Me gustaba observar al pequeño pájaro, que se posaba en el arbusto afuera de la ventana de mi puesto de trabajo. Mi mente se perdía por momentos en ese ser majestuoso. Nunca podía dejar de imaginar, en que el era libre, podía volar a donde él quisiera. Suspire, mientras mi mente vagaba en ese sentimiento.

¿Que se sentía ser un pájaro? Con grandes alas y volar a donde quisiera. A pesar, de que yo era una mujer ya adulta que trabajaba. Me sentía prisionera. A mis veintidós, no me sentía libre. Con gran deseo, deseaba ser ese pájaro, abrir mis alas y volar lejos, conocer otra vida, conocer el mundo. Cuando era una adolescente, siempre soñe con viajar a todas partes del mundo. Viajar y vivir una vida de sueño, pero cuando creces y aterrizas en la realidad, esos sueños se hacen espuma.

Suspire, tratando de no hundirme en la nostalgia que me atrapaba, cada vez que mi mente se llenaba de esos deseos, me ponían triste.

Era Lunes, un día ajetreado en la oficina del pequeño bufete de abogados donde trabajo. Ser asistente de un abogado tan tacaño, no es fácil. Su bufete no es muy grande, ni famoso, bueno, mi paga lo reflejaba. Pero era suficiente para cubrir la vida que mis padres me habían otorgado, aunque mi madre ya no estuviera con nosotros para poder ver en lo que me había convertido.

Con mis manos en la barbilla, perdida en esa sensación. Sentí el peso de una mano fuerte en mi hombro. Me hizo saltar del susto.

—¿Estas bien? —pregunto Maria, su ceño estaba fruncido. Asentí el rostro con una media sonrisa—. Te veías perdida por un momento.

—Lo siento —suspire, ahuyentando mi leve perdida en un espacio solo mio—. ¿Necesitabas algo? —pregunte aterrizando de nuevo en la realidad, ella sonrió dándome una nota, la tome y la medio leí, deje salir el aire algo cansada—. ¿No te dijo que necesitaba? —ella negó con el rostro. Rodé los ojos y me levante de mi lugar.

Camine hasta su oficina. Mi jefe era un hombre de cincuenta y cinco años, no era muy agraciado, además tenia un muy mal carácter. Constantemente vivía aguantándole sus malos humores que muchas veces desquitaba conmigo.

Toqué levemente la puerta, su voz grave se escucho del otro lado invitándome a pasar.

—Mr. Robertson, ¿me ha mandado a llamar? —pregunte arrugando la pequeña nota en mi mano. Pasando hasta la mitad de la oficina. El hombre canoso, arrugo aun mas los ojos, me hizo señas para que entrara del todo, me ofreció la silla enfrente de su escritorio. Era raro, el año y medio que llevaba trabajando aquí, nunca me había tratado con amabilidad, tal vez tenia pensado despedirme. Mi corazón empezó acelerarse. Sabia que mi paga no era buena, pero me ayudaba a pagar mi pequeño departamento y todo lo necesario que cubrían mis gastos.

—Srta. Gilbert, necesito que me haga un enorme favor —sus ojos se elevaron a mi rostro mientras yo tomaba asiento. Él lucia distinto.

—¿De que se trata Mr. Robertson? —pose mis manos algo nerviosa en mis piernas—. Sabe que mientras este en mi alcance, no habrá ningún problema —él se levanto de su enorme silla arreglándose el saco, tratando de que el botón le cerrara pero su gran estomago se lo impedía. Abrió uno de sus cajones sacando un pequeño sobre amarillo. Lo apretó fuerte antes de ponerlo enfrente para que lo tomara.

—Tome —musito lento. Me levante de mi sitio y tome el sobre. No entendía que era toda esta atmósfera tan extraña. No era la primera vez que hacia encargos para él, incluso aveces, me hacia correr hasta el otro lado de la ciudad, para entregar algún paquete que claramente podía mandarlo por correo.

—Muy bien, ¿a donde desea que lo lleve? —Miami era enorme. Nunca sabia a donde me iba a enviar.

—Necesito que vallas al Hotel Ritz Carlton. Entrégales el sobre —paso sus manos por su cabello, sus ojos se veian algo desorbitados—. Yo tenia una junta con ellos, pero por razones personales no puedo presentarme, así que necesito que usted se presente en mi lugar.

—Muy bien, con gusto —aprete el sobre para medio sentir que era lo que contenía, pero se sentía que solo eran papeles.

—Te daré instrucciones claras en como necesito que lo entregues —sus ojos volvieron a posarse en mi rostro. No comprendía su repentino nerviosismo ante este encargo. Muchas veces, había realizado tareas de este tipo, por eso me intrigaba su forma de actuar. Trate de limpiar mi paranoica mente, era lógico que estaba así por el repentino problema que tenia, el cual estaba impidiéndole ir a esa reunión.

El Hotel Ritz Carlton era un hotel de cinco estrellas. Muy famoso por su espectacular constructura y sus diversos servicios. Al tener una junta en dicho lugar, solo significaba, que esa, era una reunión importante.

—Esta bien —dije con una sonrisa. Sus ojos se calmaron un poco. Saque mi pequeña libreta de uno de mis bolsillos, para anotar las instrucciones.

—Debe entrar por la parte de las descargas. Cuando esté allí, pregunte por Tyler, él le preguntara que hace allí. El lugar es muy exclusivo por eso la desconfianza. Entrégele el sobre para que lo abra y lo lea, él debe devolverle el sobre, después la redirigirá hacia el lugar donde debe entregarlo y dejarlo con ellos —asenti con el rostro, mientras escribía todo en mi libreta—. Debe estar ahí a las seis de la tarde, ni un minuto mas, ni un minuto menos —trague saliva ante ese detalle tan demandante.

—Muy bien, así lo haré, ¿algo mas? —pregunte alzando el rostro, dejando de escribir en la libreta. Una sonrisa nerviosa se pinto en su cara.

—No puede decirle a nadie. Es algo personal y no quiero que las personas aquí se enteren —eso era aun mas extraño. Pero trate de no prestarle importancia—. Siento esto tan repentino.

—No se preocupe. Para eso estoy, además que este es mi trabajo.

—Gracias, Señorita Gilbert —sonreí dándome media vuelta. Un frió me atravesó la espina dorsal, sentía su mirada fija en mi. Volteé levemente el rostro, él sostenía una sonrisa algo perturbadora. Cerré la puerta detrás de mi. Me golpeé las mejillas varias veces, para dejar de pensar idioteces. El ver películas de terror me estaba afectando.

Me dirigí hacia la pequeña sala de refrigerios, necesitaba un café urgente. Unos cuantos empleados se encontraban tomándose un tiempo libre. Les di una sonrisa suave, mientras me acercaba a la jarra de café. Tome mi taza y vacié el líquido caliente dentro de esta, lo lleve a mis labios aspirando el olor. Siempre, tomaba el café negro y amargo, la sensación que me provocaba al bajar por mi garganta era placentera. Ramiro, uno de mis compañeros se acerco a mi saludando con su mano.

—Elena, ¿que era lo que quería el jefe? —baje la taza a la altura de mi pecho, mientras mis ojos viajan a su curioso rostro.

—Asuntos que el no puede atender —sonreí, volviendo a subir la taza de café a mis labios, no dándole mas detalles. Él levanto una ceja algo molesto.

Sabia que algunos compañeros, sacaban rumores que el jefe me tenia especial atención por que me acostaba con él. Grandes idiotas. No era así, yo era su asistente, por esa razón, pasaba la mayoría del tiempo haciendo sus encargos. Además, el jefe me había advertido que no podía contar nada a nadie.

Algo cabizbaja camine de nuevo a mi escritorio. No quería seguir en esa sala, ellos me observaban con recelo. Maria apareció con una sonrisa.

—Y bien, ¿que era lo que necesitaba el vejete ese? —ella mas que nadie lo detestaba. Pero, tenia un buen puesto en esta empresa, por esa razón lo aguantaba. Maria, era una de las asistentes mejor pagadas en esta pequeña firma, se había vuelto algo cercana a mi.

—Un encargo —escondí el sobre abajo de una pila de papeles. Sus cejas se fruncieron en duda. Suspiro sonriendo.

—Bien, ¿no necesitas ayuda?

—No, yo puedo sola. Pero gracias por ofrecerte —encendí mi ordenador para quitarme de encima a Maria, sabia que si ella presionaba, terminaría diciéndole que era el encargo tan misterioso de el vejete de nuestro jefe. Volvió a sonreír, se dio media vuelta caminando hasta su oficina. Deje salir el aire aliviada, tenia que llenar un montón de formas antes de que fueran las seis.

El día se paso volando, lo había sentido tan corto. Debía irme una media hora antes de la salida del trabajo, para poder estar a la hora acordada en el hotel.

Tomé mi celular, lo coloque en mi bolso junto con el sobre. Al ver que yo me marcharía media hora antes de la salida, algunos compañeros clavaron sus frías miradas en mi rostro. Maria, iba pasando, al verme tan apurada se acerco a mi.

—Elena ¿ya te vas? —asentí, ordenando mis cosas—. ¿No necesitas que te de un aventón?, voy a una junta, puedo dejarte donde desees.

—No es necesario. Tomare un taxi.

—Muy bien, como desees. Que tengas un buen día. —se despido de mi dándome una leve palmada en la espalda.

Esa oferta me hubiera caído del cielo, si no fuera por que nadie podía enterarse a donde me dirigía. Mi sueldo no me permitía comprarme un auto, así que constantemente utilizaba el autobús o el metro. Los taxis, solo me los permitía cuando salia a comer con alguna compañera o cuando salia sola a ver alguna película. Yo era una mujer solitaria, no tenia amigos, mucho menos novio. El novio mas resiente que había tenido, había sido hace un año. Ahora mismo, no estaba interesada en ninguna relación, no quería, ni tampoco la necesitaba. Mis relaciones pasadas habían sido un fiasco.

Baje a paso acelerado. Mi jefe estaba en la planta baja. Se acerco a mi con una sonrisa en su rostro, mientras yo batallaba tratando de encontrar mi teléfono para poder observar la hora.

—¿Ya se va, Señorita Gilbert ? —pregunto observándome de pies a cabeza. Nunca lo había hecho antes. Me removí un poco, su mirada me incomodo.

—Así es, me iré media hora antes para poder llegar a tiempo. —elevo su mano a mi hombro, la dejo caer con fuerza.

—Suerte —volví a observar sus ojos algo confundida.

—¿Esta seguro que no puede asistir usted? parece bastante importante —era algo atrevido de mi parte cuestionar las decisiones de mi jefe, pero su actitud me impulsaba hacer las preguntas.

—Así es, , ahora mismo tengo que salir, mi esposa esta enferma, así que debo atender esto primero —así que se trataba de su esposa. Sentí una presión en el pecho, yo aquí haciendo preguntas que no debía y él con una gran angustia.

—Lo siento tanto, espero se recupere. No se preocupe, entregare el sobre sin ningún percance —el volvió a sonreír.

—Se que así sera.

—Que tenga un buen día —me despedí y salí hacia afuera del edificio. Alcé una mano para parar un taxi, enseguida, antes de que pudiera parpadear, uno ya estaba enfrente de mi. Subí en este y me dirigí hacia el Hotel Ritz.

Faltaban diez minutos para la seis. Estaba algo alarmada, ya que aun me faltaba una esquina, el trafico no dejaba avanzar al taxi. Mi corazón estaba latiendo en mis orejas. Analicé el panorama, si corría hacia el lugar podía llegar a tiempo. Saque unos billetes de mi bolso y se los entregue al taxista, era de mas, pero no espere el cambio. Con gran rapidez salí del taxi, y emprendí carrera hacia el Hotel. Podía divisarlo de aquí. Era enorme, era uno de los hoteles mas famosos de Miami.

Me sostuve de la pared de la entrada. Las piernas me temblaban, mi corazón latía en mi garganta. Faltaban tres minutos para la seis, había podido llegar a tiempo. Aunque mi respiración estaba incontrolable, en verdad había corrido demasiado. Trate de estabilizar mi respiración, me acomode la falda y el cuello de mi blusa, sentí unas pequeñas gotas de sudor correr por mi espalda. No pensé, cuando me eche a correr que tal vez mi aspecto importaba al entrar en este lugar. Aunque iba vestida formalmente, la carrera me había acalorado, el sudor lo sentía a flor de piel. Tome las puntas de mi blusa y la agite, para evitar que se manchara con sudor. El calor de Miami podía ser severo. Entre mis piernas sentía humedad, la carrera me había sacado el jugo. Camine hasta encontrar la parte trasera donde hacían las descargas, tal y como mi jefe me lo había indicado.

Era todo un ajetreo. Bajaban cajas de todos los tamaños y las introducían por una enorme puerta que daba hacia dentro del edificio. Había bastante personal, se movían de un lado hacia el otro, parecían hormigas. Me acerque a un muchacho como de unos dieciocho años. Sus ojos verdes viajaron a mi rostro al verme enfrente de él.

—¡Hola! Disculpa que te moleste, pero, ¿esta Tyler? —él frunció las cejas, me inspecciono una vez mas antes de hablar.

—Claro —suspiro antes de soltar el grito—. ¡Tyler! una muñeca te busca —fruncí las cejas algo molesta. Él me ladeo una sonrisa, mostrando un pequeño hoyuelo en su mejilla izquierda, gire los ojos hacia otra dirección, él dejo salir una risita burlesca—. Espéralo allí, no tarda —murmuro, mientras yo seguía con los ojos desviados.

—Gracias —le conteste seca. Se adentro en el edificio, mientras otro joven salia de este, se acerco a mi, de igual forma, me inspecciono de arriba hacia abajo.

—¿Puedo ayudarte en algo? —pregunto con el rostro contraído en duda. Cuadro los hombros antes de cruzarse de brazos. Con torpeza saque el sobre de mi bolso, se lo entregue. Él lo abrió sin despegar su mirada de la mia, me removí un poco. Bueno el hombre era atractivo, pelo negro, piel bronceada, musculoso, barbilla cuadrada. Sus ojos cafés oscuros, su mirada era algo penetrante. Vestía una playera blanca pegada a su cuerpo, marcaba sus cuadros y su enorme pecho, unos vaqueros azul oscuro, botas estilo biker. De el sobre saco una hoja rosa, solo le dio una leve vista y la volvió a introducir, me la entrego sacudiendo sus hombros—. Bien, acompañame —se dio la vuelta a paso acelerado. Tarde en conectar mis pasos, debía seguirlo, pero él se movía rápido.

Entramos en el edificio. Era claro, que era la parte de la cocina y era espectacular. Los chefs trabajaban arduamente en sus platos. Tyler se movía con gracia entre los empleados que no paraban de moverse, me tope con unos cuantos. Pase disculpadome con todos.

Llegamos a un elevador, él presiono el botón para ir hacia abajo, ¿acaso debíamos ir al sótano? El elevador sonó y se abrió, él me dio el paso, tenia que darle crédito, era amable. Entre en este, él me siguió. Presionó el botón del estacionamiento subterráneo, las puertas se cerraron, y el silencio se hizo tétrico, solo se escuchaba mi respiración. Pase mis manos una arriba de la otra. Sentí su mirada en mí, volteé mi rostro hacia él, me sonrió apretando los ojos.

—¿Como te llamas? —pregunto, introduciendo sus manos en su bolsillo.

—E-elena —respondí algo torpe. ¿Que me sucedía?, parecía que toda esta situación me estaba poniendo nerviosa, o la falta de novio desde hacia ya un año quería jugar con mis hormonas.

—¿Elena? Hmph... es bonito —dijo en un suspiro—. Tú, eres bonita —murmuro antes de desviar la mirada. Sentí un calor empezar atravesar desde mis orejas hasta mis mejillas. Tenía que calmarme. El elevador volvió a timbrar abriendo la puerta, él me hizo señas para darme el paso nuevamente, baje el rostro saliendo del elevador—. Ven, es hacia acá —dijo con voz gruesa, dirigiéndome hasta una puerta de metal. Lo seguí hasta esta. Abrió la puerta, unas escaleras en forma de caracol dirigían el camino hasta abajo—. Después de ti —con una suave sonrisa me dio de nuevo el paso. Mi corazón retumbaba en mi pecho. Esto ya era demasiado extraño. Nerviosa me acerque al primer escalón, trague saliva, esta situación empezaba a incomodarme—. El sobre, debe ser entregado allí abajo —su aliento me pego a la altura de mi oreja, la piel se me encrespo, él estaba demasiado cerca, casi presionando mi espalda.

—¡O-o-oh! esta bien —deje salir un suspiro alarmado. Me había tomado por sorpresa su repentina cercanía. Me sostuve del riel de las escaleras, empecé a bajar lentamente, tomándome mi tiempo, el joven dejo salir el aire algo desesperado.

Mis ojos se abrieron enormemente cuando llegue hasta el ultimo escalón, mi quijada cayo abierta. Era impresionante, esto era como sacado de una película. El lugar, era como un hotel subterráneo. Pisos brillantes de mármol blanco, podía ver mi reflejo en estos, las paredes color perla, no habían ventanas por que era lógico, estábamos bajo tierra, pero la iluminación era sorprendente, las luces maravillosas, el lugar tenia varios candelabros que caían como telarañas adornado con cristales relucientes, una enorme fuente al frente del enorme salón, adornaba el lugar, sin contar las esculturas, cuadros y finos muebles en todas partes.

Una joven rubia, se nos acerco con una Ipad en las manos. Sus tacones resonaban en cada paso, nos inspeccionó con sus enormes ojos azules, eran como el agua que caía de la extraordinaria fuente.

—¡Hola bienvenidos! —saludo con una enorme y dulce sonrisa. Le sonreí de vuelta.

—Esto es sorprendente —deje salir en una suspiro. Tyler me codeo levemente, moví la cabeza en duda. No entendía que era lo que quería.

—El sobre, entrégaselo —musito enfadado.

—¡Oh! claro, perdón es que todo esto es sorprendente —sin poner atención a mi bolso saque el sobre, se lo entregue a la joven, ella lo tomo, sin abrirlo empezó a escribir en el Ipad que traía en sus manos.

—Muy bien, acompañame —me dijo dándole una mirada de complicidad a Tyler.

—Adios, suerte —observe algo confundida a Tyler, el me guiño un ojo antes de darse la vuelta y regresar por donde habíamos llegado. Sacudí el rostro, estas personas eran extrañas. La joven, suspiro haciéndome señas para que la siguiera, hice lo que me dijo. Nos dirigimos hacia un cuarto enorme, no había nada en este lugar mas que un enorme closet y unas cuantas sillas de cuero blanco.

—Toma asiento por favor, pronto estarán contigo —sonrio de lado. Salio de la habitación cerrando la puerta. Me encamine hasta el asiento y me senté. Era cómodo. Todo esto era sorprendente, aun no procesaba el estar abajo de un hotel y que aun así esto luciera como otro hotel subterráneo. Trate de inspeccionar el lugar, me dio curiosidad que solo hubiera un enorme armario en esta habitación. Me levante vagamente y me acerque a este, puse mis manos en la perilla cuando escuche a alguien entrar en la habitación, me sobresalte.

—¡Lo siento! —respondí automáticamente al ver que me habían pillado husmeando. Dos jóvenes entraron, vestían uniformes, pude distinguir por que las dos usaban lo mismo.

—No te preocupes —respondieron al unisono. Sus ojos viajaron a mi ropa— Necesitamos cambiarte —replicaron, me hice un paso hacia atrás, no entendiendo a que se referían.

—¿¡Cambiarme!? —pregunte aun confundida. Una de ellas se acerco a mi, empezó a desabotonar mi blusa, me aleje espantada— ¡Esperen! ¿qu-e que significa esto? —ellas rodaron los ojos algo molestas.

—No puedes presentarte así, ¿no te lo dijeron? —les negué con el rostro.

—¿Decirme que? —ellas nos prestaron atención a mi pregunta. Abrieron el armario, y miles de colores inundaron mis ojos. El armario estaba lleno de vestidos, trajes, zapatos de mujer y de hombre. Todo era maravilloso—. ¡Wow! est-o es sorprendente —cruzaron una mirada entre ellas, sonrieron al mismo tiempo.

—Tómalo como una aventura —dude por un momento, pero al final acepte. Tal vez, mi asignación consistía en presentarme ante la junta. Aunque mi jefe no me lo había explicado, pero solo eso me explicaba por que tanto ajetreo, debía seguir con esto, tal vez, este era un buen negocio, y me lo había confiado a mi, tal vez, hasta me conseguiría un ascenso, vaya que lo necesitaba.

Resignada deje que ellas me vistieran, me maquillaran e incluso me peinaran. Después de media hora estaba lista. Me habían puesto un vestido rojo de encaje que se ajustaba a mi cuerpo. El vestido era algo corto para mi gusto, el escote que tenia en los hombros dejaba mi piel expuesta, un escote en forma de V al frente que mostraba la linea que dividía mis senos, con unos tacos de aguja de color negro, maquillaje leve

—Como un diamante —suspiro una de las chicas, con el peine a la altura de sus labios.

—Seguro, seras la mas aclamada —dijo la otra arreglando mis pestañas. No las entendía, pero no puse mucho entendimiento a sus palabras.

—¿Y ahora? —pregunte, la duda llenando mi cerebro.

—¡Vamos, ya es hora! —exclamaron. No sabia cuanto había estado aquí, pero de seguro ya era algo tarde. Lo bueno de mi tiempo es que nadie me esperaba en casa. Tome mi bolso, pero una de las chicas me lo quito haciéndome un gesto de que ella lo cargaría, asentí resignada.

Las jóvenes me dirigieron hacia otro enorme salón. Mis tacones estaban algo altos, me costaba caminar con ellos. Nunca usaba demasiado taco, así que no estaba acostumbrada.

—Ten, colócate esto antes de entrar a esta habitación —alce las manos y tome el antifaz que una de ellas me estaba entregando, lo eleve a la altura de mis ojos para inspeccionarlo. Era negro, con plumas rojas, cubierto de diamantina.

—¿Por que debo usar esto? —ellas rodaron los ojos.

—Haces demasiadas preguntas, solo colócatelo y ya —la chica lo ajusto a mi rostro, suspire dejando que lo colocara.

Entre en la habitación. Habían unas cuantas personas aquí, todas con antifaces cubriendo sus rostros. Una joven, me observo de arriba hacia abajo, se acerco a mi algo ansiosa.

—¿Sabes por que nos reunieron aquí? —me pregunto con temor en sus palabras, negué con el rostro alzando los hombros. No sabia que hacíamos aquí, yo estaba igual que ella. El ambiente en esta habitación se podía cortar con un cuchillo, todos lucían nerviosos, perdidos en sus pensamientos.

Un malestar empezó a formarse en mi estomago. Volteé el rostro para buscar a las jóvenes, pero ya no estaban. Mi bolso se lo había quedado una de ellas. La puerta se abrió abruptamente, dos hombres de trajes negros entraron. Tenían unas gafas oscuras, así que no podíamos ver sus ojos. Tomaron a una chica del brazo y bruscamente la sacaron de la habitación. Me sobresalte un poco, esa no era manera de tratar a alguien. Los murmuros empezaron a crecer. Camine hasta la puerta, en un intento de salir de la habitación, cuando esta de nuevo volvió abrirse abruptamente, casi me daba en el rostro.

—¡Wow! —musito uno de los hombres, al ver que casi me desfiguraba la nariz—, ten mas cuidado, si llegas a lastimarte valdrás mucho menos —mi mente trato de analizar lo que acababa de decirme, "Valdrás mucho menos" ¿a que se refería? El hombre me tomo del brazo, me removí fuerte para que me soltara, su compañero entro sosteniéndome del otro brazo—. ¡No hagas escándalo! —su voz tosca y fuerte, me corrió por la espina dorsal. Me jalaron por el pasillo, me removí varias veces peleando para que me soltaran, pero mi fuerza era en vano. Llegamos hacia otra puerta, la abrieron con cautela. Entramos en la habitación. Estaba toda oscura, no podía ver nada, pero escuchaba bullicios, personas hablando—. Espera aquí. Ya es tu turno —su respiración acaparo mis sentidos, había bajado el rostro para hablarme, ellos eran bastante altos parecían unas torres. No podía protestar, el miedo empezaba a invadir-me.

—¡Dem-ando que me digan! ¿donde estoy? —mi voz salio quebrada. Uno de los hombres me apretó del brazo, el dolor invadió mi cuerpo, su agarre era fuerte, brusco.

—¡Has silencio zorra! —sus palabras me congelaron. Una leve luz color azul se encendió, mostrando un hombre en un traje blanco, me puso una mano al frente esperando que se la tomara, al ver que no le respondí el gesto, el mismo me tomo de la muñeca arrastrándome hasta unas escaleras, casi tropiezo al llegar al escalón de arriba. Alcé la mirada y la luz que me pego en los ojos me dejo ciega totalmente. Sólo pude escuchar la voz del hombre.

—Muy bien, ¡para nuestro siguiente objeto! —con miedo cerré y abrí mis ojos, tratando de acostumbrarme a la luz, mi visión se esclareció. Me dí cuenta que estaba sobre una plataforma. El hombre del traje blanco sostenía un microfono—. Nuestro siguiente objeto, N.13 Elena Gilbert, una joven de veintidós años, nacida y crecida aquí en la ciudad de Miami —algo confundida por la luz y todo a mi alrededor, me dí cuenta que el objeto del que hablaba era yo. Todavía, la cabeza dándome vueltas, pude notar que estábamos en una subasta. Las personas sentadas enfrente del escenario, sostenían unas paletas como las que entregan en esas ventas. Todos tenían el rostro cubierto con antifaces, como en una fiesta de mascaras, pero por sus vestimentas se podía notar que eran personas con mucho dinero. El hombre prosiguió—, Elena, es una joven, brillante, atlética y para cerrar, es experta con las armas —estupefacta voltee mi rostro hacia el hombre con el traje blanco. Él sonreía maliciosamente. Se acercó al pequeño podio, que tenia por un lado, sobre este, tenia marro de madera, de esos que usan los jueces en la corte. Suspiro hondo y malicia llenaron sus exaltadas pupilas antes de hablar—. Puede ser de ustedes, para todas sus necesidades o sus mas bajos placeres —mi corazón salto a mi boca, que demonios. Me sobresalte y hablé.

—¿¡Que demonios pasa aquí!? —exclame furiosa, confundida. Mi cerebro estaba tratando de comprender que era todo esto, no lo podía creer, por un momento creía que estaba soñando—, esto es una broma ¿cierto? —exclame en otro intento de reírme de esta situación tan sacada de una película. El hombre ignoró mis palabras, alzo el marro y lo dejo caer fuertemente en el podio.

—Empezamos con ¡tres millones! ¡tres millones! ¿¡quien ofrece cuatro!? —un hombre calvo levantó su paleta anunciando que ofrecía cinco millones, otro de largo cabello le siguió ofreciendo siete millones, una mujer pelirroja ofreció nueve. El hombre de traje blanco no podía ocultar su emoción. Mis rodillas empezaron a temblar chocando una con la otra, mientras escuchaba a los presentes elevar sus ofertas. No podía procesar lo que estaba pasando. Estaba congelada. Se escuchó una voz grave, fuerte, entre la multitud de ofertas. Mis pensamientos se entumieron por unos segundos.

—¡Veinte millones! —todos empezaron a bajar sus paletas. Algunos murmuraron entre ellos que tampoco valía tanto. Dirigí mi mirada al hombre que había ofrecido veinte millones. Él estaba parado con una aura de Dios todo poderoso. No podía distinguirlo muy bien, su antifaz cubría casi todo el contorno de su cara. Llevaba un traje negro, con una corbata gris. Trague saliva y mis hombros empezaron a temblar, todo mí cuerpo lo hizo. Esto no podía ser cierto, estaba siendo comprada ¿pero como? Aun no podía procesar bien todo a mi alrededor, se me hacía un chiste, un mal sueño. Otro hombre se levanto y alzo su paleta.

—¡Veinticinco millones! —el hombre del traje blanco sonreía ampliamente.

—¡Veinticinco millones a la una! ¡Veinticinco millones a las dos...!

—¡Treinta millones! —volvió el hombre con la gruesa voz a ofrecer.

—¡Treinta cinco millones! —repitió de nuevo el otro hombre. Pude distinguir que era un hombre gordo, mayor, su voz lo delataba y sus canas cubrían toda su cabeza. El hombre del traje blanco, no podía contener su emoción. Era como si todo esto le excitara. Quería salir corriendo de allí, pero mis piernas me lo impedían, no podía moverme.

—¡Treinta cinco millones a la una! ¡Treinta cinco millones a las dos...!

—¡Cien millones! —dejó salir él hombre de la voz gruesa en un tono tan amenazador, que un frió me corrió por la espalda. Todos se congelaron por unos segundos. La multitud se quedo estupefacta. El hombre canoso se sentó bajando su paleta y después el rostro en señal de derrota. El hombre del traje blanco, borro la sonrisa y la duda llenaron sus ojos, no lo podía creer. Tembloroso tomó el mazo.

—¡Cien millones a la una! ¡cien millones a las dos...! —hizo una pausa, pero nadie dijo nada—, ¡Cien millones a las tres! —dejo caer el mazo haciendo estruendo en todo el salón—. El objeto N.13, vendida por cien millones a nuestro misterioso cuervo fantasma —antes de que pudiera analizar la situación y que entendiera que había sido vendida por cien millones de dolares. Los hombres que me habían traído hacia acá, me tomaron de los hombros y me arrastraron fuera del escenario. Acto seguido, impulsaron mis brazos hacia atrás doblando mis muñecas por detrás de mi espalda. Sólo pude sentir, el metal frió de unas esposas en mi piel.