Adaptacionnnnnnnnn!
Capítulo 2
Bell obedeció. Se había quedado estupefacta. Mientras ella abría la puerta Edward se preguntó si podría seguir adelante con aquello. ¿Podría realmente hacerlo? ¿Podría casarse con esta mujer tan mediocre por lo que estaba en juego? Verla de nuevo le hizo recordar lo espantoso que era su aspecto. Llevaba una sudadera y unos pantalones anchos, el pelo recogido y tenía enormes ojeras bajo los ojos. Era la mujer más horrible que había visto en su vida.
Pero aquello era lo que la hacía tan perfecta. Era todo lo contrario de Irina, una mujer despampanante; en su lugar llevaría a Italia a una mujer soltera muy sencilla. Sería igual de impactante que el plan anterior, o quizá mejor aún.
-¿Qué está haciendo aquí? ¿Cómo me ha encontrado?
La mujer estaba temblando, estaba claro que la había dejado muy sorprendida. Edward entró en la casa y cerró la puerta. Ella se apartó y se colocó entre el niño y él.
Edward frunció el ceño. ¿Acaso esa mujer pensaba que iba a hacerle daño al niño?
-No se asuste. Conseguí su dirección a través de la empresa de limpieza. Llevo todo el día queriendo hablar con usted. Acaba de llegar a casa, ¿dónde ha estado todo este tiempo?
-Fuera -replicó ella acercándose a la cama por si tenía que tomar a Jake en brazos repentinamente-. No suelo pasar mucho tiempo aquí.
El hombre miró a su alrededor.
-Lo entiendo. ¿De dónde viene esa música?
-Del vecino, le gusta la música alta.
-¡Es insoportable! -afirmó Edward.
Bella estaba de acuerdo con él, pero aun así tenía que aguantarse, como hacían también el resto de los vecinos. Ella seguía estupefacta: había estado a punto de convencerse a sí misma de que lo que le había sucedido aquella mañana no había sido real, y de repente, como si se tratara de un sueño, aquel hombre había aparecido en su casa.
Edward Masenni. El nombre era como una caricia y era perfecto para aquel multimillonario italiano tan elegante...
Bella cerró los ojos durante un segundo al darse cuanta de que lo estaba mirando fijamente. Él se acercó a la mesa del piso y colocó un maletín de cuero sobre ella. De él sacó unos papeles.
-He mandado redactar unos papeles con nuestro acuerdo -le dijo él-. Por favor, léalos antes de firmarlos.
Bella tomó aire.
-No... No voy a firmar nada, señor Mesenni.
-Masenni -le corrigió él-. Usted será la signora Masenni, debe aprender la forma correcta de dirigirse a mí.
Bella se frotó las manos, nerviosa.
-... Señor Masenni... Yo... Yo creo que no voy a poder ayudarle, en serio. Todo esto me resulta demasiado... extraño...
Bella intentó encontrar la forma de decirle que aquella idea era de locos, que no tenía ningún sentido y que no se la podía tomar en serio.
-¿Extraña? -repitió él-. Sí, es extraña, señorita Swan, pero como le dije esta mañana, no tengo otra salida. La empresa Masenni AG está en juego, y no hace falta que le dé más detalles sobre este asunto. Pero es lo que me obliga a casarme durante un tiempo para cumplir ciertas condiciones que me han impuesto. Es tan sólo un pacto que me obliga a casarme, aunque tan sólo temporalmente.
-¿Pero por qué quiere casarse conmigo? -le preguntó ella-. Un hombre como usted podría casarse con cualquier mujer que deseara.
Edward se tomó aquel cumplido como algo obvio.
-No piense en mi proposición como un matrimonio sino como un trabajo, señorita Swan. Un trabajo temporal -el tono de su voz se volvió grave-. Esto es algo que la candidata anterior no quiso entender... La mujer que usted vio esta mañana.
-¿Iba a casarse con ella?
-Sí. Desgraciadamente ella cambió de opinión en el último momento. De ahí mi urgencia por encontrar a otra mujer.
-¿Pero por qué yo? - Bella insistió. Todo le seguía pareciendo absurdo. El hecho de que él hubiese planeado casarse con aquella vaca medio desnuda que había salido enfurecida del piso aquella mañana hacía su proposición más verídica.
Después de todo si era capaz de proponerle a una mujer como aquélla un plan tan descabellado... Aun así ella no podía entender por qué la había elegido a ella. Después de todo un hombre como aquél debía de conocer a muchas mujeres como la de aquella mañana.
-Porque hay una diferencia importante entre usted y las mujeres como Irina. Ella quería el dinero que yo le ofrecía y usted... -él la miró fijamente y ella sintió como si aquella mirada fuera capaz de atravesarla-. Usted necesita el dinero de verdad, lo que hace que tenga más confianza en usted -Ella se quedó inmóvil y él continuó-. Necesita el dinero, señorita Swan, lo necesita desesperadamente para salvarse y para salvar a su hijo. No puede seguir viviendo en un lugar como éste, sabe que no puede, debe salir de aquí. Mi dinero le permitirá hacer eso, es una oportunidad para usted y para su hijo. No la desperdicie, acepte mi dinero -ella se quedó pálida, él podía ver que aquello le había llegado al alma y, como si se tratara de un negocio, decidió aprovecharse del momento para lograr convencerla. La música parecía sonar cada vez más alto-. Le ofrezco una vida nueva, un futuro a cambio de cuatro semanas de su vida. Es todo lo que pido a cambio. Un mes conmigo y después será libre... Libre y con el dinero suficiente como para salir de este lugar para siempre...
Él la miraba fijamente y ella se sentía incapaz de pensar, incluso le costaba respirar.
-Pero yo... Yo no lo conozco, ¿cómo puedo fiarme de usted? -le costaba hablar.
Él alzo la cabeza con arrogancia, una arrogancia que parecía correrle por las venas.
-Soy Edward Masenni. Mi familia goza de buena fama y es respetada y admirada por todos los que la conocen. Soy el director de la empresa Masenni AG, una empresa cuyo valor estimado es de más de cuatrocientos millones de euros. No suelo tener que... demostrar mis credenciales.
Bella tomó aire.
-Sí, pero yo... No me muevo en esos círculos...
-Y la oferta que le acabo de hacer – Edward siguió hablando con arrogancia- es tan sólo lo que le dicho; no hay cláusulas ocultas, ni trucos. Puede hablar del tema con mis abogados si lo desea. Lo que está escrito en estos papeles es lo que obtendrá. Y ahora dígame: ¿por qué no quiere firmarlos?
Bella sintió ganas de decirle que era él, que él era la razón por la que no quería firmar. Lo miró fijamente. Ella no podía casarse con un hombre tan rico, tan guapo... No podía casarse con un hombre, aunque fuera tan sólo temporalmente, que parecía sacado de un cuento de hadas. Era algo absurdo, de locos, algo...
De repente Jake comenzó a llorar y Bella se dejó caer en la cama y lo tomó en brazos automáticamente. Le dio un abrazo y lo colocó sobre su regazo. El niño dejó de llorar y miró al extraño que estaba junto a la mesa. Bella lo abrazó con fuerza y sintió el latido de su diminuto corazón.
-Cien mil libras -le dijo Edward en todo lo que podría hacer con ese dinero - Bella empezó a balancearse y deseó que aquel hombre se marchara, que se fuera antes de que ella aceptara, antes de que él terminara de tentarla como si fuera el diablo-Si no lo hace por usted, hágalo por su hijo.
Bella cerró los ojos e intentó olvidarse de aquel tono seductor.
-Si me voy ahora y no vuelvo nunca más, ¿cómo se sentirá después al saber que desperdició la oportunidad de sacar a su hijo de aquí para siempre? –Edward volvió a hablar. Ella siguió acunando al pequeño-. Tan sólo serán cuatro semanas, nada más, en la casa de mi familia en Italia, que es una casa muy respetable, señorita Swan, se lo aseguro. Y después será libre de hacer lo que quiera.
-Jake viene conmigo -afirmó ella.
Edward asintió con la cabeza.
-Por supuesto que el niño viene con usted, es esencial que venga -Edward pensó que no era necesario aclararle por qué era tan importante que ella fuera una madre soltera-. Lo único que tiene que hacer es firmar estos papeles, eso es todo -sacó un bolígrafo del bolsillo de su chaqueta-. Acérquese...
Había algo en el tono de voz de aquel hombre que hacía que a Bella le resultara imposible resistirse. Dejó a su hijo en la cama lentamente y se levantó.
No era real, todo aquello era un sueño y en un momento u otro ella se despertaría.
Él le ofreció el bolígrafo y ella lo aceptó. Miró los papeles y el espacio en blanco que él le señalaba para que firmara.
Firmó, y de repente, sintió como si acabara de sellar un pacto con el diablo y la tinta fuera roja como la sangre.
¿Qué he hecho? ¡Dios mío, qué he hecho!» se dijo Bella a sí misma. Pero fuera lo que fuera, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Bella estaba sentada mirando por la pequeña ventana. El cielo estaba nublado. Jake dormía en su regazo. El niño se había puesto algo nervioso durante el despegue, pero media hora después había conseguido dormirlo.
Ella miró al otro lado del pasillo. Allí estaba Edward Masenni: trabajaba en unos papeles que tenía desperdigados en una mesa frente a él. Viajar con él era casi como viajar sola.
Estaban solos en el lujoso jet privado que les llevaba a Italia, y para Bella, que no había volado en su vida, era una experiencia que nunca podría olvidar.
Aunque la verdad era que nunca podría olvidar lo que le había pasado desde que firmó aquellos papeles. Sabía que si lo hubiera pensado detenidamente nunca lo habría hecho, así que se había dejado llevar, había dejado que Edward Masenni la montara en su lujoso deportivo y la llevara allí adonde quisiera.
En realidad tampoco lo había visto mucho. Aquel hombre parecía haber perdido el interés en ella en cuanto había firmado los papeles. Estaba claro que para él aquello era tan sólo un trabajo y ella era su empleada. Había mandado a otro de sus empleados a que se encargara de arreglar los papeles del matrimonio y los pasaportes del niño y de ella.
Aquella misma mañana la había recogido en casa y la habían llevado al registro civil donde había tenido lugar la ceremonia. Todo había pasado muy rápidamente, y aunque ella debía de haber cumplido bien con su papel, ya no se acordaba de nada, tan sólo de la imponente presencia que había sentido detrás de ella en todo momento, y aquella voz grave con acento.
Tan sólo recordaba un gesto con nitidez: el de él poniéndole el anillo. Bella había sentido como si una corriente eléctrica recorriera su cuerpo en aquel momento. Debió de ser a causa de la frialdad con que él la había tocado. Y cuando le tocó el turno a ella, notó sorprendida que su cuerpo no respondía y que no paraba de temblar.
Finalmente, lo había logrado; un segundo después, oyó a Jake llorar. Otro de los empleados de Edward lo tenía en brazos y ella tan sólo había podido pensar en estar cerca del niño, así que el resto de la ceremonia era algo difuso para ella.
En cuanto pudo Bella se había acercado al niño y lo había tomado en brazos.
Momentos después Edward se había acercado a ella; tocándola suavemente el codo le había dicho que tenían que marcharse.
Después una limusina los había recogido para llevarlos a Heathrow, y aparte de preguntarle si estaba bien y cómoda de una forma muy impersonal, su nuevo marido no le había vuelto a dirigir la palabra. No parecía querer implicarse mucho en todo aquello, y ella tampoco.
Bella se dijo a sí misma que debía dejarse llevar mientras acariciaba suavemente el cabello de Jake Seguía estupefacta con todo aquello, pero también algo emocionada , ya que, a pesar de las extrañas circunstancias en las que se había visto envuelta, era la primera vez que viajaba al extranjero.
¿Acaso era real que iba a conocer Italia? Desde el momento en que había firmado los papeles había buscado el máximo número de libros posibles sobre el país. Siempre le había gustado mucho leer, y más desde que había descubierto que era una buena forma de apartarse de la realidad, la realidad de una infancia en hogares de acogida rodeada de niños infelices, de adultos amargados.
Mientras miraba aquel cielo cubierto se acordó de Rosaline. Todo se nubló. Ella había tenido que vivir con el abandono de sus padres, pero Jazz había tenido que afrontar algo mucho peor. Su padre le pegaba y su madre era una alcohólica. Jazz siempre se había sentido tan apartada de los demás como ella y era natural que finalmente se hubieran encontrado para crear una amistad real y duradera.
De repente sintió una inmensa pena y miró al cielo mientras se preguntaba si Jazz estaría allí fuera.
Jake se movió y Bella le dio un beso suave y dulce. Amaba a su hijo. Levantó la mirada y volvió a mirar por la ventana. Había hecho lo correcto al aceptar aquel absurdo trato, sabía que sí. Aunque resultara extraño estaba convencida de que había hecho lo correcto. Lo había hecho por Jake.
Por primera vez desde que había firmado los papeles se sintió en paz consigo misma. Había hecho lo correcto y se enorgullecía de ello.
La paz duró hasta que el avión aterrizó y Bella se vio rodeada de gente en el aeropuerto y con un niño en brazos que no paraba de llorar. En aquel momento volvió a sentir que era una pelota arrastrada por la corriente.
Alguien le toco insistentemente el hombro.
-Por aquí -era Edward que le indicaba el lugar donde estaba esperándolos la limusina. Momentos después estaban dentro y a salvo de la multitud.
El viaje en coche duró más de una hora, y la última parte, en la que salieron de la autopista, fue la que más fascinó a Bella. No podía apartarse de la ventana: estaba prendada de aquel paisaje de la Toscana, tan diferente de Londres y sus alrededores. Bella iba señalándole cosas a Jake mientras Edward trabajaba con su portátil. Parecía que quería que lo dejaran en paz y ella no tenía ningún problema en complacerle, ya que si tuvieran que hablar no sabría qué decirle, y prefería dedicarse a saborear aquel maravilloso paisaje.
De repente la calle se volvió más estrecha y la limusina se detuvo delante de una inmensa puerta de hierro forjado. Edward apagó el portátil.
-Ya hemos llegado -dijo en voz alta.
Ella lo miró durante unos segundos. Su gesto era frío y estaba desprovisto de cualquier tipo de emoción, parecía incluso algo tenso. De repente ella también se puso tensa, acababa de darse cuanta de que el viaje tan sólo había sido la antesala de lo que le esperaba de verdad. Desde aquel momento ella tendría que interpretar su papel, el de la signora Masenni.
-Tranquila -le dijo Edward como si pudiera leer su mente-. No debes estar nerviosa por nada. Para ti esto es tan sólo un trabajo. Te ruego que no lo olvides.
Su mirada parecía estar llena de furia y ella sintió que no tenía nada que ver con ella. Estaba enfadado, sí, pero aquel enfado estaba provocado por la obligación de casarse.
Bella pensó que aquello no era asunto suyo sino de él: ella tan sólo estaba haciendo lo que él le pagaba por hacer. Había cumplido con la ceremonia, pero aquello era una formalidad. Era la signora Masenni sólo de nombre, y nunca lo sería de verdad.
Durante unos segundos y mientras se acercaban a la casa había pensado que quizá aquel cuento de hadas era real.
Pero los cuentos de hadas nunca eran reales. No había nada que hacer.
El coche se detuvo delante de una casa parecida a un castillo. Bella se quedó mirándola maravillada. Era una casa muy antigua y muy bella. Las paredes eran de piedra y la puerta de madera. Los terrenos se extendían más allá de la vista y en ellos había numerosos montes y bosques. Bella tomó a Jake en brazos y salió del coche. Era un caluroso día y los rayos del sol calentaron su piel a través del fino vestido de algodón que llevaba. Era el mejor vestido que tenía. Le quedaba grande y estaba pasado de moda pero, ¿acaso importaba? Edward Masenni no le había dicho nada al respecto así que no debía disgustarle demasiado.
-Ven -el hombre con el que acababa de casarse la había agarrado del codo. Seguía tenso.
Bella lo miró un instante. Perecía abstraído y se dio cuenta de que probablemente lo que menos le preocupaba a aquel hombre en aquellos momentos eran Jake y ella.
Mientras se acercaban a la puerta principal un hombre la abrió y salió de la casa. Era un hombre mayor y llevaba una camisa de manga corta y una chaqueta.
Bella pensó que debía de tratarse del mayordomo. Saludó a Edward, y a pesar de que ella no entendió la conversación, se dio cuenta de que su llegada le había sorprendido.
Y más la de ella.
Siguieron hablando unos momentos y Bella captó la mirada de desaprobación en la cara del mayordomo y el espanto con el que luego los miró a Jake y a ella.
Edward estaba poco hablador y parecía disgustado por algo que le había dicho aquel hombre.
Una vez dentro Edward se acercó a ella.
-Tú y el niño debéis de estar cansados, probablemente querréis descansar un rato. Sígueme -él seguía hablándole con un tono impersonal.
Subieron al segundo piso y Bella no podía creerse lo bello que era todo aquello. Todo parecía muy antiguo y muy caro. ¿Y ella iba a vivir allí durante las siguientes dos semanas? No se lo podía creer.
Edward la condujo a un dormitorio donde había una hermosa cama de madera repujada, una alfombra persa bellísima en el suelo y, frente a la cama, una chimenea de piedra.
-El baño de la habitación está ahí -él seguía hablándole de una forma muy impersonal-. Tienes todo lo que necesitas para el niño y para ti. Si no Giuseppe se encargará de conseguirte cualquier cosa que necesites.
Ella logró asentir con la cabeza. Se sentía extraña. El hombre los había seguido y acababa de entrar con la maleta de ella. Su equipaje parecía tan fuera de lugar como ella misma.
-Muy bien -dijo Edward-. Descansa un rato. ¿Quieres un café?
Ella asintió.
-Sí, gracias.
-Muy bien -volvió a hablar él-. Giuseppe te acompañará abajo cuando hayas descansado. Ah... Y no hace falta que te cambies de ropa.
Tras aquellas palabras se fue y Giuseppe lo siguió.
Bella miró a su alrededor de nuevo, estaba claro que la estaba apartando hasta que la necesitara, aunque no podía quejarse del lugar que le habían dado para apartarse. La habitación era preciosa. Lo único que le preocupaba era que todo parecía demasiado valioso para gente como Jake y ella.
Aun así Jake estaba deseando explorar aquello, y ella se apresuró a dejarlo en el suelo. El niño se dirigió a la enorme cama. Bella pensó que no haría falta pedir una cuna. La cama era lo suficientemente grande para su hijo y para ella.
¿Y su marido?
Se apresuró a apartar aquella idea de su cabeza. Edward Masenni era su marido tan sólo legalmente. No era de su incumbencia dónde durmiera.
Edward bajó las escaleras. Seguía tenso. No tenía ganas de enfrentarse a su padre, pero hacerlo era tan inevitable como esencial. Tenía que enseñarle a su padre, de una vez por todas, que no era su marioneta.
Para su padre la empresa Masenni AG, que había sido fundada hacía cien años, era tan sólo un negocio que permitía que la familia mantuviera un cómodo estilo de vida.
Pero Edward no pensaba igual. El mundo había cambiado y ahora todo estaba globalizado. Masenni AG tenía que moverse con los nuevos tiempos y para conseguirlo tenía que entrar en el juego de la globalización. La competencia era cada vez mayor y el mercado exigía cambios importantes. Un negocio familiar no podía sobrevivir en aquel ambiente.
Hasta el momento Edward había tenido que luchar con su padre para realizar cada cambio, cada paso para modernizar la empresa. Él era el director, pero su padre era el Presidente del Consejo y la mayoría de las acciones le pertenecían. Su padre había desaprobado los numerosos pasos que Edward había dado para abrirse un hueco en el mercado europeo; él sabía que su padre en el fondo deseaba que la empresa permaneciera activa a escala nacional únicamente.
Pero Edward había trabajado muy duro para hacer que la empresa creciera, y no iba a permitir que su trabajo se malgastara o que su padre vendiera la empresa a extranjeros.
Para evitar que algo así sucediera estaba dispuesto a hacer cualquier cosa. Y lo había hecho.
Atravesó el pasillo de suelo de mármol y se dirigió a la biblioteca que él solía usar como despacho. Se acercó a la ventana desde la que se veía la piscina y miró por ella. Era muy típico de su padre no estar en casa cuando él quería que estuviera. Giuseppe le había dicho que tanto su padre como su prima habían salido a comer y no volverían hasta la tarde. Después, el mayordomo le había preguntado quiénes eran aquella mujer y el niño.
Edward le había contestado que la identidad de sus acompañantes era una sorpresa. Sonrió. Sería una verdadera sorpresa para todos... Como él había previsto, aquella mujer era ideal para sus planes. Había entrado en la casa y no había parado de mirar a su alrededor boquiabierta, y con aquel horrible vestido que le quedaba tan grande y el pelo torpemente recogido.
Sonrió aún más. Su padre se pondría furioso no sólo por ver cómo se burlaba de él al no casarse con su prima, sino además por saber que una mujer como aquélla llevaba su mismo nombre.
De repente Edward frunció el ceño y después se calmó. La chica nunca se daría cuenta de por qué ella era perfecta para conseguir lo que se proponía; además, le pagaba una cantidad que para ella era mucho dinero. Hasta el momento ella había cumplido muy bien con su papel, que básicamente consistía en obedecer, no hacer preguntas y quitarse de en medio cuando así se le pedía.
Se apartó de la ventana y se sentó a trabajar un rato: quizá aquello lograra distraerle y hacerle olvidar lo que le esperaba cuando apareciera su padre.
Edward no entendía por qué las cosas tenían que ser así. Era imposible imaginarse una conversación normal con su padre, siempre tenía que enfrentarse a él.
Suspiró. La verdad era que había hablado más veces con Giuseppe y su mujer María que con su padre. Ellos habían sido los que lo habían visto crecer, los que lo habían cuidado y se habían preocupado por él como verdaderos padres.
Sabía que su padre lo veía como un caso perdido, y de ahí venía su deseo de obligarlo a casarse Edward se puso serio: si realmente hubiera podido hablar con su padre tranquilamente, no tendría que haber hecho lo que se había visto forzado a hacer aquella mañana. De repente, recordó la muerte de su madre en un accidente de tráfico cuando él tenía quince años. Aquello le entristeció. La relación entre padre e hijo nunca había vuelto a ser la misma desde entonces. Su padre, muy triste por la muerte de su mujer, se había apartado de todo el mundo, y entre ellos de su hijo. El sabía que había sido un adolescente rebelde en un desesperado intento por llamar la atención de su padre, por pedirle ayuda, por suplicarle que se acercara a él cuando más lo necesitaba.
Pero ya era demasiado tarde. La distancia entre padre e hijo era cada vez mayor. Ya sólo sabían hablarse discutiendo.
De repente oyó cómo un coche se aproximaba a la casa y levantó la mirada. El sonido de los frenos del deportivo de Victoria era inconfundible. Para ella era muy importante que siempre la vieran con el coche adecuado, en el lugar adecuado, con la compañía adecuada y con la ropa de los diseñadores más famosos. De ahí venía su deseo de casarse con alguien muy rico.
Cuando oyó las voces en el pasillo Edward salió de la biblioteca, no sin antes obligarse a sí mismo a fingir estar tranquilo.
-¿Edward? -exclamó su padre al verlo. Luego se detuvo.
-Papá -le dijo él mientras se acercaba a su padre.
-¿Cuándo has llegado? -le preguntó Anthonny Masenni sorprendido de verlo allí.
-Esta tarde -le contestó él con aparente normalidad mientras se acercaba a su prima, que también parecía muy sorprendida.
-Victoria -le dijo con un tono frío y educado mientras la besaba en ambas mejillas. Iba demasiado perfumada y maquillada, pero era una mujer hermosa.
-Edward -afirmó ella-. Qué sorpresa tan inesperada.
-Como puedes ver, el hijo pródigo regresa a casa -dijo él-. ¿Habéis pasado un día agradable?
-Muy agradable -contestó Victoria-. El tío Anthonny me acompañó a la inauguración de una exposición en Florencia. Es un artista nuevo que me gusta mucho.
Edward sonrió.
-¿Y tú también le gustas a él?
Victoria se puso seria inmediatamente.
-¡Me ofendes, Edward!
Él se encogió de hombros con elegancia. Él sabía que no debía enfadarla, pero sabía también que la mayoría de los amantes de Victoria eran artistas. Hombres jóvenes que la soportaban a cambio de que ella les diera un poco de fama. Aquélla era una de las muchas razones por las que Edward no quería casarse con ella. Victoria le decía que era un hombre muy conservador, pero él prefería que su prometida no tuviera tantos amantes.
Se quedó quieto. La idea de que una mujer inglesa tan corriente fuera su mujer desde hacía menos de doce horas le pareció completamente increíble de repente. ¿Lo había hecho realmente? Todo parecía absurdo, cosa de locos en aquellos momentos. Después volvió a ponerse firme.
Sí, lo había hecho, había firmado los papeles. Se había casado con ella. No había tenido alternativa. Un fuerte resentimiento lo invadió, pero logró controlarse. Iba a vengarse de lo que su tozudo padre lo había obligado a hacer en aquel preciso momento.
Su padre volvió a hablar.
-¿Y a qué se debe esta inesperada visita?
Los ojos de Edward brillaron momentáneamente.
-Pero, papá, mañana es mi cumpleaños, ¿no te imaginaste que vendría? –Anthonny Masenni lo miró sorprendido-. Pues aquí estoy -le dijo con una sonrisa-. Ven conmigo a la terraza, creo que tenemos algo que celebrar.
Edward notó cómo Victorialo miraba atentamente y con furia. Después miró a su padre y sonrió.
-Por supuesto, Victoria, tú también puedes acompañarnos.
Ella pareció complacida y los siguió.
-Muy bien -dijo Edward y volvió a sonreír.
Soy la persona mas dispersa del mundo, les juro que se me olvido que tenia una historia ¿que tal?... No se donde tengo la cabeza la verdad! Mil disculpas en serio... Si ven algun error no duden en decirmelo!
Besosososososos
100% Magia y Amor!
xoxoxo
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