SECRETITOS
Por Cris Snape
Disclaimer: El Potterverso es de Rowling.
2
EL ESPÍA
Ministerio de Magia, Londres. Año 1982
Aún estaba temblando. Ludovic Bagman acababa de ser declarado inocente por el Wizengamot y todavía tenía el susto metido en el cuerpo. Realmente no tenía nada que ocultar porque nunca había sabido ni una palabra de las actividades ilícitas de su otrora amigo Augustus Rookwood, pero por un instante había temido que nadie fuera a creerle. Sabía perfectamente que el señor Crouch era un tipo del todo inflexible y, aunque Rookwood también le había engañado a él, Ludo no las tuvo todas consigo hasta que el tribunal mágico en pleno le absolvió y le indicaron que podía irse a casa.
Aunque en circunstancias normales el hombre hubiera disfrutado enormemente de la atención de la prensa, ese día no le apetecía nada tener que enfrentarse a los periodistas. Había pasado unos días horribles y había solicitado permiso para utilizar la red flu del ministerio para volver a casa. La única condición era que tendría que esperar a que todo el mundo dejara sus puestos de trabajo y los pasillos del edificio se despejaran para poder largarse. Mientras tanto, los funcionarios públicos pusieron a su entera disposición una sala discreta y solitaria y Ludo se pasó allí sentado un buen puñado de horas, leyendo la prensa deportiva y ansiando el momento de incorporarse a la disciplina de las Avispas de Wimbourne. Se había perdido tres partidos de liga y necesitaba volver a volar.
Estaba tan absorto en la lectura que no escuchó como la puerta de la sala se abría y cerraba discretamente. Ni tan siquiera se percató del sonido de dos tacones de vértigo golpeteando rítmicamente contra el suelo. Sólo se dio cuenta de que no estaba solo cuando escuchó una voz femenina junto a su oreja.
—Ya veo que estás muy tranquilo, Ludovic.
El hombre se puso en pie de un salto e instintivamente echó mano de la varita. Le llevó un par de segundo darse cuenta de que Rita Skeeter estaba frente a él, elegantemente vestida con un traje azul marino, con el pelo rizado cayéndole graciosamente sobre los hombros y haciendo gala de una delantera que ni su propio equipo de quidditch.
—¡Skeeter! —Exclamó. Esa mujer le había parecido muy sexy desde su etapa de estudiante, pero no terminaba de alegrarse de verla allí porque, entre otras cosas, Rita Skeeter era una periodista sin demasiados escrúpulos. Él seguía sin estar de humor para atender a la prensa—. ¡No puedes estar aquí!
—Sí, bueno —Rita se encogió de hombros y se acercó a él moviendo sinuosamente las caderas. Ludo, que nunca había podido resistirse demasiado bien a los encantos femeninos, empezó a sudar copiosamente. De hecho, y aunque pareciera increíble, sudó más que cuando estuvo sentado ante el Wizengamot—. En teoría debería estar con el resto de mis compañeros periodistas, perdiendo mi valioso tiempo en uno de esos sosísimos pasillos del Ministerio. No obstante, he pensado que si la exclusiva no viene a mí, yo iré a la exclusiva.
Eso era lo que mejor se le daba hacer. Tal vez Rita Skeeter no llevara muchos años dentro del periodismo profesional, pero no cabía duda de que era una de las mejores en lo suyo. Nadie sabía muy bien cómo se las ingeniaba, pero siempre conseguía hacerse con las mejores noticias. Posiblemente tendía a adornar demasiado la realidad, pero todo buen escritor necesitaba tomarse ciertas licencias artísticas, ¿cierto?
Aunque a Ludo le resultaba un tanto difícil dejar de admirar su trabajo y apartar los ojos de su sensual escote, se las apañó para alejarse un par de pasos de ella y expresar su voluntad con absoluta firmeza.
—No voy a hablar con la prensa.
—¿Por qué no? Yo podría hacerte la entrevista perfecta, ponerte en el punto de mira de toda la comunidad mágica —Rita, que se las había ingeniado para pegarse nuevamente a él, le puso una mano en el hombro. Ludo se estremeció ligeramente cuando los pulgares le acariciaron por encima de la ropa—. Tu historia narrada justo como se merece. Dramática y con final feliz. El pobre, atractivo y talentoso jugador de quidditch acusado injustamente de ser un espía de los mortífagos. Puedo hacer de ti una estrella aún más grande, Ludovic. La pregunta es, ¿estás preparado para serlo?
Ludo tragó saliva. Rita se había hecho la manicura recientemente y por un instante se imaginó cómo sería sentir esas uñas clavadas en su espalda. Por lo general no le avergonzaba reconocer que la mitad de sus pensamientos estaban relacionados con el sexo; era un hombre joven y un deportista de éxito y decenas de chicas estaban dispuestas a hacer cualquier cosa por pasar una noche a su lado. Sin embargo, en esa ocasión no fue agradable fantasear con Skeeter porque Rita estaba prohibida para cualquier hombre que tuviera dos dedos de frente.
—Te agradezco el ofrecimiento, pero este no es el momento adecuado. Estoy cansando y deseo irme a casa.
—¿De veras? Entonces, tal vez yo podría acompañarte.
Ludo apretó los puños. Aquello era demasiado. Rita Skeeter se le estaba insinuando descaradamente y no creía que fuera a ser capaz de resistirse. Acostumbraba a liberar la tensión acumulada de una forma de lo más placentera y últimamente había estado extraordinariamente tenso.
—¿Realmente estás dispuesta a venirte a mi casa?
—Siempre y cuando te comprometas a hablarme sobre Rookwood.
Ludo entornó los ojos. Tuvo la sensación de que Rita estaba más interesada en aquel brujo que en él, pero desechó esos pensamientos de inmediato. Además, quedarse a solas con ella era una idea seductora. La primera vez que se fijó en ella no era más que un crío y Skeeter no había perdido atractivo con los años. Más bien todo lo contrario porque a Ludo le pareció que la periodista estaba rodeada de un halo de misterioso peligro que le atraía irremediablemente hacia ella.
—No tenemos forma de salir de aquí, con toda la prensa esperando.
—¡Ludovic, querido! —Rita soltó una risita—. Somos brujos. ¿Acaso no has pensado en un hechizo que te permita camuflarte?
—¿Qué?
Rita puso los ojos en blanco. A Ludo nunca se le habían dado demasiado bien esas cosas y no recordaba muy bien cómo era ese supuesto hechizo de camuflaje.
—Es muy sencillo. Déjame a mí.
Tal vez fue un error permitirlo, pero Rita Skeeter no tardó en apuntarle con la varita. De inmediato, Ludo pareció volverse invisible, aunque lo que realmente ocurrió fue que acababa de mimetizarse con su alrededor. Maravillado ante el alarde mágico de la mujer, decidió que no le importaría dejarse llevar por ella durante el resto de la jornada.
—Bien, Ludovic. Ahora saldré ahí fuera y tú me seguirás. Pasaremos entre mis compañeros periodistas y nadie se dará cuenta de que estás conmigo. Caminaremos con total tranquilidad hasta las chimeneas de la red flu y, una vez allí, nos iremos a tu casa. ¿Estás de acuerdo?
—Creo que sí.
—Perfecto. Una vez allí, hablaremos largo tendido sobre lo que ha pasado en las últimas semanas y después…
Rita se lamió los labios. Ludo tragó saliva y apenas tuvo voz para musitar dos palabras.
—Y después…
—Después ya veremos si la información que me proporciones merece o no la pena.
Rita, que sabía perfectamente dónde estaba el brujo aunque no pudiera verle, pasó frente a él contoneando las caderas. Si la atractiva mujer tenía una buena delantera, su parte trasera no le iba a la zaga. Ludo aprovechó su invisibilidad para admirar con detenimiento las curvas femeninas y fantaseó con todas las cosas que podrían hacer una vez estuvieran a solas y en un lugar más discreto que el siempre atestado Ministerio de Magia.
El plan de huida funcionó a la perfección. Los otros periodistas no tenían forma de saber lo que su compañera acababa de hacer y la observaron con extrañeza cuando la vieron abandonar las instalaciones así sin más. Si alguno hubiera demostrado ser la mitad de sagaz que era Skeeter, no hubiera dudado a la hora de seguirla, pero todos estaban demasiado ocupados esperando a un Ludo Bagman que nunca se presentaría ante ellos porque a esas alturas estaba limpiándose la ceniza de su elegante túnica oscura del más puro y elegante estilo francés.
Ciertamente le alegró muchísimo regresar a casa. Odiaba el Ministerio y todo lo que había ocurrido en los últimos días y se sintió aliviado cuando comprobó que todo estaba en perfecto orden. El año anterior estuvo a punto de comprarse un elfo doméstico, pero eran demasiado caros y al final optó por contratar a una bruja que se encargara de limpiarle la vivienda y cocinar. Ludo no tenía ni tiempo ni ganas para dedicarse a cualquiera de esas dos actividades.
Recordando que Rita le acompañaba, se hizo a un lado para permitirle entrar a través de la chimenea. La mujer demostró tener muchísima clase mientras emergía de entre las llamas y la ceniza y no se despeinó ni un solo mechón de pelo durante el viaje. Lo primero que hizo fue echar un vistazo a su alrededor.
La casa de Bagman era grande y ostentosa, la típica casa de un deportista de éxito. Rita Skeeter supo de inmediato que él no había sido el encargado de decidir la decoración salvo por un detalle: la cabeza enorme de algún animal mágico expuesta precisamente sobre la chimenea.
—Veo que eres aficionado a la caza —Comentó con cierto disgusto Rita. Odiaba ver bichos muertos.
—Es un erumpent. Lo cacé hace un par de años en África. Son criaturas muy peligrosas.
Ludo no perdió la ocasión de pavonearse. Rita alzó una ceja y siguió curioseando. Todo le resultaba de lo más impersonal, lo que no dejaba de ser una lástima si quería escribir un buen artículo. Le hubiera encantado poder averiguar si el grandioso señor Bagman era un desordenado o si tenía manías raras, pero su casa parecía digna de una exposición de muebles para el hogar del mago inglés.
—¿Te apetece tomar algo, Rita? Llevo algunos días sin poder venir por aquí, pero seguro que tengo algo que ofrecerte.
—¡Oh! No te preocupes, querido. No hace falta. En realidad me gustaría empezar la entrevista cuánto antes.
—¡Claro, claro! ¿Quieres que nos quedemos aquí o prefieres ir a algún sitio? —Como su dormitorio, por ejemplo.
—Este salón está bien. Es muy bonito.
—Muchas gracias. Contraté al mejor interiorista de Roma para que viniera a decorármelo. La verdad es que nunca he tenido mucha idea de estas cosas. Prefiero dedicarme al quidditch.
—Ya, apuesto a que sí —Aunque en la sonrisa de Rita hubo mucho veneno, Ludo ni se percató de ello—. Pero Ludovic, querido, tomemos asiento.
Y Rita Skeeter se acomodó con gracia en un sillón y cruzó las piernas con movimientos lentos y bien estudiados. Bagman prácticamente estaba babeando y se sentía incapaz de decir algo medianamente coherente. ¡Por Merlín, qué mujer! Sin pensárselo dos veces, se sentó a su lado y la observó mientras sacaba pergamino y una vuelapluma.
—Cuéntame, Ludovic. ¿Cómo conociste al señor Rookwood?
Bagman sintió que su ánimo flaqueaba un poco, pero se dijo que él ya sabía que estaban allí precisamente por ese asunto. Podía tener sus propias fantasías, pero la realidad era la realidad.
—¿A Augustus? Pues fuimos compañeros en Hogwarts. Y tú también.
—¡Oh, querido! ¿Aún le llamas Augustus? ¿Después de todo lo que te ha hecho?
—Yo…
—Pero no importa. Entiendo que te sientas traicionado y herido. Debe ser muy doloroso que tu mejor amigo te mienta de esa manera.
—Tampoco era mi mejor amigo, ¿sabes? Nos llevábamos bien y hablábamos.
—¡Claro, claro! Y utilizaba la información que le proporcionabas para ocasionar daño a la sociedad mágica.
—Casi siempre hablábamos de quidditch y de restaurantes famosos de la Europa mágica. Nunca hablamos de política ni nada.
—¡Oh! Pero él intentaba sonsacarte información, ¿verdad? —Rita se inclinó hacia delante. Su vuelapluma rasgaba el papel a toda velocidad y los ojos de Ludo se posaron descaradamente en su escote—. ¿Estoy en lo cierto, Ludovic?
—Esto… Yo…
Rita, que se había dado perfecta cuenta de que Bagman no estaba interesado en la conversación (se había esforzado demasiado para atraer su atención) sonrió con picardía y le colocó una mano en la rodilla.
—¡Vamos, querido Ludo! ¡Dame algo que me resulte útil! Yo sabré… Recompensarte.
Le escuchó tragar saliva. Fue evidente que sus palabras habían causado su efecto, pues Bagman carraspeó y se cruzó de piernas. Lo tenía en el bote, sí señor.
—Yo… Verás, Rita, yo… No estoy seguro de qué quieres saber.
—Quiero escuchar una historia sobre Augustus Rookwood manipulándote y martirizándote. Quiero poder escribir acerca de un hombre vilmente engañado, de un buen amigo traicionado de la peor forma, de un ser solitario y desgraciado al que casi le cuesta la vida esa traición.
Ludo tragó saliva. La mano de Rita Skeeter había viajado de nuevo hasta su rodilla y, aunque a una parte minúscula de sí mismo le hubiera encantado encontrar el valor para resistirse, al final sonrió y musitó unas palabras que esperaba le sirvieran para algo.
—Seré quién tú quieras que sea, Rita.
—¡Muy bien, querido! No sabes cuánto me alegra escuchar eso.
Y durante la siguiente hora, Rita se inventó una historia de lo más enrevesada y Ludo se limitó a asentir. Justo cuando el último rollo de pergamino se acabó, la bruja se puso en pie, agitó la varita y guardó todos sus enseres de trabajo.
—Se ha hecho un poco tarde. Mañana volveré para continuar con la entrevista.
—Pero yo pensé que…
Aunque Ludo sonó del todo suplicante, Rita no le prestó atención. Pasó frente a él meneando las caderas y le despidió con una mirada que prometía mucho y que no le reportaría absolutamente nada. Cuando desapareció entre llamas y cenizas, Ludo Bagman se sintió solo y frustrado y se preguntó si alguna de sus fans más acérrimas estaría dispuesta a hacerle una visita en ese mismo momento. Lo necesitaba casi tanto como el aire para respirar.
