Ese papel, ese sobre, esas palabras… Todo aquello le iba consumiendo mientras los minutos pasaban. Si no fuera porque llevaba el papel en su bolsillo, habría podido pensar que se trataba de un sueño, una pesadilla, mejor dicho. Pero no. A su lado caminaba Stanley con su bolso, y él se hundía en sus pensamientos confusos haciendo que su nerviosismo aumentara.

—¿Cuándo piensas decirle al resto? —preguntó el pelirrojo una vez que llegaron al ascensor.

—No lo sé… Un día de estos… Cuando sea "oficial". Ya sabes, debo convencer a sus padres primero.

—Eso suena chapado a la antigua…, no pensé que te gustara eso, Stan. —Bromeó.

—Creo que me conoces bastante bien entonces, pero a ella no…

Presionó el botón de su piso.

—Además —continuó—, si no fuera por su gusto por lo antiguo no saldría conmigo.

Kyle rió.

—Son solo cuatro años de diferencia, no exageres.

Las puertas del ascensor se abrieron.

—Bueno… quizás mentí un poco con la edad…

—¡Stan…!

—¡Parecías enojado! ¡Tenía que mentirte!

El azabache corrió a su puerta seguido de un sorprendido e incrédulo Kyle. La puerta fue abierta. Cartman y Wendy se encontraban cenando en el comedor.

—Hasta que llegaron, maricas —se burló el castaño.

—Cállate, gordo —rugió Kyle.

—¿Por qué demoraron? ¿Pasaron a un hotel o qué?

—¿Nos esperabas? —lo ignoró Stan.

—A ti no. Al judío.

—¿A mí…?

—¡Dinos cómo te fue! —preguntó emocionada la joven.

El pelirrojo trató de comprender con dificultades para poder responder.

Con su mente tan concentrada en la noticia de su amigo había olvidado por completo su aprobación del examen final y, por lo tanto, de toda la práctica. Después de saber sus resultados se suponía que sería un día estupendo, pero con lo otro… No... Aun así debía alegrarse, pues era lo obtenido después de tanto esfuerzo y trabajo por años.

—Oh, eso… —vaciló— pues… ¡Aprobé!

—¡No me esperaba menos de ti! —chilló la voz femenina.

Wendy se abalanzó sobre él.

—¡Sabía que lo harías! —se oyó la voz de Kenny.

El rubio corrió hacia él con un pastel.

—Así se hace, colorado —celebró Cartman—. Mejor ven a ver tu regalo.

—¿R-regalo? Chicos… no debieron molestarse…

En medio del ambiente festivo, Kyle se unió al grupo siguiéndolos con los ojos vendados (a petición de Wendy) hacia el que parecía ser su cuarto. Sus manos tocaron la superficie de un cubrecamas y de pronto algo suave y sedoso fue encontrado por sus dedos. Le sacaron la venda. Se encontró frente a un pequeño rubio vestido de enfermera, vendado y atado a su cama.

—¿¡Qué carajos!? ¡Butters! —exclamó confundido y riéndose como el resto.

—¡A mí n-no me digas nada! ¡Fue idea de ellos! —se excusó.

El pelirrojo volteó a ver a sus amigos.

—Pensábamos poner a Stan, pero estaba muy ocupado como para tomarnos en cuenta —contó la chica.

—Sí, el hippie hubiese estado bien, pero este marica no está tan mal, ¿eh?

Le sobó el muslo burlándose.

—¡E-Eric…!

—¡Pero en realidad sí tenemos regalos!

La pelinegra buscó unos paquetes ocultos bajo la cama.

Tras recibir sus regalos, desatar a Butters, reírse y comer pastel, notó que Stanley no había dicho nada desde que hablaron de los exámenes. Pronto su emoción desapareció siendo reemplazada por vacío y cansancio. Era obvio que Stan lo había olvidado; se podía juzgar por su mirar y reaccionar ante la simple mención del tema. Su mejor amigo había olvidado lo que había sido lo más importante para él desde que ingresó a la universidad. Eso lo hería, pero no dijo nada.

La noche llegó con rapidez, pero a pesar de que debían levantarse temprano para acudir a sus labores diarias, decidieron terminar la jornada compartiendo unas cervezas que guardaban en la nevera. Lo que ocurrió fue algo así: Butters bebió poco, argumentando que la resaca al día siguiente sería fatal y debía rendir una prueba, Wendy se resistió al exceso por temor a no poder concentrarse en el trabajo, Stan se detuvo cuando la sala empezó a dar vueltas a su alrededor, Cartman acompañó el resto del pastel con varias latas hasta caer al piso y Kenny terminó compitiendo con Kyle bajo la mesa diciendo incoherencias que solo ellos dos entendían o parecían entender. En algún momento del desastre, Wendy se retiró en silencio, Butters arrastró al ebrio Kenny hasta el cuarto que compartían con Cartman (que ya había llegado a su cama) y los dos mejores amigos quedaron solos en la cocina-comedor del departamento.

—Kyle… ya es hora de dormir —dijo despertándose del efecto que lo tenía entumecido.

—No, Ike…debes irte —respondió semi-dormido.

—¿Qué dices? Soy Stan.

—¿S…S-Stan…? —fue todo lo que dijo antes de dormirse profundamente.

El de ojos azules se enteró de la necesidad de tener que cargar a su amigo hasta su habitación y dejó escapar un gemido de cansancio ante la idea. Sin más, lo tomó en sus brazos como solía hacer cuando estaban en secundaria luego de intensas horas de estudio hasta la madrugada, pero al hacerlo, se sorprendió por hallarlo tan liviano como en aquella época.

Stan había crecido y madurado en físico en pocos años, mientras que Kyle había desarrollado un pensamiento adulto junto con rasgos serios y serenos en su rostro que ahora lo caracterizaban, sobre todo, al ponerse sus sutiles lentes de lectura. Pero aun así, según él (Stan), no debería de existir tanta diferencia; Kyle tenía una silueta contorneada similar a la que tendría una mujer, la piel suave y facciones delineadas con delicadeza como por un pintor perfeccionista. Todo eso sin agregarle sus grandes ojos verdes cargados de inocencia, tanta como la que reflejarían los de una mujer cariñosa. Había pasado un largo tiempo desde que el joven Marsh se percató de la diferencia entre ambos con el transcurso de los años —podía recordar que aquello había ocurrido al confundirle a lo lejos con una atractiva muchacha— y aún no podía entenderlo del todo. Pero ese no era el momento adecuado para comparar a su amigo con una chica, menos con todo el alcohol que todavía recorría sus venas.

Logró abrir la puerta con Kyle en sus brazos, empujó al pelirrojo entre las sábanas de su respectiva cama, se dio media vuelta para caminar a la suya y se tambaleó hasta caer al suelo al sentir unas manos temblorosas tirando de su manga.

—¿Qué pasa?

Miró hacia la cama para encontrarse con el rostro lloroso de Kyle iluminado por la tenue luz que traspasaba las cortinas. Se acercó.

—Stanley… dime… ¿Realmente lo olvidaste?

Los ojos del azabache se abrieron sorprendidos por la repentina pregunta.

—¿Hablas de tu examen? —Sintonizó—. Yo…sí...Lo siento.

Kyle sollozó, seguramente por el alcohol, o eso creyó Stan.

—Estaba distraído por el compromiso… por buscar el momento adecuado para pedirte que fueras mi testigo. Lo siento. Sé lo importante que era ese examen para ti... y debí darte mi apoyo. Es más, te lo recompensaré, ¿está bien? Buscaré cómo hacerlo.

El pelirrojo calló, limitándose a darle la espalda.

—Duerme bien ahora, Ky…, mañana te pagaré mi falta, cuando estemos sobrios.

Le dio unas palmaditas en el hombro antes de acostarse.

Pero el dolor de Kyle iba más allá del examen; Stanley Marsh había olvidado hacía mucho que su amigo había confesado sus sentimientos confusos hacia él cuando cursaban su último año de secundaria, aunque era de esperarse, puesto que el azabache lo había tomado primero como broma y luego excusaba la confusión culpando a los disparates que soltaban Cartman y Kenny sobre que ellos eran maricas.

Pero ahora lo que más le molestaba era que Stan se atreviera a tratarlo tan bien cuando una parte de sí mismo trataba de olvidar sus recién aceptados sentimientos y la otra caía con facilidad ante sus mínimas atenciones.

La mañana llegó y fue seguida de varios días tan ocupados como los anteriores, días en los que se mantenían las mismas conversaciones con los mismos temas y casi los mismos resultados que cualquier otro día. Entre las semanas que pasaban, la promesa de Stan sobre recompensar a Kyle fue olvidada y no hubo tiempo para recordarla y exigir su cumplimiento, así que todo transcurrió tal como lo había hecho en los últimos meses; salvo por el día en que decidió contar sobre la existencia de su novia, donde Kyle tuvo tiempo de sobra para recordar todo lo ocurrido y volver a sufrir a solas disimulando el dolor bajo su calmo rostro.

—¿Cuál es su nombre? —preguntó Wendy, entusiasmada.

—Rebecca.

—¿Cómo es? —curioseó Kenny.

—Es perfecta: Amable, sincera, alegre…

—Sáltate eso. Vamos a lo interesante. —Interrumpió el rubio haciendo un gesto de pechos con las manos.

—Uh…

—Oh, vamos Stan, descríbela —animó Wendy.

—No. Esperaré a que la conozcan. Recuerda que vendrá esta tarde junto a un familiar.

—¿Es tan pequeña que no puede venir sola? ¿En qué clase de persona te has convertido, hippie?

—Es por seguridad, gordo.

—¡Seguridad por si un pedófilo como tú intenta atacarla!

Las horas pasaron con lentitud para todos, pues todos querían conocer a la joven que había robado el corazón de uno de los más reacios al amor del grupo. Kyle también esperaba ansioso la llegada de quien sería su contrincante.

El timbre invadió la atmósfera, todos aguardaron en sus puestos; Kyle se tensó en su silla y, al ver que Stan no atinaba a moverse, fue él mismo quien se acercó a la puerta. Con una sonrisa fingida, pero bien actuada, giró el pomo y jaló de él. Recibió con amabilidad a la chica de cabello rojo, bien producida y de ojos verdes casi ocultos bajo un flequillo. Alzó la vista mientras abría la puerta para que los dos extraños entraran y se encontró con un hombre que miraba distraído hacia el felpudo con un rostro sin emoción, vestido semi formalmente de gris y con ojos de un azul oscuro como la noche también tapados por un flequillo, en este caso, negro tinta.

—Tú debes ser Kyle... Soy Rebecca. Stan me ha hablado mucho de ti.

Sonrió.

—Pasa.

—¡Red! —exclamó alegre Stan.

—¡Así que tú eres Rebecca! —chilló entusiasmada Wendy.

De pronto se sintió observado por el pelinegro que aún no cruzaba el umbral. Incómodo, se hizo a un lado para que este entrara muy despacio con un paso arrastrado. Estaba cerrando la puerta cuando sus manos se rozaron, a lo que por primera vez sus miradas se cruzaron y al perderse en sus ojos opacos y sorprendidos, un escalofrío combinado con temor recorrió su cuerpo entero junto con imágenes que creía perdidas de su memoria.

Y descubrió que aunque sus facciones hubiesen cambiado y su cuerpo también, aunque fueran otras ropas las que le vestían,esos ojos jamás los podría confundir.

—Y eso no es todo —oyó decir a Stan—, nos vamos a casar.

—¿¡En serio!?

—Sí. Mi apellido cambiará de Tucker a Marsh.

Frente a él no estaba nadie más ni nadie menos que el mismo Craig Tucker de la universidad, el hombre a quien le entregó todo para quedar reducido a polvo.

—¡Hey, hermanito! ¿No entras? —llamó la pelirroja.

Y nadie parecía haberse percatado.

...

Hey, ¿qué tal tu día? Yo solo regreso a publicar capítulos pendientes que estaban esperando en un carpeta desde el año pasado... so, eso. (Me hubiese gustado emplear más tiempo en edición, pero publicarlo fue repentino). ¿Algo más que decir? Nada más que decir. Aunque insisto con lo de la raya separadora, ¿es que acaso estoy ciega y por eso no la encuentro? Espero que no.