Los nombres de los personajes son propiedad de Stephenie Meyer, pero la historia me pertenece.
Me bañas con canciones de cuna mientras te alejas.
Me recuerdas lo que es perder el tiempo en este fatídico día.
Nos vemos en el amargo final.
The Bitter End - Placebo.
Ficción.
Los días habían transcurrido mucho más lento de lo que significaba el tiempo, era algo irritante. Desde la noche del concierto lo veía con frecuencia… Claro, cuando tenía tiempo.
Me afligía estar con él sólo unos cuantos minutos al día, y aunque eran los minutos más largos y hermosos de mi existencia sorpresivamente tenían fin. No sabía porque me hallaba tan trastornada u obsesionada con el hombre para el que trabajaba, quizá era mera atracción. Él era guapo y después de todo yo era una chica.
Tenía miedo de que todo esto saliera mal. No éramos nada, no nos pertenecíamos, no había reglas. A la larga, saldría lastimada… Era tan simple: yo sólo estaba ahí para llamar la atención de su verdadero amor, para hacerla volver.
¿Qué estaría pensando aquélla mujer al irse con otro?
¿Cómo es que era tan ciega?
Un amor así, un amor como el que él le proclamaba no era fácil de ignorar. ¿Cómo había podido hacerlo ella?
La necesitaba; sin su compañía era miserable y solitario. Las miles de fervientes seguidoras que lo abrumaban con frecuencia no eran suficientes, la verdad es que únicamente se dedicaba a cantar lo que su alma padecía. Quería ser escuchado, pero nadie prestaba atención.
A su dolor, recibía aplausos.
- ¿Señorita? ¿Se encuentra bien?
- Claro Esme, es que todo esto… Manejar una relación así es muy estresante.
Solté un suspiro mientras me masajeaba las sienes con los dedos.
- No se preocupe, se acostumbrará.
Acostumbrarme era lo que no quería, él bien podía conseguir sus propósitos y hacer que su amada volviera pero, ¿Qué pasaría conmigo? ¿Cómo volver a mi antigua vida? Al menos ahora tenía dinero, seguramente estaría bien. No debía preocuparme demasiado.
- ¿Bella? – me llamó Edward, aproximándose hacia donde nosotras estábamos, lo miré sin sonreír. Más bien quería que se alejara de mí antes de que terminara de destrozar mi vida. Antes de pudiera enamorarme de él. Amor. Amor. Amor. ¿De qué se trata esto Bella?
Lo que yo hacía no me tenía contenta, pero lo que él estaba haciendo conmigo no era exactamente lo que toda chica deseaba.
- ¡Ya voy! – contesté exhausta.
Salimos de la disquera tomados de la mano, y enseguida los fotógrafos nos acorralaron.
- ¡Bella! ¡Edward! ¿Cómo va su relación? ¿Compromiso? – miles de preguntas, algunas inteligibles debido al bullicio, pero todas absurdas.
Él pegó mi cuerpo al suyo, y dijo:
- ¡Somos muy felices! ¡Puede que pronto me convenzan de dejar de ser soltero¡
Al término de ésa frase una alarma comenzó a retumbar en mi cabeza. ¿Compromiso? No estaba dentro del contrato. No había mencionado nada de eso en sus anteriores "relaciones" ficticias. Comenzaba a ponerme morada del puro espanto; pero al sentir sus labios suaves y cálidos sobre los míos, dejé de pensar.
Sonreí, aceptando con ello mi sentencia de muerte y subí al auto.
No existía ya poder en el mundo que osara desprenderme de él. En un acto poco simbólico mi alma se había prendado de su esencia. ¿Amor a primera vista? Nada de tonterías. Era algo pasajero. Sí, un sentimiento pasajero.
- Lo del compromiso es cierto – soltó con descaro, mientras encendía un cigarrillo.
- ¿Y si no quiero?
Le pregunté desafiante. No quería casarme, y mucho menos con él. No estaba tan desesperada…
Suspiré en un gesto de alivio, las emociones que minutos atrás habían estado a punto de consumirme ahora se encontraban a mis pies convertidas en cenizas. No lo amaba. Le quería quizá, pero no lo amaba.
Él me miró con nerviosismo al darse cuenta de que yo no bromeaba, pero después se echo a reír abiertamente.
- ¡Vamos, no te hagas la tonta!
- ¿Qué quieres decir con eso? – le pregunté extrañada.
¿Acaso había malentendido mis atenciones? ¿Pensaba que me había enamorado?
- Te pagaré bien, nadie que se considere inteligente rechazaría ésa cantidad. Pareces confiable, a las otras no se los hubiera propuesto.
Me obsequió una de sus falsas sonrisas… La típica sonrisa torcida que les daba a los periodistas. Pero a mí no iba a engatusarme. Le conocía, por lo menos lo poco que estas casi tres semanas que habíamos pasado juntos me habían permitido.
- ¡No voy a casarme contigo! – le contesté, ocultando mi enfado.
Él río aún más.
- Entonces, si no lo haces por dinero hazlo por mí. Estoy muy solo, la única mujer que amé en mi vida se olvidó de que existo o quizá no le importa si quiera. Tú eres amable, lista y sobre todo dulce, podemos ser un buen equipo como pareja.
¿Estaba escuchando bien? No podía ser.
Sacudí mi cabeza, y mis cabellos se estrellaron contra mi rostro. El alejó los mechones que lo cubrían, recorrió con la punta de su pulgar mis labios y…
- Voy a besarte.
- ¡No! – pedí, pero ya era demasiado tarde. Su boca se había perdido en la mía en cuestión de segundos. No estaba jugando limpio, alguien como él no lo haría.
Acepté sus besos, en el fondo los necesitaba; pero no lo admitiría.
Se apartó en cuanto se dio cuenta de que precisaba de respirar y me dejé caer sobre el respaldo del asiento, completamente vencida (por el momento).
Crucé los brazos para contener la rabia. No podía callarme de esta manera cada que se le daba la gana.
Lo miré a través de los cabellos sonreír triunfante, y mi cuerpo se contrajo del coraje.
¿Por qué jugaba conmigo así?
¿Por qué me confundía?
¿Por qué me hacía perder la razón?
Tomé aire y desvié la mirada hacia la ventana.
Recordé la noche en la que lo había escuchado llorar por ella, lo había escuchado decir su nombre entre sollozos, totalmente ebrio y perdido. Por supuesto se percató de mi presencia y al instante me besó, imaginando que era ella… después me arrojó al sillón con enfado diciendo: no sabes a mí Rose. La desilusión que había en su voz me quemaba el rostro, las extremidades; no pude decirle nada, así que se marchó.
Había sido uno de mis peores días a su lado. Mi vida era simple antes de conocerlo. No era feliz, pero ¿quién necesitaba serlo?
Comía poco, bebía poco, caminaba mucho, lloraba sin razón, a veces reía, y ahora…
Ahora flotaba sobre la inmensidad, lloraba de dolor, de verdadero dolor: de ése que se esconde en las entrañas asfixiándote mientras luchas por detener las punzadas del agobiante sufrimiento.
- ¡Señorita! ¡Al fin despertó! ¡Estaba tan preocupada! – Señorita. Señorita. Ya comenzaba a fastidiarme eso.
- ¿Qué sucedió?
- Se desmayó en el auto, ¿no recuerda nada?
- No, de verdad que no. ¿Y él?
No me atreví a decir su nombre.
- Pues, él. Lo que pasa es que… Rosalie quería verlo, ella estará aquí sólo esta noche. Edward estaba muy preocupado por usted, pero…
Tenía que ser.
- No. No Esme, no te preocupes. Lo entiendo, después de todo, ¿ése era el propósito no?
Ella me miró condescendiente.
¿Y él idiota me había propuesto matrimonio? ¡Qué estúpido!
- ¿Lo quiere verdad?
Trague saliva de modo patético y audible debido a la sorpresa.
- ¿Qué? ¡Claro que no!
Estaba acorralada. ¿Era tan obvio?
- Puede confiar en mí, sé que no tiene familia, y qué ve con poca frecuencia a sus amigas. Puede sentirse libre de hablar conmigo.
Abrí los ojos de par en par. ¡Qué sinceridad al describir mi solitaria y desdichada vida social!
- Pues yo, no lo sé. Me siento muy bien a su lado, pero a la vez me lastima. No he querido a nadie después de... - me callé al instante - por eso yo… No sé si es cariño o simplemente algo está mal en mí. De todas formas, si se tratará de algo por el estilo, sería eso: cariño. No amor.
- No diga eso, ya verá que él se dará cuenta de lo gentil y buena que es usted.
Dudé. ¿Desde cuándo eso era lo que buscaban los hombres como Edward Cullen? No era fea, pero no tan bella como su amada Rosalie. Por lo demás era cierto; yo era una buena persona.
- Supongo ya se percató de ello, por eso me trata de esta manera. Hoy prácticamente me propuso matrimonio.
Ella se puso de pie.
- Algo me sospechaba. Vi lo que le dijo a la prensa en las noticias de espectáculos. No piense mal. Él no es tan malo.
Me di la vuelta, haciéndome ovillo sobre la cama. Aspiré el aroma a hospital y me descompuse.
- No lo sé. Me siento desprotegida, como si él creyera que puede hacer lo que quiera conmigo. Incluso a veces sé que lo intenta. Me da un terrible temor que un día sea capaz de llegar a acceder a todas sus absurdas peticiones.
Esme nuevamente se sentó a mi lado, y envolvió una de mis manos entre las suyas. Obviamente sentía pena por mí, pero no me molestaba. No ahora.
Cerré los ojos, quedándome dormida de inmediato.
Mis sueños, mis pesadillas habían sido muy vívidas; para cuando desperté mi estómago se encontraba revuelto. Tenía sed y náuseas. Muchas náuseas.
- ¿Estás bien?
La voz perteneciente a la pregunta puso a mi sistema alerta.
- Sí – susurré.
- Te vas a mi casa de playa, ahí podré cuidarte.
Me ordenó.
- No hace falta, me siento muy bien.
Le respondí sin ánimos.
- Dije que irás – esta ocasión su tono de voz fue amenazante, así que no replique nada. No por miedo, si no por falta de ganas.
- Necesito escribir unas canciones para el nuevo álbum, me siento inspirado. Tendremos una semana para descansar.
¿Inspirado? Conocía el nombre de aquélla repentina inspiración.
Me limité a asentir con la cabeza.
Caminó hacia mí y me indicó que me pusiera de pie. Hice caso, pero perdí el equilibrio y casi me golpeo contra la pared.
- Siéntate, te vestiré.
- ¡Oh no! ¡Sal de aquí, puedo hacerlo sola! – grité alarmada.
Enarcó una ceja.
- No puedes ni sostenerte. No te preocupes, no veré nada.
Lo miré suplicante, pero él no cedió.
- Aunque tampoco es que haya mucho que ver.
Sonrío juguetón, pero lo ignoré.
Acercó la pequeña mochila guinda que había traído consigo, la abrió, sacó un par de calcetines y se agachó para ponérmelos. La tela era suave, no eran míos.
- No es mi ropa – afirmé.
- No, pensé esto te gustaría.
Decidí no discutir por eso. Me ayudó a levantar y me enfundó unos jeans negros, teniendo mucho cuidado en no tocarme; después me hizo dar la vuelta, provocando que le diera la espalda y me quitó la horrenda bata azul.
- Levanta los brazos – me indicó.
Lo hice, y sentí como deslizaba la blusa color celeste sobre mis hombros. Me giró de nuevo, dejándome frente a él para colocarme una sudadera negra con un pequeño estampado que no alcancé a distinguir del todo.
- Siéntate, te pondré los zapatos. Todo era negro, su color favorito.
Alzó ligeramente mi pierna; colocó uno y después el otro.
- Gracias – murmuré.
Edward guardó silencio absoluto mientras sacaba un cepillo redondo de uno de los bolsos laterales de la mochila. Lo deslizó delicadamente por mis cabellos hasta dejarlo liso, sin ningún nudo.
Cuando terminó de guardar lo que hacía falta, se quedó en pie justo a un paso de mí, sonrió y me besó en la mejilla.
- Eres linda. ¿Lo ves? Puedo ser amable.
Puse los ojos en blanco.
Me estaba enloqueciendo. ¿Qué tenía entre manos?
- Vámonos.
Lo tomé del brazo como ya era costumbre, y caminamos hasta la puerta principal. Varias de las enfermeras y doctoras nos miraban, se notaba que creían que yo era muy insignificante para él. Pero al final, únicamente era envidia. Estaba familiarizada con ése comportamiento, las mujeres solían verme así la mayor parte del tiempo, y era mucho más evidente cuando él se hallaba a mi lado. No me interesaba.
Esto no era para siempre.
La salida del hospital fue dramática. Algunos reporteros especulaban sobre un posible embarazo, y otros creían que era un problema de drogas… ¡Qué tontería!
La declaración de Edward había sido concisa y clara.
"Todo está bien, sólo fue un desmayo. Acompañarme a los conciertos ha sido muy cansado para ella. Gracias por su preocupación."
Quería dormir. ¿Cuándo llegaríamos a casa? Ya no quería verle ni tenerle acerca. Había sido demasiado por hoy. Nuestros brazos se rozaban de vez en cuando dejándome un leve hormigueo proveniente de no sé donde, ya no lo soportaba.
Aún así, el automóvil condujo por dos horas por un camino desconocido, parecía querer joderme la maldita existencia. Entonces pregunté:
- ¿Por qué tardamos tanto? ¿Qué pasa?
Pregunté a modo de queja.
- ¡¿No te dije que te llevaría a descansar?!
Su respuesta burlona me molesto. Como si fuera tan obvio…
- ¿Ahora?
- Pues sí – contestó con sorna.
- Pero no tengo ropa. Pudiste avisarme. ¿Sabes lo qué es eso no?
- Todo está arreglado, y estuve pensando que te hace falta ropa nueva. – hizo una pequeña pausa. - No discutas conmigo, no te conviene.
Sus cejas casi se juntaban, se había enfadado.
- Tú eres lo que no me conviene.
Respondí en voz baja para que no pudiera escucharme. Mis manos formaron puños, y cerré los ojos dejándome llevar por la voz de Amy Winehouse en el tema de Back to black.
- Excelente Bella, el silencio te queda bien.
Bufó por debajo.
Resoplé, pero no dije nada más.
Media hora después (un total infierno) llegamos al aeropuerto, lo que desbordó un caos total. Decenas de chicas se nos abalanzaban, los de seguridad trataban de cubrirnos pero era demasiada gente. Edward se aferraba a mi mano con fuerza…
- Iré unos minutos.
Asentí.
Los escoltas nos siguieron, formando una valla a nuestro alrededor. Él sonreía con habitual encanto; se tomó varias fotos, y dio varios autógrafos mientras yo respondía diversas preguntas extrañas, como:
¿Cómo besa?, ¿Es verdad que estas embarazada?, ¿Lo amas?, ¿Se casarán? ¿Cuándo lo vas a dejar?
Yo sonreía con naturalidad, y trataba de contestar las interrogantes menos complicadas. Agradecía que cuando él estaba presente las chicas se comportarán benévolas conmigo. No me apetecía tratar con insultos a esta hora del día.
En fin, cuando Edward decidió que era suficiente me tomó del brazo y nos encaminamos hasta la sala de espera VIP, pero gran parte del gentío comenzó a gritar eufórico:
¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!
El sonrió galante, me asió de los bolsillos del pantalón, y se unió a mi boca con fiereza. Simplemente no pude evitarlo, y me abandoné a sus brazos; lo atraía hacía mi halándolo de sus cabellos, saboreaba sus labios y disfrutaba el calor del contacto.
En segundos él se alejo, y di las gracias a la nada por eso.
Sonreí nuevamente, esta vez a regañadientes.
Él nos hizo girar en dirección a la multitud, ésta nos tomaba fotos, y gritaba su nombre emocionada.
Negué con la cabeza. Me estaba convirtiendo en una buena actriz.
Afortunadamente no tuvimos otro percance y pudimos tomar el avión. Los asientos de primera clase se sentían excesivamente cómodos, eran mucho mejor que mi antigua cama… Me hacían querer dormir, dormir y dormir. ¿Existe algo mejor que dormir? Para mí no.
Había sido un viaje largo y sin quererlo descansé sobre su pecho todo el tiempo. Me preguntaba si él había tenido algo que ver. No era de las que invadían el asiento contiguo, aún dormida no lo hacía.
- Lo del matrimonio lo dije en serio.
Murmuró sobre mi cabeza cuando se percató de que me encontraba despierta. Pensé en apartarmel, pero no lo hice. ¿Por qué? No estaba segura.
- Tampoco bromeaba al respecto. No me casaré contigo.
Su respiración se volvió entrecortada, podía sentirla sobre la mejilla.
- Ya veremos.
Sentenció.
Hola!
Muchas gracias por sus Reviews, y perdonen por tardar tanto en actualizar.
Un saludo a Javiwiwi Masen, a Betk Grandchester, a Ztrella znxez, a LUZ. C.C, a Sandy56, a DiAnA FeR, a Ashleyswan, a nelithaa-bella, a jhanulita, a Alice (muchas gracias por el consejo, saludos), a Inledes, a Doristarazona, a Anónimo, y a todas las que escriben por facebook.
Las quiero mucho, ya lo saben. Igualmente a mis lectoras fantasma, espero estén muy bien.
Aquí les dejo el segundo capítulo esperando que lo disfruten.
Un abrazo.
Anabelle.
