Sigo perdida en mis pensamientos de venganza hacia el orco, y pronto entro en un bucle: primero pienso en el sonido de su asquerosa risa mientras deslizaba su cuchillo por mi piel, después recuerdo su grito de dolor cuando le rajé la cara, y luego sus torturas por mi atrevimiento. Y vuelta a empezar.
Sigo con estos "agradables" pensamientos hasta que me ruge la barriga. Sorprendida, me toco el estómago, dándome cuenta de que tengo bastante hambre. Alzo la cabeza para mirar al cielo, viendo que, como me temía, el sol se ha movido bastante desde la última vez que miré. ¿Será posible que me haya pasado media mañana pensando en Azog sin darme cuenta?
Antes de que me lo piense más, cierta huargo dobla el cuello y empieza a golpearme débilmente la pierna izquierda, reclamando su derecho a parar y comerse un par de conejos.
Perdona pequeña, no me he dado cuenta de que llevamos tanto tiempo caminando.
Hago que se desvíe para salir un poco de la arboleda, ya que solemos viajar cerca de la linde del bosque para tener fácil lo que es el asunto de pararse comer, pero la arboleda hace que sea más difícil vernos desde el exterior de los bosques. Y bueno, si alguien quiere atracarte o rebanarte el pescuezo, el que no te vean suele ser de ayuda. En cuanto salimos de entre los arboles, basta un ligero toque proveniente de mis talones sobre su costado para que Negrura ralentice el ritmo, hasta pararse definitivamente. Desmonto, y me agacho junto a ella para desabrocharle la silla. En cuanto se la quito, Negrura sacude su cuerpo, relajando los músculos del lomo. Se lo palmeo un par de veces, agradecida por su esfuerzo.
Vete a cazar algo, anda, que tengo hambre. Mientras, yo enciendo el fuego.
Le empujo hacia la arboleda, y pronto desaparece entre los troncos.
Sin ni siquiera deshacerme de mis armas, empiezo a recoger todos los troncos que veo tirados por el suelo, pero como no hay muchos, pronto me toca empezar a recoger ramas secas, partiendo con un golpe de rodilla aquellas que son demasiado largas. Las amontono todas, me incorporo y suspiro: con esto no voy a poder encender una hoguera como Eru manda, pero es lo que hay. Tampoco quiero que nos entretengamos demasiado. Tengo prisa por llegar a Rivendel. Me descuelgo mi saco de la espalda y saco de él mi pedernal, utilizándolo para encender el fuego. Pronto saltan las primeras chispas y enseguida consigo que la madera prenda.
Negrura aún no ha aparecido, de modo que me dedico a observar todo lo que me rodea, intentado averiguar cuanta distancia hemos recorrido. No tardo mucho en ubicarme, y la verdad es que hemos avanzado bastante. A este paso, llegaríamos esta noche a la ciudad élfica, pero si por lo que sea, Negrura empezara a correr, antes de las seis de la tarde estaríamos allí. Me vuelvo hacia la hoguera, controlando que el fuego no se apague, ya que como hay más ramas que troncos, no confío demasiado en que la hoguera dure mucho tiempo. Pero por el momento, tenemos una buena hoguera para asar un par de conejos.
Coloco mejor un par de ramas, ayudándome de mi cuchillo largo para no quemarme, y consigo poner dos de ellas en una posición más o menos vertical, para que así las llamas ardan mejor. Obviamente, la estructura no tarda en desmoronarse, y yo me echo hacia atrás para evitar las chipas que han salido despedidas.
Bufo, decidida a volver a intentarlo, pero entonces oigo las suaves pisadas de Negrura, acompañadas del sonido que provoca algo al ser arrastrado. Sonrío, parece que Negrura ha cazado algo gordo. Me olvido de la hoguera y me centro en mi compañera, que acaba de aparecer, pero de espaldas a mí. Me levanto del suelo, y me acerco. Negrura tiene los dientes clavados en el cuello de un pequeño jabalí. El jabato debía de tener año y medio o por ahí, pero esta bien alimentado, por lo que las dos vamos a comer de sobra. Es una buena pieza.
Agarro al jabato de las dos patas posteriores y lo porteo hasta el fuego, con la ayuda de Negrura. Lo depositamos en el suelo, y yo me arrodillo delante del animal, cuchillo en mano, dispuesta a quitarle la piel. Para cuando acabo, tengo las manos totalmente cubiertas de sangre fresca hasta las muñecas. Corto una loncha de carne, y la coloco rápidamente sobre una rama algo gruesa para que se cocine. Después, corto otras cuatro lonchas, dejándolas sobre una piedra, y el resto se lo paso a Negrura, que se abalanza sobre la carne.
Me quedo mirándola un momento, mientras me pregunto a mi misma como puede ser posible que el animal que hunde las fauces en la tripa del jabato, se comporte en ocasiones como una cría de perro, cuando salta sobre mi y me lame toda la cara. La verdad es que las dos imágenes no pueden ser más contradictorias. La loba debe de haber notado mi mirada, porque levanta la cabeza (que hasta ahora había estado enterrada en el cuerpo del jabalí), y me mira, con la cabeza ladeada. Si pudiera hablar, me juego lo que no tengo a que diría algo como: "¿Es que tengo monos en la cara o qué?". Sonrió con dulzura y ella se me acerca, olvidándose por un momento de su comida. Se para delante de mí, y baja la cabeza, de modo que sus ojos quedan a la misma altura que los míos. Borro mi sonrisa y la miro, seria:
A veces… juraría que eres tan inteligente como una persona.
No dice nada (obviamente, ¿qué esperabas, boba?), sino que se dedica a darme un suave cabezazo y a volver a su comida. Por mi parte, yo utilizo mis dos cuchillos arrojadizos para darle la vuelta a la carne que esta en el fuego, y tras eso, me encargo de envolver las cuatro lonchas que dejé antes sobre la roca en trozos de tela y para guardarlos después en el saco. Ya tengo para comer.
Mientras espero a que la carne termine de asarse, me dedico a observar a mi loba: la muy bruta casi se ha acabado la carne. Hay que ver como zampa, normal que sea tan alta. Me río, y ella pasa olímpicamente de mi. Echo un vistazo hacia la carne y compruebo que ya está suficientemente hecha para mi gusto. La saco del fuego, usando de nuevo mis cuchillos, y me como la loncha tranquilamente. No tardo demasiado, y Negrura, que a estas alturas solo ha dejado los huesos del pequeño jabalí, se me acerca. Levanto las manos llenas de sangre hacia ellas y ella empieza a lamerlas. En un par de lametazos, la sangre de jabalí ha desaparecido, y yo me intento secar las manos en mi ropa. Lo sé, mis modales están por las nubes.
Una vez me he limpiado las manos (aunque que no muy bien), saco del saco una bota de agua y bebo un par de tragos. Queda poco más de la mitad. ¿Por qué no la llenaría en el lago? Ah sí, porque me puse a pensar en ese maldito orco y me olvidé de todo lo demás. Como de costumbre.
Siento unos golpes en el codo, y veo que es Negrura, que reclama un poco de agua. Le echo en la boca lo que equivaldría a unos seis tragos para mi, y ella cierra la boca. Afortunadamente, aun queda un poco de agua, supongo que será suficiente hasta que paremos a comer. Además, creo recordar que no muy adelante hay un riachuelo. Guardo mis cosas en el saco, y pisoteo el fuego, apagándolo y esparciendo las brasas. No ha estado mal este "pequeño" almuerzo. Negrura se me acerca, le ajusto la silla, monto y nos volvemos a internar en el bosque.
En esta ocasión, no me permito pensar en Azog, ya que quiero controlar cuanta distancia recorremos, y ya ha quedado demostrado que si empiezo a pensar en ese malnacido, no presto atención a lo demás.
Pasan un par de horas sin que ocurra nada, y lo único que oigo es mi respiración, la de Negrura, el impacto de sus patas contra el terreno y los sonidos propios del bosque. En cuanto a esto último… es raro, pero tengo la sensación de que los sonidos no son los mismos que cuando paramos a comer. Es complicado de explicar, pero tengo la sensación de que el bosque esta más callado. No hay tanto ruido, el poco que hay ha disminuido el volumen. Esto huele mal. Lo noto. No sólo por el ruido, sino porque los músculos de Negrura cada vez están más tensos, y no deja de mover las orejas en todas direcciones. Intento distinguir algo, pero no lo consigo, aunque es evidente que ella sí, porque se acaba de parar a oler la base un tronco. Cuando levanta la cabeza, empieza a emitir un suave gruñido. Bueno, por si me quedaba alguna duda, no estamos precisamente solas en el bosque.
Me llevo una mano a la espalda, dispuesta a sacar arco y fecha de un solo movimiento, pero antes de agarrarlo siquiera, Negrura ladra y de un brusco movimiento, me tira al suelo, para luego saltar rápidamente hacia la derecha. Y menos mal que ha reaccionado, por que una flecha negra acaba de clavarse en el suelo, y de haber estado sentada sobre Negrura, me habría atravesado el cuello. Me levanto del suelo y, ahora sí, saco mi arco y una flecha. Cargo la flecha sin mirar siquiera, y rastreo la mirada a mi alrededor, buscando al agresor. Mis ojos solo se paran un segundo en la flecha, pero es suficiente para saber quienes nos atacan. Orcos. Oigo un ligero ruido a mi derecha, y me agacho instintivamente, esquivando nuevamente la flecha que iba dirigida a mi cabeza. Tal como estoy, agachada, me giro, vislumbrando fácilmente la armadura negra de esa fétida criatura, y suelto la flecha. Un pequeño grito de dolor, y el orco cae al suelo. Oigo al siguiente correr hacia mi, por lo que me giro a la vez que saco otra flecha. Tenso el arco, suelto la cuerda, y el segundo orco cae muerto, con una flecha clavada en el hueco de deja su patética armadura en el cuello. Un tercero salta hacia mí y yo lo esquivo girando sobre mi misma, quedando a unos escasos centímetros de él. Al tenerlo tan cerca, no me molesto en sacar la flecha, sino un utilizo el arco como cuchillo, abriendo un tajo que le recorre la cara de sien a sien. Sonrío, al parecer incorporarle al arco unas cuchillas afiladas por encima y debajo del mango fue una buena idea. Un cuarto orco se abalanza sobre mí, y antes de que se acerque demasiado, yo ya he cargado el arco, lo he tensado y le he clavado una flecha en la frente.
Los siguientes atacan a la vez, debe de haberse dado cuenta de que atacándome de uno en uno no van a conseguir nada. Sabiendo que luchar contra dos a la vez con un arco es un poco complicado, lo dejo caer al suelo, y desenvaino mi espada élfica con rapidez. Paro la embestida del primero de ellos sin demasiadas complicaciones, y desvío la estocada del segundo con un simple giro de muñeca. El primero vuelve a alzar su cimatarra, dispuesto a atravesarme como si fuera un aperitivo que hacer a la brasa, mientras que el segundo tardo unos momentos en recuperarse. Vaya, me atacan por turnos, que considerados.
Y que idiotas: alzo la espada para detener la cimatarra orca, un golpe con el mango en el estómago para hacerlo retroceder y un solo tajo después, su cabeza rueda por el suelo. Cuando el otro orco quiere reaccionar y tratar de atravesarme, yo ya le he atravesado a él. Me giro, quedando de frente con otro orco que descarga su espada contra mí. Interponga mi arma entre los dos, notando que este orco es algo más fuertemente que los demás, ya que me esta costando poder empujarle para tener espacio suficiente y matarlo. Mientras intento empujar, oigo como otro se me acerca por detrás. Mierda. El orco sonríe cuando ve que he pillado la situación en la que estoy: no puedo cubrirme las espaldas, demasiado ocupada estoy con este orco. Aunque claro… para esto esta Negrura. No la veo, pero oigo su gruñido y los gritos del orco cuando le salta encima, cubriéndome las espaldas. ¡Zasca! ¿Y ahora quién se ríe? Por que el orco no, desde luego. Se queda mirando un momento por encima de mi hombro, así que me imagino que Negrura debe de haber hecho una carnicería con el orco. Como sea, el caso es que me aprovecho de que el orco se ha despistado, y le arreo una patada en la rodilla. Lanza un grito de dolor y se aparta. Me mira con odio un momento, pero no puede hacer mucho más, ya que un segundo más tarde le he atravesado su asqueroso corazón. De poco le ha servido su armadura frente a mi espada élfica.
En cuanto veo como la muerte se lo lleva, doy un brusco tirón, liberando mi espada y destrozando (más aún), su pecho por el camino. Me incorporó, miro a mi alrededor, y sonrío al ver la escena. Hay al menos una veintena de orcos muertos y tirados en el suelo. Espera, ¿una veintena? Yo solo he matado a siete. Miro a Negrura, que no deja de gruñir hacia los cadáveres, y que tiene tanto el hocico como las garras llenas de sangre. Al parecer no soy la única que se ha cargado a unos cuantos de estos bichos malolientes. Paseo la mirada por los cadáveres, está claro a cuales ha matado cada una. Los que he matado yo, presentan una simple herida limpia y mortal, exceptuando al que he decapitado y al último, que la verdad es que le he destrozado el pecho. En cambio, los demás tienes múltiples heridas, y no son heridas limpias, precisamente: Negrura ha desgarrado la carne con saña, mordiendo y clavando las garras en el pecho y cuello de los orcos sobretodo. Me giro hacia ella, que está lamiéndose una de las patas delanteras:
Bueno trabajo, campeona.
Ella ladra, entusiasmada, parece que se lo ha pasado tan bien como yo con esta pequeña refriega. Sonrío, y arranco las tres flechas que he utilizado durante la pelea. Al sacar la última, el orco se queda enganchado a ella y tengo que tirar bruscamente para liberar la punta. Del tirón, el cuerpo del orco se levanta un poco del suelo, y cae sobre otro cadáver. Veo sobresalir un poco el brazo del segundo orco por debajo del cuerpo. Tiene la mano cerrada en torno a algo. Con el ceño fruncido, me pongo de cuclillas, dejo la espada en el suelo y le abro la mano. Mientras separó los dedos, noto la respiración de Negrura en mi cuello, que se me ha acercado. Cuando consigo abrirle la mano, me doy cuenta de que el orco ha muerto con un trozo de pergamino en la mano. Cojo el pergamino y lo estiró, revelando así un texto, escrito en lengua negra. Veamos… tengo la lengua negra un poco oxidada, pero si no me equivoco, aquí pone que hay una recompensa para quien mate a un enano y le lleve la cabeza al que firma el pergamino. Me detengo un rato en una palabra que no entiendo, pero por más vueltas que le doy, no me suena de nada. Supongo que debe de ser el nombre del enano. Enarco un ceja, sorprendida, ¿qué enano es tan importante como para que se molesten en escribir su nombre? Pero entonces me fijo en la firma del que ha escrito este mensaje y lo demás deja de importar. Me incorporo de golpe, blanca como la leche. Puede que esté escrito en lengua negra, pero reconocería esa firma en cualquier parte: Azog. ¿Quién es ese enano? ¿Tan importante es que Azog se ha molestado en ofrecer una recompensa por su cabeza? Pobre enano, no me gustaría estar en su pellejo. A mí también me quiere muerta, pero no hay una promesa de una recompensa por mi cabeza pululando por la Tierra Media. Creo.
Dobló el pergamino y lo guardo. Recojo mi espada, limpiandola de sangre con un trapo que llevo en el saco, y la envaino. Guardo las tres flechas en el carcaj y hago lo mismo con el arco una vez he limpiado la sangre que tiene en la cuchilla superior. Monto sobre Negrura de un salto, y ella sale corriendo. Nada de trotar. Correr. Y es que esa recompensa cambia un poco las cosas. No tengo ni idea de quien es ese enano, pero pienso mantenerlo con vida. Aunque sólo sea por tocarle las narices al Pálido Orco. Pero claro, primero tengo que averiguar quién es y dónde está, y eso es algo más difícil. Espero que Elrond tenga alguna idea. Debo de llegar a Rivendel cuanto antes.
Negrura sortea los árboles con soltura, saltando sobre las raíces y rocas. Tras una media hora corriendo, hago que Negrura se pare, porque he oído voces. Extrañada, desmonto y avanzo yo sola hacia las voces. Por si acaso, me subo la capucha de la capa. No tardo mucho en localizarlos. ¡Será posible! ¡Enanos! Trece enanos, para ser más precisos. Parecen impacientes. Diviso la entrada de una cueva, y a juzgar por el olor, por aquí han pasado unos cuantos trolls. Seguramente los mismos trolls que nos atacaron a Negrura y a mí la otra noche. En ese caso… hay una posibilidad de que mi arma esté en esa cueva. Alentada por la idea, estoy a punto de entrar en la apestosa cueva (aunque me vean los enanos), pero en ese momento oigo otro par de voces. Una de ellas la conozco, y no pertenece a ningún enano. Me giro, y veo a dos hombres. El más bajito va todo vestido de marrón, y… ¿eso que tiene en la cara es una cagada de pájaro? ¡Qué asco! Sostiene una alta vara, más alta que él, por cierto. Parece preocupado. Desvío mi vista hacia el otro hombre. Es mucho más alto que su compañero, vestido de marrón, con un sombrero de pico, largos cabellos y larga barba, ambos de color blanco sucio. También lleva una vara. No puedo evitar sonreír, bien sabe Eru como aprecio a este mago. Salgo de entre las sombras, y enseguida noto como los enanos se callan al verme aparecer, pero los ignoro. Me acerco a los dos magos y cuando se giran para mirarme, antes de que digan nada, saludo en voz baja:
Hola, Gandalf.
El alto mago abre mucho los ojos. Ya veo que no se esperaba encontrarme por aquí. Parpadea un par de veces, incrédulo, y luego susurra mi nombre:
¿Nalirë?
