Hola! Me alegra mucho que les haya llamado la atención la historia, muy agradecida por los comentarios en verdad me hicieron muy feliz y me animaron a continuar.

Aquí el primer capítulo espero les guste.

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Querida Emma:

Dado tu continuo rechazo a supervisar por ti misma los preparativos, te escribo para informarte de que ya ha sido dispuesto tu maldito matrimonio. Aún no se ha determinado exactamente con quién deberás casarte, pero puedes estar segura de que la boda tendrá lugar en Londres el primero de septiembre; y a diferencia de la última maldita boda que preparé para ti hace tres años, espero que esta vez te presentes. De hecho, te pido que lo hagas. Mientras tú te dedicabas a cruzar las dunas del desierto de Egipto en busca de reliquias oxidadas, mi salud ha entrado en una fase de declive. Según el doctor Whale me queda menos de un año de vida, y quisiera verte casada y asumiendo el lugar que te corresponde en la sociedad, acaso incluso con un heredero en camino, antes de estirar la pata.

Como tú ya no puedes permitirte el lujo de dedicar demasiado tiempo a cortejar a una novia, he contratado a una casamentera para que te encuentre una esposa adecuada. Por desgracia, a causa del escándalo que produjo el que no te presentaras a tu última maldita boda, Miss Mills se enfrenta con un reto abrumador.

Sin embargo, es una gran negociadora y ha prometido que encontrará a una muchacha que pueda ser tu admirable vizcondesa. Con Miss Mills supervisando los preparativos de la boda hasta en los mínimos detalles, lo único que tienes que hacer tú es presentarte. Asegúrate de que esta maldita vez será así.

Con cariño,

TU MADRE.

Regina Mills frunció los labios y se acarició la nuca mientras daba vueltas lentamente alrededor de Lady Ruby Lucas, quien estaba de pie sobre la plataforma de su vestidor. Regina observó con atención la esbelta figura embutida en el elegante traje de novia de color azul pálido, tomando nota de cada detalle, desde la desnuda línea recta de la nuca hasta los elaborados fruncidos de los volantes. Una sonrisa de satisfacción empezó a esbozarse en sus labios, pero la retuvo con firmeza. No se podía ser demasiado efusiva cuando se estaba negociando con madame Renée, la modista más exclusiva de Oxford Street. Por cada cumplido que recibía, se veía claramente impelida a aumentar sus ya exagerados precios.

—Está usted muy hermosa, Lady Lucas —dijo Regina—. Lady Swan se quedará prendada en cuanto la vea.

Un suave aleteo de algo que se parecía sospechosamente a la envidia estremeció a Regina, sorprendiéndola e irritándola. Apartó ese sentimiento a un lado, como si fuera un insecto que la molestara, y miró a la hermosa joven que estaba de pie frente a ella. El orgullo sustituyó inmediatamente la errante punzada de envidia.

La verdad era que había llevado a cabo los preparativos en nombre de Lady Swan de una manera brillante. Lady Lucas era un diamante de primera calidad. Dulce, inocente, responsable, con un temperamento amable, una conversación alegre y una voz cantarina que podía rivalizar con los ángeles, y un formidable talento para el piano. Las negociaciones que Regina había llevado a cabo entre el padre de Lady Lucas, el duque de Hedington, habían sido difíciles y complicadas, incluso para una casamentera de su experiencia.

A pesar del escándalo provocado por el hecho de que, tres años atrás, Lady Swan no hubiera regresado a Inglaterra —abandonando su vagabundeo por los agrestes parajes de países exóticos— para hacer los honores al matrimonio dispuesto por su madre en su nombre, unido al hecho de que incomprensiblemente hubiera decidido apartarse de las comodidades de la alta sociedad para vivir en condiciones «incivilizadas» —donde abundaban las costumbres bárbaras— para estudiar restos antiguos, el título y las relaciones familiares de Lady Swan le habían salvado de convertirse en una solterona sin esperanzas. Aun así, habían sido necesarias grandes cantidades de tiempo, halagos y diplomacia por parte de Regina para convencer al duque de que Lady Swan era la pareja perfecta para lady Lucas. Una labor que se hacía mucho más difícil si se consideraba las hordas de jóvenes pretendientes con título, no manchados por ningún escándalo, que revoloteaban alrededor de Lady Lucas.

Pero ella consiguió convencer a Lord Hedington. Una mueca de satisfacción relajó los labios de Regina, y tuvo que hacer esfuerzos para no dejarse llevar por sus impulsos y darse una palmadita en el hombro. Gracias a sus «inspirados» esfuerzos —se veía obligada a decirse—, la boda más esperada de la temporada tendría lugar dentro de dos días en la catedral de St. Paul. Iba a ser una boda tan sonada, un matrimonio tan importante y del que tanto se iba a hablar que dejaría asegurada la reputación de Regina como la mejor casamentera de Inglaterra.

Desde que se anunciara la boda dos meses antes, no dejaban de requerirla madres ansiosas, invitándola a tomar el té y a veladas musicales, preguntando su opinión acerca de los pretendientes que convendrían a sus hijas. E informándose de cuáles de los solteros estaban dispuestos a elegir novia aquella temporada.

Como ya había hecho en múltiples ocasiones durante los últimos meses, Regina volvía a preguntarse por qué una mujer nacida en los escalafones más elevados de la alta sociedad, la heredera de un condado, una mujer que nunca habría debido malgastar su vida haciendo otra cosa que no fuera disfrutar de los placeres de la vida, había pasado una década viviendo en condiciones salvajes y buscando en excavaciones restos que habían pertenecido a personas ya «muertas». Regina daba vueltas en su mente práctica a cada uno de esos pensamientos. Estaba claro que Lady Swan abrigaba ciertas tendencias y creencias poco usuales, y —pensó estremecida— sus maneras seguramente necesitarían ser desempolvadas. Incluso la madre de Lady Swan había insinuado que su hija podría necesitar un poco de «lustre».

Aun así, ella estaba segura de que podría abrillantarla lo suficiente para que hiciera un buen papel el día de su boda. Después de todo, su reputación y su sustento dependían del éxito de esa boda. Al menos esperaba que después de la ceremonia demostrara ser una esposa amable y cariñosa. Ya que, en vista del gran retrato de marco dorado que colgaba en el salón de la casa de su madre, Lady Swan no había sido bendecido con la generosidad de la atracción física.

La imagen de aquel cuadro había quedado impresa en su mente. Pobre Swan. Mientras que su madre, la condesa, era bastante atractiva, Lady Swan no lo era en absoluto. Aquella pintura dejaba ver un semblante pálido, mofletudo y sin sonrisa, rematado por unos delgados anteojos que aumentaban sus ya de por sí extraños ojos verdes o eran azules? Regina no sabría definir el color. Definitivamente, no era la más atractiva de las mujeres. Por supuesto que el retrato había sido encargado catorce años antes, cuando ella no era más que una muchacha de quince años. Miss Mills esperaba que los años que había pasado fuera de casa la hubieran mejorado de alguna manera, aunque tampoco le importaba demasiado. Además de ser una mujer modélica, lady Lucas no tenía, al contrario que muchas de las mujeres jóvenes de su edad, irreales ideas románticas al respecto del matrimonio. «Gracias a Dios —pensaba—, porque me temo que esta querida muchacha se va a casar más con la rana que con la princesa.»

Sí, Lady Lucas sabía que su obligación era casarse, y casarse con un buen partido, siguiendo los dictados de su padre. Regina se alegraba de que Lady Lucas no fuera una mujer difícil, como lo eran gran número de las modernas muchachas jóvenes, que pretendían llegar a casarse con pretendientes que las amaran. Regina luchó contra el impulso de reírse ante tal sinsentido. Las parejas de amantes. El amor no tenía nada que ver con el éxito de un matrimonio.

Regina se quedó mirando a lady Lucas, quien, a juzgar por su expresión, no parecía tan feliz como debería estarlo.

—No frunza las cejas, lady Lucas —la regañó amablemente Regina—. Se le va a arrugar la frente. ¿Algo va mal? El vestido...

—El vestido es perfecto —contestó Lady Lucas. Sus enormes ojos de color verde, que reflejaban un inequívoco dolor, se encontraron en el espejo con los de Regina—. Estaba pensando en lo que me dijo... sobre Lady Swan, que iba a quedarse prendada en cuanto me viera. ¿Piensa realmente que sucederá eso?

—Querida mía, ¡no debería usted dudarlo ni por un momento! Me tendré que colocar a su lado haciendo sonar una bocina para reanimarla en cuanto caiga postrada a sus pies.

—Oh, querida —dijo Lady Lucas abriendo desmesuradamente los ojos—, ¿y qué voy a hacer yo con una esposa que se desmaya al verme?

Regina pudo contener la risa a duras penas. Lady Lucas poseía muchas y admirables virtudes, pero, desgraciadamente, el sentido del humor no era una de ellas.

—Estaba hablando de manera figurada, no literal, querida mía. Por supuesto que Lady Swan no es propensa a los desmayos —«eso espero», se dijo—. Como supondrá, con todos sus viajes y sus exploraciones, se trata una de las mujeres más fuertes y sanas que pueda encontrar.

«Solo puedo esperarlo y rezar por ello», se dijo de nuevo.

Como Lady Lucas todavía parecía preocupada, Regina la agarró de las manos, unas manos frías como un témpano, observó.

—No hay de qué preocuparse, querida. Es completamente natural y bastante común sentir un poco de ansiedad los días previos a la boda. Solo debe recordar esto: va a ser la novia más hermosa, su prometida demostrará ser la más galante y apasionada de las mujeres, y su boda será de la que más se hable en la alta sociedad durante muchos años —«y de este modo asegurará mi reputación y mi futuro», pensó.

Al momento, su imaginación echó a volar y se vio a sí misma en el futuro, cómodamente instalada en una casa de campo en Bath, o quizá en Cardiff, tomando aguas termales, disfrutando del aire del mar, de la admiración y del respeto de todos los que se cruzaban con ella... y su miserable pasado estaba tan profundamente enterrado que nunca más podría volver a resucitar. Este matrimonio representaba la culminación de su dura lucha por hacerse un hueco —un hueco respetable— en el mundo por sí misma, pero eso no era más que el principio. Sus servicios como casamentera iban a ser los más solicitados, su futuro financiero se estabilizaría, y todo ello dedicándose a un servicio que se sentía obligada a ofrecer. Porque cualquier mujer merecía la protección y el cuidado de un amable y decente marido o esposa. Qué diferente habría podido ser su vida si su madre hubiera encontrado a un hombre o mujer de ese tipo...

—Papá ha recibido noticias de que el barco de Lady Swan llegó al muelle esta mañana —dijo Lady Lucas sacando a Regina de sus ensoñaciones—. Acaba de enviarles una invitación a Lady Swan y a su madre para que cenen con nosotros esta noche. —Las tersas y pálidas mejillas de Lady Lucas se tiñeron de rubor—. Estoy muy nerviosa por conocer a la mujer que va a ser mi esposa.

—Y yo estoy segura de que ella no puede esperar un minuto más para conocerla —contestó Regina sonriendo.

Aunque los dos días que faltaban para la boda no dejaban a Regina demasiado tiempo para poner al día a Lady Swan sobre las reglas de sociedad, unas reglas que seguramente habría olvidado a lo largo de sus viajes, se sentía tranquila por el hecho de que hubiera pasado sus primeros veinte años de vida nadando en la abundancia.

Pero, de todas formas, ella debía convertirlo en una novia presentable. Y después de la ceremonia, en fin, entonces ya sería un problema (bueno, un proyecto) de Lady Lucas.

Se oyó un alboroto que provenía de la calle.

— ¿Qué estará pasando? —preguntó Lady Lucas estirando el cuello para ver a través de la cortina verde valle que separaba la zona de vestidores de la parte delantera de la tienda de madame Renée.

—Voy a ver —dijo Regina.

Caminó hacia la parte delantera de la tienda y miró afuera por la ventana principal de la fachada. En la calle había una hilera de carruajes parados en fila, y un grupo de viandantes a su alrededor, entorpeciendo su visión. Se puso de puntillas y vio al principio del atasco de tráfico un carro de panadero volcado, que era seguramente la causa del problema. Estaba a punto de darse la vuelta, cuando se dio cuenta de que un hombre de la altura de un gigante estaba de pie, al lado del carro volcado, y alzaba un puño del tamaño de un jamón en el que apretaba un látigo. ¡Por el amor de Dios, aquel tipo estaba a punto de azotar a un hombre que sostenía un perrito entre los brazos! Regina se llevó las manos a la boca, pero antes de que pudiera emitir un grito, una tercera persona, que estaba de espaldas a ella, ejecutó una rápida maniobra lanzando su bastón y derribando al gigante como si fuera un bolo. Entonces, el salvador le tiró lo que parecía ser una moneda al hombre, que todavía estaba sobre el carro volcado, y luego recogió con calma su bastón con extremo de plata, se lo colocó bajo el brazo y se marchó, desapareciendo entre la muchedumbre.

Regina estiró el cuello con la esperanza de poder vislumbrar de nuevo a aquella valiente mujer, pero esta ya se había perdido entre la gente. Un extraño aleteo, que se alojó en su estómago, la hizo estremecer. Cielos, qué mujer tan extraordinaria y valiente. Y cómo se movía... rápida y ágil como animal de presa. Hermosa, fuerte, heroica. Su manera de luchar denotaba que podría tratarse de una rufián —de un ser completamente irrespetuosa, que había utilizado el bastón como si se tratara de un arma... Pero ¿qué hacía allí una mujer como aquella? Tal vez aquel bastón era un arma. De hecho en el extremo de plata que lo adornaba le pareció ver un extraño dibujo que no supo reconocer. Otro estremecimiento le recorrió la espalda, y mirando hacia abajo se dio cuenta de que se estaba agarrando el pecho con las manos.

Sacudiéndose las manos como si quisiera eliminar un rastro de suciedad, frunció el entrecejo irritada por sus inverosímiles pensamientos. Caramba. No importaba qué le parecía aquella mujer. Lo que importaba ahora era Lady Lucas y la boda. Sorteando montones de hileras de rollos de telas de seda estampada, de satenes, de lanas y de muselinas, volvió a correr la cortina que separaba el área de los vestidores.

Encontró a Lady Lucas con las manos y las rodillas apoyadas en el suelo, intentando levantarse. Regina se apresuró a ayudarla.

— ¡Lady Lucas!, ¿qué le ha pasado? —dijo ayudando a la joven muchacha a ponerse en pie.

El hermoso rostro de lady Lucas se arrugó en una mueca de dolor.

—Intentaba ver qué era lo que estaba pasando ahí fuera, pero cuando iba a bajar de la plataforma del vestidor tropecé con el dobladillo y me caí.

— ¿Se ha hecho usted daño?

—Creo que no. —Lady Lucas se sacudió los brazos y las piernas, y enseguida su expresión se relajó—. No me he hecho daño. Solo me he lastimado un poco el orgullo, nada más.

Antes de que la tranquilidad pudiera volver a Regina, Lady Lucas se colocó una mano en la frente y se agarró con la otra a la manga de Regina.

— ¡Oh, querida!, qué dolor de cabeza tan espantoso.

— ¿No se habrá golpeado la cabeza al caer?

—No..., al menos no me lo parece. —Cerró los ojos—. Oh, creo que necesito tumbarme un rato.

Al momento, Regina acompañó a Lady Lucas hasta la silla tapizada de cretona que estaba en un rincón de la habitación, y ayudó a la joven a que se reclinara sobre unos cojines.

— ¡Mon Dieu! —llegó hasta ellas la voz de madame Renée desde el otro lado de la puerta abierta—. ¿Qué ha pasado?

—Lady Lucas se encuentra indispuesta —contestó Regina intentado que su voz sonara tranquila. Colocó una mano sobre la frente de lady Lucas, y se tranquilizó al no notar síntomas de fiebre—. Tiene un fuerte dolor de cabeza.

—Ah, no se preocupe, mademoiselle Regina, siempre les sucede lo mismo a las novias nerviosas —dijo madame Renée—. Le prepararé una de mis tés especiales y enseguida se volverá a sentir tres magnifique. —Chasqueó los dedos.

Regina observó el rostro pálido de lady Lucas y rezó para que el diagnóstico de madame Renée fuera correcto. Por lo menos todavía faltaban dos días para la boda. Seguramente sería tiempo más que suficiente para que Lady Lucas se recuperara.

Y sin duda así tenía que ser.

Continuara...

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Emma un cisne feo? Regina consiguiéndole esposa a Emma? Que está pasando señor García? Jajaja! Espero que este capítulo les haya gustado.