CAPITULO 2

El rumor ya se había extendido por todo el colegio. Candice White Andley y Terruce Grandchester se habían fugado juntos.

Sin duda este era el escándalo más vergonzoso que ningún otro alumno hubiese protagonizado. Si algún padre o benefactor importante llegara a enterarse de tal evento, retiraría de inmediato a su hijo o peor aún dejaría de proveer al colegio de las jugosas donaciones que las monjas recibían.

Esa mañana, al enterarse del acontecimiento por boca de la hermana Margaret; la hermana Grey estuvo a punto de un paro cardíaco. La anciana directora, acostumbraba levantarse siempre a primera hora de la mañana para después dirigirse un rato a la capilla y rezar sus oraciones del día; pero esta vez fue distinto. Debido a la conmoción sufrida el día anterior al tener que enfrentarse a los desplantes altaneros del hijo del Duque de Grandchester, la hermana apenas si pudo pegar los ojos durante la noche. Por esto, su reloj biológico sufrió un ligero desajuste… dicho de otra forma, se le pegaron las sábanas. A la hora en que la hermana entró a su habitación, ella ya debía estar levantada y cambiada para iniciar sus labores diarias, claro esto no ocurrió. La hermana tuvo que despertar a la directora para después comunicarle tan bochornoso evento.

Según fue comunicada, la cerradura de la dirección había sido forzada, así como las llaves del cuarto de castigo robadas. Pero eso no era todo, Candice White Andley había desaparecido al mismo tiempo que Terruce Grandchester. Eso solamente quería decir que Terry había forzado la puerta de la oficina de la hermana Grey para después robarse la llave, ayudar a Candy a escapar y después huir con ella.

¡Qué Dios la ayudara!

La hermana Margaret tuvo que poner todo su esfuerzo en reanimar a la directora, al enterarse de lo ocurrido todo su mundo se vino abajo. ¿Qué les iba a decir a los Andley cuando llegaran esa mañana por Candy? Peor aún… ¿qué le iba a decir al Duque de Grandchester? Ella ya era una mujer mayor, todos estos sustos le ponían los nervios de punta. No podía creer lo mucho que dos jovencitos rebeldes pudieran afectar su paz. Había sido directora del Real Colegio San Pablo por años, y nunca su corazón había estado tan enfermo como esta mañana.

Debido al estado nervioso de la hermana Grey las demás monjas acordaron que lo mejor era no molestarla el resto del día, cualquier otro exabrupto podría causarle un daño mayor a su dañado corazón.

Ellas se harían cargo del colegio durante el tiempo en que la directora estuviera indispuesta. Como primer punto acordaron no comunicarle nada al que hasta el momento era el máximo benefactor del colegio, el Duque de Grandchester. Era un caso difícil pero tratarían por todos los medios no comunicarle a Richard Grandchester la huída de su hijo. El asunto más complicado era con los Andley, un día antes les habían comunicado la expulsión de Candy y era cuestión de horas, talvez minutos para que George Johnson, el representante de William Andley, llegara por ella. Por más vergonzoso que resultara, tenían que informarles que la alumna Andley había logrado escapar de las instalaciones en compañía de Terry.

Durante la mañana, la noticia logró llegar a oídos del alumnado. Las monjas no habían logrado ser demasiado discretas, por lo que fue sencillo para los más curiosos enterarse de la deshonrosa verdad.

Una de las primeras en enterarse fue Elisa. Esa mañana en particular se había despertado muy temprano, quería ver con sus propios ojos el momento en el que Candy fuera expulsada del colegio. Se levantó y después de arreglarse como es debido, caminó alegremente hasta la dirección; creyó que talvez ahí sería donde George la recogería. Esperaba que esta vez si hubiese logrado la expulsión de Candy de la familia Andley, la huérfana de Pony no merecía haber sido adoptada por el abuelo William.

Pero pronto los minutos fueron transcurriendo, y no observaba ni a la hermana Grey ni a Candy.

¿Estaría todavía en el cuarto de castigos?

El lugar quedaba lejos, pero valía la pena caminar hasta allá solo para ver a Candy derrotada. Al llegar, el peor panorama se hizo realidad. La hermana Margaret en compañía de otra monja, caminaban presurosas hacia la habitación de la directora para comunicarle que Candy había desaparecido. ¡Demonios! Candy se había ido, la huérfana se había salvado de sufrir la pena de irse expulsada, ella misma se había ido. Pero eso no era lo peor de todo, lo peor vino cuando se enteró que no lo había hecho sola. Terry también había desaparecido. ¡Eso no podía ser! ¿Terry y Candy juntos?

Todo le había salido mal.

Sorprendida y totalmente enfadada, caminó hasta su habitación donde hizo la peor rabieta que alguna vez hubiera protagonizado. Pataleó sobre su colchón una y otra vez. ¡Candy le había ganado! Después de todo lo que había hecho la huérfana había resultado ganando. Se había largado con Terry… ¿Por qué? Lágrimas de impotencia rodaban por sus mejillas. "¿Por qué Terry?" "¿Por qué ella y no yo?"

Se repetía una y otra vez, lo mucho que odiaba a Candy.

Todo se estaba repitiendo, al igual que Anthony… Terry también prefería a la maldita huérfana. Ella siempre se quedaba con los hombres más guapos. El enojo la hacía patalear aún más. Así estuvo por largo rato. Tuvo que pasar varias horas para que las lágrimas de dolor finalmente terminaran, entonces vino a ella una furia sin igual. Decidida se levantó de la cama. Candy aún no le había ganado… todavía había algo que le permitiría resultar triunfadora. En ella estaba, destruir a Candy.

Cerca del las siete de la mañana, las monjas les habían informado al alumnado que el día de hoy las clases antes del almuerzo quedaban suspendidas.

Patty había estado recluida en su habitación hasta las nueve treinta. Aún tenía un examen que aprobar en la semana, y con todo lo que había pasado con Candy casi no le había dado tiempo de estudiar. Tomó el libro que había estado leyendo, salió de su cuarto y caminó fuera de los dormitorios; tenía que devolverlo a la biblioteca y así llevarse otro en calidad de préstamo para continuar con su estudio; entonces oyó mencionar el nombre de Candy en el corredor, volteó a ver y observó a dos monjas susurrando algo… no alcanzaba a escuchar muy bien por lo que se acercó y trató de cubrirse detrás de una columna. Cuando escuchó lo que las hermanas decían, casi se desmaya de la impresión.

- Esa chiquilla es un verdadero dolor de cabeza, -negó la monja- pero nunca creí que fuese capaz de tanto. Mira que fugarse con un hombre, ese no es un comportamiento propio de una dama.

- Talvez es un malentendido –comentó la otra

- Claro que no –exclamó- las pruebas los delatan. Para que ella pudiera salir del cuarto de castigos necesitó la ayuda de alguien más. Después se fugó del colegio, al mismo tiempo que Terruce despareció. Es muy claro hermana, esos chiquillos se fueron juntos.

- Si, es probable –se rindió ante las evidencias

- Claro que lo es. Ese Terruce no es digno del apellido que lleva, no es digno de ser un Grandchester –dijo alarmada

"¡Dios mío!" pensó Patty cubriéndose la boca

Las hermanas continuaron con su camino y Patty permaneció oculta hasta que las monjas no pudieran divisarla. Decidió entonces que el libro podía esperar, necesita hablar con Annie cuanto antes, seguramente su amiga no tenía idea de lo que estaba ocurriendo. Corrió hasta las habitaciones y al estar frente a la puerta del dormitorio de su amiga entró sin pedir permiso, totalmente agitada y golpeando la puerta después de entrar. Annie se asustó al ver el estado de excitación de Patty.

- ¡Annie!

- ¿Qué sucede Patty? –se acercó a ella

- ¡Candy! –Caminó- ¡Annie es Candy! ¡Dios mío Candy! –simplemente no encontraba las palabras.

- ¿Candy? ¿Qué ocurre con Candy? –Preguntó alarmada, mientras caminaba hacia ella- Patty –la tomó de los hombros- ¿qué sucede? ¿Por qué estás en este estado?

- Annie, Candy se fugó del colegio. –Confesó- Lo escuché hace rato, con las hermanas. Annie, Candy se fugó con Terry

- ¿Con Terry? –Preguntó sorprendida- Eso no puede ser. Seguramente escuchaste mal.

- No. Yo lo escuché, Candy se fugó anoche con Terry. Se fueron juntos, Annie.

- ¡Dios mío! –Exclamó

Annie sospechaba que Candy y Terry tenían algo más que una simple amistad, cuando escuchó lo ocurrido en el establo; creyó que se trataba de un mal entendido, a causa de la trampa de Elisa; pero ahora todo estaba claro…

- Patty, debemos contarle a los chicos. Ellos tienen que saber

- Lo sé, solo que a este momento… dudo que no estén enterados aún.

Y Patty tenía toda la razón, Archie y Stear se habían enterado de lo ocurrido minutos antes, solo que de la peor manera posible.

Los hermanos Cornwell se encontraban saliendo de sus habitaciones, después de charlar un momento habían decidido ir a buscar a las chicas para comunicarles que lo mejor era hablar con la hermana Grey para mostrarle la carta que Terry la noche anterior les había dado. Si ese arrogante inglés no hacía nada para ayudar a Candy, ellos lo harían. Solo que al intentar llegar al jardín, se habían topado con Neil y sus amigos. El odioso joven Leagan no perdió oportunidad de molestar a los Cornwell con las nuevas del colegio.

- ¡Hey Archie! ¿Te enteraste de las noticias? –sonrió con malicia

- ¿A qué te refieres Neil? –espetó

- A tu adorada Candy. Finalmente demostró la clase de chica que es.

- Si te refieres a la expulsión de Candy, todo se arreglará –dijo Stear calmado- todo fue un malentendido. Hablaremos con la hermana Grey respecto a lo ocurrido en el establo; tenemos pruebas que todo fue una trampa.

Neil palideció, él también estaba implicado en lo ocurrido en el establo. Si alguien llegara a sospechar de Elisa, seguramente darían con él. Lo menos que quería era tener problemas.

- De todos modos eso ya no sucederá –recompuso su postura- Candy se ha largado del colegio.

- ¡¿Qué?!

- Tu adorada Candy, se fugó del colegio. Claro eso no es todo, no lo hizo sola –sonrió- se fue nada menos que con Grandchester.

La noticia les cayó como bomba a Stear y Archie. ¿Candy con Terruce? ¡Eso no! ¡Neil tenía que estar mintiendo! Archie se acercó a su primo y lo tomó del cuello con fuerza.

- ¡Estás mintiendo, imbécil! –espetó furioso

- No. Es la verdad, todos lo comentan. –susurró- Se fueron juntos ayer por la noche –se soltó del agarre de Archie- ¿pero no veo de qué te sorprendes? –preguntó irónico- Si esos dos son tal para cual. La huérfana y el bastardo. –se burló- Además todos conocen la fama de Terry, siempre le gusta llamar la atención de su padre y hacerlo enfurecer. Qué mejor forma de hacer enojar al Duque que fugarse con una huérfana.

- ¡Cállate Neil! –gritó Stear

- ¡Ja! –rió burlón- Bien, ya se los comuniqué, ahora si me permiten… tengo mejores cosas que hacer que hablar de la huérfana de Pony.

Sonriendo complacido, Neil se alejó de los hermanos Cornwell.

- Tú no le crees, ¿verdad? –Preguntó Archie temeroso- Candy no sería capaz de semejante insensatez.

- No lo sé, Archie. Neil parecía muy seguro –dijo serio Stear

- Tenemos que averiguarlo –aseguró

Corriendo, los hermanos fueron en busca de Patty y Annie quienes para desgracia de Archie les informaron que efectivamente el rumor era verdad…

OoOoOoOoOoOoOoOoO

El sol comenzaba a iluminar la mañana de Londres cuando Terry y Candy ya iban de camino a Escocia. El plan inicial era ir a Edimburgo en tren, para después dirigirse a la villa Grandchester.

era lo más sencillo y rápido; pero después de pensarlo por unos momentos Terry decidió que era mejor no transportarse en tren. Lo harían caminando en la carretera pidiendo a algún buen samaritano que los adelantara lo más que pudiera, así se irían hasta llegar a Escocia. No era un plan tan seguro, pero era muy peligroso arriesgarse a que alguien en los andenes los reconociera…

Candy no estaba tan segura que el plan fuese a funcionar, temía que algo malo pudiera pasarles en el trayecto. Además estaba el hecho que esto alargaría más el viaje. ¿Cómo podía permanecer tanto tiempo junto a Terry? Con él se sentía segura y confiada, pero al mismo tiempo nerviosa y confundida. ¿qué tenía Terry que la ponía en un estado tan bipolar? Enojada, pero feliz… nerviosa, pero segura… ¡tal vez estaba enloqueciendo!

Seguramente era eso, de lo contrario no habría huido del colegio con él.

Caminaron gran parte del trayecto en silencio, pero aunque era un silencio cómodo… Candy necesitaba oír la voz del joven inglés que tenía al lado.

- Oye –habló en cierto momento la rubia- ¿no es muy peligroso subirnos a un auto de desconocidos? –quiso comenzar la plática

- Tal vez –dijo sonriendo- Si, esto sin duda es peligroso

- Y lo dices así de tranquilo –dijo alarmada

- Escucha pecosa, puede que esto llegue a ser verdaderamente peligroso. Pero yo, nunca permitiré que algo malo te pase, ¿de acuerdo? –sonrió- No te preocupes de nada, yo cuidaré de ti. –le guiñó un ojo

El corazón de Candy brincó con alegría, las palabras que Terry hubiera pronunciado eran las más dulces que le había dicho jamás.

- Gracias

- No tienes porque, recuerda que soy un caballero inglés.

- Si –sonrió

- Claro que si lo prefieres podemos ir saltando de rama en rama en esos árboles –sonrió con malicia señalando los árboles a la orilla de la carretera- para un mono pecoso como tú, ese debe ser un camino más sencillo.

- ¡Eres un malcriado! –le dio un pisotón- ¡Yo no soy un mono!

- ¡Auch! –se quejó- cuidado pecosa, necesito tener mis pies sanos para continuar caminando –se sobó el pie

Candy rió por la cara de dolor de Terry. Estos eran los momentos que seguramente hubiera extrañado al estar lejos del arrogante inglés. Le gustaba mucho estar con él, podía estar completamente segura que no se arrepentía un ápice de irse con Terry.

Continuaron caminando por la vereda en silencio, cada uno metido en sus propios pensamientos.

Terry iba pensando en como su destino había cambiado.

Nunca imaginó escapar del colegio, no le gustaba estar bajo el cuidado del Duque; pero por cobardía nunca creyó abandonar la vida a la que estaba acostumbrado, se había habituado a tener todo a manos llenas, a hacer siempre lo que le venía en gana, a que su padre siempre solucionara sus problemas.

Pero ahora, la trampa de Elisa le había abierto los ojos. No podía seguir con esa vida de hipocresías y falsas poses; debía buscar la libertad que siempre ansío pero que nunca se atrevió a buscar. Ya había dado el primer paso, escapar del colegio… ahora solo le hacía falta encontrar su camino en la vida; decidir que era lo que realmente necesitaba de ahora en adelante para ser feliz.

Volteó a ver a Candy, la rubia pecosa que había conocido en el barco de regreso a Inglaterra después de visitar a su madre en América, ahora estaba junto a él. Sin quererlo, Candy se había convertido en alguien muy importante. ¿Cómo hubiera sido la vida sin conocerla ese día? En esa ocasión se sentía tan desdichado, tan… ¡miserable! Ni su propia madre quería saber de él. Pero Candy se había acercado a ver que tenía, con la intromisión a sus pensamientos le había devuelto la alegría que no pensó recobrar. La simpática plática que habían sostenido lo había hecho reír tanto, de pronto embromarla le devolvió la felicidad perdida. La sonrisa que creyó nunca volvería a aparecer en sus labios.

Recordó como esa noche lamentó no tener la oportunidad de convivir más con la pecosa que había conocido. Pero por uno de esos magníficos giros del destino, Candy iba a estudiar en el aburrido colegio en el que él estaba. Entonces, en los próximos días, verla se convirtió en una necesidad; buscarla constantemente para llamarla en apodos y verla hacer gestos graciosos que delataban más las pecas que tenía en su nariz respingada.

Esa jovencita americana había logrado en él, algo que nadie nunca había sido capaz…

- ¿En qué piensas? –preguntó de pronto Candy, interrumpiendo sus pensamientos

- En lo mucho que se te notan las pecas bajo la luz del sol –rió

- ¡Ash! –le volteó la cara- No sé ni para que me molesto en preguntarte algo, nunca tomas una conversación en serio.

- No te enojes pecosa –le sonrió- Se te miran más las pecas cuando arrugas esa naricita tuya.

- No sé que tienes en contra de mis pecas, siempre las estás mencionando. –dijo ofendida- A mi me gustan ¡y mucho! –le aseguró

- Lo sé, lo sé –rió con ganas- recuerdo que una vez me comentaste que estabas pensando en como conseguir más. –sonrió- Pero te equivocas en algo, no sé quien te dijo que yo tengo algo en contra de tus pecas. –negó con la cabeza- Al contrario, pecosa. Tus pecas me gustan. Te hacen ver más bonita

El rostro de Candy se tiñó de rojo carmín. Era la primera vez que Terry le decía que era bonita. Un cumplido por parte de Terry era tan inesperado, siempre la estaba molestando… no creyó gustarle a alguien como él. Aunque estaba el beso… "¡el beso!" pensó y se puso más sonrojada. No había pensado en eso, desde la trampa de Elisa.

- Gracias –le sonrió

- No tienes porque, pecosa. Sé apreciar la belleza femenina –dijo arrogante

¿Apreciar la belleza femenina? ¡Por supuesto! Era de esperarse… alguien como Terry debía tener miles de admiradoras. Seguramente ellas eran muy bonitas, mucho más que ella. El cumplido de Terry solo era una forma de ser cortés con ella. "No te confundas, Candy". Se sintió de pronto molesta.

- ¿Qué tienes pecosa? –preguntó al verla tan callada

- ¡No me digas pecosa! –gritó de pronto enojada- Te lo he dicho muchas veces. Mi nombre es Candice White Andley.

- Lo sé –sonrió- pero es demasiado largo. Creo que pecosa te queda mucho mejor. Talvez Tarzán pecoso… o ¿pecas? –dudó- ¿Cuál te gusta más? –se burló

- ¡Me rindo! –exclamó- Tú nunca me tomarás en serio. Creo que talvez solo me trajiste contigo para tener con quien divertirte. –repuso desolada

¿Alguien con quien divertirse? ¿Cómo podía pensar aquello?

Es verdad que con ella el camino era más divertido y agradable; pero no era por eso porque la había traído consigo, era más por la necesidad de siempre tenerla cerca. De pronto pensó ¿qué hubiera pasado si la hubiese dejado en el colegio? ¿Cómo hubiera sido su vida sin la pecosa? Probablemente le hubiera sido más sencillo viajar a América, talvez hubiera logrado colarse de polizón en un barco y el camino habría sido más sencillo. Pero… ¿alguna vez la hubiera vuelto a ver? ¿Qué si no?

Por alguna razón él y Candy estaban en este momento, juntos; pretendía que durante el viaje sus sentimientos lograran aclararse. Entender porque estar con Candy era una necesidad imperante.

- Te equivocas nuevamente –detuvo su andar- yo te tomo muy en serio Candy. Mucho más de lo que podrías llegar a imaginar. –repuso serio- Ahora vamos, que todavía nos queda mucho por caminar. –la instó a seguirlo

¡Cielos! Este hombre si que la desconcertaba. Sus reacciones eran confusas, primero la embromaba, luego se ponía coqueto y le decía que era bonita, para después volver a molestarla con apodos; y ahora para terminar la confusión se ponía serio y de pronto lejano. Era verdad que ella también había cambiado de humor repentinamente, pero era por los celos inexplicables que de pronto sintió. ¿Celos? No quiso pensar demasiado en ello…

Pero Terry no tenía porque estar así de confundido, ¿qué le sucedía? ¿Llegaría alguna vez a entender a Terry? Todo con él siempre era tan desconcertante.

Siguieron caminando en silencio. Los dos debatiéndose en lo que pudo o no ocurrir. Ya era cerca de medio día, ningún auto o carruaje había pasado por la vereda que Terry había escogido. Habían avanzado, es verdad, pero no lo necesario para la hora que era; según lo planeado por Terry a esta hora, ya debían estar en algún pueblo cercano y todavía estaban en Londres.

- ¿Estás cansada? –le preguntó preocupado

- No en verdad, he caminado mucho más que esto. –le sonrió- Cuando vivía en el hogar de Pony, caminábamos grandes recorridos para llegar al pueblo más cercano. No te apures Terry, estoy bien.

Todo este tiempo, Terry había llevado la maleta de Candy a parte de la suya. Pero había otra que Candy llevaba celosamente guardada bajo el brazo. No se había preocupado demasiado por ella, pero ahora en este momento le había dado mucha curiosidad.

- ¿Qué llevas en esa otra valija? –señaló el bulto- ¿Tanto equipaje necesitas?

- Bueno… no exactamente.

- ¿Entonces?

Pero Candy ya no pudo responder, habían llegado a un cruce de caminos y del lado izquierdo de la vereda venía una carreta halada por dos caballos; esta iba conducida por un señor de edad avanzada quien les sonrió al pasar junto a ellos.

- ¿Deberíamos pedirle que nos lleve? –preguntó Candy

- No es esa la dirección que debemos tomar

- Pero podría avanzarnos a algún sitio donde encontremos a alguien que nos lleve a Escocia. Puede que en esta vereda no encontremos a nadie que vaya a Edimburgo. Ha estado muy desolada en lo que llevamos de camino. Podría atraparnos la noche sin que nadie la transite ¿no crees?

- Talvez tengas razón. –meditó Terry- Ven, alcancémoslo

Caminaron muy a prisa, prácticamente corriendo. El señor no llevaba demasiada velocidad, por lo que les fue sencillo alcanzarlo.

- ¡Señor! ¡Señor! –gritaban

El hombre detuvo su andar y volteó a verlos confundido.

- ¿Si? –los vio receloso- ¿Puedo ayudarlos?

El momento de las explicaciones había llegado. Terry ya tenía pensando un plan para este momento, solo que no se lo había comunicado a Candy…

- Buenos días, buen hombre –dijo serio- necesitamos pedirle un muy ferviente favor.

- Usted dirá

- Mi nombre es Alexander Lowell, y ella es mi esposa, Sophie.

Candy palideció, ¿Alexander Lowell? ¿Su esposa? ¿Sophie? Esperaba que Terry tuviera una muy buena explicación para todo esto.

- Mucho gusto –sonrió- mi nombre es Robert Martin. –el hombre creyó necesario presentarse

- El gusto es todo mío, señor Martin. –sonrieron

- ¿Y bien?

- Pues verá, mi querida esposa y yo nos encontrábamos de camino a Edimburgo, para tomar unas merecidas vacaciones, cuando unos maleantes nos despojaron de nuestro auto. Solos nos dejaron nuestro equipaje al ver que no portábamos nada de valor dentro de él. Desde entonces, hemos caminado por largo trayecto; necesitamos que alguien nos conduzca lo más cercano a Escocia que pudiera. Por eso, nos hemos tomado el atrevimiento de alcanzarlo; para pedirle de la manera más vehemente que nos lleve al lugar a donde se dirige. Probablemente ahí encontremos a alguien que nos conduzca a nuestro destino. –concluyó

El hombre los vio receloso. Esos dos jóvenes no parecían maleantes, incluso se miraban como gente de bien; pero a decir verdad su edad era corta, no creía que estuvieran casados.

- Parecen muy jóvenes para estar casados

- No se crea –sonrió Terry seguro- parecemos menores pero ya no lo somos tanto. Yo tengo 18 años y mi esposa 17, los suficientes para que nuestros padres consintieran un matrimonio. Es que estamos tan enamorados –la abrazó, el gesto descontroló la compostura de Candy.

- Ya veo, parecen menores. –le sonrió

- Si, eso nos dicen todos –sonrió- Pero entonces que nos dice, ¿nos ayudará?

El señor Martin meditó un momento su decisión, y no porque no quisiera ayudarlos; sino que no terminaba de creerles su historia del robo y que eran un matrimonio.

- Está bien muchachos, los llevaré.

- Muchísimas gracias, señor Martin –habló Terry- Se lo agradecemos con todo el corazón.

- Ahora, súbanse. Que se nos hace tarde

Terry y Candy se subieron a la parte trasera de la carreta, cuando estuvieron listos; el señor Martin azotó nuevamente a los caballos para que retomaran el camino interrumpido. Después de comenzar el trayecto, Candy volteó a ver al lado del conductor; estando segura que él no la escucharía le susurró a Terry un reclamo.

- ¿Cómo se te ocurre cambiar nuestros nombres? –preguntó enojada- Además, ¿por qué le dijiste que éramos esposos?

Terry sonrió por los reclamos susurrados de la pecosa, sabía que tarde o temprano esto ocurriría; pero todo tenía un porque.

- ¿Qué querías? –le sonrió- ¿Qué le dijéramos que nuestros nombres eran Candice White Andley y Terruce Grandchester? ¿Que pertenecemos cada uno a familias adineradas y poderosas de Londres, que nos habíamos fugado del colegio y que nos dirigíamos a Escocia a conseguir dinero para comprar unas identificaciones falsas que nos ayudarán a viajar a América sin la autorización de nuestros padres? ¿Eso querías? –se burló

- No, pero…

- Pero nada pecosa, es lo mejor. No tenemos idea si ya nos están buscando. Es mejor mantenernos de incógnito. Si alguna vez este hombre escucha de nosotros, no sabrá que éramos los mismos que el joven matrimonio que hizo el favor de adelantar en el camino.

- Creo… creo que tienes razón –dijo avergonzada- es solo que… me sorprendió mucho, hubiera preferido que me previnieras en la mentira.

- Talvez tengas razón, pecosa, debí decírtelo. –le tomó la mano- de ahora en adelante, no tendré más secretos para ti, ¿de acuerdo?

- Si –contestó sonriente

- Ahora, disfrutemos el paisaje. –le señaló el panorama frente a sus ojos- Aún nos falta mucho que recorrer y después de esta desviación, creo que nuestro tiempo juntos será cada vez más largo.

El camino les llevó varias horas, no tenían certeza de a dónde se dirigía el señor Martin. Pero ir con él era peor que nada, tal y como lo había dicho Candy talvez en todo el día ningún vehículo transitara por la vereda y sería peligroso si llegara a oscurecer y ellos no encontraban donde pasar la noche. Por eso no se preocuparon tanto de su destino, Terry se recostó en la parte lateral de la carreta y cerró los ojos, descansando. Era poco lo que había dormido en los anteriores días y el cansancio de su cuerpo era evidente.

Candy observó que Terry tenía los ojos cerrados, su respiración era acompasada y eso le indicó que seguramente dormía; ahora era el momento de…

- ¿Qué tienes ahí? –preguntó Terry de pronto

- ¡Terry! –volteó a verlo alarmada

- Te pregunté que tienes ahí –quiso acercarse a tomar la pequeña valija que ella tenía en sus manos

- Este… bueno, yo… no sé… a que te refieres. –tartamudeaba.

En un solo movimiento, Terry alcanzó la maleta que Candy había llevado en sus brazos todo el tiempo y pronto se dio cuenta de la travesura de la pecosa.

- ¿Pero cómo se te ocurre traer a Clin a este viaje? –preguntó molesto, pero hablando quedo para no alertar al señor Martin

- Terry, yo… yo no podía dejarlo. Clin solo me tiene a mí, se hubiera quedado muy solo en el colegio.

- Están tus amigas ¿no? La tímida podría haberlo cuidado

- No. Yo tenía que traerlo, en América lo hubiese llevado al hogar de Pony; ahí es donde él hubiera sido feliz. Entiende Terry, él es todo para mí. Me hubiera sentido muy sola sin él.

- ¿Sola? –preguntó asombrado- ¿Y yo qué, estoy pintado?

- No, pero… no es lo mismo. –le sonrió- Clin es todo el recuerdo que tengo de América, entiende Terry… no podía dejarlo.

- Candy, ¡por todos los cielos! ¿Qué voy a hacer contigo? –dijo divertido- Solo espero que tu amiguito no nos cause más problemas de los que ya tenemos.

- No. Yo cuidaré de él, recuerda que lo traje conmigo todo este tiempo y recién lo sabes. Puedo ser discreta, ¡ya lo verás!

- Eso espero.

- Creí que dormías –dijo después de unos segundos- Se te veía muy pacífico.

- Intenté dormir, pero me es imposible. Supongo que estoy acostumbrado a la comodidad de la cama del colegio.

- Es probable, aunque seguramente estas muy acostumbrado a desvelarte. Con eso que te escapas a bares

- Tienes razón –sonrió- estoy acostumbrado.

Sonriendo, volvió a cerrar los ojos y se acomodó lo más que pudo en la parte posterior de la carreta.

- ¿Terry? –susurró Candy

- Si

- No le preguntaste al señor Martin a donde nos dirigimos. Tal vez debimos tomarlo en cuenta ¿no crees?

Terry se acercó lo más que pudo a la parte del conductor, la pecosa tenía razón, no tenían idea a donde se dirigía el señor Martin. ¿Qué tal los dejaba más lejos de lo que necesitaban? Si averiguaba en este instante el destino del buen hombre, tal vez podrían quedarse en cierto punto del trayecto, un punto en el que no se alejaran demasiado de su destino. ¿Cómo no lo pensó antes?

- ¿Señor Martin?

- Dígame señor Lowell –le contestó sin dejar de ver el camino

Era extraño que se refirieran a él de ese modo.

- ¿A dónde se dirige? –le sonrió- Creo que no se lo preguntamos

- Es verdad, bien me dirijo a mi casa. Estuve ausente por varias semanas por motivos de trabajo y finalmente voy de regreso para encontrarme con mi adorada esposa.

- Entiendo –repuso- ¿en dónde se encuentra su casa, señor Martin?

- En Cambridge –sonrió

- Muchas gracias por la información –se alejó del señor y se acercó nuevamente a Candy

- ¿Qué te dijo? –preguntó ansiosa

- Que iba de regreso a su casa, para estar con su esposa. –sonrió

- Qué bien, pero yo me refería al lugar.

- Ah, bueno pecosa es un placer para mi informarte que nuestro próximo destino es el pacífico Cambridge.

- ¿Cambridge?

- Si, es un lugar muy pintoresco. He estado ahí solo una vez pero me pareció muy pacífico.

- Entiendo.

La conversación terminó rápidamente, ambos estaban todavía muy cansados y dormir un poco no les venía nada mal. Estaban uno al lado del otro, Terry más cercano a la parte más trasera del vehículo; el castaño fue el primero en caer en los brazos de Morfeo. Candy estuvo todavía un rato más despierta viendo el paisaje y preguntándose cuando más tardarían en llegar a América. El camino a Escocia era muy largo, y después de eso todavía tenían que regresar a Londres para tomar un barco en el puerto Southampton; las aventuras con Terry se veían todavía muy largas. Estaba segura que disfrutaría cada momento del viaje junto a él.

Después de varios minutos, Candy también cayó en un profundo sueño. Los movimientos de la carreta y los propios a causa del sueño, hicieron que pronto la cabeza de la pecosa terminara recostada en el pecho de Terry. Así continuaron todo el camino, hasta que el vehículo se detuvo y el señor Martin se acercara a la parte trasera para despertarlos.

- ¿Señor Lowell? –susurró el señor Martin- Hemos llegado

Poco a poco, el sueño abandonó el cuerpo de Terry. Sonidos y voces del ambiente lo fueron trayendo a la realidad. Pronto terminó de despertar completamente y lo primero que vio fue una cabeza rubia y rizada recostada en su pecho. Candy se había quedado dormida sobre él. Sonrió al verla tan hundida en sus imágenes subconscientes.

- Al parecer su esposa está muy dormida –sonrió el señor Martin

- Eso parece –sonrió- Pero es momento que esta dormilona despierte

Recordó que no podía despertarla por su nombre. Candy solo entendería por su verdadero nombre y no con el de Sophie. El movimiento era la mejor opción. La movió unos segundos, pero no funcionó en nada. Terry solo consiguió que Candy continuara moviéndose en sueños y pronto su rostro estuvo muy cerca de su barbilla y la mano de la pecosa rodeando su abdomen.

- Dejaré que la despierte. Iré a desenganchar las correas de los caballos. –le sonrió el señor Martin

- Claro, yo me encargaré que mi esposa despierte

Terry estaba muy nervioso por la cercanía de Candy. Podía percibir su aliento rozarle el mentón; además de que la rubia prácticamente lo tenía aprisionado contra la pared de la carreta.

- Candy –le susurró- Candy, despierta

- Uhmmm

- Candy, hemos llegado

- Uhmmm

¡Dios! ¿Qué podía hacer? Candy de verdad tenía un sueño muy pesado, no quería ser brusco pero de alguna forma tenía que lograr que Candy regresara a la realidad.

- Candy

La rubia continuó moviéndose, Terry se acercó a Candy y le dio un beso en los labios. Fue un solo toque pero que terminó de despertar a la pecosa.

- ¡Terry! –dijo Candy apartándose rápidamente

- ¡Vaya! Hasta que finalmente despiertas. Ahora creo que ya no te diré Tarzán pecoso, sino pecosa durmiente. Mira que solo con un beso logré despertarte –sonrió burlón

- ¡Dios! –Exclamó ruborizada- ¿Por qué hiciste eso?

- Porque de alguna forma tenía que despertarte. –sonrió saltando fuera de la carreta.

Candy se quedó dentro del vehículo totalmente horrorizada. ¡Cielos! Ese era el segundo beso que Terry le robaba… ¿Cómo se atrevía a tanto? ¡Tenía ganas de ahorcarlo!

Le gustaba estar con él, pero eso no quería decir que él podía tomarse esas atribuciones... ¡quería matarlo!

Tal vez no debía recurrir a algo tan drástico, pero por lo menos lo pagaría con otra cachetada. Terry no podía ir por la vida robándole besos, mucho menos cuando ella estuviera durmiendo. ¡Mocoso arrogante! ¿Quién se creía?

Pero se las pagaría…

- Terry espera –saltó fuera de la carreta

- Dime

- Creo que no te agradecí por haberme despertado, en verdad necesito agradecértelo.

- No es necesario, créeme… fue muy gratificante para mí –le guiñó un ojo

Eso molestó aún más a Candy.

- Ven

- ¿Quieres otro beso, pecosa? –sonrió con malicia

- Quiero agradecerte –le sonrió con satisfacción. Había atraído la atención de Terry, seguramente no se esperaba el golpe que le daría.

Iba a propinarle la cachetada de su vida, cuando los pasos del señor Martin la interrumpieron. No podía pegarle frente al hombre que creía que ellos eran esposos, en eso estaba pensando cuando Terry la atrajo hacia su cuerpo y la atrapó en sus brazos.

- Entonces, ¿qué pecosa? –susurró- ¿No pensabas agradecerme?

¡Diablos!

Sin que pudiera responder, Terry nuevamente… la besó.

Continuará…


Hola!

Perdón por la demora, sufrí algunos problemas técnicos con mi computadora y estuve atada de manos en cuanto a mis publicaciones; pero ya está bien y ahora si espero que no vuelva a fallar.

Espero que el capítulo anterior les haya gustado… la verdad me sorprendió mucho el éxito que tuvo el primer capítulo y pues quise recompensárselo con el segundo, pero como les comenté no pude hacerlo.

Mil gracias a las niñas lindas que comentaron el capítulo anterior…

Blanca Andrew, LUISA1113, myrslayer, Yut Grandchester (amiga, creo que la parte del monumento fue la que me convenció… jejeje, ¿dónde lo pondrás?) brendaTG, Noemi Cullen, gore-15, saraoli, alondra, Sharon de Cullen, estreya05, mariita, cyt, LUCESITA GRANDCHESTER, lucero, WISAL, luna, Ammiy Rosse, LettyG, Ale Ma, Rossy Jimenez, fatygl19, rgrandchester, bermone, Patty Reyna, teerryytiinaa, LUZ RICO, Mia Londoo, ascella star, Rosi White, Janeth, eli, luzclarita38, guest1, Lulu, guest2, guest3…

Mil… MIL GRACIAS POR SUS PALABRAS…

Creánlo o no, sus palabras me motivaron a escribir el segundo capítulo muy rápido… así que… si quieren el tercero… ya saben que hacer (jejeje ;D). espero sus impresiones!

Saluditos!