DISCLAIMER: Los personajes de la serie Candy Candy no me pertenecen, son propiedad de Kyoko Mizuki y compañía. Yo solo los tomo prestaditos por diversión y para inventarle finales felices. Esta historia está escrita sin fines de lucro.

Hola chicas, que tal como han pasado, saben me tienen impresionada de lo bien han recibido esta historia, que me pongo a pensar inevitablemente quien tendrá más fans si Albert o Terry jejeje, porque ya sé que mi dulce Anthony no tiene muchas y yo soy de esos especímenes raros jajaja. De cualquier modo vamos a rendirle tributo a Albert, pero antes quiero agradecerles todo el apoyo y también por compartir este sueño conmigo. A Keilanot2, Kattie Andrew, Cyt, Lila, Verenice Canedo, Milady, RVM85, Val Rod, Sharon de Cullen y todas o todos los que leen este fanfic y aunque no dejan reviews les gusta un gran abrazo. Son chéveres.

Bien ahora respecto a la historia... si bien la vez pasada viajamos con la canción de la tierna y rebelde Jeanette, esta vez invoquemos a la maestra Laura Pausinni, quien me sirvió de inspiración con su música para escribir el siguiente capi.

Aquí dejo un link por si quieren escuchar la música watch?v=zcowPVW7GVc

¡Gracias por leer!

Capítulo II: La carta

Nunca olvidaré tu expresión de desconcierto cuando frente a la reunión del Consejo Familiar a la que yo también estaba obligada a asistir por el hecho de ser tu hija adoptiva, me decidí a manifestar mi petición de dejar de pertenecer al Clan Andrew.

Sé que mi decisión causó gran asombro a todos más a mi el único que me importaba como podía reaccionar eras tú.

- Señorita, tenga en claro que una vez dado ese paso no podrá dar vuelta atrás- me hizo hincapié el Abogado, quizá pensando que se trataba de algún capricho de jovencita o algo dicho sin pensar. A lo mejor hasta creyeron que me encontraba loca al querer echar por la borda el lazo que me unía a una de las estirpes más honorables de Estados Unidos y Escocia.

- Lo sé…pero ya lo he decidido – repuse nerviosa – agradezco mucho a todos por el apoyo que me han brindado, por haberme acogido en la cuna de esta prestigiosa familia, pero estoy atravesando momentos importantes en mi vida y necesito tiempo para mi…para mi trabajo, la profesión que ejerzo y mis estudios… Por favor, espero que lo entiendan – expliqué – Esta es la decisión que he tomado y no la voy a cambiar –

Hubo murmullos en la habitación que en esos tensos momentos se me hicieron casi imposibles de entender. La Tía Elroy solo bufó después de dirigirme una mirada de desprecio, era como si siempre hubiera estado esperando a que yo lo manifestara y hubiera yo tardado demasiado en hacerlo. Traté de tomarlo con indiferencia ya que conocía perfectamente que nunca había sido de su total agrado y menos aún después de enterarse de que laboraba como Enfermera. Una profesión que le parecía denigrante para una Andrew.

- Bien - El Abogado se acomodó sus lentes – Si Usted está de acuerdo Sr. William, procederemos enseguida con los debidos trámites para finiquitar la relación familiar y legal de la Srta. Candice White con Usted y la familia Andrew. Este proceso culminará dentro de 15 días- pronunció tomando apuntes.

Tú, aún impactado por mi repentino pronunciamiento, trataste de esconder tu azoro y asentiste.

Si es eso lo que la Srta. Candice desea que así se haga – decretaste

Yo estaba determinada y pude leer en tus ojos que no ibas a hacer nada por contradecirme ni detenerme. Debiste pensar que mis razones expuestas eran en parte verdaderas y estabas en lo cierto, aunque no del todo. La causa principal de la que me valiera había ocurrido días atrás.

Decidí que debía salir de allí a tomar un poco de aire pues el ambiente se sentía pesado. Reparé en cualquier excusa para abandonar la sala, mientras los murmullos de conversación seguían cada vez más fuertes y se elevaban por el aire. Pasé de largo a tu lado, esquivándote… Fue en ese corto instante cuando tu mirada de tristeza se cruzó con la mía, confesándome lo mucho que te había dolido mi resolución.

A mi también Albert, algún día lo entenderás...

No me detuve hasta llegar a mi habitación, donde me senté a mi escritorio, tomé papel y lápiz… y con mi mejor caligrafía empecé a redactar esta carta.

Quiero decirte aquello que

No conseguí decir jamás,

Que he mantenido oculto en mí

Por mucho tiempo ya…

Los días han transcurrido tan rápido desde hace una semana acá. Desde aquel encantador día que tuvimos para los dos solos. Desde la noche que nos contáramos secretos en la antigua cabaña abandonada. Desde el día que ahora considero como el mejor de mi vida.

Pensé que a partir de allí las cosas entre los dos empezarían a cambiar para bien, que nuestra afinidad por fin explotaría hasta transformar nuestra relación de amistad-familiar en algo más especial…Tú me entiendes, esto es tan difícil de explicar… aunque sospecho que desde hace tiempo ya lo sabes…

Hay un amor que crece en mí

Que no sé como esconder…

Ahora te deseo junto a mí…

Todo iba bien hasta la mañana siguiente a nuestro día perfecto. Cuando regresamos a la mansión era de madrugada y aún faltaban unas pocas horas para amanecer, por lo que estaba muy oscuro. Planeamos ingresar con cuidado en la casa, tratando de ser lo más sigilosos posibles, porque sabíamos que de ser encontrados nos ganaríamos un buen sermón y hasta podrían tacharnos de lascivos e indecentes. Tú veías en ello una situación graciosa, yo una comprometedora. Pero no teníamos culpa de nuestros actos, el tiempo se nos había pasado volando y cuando nos dimos cuenta nos habíamos desvelado en medio de nuestras amenas conversaciones e iban a dar las cuatro y media de la mañana. Ya no había nada que pudiéramos hacer más que intentar con suerte evadir la reprimenda.

Para sorpresa mía me confesaste que una vez clareara el día tenías que ir a trabajar, a pesar de ser sábado, por lo que esperabas dormir aunque fuera dos horas. Entonces la que te regañé fui yo, por que era algo que no me habías dicho y también porque era perjudicial para tu salud. Sin embargo tú me desarmaste diciéndome que con tal de pasar a mi lado eras capaz de aguantar miles de noches de desvelo. Yo enternecida me ajusté más el abrigo que me prestaras para protegerme bien del frío y me aferré a tu espalda mientras aumentabas la velocidad de la motocicleta hacerla casi volar por el carretero.

En cuanto llegamos intentamos ejecutar nuestro plan a la perfección, no obstante la estrategia fracasó al ser descubiertos en pleno corredor cuando ya casi alcanzábamos la escalera... Alguien encendió la luz.

-¡Ajá, ahí estás, el sujeto más esperado! – exclamó un hombre alto de cabello oscuro y bigote refiriéndose a ti

- ¿Omar? - expresaste tú sorprendido

- ¡Qué gusto verte Albert!- te saludó el tipo, mientras tú te acercabas alegremente a saludarle, a estrechar su mano y darle un abrazo de bienvenida. Supuse que era un amigo tuyo al que no veías en mucho tiempo. También saludé con cordialidad en cuanto me presentaste, pero entonces para mi desgracia me di cuenta de que no había venido solo.

Apareció una mujer, esbelta, de piel bronceada, figura estrecha y talle perfecto, con el cabello largo y negro como la noche y sedoso como terciopelo. Era una belleza exótica, tan diferente a la mía tipo caucásica, rubia y pecosa. Por su acento supe que era refinada y francesa.

Ella también lucía emocionada de verte, pero al reparar en mí que volvía a esas horas contigo, la sonrisa se le borró del rostro. Por un momento nos quedamos observando fijamente, como evaluando cada una el grado de peligrosidad de la otra. Ni ella me bajó la mirada, ni yo se la bajé, hasta que optó por lo mejor que podía hacer que era ignorarme, pero para mala suerte mía fijó toda su atención en ti, al punto de que casi se lanza del tercer escalón a tu encuentro echándote los brazos al cuello.

Mom cheri Albert!- exclamó, atreviéndose hasta a darte un beso en la mejilla que me dejó boca abierta de la indignación. Supongo que en Francia las chicas son más abiertas y se comportan diferentes a nosotras las americanas pero esto ya era el colmo desde el punto en que se viera, más aún cuando noté que era una clara muestra para demostrar el poder que poseía sobre ti, para mí.

Yo no articulé nada, pero tampoco estaba dispuesta a quedarme allí para soportarlo. No esperé a que me presentaran y me escabullí escaleras arriba.

-¡Rebecca ha pasado tanto tiempo…que alegría me da verte!- te escuché proferir, sintiendo como la fría corriente de los celos me subía por las venas haciendo presa de mí, pero no volteé a mirar como a lo mejor ella quería que hiciera. Para que notara lo feliz que te encontrabas entre sus brazos. No iba a darle el gusto.

Fue así como empezó a complicarse otra vez mi vida…

Quiero decirte solo que

Tú sigues siendo mi alegría,

Cuando con ella estás así

mis celos son una agonía…

La Srta. Rebecca se convirtió pronto como una piedra en el zapato. Que desazón sentí esa misma mañana durante el desayuno, cuando la tía abuela al darles la bienvenida a los visitantes, notificó que planeaban quedarse varios meses en Chicago para realizar estudios de mercado en pro de sus negocios. Me preparé para librar una larga guerra en defensa de tu corazón.

Me enteré que los dos eran primos y adinerados empresarios herederos de una noble familia europea. Los Gaultier. Noté también que había algo en ellos que no se notaba sincero. Aunque eran agraciados por fuera, se advertía algo dentro como si tuvieran dos caras, superficiales, ambiguos, por lo que empecé a sentir una repulsión hacia aquella dupla como la tuve en sus tiempos por los Leagan.

Conocí además que eran amigos tuyos desde la infancia y para completar mi secreta pesadumbre, que esa mujer había sido tu primera novia y lo había seguido siendo durante años. Es más por la forma en que ella misma contó y como describió sus sentimientos de aquellas épocas supe que hasta se habían comprometido. La tía Elroy para asombro de todos se manifestó de acuerdo inmediatamente si es que decidían retomar nuevamente la relación. Te pidió que tuvieras más consideración con la presencia de ella y que la acompañaras a recorrer la ciudad. Hasta se atrevió a bromear que donde una vez hubo fuego cenizas quedan, recalcando que formaban una hermosa pareja. Pero lo peor fue cuando trató de aclararles a sus dos invitados el por qué tú y yo habíamos regresado de madrugada, inventado que el auto se nos había descompuesto en el camino y haciendo énfasis especialmente que nuestra relación era la de un padrino o un tutor a una hija nada más, recalcando que en el ámbito legal constábamos como padre e hija para que no se atrevieran a pensar mal. A mi me dieron ganas de vomitar.

Tú lucías incomodado por todo ese asunto que te había caído de sorpresa, yo te conocía bien y podía leerlo en tu rostro. De vez en cuando me mirabas como cuidadoso de lo que yo pudiera pensar. Yo intentaba ocultar mi incomodidad tratando de lucir calmada, ocultando mis celos. La tía abuela entonces agregó algo que terminó por echarlo a perder todo.

- William, ya es hora de que sientes cabeza y creo que esta es la oportunidad perfecta, ¿no es así mi querida Rebecca? – bromeó, dejándote totalmente sorprendido. Aquella sugerencia tan directa hizo que mis movimientos se descoordinaran y terminé por derramar el vaso de jugo de naranja sobre el blanco mantel de lino y mis faldas. Los primos me miraron con una expresión de sorna que decía lo torpe que me consideraban. Yo pedí disculpas, retirándome enseguida a mis aposentos.

Rato después cuando me encontraba en mi habitación sintiéndome mal por todo lo ocurrido, tú llamaste a mi puerta. Querías explicarme bien las cosas. Te sentaste en mi cama mientras yo te escuchaba empezar a hablar. Me contaste que conocías a Rebecca desde tus tiempos de estudiante en el Colegio San Pablo y que en efectivo había sido la primera chica que te había gustado, tu primera enamorada. Yo no pude evitar imaginarlos a ambos en aquellos tiempos de principios de adolescencia y no sentir coraje. Era aquella época cuando te empecé a llamar "Príncipe" y reinabas en mis inocentes sueños y fantasías de niña, mientras tú disfrutabas muy feliz de la vida tus días lejos, tomado de la mano de esa chica y besándola.

Sé que era tal vez un sentimiento inmaduro de mi parte pero tuve que bajar la miraba para disimular mi enojo y fingir que me ponía a buscar algo en mi tualet o dentro de mis cajones para disimular. Juro que los odié a los dos entonces, y también al destino por no juntarnos con anterioridad.

Tú me observabas buscar con interés preguntándote que cosa había perdido, cuando en realidad lo que no quería era mirarte a la cara.

-¿Quieres que te ayude a buscar?- ofreciste

- No. Es algo muy personal – respondí terminante. Por último opté por abandonar esa estrategia y me dejé caer malhumorada en la silla de mi escritorio.

Estaba además realmente cansada, por todas las emociones y aventuras del día anterior y también por las cosas que estaban ocurriendo ese día, como salidas producto de una de mis pesadillas.

-…En fin, solo quería decirte que ella ya no significa nada para mí - recalcaste, quizá al ver mi mirada enfadada.

- Está bien- acordé resuelta entonces, enderezandome en mi escritorio para hacerme la que escribía, como niña frívola y malcriada, la sociedad me estaba enseñando a comportarme así – Solo espero que esa Srta. Perfección no se vuelva una carga para ti- añadí en voz baja.

Oí que te levantabas y caminabas hasta mí. Sentí tu presencia detrás de mi espalda, poniéndome nerviosa. Colocaste entonces tus manos sobre mis hombros.

- Te quiero princesa…- me susurraste depositando un beso sobre mi pelo, haciéndome subir los colores al rostro – Gracias por estar a mi lado…ahora concéntrate bien en lo que estás haciendo – añadiste cerca de mi oído y sujetando mi puño cerrado sobre el papel, en el que había garabateado de forma tonta mi nombre por no tener nada más que hacer. Bajé la mirada, no quería que notaras mi rubor, por lo que no contesté.

-… Ah, espero que hayas encontrado lo que tanto estabas buscando. Te veo después pequeña- añadiste, sonriendo alegremente y me guiñaste el ojo por el espejo de la tualet antes de salir. Quería que me tragara la tierra. Sabía que te habías dado cuenta de todo. Eras Albert Andrew. El que siempre encontraba la forma de desarmarme con sus encantos. Era mejor que te dieras cuenta de una vez por todas cuanto significabas para mí.

Por todo aquello que me das

aunque sin quererlo dar…

Esto te lo tengo que contar…

Las cosas se complicaron en los siguientes días, mientras la tía abuela trataba de introducirte a Rebecca por los ojos. Descubrí también que en parte era por su conveniencia, pues estaban en juego relaciones de negocios entre los Andrew y los Gaultier que aspiraba se concretaran pronto. Para ello tú debías convertirte en anfitrión y además acompañante de la Srta. Gaultier. Tú no replicabas nada, quizá por la caballerosidad que te caracterizaba a quizá porque anhelabas también que se diera el acuerdo comercial… y yo como de costumbre terminé aplazada una vez más en un rincón de tu vida.

Pero no soy una chica acostumbrada a darse por vencida fácilmente, por eso el día que hubo una subasta en el Salón Principal Municipal, a la que los Andrew habían sido cordialmente invitados por tratarse de miembros honorables de la Sociedad y que tu debías asistir como representante, no dudé ni un momento en querer participar también…aunque fuera a escondidas. Para ello arrastré a mi mejor amiga de toda la vida para que me acompañara. Annie Britter me suplicó que no nos metiéramos en problemas, pero se mantuvo a mi lado bridándome apoyo hasta el final.

Al llegar, aunque ya había empezado la subasta, nos dejaron entrar sin problemas al reconocernos como miembros de familias nobles. La Srta. Andrew y la Srta. Britter. Los bailes de sociedad al fin estaban surtiendo un buen efecto al hacernos conocidas y también solteras deseadas, puesto que ya estábamos en edad casadera. Que distintas de nuestros lejanos tiempos en el Hogar de Pony.

Una vez dentro, mis suposiciones resultaron ciertas. La tía Elroy no te había permitido ir solo, como adivinaba esa mujer estaba contigo. Sentí un golpe en el corazón cuando reconocí tus cabellos color miel en los primeros asientos. Estabas sentado junto a ella que hacía de todo para llamar tu atención, te conversaba algo en medio de risitas tontas mientras te coqueteada jugueteando con su cabello. Era patético desde mi punto de vista, o quizá porque yo no acostumbraba mucho a ponerlo en práctica. Vi como se sentaba más cerca de ti y se tomaba de tu brazo.

-Vámonos Candy- sugirió Annie, quien notaba que permanecía allí sólo haciéndome daño.

-No- repliqué, tenía la espina de saber hasta donde llegaban – Esperemos un poco más, por favor- pedí.

El animador prosiguió a cantar el siguiente objeto a subastar que era un cuadro antiguo o algo así, según me explicó después Annie que puso más atención en la venta que yo, que me preocupaba de ver a la pegajosa Rebecca realizando sus bajas tácticas de seducción sobre ti. La quería matar. En un momento al parecer te dijo algo en voz baja que tú al parecer no entendiste y terminaste acercando tu cara más a ella, quien visiblemente logró su propósito que era tenerte más cerca. Sonrió y se acomodó mejor a tu lado. Desde el ángulo donde yo estaba podía ver perfectamente sus ojos brillar cada vez que tú la mirabas. Pensé que después de todo a lo mejor también estaba enamorada... Quién no podría enamorarse de ti.

Para esto la audiencia ya encendida empezó a gritar sus ofertas, por lo que la Srta. Gaultier aprovechó la distracción para intentar lanzarte una vez más sus redes. La vi susurrarte algo al oído con sensualidad, mientras sus labios casi rozaban tu oreja, haciéndote poner rojo. Entonces no lo pude resistir más. Quería ir allí adelante y sacarla arrastrando del cabello, pero a mi fuero interno se le ocurrió algo más descabellado, lo único que en esos momentos estaba más a mi alcance... Grité... Sí, grité sin pensarlo una cantidad de dinero casi exorbitante para cualquier hogar pobre, que duplicaba las anteriores ofertas para el artículo en subasta.

-¡Vendido a las señoritas de sombrero rosa y azul!- expresó enseguida el animador

Hubo aplausos y varias personas se voltearon a ver asombrados a quién le pertenecía la fogosa voz de jovencita que había gritado, entre ellos tú. Puedo apostar a que reconociste mi voz. Tu acompañante lucía realmente decepcionada una vez arruinado su momento. Quién sabe que te estaba proponiendo. Supe que era hora de partir. Entonces agarré a Annie del brazo para pegar la escapada. Aunque a lo lejos escuchábamos la voz del animador por el micrófono indicando:

-Por favor las compradoras acérquense al escritorio para dar sus datos-

-¡Te voy a matar!- me aseguró Annie haciendo un gran esfuerzo por hablar mientras corríamos escaleras abajo. Salimos de ese edificio rápidamente.

Debo reconocerlo Albert, tú despiertas a la niña revoltosa que hay en mí.

…Que como cuando tú no estás

La soledad se mete en mí

y me doy cuenta que además

no me divierto ya sin ti…

A partir de allí decidí no dejarme ganar por la Miss Perfecta. Empecé a cambiar para mí misma, a usar vestidos más escotados. Yo también tenía lo mío y era bonita. Quería verme atractiva para ti. Comencé a dejarme el cabello suelto que caía hasta mi cintura y a maquillarme un poco. Pasaba largas horas de compras junto con Annie, despertando a la vanidad que vivía oculta en mi interior. Sé que notaste el cambio porque varias veces te atrapé contemplándome desprevenido y sé que este echo también le llenaba a ella de rabia, porque se daba cuenta de tus sentimientos escondidos hacia mí. Aunque siempre te tenía a su lado, no tenía tu corazón.

Mientras tanto yo…a menudo cuando me observaba al espejo veía una chica hermosa pero incompleta…a la que le faltaba la otra mitad de su alma, que tenía tu nombre y tu apellido... Era inevitable y pesaroso compararme con ella. Éramos dos bellezas diferentes. Ella como una noche deslumbrante y yo una radiante y fresca mañana…me preguntaba cual preferirías…Todo a mi alrededor se había vuelto tan vano y deprimente. Me hacía falta conversar contigo, solo pasabas ocupado y el rato que tenías libre ella no te soltaba ni a sol ni a sombra. Era como si estuviéramos distantes a pesar de que vivíamos en la misma casa.

De que me servía haber empezado a salir más con mis amistades del hospital o haberle comenzado a prestar más atención a la tía abuela que se empecinaba en buscarme pretendientes, pues así me vieras pasear con diferentes chicos o sentarme a conversar con ellos en el jardín…a propósito muy cerca de la ventana de tu estudio, fingías disimular que no te importaba. Más todas esas eran actuaciones, estrategias mías para lastimarte un poco o hacerte reaccionar. Yo no era así y me sentía mal después cuando estaba sola. Sobre todo cuando debía decirle no a aquellos que empezaban a ilusionarse conmigo.

Una tarde Annie me confesó algo que ella pensaba acerca de tu situación con Rebecca que me dejó helada. Tuvo cuidado antes de decírmelo porque sabía que me iba a lastimar el enterarme. Me dijo que creía que tu situación con ella era de índole sexual, yo me negué a creerle en un principio… pero luego repare en que era absurdo pensar que no, yo estaba segura de que tú no eras virgen...más el pensar que tu primera vez había sido con ella me mortificaba, igual que imaginarte con otra mujer...y el imaginarte en esas situaciones conmigo, una profunda verguenza...

Decidi prestar más atención en el asunto para descubrir si era verdad y pasé intrigada toda esa tarde, hasta que esa misma noche los vi desde mi ventana… estaban en jardín compartiendo un beso, pensando quizá que nadie los veía. Observé como la sostenías aferrándola en tu abrazo, mientras deslizabas tus labios por su cuello... Yo quería ser ella en esos momentos…sentir tus caricias, y me lamenté tanto no serlo. Ella lo disfrutaba, parecía querer retenerte en su cuerpo, que tu boca bajara más. No pude seguir soportándolo y dejé caer la cortina. Mi corazón se había resquebrajado.

Lloré toda la noche, y a la mañana siguiente tomé la decisión que di a conocer hoy en la reunión familiar. No puedo permanecer más aquí. Solo acabaré lastimándome. Ya no puedo seguir viviendo a tu lado, mucho menos verte como el padrino que me adoptó sabiendo que te amo tan desesperadamente… Por ello es que renuncio a ser una Andrew.

Aún no termino de escribir esta carta Albert, que tendré el valor de entregártela cuando esté lista...cuando los días de legalización de mi petición terminen y ya ningún lazo nos usa…cuando entonces pase a ser para ti solo una conocida más.

En cambio si conmigo estás

este oscuro gris será…

Te acercaste a conversar conmigo la tarde siguiente a la que tomé mi decisión, cuando me encontraba en el jardín sentada en el borde de la pileta dándole de comer a las palomas. Notaste la tristeza en mis ojos y la vi reflejada en los tuyos. La resolución nos lastimaba a los dos.

-¿Por qué Candy? – Preguntaste – Por qué quieres separarte de mí…- Escuchar tu voz terminó por romperme el corazón

- Eh… yo…- traté de conversar pero mis lágrimas traicioneras acudieron sin ser llamadas y no pude continuar. Tú me estrechaste en un abrazo. Nos quedamos así un rato mientras yo escondía mi cabeza en tu pecho y te mojaba la camisa. Tú permanecías en silencio, estabas llorando también.

de colores con la vida que le das…

- Albert, yo… necesito tiempo para mí, para dedicarle a mi trabajo…necesito llenarme de lleno a ello – empecé a explicarte ya más calmada, repitiendo al fin y al cabo las mismas excusas que profiriera en la reunión, mientras tú me secabas las mejillas tomando mi rostro entre tus manos. No quedaste convencido de ellas. Esbozaste una mirada de interrogación.

- Siempre has trabajado sin que nadie te moleste…- replicaste

- Sí pero ahora soy mayor de edad y una señorita de sociedad tiene sus responsabilidades – te recordé…aquello que me repetía la tía abuela todos los días, responsabilidades vanas por cierto.

- Vaya no pensé escucharte estar alguna vez de acuerdo con ella- confesaste sonriendo, aquello me hizo bajar la mirada -…además yo puedo ordenar que te dejen ejercer la profesión sin incomodarte. Nadie se atreverá a contradecirlo si yo estoy de tu parte- agregaste

- No Albert, por favor… es lo mejor para mí- repuse no sin sentir dolor, pero estaba determinada. Era realmente duro decirte que no. No dijiste nada durante un momento, como intentando resignarte a aceptarlo pero sin poder tragarlo. De improviso entonces me tomaste de las manos, sorprendiéndome.

- ¡Candy mírame a los ojos…y dime la verdad!- empezaste, provocando que mi corazón latiera disparado. A dónde pretendías llegar.

La voz de la tía abuela nos tomó por sorpresa entonces resonando desde el balcón, nos sobresaltamos.

-¡William, ven pronto tienes una llamada telefónica de París!- te notificó. Yo me pregunté que tan significativa debía ser esa llamada que la obligaba a ir en contra de sus propias reglas de dama como era exponerse en el balcón… sospechaba que lo único que quería era mantenernos separados.

- Hablaremos después Candy, esta conversación no ha terminado- me dijiste en voz baja, haciéndome estremecer.

Un poco más tarde fue la tía abuela quien quiso hablar conmigo, llamándome a la sala. Sin dar rodeos se refirió a sus temas de su interés, uno de ellos era su aceptación de mi renuncia a la familia aunque confesó sentirse en el fondo un poco triste pero me dijo que estaba tranquila porque confiaba en mi juicio y sabía que seguiría siendo una mujer de bien en el futuro… y también se refirió a su anhelo de que contrajeras matrimonio con la chica de Francia. Me contó entonces que se encontraban finiquitando unos negocios entre las dos familias que habían tomado años en concretarse, y en los cuales los Andrew habían invertido muchísimo capital, por lo que veía como una bendición tu unión con la de Rebecca. Yo la escuché sin opinar. Sabía como era la vida de los Andrew, la mayoría prefería anteponer su conveniencia a su felicidad.

Y que difícil es

el hablarte de esto a ti

que de amor no te gusta hablar

ni conmigo ni sin mí…

Después de comprender esto, me preparé para vivir en el infierno los siguientes 14 días que me quedaban en Lakewood, pero en uno de ellos sucedió algo totalmente inesperado… Fui yo la que recibí una carta especial… y cuando leí quien la remitía las piernas me temblaron y pensé que iba a caer... porque allí en medio del sobre blanco marfil, yacía plasmada con su mejor caligrafía el nombre de Terrence Grandchester.

Le conté enseguida a Annie sobre la misiva en la que me invitaba a cenar dentro de dos noches en el lujoso restaurant del hotel donde se había hospedado, uno de los mejores de Chicago. Decía que me extrañaba, que no me podía olvidar y que anhelaba verme otra vez, que quería conversar tantas cosas conmigo. Las dos nos pusimos a gritar como locas, era algo tan sorpresivo.

Yo había escuchado que se iba a presentar una obra en la ciudad por esas fechas con artistas de renombre pero la verdad había estado tan ocupada en mis labores que no había prestado la debida atención al asunto, y en esos momentos su invitación me caía como un balde de agua fría, justo cuando ya creía haberle dado hace tiempo la vuelta a esa página de mi vida.

Le consulté a Annie que debía hacer, pues tenía un poco de recelo, si ir o no. Ella muy francamente me dio su opinión

- Si no vas, no sabrás jamás que pudo haber sucedido -

Tomé en cuenta su consejo, yo también quería verlo de nuevo, así que decidí prepararme para la ocasión. La emoción por Terry volvió a atacarme aunque tenía muy en cuenta que estaba casado hace más de un año con Susana Marlow.

-¿En qué se encuentra Candy?- te escuché consultarle a George la tarde anterior a mi gran cita, mientras me veías pasar corriendo escaleras arriba junto con Annie y los brazos llenos de bolsas de compras. No me detuve a observar que expresión ponías, solo escondida detrás de la pared del primer piso alcancé a escuchar la respuesta de George

- La Srta. Candy ha recibido una invitación a cenar del joven Terry – George conocía lo que sucedía porque él mismo me había entregado la carta.

- ¿Una invitación? Uhm - dijiste meditándolo – George ven conmigo

Me pregunté que estarían tramando.

Sin embago lo descubrí la tarde siguiente, cuando ya estando lista para la cena y con los nervios a flor de piel, me llamaste a tu oficina…fue cuando todo estalló.

No habíamos tenido oportunidad de cerrar nuestra anterior conversación junto a la pileta, más a esas alturas yo a pesar de lo mucho que me dolía ya te estaba evitando. Al entrar me quedé cerca de la puerta como aquella vez que descubriera tu identidad como el Jefe del Clan Andrew.

Nunca me llamabas cuando salía con mis otras amistades, por lo que supuse que aquella excepción era por algo especial, me lo presentía.

- ¡Candy! - exclamaste impresionado al verme, confirmando que me encontraba muy bonita – luces fantástica – me ovacionaste con sinceridad, yo te agradecí, pero pronto volviste a retomar tu seriedad para llegar al fondo de lo que tenías que decirme.

-¿Hay algo que no me hayas contado?- inquiriste

-¿Perdón?- pregunté sin comprender

-¿A dónde vas vestida así?-

-Voy a salir, tengo una cita- repuse, de cuando acá me controlabas

- Con Terry – agregaste

-Sí…con Terry- confirmé. Te vi morderte el labio y mover la cabeza buscando las palabras correctas para decir a continuación. Entonces me alzaste la voz.

-¡Candy estás loca, te das cuenta de lo que vas a hacer!- me confrontaste – ¡Él es un hombre casado, ya no es el muchacho de antes, el que conociste en el San Pablo y te enamoraste, ahora tiene su vida hecha!- me sacaste en cara para que no lo olvidara

- ¡Eso ya lo sé!- repliqué para defenderme

-¡Ah sí, y como es que te lo tomas con tanta indiferencia!- lanzaste -¡Ya no eres una niña, sabes lo que va a ocurrir si vas!-

- ¡Lo que ocurra entre él y yo no es de tu incumbencia!- recalqué ya perdiendo la paciencia

-¡Claro que sí, por que es mi deber protegerte!- gritaste – Todavía te encuentras bajo mi tutela-

- Pues eso no será por mucho tiempo – repuse enfrentándote

-¡Candy!- exclamaste levantándote de tu escritorio, mientras yo me obligaba a permanecer estática, no iba a mostrarte debilidad. George estaba presente pero no se atrevía a entrometerse.

-…¡Mientras vivas en esta casa tienes la obligación de acogerte a las reglas, a mis reglas... por que las pongo yo!-

- No me digas- te desafié, tú no sabías que hacer, no estabas acostumbrado a discutir conmigo.

-¡Claro que sí. Hago esto por tu bien, conoces a Terry, siempre ha sido un insensato, un irresponsable!... por ello con el dolor del alma, aunque sé que te va a lastimar, voy a tomar medidas ahora… No permitiré que asistas a esa cita-

- ¿Qué?-

- ¡Como oíste Candy, no permitiré que vayas allí y te conviertas en su amante!- respondiste ya yendo directo al grano. Yo no lo podía creer, los ojos se me llenaron de lágrimas de impotencia. Nunca antes nos habíamos alzado así la voz, nunca antes habíamos peleado así de fuerte. Era algo tan inusual para nosotros, que no sabíamos bien como actuar. Nunca antes me había enfrentado a ti.

- No me puedes detener…igual me iré - dije lentamente, midiendo el grado de mis palabras para ver que tan hondo podían caer dentro de ti. Tú te estabas acercando.

- No, si no lo permito - recalcaste

- ¡Déjame en paz!-

- ¡Solo si prometes no ir!-

- ¡No lo haré, que es lo que pasa contigo, por qué no solo te preocupas de tus asuntos y me dejas tranquila!- estallé - ¡Ve y ocúpate de la tal Rebecca, de tu propia amante!-

Tu cara de impresión me hizo dar cuenta de lo que había dicho

-…Claro, ahora sí te revelas ante mí, ahora que ya nada nos une…¡es eso lo que querías Candy!- gritaste ofendido

- Es la pura verdad...- repuse

- Solo sé que no irás con él- determinaste

- Me escaparé -

- Sobre mi cadáver. George diles a los empleados que cierren todas las puertas y que vigilen minuciosamente a la Srta. Candice. No puede salir a ningún lado esta noche. Yo lo ordeno- decretaste entonces lanzando un papel sobre la mesa, dando por terminado el asunto. Me quedé con la boca abierta. Juro que en ese momento te odié.

-¡No! ¡eres un idiota, estás celoso!- repliqué pero no me hiciste caso

- Piensa lo que quieras-

- Te odio… ojalá nunca te hubiera conocido- agregué ya llorando. Esa noche me transformaste en una prisionera, ya no tenía nada más que hacer allí.

-¡Candy regresa!- te escuché llamar mientras salía corriendo de aquel lugar. Era inútil seguir discutiendo contigo, no volví -¡Candy!- volviste a gritar. El sonido de un cristal impactando contra la pared, me confirmó que estabas descargando tu rabia.

Tal vez porque tienes miedo como yo

de una respuesta que…

pudiera abrir tu corazón…

Esa noche me la pasé llorando y al día siguiente cuando yacía sentada en lo alto de la escalera, recibí una nota también de manos de George, quien se sentía visiblemente culpable de mi encierro. Su pupilo, el príncipe había encerrado a la princesita en el castillo tomando como suyo el papel del dragón secuestrador en mi fracasado cuento de hadas. Recibí la nota y me di cuenta que era de Terry.

"Hola Candy, cómo estás…entiendo que no hayas venido…sé que fue una desconsideración mía proponerte que lo hicieras, sabiendo que eres una dama y conociendo mi situación… Sólo quería verte, que supieras que nunca te olvidaré y que siempre estarás en mi corazón... Quizá la vida nos de la oportunidad de reunirnos de nuevo alguna vez, hasta entonces.

Me hubiera gustado verte mi pequeña pecosa.

Tuyo por siempre

Terry"

Lloré más que nunca después de leer esa carta. Por la nostalgia de mi amor perdido y también por la impotencia y coraje que me causaba el no poder enfrentarme a ti, porque en el fondo a pesar de toda tu arrogancia cuando te tocaba mandar, te amaba. Eso dolía. Ni siquiera me habías pedido disculpas después de todo lo ocurrido.

No. Esa mansión eras demasiado pequeña para ti, para mí y tu orgullo. Decidí entonces que los pocos días que me faltaban para dejar de ser una Andrew me los pasaría lejos de allí. Empaqué mis cosas y me fui para lo de los Britter.

Dos días después cuando ya habían terminado mis vacaciones y me había vuelto a incorporar al trabajo y ami residencia en el hospital, pasé por la Notaría para firmar mi declaración juramentada de que decidía renunciar a la familia, incluso a la posible herencia que sabía que algún día me ibas a dejar. Por ellos los funcionarios me miraban con extrañeza mientras yo tomaba aire y firmaba, ellos y el Abogado también lo sabían, debieron creer que estaba loca, lo que no conocían es que a mi me importaba poco tu dinero y lo que más quería era tu corazón.

Me llevé una decepción esa tarde porque no estuviste presente en el acto, vi tu rúbrica sobre el papel que indicaba que lo habías firmado primero. Yo aunque aún muy enojada contigo, en el fondo guardaba la esperanza de verte.

Al salir, algo triste y cabizbaja noté tu auto estacionado en una esquina. Sabía que estabas dentro porque alcancé a ver a George sentado al asiento del conductor, más tú lentamente subiste el vidrio de la ventana. Seguro también estabas resentido por todo lo que te grité, pero tenías la culpa me sacaste de mis casillas y no puedo pensar bien cuando estoy enojada, las palabras se me escaparon como el aire a un globo y te lancé lo que en esos momentos sentía, más no era lo que en mi interior guardaba. Sea como fuere tu arbitrariedad me había herido y no era yo la que debía pedir disculpas. Decidí alejarme de allí rápidamente. Nuestra guerra seguía.

No obstante, no fue por mucho tiempo. Una semana después leí por casualidad en el periódico durante la hora del desayuno en el Hospital, una noticia que estaba dando la vuelta en el mundo de la farándula. Los titulares anunciaban el nacimiento del primer hijo de Terry y Susana. Solo entonces me sentí como una vulnerable hoja que casi había sido arrancada de su árbol para caer al abismo.

Había sentido tanta emoción al recibir la invitación de Terry, que no reparé en lo que pudieran pensar los demás a mi alrededor. No es que me importara mucho el que dirán ni nada de eso, pero me estaba olvidando que ante todo era una dama y por lo tanto debía darme a valer, pero creo que fue en parte toda la ilusión de la sorpresa inesperada mezclada con mis desesperadas ganas de darte celos a ti, que avivaron más las cosas. Llegué a estar tan entusiasmada de volver a ver a mi ex novio que resté importancia al hecho de que no era libre y estoy segura ahora que de haber llegado a estar solos mis anhelos de los días felices con él, junto con los propios de Terry, hubieran terminado por desembocar en una pasión desenfrenada y a lo mejor habría terminado por dejarme vencer entre sus brazos como tú suponías… pero yo ante todo no era una destructora de hogares, no hubiera soportado la culpa después. Terry estaba enfrentando un momento importante en su vida, traspasando a otra etapa, aunque no me lo contara en su carta. A lo mejor sentía temor y ganas de salir corriendo por las responsabilidades que se le venían encima, era algo normal, pero no era momento de huir a refugiarse en los brazos de otra persona, sino de enfrentar a la vida con valor. Además aunque un poco de cabeza y todo, yo ya tenía mi vida hecha… Debo reconocerlo, así no quiera tengo que escucharte, a menudo tienes razón… A veces me recuerdas al viejo gran roble de la colina del Hogar de Pony, el que lo sabe todo aún sin hablar.

Para entonces ya solo faltaba solo un día para que se concretara mi separación legal de la familia Andrew, por lo que decidí regresar. Quería despedirme de Lakewood y de las personas que habitaban allí, incluyéndote, por última vez.

Quiero decirte aquello que

no logré decir jamás…

Supiste que estaba allí aún antes de que yo pudiera irte a buscar. Tenías empleados que eran una útil fuente de información. Por lo que nos encontramos de improviso cuando yo iba saliendo al jardín y tú regresabas de dar un paseo a caballo. Llevabas puesto el traje de equitación que resaltaba tu vigoroso y masculino cuerpo. Tu cabello también se mecía con el viento. Me dejaste por unos segundos sin habla, como inocente victima de un hechizo, pero luego recordé que no era nada nuevo pues ya lo venía sufriendo desde hacia más de diez años.

Tengo esa imagen tuya grabada en mi memoria, mientras te acercabas a mí, cuidadoso, sonriente. Esa tarde en medio de la brisa de verano reconocí una vez más en ti al príncipe que tanto adoraba.

- Ho…hola - intenté decir, pero de mi boca lo único que salieron fueron sonidos tartamudos, reparé que me había quedado parada en el umbral de la puerta con la mano puesta sobre uno de los lados. Más tú no dijiste nada, en respuesta a mi raro saludo lo único que hiciste fue abrazarme fuerte…un largo rato, hasta hacerme levantar del suelo.

- Albert que haces… por favor bájame- repliqué. No quería que la tía Elroy nos descubriera en cualquier momento y pensara mal. Tú me hiciste caso, me depositante lentamente de nuevo en el suelo sin dejar de mirarme a los ojos con una manera especial, llena de ternura, de emoción, de afecto…como si tuvieras entre tus brazos a una delicada y bella flor… una mirada de amor. Yo bajé la cabeza, sintiendo una punzada de resentimiento. Entonces hablaste tú.

-T e extrañé tanto pequeña… ¿me perdonas?- pediste, tomando mi rostro entre tus manos con dulzura. Yo sentía que me derretía, que las piernas me temblaban y que en cualquier momento podía caer al suelo si seguías haciéndolo, más tomé toda mi fuerza de voluntad para poder disimularlo, para poder hacerme la fuerte, pararme erguida y mirarte de frente, solo así podría conversar contigo.

- Albert…-/ -Candy...- dijimos a la vez

-¡Tenemos que hablar!- volvimos a repetir, al parecer los nervios nos estaban atacando a los dos al mismo tiempo. Esto nos hizo sonreír. Escuchamos a la vez los sonidos de unos pasos acercarse por el pasillo, por lo que enseguida me tomaste de la mano para conducirme al estudio. No querías que nadie nos interrumpiera.

Una vez dentro, te acercaste al ventanal para mirar al horizonte, como te gusta hacer cuando tienes que tratar algo importante.

- Princesa…yo te debo una disculpa. Me porté muy duro contigo abusando de mi autoridad- admitiste - …Pero es necesario que sepas, que lo hice por cuidar de ti, de tu felicidad…que es lo único que quiero…dime idiota, celoso, orgulloso, sé que debo respetar tus sentimientos pero… un día prometí cuidar de ti y mantendré mi promesa hasta el final…-

Un final que llegaría dentro de pocas horas pensé con melancolía... pero me di cuenta de algo más...sería posible que aún creyeras que amaba a Terry. Debía remediar eso e iba a comenzar a hablar pero tú continuaste

- Nuestra historia no termina aquí Candy… - añadiste como pudiendo leer mis pensamientos, haciéndome sobresaltar, sería posible que fueras a declararte…

- Nuestra relación de amistad no termina con nuestro asunto legal, prometimos un día estar juntos en las buenas y en las malas y estoy dispuesto a cumplirlo… ¿tú también lo harías Candy?- los ojos comenzaron a llenárseme de lágrimas, sabía por donde venía la cosa. Empezaba la despedida. Sólo pude asentir. Te acercaste a mí, me cobijaste con tus brazos, mientras yo me recostaba en tu pecho y lloraba a mares, era tan duro decirte adiós. Permaneciste así un rato, apoyando tu mejilla en mi cabeza hasta que mi congoja se transformó en leves sollozos. Aspiré tu perfume, sintiendo la seguridad que brindaba tu abrazo quizá por última vez. Luego besaste mi frente

- Puedes quedarte esta noche…mañana yo mismo me encargaré de llevarte a tu residencia del Hospital- dijiste mientras te retirabas de nuevo hacia el ventanal -Te voy a extrañar Candy…- te oí susurrar. Sabía cuanto te dolía nuestra separación, más lo aceptabas sin refutar en silencio.

Me inundó el alma entonces recordar todas tus nobles razones y ya sin poder contenerme corrí hasta ti para abrazarte por la cintura aunque estabas de espaldas. Te sentí temblar suavemente por la sorpresa, no te lo esperabas más permaneciste estoico acariciándome los brazos, mientras yo recostaba mi cabeza sobre tu ancha espalda para seguir llorando en silencio. Quería aferrarme a ti pero sabía todas las razones que pesaban en contra, no podía buscar mi felicidad a sabiendas de que podía arruinar el bienestar de la persona que más amaba.

- Gracias por todo Candy…por darme esperanza cuando la había perdido- mencionaste. Yo no lo podía creer cuando la única esperanza en mi vida siempre has sido tú.

- Bert…te prometo que a pesar de ya no vivir aquí o de no pertenecer más a los Andrew, no va a cambiar nada lo que siento por ti, siempre estaré cuando me necesites…te querré todos los días de mi vida…- sollocé

- Siempre estarás en mi corazón…- dijiste. Sin pensarlo te di un beso en el hombro, haciendo que voltearas para mirarme con interrogación, queriendo descubrir por fin lo que escondía dentro de mí

Que he mantenido siempre oculto en mí…

Tu mirada estaba brillante, tenías signos de haber llorado también, de haber llorado por mí. No estaba equivocada. Lo sabía como sabía que había venido al mundo para encontrarme contigo, para amarte, porque no era una casualidad del destino. Estaba segura que tú también me amabas.

Me acariciaste la mejilla, secándome las lágrimas, rozando mis labios, mirándome con amor. Te estabas acercando… estábamos tan cerca que casi podía escuchar los latidos de nuestros corazones a punto de estallar…habías fijado como objetivo mi boca…y yo estaba a punto de decirlo…

- Albert…yo…-

- ¿Qué Candy…?-

- Yo… te am…-

Entonces unos inoportunos y fuertes golpes a la puerta reventaron nuestra burbuja, arrastrándonos de golpe a la cruel realidad. Solo entonces reparamos en el ruido de voces de varias personas en la sala, que tal vez desde hacia rato habían estado allí pero nosotros abstraídos en nuestro mundo no habíamos escuchado.

-¡William, William!... querido, ¿Estás allí dentro?- Era la tía Elroy

-¡Demonios!- se te escapó, yo me hice la disimulada pero alcancé a ver que me dirigías una mirada de frustración y pena. El deber te llamaba y tenías que abrirle. Más antes de hacerlo me guiñaste el ojo, haciéndome sonreír.

A pesar de que pronto mi vida otra vez iba a cambiar, había vuelto a resurgir en mí la esperanza.

Al abrir la puerta, inmediatamente la tía abuela entró. Lucía emocionada.

-¡Querido tengo excelentes noticias! Por favor ven conmigo – te pidió, pero entonces reparó en mi y la sonrisa enseguida desapareció de su cara.

- Buenas tardes tía abuela- mencioné tratando de esconder mis señales de que haber llorado y mi rubor.

- Buenas tardes Candy- respondió cortante, luego te dirigió una mirada inquisidora, queriendo saber que estaba sucediendo, había notado el ambiente de complicidad que se cernía entre los dos

- Venga conmigo tía- propusiste, conduciéndola delicadamente del brazo hacia afuera – vamos por un poco de café-

Me quedé sola en el estudio, sabiendo que debía esperarte, teníamos que aclarar tantas cosas. La emoción que embargaba mi corazón aun no había desaparecido. Me abracé a mi misma, sintiendo la ausencia de la calidez de tu cuerpo.

Hay un amor que crece en mí

que no sé como esconder…

Comencé a pasear por la habitación, el lugar donde trabajabas. Recordaría con detalle las cosas de aquel lugar, las cosas de Lakewood. Me di cuenta que después de todo sí extrañaría la mansión. Un lugar que poseía tantas de mis memorias. Acaricié suavemente con mis dedos la superficie de tu escritorio, donde te sentabas a escribir y bordeé la mesa para sentarme en tu gran silla rodante, donde me acurruqué, podía sentir que tenía impregnado tu aroma a cítricos y madera, a bosques. Cerré los ojos e intenté visualizarte, con el Klit escocés (aunque no dejaba de parecerme gracioso) como cuando te revelaste ante mí como el Príncipe, ese día de la fiesta en la Colina de Pony, con tu cabello mecido por el viento y tu gran sonrisa. Empecé a dar vueltas en la silla como una niña llena de ilusión, nada podría describir la felicidad que en esos momentos sentía. Nunca me había sentido tan segura de mi destino como entonces... Era estar juntos... Quería que volvieras pronto para decírtelo. Para decirte cuanto te quería.

Estaba tan ocupada en mis ensoñaciones, planeando una vida para los dos así tuviera que ser lejos de allí, que no la oí llegar, solo reparé de su presencia cuando escuché su voz.

- Lo amas ¿Verdad?-

Me quedé estática. Volví lentamente con la silla a su posición original. La quedé mirando entonces fijamente pero no le respondí. No hacía falta si ya lo sabía.

- Yo también lo amo- confesó a su vez Rebecca - … y déjame decirte que lo hago desde hace mucho incluso antes de que tú usaras bien la razón, niña…- recalcó, restregándome en la cara que ella era toda una mujer comparada conmigo y que su madurez le hacían un partido más favorable para tu elección. Más yo no tenía nada que envidiarle aparte de los años que había pasado juntos.

- Tienes razón - admití sin objetar problema. Tal vez creía que tenía las de ganar por superarme en edad, pero no iba a quedarme callada – Lo amo desde que tengo uso de razón…porque yo era una niña pequeña y sin embargo me despertó a la vida…por él me arriesgué a tomar nuevos caminos y crecer… y ha permanecido a mi lado apoyándome, protegiéndome, sin soltar mi mano hasta ahora- le encaré levantándome, mientras podía ver la rabia en sus ojos.

-...Por ello lo amaré siempre… lo hice desde un principio y lo haré hasta el final. No es algo que tú puedas evitar- añadí.

- ¡Escúchame bien!- me amenazó, acercándose a la mesa y golpeando con fuerza con la palma el escritorio, dejando ver de una vez por toda la vulgaridad que escondía detrás de sus hábitos refinados - …Albert se va a casar conmigo y no vas a lograr impedirlo chiquilla entrometida. Tenemos la bendición de Madame Elroy, incluso en este mismo momento está platicando con él sobre el asunto…Ella sabe que nuestra unión es conveniente, incluso tú lo sabes también… Madame Elroy nunca va a consentir que los dos unan sus vidas- opinó.

Descubrí que nunca me había equivocado al pensar que en parte sí lo quería por su dinero, pero también debo reconocer que el final de sus palabras sí terminó por afectarme. Al punto que ya no quería seguir allí.

-...Y quiero decirte una cosa más- agregó – Si sigues intentando inmiscuirte entre los dos, te juro que te…- intentó vilmente amenazarme pero la interrumpí

- Ahórrate tus palabras. No tengo miedo de lo que tú ni tu primito puedan hacerme, pero si lamento inmensamente que mi Albert deba unirse a una persona tan falsa como tú…permiso- sentencié, pasando de largo por su lado.

Decidí ir a mi habitación para verificar que no se me estuviera quedando nada, pero en el momento en que pasaba por la sala los escuché discutir a ti y a la Tía Elroy.

- ¡William por favor, piensa con la cabeza y no con el corazón! Una decisión así no te llevará a nada, no tienes futuro al lado de esa chica. Rebecca es una mujer de estirpe y además lo más importante, ¡están nuestros negocios!...piensa en nuestros negocios, el futuro de nuestras compañías está puesto en el convenio de nuestras dos familias, no puedes echarlo todo por la borda. Sus padres esperan su unión-

-¡Pero yo no la amo!...entiéndame tía, si sentía algo por ella ya pasó hace mucho tiempo…pero Candy... Candy está en mi corazón…somos almas gemelas…creo que la he amado toda la vida…- te atreviste a confesar sin temor, a corazón abierto. Tuve que taparme la boca de la impresión, más enseguida la escuché responder a la tía abuela

-¡Eso sí que no! ¡No Albert, no estoy dispuesta a permitirlo! ¡No voy a permitir que por una decisión absurda comprometas el futuro de los Andrew!-

Tuve que salir corriendo de allí. Debía irme lo más pronto posible, no podía ser allí la manzana de la discordia, y menos poner en riesgo por mi culpa a la familia que me había acogido. Empaqué las cosas que me faltaban llorando. Además, sentía que si me quedaba más tiempo me partiría en dos.

Ahora estoy en esta misma habitación terminando de escribir esta carta que más parece otro capítulo de mi historia. Mi despedida, que luego dejaré sobre la cama. Espero que cuando la encuentres comprendas tantas cosas que no te alcancé a explicar...Quizá te ayuden un poco las páginas de mi diario. Sé que a veces cuando tienes tiempo para ti o te estresas y necesitas una distracción, te acuestas en tu cama y lo lees. Espero que llegues pronto a las últimas hojas, pues solo entonces entenderás bien… el por qué te digo adiós.

Ahora te deseo…

muy junto a mí…

Te amo Albert…hasta siempre

Tu Candy


Tal como Candy supuso, Albert estresado después de discutir largamente con la Sra. Elroy fue a buscarla pero las mucamas le dijeron que se había retirado a su habitación cansada, lo que suponían que era cierto porque no le habían visto salir durante el resto de la tarde.

Albert fue hasta su puerta y la encontró cerrada. Creyó que era cierto ya que sabía que había llorado mucho, en parte por culpa de él. Agobiado entonces fue hasta su propia habitación para despejar un poco su mente y tomar algo de valor para confesarle todo lo que le tenía que decir, todo lo que sentía por ella y que tanto tiempo se había guardado. Más se encontraba en un dilema entre lo que debía hacer o no. Si pensar en su familia o en su felicidad y en la felicidad de ella. Su dulce amor...Aunque tenía la duda de que aún sentía algo por Terry, también tenía la impresión de que ella lo amaba desde hacia mucho tiempo, pero no había estado tan seguro hasta esa tarde en que sus hermosos ojos verdes le habían hablado por sí solos… y como ella imaginó tomó el diario que le había regalado y llegó hasta las últimas páginas… donde con emoción y ternura se dio cuenta de que su Candy le correspondía en todas las formas como tanto había anhelado.

Dejó entonces de batirse entre qué decisión tomar y se lanzó sin pensarlo dos veces hacia su cuarto. Entró incluso sin llamar con la esperanza de encontrarla despierta, no sabía que iba a hacer, solo que quería tenerla entre sus brazos.

…Sin embargo estaba vacío y el frío de la noche que ingresaba por la ventana abierta meciendo las cortinas le confirmó que por allí había escapado. No encontró nada en su armario, ni en sus cajones. Se había ido. Desesperado llevándose las manos a la cabeza se dejó caer en la cama.

-Candy que voy a hacer contigo- se preguntó. Había olvidado que ella era libre como un pajarito, que no había nada ni nadie que la pudiera detener. Entonces al colocar su mano sobre el colchón topó sin querer la carta que yacía a su lado. Sentándose enseguida la tomó en sus manos, leyó que estaba dirigida a él e impacientemente rompió el sobre. Le tomó unos cuantos minutos leerla, comprendiendo por fin el final de la historia.

Un gran trueno se oyó en esos momentos en la cercanía y enseguida comenzó a llover. Era como si el mismo cielo estuviera de acuerdo con lo que sentía en el alma William Albert Andrew.

Estaba oscuro afuera, ningún carruaje o automóvil pasaba por allí a esas horas. Ella no podía haber llegado muy lejos, tal vez aún estaba a tiempo de alcanzarla. Decidido salió a buscarla sin importarle la tempestad que recién comenzaba.

-¡Candy! – su grito retumbó en medio de la oscuridad.


Continuará...

Canción: La Carta de Laura Pausinni

Bueno amigas, eso es todo por hoy, les prometo que la próxima vez que se encuentren se encenderá la pasión entre esos dos jajaja. Hasta pronto =)

Un abrazo

Belén