Disclaimer: ¡Oye, Arnold! no me pertenece. Todos los derechos están reservados por Craig Bartlett y Nickelodeon.


CAMINO DE VUELTA

Capítulo 2: En el corazón de la selva.

Arnold miró por la ventana del avión y observó las nubes que se extendían por el cielo. Un cosquilleo agradable le invadió el cuerpo; estaba en casa, había regresado y tenía ganas de todo: Ver a sus abuelos, saludar a los inquilinos… reencontrarse con todos sus amigos… saber qué era de sus vidas. Aunque Gerald lo mantenía un poco al tanto no era lo mismo imaginárselos que verlos.

Señores pasajeros, estamos por aterrizar. Por favor, permanezcan sentados, y con el cinturón de seguridad abrochado hasta que el avión haya parado completamente —el anuncio de la azafata lo sacó de sus pensamientos. Obedeció la indicación y tragó saliva. Estaba emocionado y nervioso.

Diez minutos después, Arnold Shortman se encontraba atravesando el aeropuerto con maletas en mano. El día estaba radiante y fresco… ¡cuánto había extrañado ese clima! En San Lorenzo todo había sido húmedo y caluroso, propio de la selva y le había costado mucho trabajo acostumbrarse.

El chico se dirigió a la salida y abordó un taxi.

— A Sunset Arms, por favor —le indicó el chico al chofer.

— ¿Es en Hillwood, verdad?

— Así es —sonrió, contento de escuchar el nombre del lugar, de boca de alguien más. El aeropuerto estaba casi del otro lado de la ciudad, por lo que le aguardaba un pequeñito viaje más para por fin estar en casa.

Habían sido muchos años lejos. Cuando Arnold se embarcó en el viaje a San Lázaro, se llevó consigo las esperanzas de sus abuelos, de sus amigos… del vecindario. Todos le desearon la mejor de las suertes para que pudiera llegar con bien y después, para que por fin encontrara a sus padres.

Al llegar a San Lorenzo el rubio se llevó una gran sorpresa al descubrir que no era un lugar totalmente desierto. Cuando sus padres se habían ido para allá (de acuerdo a lo que sus abuelos le habían contado cientos de veces y al diario de su padre), lo único que se podía encontrar era selva, e incluso llegar allá era posible sólo en avioneta. Sin embargo, esa vez el jovencito encontró más civilización de lo que esperaba; había una iglesia, casas y una plaza e incluso el pueblo estaba conectado a la capital por una carretera. Lo primero que hizo fue investigar con las personas de lugar sobre sus padres y se encontró con que la mayoría sabía de ellos o los había conocido.

Más pronto de lo que pensaba, Arnold logró hacerse de amigos y ser aceptado en la comunidad, debido al agradecimiento que le tenían a sus padres y al ver que era un buen muchacho. Entre los habitantes se encontraba Juan, quién tenia su misma edad y era hijo de Eduardo, el amigo de sus padres y a su madre, Elena.

Juan llevó a Arnold a la casa que sus padres ocuparon, para que él se instalara ahí. Aquella choza era muy sencilla, pero práctica. Fue un momento sumamente nostálgico cuando colocó las pocas cosas que había llevado en esa casa e incluso, el rubio no pudo ni dormir la primera noche. Se la pasó pensando e imaginando cómo había sido la vida de Miles y Stella ahí y la de él, siendo apenas un bebé de pocos meses.

Aunque los planes del chico de Hillwood eran comenzar a buscar cuanto antes, Juan aconsejó repasar las pistas del diario de su padre y las que su propia madre Elena podía aportar. Según esto, la enfermedad del sueño volvió a atacar a los ojos verdes, por lo cual Eduardo dejó San Lorenzo para buscar a Miles y Stella. Arnold recordaba ese día, en que los vio partir a los tres de regreso, a pesar de que sólo tenia un año de edad. Se suponía que los tres habían regresado a San Lorenzo a ayudar… sin embargo en ese punto del rompecabezas, las piezas faltantes estaban perdidas y los chicos sólo podían guiarse por suposiciones o corazonadas. La gente del pueblo dijo que no los había visto regresar y a otros pocos les pareció haberlos visto entre la selva. Tal hecho era extraño y un tanto desalentador para Arnold, que a pesar de eso trataba de mantener la esperanza. El chico suponía que como los ojos verdes vivían muy adentro en la jungla, lejos del pueblo, sus padres se habían asentado con ellos. Pero aquella idea no sonaba lógica para Juan, quien la refutaba argumentando que su padre hubiese regresado al pueblo por él y su madre.

Pasaron cerca de 6 meses discutiendo, documentándose e investigando con aldeanos, cuando al fin, con un buen plan armado de los posibles lugares en donde los ojos verdes podían encontrarse y a donde seguramente sus padres fueron, Juan y Arnold se adentraron a la selva. Eran dos jóvenes, cargados de víveres y casas de campaña y con la convicción de encontrar y descubrir lo que había pasado con sus padres.

Ambos muchachos, peinaron la jungla cerca de 3 meses más, soportando climas intempestivos de lluvias, humedad y calor; lidiaron con leopardos, serpientes y mosquitos. Arnold se alegraba mucho de que Juan fuera su amigo, pues sin él, sabia perfectamente que no sobreviviría. El chico, le enseñó a pescar, a distinguir entre plantas medicinales, venenosas y comestibles y a encender fogatas sin fósforos (los cuales se mojaron en una de tantas tormentas). Cada vez que encontraban ruinas Arnold no podía evitar esperanzarse y en pensar que estaba cada vez mas cerca de sus padres.

Pero así pasaron muchos días, con pocas pistas que iban mermando sus ilusiones. Hasta que todo cambió el día en que Arnold cumplió un año de haber llegado a ese lugar:

Caminaban a paso lento debido al cansancio, cuando comenzaron a escuchar el sonido de agua caer.

¿Q-Que es eso? —preguntó el rubio.

Parece una cascada… —comentó Juan, agudizando el oído.

¡Es la cascada que mi padre describió en su diario! —el chico salió corriendo cuesta abajo, siguiendo el sendero de la cascada. El diario de Miles indicaba que ese había sido el lugar en donde uno de los ojos verdes le salvó la vida a él y Stella. Arnold estaba convencido de que encontraría por lo menos a uno de ellos rondando por ahí, pues su territorio no estaba lejos, según los escritos de su padre.

El chico corrió mas y más impulsado por bajada de la montaña. Pronto divisó un templo a lo lejos, uno más grande que los otros tantos que habían visto por días.

¡Oye, Arnold! ¡Espera! —oyó gritar a Juan a lo lejos.

Pero él no podía esperar más, estaba muy cerca. Hubo un punto en el camino en que las enredaderas y el monte no lo dejó avanzar. Aquel lugar estaba abandonado, lleno de maleza y enramados así que tomó su cuchillo y comenzó a cortar. En ese lapso Juan lo alcanzó e hizo lo mismo, lo ayudo a cortar para que pudieran avanzar. Ninguno de los dos decía nada, sabían que estaban por encontrar algo.

Estaban en la labor de cortar y avanzar cuando el cuchillo del moreno se estrelló con algo metálico.

¿Qué es? —preguntó Arnold. Juan buscó entre el suelo y levantó un pedazo de metal oxidado. En un tramo se distinguía un poco de pintura amarilla.

Es un trozo de algo grande… —dijo el joven moreno, algo tenso.

Es de la avioneta que…

No estamos seguros de eso…—lo interrumpió—, podría ser de otra cosa…

Arnold siguió avanzando otro tramo y cuando al fin llegó al pie de esas ruinas, sus sospechas fueron confirmadas; la avioneta amarilla de sus padres yacía retorcida al lado del templo.

No puede ser… —articuló el de Hillwood quién se acercó a esos restos, pero lucían tan viejos que nada de ello le ofrecía respuestas. Juan en cambio ignoró la avioneta y se dirigió al templo. Arnold se quedó ahí, observando, digiriendo. ¿Qué había pasado?

Cuando pudo moverse y apartar por un momento su mente del hecho de haber encontrado la avioneta, el rubio entró en busca de su amigo mismo al que encontró de pie en medio del lugar, aferrando fuerte su sombrero entre las manos. Había algo ahí, pero no distinguía… al acercarse, descubrió que en medio del lugar estaban 3 tumbas… cada una recubierta de una placa de piedra con inscripciones labradas.

Arnold…

Sé lo que estás pensando Juan, pero no es así —el chico sacó el diario de Miles de su mochila—, y te voy a demostrar en este momento que estas equivocado —entrebuscó las páginas en donde su padre había escrito aquella lengua desconocida—. Aquí está…

Juan se mordía el labio y observaba a su amigo buscar uno a uno los códigos ahí grabados. El silencio de la jungla se hizo extensivo. Arnold ni siquiera fue capaz de escuchar su propia respiración cuando las letras fueron encajando una a una, quebrándolo.

M-Miles… —articuló él con voz quebrada—. S-Ste… —Juan colocó un brazo en el hombro de su amigo, indicándole que estaba bien, que había sido suficiente. Que no necesitaban más.

Nada había preparado al corazón de Arnold para encontrar aquel destino. Siempre, desde chico y hasta ese momento, había soñado con el día en que los encontraría. Habia imaginado cientos de situaciones que habían obligado a sus padres a quedarse en ese lugar, sin embargo nunca había contemplado la posibilidad de que estuviesen muertos.

Juan giró en sus talones, incapaz de seguir observando la escena, buscando estar sólo y permitirle a su compañero lo mismo. Arnold lloró en silencio, despidiéndose de ellos y de todo aquello que guardó en su corazón; esa alegría, esa fé acumulada precisa, para ese momento…

No fue consiente del tiempo en que estuvo ahí, observando y leyendo una y otra vez los nombres de sus padres y de Eduardo hasta que un grito partió la selva:

¡ARNOLD! —el grito desgarrador de su amigo lo alarmó y olvidándose de todo, salió corriendo fuera del templo. Apenas pudo distinguir a Juan, que se había echando a correr por el camino en el que habían llegado.

¡JUAN! —exclamó, corriendo tras él.

¡ESPERA! —oyó gritar a su amigo—. ¡POR FAVOR!

Arnold alcanzó a su compañero en donde principiaba la cascada. Fue entonces cuando se dio cuenta porqué había salido corriendo; frente a él se encontraba un joven que Arnold le calculó unos veintitantos, vestía pantalón y camisa de manta. Su cara estaba cubierta de rayas blancas y azules. Cuando el chico reparó en sus ojos descubrió que eran color verdes. Supo entonces lo que pasaba.

Por favor… —suplicó Juan—. Sé que puedes entenderme… acabamos de encontrar esas tumbas y quisiéramos saber qué les pasó —aquel chico meneó la cabeza, negándose—, enserio necesitamos…

Miles y Stella eran mis padres y Juan es hijo de Eduardo —intervino el rubio, desesperado—, por favor… he venido desde muy lejos… dejé mi casa, a mis abuelos… a mis amigos y todo lo que conocía para venir aquí y poder encontrar a mis padres —la voz comenzó a temblarle, traicionándolo— pero nunca esperé que fuera así… por favor, sólo quiero saber qué les pasó y me iré… no pretendo nada más, te prometo que no volveré a adentrarme tanto a este lugar y no voy a buscarlos —Arnold sabía que la gente de los ojos verdes había permanecido oculta por muchos años y lo que menos quería era perturbarlos. Sabía que si prometía eso, obtendría un poco de confianza a cambio—. Sé que mis padres y Eduardo los ayudaron mucho, así que por favor… ayúdanos.

Aquel muchacho nativo pareció compadecerse y entendió que no querían hacerle daño ni saber de su tribu, simplemente necesitaban saber la verdad.

Ellos regresaron —habló al fin con una voz ronca y Arnold se estremeció, Juan se respingó un poco—. Los tres ayudaron otra vez —su español no era muy fluido, pero se entendía, a pesar de su acento.

P-Pero su avión… —se aventuró Juan.

No les pasó nada —dijo, adivinando que ambos jóvenes pensaban que habían fallecido debido al accidente de la avioneta—, pero se averió y nunca más pudo usarse. Cuando llegaron ella les enseñó a los demás como combatir la enfermedad… le enseñó a mis padres. Ellos (refiriéndose a Miles y Eduardo) conseguían los ingredientes para enseñarnos. La enfermedad se fue entre nosotros pero los alcanzó a ellos y aunque teníamos antídoto no funcionó. Ella dijo que todos éramos diferentes y la enfermedad no fue la misma con ellos. El nativo, Eduardo, dijo que mientras nos curaban a todos la enfermedad se metió en ellos, de forma silenciosa pues los síntomas eran diferentes. Y los tres murieron, el mismo día.

Fue impactante descubrir el final. Conteniendo las lágrimas, Arnold y Juan le agradecieron a aquel muchacho el haberlos ayudado y prometieron que no lo buscarían ni a él ni a la demás gente de los ojos verdes. Y decidieron regresar. Fueron otros 4 día agónicos entre el cansancio y la tristeza para que por fin pudieran regresar al pueblo. Esa noche, Arnold escribió su primera carta a Hillwood dirigida a su mejor amigo Gerald, en donde le contaba todo. Le hubiera querido mandar una a sus abuelos pero no tenía el valor de contarles sobre sus padres.

Conforme los días transcurrieron, fue aceptando la verdad y aunque sus ánimos no eran los mejores decidió que tenía que seguir, pese a todo. Enterarse de la muerte de sus padres había sido un golpe fulminante, pero cada vez que observaba a la gente de San Lorenzo, sabía a ciencia cierta que ese era el legado de Miles y Stella, ahí estaban; sus padres restauraron una comunidad olvidada por el resto del mundo, los ayudaron a superarse e incluso habían fundado una escuela primaria que en esos momentos ya contaba con secundaria y preparatoria. Cuando estuvo un poco mas tranquilo decidió entrar a la preparatoria para saldar ese año en el que había abandonado sus estudios.

Eso fue lo que le ayudó. Enfocó todos sus esfuerzos y energías en los estudios y se mudó con Juan y su madre quienes lo adoptaron como un miembro más de la familia. Cuán diferente se le antojaba el paisaje y sus compañeros de la preparatoria de sus amigos de Hillwood. Extrañaba su vecindario pero sin duda, estar en el lugar en donde había nacido, rodeado de gente tan sencilla y buena como él… estar en el lugar en donde sus padres se conocieron y se casaron, lo hacía inmensamente feliz. Y después de tanto tiempo, se sintió parte de ese lugar.

Cuando Arnold terminó la preparatoria, aun incapaz de regresar a Hillwood, decidió aplicar el examen para la carrera de Psicología en la universidad de Honduras en donde fue aceptado sin problemas. Juan también se inscribió pero él escogió Biología.

Shortman, mantuvo el contacto con Gerald por medio de cartas o llamadas (ya que en la universidad contaban con teléfonos, cosa que en el pueblo no) y lo mismo con sus abuelos, a los que no se atrevió a contarles que había encontrado a sus padres, prefería mentirles diciéndoles que seguía en su búsqueda.

Y 4 años más estuvo lejos de Hillwood. Con el objetivo en su mente se la había pasado estudiando. Como ya era su costumbre, había hecho varios amigos, sin embargo no dedicaba mucho a socializar, sino que se enfocaba en investigar y adentrarse más en su carrera para la cual había descubierto, era muy bueno y le gustaba. Sin embargo, sí había tenido tiempo para uno que otro amorío pero la verdad era que nunca quiso formalizar nada y las cosas tampoco se dieron. Había estado saliendo con una chica un año mayor que él pero las cosas se rompieron cuando ella terminó la carrera y decidió irse a otro lado. Después, había salido con una compañera de Juan, pero los intereses de ambos nunca terminaron por encajar, así que decidieron que lo mejor era separarse.

Al fin graduado y convertido en Psicólogo, Arnold había llegado a la conclusión de que todo ese tiempo que había estado lejos, había estado evitando enfrentarse a la realidad; regresar a Hillwood con la noticia de sus padres fallecidos para sus abuelos había sido inconcebible y aunque había sido muy feliz en San Lorenzo, con Juan y Elena y en su universidad, su vida se le antojaba incompleta en esos momentos. Él había nacido en San Lorenzo pero su corazón y sus raíces, sus valores… su corazón, estaba en Hillwood.

Y sabía que era hora de enfrentarlo. Era hora de volver y cuidar a sus abuelos, ya mayores. Nadie lo haría más que él, porque solo se tenían los unos a los otros. Así que decidió que regresaría y conseguiría un trabajo ahí y todo volvería a la normalidad. Siempre que quisiera podría volver a San Lorenzo, así que Hillwood lo esperaba.

Entonces telefoneó a su abuela y después a Gerald y anunció su llegada.


Sintió el leve temblor en su cuerpo al comenzar a reconocer las casas del barrio. Por fin habían entrado a Hillwood. Había nuevos negocios que por supuesto no reconocía, pero casi todo estaba intacto.

— Jovencito —lo llamó el taxista, él apartó la vista de la ventana—. Por favor indíqueme en qué parte voy a dejarlo.

Arnold le echó una hojeada al vecindario, sólo faltaban unas cuadras.

— Aun faltan algunas cuadras —anunció, sonriendo. De pronto, en el otro carril, varios carros comenzaron a orillarse pues un coche pitaba para que le abrieran paso. Arnold pegó la nariz a la ventana para ver lo que pasaba y le bastó unos segundos para reconocer aquella cabellera rubia que volaba entre el viento y se esfumaba— ¿¡H-Helga!?


Siento que fue un poco tedioso explicar todo lo que Arnold hizo en San Lorenzo y espero no haberlos mareado, pero era necesario hacerlo así, un poco resumido pero detallado para que se supiera que onda. Esta parte se me hizo tan triste de escribir, pero siempre lo pensé así. El hecho de que Miles y Stella no regresaran habiendo dejado a su hijo de un año no podía significar otra cosa que no fuera que algo les pasó y me gusta pensar que regresaron para ayudar por ultima vez, sin embargo en ese intento perecieron junto con Eduardo. No odien a Arnold por no pensar mucho en sus amigos, creo que tenia la cabeza muy ocupada y trató de cobijarse, y de sopesar la muerte de sus padres tratando de sentirlos cerquita y por eso permaneció ahí. El tenia un sólo objetivo desde hacía mucho, por eso lo demás pasó a segundo plano, claro que eso no significa que ni sus abuelos, ni sus amigos le importaran.

Hillwood es un vecindario relativamente tranquilo, sin embargo Arnold estuvo fuera muchos años y nada, nada es igual aunque él ingenuamente crea que todo va a volver a la normalidad, no sabe lo que le espera.

Entramos a lo bueno, como les comentaba no creo que dure mucho sin embargo creo que estamos hablando de dos o tres capítulos más, la trama lo dirá. Gracias infinitas a: Mackenzie Monyer, almamikan, Mirizore, Andy Elric y Suki90 quienes están siguiendo la historia y me han regalado sus hermosos reviews, espero que les parezca interesante este capitulo.

Princesa Saiyajin.