse de la expresión preocupada del joven.
-Han encontrado muerto a Terence Abbott-anuncia Russell.
Harry se queda boquiabierto, impactado. Desde luego, él ha visto muy pocas veces al padre de Hannah, pero le caía bien. Era un hombre serio, de ideas claras y gran corazón, que según Neville lo pasó muy mal cuando hace varios años, con sólo dieciocho, Noah Longbottom murió en un accidente de tráfico.
-¿Cómo ha muerto?-inquiere, haciendo unos cálculos para imaginarse su edad. Debería de tener unos noventa años, pocos teniendo en cuenta la longevidad y el lento envejecimiento del que gozan los magos.
-Avada kedavra-responde Russell simplemente.
-¿Lo mataron?-Harry no da crédito a sus oídos.
-No lo saben-responde el joven-. Mediante el Priori incantatem han descubierto que fue su propia varita la que lo asesinó, pero en el Departamento de Misterios la están analizando y tiene huellas de más gente. De todas formas, lleva muerto más de un día.
-Mm-Harry se queda pensativo. En ese momento llega Ron, con un enorme bocadillo de lomo en la mano. Su mejor amigo lo mira con curiosidad.
-¿Qué pasa?-pregunta con la boca llena.
-Han encontrado muerto al padre de Hannah-explica Harry. Ron deja de masticar-. Su propia varita lanzó la maldición, aunque puede que la empuñara otra persona.
Ron frunce el ceño.
-¿Pero quién querría matarlo? Mi padre siempre dice que ese hombre no ha hecho daño a nadie en su vida.
-¿Quién querría matar a Noelia Greengrass?-replica Harry-. Se parece bastante a lo que le han hecho a ella, ¿no?
-De eso se está encargando Teddy-comenta Ron-. Hace un rato me ha dicho que es imposible que sus padres o su marido hubieran podido hacerle algo, ya que hay multitud de pruebas que señalan que estaban en otro lugar cuando murió, y no hay huellas dactilares suyas en su varita.
-Podría ser un chalado-sugiere Russell, que ha seguido toda la conversación sin perder detalle-. De ésos hay en todos lados-agrega cuando lo miran.
-Russell, estudia la escena del crimen y averigua lo que estaban haciendo las personas cercanas a él a la hora de su muerte-ordena-. Ron, tú y yo nos vamos.
-¿Dónde?-pregunta el pelirrojo, que sigue sin haber comido nada y observa su bocadillo con melancolía. Harry supone que su mejor amigo ha de lamentar sinceramente la muerte de Terence Abbott: le ha dado más importancia al suceso que a su tercer desayuno.
-A casa de Noelia Greengrass-responde-. Quiero intentar reconstruir qué ocurrió, porque por mucho que insista su padre en que era una desequilibrada yo no me creo que se torturase a sí misma con la cruciatus.
Ron se encoge de hombros.
-Pues yo creo que hay gente para todo, pero si insistes…
-Juliet, deja eso-ordena Victoire. La niña coloca la muñeca de porcelana donde estaba y la mira con cara de circunstancias-. ¿Qué te pasa, mi vida?
-Papá me dijo que me llevaría con la bici-responde ella-. Y no lo hace, es un mentiroso.
Victoire suspira. Últimamente Teddy está tan obsesionado con descubrir al autor de los asesinatos de Noelia Greengrass y Terence Abbot (porque desde hace unos cuantos años quiere demostrarle a Harry que es capaz de hacer sus propias pesquisas sin necesidad de la ayuda de nadie) que resulta preocupante, y, la verdad sea dicha, dedica menos tiempo a su primogénita, que a sus caprichosos cinco años empieza a hartarse.
-Mi vida, tu padre tiene últimamente mucho trabajo-intenta explicarle Victoire. Recuerda que en cierta ocasión su madre les dijo algo parecido a ella y a Minnie, y comprende cómo debe de sentirse su hija.
-¿Y cuando lo termine podré ir con él con la bici?-pregunta, ilusionada. Victoire asiente, y la niña le da un abrazo. O lo intenta, porque su hermanito ya empieza a reclamar su propio espacio.
En ese momento llaman a la puerta. Victoire toma a Juliet de la mano y se acerca. Tras observar a través de la mirilla, abre para dejar pasar a su hermana.
-¡Tita Minnie!-exclama Juliet, abalanzándose sobre ella. Sonriendo, Dominique la coge en brazos y le da un beso.
-¿Cómo estás?-pregunta, observándola de arriba abajo. Desde luego, la pequeña tiene toda la cara de Teddy, aunque su pelo generalmente es rubio como el de su madre, excepto cuando quiere pedirle algo a su padre, ocasión para la que hace que sea de un azul parecido al de él-. Pero qué guapa estás, Juliet.
-¿Qué haces aquí?-inquiere Victoire con curiosidad. Intuye que Minnie no ha venido sólo para saludar a su sobrina.
Y no se equivoca. Dominique deja en el suelo a Juliet, que corretea hasta su dormitorio, y mira a su hermana mayor.
-Necesito que me eches una mano.
Quince minutos después, Dominique le habla de su embarazo, de la desconfianza de Frankie y de la insistencia de William Forward para "darle a tu ex un motivo por el que estar celoso". Victoire se queda boquiabierta con la información. Pero no por ello renuncia a ayudarla. Después de todo, Dominique ya le echó un cable cuando ella creía que Teddy la estaba engañando. Se lo debe. Y además es su hermana.
-¿Qué se supone que tengo que hacer yo?
-Hablar con Frank-responde Dominique-. A mí no quiere escucharme, pero puede que a ti sí-suspira-. Te juro, Vic, que el niño es suyo.
Victoire sonríe. Sabe de sobra lo mucho que Dominique quiere a Frank; además, su hermana se lo está demostrando con toda su preocupación y angustia ante la perspectiva de no tenerlo ahí cuando nazca su hijo.
-Ya lo sé.
Notas de la autora: En este momento de la historia, Teddy y Victoire tienen una hija, Juliet, de cinco años, y ella está embarazada. Supongo que será un niño, pero no me hagáis mucho caso. También hay otra cosa pequeña y hermosa pululando por ahí, que ya aparecerá.
Si habéis leído Cabezotas, sabéis de sobra cómo murió Seamus Finnigan.
Y si habéis leído Arena en los bolsillos, una pista: este capítulo (seis años posterior al prólogo) está situado justo cuando termina el último curso de Lisbeth y Anthony Nott, Helena Wood y Tom Watson. El motivo del cambio en el humor de Lizzie no creo que sea muy difícil de suponer.
