Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 2
Miró el reloj en la biblioteca marcando las dos y media de la tarde y decidió recoger sus cosas en vez de apurar más. Se había informado de la ubicación del aula de Transformaciones, pero no era tan arrogante para pensar que con eso ya conocía los entresijos de los pasillos del castillo, eso por no hablar de la volubilidad de las escaleras móviles, le costaba creer que fuera Rowena Ravenclaw la creadora, sí, eran una genialidad, pero tan absolutamente ineficientes… Se dirigió a la puerta observando que Leyna Samuels también recogía sus libros, pero sin mayor interés. Apuró el paso para no tener que sufrirla cerca con la posibilidad de que atrajera alborotadores.
Subió dos pisos hasta el cuarto piso y se dirigió al ala este, al no haber tenido contratiempo llegó más pronto de lo que le gustaría. Sacó de su mochila el libro de Transformaciones y se dirigió a los últimos capítulos. Desde que le había llegado la carta de Hogwarts y comprado el instrumental, se había enfocado en leer los libros, había acabado con el de Defensa Contra las Artes Oscuras y Encantamientos en primer lugar y después había estado alternando con los demás hasta al menos leer un cuarto de los libros, luego se había volcado en acabar con los de Transformaciones y Pociones y actualmente le quedaban pocos capítulos de cada uno por aprender. Por otra parte, Historia de la Magia había sido un pasatiempo en su infancia aunque su madre se había horrorizado cuando había descubierto que en vez de leer cuentos de magos y dragones prefería algo más útil como la historia real, cuanto más descriptivo era el libro, mejor.
Escuchó a sus compañeros de casa ir llegando, pero los ignoró, así como avistó las corbatas rojas y doradas de la Casa con la que iban a compartir esa asignatura, en las otras clases de la mañana habían estado con Ravenclaw, le había gustado, no lo habían exasperado demasiado, sólo quedaba ver cómo iría con los revoltosos de Gryffindor.
Notó que el barullo se callaba y unas pisadas firmes y seguras acercarse, más pesadas que las de cualquier alumno de primero. Levantó la cabeza y observó a quien supuso sería su profesor. El mago debía estar cercano a los treinta años, medía algo más de uno ochenta de altura y tenía el cabello castaño oscuro, ondulado y largo hasta los hombros. Sus ojos azules brillaban con emoción y había una sonrisa traviesa en sus labios, en conjunto le hacía parecer algo más joven. Vestía pantalones negros, una camisa de color borgoña y una gabardina larga y negra, Altais se preguntó cómo la directora le permitía ir así de informal o si la razón era que desconocía que el hombre acudía así a clase.
El profesor abrió la puerta de la clase con un movimiento de varita.
—¿A qué esperáis? Entrar, ni que fuera una mazmorra llena de calderos —bromeó sin detener su paso dirigiéndose al piso elevado en que estaba el escritorio de profesor.
Altais siguió al rebaño, pensando que el mago era demasiado despreocupado para ser profesor, incluso mostraba su desagrado por otro miembro del profesorado, pero no lo subestimaba, ya que una posibilidad era que fuera demasiado bueno para reemplazarlo pese a sus faltas y por eso se lo permitían.
Ocupó un asiento en la segunda fila, no tenía intención de llamar demasiado la atención, pero tampoco quería perder detalle de la clase arriesgándose a ponerse más atrás y que los murmullos de los otros alumnos lo exasperaran.
—Altais Black, un honor tomar asiento a tu lado —escuchó que le saludaban con un tono animoso. Cuando miró a su derecha pudo ver el rostro sonriente de uno de los chicos de su casa, de pelo castaño y ojos verdes almendrados.
Lo estudió unos segundos y finalmente se decidió por preguntar en vez de simplemente ignorarlo.
—¿A qué se debe el honor, Farley? —preguntó suspicaz, aunque sin mostrar emoción alguna.
Las noticias volaban, y la capacidad de los periodistas para reunir información había que reconocer que era impresionante. Esa mañana había aparecido un artículo sobre él y su ascendencia en El Profeta, en él se explicaba que su abuelo Alphard Black había desaparecido treinta y cuatro años atrás, por lo que se especulaba que había sido echado de la familia, claro que hasta ahí era hasta donde podían llegar en la historia, no podían saber las razones por las que efectivamente había sido borrado del tapiz de la noble y antigua casa de los Black, así mismo se mencionaba que su padre, Orion Black, había contraído nupcias pocos meses después de que la guerra concluyera con Hestia Jones, auror y miembro de la Orden del Fénix, y que sólo tres meses después había nacido él. Altais estaba molesto por todo el asunto, más por el tono ofensivo del artículo marca Rita Skeeter, se preguntaba cómo nadie la había puesto en su sitio aún.
Emery Farley sonrió más ampliamente mientras sacaba sus plumas y pergaminos de la mochila, además del pesado libro de Transformaciones.
—A que pareces el único con algo más que seso en la cabeza de nuestra casa, al menos en lo que al sexo masculino se refiere —contestó tranquilamente, sin importarle que sus demás compañeros lo escucharan—. Prefiero las conversaciones inteligentes de vez en cuando.
—No estoy aquí para entretener a nadie —repuso Altais aunque apreciando el comentario, después de todo para una conversación inteligente hacía falta al menos dos integrantes y el chico no había demostrado serlo ni no serlo, además él no tenía interés en socializar.
El castaño se encogió de hombros. —Nunca dije algo parecido —repuso—. También es cierto que me he enterado de los pequeños problemillas que tuviste con mi querido primo en el tren, el pobre infeliz no es lo más listo que te puedas encontrar en mi familia, sólo hay que ver con quién se ha juntado.
—¿Sugieres que su limitación no es inherente a su familia? —lo provocó con una pequeña sonrisa asomando en la comisura de sus labios, ya que insistía en entablar conversación al menos podía divertirse, o tal vez encontraría que ese chico era alguien que merecía tener a mano por si surgiera algún imprevisto en el que precisara asistencia.
El otro se llevó una mano al pecho fingiendo sentirse indignado por lo que acababa de escuchar.
—Me ofendes, evidentemente no lo es, pero él se cayó de la cuna al nacer y no hubo manera de recuperarlo —explicó negando con la cabeza ante las última palabras, como si le pesara de verdad.
Altais amplió un poco su sonrisa, aceptando que podía ser entretenido.
—Eso explica varias cosas —respondió, y dirigió su atención al profesor cuando pareció que el hombre había considerado que era suficiente tiempo para que se ubicaran.
—Buenas tardes, pequeños proyectos —saludó alegremente el profesor—. Soy el profesor Elijah Towler, y voy a impartiros esta asignatura, para los más despistados, Transformaciones. En esta clase aprenderéis las leyes elementales de la magia y aprenderéis a manipular las leyes físicas y biológicas más allá de sus límites. O al menos os aproximaréis un poco para que podáis profundizar más en el futuro, si os atrevéis a ello —los retó con una sonrisa. El profesor dejó de apoyarse en el escritorio y lo rodeó para sentarse—. Pero antes de nada, vamos a ver si hay algún escapista el primer día de clase.
Altais levantó la mano cuando lo nombró y observó cómo nombraba al resto, entusiasmándose cuando reconocía algún apellido y mataba al estudiante en cuestión a preguntas para finalmente revelar que había asistido al colegio con alguno de sus familiares, y mostraba decepción cuando descubría que el alumno no descendía de quien quiera que esperara.
El profesor Towler mostró su desagrado por tener que darles teoría, pero lo hizo de todos modos, Altais por su parte se esforzó por no mostrar su aburrimiento y mantenerse sentado adecuadamente, no estaba contándole nada que no pusiera en el libro, ¿por qué no les mandaba leer simplemente? Se asombró al comprobar que todavía hubo gente que levantó la mano para preguntar cosas que no habían entendido de la sencilla explicación y no sólo de Gryffindor, el cuarto compañero de habitación, Jeremy Sylvanus, también lo interrumpió un par de veces. Se preguntó cuánto se extendería aquello, después de todo era una clase doble, la de Herbología de esa mañana no había parecido tan tediosa y eso que él no había guardado muchas expectativas hacia la asignatura aparte de que complementaría sus conocimientos de Pociones.
—De modo que si vais de acampada no olvidéis el almuerzo o al menos estar seguros de dónde lo habéis olvidado —concluyó la explicación—. Bien… ahora que ya tenéis el cerebro maleable —rio el hombre—, estáis listos para comenzar a aprender a manipular algunas leyes del mundo. Frente a vosotros tenéis agua en distintos estados, cada objeto en el mundo tiene una magia inherente, es parte de la Naturaleza, al alterarlos en muchas ocasiones la débil magia es deformada y rota. En esta clase quiero que conozcáis el agua, eso es todo. Practicaremos tres hechizos que os permitirán pasar de un estado a otro, cuando los dominéis podréis iros y para nuestra próxima clase espero una redacción sobre sus propiedades de dos metros —muchos alumnos lo miraron con horror y se escuchó su respiración cortarse—. Sólo comprobaba que estáis atentos —dijo riendo—. Dejaremos un mínimo de veinte centímetros y un máximo de un metro, aunque aprecio la capacidad de síntesis.
Leyna levantó la mano en ese momento, también tenía una expresión aburrida en el rostro.
—¿Podemos empezar ya, señor Towler? —preguntó con un tono que mostraba más aún su estado de aburrimiento.
—Una Slytherin impaciente —comentó el profesor con una sonrisa divertida—. A eso iba señorita… Samuels —dijo tras echar una ojeada a la lista de alumnos.
Explicó con detenimiento los tres hechizos y preguntó por sus otras aplicaciones, Leyna contestó dos de las tres preguntas. Altais la observó preguntándose si tenía un resorte en el brazo, sólo le faltaba saltar en el sitio. Él por su parte no veía el punto de enseñar al resto de alumnos aunque ya conocía las respuestas. Realizó el hechizo de evaporación a la primera, algo que sorprendió al profesor ya que era el más complicado, en cambió le tomó dos intentos con uno de los otros, pero por lo demás se sintió satisfecho al terminar el primero, aunque al ir a levantarse tras recoger descubrió que esa niña contestona y atrayente de alborotadores acababa de hacerlo en segundo lugar.
—Adiós, Farley —se tomó la molestia de despedirse.
—Me abandonas… —se lamentó el chico haciendo un puchero, había terminado de hacer el hechizo de congelación, pero evidentemente aún no podía irse, le quedaban los otros dos—. ¡Tendré que ser el tercero! —decidió concentrándose en los hechizos.
—Tal vez el cuarto —lo corrigió antes de marcharse con una sonrisa, cuando cerraba la puerta tras de sí una chica de Gryffindor logró terminar.
—Ya están saliendo, Alya —dijo una chica con el uniforme de Ravenclaw, de pelo moreno, corto y liso y ojos negros y rasgados. Parecía ser un año mayor que él.
—Vamos a ver si no nos decepciona y sale pronto —comentó la aludida, una chica de segundo año de Slytherin, con el pelo negro corto y los ojos grises, aunque no de un color tan vivo como los de Altais—. Hasta el pequeño bastardo Black ha salido.
Altais se detuvo enervado por el comentario en su camino hacia la biblioteca, antes de que pudiera decir algo la puerta se abrió y dejó de tener toda atención sobre él.
—¡La segunda! Esa es nuestra pequeña Parkinson —la felicitó Alya.
Leyna frunció el ceño ante el apelativo, preguntándose quiénes eran ahora las que iban a molestarla.
—Es Samuels, y mi tiempo es demasiado valioso como para perderlo con gente maleducada e impertinente —contestó emprendiendo su camino hacia la biblioteca donde había pretendido hacer el molesto trabajo sobre las propiedades del agua que les acababan de mandar.
—Creo que aún no la han nombrado princesa de Slytherin, ¿verdad, Alya? —preguntó la Ravenclaw en un tono bajo y tranquilo.
—No… le falta el veneno adecuado para madurar —respondió siguiendo a la menor—. Ni siquiera has oído nuestra propuesta —logró interponerse en el camino de la rubia.
—Puedo imaginarla, no voy a unirme a vuestro club —aseguró la más joven con indiferencia.
—¿No quieres reunirte con lo mejor? Estoy segura que tu madre lo aprobaría —contestó Alya.
Leyna se detuvo al escuchar la mención de su madre y se giró para mirar a las dos chicas con repulsión.
—No te atrevas a decir qué o qué no aprobaría mi madre —siseó dando unos pasos hacia ellas con la varita apretada en la mano, aunque ésta no estuviera a la vista de las otras.
—Ya lo he hecho, pequeña —replicó la morena.
—En ese caso te aclararé una cosa, mi madre se sentiría absolutamente decepcionada si yo, su hija, me uniera a un grupo de perros falderos que se arrastran por recibir su atención, por muy superior que sea a ellos —contestó filosamente antes de volver a girarse para seguir su camino, no quería un castigo el primer día de clase.
—¡A quién llamas perro faldero! —exclamó Alya ofendida, sacó su varita—. No vas a ninguna parte. Colloshoo.
Leyna se giró velozmente con la varita en la mano apuntando hacia el hechizo que se dirigía hacia ella. —Protego —consiguió detenerlo por poco.
Altais observó el intercambio y tras pensar un plan de ataque y huida decidió aprovechar la oportunidad de cobrarse un poco de su venganza que había reprimido.
—Flipendo —dijo el hechizo a la vez que Alya comenzaba a pronunciar otro, el rayo impactó en ella haciendo que volara hasta dar con la pared del pasillo.
Sonrió exultante al ver que le había salido tan bien como cuando había practicado esos hechizos sencillos con su padre. Corrió hacia donde estaba Leyna y la instó a seguirlo antes de que la morena se despejara y contraatacara o la chica de Ravenclaw decidiera vengarse.
Antes de que pudieran alejarse lo suficiente un Locomotor Mortis lanzado por la chica de Ravenclaw, hizo que sus piernas se ataran y cayeran al suelo.
—No está bien atacar por la espalda, Black —lo reprendió la chica negando con la cabeza.
—De hecho fue por la izquierda, no es mi culpa vuestra limitada visión y olvidar asuntos inacabados —replicó y miró a Leyna, tratando de dilucidar si sabía deshacer el hechizo y sincronizarse para escapar.
—Por el momento tú no eres ningún asunto nuestro —contestó ella encogiéndose de hombros.
Leyna le devolvió la mirada a Altais y asintió levemente, apretando más la varita en su mano.
—Oh… pobre bastardo, le molesta la verdad —se burló Alya, acercándose sujetándose la cabeza por el golpe y apuntándole con la varita.
Altais asintió levemente y pronunció un Finite a la vez que rodaba a un lado para esquivar el siguiente hechizo y levantarse para echar a correr.
—Glacis —probó el hechizo recién aprendido en dirección al suelo, esperando que funcionara con la ayuda de la humedad del castillo, sabía que necesitaba más práctica para poder efectuarlo sin presencia de agua y sonrió cuando supo que funcionó al escuchar a sus perseguidoras maldiciendo al resbalarse.
Corrieron por los pasillos del colegio hasta que creyeron que ya no iban a seguirlos. Leyna se detuvo con la respiración algo agitada y se peinó un poco el pelo hacia atrás, ya que se había revuelto por la carrera.
—Gracias por la ayuda, Black —agradeció sinceramente, mirando al chico—. Ha sido un buen hechizo.
—Lo sé —respondió con orgullo y aunque aún estaba recuperando la respiración se separó de la pared—. No lo he hecho por ti —dijo en tono frío dando los primeros pasos para alejarse.
Ella se encogió de hombros. —Eso no tiene nada que ver con que me hayas ayudado —repuso siguiéndolo, al parecer iban en la misma dirección.
Altais decidió que no tenía ninguna necesidad de discutir nada con ella, que pensara lo que quisiera, no le importaba, sólo esperaba no haber conseguido una maldita lapa.
—También vas a la biblioteca —comentó ella al rato, no fue una pregunta, era más que obvio a dónde se dirigía—. ¿Vas a hacer el incordioso trabajo?
Él la miró de reojo por el adjetivo, para él no era tanta molestia, era una forma más sencilla de mostrarle al profesor tu conocimiento y aprender en el hipotético caso de que hubiera un error, por otra parte, el propio ensayo le serviría en vez de tomar sus notas aparte.
—Sí, voy a hacer el trabajo —se tomó la molestia de responder, corrigiéndola con esa frase.
Ella asintió lentamente. —El libro de Ignacius Fleming, Los estados de la Naturaleza es el que mejor habla sobre el tema, aunque no sé si estará en la biblioteca, o al menos fuera de la Sección Prohibida, cuenta algunas cosas peligrosas sobre los usos de la modificación de la materia.
—Si precisara consultar sobre algún libro preguntaría a Madame Pince —replicó el chico, sintiéndose un poco molesto por esa explicación sabionda, parecía que esa niña precisara probar sus conocimientos a cada oportunidad y persona que se cruzara.
Leyna negó con la cabeza. —No lo dije por eso, pensé que preferirías encontrar un libro con mucha más información, algo más interesante que lo que la mayoría de compañeros van a buscar seguramente —explicó su punto.
—Asumes la ignorancia de todo aquel que no vaya pregonando sus conocimientos —repuso Altais.
—En ningún momento he pretendido decir que seas un ignorante, todo lo contrario, por eso mismo te lo he recomendado a ti. En cuanto al resto de la clase, no creo que sean ignorantes, no todos, simplemente la gente no suele buscar un conocimiento más allá de lo que normalmente se les exige, tú pareces de los que sí lo buscan.
Él se detuvo y soltó un suspiro exasperado, aún tenía que mejorar su máscara, simplemente a veces era demasiado.
—No preciso tu asistencia ni me impresionan tus conocimientos, tampoco me debes nada si esa es la razón de tu recomendación. Espero que lo comprendas y te guardes tus lecciones para quien las necesite —decidió poner fin a aquello levantando la cabeza para mirarla firmemente a los ojos, su altura estaba muy por debajo del promedio, parecía un chico de nueve años.
Leyna le devolvió la mirada y asintió encogiéndose de hombros. —Cómo quieras —contestó simplemente retomando el camino, decidiendo mantener la boca cerrada, al parecer era mejor así en la mayoría de los casos, sino acababas metida en demasiado jaleos inútiles, como esa discusión sin sentido.
Altais se sintió aliviado y continuó caminando en silencio, casi a su lado, pero no iba a hacer tonterías como dar un rodeo o acelerar el paso. Cuando llegaron a la biblioteca separaron sus caminos y pudo centrarse en la tarea, olvidándose de lo demás.
Ese día tuvo que apresurarse para llegar a tiempo a clase, se había entretenido demasiado leyendo ese libro que había encontrado en la biblioteca sobre pociones antiguas ya en desuso. Casualmente era a la clase de pociones a la que iba a llegar tarde como no apurara el paso, pero intuía que eso no le serviría de excusa con el profesor Zrinski. Por suerte para ella las escaleras no cambiaron su posición mientras bajaba a las mazmorras y tampoco se encontró con ninguno de esos molestos compañeros.
El día anterior había esperado que después de los golpes que habían recibido por molestarla sus intentos de unión con ella pararían, pero no había sido así, al parecer que demostrara su "poder" no había hecho más que instarlos a seguir intentándolo; esa misma noche concretamente, Higgs había vuelto a insistir y había tenido que dejar la calidez del fuego y huir a su habitación para no acabar con su última neurona con un buen Bombarda.
Cuando llegó y vio que los sus compañeros todavía no habían entrado suspiró aliviada. Buscó a Zaniah con la mirada y se acercó a donde estaba, cerca de la puerta.
—Aún no vino, ¿verdad?
—Justo ahora decir que no sería mentira —respondió la chica señalando el pasillo por el que se acercaba el profesor.
El mago se acercaba con pasos cargados de arrogancia, debía estar en la treintena y tenía una considerable altura de metro noventa, perfecta para mirar a la gran mayoría hacia abajo. Su pelo era corto y negro y sus ojos grises y una túnica negra con detalles en verde cubría su cuerpo de anchas espaldas.
—Entren —ordenó abriendo la puerta de la clase y haciéndolo él en primer lugar.
Leyna suspiró de nuevo, le había faltado muy poco para ganarse el primer castigo del curso. —Me entretuve en la biblioteca —le comentó a su amiga en un susurro mientras entraban.
—Un día los libros te zamparán y no volveremos a saber más de ti —dramatizó Zaniah.
—¿Cómo que no? Iré a visitarte desde la tumba —bromeó eligiendo un sitio en tercera fila, ya que la primera no era de su gusto y la segunda estaba ocupada por Black y Farley.
—Espero que no planees estropear mi Corazón de Bruja con tu aparición, he visto cómo los miras —la acusó con humor mientras sacaba pluma, tinta y pergamino junto al libro de texto.
La puerta se cerró abruptamente a sus espaldas cortando la conversación y por si no fuera suficiente la mirada seria del profesor hizo el resto.
—Soy el profesor Dragan Zrinski —se presentó con un fuerte acento croata. Se interrumpió y volvió a abrir la puerta dejando pasar a un alumno retrasado—. La puntualidad será esencial en mi aula, todo el que no esté aquí a la hora indicada quedará fuera de la clase y perderá puntos para su Casa, ahora están avisados, no habrá más excepciones.
Leyna sintió que un nuevo suspiro quería salir de sus labios, verdaderamente estaba agradecida a su intuición que no solía fallarle, empezar con el profesor de Pociones, una de sus asignaturas predilectas, con mal pie sin duda hubiera sido todo un desastre, más considerando que era el jefe de su Casa y que probablemente no querría que ninguno de sus alumnos lo dejara en evidencia; al menos eso era lo que solía querer el señor Snape, su madre y su tío se lo habían contado.
El profesor procedió a pasar lista de manera sistemática y cuando terminó dejó la lista y la pluma y volvió a levantarse.
—Estáis aquí para aprender la sutil ciencia y el exacto arte de hacer pociones. Algunos de ustedes tendrán cierto talento natural, la mayoría no, pero puedo asegurarles que sin dedicación ni unos ni otros tendrán éxito en superar la asignatura. Las pociones exigen precisión y concentración, no voy a permitir conversaciones banales ni risitas en mis clases, quien no tenga interés en aprender es libre de marcharse… asumiendo las consecuencias, ¿verdad, señor Batley? —esbozó una sádica sonrisa en dirección a un alumno de segundo Gryffindor, dado que los repetidores eran algo totalmente inusual en Hogwarts los alumnos tragaron audiblemente—. Para todo aquel entregado a la clase, le aseguro que alcanzará los objetivos, y con los años en estas clases aprenderá a alcanzar límites de la magia que un burdo movimiento de varita no podría ni soñar lograr.
El profesor Zrinski bajó de la plataforma y se paseó por el pasillo entre las mesas que dividía a Gryffindor y Slytherin, parecía una costumbre arraigada incluso para las nuevas generaciones mantenerse separados, al tiempo que comenzaba a lanzar preguntas y otorgar puntos.
—Son los ingredientes para la poción para curar forúnculos, señor Zrinski, y las púas de puercoespín deben echarse a la poción una vez que el caldero esté fuera del fuego, sino produce un humo ácido de color verde que puede hacer agujeros en la ropa de la gente. Si lo derramas sobre ti tu cuerpo se llena de pústulas rojas —contestó Leyna, otros compañeros ya habían contestado a otras preguntas sobre los demás ingredientes de dicha poción, por lo que cuando el profesor le preguntó si conocía la poción no dudó, más cuando él continuó preguntándole sobre el uso de la púas de puercoespín.
—Bien, señorita Samuels. Cinco puntos para Slytherin —concedió el hombre y regresó a la plataforma, con un movimiento de varita en la pizarra aparecieron escritos los ingredientes con sus medidas, les indicó dónde encontrarlos y se sentó—. Pueden encontrar las instrucciones de elaboración en la página veintitrés de su libro.
Ella abrió el libro por dicha página, estaba casi segura de que se sabía el procedimiento, su tío Draco era experto en pociones y desde que era pequeña le había gustado ver cómo las preparaba, sin embargo, era mejor ser precavida e ir con cuidado en esas cosas, era algo que él le había enseñado, seguir unas instrucciones no era algo que dañara el orgullo, pero que tu poción explotara y te dejara la piel morada sí que lo dañaba gravemente.
Preparó también el caldero de peltre que estaba deseando estrenar y se levantó a por los ingredientes que debían utilizar. Lo primero que hizo al regresar fue triturar los colmillos de serpiente, eran algo duros, pero no opusieron mucha resistencia; después echó las cuatro medidas de colmillo triturado al caldero ya caliente y lo mantuvo durante diez segundos a temperatura alta antes de dejarla cocer el tiempo estipulado: cuarenta y cinco minutos para ese tipo de caldero.
Observó al resto de la clase, pocos estaban terminando de triturar el colmillo y alguno ya se había pasado de cocción con el colmillo. Luego miró a su amiga.
—¿Cómo vas?
—Esta cosa está muy dura, ¿por qué no cogieron una serpiente anciana que se les descascarillaran los dientes con nada? —respondió mientras terminaba de triturar los colmillos.
—Es sólo coger práctica, asegúrate de que queda en polvo muy fino o no saldrá bien la poción —le aconsejó comprobando que la suya estaba bien y el fuego se mantenía a la temperatura debida.
—No quiero acabar con los brazos como un golpeador —se quejó, pero seguía teniendo una expresión decidida a vencer a esos malditos colmillos.
Leyna observó un poco más su técnica y puso una mano sobre la de la chica. —En vez de golpear y aplastar, prueba girándolo así —le indicó.
—Ahora tendré sólo antebrazo de golpeador —objetó con un mohín, miró el polvillo y asintió—. Yo creo que ya está —y sin más lo echó al caldero.
—¡No! —el grito de Leyna se escuchó en toda la clase y los demás se quedaron mirándola—. Sólo tenías que echar cuatro medidas —murmuró escondiéndose un poco detrás de Black, al menos todo lo que podía ya que el chico no era precisamente alto.
Zaniah se asomó al caldero con precaución. —No explotó. ¿Por qué íbamos a machacar más de lo que hace falta para la poción?
—Señorita Samuels, ¿por qué no comparte sus dudas con el resto de la clase? —les llegó la voz del profesor.
La aludida levantó la mirada avergonzada. —Yo no… no tengo dudas, profesor Zrinski —contestó matando con la mirada a Zaniah.
El hombre se levantó para acercarse. —¿Y a qué se debe su tono de alarma? —indagó—. Si considera que usted o alguno de sus compañeros ha efectuado alguna acción que pueda originar un peligro para la clase, debería informar.
La chica miró de reojo a su amiga y después bajó la mirada, no quería que le echaran la bronca, ella no había hecho nada malo, pero tampoco estaba bien acusar a una amiga, más cuando hacía apenas unos días que se conocían, era la primera que tenía o que podía tener en un futuro.
—Lo lamento, profesor, pensé que había subido demasiado el fuego —se excusó mordiéndose el labio inferior.
No obstante, el profesor se inclinó sobre cada caldero e inspeccionó el punto de trabajo. Se quedó observando los restos en el mortero de Zaniah y miró la hora.
—Preste más atención a las demás instrucciones, señorita Apeldty. Un punto menos para Slytherin —reprendió a Leyna por la mentira, aunque comprendía sus lealtades no era conveniente fomentarlo, otro menos cuidadoso podría cubrir a un compañero jugando con cuerno de erumpent; y aprovechó para pasar a inspeccionar el trabajo de sus estudiantes antes de regresar al escritorio, consideraba que podían apañárselas en mayor o menor medida, cuando fuera el turno del ingrediente volátil volvería a levantarse para controlar cualquier accidente de producirse pese a la advertencia previa.
—Lo siento —susurró Zaniah a Leyna con cara de circunstancias.
Leyna negó con la cabeza restándole importancia, al menos sólo había sido un punto, sabía que cualquier otro profesor le habría bajado más por la mentira, pero siendo de la Casa de Salazar, el profesor Zrinski debía conocer a la perfección las cualidades de los alumnos de su Casa, y la lealtad hacia los amigos era una de ellas.
—Mantente atenta al fuego, aún puedes sacarla más o menos bien —la animó un poco, procediendo a seguir con su poción, vigilándola.
Zaniah asintió, concentrándose en el fuego unos minutos, pero poco a poco fue apoyándose en la mesa cada vez con cara de más aburrimiento.
—¿Tú crees que nos dejará leer mientras?
—Corazón de bruja creo que no —contestó la rubia sonriendo un poco, estaban a punto de acabar sus cuarenta y cinco minutos.
—Esto es un aburrimiento. ¿Por qué estás tan feliz? —cuestionó en voz baja, moviendo las piernas que colgaban en su taburete.
Ella se encogió de hombros. —Siempre me ha gustado pociones, practicaba con mi tío.
—¿Tu tío es maestro de pociones?
—No es a lo único que se dedica, pero sí —contestó, apagando el fuego, echando ya las cuatro babosas Cornudas a su caldero y seguidamente las dos espinas de puercoespín para remover cinco veces en el sentido de las agujas del reloj.
—Me lío un poco con las familias y esas cosas, mis padres dicen que no tengo que aprenderlas, pero yo creo que es interesante. El caso es que juraría que tu padre era hijo único, estoy segura de que tu madre lo es —comentó Zaniah.
—Oh… es que no mi tío tío… no estamos emparentado por sangre, pero siempre he llamado tío a Draco porque es el mejor amigo de mi madre —le explicó moviendo su varita dando por finalizada la poción y sonrió orgullosa cuando vio que el color, textura y olor eran los correctos.
—Malfoy… qué curioso —dijo la chica inspeccionando el libro y echó los ingredientes con más cuidado.
Leyna vertió la poción en un frasco para dárselo al profesor y lo etiquetó con su nombre antes de mirar a Zaniah. —¿Qué es curioso?
—Que seáis tan unidos, yo no llamo a los amigos de mis padres tíos —respondió la aludida.
Ella se encogió de hombros. —Es que también vivió muchos años en Francia, por lo que pasó después de la guerra, y mi madre y él siempre fueron como hermanos —le contó, aunque no tenía necesidad de hacerlo realmente, estaba demasiado feliz por haber logrado su poción.
Zaniah asintió, tomó una honda respiración y echó el ingrediente conflictivo al caldero. Dio las cinco vueltas que se precisaban y soltó un aliviado suspiro. Miró alternativamente de su caldero al de Leyna y se encogió de hombros antes de proceder a embotellar su poción fallida.
—No está demasiado mal, señorita Apeldty, si la mediocridad de la poción se compensa con que haya aprendido algo para pociones futuras —dijo el profesor a su espalda que la había observado echar el ingrediente sin que se percataran.
—S-sí, gracias, profesor Zrinski —dijo Zaniah sujetándose el pecho que había perdido un latido con el sobresalto.
El profesor asintió en aprobación y se alejó para seguir vigilando. Leyna rio un poco por la expresión de la chica y empezó a limpiar el caldero y la mesa para poder salir cuando terminaran.
—¿Sabías que estaba ahí y no dijiste nada? —inquirió la de pelo caoba indignada—. Casi muero.
—Te falta instinto de reptil —bromeó sacándole la lengua—. Quizá deberías estar con los tejones.
—Tal vez, tenía un cincuenta por ciento de posibilidades —contestó y por una vez la miró retándola a decir algo en contra, su madre había ido a esa otra cosa.
Leyna sonrió. —En cualquier caso me alegro de que estés en Slytherin.
—Claro, sino te perderías todas las fiestas que voy a organizar —contestó nuevamente alegre.
La rubia rio suavemente, justo cuando el profesor les indicaba que comenzaran a dejar las pociones encima de su escritorio y salieran del aula, la clase había terminado.
—¿Vienes hoy a la biblioteca?
—¿Por qué no vienes a la sala común? Dicen que Madame Pince no deja decir ni esta boca es mía —objetó Zaniah.
Ella abrió la boca para negarlo, pero no tenía caso, la eterna bibliotecaria parecía volverse más estricta por segundos.
—Puedo coger un par de libros e ir allí —aceptó a medias, necesitaba esos libros si no quería hacer un trabajo de Encantamientos con una calificación inferior a un extraordinario.
—Vale, te acompaño si es sólo a coger los libros y huir —dijo Zaniah, viendo como Altais pasaba por su lado en esa dirección a paso ligero.
—No querría que los libros se te comiesen —bromeó Leyna repitiendo las palabras que su amiga le había dicho antes de comenzar la clase, y se encaminó hacia la gran biblioteca del colegio, por el momento su santuario personal.
Caminaba al lado de Zaniah demasiado feliz. Aunque habían pasado tres largas horas desde la sorpresa del desayuno, su buen humor no había menguado ni un poco, parecía que era imposible bajarla de esa nube de felicidad en la que se había subido desde el momento en el que vio que ese paquete que le había traído su búho era de su tío Draco. El hombre la había felicitado extensamente en una carta por su elección de casa, estaba tremendamente orgulloso de ella, y le había asegurado que sería la mejor Slytherin de su curso. Como recompensa le había regalado un libro de pociones, uno que llevaba años queriendo leer pero que su madre consideraba demasiado avanzado para ella, además de una rosa blanca que había llamado la atención de la mayoría de alumnos, aunque eso a ella no le importaba.
—Estoy deseando acabar esta clase —comentó, más para ella misma, aunque Zaniah la pudo escuchar perfectamente.
—¿No te gusta Defensa o estás muerta de hambre ya? —indagó.
Ella negó con la cabeza. —Quiero empezar el libro —contestó con emoción.
—Oh… esa cosa… Y mirar la rosa —dijo lo último con una sonrisa.
—Tiene un hechizo para que se mantenga fresca, ¿sabes? —le comentó orgullosa de su tío.
—Lo supuse o habría quedado hecha un desastre en el vuelo —respondió Zaniah.
La rubia asintió. —Aunque Eve suele ser cuidadosa se hubiera estropeado, cuando mi madre se entere de que me mandó regalos le reñirá por mimarme demasiado —rio entre dientes imaginando la escena que ya había presenciado otras veces.
—No me imagino a alguien riñendo al señor Malfoy, parece tan serio —opinó la otra chica.
Leyna prefirió no responder, que Draco Malfoy no fuera tan serio como quería aparentar no era algo que pensara contar por ahí, pregonarlo a los cuatro vientos, sabía que eso era algo que él guardaba para su familia, para la gente a la que quería y en la que confiaba.
—Mira, ya está abierta la clase —le indicó cuando llegaron a la puerta del aula donde impartirían Defensa contra las Artes Oscuras.
En el interior ya estaba el profesor Smith, mirando a todos y cada uno de los alumnos que entraban por la puerta, a Leyna le parecía demasiado serio, al menos la suya era una seriedad que asustaba un poco, nada que ver con el profesor Zrinski y mucho menos con el profesor Towler.
—Si fueran verdes diría que lanza Avadas con los ojos —susurró Zaniah sentándose a su lado.
—¿A ti tampoco te da buena espina? —susurró un poco sorprendida de haber llegado a la misma conclusión que ella.
—Los pelirrojos siempre me han parecido un poco extraños, pero son esos ojos diminutos matándote, sí —contestó.
—Será mejor no llamar la atención —decidió la rubia procediendo a sacar su libro y demás material.
Observaron a Black sentarse pocos segundos después en la segunda fila, delante de ellas y un par de minutos más tarde lo hizo Farley al lado de éste, era curioso ver el buen ánimo de éste último en contraste con el que el primero se esforzaba por mantener. La puerta de la clase se cerró cuando todos estuvieron ocupando sus mesas.
—Soy el Auror Bob Smith —dijo escribiendo su nombre en la pizarra—, y a partir de este año os instruiré para combatir las Artes Oscuras —en las últimas palabras se denotaba su desprecio por esa rama de la magia—. Las Artes Oscuras se caracterizan por su enfermiza atracción para mentes débiles, para aquellos que se dejan seducir por el dolor y el mal —sus pequeños ojos azules se detuvieron unos segundos en Leyna—. En este primer cuatrimestre aprenderéis unos conceptos básicos para defenderos de maleficios y el resto del curso nos enfocaremos en la autoprotección contra ataques de criaturas oscuras.
Leyna frunció el ceño cuando la miró sintiendo como si esas palabras fueran dirigidas a ella, aunque no entendía muy bien por qué. Además no compartía su opinión sobre las Artes Oscuras, si bien había límites que no se podían cruzar, esa clase de magia podía ser fascinante y hacer cosas increíbles, útiles incluso. No entendía cómo un profesor que no sentía esa curiosidad podía estar dando esa asignatura, era un tanto extraño y no era raro que alguien cuestionara la decisión de McGonagall por ello. Le hubiera gustado decir algo al respecto de su propia opinión, pero ese hombre no le gustaba, así que contuvo su mano y decidió seguir escuchando la clase.
Cuando comenzaron las preguntas sobre los hechizos que iban a practicar en esa clase fue cuando empezó a sentir más como el profesor tenía una especie de animadversión para con ella. Ninguna de las veces que levantó la mano para responder él le dio la palabra, incluso siendo ella la única en toda la clase que parecía querer responder, él esperaba a que alguien lo hiciera para darle la palabra en lugar de ella. Una de las veces incluso Black había levantado la mano claramente exasperado por la larga pausa en la clase al dejar la pregunta sin responder en el aire por ignorarla. Leyna no lo comprendía, ella no le había hecho nada, no había llegado tarde, ni recordaba haberle faltado al respeto, estaba segura de que no la había oído hablar con Zaniah porque su amiga sí había respondido a una pregunta que ella le había pasado.
Cuando las prácticas comenzaron ella no podía sentirse más cabreada, la estaba ignorando a propósito, no era justo.
—Dime que también lo has notado —le preguntó a su amiga esperando no estar volviéndose loca.
—¿Al señor Avadas azules? Es demasiado obvio —contestó Zaniah.
—Bien, repetir conmigo: Impedimenta —el profesor continuó la clase y realizó el movimiento de varita despacio, así como su pronunciación, cuando todos estuvieron distribuidos por las clase como había indicado, al ver que no consiguieron efectuar el hechizo se acercó para corregir su vocalización o su movimiento.
Leyna corrigió un poco el movimiento de muñeca de Zaniah, le salía el hechizo, pero le faltaba un poco para que fuera perfecto y sólo necesitaba hacer mejor un giro.
—Prueba ahora.
Zaniah lo hizo y sintió que iba a funcionar, pero no pasó nada casi menos que antes.
—Puede creer, señorita Samuels, que lo sabe todo, creerse superior, pero yo soy el profesor aquí. Sus instrucciones sólo pueden confundir más que ayudar —dijo el profesor aproximándose e hizo la misma corrección a Zaniah, pero en esa ocasión funcionó. El hombre se alejó a ayudar a otro estudiante con un brillo malicioso en sus ojos.
Leyna se quedó mirándolo, con la varita fuertemente apretada en la mano y baja, sintiendo sus ojos picar un poco por la rabia.
—¿Conoces de antes a Smith? Porque parece que te odia —comentó en voz baja Emery, que tenía curiosidad por saberlo desde la ronda de preguntas.
—Yo a él no —contestó Leyna girándose para seguir practicando.
—¿A que lanza Avadas con los ojos? —cuchicheó Zaniah con el chico.
—Si conociera algo peor que el Avada te diría que es eso —concordó el asintiendo—. ¿Verdad, Altais? —preguntó a su vez, metiendo al otro chico en la conversación.
—Tal vez tenga otro club al que quiera que se una —respondió Altais sarcástico, rodando la varita en sus dedos. Era un hechizo demasiado sencillo y ya lo había aprendido con su padre, quería aprovechar el tiempo que tardaban los otros en aprender algo tan simple en practicar otros de los que había practicado sus movimientos, pero en esos dos días aún no había tenido tiempo de practicar, quería terminar sus lecturas primero.
—No seas malvado, si hasta a ti te ha molestado que la ignore, has tenido que hacerlo tú —replicó el castaño.
—Sólo era lenta la clase —lo corrigió.
—Indirectamente te ha molestado —insistió Emery conteniendo una sonrisa.
El profesor interrumpió su charla para pasar a explicar el hechizo Flipendo y Altais miró al techo para contener una mueca de absoluto aburrimiento, esperó a que terminara la explicación y lo realizó con unas cuantas veces para luego volver a rodar la varita con sus dedos con aburrimiento en sus ojos.
Leyna también lo realizo con éxito a la primera, pero decidió repetirlo varias veces más, al menos así no se aburriría tanto ni sería objeto de palabras afiladas por parte del profesor. Al rato les mandaron practicar en parejas, ella y Zaniah se pusieron juntas, al menos así era un poco más divertido, no sabías cómo le iba a salir el hechizo a tu oponente. Su compañera por fin había conseguido hacer los dos a la perfección y el ejercicio volvió a convertirse en monótono y aburrido, aun así prestaba atención a sus movimientos, los hacía con cuidado, por ello le sorprendió que ese Flipendo se desviara de su objetivo, impactando contra un despistado Gryffindor que chocó contra la puerta.
—¡Señorita Samuels! La instrucción era practicar por parejas, no atacar a toda la clase —tronó la voz del profesor—. No quiero peleas de Casas en mi clase.
—Pero… y-yo no quise… se desvió sólo —contestó ella aún conmocionada por lo sucedido.
—Veinte puntos menos por atacar a un compañero y cinco más por responderme. Además para que aprenda un poco de humildad limpiará la lechucería durante un mes —sentenció el profesor con una vena en su frente hinchándose por la rabia.
La chica lo miró con horror, tanto por los puntos perdidos como por el castigo impuesto, no era justo, ella no había hecho nada, el hechizo se desvió solo… Estuvo a punto de salir corriendo de allí por la humillación, pero recordó los consejos de su madre, los de Draco, incluso algunos de su tío Blaise que eran de utilidad, cuadró bien los hombros y alzó la cabeza manteniendo el orgullo alto.
—Cómo usted diga, profesor —contestó en tono frío manteniéndole la mirada.
El adulto pareció rechinar los dientes ante tu impasividad.
—El señor Filch le mostrará cómo debe efectuar el trabajo a las cinco y media de la tarde en punto —dijo antes de girarse para continuar con la clase.
Ella sentía que en cualquier momento sus dientes podían romperse de lo fuerte que los estaba apretando. Se giró bruscamente y observó al chico de Gryffindor, el profesor ni se había acercado a observar si estaba bien, aunque sólo había sido un golpe al menos debería haberlo mandado a la enfermería.
—Lo siento, Walker —se disculpó antes de moverse para ir tras una columna.
Acto seguido el profesor ladró a Wildsmith y al compañero de Walker que acompañaran a éste a la enfermería desde la otra punta de la clase, malhumorado.
A los pocos segundos Leyna se encontró siendo abrazada por Zaniah detrás de la columna.
—Sé que no lo hiciste, te tiene ojeriza —la consoló sonriendo con dulzura—. Venga, hay que decepcionarle —la instó a volver a practicar—. Es demasiado estúpido para acordarse de decir que no practiques más —agregó sonriendo ampliamente.
Leyna se encontró sonriendo por sus palabras y asintió, ella tenía razón, no podía esconderse, ya tendría tiempo de lamentarse después, en la sala común.
—Ey, Parkinson, buena puntería —le susurró Higgs cuando salieron, con una sonrisa ladeada.
—Vete a la mierda, Higgs, déjala en paz —gruñó Emery molesto.
—Vamos, querido primo, hay que reconocerle la puntería —intervino Azaleh.
—Cada vez entiendo menos qué falló contigo —bufó el aludido y se encogió de hombros antes de girarse para darles la espalda y seguir practicando con Altais.
—Obviamente molesto por la pérdida de puntos —murmuró el Gryffindor.
El primo lo ignoró, simplemente continuando con la clase hasta que el profesor la dio por finalizada y todos pudieron salir de allí.
Continuará…
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