No sabía cuánto tiempo llevaba despierta, podían ser minutos o bien tratarse de horas, sin embargo no quería moverme un sólo centímetro de mi perfecta zona de confort. Un lugar en el que mi cuerpo subía y bajaba mediante a la respiración de Naruto, la cual dejaba que su aliento me pegará directamente en el rostro haciéndome saber qué si abría mis ojos lo primero que vería serían sus rubias pestañas aprisionando los diamantes que poseía como ojos.
Me propuse seguir en aquella posición, con la pierna y el brazo derecho encima de la figura bronceada de mi novio, desnuda de pies a cabeza y disfrutando el aroma natural que expedía la respiración matutina del rubio más atractivo de mi instituto. Y aunque yo quería quedarme en esa postura, noté había otros planes de parte de mi acompañante, sus suaves dedos comenzaron a invadir el largo de mi espalda, delineando tiernas caricias en forma de círculo por toda ella, saboreando la marca de mi vértebra y llamándole a mi lívido sexual.
Sus labios tocaron mi frente momentos después, naturalmente mis ojos se abrieron y ahí estaba él, radiantes dientes llenos de blancura y ojos soñolientos iluminados de amor.
Nunca podría arrepentirme de haberme entregado a él, después de todo jamás creí que los hombres caballerosos aún existían y fue ahí cuando me equivoque. Naruto Namikaze sin duda alguna era de aquellos niños educados a la antigua; preocupado por mantenerme siempre de lado correcto de la acera, asegurándose de pasar por mi a casa y también por dejarme a la puerta de ella, procurando mi salud en más de un aspecto, evitando las palabrotas y conservando el bendito romanticismo.
Sus manos me tomaron como si tuviese miedo de romperme y me guiaron a su torso desnudo, sus dedos recorrieron mi piel camino arriba, deleitándose con todo aquello que tocaba hasta llegar a mi cabeza, lugar donde su toque se volvió más fuerte.
—¿Cómo puede un ángel fijarse en este simple humano?—Había juntado nuestras frentes y cerrado los ojos.
Yo no era una buena persona, mucho menos un ángel. Aveces olvidaba hacer los deberes, algunas otras ni siquiera me tomaba la molestia de realizarlos, no siempre apoyaba a la gente de la calle que me pedía dinero, bebía e incluso mentía, como el día de hoy que le había dicho a mi padre que dormiría en casa de Ino. Y él sabía todo eso a la perfección, incluso apoyaba mis locas ideas de salir a hurtadillas.
¿Entonces por qué se empeñaba en llamarme así?
—Ya te he dicho que no soy un ángel.
Separó nuestras frentes para lanzarme la expresión más divertida de todas, una en la que fruncía el ceño para juntar sus blanquecinas cejas y hacía un puchero de bebé con la boca.
—Y yo te he respondido que eres mi ángel—una nalgada fue a parar a mi trasero—, mejor dime qué es lo que obliga a estar conmigo.
Yo sabía lo que él quería escuchar, esas palabras que me dolía tanto decir aunque fueran ciertas. Las últimas palabras que dijo mi madre antes de morir en aquel accidente de auto que fue provocado por un piloto ebrio, "Te amo".
Tan cierto y tan lejos, mi corazón idolatraba cada movimiento que él brindaba a mi vida, sus manos, sus besos, su voz e incluso la grosera costumbre que tenía de interrumpirme cuando estaba en medio de una palabra.
—Bueno, déjame pensar...—Necesitaba aguantar la risa para que mi broma acertará—... el azul de tus ojos no, los estúpidos hoyuelos qué haces al sonreír—Comenzaba a agradarle mi diálogo puesto que me mostró los dientes—, esos mismos, tampoco y menos esa sonrisa boba que traes en estos momentos.
Pose una mano en sus mejillas, a la altura de esas cicatrices de zorro que tanto me intrigaban, ¿quién diría que un gato podía ser tan cruel con un niño? ¿ó que ese crío luciría también con las marcas de sus rasguños en el rostro?
—Estás líneas tan extrañas, tampoco.
Cada centímetro de él era perfecto aún con defectos, esos errores anatómicos lo hacían radiante ante mi.
Se dice que el creador de todo separó nuestra alma en dos para poder mandarnos al mundo, así que nacimos unidos al dedo meñique de otro ser, enlazados por un hilo rojo que aunque es delgado también es irrompible. Podemos estar con cientos de personas, relacionarnos con otras miles y viajar a través de millones de años, pero siempre volveremos a unirnos mediante ese filamento escarlata que sostiene nuestros corazones.
Deslicé la mano por su cuello percibiendo la tenue barba que se le marcaba, seguí así por su lampiño tórax hasta llegar al vello púbico. Regresé la mirada a esos ojos azules que ya brillaban de pasión, su sangre y deseo se había encendido.
—Supongo que es el sexo—solté una risita cuando su miembro se volvió firme en mi mano—, indudablemente estoy contigo sólo por el coito que me das.
Calló mi diálogo con un beso lleno de pasión, explorando mi boca con su legua y asegurando con una mano de que no soltará su erección. Hizo que nos volteáramos para poder quedar encima de mi, apresuró sus piernas para entre abrir las mías y sin soltar mi mano, aquella que se aferraba a su pene, frotó la cabeza de su gran polla con mi clitoris.
—Bueno, señorita Hyuga—su tono era carrasposo, cómo si su traquea se viera obstruida por algo, posiblemente deseo— no quiero que me abandone, así que le haré el amor ahora mismo.
¿Todos los hombres eran así? No importaba cuantas veces relacionara nuestra intimidad con el sexo, coito o cogida, él siempre encontraba la forma correcta de recordarme que era hacer el amor.
—Amémonos.
Mi respuesta fue lo que él esperaba, me hizo soltar su miembro para azotar mis manos a mis costados y volver a besarme, más tierno, más tenue. Sus labios comenzaron dando pequeños roces pausados, podía sentir como nuestros labios se pegaban con la saliva y lentamente se separaban brindando calor a mi vientre que rogaba ser llenado por sus jugos. Después, y sin dejar de frotar nuestros sexos, fue besándome las mejillas hasta llegar al punto de mi perdición, el cuello, lugar donde se dejó deslizar como si besándolo asegurara la paz mundial.
—Te amo, Hinata.
Gimoteé ante la confesión que volcaba mi corazón, movimiento que aprovechó Naruto ensartar su miembro en mi vagina para unir nuestros cuerpos.
Mi mente se encontraba tan cansada de evadir las preguntas y comentarios que lanzaba Minato sobre mi vida personal.
Terminar mi día sin percances me resultó tremendamente difícil, los Namikaze eran conocidos por su amabilidad y el rey de ellos era el rubio abuelo de mi hijo. Un hombre tan bueno que si fuera nuestro presidente muchos problemas se solucionarían, más de una vez estuve apunto de ceder, pero cuando lo iba a hacer recordaba un blondo de ojos azules y cinco años que dependía de mi.
Fue ese pensamiento lo esa decisión lo que hizo de nuestro día sumamente incómodo, yo sólo quería que los Namikaze se fueran por donde vinieron.
Cuando al fin la jornada laboral sucumbió, salí a toda velocidad por el estacionamiento, tampoco quería que el doctor del año me siguiera para atormentarme más con sus preguntas.
¿Estás casada?¿tienes hijos?¿no te pudiste matricular?¿vives aun con Hiashi?
¡¿Qué mierda le importa?!
Suspire aliviada cuando observé mi vieja camioneta estacionada justo donde Lee prometió que la dejaría, subí y busque la llave debajo del asiento del copiloto, una vez que la tuve en mis manos me di marcha por la carretera.
Faltaba poco más de una hora para que Bolt saliera del preescolar y normalmente hacía tiempo en el hospital para no esperar tanto en la acera, pero en vista de la nueva adinsitración tendría que pararme por treinta minutos esperando su salida.
Cuando me creí a salvo disminuí la velocidad para poder hacer el camino más largo de lo común, cosa que me sirvió para hacerme unas preguntas mentales; ¿Porqué Minato había regresado a la ciudad?¿se quedaría por mucho tiempo? ¿venía solo?
Yo jamás pensé que ellos regresarían después de tanto tiempo, nadie en su sano juicio volvería a un lugar tan pequeño después de probar los aires de la metrópolis.
Naruto, mierda, joder, estúpido rubio cara de culo aplastado. No debía volver, no tenía por qué venir después de tantos años a cambiarnos la vida y aunque incluso no hubiese venido con sus padres, seguro que se terminaría enterando de su hijo perdido. Pueblo chico chisme grande, pronto los Namikaze escucharían que la primogénita Hyuga había resultado embarazada y abandonada por ellos mismos.
—¡Maldita sea!
No tenía ni puta idea de cómo reaccionar si Naruto se me paraba de frente, en los casi seis años transcurridos desde su partida pensé que se mantendría lo suficientemente lejos de la mierda que yo suponía en su vida, pero ahora que el encuentro era muy probable el miedo me inundaba de dudas la mente. No sabía si lo mejor era ser madura y confesarle de su hijo u ocultarnos bajo la roca más grande del bosque.
Tenía algo dinero guardado y sin problemas podría irme con Hanabi antes de que alguien de la familia Namikaze se diera cuenta que dos rubios con ojos azulados y cabellos dorados habitaban la misma ciudad.
Aunque seguramente sólo me estaba haciendo absurdas suposiciones y él regresaba con esposa y crías que lo llamarían progenitor, tal vez me rogaba que no dijera el nombre del padre del niño.
Aparque a tan sólo media cuadra del instituto que estaba situado en el centro de la ciudad, me pareció más seguro inscribir al pequeño en el corazón del pueblo, rodeado de conocidos y negocios.
Al bajar me di cuenta lo mucho que la temperatura había disminuido, tuve que subirme la capucha de la cazadora para que el hielo del aire no calará los huesos de mi rostro.
Yo podría con eso, en la vida los problemas siempre me habían caído desprevenida y de alguna forma había logrado salir de ellos. Como cuando mi padre se enteró que estaba embarazada y me echó de la casa, pude alojarme en el garage de Kiba hasta que a Hiashi se le pasó el coraje y fue a buscarme buscando perdón. O en el embarazo cuando la anemia me dio tan fuerte que tuvieron que adelantar el parto, mi pequeño Boruto pudo con eso.
La puerta del colegio se abrió y alce mi cabeza para ver si se trataba de los pequeños de primer grado, error. Alguien completamente inesperado salió de esa institución sin darme el tiempo de esconderme para poder evitarla.
― ¿Hinata?―chilló con esa vocecita de duende que tantas veces llegue a adorar— ¿Hyuga Hinata?
Pensé en soltarle uno de mis comentarios sarcásticos, algo así como "Si, tu supuesta mejor amiga, ¿recuerdas que me abandonaste?", pero sinceramente no quería lidiar con ella, lo único que necesitaba era que desalojará el lugar cuanto antes.
—Si, ¿te conozco?—Traté de ser lo más fría y cortante posible, ninguno de ellos merecía mi misericordia.
La duendecilla mejor conocida como Karin Uzumaki, la sobrina favorita de Kushina Namikaze y la prima más allegada del rubio cara de verga con gonorrea, a pesar de estar esperando a la cigüeña lucia radiante. Vestía unos pantalones grises, blusón morado, con un abrigo gris ligeramente abierto y unos botines morados. Los colores que había elegido para su outfit le destacan su blanca piel y el brillo en los ojos a causa del embarazo.
―Claro que sí mujer, soy Uzumaki Karin―Alcé una ceja, en verdad mi malhumor no le afectaba a su ánimo―, tal vez no me reconoces por el nuevo peinado―podría jurar que su estilo era el mismo.
― Oh, sí, recuerdo que íbamos juntas en el instituto ¿no?―no la dejé contestar y me apresuré a decir―. Bueno fue todo un placer, pero me tengo que ir, hasta luego.
Quise alejarme de ella lo más pronto posible, el tiempo corría y la chicharra de la salida estaba por sonar, pero la pelirroja embarazada me siguió y me tomó por el brazo, reclamando mi atención. El maldito colmo, odie que su panza estuviese inflada de vida, quería empujarla lo más lejos de mi vida.
—Hinata, por favor—su voz se quebraba debido a las hormonas—, vamos a tomar algo y platicamos.
—¿De qué?—le di un leve manotazo para que me soltará—¿De tu hermoso embarazo o de cómo siendo mi mejor amiga confabulaste para humillarme frente a todo el instituto?
La vi estremecerse en su lugar, sus manos rodearon su acolchonada barriga y su mirada me evadió avergonzada.
—¿O quizás quieras hablar de la buena apuesta que fui para tu primo?
—No—su vista corrió a buscar mi rostro, el cual ya se encontraba furioso—, las cosas no...—su diálogo se vio interrumpido por la tensión que recorrió su cuerpo, parecía que había visto un fantasma.
Estuve a punto de voltear para averiguar su extraña actitud cuando lo sentí, un par de pequeños brazos se aferraban a mis piernas con una fuerza que reconocería aún estando muerta, un estado que de momento deseaba.
—¡Mami!
Karin había conocido de la peor forma al mini clon de su primo, a su sobrino. Mi mundo acababa de derrumbarse.
—Las cosas son cómo las hicimos, Karin—di media vuelta y me puse en cuclillas para reunir el valor de seguir hablando—. Mi actitud es lo que tú y tu familia sembraron—le acaricié una mejilla a Boruto y después lo tomé entre mis brazos—, que disfruten su cosecha.
Aproveche el disturbio que provocaban los padres de familia que querían recoger a sus hijos para poder escapar del lugar, me deslicé entre la gente hasta estar segura que la Uzumaki no me perseguía y fue en ese momento que corrí rumbo a mi camioneta, puse a mi pequeño en su silla asegurándolo lo más que pude y le di todo lo que podía al motor.
—¿Mami, quien eda la señoda bonita?
No pude contestarle dado que las lágrimas comenzaron a brotar por mis corneas, quería parar de llorar y atender a mi hijo pero me resultaba inútil. Mi mente recordaba todo demasiado bien cómo para sentirme mejor que un papel roto. Momentos con él, sin él y luego el vació.
"—¿Cómo puede un ángel fijarse en este simple humano?—Había juntado nuestras frentes y cerrado los ojos."
¿Precisamente tenía que bajarme esta semana?
"—¡Me sucede que ya no te aguanto, no te soporto!— Se me acercó echando humo por todos lados— Es insoportable tu compañía."
Mis malditas hormonas no dejaban controlar mi lloriqueo.
"—Déjame ver si te entendí— se cruzó de brazos colocando uno de sus dedos indices en su boca—, ¿sí le digo a la señora Tsunade que sus pechos son enormes saldrás conmigo?"
Tuve que aparcar a mitad de camino para no tener algún accidente.
"—Me dabas asco Hyuga, sólo eres un monstruo de ojos raros."
Mis manos se aferraban al volante conforme mis sentimientos guardados fluían, destrozando todo a su paso, absorbiendo mi perfecta estabilidad con recuerdos tormentosos.
"—Yo...tú...Hina...—mi cuerpo temblaba debajo del de él, mis pezones se endurecían por el clima y mis manos trataban de cubrirlos—...hace frío y no tiene que ser así nuestra primera vez."
Me quedé un rato estática, con el coche estacionado y la cabeza en el pasado.
"—Te amo, ángel—nuestras frentes estaban tan sudorosas que se pegaban—. Nuestro amor durará por siempre, no importa el tiempo y el espacio pues a partir de ahora somos uno sólo, si tu mueres yo moriré contigo."
—¿Ma?—su diminuta mano tomó uno de mis brazos —¿Todo eta ben?
Mirar a mi pequeño sólo me trajo más recuerdos dolorosos, esos ojos, ese cabello, esos hoyuelos y ese nombre. Boruto.
"—Naruto, Boruto, Naruto, Boruto—trataba de relacionar los nombres con sus dedos—¿entiendes la referencia?, me gustaría que nuestro primer hijo llevará ese nombre."
¿Cómo le iba a explicar a un niño de cuatro años que su padre no estaba muerto? ¿Cómo le iba a decir que era fruto de una apuesta? ¿Qué nunca tendría su perfecta vida de vuelta?
Nunca le mentí sobre su padre, en la única platica que tuvimos al respecto le hablé de la linda pareja que formábamos, de que lo amaba y que Naruto no pudo enterarse de su existencia, salvo que cuando llegue a la parte en donde el Namikaze me abandono él relaciono el concepto de "se tuvo que ir" con la muerte. Y bueno, yo no lo corregí.
—Oh, si, si—giré la vista rumbo a la acera de la ciudad, quería limpiarme el resto de lágrimas—. Mami está llorando porque tiene hambre, tu mami es muy tontita.
—Beno—su rostro estaba convencido de mi mentira, mi rubio era tan noble—¡Mida, mami, pateles! ¡Vamos, vamos!
El lugar debía ser nuevo puesto que en mi vida lo había visto, un gran letrero con las iniciales "HN" destacaban la entrada al igual que paredes de cristal y la más maravillosa frase.
—Cafebrería*—la mejor idea del maldito mundo—, definitivamente tenemos que entrar ahí, bebé.
Bajamos casi de inmediato del auto para poder acudir al paraíso, miles y miles de libros llenaban las paredes internas del establecimiento; sección infantil acompañada de libros didácticos, sección adolescente destacando todos los libros de vampiros que llamaban la atención y todo eso no tuvo importancia cuando miré mi atractivo personal, sección de clásicos.
Llevé en brazos a Boruto mientras que trotaba a aquella aula, debía saber que el lugar no se trababa de un sueño, Konoha sólo contaba con una librería la cual dejaba mucho a desear. Y si, ahí estaba, uno de los ejemplares especiales de "Orgullo y perjuicio", un tomo ilustrado y de amplia cantidad.
Ciento cincuenta dólares, vaya.
Si llevaba almuerzo en vez de comprarlo al hospital todos los días de la siguiente semana y disminuía los dulces podría adquirirlo.
—Perdón, no pude evitar seguirte—la maldita voz de Karin me tomó por sorpresa, esa chica necesitaba un alto, bajé al niño y lo coloqué a mis espaldas para encararla—. Necesito saber más de mi sobrino, su nombre, su edad, su domicilio, ¿por qué no le dijiste nada de esto a Naruto?
Miraba rojo, mi sangre hervía dentro de mí por el enojo, ¿por qué no le dije nada a su estúpido primo? El cobarde huyó de mí.
—¡Basta, Karin!—mi voz se descontroló y me sentí gritar— Ustedes se largaron, me usaron para su diversión y me rompieron, no les intereso sí con ello me destrozaban—me olvidé que Boruto se encontraba detrás de mí—. Fingiste ser mi mejor amiga para abrirle paso al cabrón de tu primo, ni siquiera contestaste mis cartas así que mejor sigue fingiendo que no existimos ya que nosotros haremos lo mismo.
Quería tomar a mi pequeño y salir corriendo lo antes posible de ella, no era bueno involucrase con su familia, lo mejor sería mandar a todos a la mierda y someternos a un juicio. Sería largo, pero utilizaría hasta mi último recurso para que Boruto no se viera envuelto con el tipo de persona que su padre era.
Pero no estaba, cuando lo iba a cargar en brazos ya no se encontraba a mis espaldas, poco me importo que Karin se encontrará en el mismo lugar puesto que comencé a gritar su nombre a los cuatro vientos. ¿Qué había pasado con mi pequeño?, subí al área de cafetería del local para poder ver mejor desde arriba y ahí estaba, cerca de un adulto que le tendía un libro.
Cuando eres madre desconfías hasta de la sombra que el más dócil de los gatos brinda, mi mirada no se apartaba de la espalda del desconocido que conversaba con Boruto. Notablemente bien proporcionado de los hombros y espalda, vestía camisa polo color azul, pantalones caqui y una gorra cubría sus cabellos del mismo color.
—¡Mi amor!— abracé a mi hijo en cuanto estuvo a mi alcance, dejando a atrás a su acompañante—, no debes hacer eso nunca más.
La angelical risa de mi hijo me tranquilizó, lo tenía en mis manos y estaba a salvo, en estos momentos debía tener más cuidado de que alguien lo apartará de mis brazos.
—Tanquida mami—sus diminutos miembros se aferraban mi cuello—, él me dijo que no me sadieda.
Menos mal se trataba de un señor con valores y no un violador de niños.
―Muchas gracias— solté el abrazo que aun mantenía con Boruto para agradecer al héroe desconocido— por cui...
¡Santa mierda de Jesús!, el mundo debía de estar jugándome la peor de las bromas al ponerme los más hermosos zarcos enfrente, mirándome e inspeccionando la situación, convirtiendo en su rostro en un perfecto busto de mármol.
― ¿Un hijo?— su tono era como aquel que uso la última vez que nos encontramos, lleno de frialdad y rudeza— ¿Me ocultaste un hijo, Hinata?
Esto ya se prendió!
*Cafebrería: En la Ciudad de México existe señoritas, una librería que también es cafetería y que esta enorme, es un sueño. Su nombre es "El Péndulo" y es la más brillante idea que alguien tuvo.
