Tantos días y nada. Solo frio. Solo arrepentimiento. ¿Cómo había sido tan tonto? Aún recordaba la última vez que la vio. Ella lloraba, le seguía y le rogaba volver. Pero no, Ron Weasley era lo suficientemente bruto y orgulloso como para dar un paso atrás. No después del desaire que ella le había hecho. Le había pedido escoger y por un segundo creyó que ella lo erigiría.

-Lo prefieres a él-

Sus propias palabras le taladraban la mente y el corazón. Ella se había decidido por Harry. Su mundo se terminó de desmoronar en ese instante. Entonces sus venas se incendiaron y todo él se quebró.

-¿Cómo pude decir eso? Era obvio que ella lo escogería a él. No a mí. Nunca a mí.-

Miraba por la ventana, la nieve caía suavemente. La mañana se veía serena y él pensó como estarían ellos allá lejos. Lejos de él. Tal vez ellos estaban mirando caer la nieve también. Tal vez ellos estaban pensando en él. Tal vez ella pensaba en él, tal vez, tal vez.

La nostalgia lo invadía por todo el cuerpo. El frío le congelaba todos los sentidos. Ya no soportaba su soledad. Nunca había estado tan solo. Harry era su mejor amigo, su compañero de aventuras, su hermano. No se habían separado desde el día que se conocieran en el tren y solo una vez antes la duda se había cernido entre ellos y habían podido eliminarla sin mellar su amistad. Pero ahora… ahora no sabía si alguna vez lo volvería a ver, no sabía si podría recuperarlo.

-Le ofrecí mi apoyo. Le fallé. Soy un miserable-Una lágrima le acarició el rostro dolorosamente compungido.

Y Ella. A ella la había abandonado. Él se había jurado si mismo que la protegería con su vida y que no la dejaría sola. Y lo primero que había hecho fue dejarla. Y ahora le desesperaba no saber si estaba bien. No saber si aún estaba viva.

La amaba. Merlín, como la amaba. Ella se había metido en su vida de la misma forma avasalladora como el momento en que entró al vagón preguntando por Trevor. Ella, con sus cabellos alborotados y castaños, con sus ojos color chocolate brillantes, con su sonrisa de paraíso. Él ni siquiera tenía claro cuando sus sentimientos cambiaron de la molestia y enfado a una tierna amistad. Ni mucho menos cuando esa amistad se transformó en ese latido emocionante y frenético, en ese inquietante revoltijo del estómago, en esa angustiosa falta de aire, en ese delicioso temblor en el cuerpo. Todo eso cuando ella estaba cerca. Antes no lo entendía o le daba miedo entenderlo, pero ahora lo tenía claro. Estaba profundamente enamorado. Y le dolía no tenerla. Lo peor, estaba casi seguro que jamás la tendría. Ella era una mariposa con alas muy grandes que estaba destinada a llegar alto, muy alto. Y él se consideraba solo un minúsculo y patético insecto rastrero. Ella era una estrella hermosa y brillante en el cielo. Él, una piedra sin gracia y fea en el fondo de un acantilado.

-No es para mí. Ella jamás será para mí. Ella merece alguien a su altura. Un hombre fuerte, inteligente, un hombre tan perfecto como ella- La tristeza le daba bellos rasgos a su rostro. Ahora que su mente estaba serena, lejos de la influencia de la maldita cosa esa, comprendía que Hermione había escogido bien. Harry siempre sería mejor que él. Harry era digno de ella. Y él no se interpondría otra vez. Ya bastantes estupideces había cometido por sus ridículos celos. Y ella merecía el cielo. Él no podía dárselo. Harry sí.

-Si me hubieras querido solo un poquito… solo te pedía un poquito… -Había apoyado su cabeza en el muro. Tenía los ojos arrasados. El frío le calaba los huesos-…yo habría sido capaz de tomar todo el calor del sol para ti. Amor… como me haces falta…-

Entonces su mente le recordó un momento en que creyó que sus más increíbles sueños se hacían realidad. Esa noche, dos días antes de esa estúpida pelea, él había entrado en la tienda, y había encontrado un bulto junto al fuego, y el bulto lloraba. Y él sintió que ese llanto le partía el alma.

Al abrazarlo, del bulto empezó a salir una cabeza enmarañada, luego unos ojos llorosos y al final una boquita cereza. Y él la encontró adorable en su falta de glamour. Porque ella no necesitaba vestirse con sedas ni cubrirse con joyas para encandilarlo. Ella solo necesitaba salir de una manta áspera y fea, cubierta de preciosas lágrimas para hacerle perder la cabeza.

Entonces ella le habló de sus miedos y él se desvivió por consolarla. Ella perdía la fe, él intentaba devolvérsela. Y ella le confesó que tenía congelado el cuerpo y el corazón. Y él… él la envolvió en sus brazos para darle su calor.

Fue uno de los momentos más hermosos que vivió jamás. La tenía en sus brazos. Acurrucada en su pecho. Sentía como su corazón latía sin parar y sabía que ella escuchaba cada latido. Cada latido, todos para ella. No quería soltarla nunca más y algo, una pequeña vocecita interior le decía que tal vez había una esperanza. Algo en el abrazo de ella se lo decía.

-Hermione… Te juro… te juro que cada vez que tengas frio en el cuerpo y en el corazón yo estaré aquí para abrazarte y darte mi calor-Le había susurrado

Fue sencillamente embriagante sentir como ella comenzaba a dormirse en sus brazos. Como se entregaba a él en su sueño. Esperó a sentirla profundamente dormida y con cuidado la cogió en sus brazos para dejarla delicadamente en la cama. Por una noche se había imaginado que tal vez ella también lo amaba.

Pero ahora era todo tan distinto. ¿Y si ella tenía frío ahora? ¿Y si extrañaba su abrazo? ¿Y si lo necesitaba?

-Maldición, te fallé a ti también… maldito frío. Si pudiera volverla a sentir. Sentir su dulce calor-Ron podría jurar que el corazón de ella había latido con la misma intensidad que el de él esa noche. Cerró los ojos intentando volver otra vez a ese momento. El último de su felicidad.

Fue entonces que la escuchó. Abrió los ojos extrañado.

-…Ron…-

Si era su voz. ¿Pero de donde venía?

-…Ron…-

Ya no le quedaban dudas. La voz venía de su bolsillo. Sacó el Desiluminizador y lo abrió. Y la luz de la habitación se apagó. Pero otra luz apareció en la ventana. Una luz azul, una luz de esperanza.

Arregló sus cosas, salió al jardín y la bola de luz le hizo seguirla hasta que se devolvió y le atravesó. Justo en el corazón. Y lo supo. Supo que esa bola lo llevaría con ellos. Con ella.

Y mientras sentía como ese calor que se había instalado en su pecho lo arrastraba lejos, se hizo una última promesa. Los recuperaría a los dos. Le pediría perdón a Harry por abandonarlo. Y le pediría perdón a Hermione por todas las noches de frío lejos de él.

Porque la Bola de luz le había devuelto la fe. La fe en la amistad inquebrantable. La fe en el amor verdadero.

Una última esperanza de darle su calor… a ella.