Hola a todos y todas :-)

Antes que nada, los reviews pendientes de responder...

Arissita: muchas gracias, que bueno que la historia te guste :-D intento mantener las personalidades de todos, como deben de ser, porque al fin y al cabo es lo que hace especiales a los personajes y si les quitas o les pones cosas, ya no es lo mismo. Pierde encanto, jeje.

Elma: hola! Bueno, aquí está actualizada ya :-P espero que el cap sea de tu agrado, y que me digas que te pareció. Saludos.

Hubo alguien que me preguntó (aunque no fue en esta página) más detalles acerca de la saga "La Rueda del Tiempo", como sea, lo pongo aquí también para quien esté interesado. El autor es Robert Jordan, y la editorial en español... pues es Timun Mas, aunque acá por México me parece que los libros son imposibles de conseguir ¬¬ yo los he descargado de la red.

Ahora si, la segunda parte.

Parte II

Pero esta vieja historia tiene una hoja en blanco, esa que habla de ti...

"¿Tenías que abrir la boca?" le dijo Ron a Harry, alzando las manos "nos iba a dejar ir¡y nos iba a dar oro!. Merlín sabe que eso era lo mejor¡Guardias de Harmonyland!. ¿En qué estabas pensando?. Si, mi señora. Sí, milady. Sí, mi Reina ¿quiere que limpie los vegetales que va a comer el día de hoy¿os gustaría que besara el suelo que su Alteza pisa?. Por Merlin, Harry. Esta vez si que te has vuelto loco."

"Era el plan desde el principio¡tú estuviste de acuerdo!" se defendió Harry.

"Lo sé, pero eso fue antes de saber que la Reina nos ofrecería dinero. Eso habría resuelto nuestros problemas."

"Temporalmente."

"Hubiéramos podido comenzar de nuevo, eso era algo."

"Aquí lo tendremos de por vida."

"Una vida que puede terminar mañana, si morimos defendiendo a la Reina de Harmonyland. ¡Que Merlín me ampare!. Y por si fuera poco el tal Filch se ha llevado mis galletas."

Ron se revolvió el cabello y caminó alrededor de la habitación como un animal enjaulado. Luego, terminó sentándose con brusquedad en una de las sillas. Quizá hubiera sido mejor aceptar la oferta de la Reina... el dinero no les habría sido eterno, pero como Ron decía, por algo se empezaba. Harry sabía que ya no había marcha atrás. En realidad lamentaba haber arrastrado a Ron hasta esa situación.

Los habían conducido por un estrecho pasillo hasta llegar a un cuarto pequeño, con un par de sillas y una mesa, pero sin ventanas.

La puerta se abrió y un hombre mal encarado, con un parche en el ojo, entró cojeando. Ron y Harry se pusieron de pie como impulsados por un resorte.

"Vosotros sois, Harry Potter y Ronald Weasley."

Les dijo, como si ellos no lo supieran.

"Mi nombre es Ojoloco Moody. Y ustedes dos queréis ser Guardias al servicio de la Reina Hermione Jane I."

"Eh... si... eh... señor."

"¿Vacilaréis del mismo modo si tuvierais que luchar por Harmonyland¿Si tuvierais que defender la vida de vuestra Reina?" le dijo con un tono furioso y observándolo fijamente con el único ojo que tenía.

Harry tragó saliva.

"No señor."

"Eso espero. Que Merlín me perdone, pero no sé si la Reina ha tomado la decisión correcta. Apenas si os conoce y la confianza no se puede depositar así como así en un par de vagabundos. Acompañadme."

Lo siguieron por largos pasillos y Harry perdió el sentido de la orientación cuando viraron en uno de ellos por lo que le parecía la centésima vez. Iban caminando tan rápido como la cojera de Moody lo permitía. Ron observaba de un lado para otro, como un niño al que han llevado a un maravilloso y desconocido lugar. Las paredes del Palacio estaban adornadas con cuadros pintados con escenas de batallas, o simplemente con retratos de personas que Harry, obviamente, no conocía. Los marcos de los cuadros eran de oro, y Harry dudaba que en toda su vida hubiera visto tal cantidad de ese metal precioso reunida en un solo lugar. Uno que otro sirviente del Palacio (Harry los reconocía por sus uniformes azul marino con blanco) los observaban con curiosidad cuando pasaban junto a ellos. También vio elfos domésticos, pero éstos parecían no ser conscientes de su presencia y se limitaban a realizar sus tareas.

Finalmente, llegaron a un amplio jardín, donde se podían observar por todos lados unas flores azules con forma de campanillas, y que relucían bajo la luz del sol. El césped estaba podado perfectamente y los arbustos estaban cortados formando siluetas de animales. Atravesaron el jardín, que estaba vacío, salvo por algún elfo doméstico que lo cruzaba apresuradamente y que llevaba canastas de fruta sobre la cabeza, o cestos de ropa (limpia o sucia, no lo sabía Harry). Caminaron por otro pasillo hasta que llegaron a unas puertas de tamaño considerable, custodiadas por un Guardia. Cuando el hombre vio a Moody, se limitó a hacer una inclinación de cabeza y se hizo a un lado para dejarlos entrar.

Las puertas se abrieron, dejando ver un túnel, más o menos amplio y completamente pintado de blanco. Estaba iluminado con antorchas que resplandecían con un fuego azul. Cuando atravesaron el túnel, Harry tuvo la ligera sensación de ir descendiendo, aunque a simple vista no daba esa impresión.

Caminaron por el túnel unos cuantos segundos, hasta que finalmente llegaron a un patio rodeado de lo que parecían ser habitaciones.

Moody los condujo por unas escaleras y al llegar a la siguiente planta, viró a la derecha y se detuvo en la segunda puerta.

"Estas serán vuestras habitaciones." Les dijo de mala gana, abriendo una de las puertas y revelando un cuarto mediano, en el que solo se encontraba una cama, un perchero, un ropero no muy grande, dos sillas y una mesa sobre la cual estaba un florero vacío.

"La habitación que está a la izquierda es igual." Les dijo, dirigiéndose a la salida. "Podéis asearos abajo. Ordenaré que os traigan uniformes nuevos. Esos harapos de campesino ya no les son útiles. Mañana comenzarán el entrenamiento, y si sois afortunados, no estaréis llorando como una banshee para que los dejemos regresar a su granjita. Así que descansad, que desde mañana les parecerá que ya no tienen nunca el suficiente reposo."

"Pensé que siempre había flores..." dijo Ron, que al parecer no se le había ocurrido otra cosa mejor que decir ante las palabras de Moody.

"No hasta que no forméis parte de la Guardia de la Reina."

"Oh." Fue todo lo que dio Ron como respuesta.

"¿En cuánto tiempo podremos ser Guardias?" preguntó Harry.

"Aquí siempre se está aprendiendo, pero ser Guardia requiere de extrema disciplina y perseverancia. Si tenéis suerte en un par de años lo seréis."

Harry sintió que el alma se le iba tres metros bajo tierra. ¿Años?. Quizá esto iba a ser más complicado de lo que él pensaba. Volteó a ver a Ron durante un instante, pero desvió la mirada inmediatamente cuando la expresión de su amigo era completamente de: te lo dije.

Moody dio un paso hacia la salida y Ron se adelantó un par de pasos, nervioso.

"Señor... eh... disculpad... pero... uno de los Guardias... tiene aún algo que me pertenece."

Moody lo observó un segundo con confusión, y luego encogió los ojos como si estuviera a un paso de enfurecerse. Introdujo la mano debajo de su capa, y sacó una pequeña bolsita de color rojo, de un material parecido al terciopelo. Se la entregó sin decir nada más y después, Moody abandonó la habitación. Eran las galletas de Ron, aunque Harry sabía bien que la bolsita era algo que su madre, la Sra. Weasley, le había confeccionado a Ron para que las guardara. Además de los recuerdos y sus enseñanzas, aquello era lo único que Ron conservaba de su madre.

Harry se quedó observando sus "harapos de campesino", y se sintió ofendido. Claro que llevaban la misma ropa desde hacía varios días, y su camisa de lana ya tenía un par de agujeros. Eso sin contar los pantalones cubiertos con manchas de lodo y las botas de viaje que él pensaba eran resistentes, pero a las cuales poco les faltaba para que se quedaran sin suela. Bueno, podría ser peor, se dijo, observando a su amigo Ron que iba descalzo desde dos días atrás.

"Eso de las florecitas en las habitaciones de los guardias..." Le dijo Ron, y salió del cuarto inmediatamente, dejando la frase inconclusa.

Lo que Harry quería era dormir, sólo eso. ¡Y por fin en una cama decente!. Arrastrando los pies, salió de la habitación y se dirigió a la parte de abajo, donde Moody les había dicho que se podían asear. Encontró una amplia habitación con algo que él pocas veces había visto: tinas. En la granja Weasley siempre se tenía que bañar en el río más cercano, así que esto era, sin duda, digno de un Palacio. Caminó hacia una de las tinas y observó que estaba vacía, pero un segundo después, como por arte de magia, la tina comenzó a llenarse. No le sorprendió, pues sabía que en el Palacio algunas cosas eran obra del Consejo de los Magos. Se quitó la ropa e inmediatamente se introdujo en una de las tinas. El agua estaba caliente y eso lo relajó. Así que se quedó dormido, y cuando despertó, el agua estaba fría y sus "harapos" de campesino habían desaparecido. ¡En el río jamás se le había perdido la ropa!. Claro, estaba aquella ocasión en la que había perdido un pantalón arrastrado por la corriente. Y también aquella vez en la que sus calcetines se llenaron de sanguijuelas y él no se dio cuenta hasta que se los puso. Sospechaba de Ron.

El punto era, que aquí, en un Palacio, las cosas no se podían perder así como así. Observó a su alrededor y casi se le sale el corazón cuando un elfo doméstico apareció a su derecha. En las manos llevaba ropa doblada, su nuevo "uniforme", supuso.

"Mi Señor Aspirante, mi nombre es Dobby. Dobby os viene a entregar ropa de Aspirante, Mi Señor. El uniforme de los Aspirantes que debe portar con orgullo en el Palacio de la Llama Azul, mi Señor Aspirante."

"Gracias Dobby... y no me llames Mi Señor Aspirante. Mi nombre es Harry Potter."

"Mi Señor el Aspirante Harry Potter es muy amable."

Acto seguido, Dobby hizo tal reverencia, que poco faltó para que quedara tendido completamente en el suelo. Después, dejó la ropa en un banquito cercano y se alejó sin darle la espalda y haciendo repetidas inclinaciones. Dobby regresó dos minutos después, porque había olvidado entregarle las botas. El pobre elfo doméstico estaba visiblemente perturbado, pues intentó ahogarse en una de las tinas, cosa que no consiguió porque no tenían agua.

Así que Harry salió ataviado con su reluciente uniforme de Aspirante. Era completamente negro y con una pequeña llama bordada en el pecho, del lado del corazón. El de los Guardias del Palacio era prácticamente igual, pero ellos llevaban capas, negras también y adornadas en la orilla con un bordado de grecas azules. Además, en lugar de la llama azul pequeña del lado del corazón, ésta cubría la totalidad del pecho. Y claro, también estaban las armaduras plateadas y los yelmos.

Los días transcurrían y se consumían con prácticas de defensa personal, equitación, manejo de espada y arco. Inicialmente, eran bastante indulgentes con ambos (practicar un poco con la espada, otro poco con el arco, montar una hora o dos), pero luego (Harry no habría podido decir cuando), las cosas empezaron a cambiar. En una ocasión, uno de los guardias lo entrenaba y mientras él usaba su espada de batalla, a Harry le habían dado una que no habría cortado ni la mantequilla. Está de más decir que a Harry se le puso la carne de gallina cuando su uniforme de Aspirante terminó hecho jirones. Y a Ron se le borró la sonrisa del rostro cuando le dijeron que era su turno. A eso le había seguido la clase de equitación... a Harry le dieron un caballo salvaje, que más bien parecía toro y que estuvo a punto de derribarlo en múltiples ocasiones. El pobre de Ron sí que fue arrastrado varios metros cuando cayó del caballo y su pie izquierdo se enredó en las riendas. Y luego el arco, por Merlín... ningún ser viviente sería capaz de acertar a una cereza a más de cien metros de distancia. De hecho, Harry dudaba que él fuera capaz de acertar a cualquier cosa a más de diez metros de distancia... no era su fuerte.

Siempre los levantaban por la mañana, antes de que los primeros rayos del sol despuntaran, y los hacían correr durante una hora a pesar del frío. El tiempo que un pequeño reloj de arena tardaba en dar dos vueltas, era el que les proporcionaban para desayunar. Ron se guardaba algunas rodajas de pan en el bolsillo, y en poco tiempo consiguió que los elfos le llevaran galletas de avena; de manera que tenía una buena reserva debajo de su cama y dentro de una cajita. Harry no había intentado contrabandear con la comida desde que lo habían descubierto, y su castigo fue limpiar las chimeneas que estaban en el ala norte del Palacio.

Y luego estaban los días de vigilancia, en los que acompañaban a algún Guardia del Palacio en su ronda habitual para vigilar el castillo. A él lo habían asignado con Remus Lupin, un Guardia que parecía bastante experimentado. Le gustaba conversar con él (en parte porque realmente le agradaba y en parte porque así no se aburría hasta el punto de quedarse dormido). Aquel hombre siempre tenía algo interesante que contarle, desde historias del Palacio (le contó cómo había sido Aspirante, cuando Hermione Elizabeth II gobernaba Harmonyland) hasta detalles de batallas y otras cosas insignificantes como su afición por los chocolates. Alguna vez hasta le preguntó por qué era tan diferente a Ron físicamente, si eran hermanos. Harry se limitó a decirle que sus padres habían muerto y él había quedado a cargo de los Weasley cuando era apenas un niño de tres años.

Así fue como comenzaron los días como Aspirantes para Harry y Ron. Moody les había hablado en serio cuando les dijo que estarían llorando como una banshee para regresar a su granja, pero Ron decía que no estaba llorando, que se le había metido un poquito de polvo en los ojos.

Aquel día, afortunadamente, era su día de descanso, y Ron y Harry decidieron utilizarlo recorriendo rincones del Palacio que no conocían. Encontraron las habitaciones de los sirvientes y los elfos domésticos, husmearon por las cocinas, tuvieron que esconderse cuando entraron en un salón en el que sólo era permitida la presencia de los Guardias del Palacio y descubrieron más jardines infestados con aquellas curiosas florecillas azules, que decían algunos, sólo se daban en Harmonyland. Llegaron a un jardín en el que había también otro tipo de flores, de las que ellos no sabían los nombres pero que llamaban la atención por su colorido.

Y precisamente, fue en aquel jardín, donde se toparon con la Reina.

"Veo que estáis aprovechando el tiempo. En uno de los jardines privados, ni más ni menos." Les dijo, observándolos atentamente. Llevaba un libro en las manos. Historia de Harmonyland, alcanzó a leer Harry en la portada.

Ellos hicieron una reverencia. ¿Jardines privados?. Vaya suerte la suya, de todos los lugares, venir a terminar en ese.

"Disculpad. Ignorábamos que era un jardín privado, milady." Le dijo Ron, en un tono que le pareció exageradamente amable a Harry. Tan amable que terminaba sonando sarcástico. Bueno, después de todo, así era Ron.

"La ignorancia bien puede disculparse una vez, Aspirante Roland."

"En ese caso, serán bien recibidas vuestras disculpas, mi señora." Le dijo Ron, sonriendo en un gesto que Harry esperaba no se viera demasiado insolente.

Harry abrió tanto los ojos que pensó que se le iban a salir y se puso a suplicar ayuda a Merlín, para que la Reina no los mandara quemar vivos.

"¿Las mías?" le preguntó ella, cruzándose de brazos y observándolo como si estuviera dispuesto a mandarlo a la horca.

La horca o la hoguera... ¿qué sería menos doloroso?.

"Sí. Me parece que ignora que mi nombre no es Roland, sino Ronald. Ronald Weasley."

"Oh..."

Por un momento, Hermione permaneció inmóvil. Harry casi se echa a reír. Era bonita cuando parecía confundida. Y cuando no también.

"Debí olvidarlo." les dijo finalmente "En todo caso, gracias por recordármelo, Ronald Weasley."

Ron sonrió, aunque de manera forzada, ya que seguramente esperaba una disculpa.

"Y ahora, si me permitís. Tengo asuntos que atender."

Los observó durante un momento, y ninguno de los tres se movió. La Reina Hermione alzó las cejas e inclinó ligeramente la cabeza. Ron miró de un lado a otro, desconcertado. Entonces Harry cayó en la cuenta de lo que quería: que se hicieran a un lado. "Ningún Guardia de la Reina obstruirá el camino de la misma a menos que de ello dependa la vida de su soberana", recordó que le había dicho Remus Lupin en alguna de sus conversaciones. Con un movimiento casi tan torpe como apresurado, Harry se hizo a un lado al tiempo que hacía una reverencia. Pero cuando se incorporó, de alguna manera golpeó el libro que ella llevaba en las manos y que terminó en el suelo. Harry levantó el libro apresuradamente y se lo entregó, pidiendo disculpas. La Reina lo estaba observando con una media sonrisa.

"Tenéis cosas que aprender." Le dijo, sin dejar de sonreír.

"Tantas como vos ordenéis, mi Reina." Respondió Harry.

Aquella era una de tantas frases que Remus le había listado para demostrar deferencia con la Reina. Pero a Harry seguía pareciéndole extraño hablarle así a una muchacha que por mucho, era un año mayor que él. Se reprendió mentalmente. No era una muchacha. Era una Reina. Había que tratarla como tal. Pero seguía siendo raro.

Ella lo observó como quien observa a alguien preguntándose las razones de un comportamiento así.

"¿Habéis estado charlando con Remus Lupin?" le preguntó. Parecía divertida con la situación, pero a Harry lo estaba poniendo nervioso.

"Eh... si."

Ella se limitó a asentir.

"Un buen hombre. Excesivamente formal en ocasiones, pero no por ello menos valioso. En fin, que tengáis un buen día, Aspirantes."

Y sin decir nada más, se alejó de ellos, tan solo para avanzar un par de pasos, girar sobre sus talones y regresar.

"Me parece" les dijo "que os sería bastante útil leer este libro."

Extendió las manos y le entregó Historia de Harmonyland a Harry.

Harry hizo una ligera inclinación de cabeza. Y ella se alejó finalmente, dejando atrás un Ronald Weasley poniendo los ojos en blanco y un Harry Potter con el pulso acelerado.

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Nota: la frase inicial es de una canción llamada Una Vieja Historia, de la Oreja de Van Gogh.

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