1.
Rima XXX.
Cuatro años pasaron a partir de la maravillosa reunión en el hogar de Ponny. Candy estuvo un año en esa dulce casa, hasta que recibió una oferta de un hospital en Naperville. Desde que fue despedida por el doctor Lenard por vivir en el mismo apartamento que Albert, no había vuelto a trabajar en un hospital. En "La clínica feliz" el doctor Martin le dio empleo durante algunos meses, hasta que erradicó su vicio por el alcohol y juntó dinero suficiente para abrir una sucursal en Nueva York para vivir más cerca de su familia paterna. Le ofreció a Candy seguirlo, pero ella aún no estaba preparada para regresar a la gran ciudad, pues su última visita a Nueva York la deprimió a sobremanera. Se despidió del médico y le hizo jurar que no bebería más ron.
Tardó varios días en responder la oferta del hospital, mas al final aceptó ante la presión de la señorita Ponny y la hermana María, quienes consideraban que era una oportunidad para crear una nueva vida. Albert insistió en que se mudara a la mansión en Lakewood, pero ella replicó que sería una vergüenza aún mayor para la anciana tía Elroy si salía muy temprano y regresaba muy tarde a la propiedad Andley. Así fue como rentó un apartamento cerca del hospital Edward. Y a partir de su ingreso, la rubia pocas veces tuvo suficiente tiempo libre para dedicarlo a sus amigos e incluso llegó a perder la noción del tiempo, adivinando las estaciones del año con sólo mirar por la ventana la copa de los árboles.
El día de su cumpleaños número veintidós, ella despertó como en cualquier otro día y se preparó para una jornada doble de trabajo. Repasó en su mente los diagnósticos de sus pacientes e hizo una oración interna para la pronta recuperación de cada uno de ellos mientras caminaba hacia el hospital. Sonrió a empleados y enfermos como era su costumbre y al terminar su doble turno, se despidió del cirujano con quien trabajaba con regularidad, Jeffrey Northeng, sin atreverse a mirar sus ojos negros.
— ¡Candy! — le gritó el médico acercándose a ella.
— ¿Sí? — respondió ella girando el rostro. Le resultó extraño que un muchacho tan serio como él le dirigiera la palabra sobre todo al llamarla por su nombre.
— ¿Quieres ir a cenar? — la invitó con las manos en los bolsillos del pantalón y el entrecejo fruncido. Candy conocía al joven doctor, su orgullo era característico en el hospital, sabía lo difícil que era para él atreverse a invitarla a salir. — Sé que tuvimos una jornada pesada, pero no hay luna más hermosa que la de mayo y… — se mordió el labio intentando tomar fuerzas suficientes, pero la dulce voz de la enfermera lo interrumpió.
— Doctor Northeng, usted tiene razón. Estoy muy cansada, tuvimos una jornada larga y pesada. — suspiró, siempre le dolía tener que rechazar las propuestas que le hacían. La excusa era simple: aún no podía salir con nadie más… menos con ese médico. — ¿Podemos dejar la cena para otro día?
— Hmph. ¿Qué tal mañana? — insistió mirando de reojo el perfil de la muchacha.
Tenía varios meses trabajando con ella y desde siempre le había parecido que era una chica agradable, pero su orgullo no le permitía admitir lo mucho que le gustaba. Tragó saliva clavando sus azabaches ojos en el suelo. Si la joven enfermera se negaba a su invitación de la noche siguiente, entonces se obligaría a desaparecer sus deseos; mas si aceptaba, entonces no renunciaría a ella. Era un hombre muy orgulloso, no permitiría que alguien se atreviera a pisotearlo cual cucaracha. Ni siquiera esa rubia de aspecto divertido.
— De acuerdo. Mañana cenaré con usted, doctor Northeng. — aceptó Candy después de unos segundos de pensarlo.
Una sonrisa de triunfo se dibujó en el rostro del muchacho. Ya estaba escrito, esa pecosa sería suya.
— Adiós, Andley. — se despidió él acomodándose la camisa antes de darse la vuelta y caminar hacia el lado contrario de ella.
— Buenas noches. — susurró Candy tragando saliva para desaparecer el nudo en su garganta.
De camino a su apartamento, pensó en el cirujano. Él era escocés, pero su madre había nacido en América. Sus padres ahora vivían en el país natal de la familia Northeng. Los veía cada año durante las fiestas decembrinas y mantenía un constante contacto a través de las cartas. Todos sabían eso del médico rebelde del hospital Edward, pero nadie sabía más que eso, pues a pesar de ser el más popular, no solía platicar acerca de sus asuntos personales. No era grosero o pedante con los que lo rodeaban, sólo era indiferente con sus compañeros y severo con sus pacientes. Dejaba pasar cualquier comentario de él sin detenerse a pensar en ello, pues concentraba su atención en lo que le apasionaba: la medicina. Además, era un hombre guapo, la rubia lo admitía: sus expresiones eran misteriosas en muchas ocasiones, pero muy reveladoras en otras. Su cuerpo delgado, pero fornido y su cabello negro como sus ojos, sólo provocaban en el sexo femenino un suspiro de admiración. Y su andar orgulloso y elegante atraía la atención de enfermeras y pacientes. Como siempre hacía lo que creía conveniente – aunque esas acciones muchas veces estuvieran en contra de los principios del hospital –, con frecuencia era regañado por sus superiores, a lo que él respondía con frases cortas e irónicas marcando un poco más su orgullo. Sin embargo, sus acciones nunca tuvieron resultados negativos, por lo que a pesar de su marcada rebeldía, era considerado como uno de los mejores médicos de la zona.
Ese paquete de características inusuales tenían un efecto muy grande en la pecosa, pues cada vez que veía sus episodios de rebeldía en el quirófano no podía evitar recordar a otro jovencito que conoció en su adolescencia, aquél del que se enamoró. Existían tantas similitudes entre ellos dos que a Candy a veces le dolía trabajar con Jeffrey, pues la pasión con la que él se movía en el mundo médico era exactamente igual a la pasión con la que él hablaba del teatro. Estar con Jeffrey era equivalente a pensar en él.
En punto de las nueve de la noche, Candy subió las escaleras del edificio en donde vivía. Cuando abrió la puerta, soltó un pequeño grito de asombro. Archie, Annie, Patty y Frederick Bones, prometido de la última, la esperaban en el comedor en donde había un pastel de vainilla. Tras recordar el festejo de aquél día, se echó a reír y abrazó a sus amigos. No importaba lo que pasara, ellos siempre recordarían su fecha de cumpleaños. Celebración impuesta por su adorado y difunto amigo Anthony Brower.
— Albert no pudo venir, tenía mucho trabajo en Los Ángeles. — dijo Archie en cuanto la pecosa apagó las velas del pastel.
— No hay cuidado, lo veré después. — repuso ella tomando el cuchillo para dividir el postre en partes iguales.
— Me dijo que te diera esta carta, Candy. Su regalo te espera en tu habitación. — le dijo Frederick extendiéndole un sobre blanco.
Un año y varios mese atrás, Martha festejó el cumpleaños número veintiuno de su nieta, invitando a todos los jóvenes solteros de la región a una magna fiesta a la que Candy no pudo asistir por cuestiones de trabajo. La abuela consideraba que Patty ya había pasado mucho tiempo de luto a causa de la muerte de Stear y afirmaba que la vejez llegaba sin previo aviso, por lo que era menester que consiguiera pareja antes de que apareciera la primera cana. Para su mala suerte, aquella noche no cumplió su cometido, pues a pesar de recibir varios halagos, ningún muchacho llamó la atención de Patty. No fue hasta que la joven visitó a Archie y Annie en el verano siguiente cuando Albert le presentó al aprendiz de George, Frederick Bones. El cabello del joven era rubio muy oscuro y sus ojos eran de un tono verde claro, resaltando su piel cetrina. Tenía una altura igual a la de George, pero su cuerpo era mucho más delgado, dándole un aspecto de ternura.
Candy tomó el sobre y lo abrió, dejándole a Annie el trabajo de repartir los trozos de pastel. Amaba leer las cartas de su tutor, siempre le llevaban noticias emocionantes y sabiduría en cada una de sus palabras. Todavía le parecía difícil creer que Albert fuera el príncipe de la colina, aunque después de un tiempo, ambos hacían bromas respecto a eso.
— ¿Entonces debo llamarte "papá" o "príncipe"? — le preguntó Candy en una ocasión.
— La verdad preferiría que me siguieras llamando Albert. — contestó él de inmediato al poner los ojos en blanco. — Las otras opciones me hacen sentir demasiado viejo o irreal. Y yo sólo soy Albert, sólo Albert.
Esbozó una sonrisa al leer las buenas noticias de su amigo. Aunque Candy lo negara, el trabajo estaba absorbiéndola, así que pasar una temporada fuera de Chicago le repondría el ánimo. Aunque aún no estaba segura de que Los Ángeles serían de su agrado, la idea de volver a ver a su tutor le renacía la felicidad perdida. Él siempre había sido su hombro perfecto para llorar y reír y en esos momentos, cuando sólo podía recordar un baile en el mes de mayo de años atrás, le urgía hablar con su amigo, a quien consideraba un verdadero padre.
— ¿Qué dice la carta, Candy? — preguntó Archie ofreciéndole un trozo de pastel.
— Dice que me iré a Los Ángeles con Albert, ahí los hospitales son más lujosos y tienen más enfermeras, así que descansaré más y podré salir más seguido. — contestó la aludida omitiendo sus deseos por liberarse de tan pesada carga que era su recuerdo. — Ha acordado con mi jefe un traslado a Huntington. Iré con otros dos médicos en un intercambio. ¿No suena emocionante? — Annie y Patty se miraron con discreción, Candy no se percató de ello. — Sé que estaré lejos de ustedes, pero vendré cada que pueda, así que no hay de qué preocuparse. Oh, qué regalo. Tendré que notificarlo en el hogar de Ponny. —se dijo antes de correr hacia el escritorio, dejando a Archie con el brazo estirado.
Mientras la muchacha se proponía escribir una extensa carta, sus amigos se miraron algo preocupados.
— ¿Ya lo pensaste bien, Candy? — le preguntó Annie acercándose a su ella con un nudo en la garganta.
— Ay, Annie, esas cosas no se piensan. Quiero un cambio, después de tantos años de vivir en Chicago ya necesito otro ambiente. Es ridículo que viva en América y apenas conozca un par de estados. Será divertido vivir en Los Ángeles. Además, no es como si me quedara toda la vida ahí. No lo sé, puede ser que Albert me lleve de paseo por todo el país. — le guiñó el ojo antes de apoyar la pluma en el papel.
Los demás tragaron saliva algo preocupados por el verdadero motivo por el cual Albert llevaba a la pecosa a una ciudad tan lejana. Quizá no era tan buena idea que Candy fuera a Los Ángeles. Ésa era la consecuencia principal de no leer los periódicos.
Frederick le dio un apretón en la cintura a Patty, indicándole que cambiara esa cara o Candy podría notar su preocupación. El muchacho conocía la historia de la rubia y al ser un hombre de negocios, leía los diarios; así que, a diferencia de la pecosa, conocía la situación por la que un británico actor estaba pasando.
Un joven de cabello castaño esperaba en el registro civil. Sus labios estaban cerrados en una delgada línea; sus ojos azul verdosos, vacíos; y sus manos, en los bolsillos del pantalón negro. Los asistentes al evento eran contados con una mano, pues los involucrados querían que fuera algo secreto a pesar de saber que no tardarían en ser los rostros de la primera plana. Mas ésa no era una boda como la que todos pensaban. El joven tragó saliva al sentir cómo la mano de su novia tomaba la suya. El momento había llegado.
Escuchó el roce del vestido de Olga Marlowe al sentarse justo detrás de su hija. A su izquierda, una actriz rubia mantenía una expresión de furia. Estaba completamente en contra del matrimonio, pero al ser su hijo mayor de edad, no podía hacer nada para irrumpir en sus decisiones y, por si fuera poco, detestaba a su consuegra, la mujer más manipuladora del planeta.
El juez fue rápido, la ceremonia no duró más de quince minutos, pero para el actor que recitaba sus votos de manera automática, ese momento era eterno. Sabía lo que significaba cada palabra que salía de sus labios mientras miraba a un par de ojos azules, que deseaba fueran esos ojos verdes. Después de tantos esfuerzos por evitar la boda con la actriz retirada, por fin admitió que no tendría más excusas. Esa noche estaba renunciando a su sueño de ser feliz. Sabía que estaba rompiendo su promesa con ella, pero no podía ser feliz. Lo intentó durante cuatro años, sonrió frente a las cámaras y se obligó a ofrecerle su brazo a una muchacha que no amaba. Con el tiempo aprendió a entenderla y a quererla hasta cierto punto, pero no pudo amarla. Por más que la miraba o escuchaba sus conversaciones con atención, no podía sentir lo mismo por su prometida que por…
— Sí, acepto. — respondió con melancolía.
El juez miró al novio con cierta confusión. Durante sus veinte años en su trabajo, nunca se había topado con tal indiferencia e incluso dolor como el de ese joven. Desde que lo vio entrar, supo que algo no marchaba bien; pero por políticas laborales, no podía inmiscuirse en los asuntos de sus clientes. La rubia novia miraba a su futuro esposo con cierta lástima. Era claro que él no quería casarse. Le respondía la mirada, era claro, pero no como debería. Cuando era común que el novio se desviviera admirando los pequeños detalles de su futura esposa, el chico simplemente la veía como si se tratara de un mueble más.
Mientras el juez les pedía que firmaran el documento frente a ellos, pensaba en el británico. Había escuchado que era un buen actor, mas no lo demostraba. Quizá debería fingir más, quizá no debería imitar a un tronco. El castaño esbozó una muy ligera sonrisa para indicarle a la rubia que ella firmara primero. Ella le contestó con una sonrisa mayor y accedió. También era obvio que ella sí lo amaba con todo su corazón. La manera en que se ruborizaba cuando él la miraba, sin importar de qué manera, su sonrisa tímida que esbozaba cuando él le ofrecía su brazo o incluso ese jugueteo nervioso de sus ojos al escuchar la voz del actor dirigida a ella. Todo evidenciaba quien amaba más en esa pareja.
Terminó de firmar el documento y le entregó la pluma a su compañero, quien sin siquiera pensarlo dos segundos, se inclinó y firmó. Una decisión muy rápida. Al entregarle la pluma a su suegra, quien sería la testigo de la boda, sintió como si lo que firmó fuera el documento que le entregaría su alma al demonio. Cerró los ojos un momento hasta que el mismo juez hizo constatar que el matrimonio era legal y cuando escuchó las palabras que más temía, tragó saliva antes de volver a mirar esos ojos azules. Levantó el velo que cubría el rostro de la rubia e inmediatamente besó medio segundo sus labios delgados, sintiendo como le quemaban la piel. Pero no era la misma sensación que en Escocia cuando actuó de acuerdo a sus instintos. No fue la misma sensación de pureza y libertad, pues en el intercambio de la boda no entregó su alma, sino su libertad. Ahora era el esclavo oficial de la reciente señora Grandchester.
— Gracias, señor juez. — se despidió Olga Marlowe aplaudiéndole a su hija, completamente ajena a los sentimientos que embargaban a su yerno. — Luces hermosa, mi Susie. ¡Ahora eres una mujer casada! — exclamaba justo cuando salían del registro civil. Por suerte, los reporteros no sabían que la boda ocurriría en ese lugar, así que pudieron avanzar hasta el coche sin problema alguno. —Aunque me hubiera gustado que te casaras en la iglesia, ya sabes, con un sacerdote y todo el esplendor.
— La iglesia es un lugar muy sagrado al cual sólo se debe asistir cuando hay amor, Olga. — le recordó Eleonor Baker, mientras sostenía el brazo de su cansado hijo. — Ya te he repetido mil veces que odio que menciones ese tema. Ten más respeto hacia mi hijo.
— ¿Y qué no lo respeto? — cuestionó acercándose al actor. — Terry, querido, luces guapísimo de smoking. — le dijo dándole unos débiles golpecitos en la mejilla. — Y estuviste sensacional, te oíste muy profesional. ¡Eso es a lo que yo llamo controlar los nervios!
El aludido evitó la mirada de su suegra y rodeó el coche para tomar entre sus brazos a su esposa y colocarla en el asiento del copiloto antes de guardar la silla de ruedas en la parte trasera del auto. Se despidió de ambas madres, dándole un fuerte abrazo a Eleonor y prometiéndole que daría lo mejor de sí para ser feliz. Después se metió al coche último modelo. Estaba listo para comenzar con la farsa, aunque un hecho lo aterrorizaba mientras conducía hacia su nueva casa. Desde tiempos inmemorables, se consolidaba un matrimonio en la noche de bodas quitándole la virginidad a la esposa. Era imposible que Terry se atreviera a eso.
— Estás muy callado, Terry. — dijo Susana sin poder evitar pensar en que su marido era infeliz. — ¿Te sucede algo?
— Nada. — respondió él de inmediato dedicándole una falsa y entrenada sonrisa que aún podía engañar a la rubia. — Sólo quiero quitarme este molesto traje y luego ducharme. — mintió mientras hacía una mueca de incomodidad. — Tengo mucho sueño, además. — agregó disculpándose con discreción por la primera falla que cometería como su esposo.
Susana no lo percibió de esa forma. Su madre la había instruido para prepararse para esa ocasión, le había dicho lo que tendría que hacer y cómo seducir a su esposo. Y Susana no estaba dispuesta a desperdiciar a ese hombre que tantas emociones le había dado desde el primer día en el que lo vio. Casi seis años después, era un hombre bellísimo y fuerte. Deseable en todos los aspectos.
— Terry… — lo llamó distrayéndolo una vez más de sus pensamientos. — Te amo.
El joven tragó saliva. Detestaba esa frase, detestaba su respuesta y detestaba decírsela.
— Igual yo. — mintió sin mirar esos ojos celestes que se iluminaban con esperanza. Como siempre lo hacían cuando él mentía de esa forma.
Bruce Karsh, un hombre septuagenario tenía un fuerte dolor alrededor del ombligo y aunque tenía fuertes influencias en el hospital, nadie se atrevía a operarlo o revelarle su estado. Tanto médicos experimentados como novatos, esperaban con ansias a que llegara el único cirujano que podía atreverse a dichas acciones; mientras tanto, la enfermera que trabajaba con Northeng lo tranquilizaba con su animada conversación. Con una enfermera así de alegre, ¿qué medicinas podrían comparársele?
— He escuchado de la escuela de Mary Jane. — dijo el paciente sonriéndole de lado. — Una de mis nietas está estudiando ahí. Le diré que salen muy buenas enfermeras de ahí, le hablaré de ti, Candy.
La joven se ruborizó, pero antes de agradecer, escuchó una fuerte discusión en el pasillo. Se levantó de la silla antes de caminar hacia la puerta, pero sus intensiones fueron interrumpidas por el fuerte estrépito de la puerta al abrirse. Un muchacho de cabello y ojos negros entró a la habitación y sin dirigirle una palabra a la rubia, le entregó un cubre bocas y unos guantes, preparado para hacer ahí mismo la operación. Candy intentó objetar que la habitación poco aseada podía afectar a sobremanera la intervención quirúrgica, mas el doctor le lanzó una mirada amenazante.
— ¿El paciente está a semanas de morir y tú piensas en la higiene de la sala? — espetó colocándose los guantes. — Encontrarás lo necesario en el mueble del rincón. Trae los instrumentos, Andley.
— ¡Doctor! — exclamó Bruce incorporándose de la camilla. — ¿Qué me sucede? ¿Por qué dice eso?
— Recuéstese. Tiene apendicitis, señor Krash. Tendré que quitarle el apéndice. No se preocupe, créame que no va a extrañar ese órgano. — afirmó mirando con ansiedad el trabajo cuidadoso de su enfermera al limpiar y desinfectar el bisturí. — ¡Rápido, Andley! — ordenó agitando la mano izquierda, él era zurdo.
La pecosa se sobresaltó ante el grito y corrió hacia su superior, entregándole el bisturí justo antes de preparar con rapidez la morfina que dormiría al paciente. Treinta segundos después, la piel del anciano era cortada a la altura del apéndice. Se le había reventado y era urgente sacarlo de su cuerpo o el daño se esparciría por los demás órganos internos y entonces uno de los mayores accionistas del hospital moriría. A lo que le temían los demás médicos era a contaminar ellos mismos a los vecinos del apéndice y ser demandados por asesinato. En esos casos, era importante tener a un cirujano como Jeffrey entre los médicos. Necesitaban a un hombre valiente y decidido. Por eso discutieron en el pasillo, por eso él les gritó. Mientras sus compañeros veían la posible demanda, el joven sólo apreciaba cómo dejaban que la vida de un paciente se esfumara entre sus manos. Bola de cobardes.
Después de una hora y media de operación, Jeffrey se limpió el sudor de su frente y se quitó los guantes y el cubre bocas. Candy se dedicó a desinfectar los instrumentos utilizados para guardarlos en donde los había tomado. Su superior la observó con detenimiento. Su cabello amarillo estaba amarrado en un suave chongo, dejándole ver un cuello delgado y una perfecta línea que se marcaba en su espalda ejercitada a causa de las diarias caminatas hacia su casa y las actividades en el hospital. Mirándola con cuidado, la enfermera era hermosa.
— Buen trabajo, doctor Northeng. — le dijo la enfermera deshaciéndose del incómodo cubre bocas.
— Lo sé. — contestó éste sentándose a un lado de su paciente. — Hágame saber cualquier cambio en sus signos vitales y llámeme cuando despierte, señorita Andley. Necesito saber si hay molestias en el abdomen. — ordenó antes de lanzarle una última mirada al accionista. — Lo dejaré en buenas manos, Bruce. — suspiró, se dio un ligero golpe en las rodillas y se levantó. — Iré a ver al doctor Keraudren, le informaré de la operación antes de que alguien más le cuente. — sonrió con ironía. — ¡Infierno, ven a mí! — exclamó al abrir la puerta del cuarto.
La enfermera lo vio partir al mismo tiempo que recordaba a un muchacho que también iba en busca de problemas durante cada día de su estancia en el Real Colegio San Pablo. Miró a su paciente y se quitó los guantes. Hasta que se despertara, no podría comenzar su rutina en el piso de ginecología y seguramente sus pacientes la estarían esperando.
Se deshizo el peinado alto y dejó caer su melena dorada sobre su espalda. Si algo le desagradaba de llevar el cabello tan largo era el hecho de que tuviera que amarrarlo cada vez que entraba a una cirugía, y con un doctor como con el que estaba asignado, la siguiente cirugía no tenía horario. Después de tantos días de mantener su cabello en alto, le dolía el cráneo, pero entre tanto trabajo, no podía darse el tiempo de recortarlo a la mitad como antes lo tenía. Cuando era una niña le resultaba más sencillo controlar su cabellera, pues con dos coletas perdía cuidado; pero ahora que era adulta y sus bucles eran más necios, no bastaba con eso, ya que al ser mucho más largo, las coletas le estorbaban. Intentó ordenarlas en una sola cola de caballo, pero cuando cerraba la puerta detrás de sí, varias veces sintió un jaloneó en el cráneo indicándole que parte de su cabello se había quedado en la habitación. Luego intentó hacer una trenza, pero el tiempo que usaba para peinarse de esa forma, absorbía el del desayuno. Por eso optó por amarrárselo a lo alto de la cabeza, aunque al final del día, unos pequeños mechones se escaparan del peinado y juguetearan con sus mejillas o su frente. Para varios pacientes o compañeros, así lucía más hermosa: con las mejillas sonrojadas a causa del agotamiento y un par de bucles adornando su suave rostro.
Bruce Karsh despertó luego de tres cuartos de hora. Candy le tomó los signos vitales antes de disculparse e ir por el médico encargado del caso. Jeffrey entró a la habitación, palpó el abdomen y entrevistó al paciente para saber cuáles eran sus molestias. Sonrió al saber que el anciano ya estaba fuera de peligro.
— Entonces usted podrá salir en dos semanas o dos semanas y media, cuando mucho. — le dijo el médico guiñándole un ojo. — Pero he de advertirle algo: nada de ácidos, amigo. Es todo, Andley, puede hacer sus deberes. Pero no olvide que tiene algo muy importante que hacer hoy en punto de las ocho de la noche. — señaló antes cubrir de nuevo el torso del paciente. — Nos vemos, Bruce.
De nuevo Candy lo miró salir, esta vez sonriendo. No, Jeffrey no era malo. Era cierto, su carácter era difícil de soportar, sus gritos aún resonaban en los oídos de la muchacha, pero su habilidad médica y su tacto con los enfermos era inigualable.
— Es muy agradable una vez que lo conoces, supongo. — comentó el señor Karsh sacando a la enfermera de sus pensamientos.
— Sí, es un gran hombre. — corroboró dirigiendo su sonrisa a el viejo que yacía en la camilla. — Antes de seguir mi rutina le cambiaré la almohada, ¿está de acuerdo?
— Por supuesto, jovencita. En verdad es usted un ángel. — dijo cuando la enfermera le acomodaba la cabeza en una almohada más cómoda.
Candy se ruborizó. Él no era la primera persona que le decía eso, pero ese adjetivo siempre causaba en ella esa reacción. Se despidió con la mano y salió del cuarto.
Pasó sus manos por el vientre y suspiró. Estaba preparada para trabajar hasta el agotamiento.
La casa Grandchester era enorme. El color blanco cubría la mayoría de la fachada de tres pisos y veinticuatro recámaras, el marco de los ventanales estaba pintado de azul marino y la ventana redonda del ático era negra. El jardín que rodeaba la casa estaba lleno de flores de todos los estilos, dándole al lugar una fragancia inigualable. La casa perfecta para el matrimonio perfecto. Corrección, la casa perfecta para la perfecta farsa matrimonial. La recámara principal estaba pintada de tonos intensos que para nada combinaban con los sentimientos de la pareja de recién casados. En la cama matrimonial, que yacía en medio del cuarto, dormía una joven de cabellos lisos y dorados con lágrimas secas en las mejillas. A su izquierda había un colchón improvisado con cobijas y almohadas, en donde el hijo del duque de Grandchester miraba las cortinas color vino que escondían al amanecer. A pesar de no haber dormido en más de veinticuatro horas, no pudo luchar contra el insomnio. Aún se sentía culpable por no poder cumplir con su deber como marido y aunque pudo excusarse esa noche alegando que estaba muy agotado, sabía que había sido una grosería por su parte no dormir en la misma cama que su esposa. Simplemente no podía, no sabía cómo. Nadie le enseñó cómo amar a quien no se puede amar.
Se maldijo en su interior al recordar por enésima vez que debía hacer feliz a Susana; si no podía cumplir con la promesa de ser feliz, entonces como mínimo debía hacer feliz a la mujer que habría dado su vida por la de él. El grito de esa tarde aún lo acosaba por las noches, era ese grito el que lo mantenía cerca de la rubia. Ese grito y la promesa que le hizo a la mujer que aún le robaba los suspiros.
Sacudió la cabeza intentando sacar a la enfermera de su cabeza y se levantó para guardar las almohadas y cobijas que conformaban su "colchón". Hizo su trabajo en silencio, con cuidado de no despertar a su recién adquirida esposa. Al terminar, giró su rostro para mirar a la retirada actriz dormir en el lecho. Su melena lacia se esparcía en la almohada y cubría la mitad de su rostro. La colcha cubría el ochenta por ciento de su cuerpo, dejando parte de sus brazos y su cuello temblando a causa del frío mañanero. Sus ojos azules estaban ocultos debajo de esos párpados y sus labios permanecían entreabiertos, dejando ver una dentadura perfecta. Si tan sólo Terry fuera un hombre normal, se sentiría dichoso por tener a una mujer tan hermosa en su cuarto dispuesta a entregársele sin ninguna objeción. Pero siendo él, sólo soltó un respingo y se acercó a ella para cubrirla hasta el cuello. Después de todo, era el encargado de cuidar de la chica. Sus ojos no pudieron evitar mirar cómo las cobijas marcaban de manera perfecta la silueta de aquella pierna faltante en el perfecto cuerpo de la rubia. Un estremecimiento recorrió todo su ser.
Se metió a la ducha y dejó que el agua fría helara sus pensamientos. Después de veinte minutos, bajó al jardín y caminó hasta llegar al establo. Cabalgar era una de sus actividades favoritas, pues sólo así podía concentrarse en otra cosa que no fueran sus problemas personales; aunque sabía que como siempre, los caballos no despejarían sus recuerdos de aquella noche. Aquella última vez que escuchó su voz. Aquella última promesa que ambos se hicieron. Aquella última vez que sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos al verla alejarse de él.
Acarició a Dorotea, su yegua favorita. No, no podía cabalgar esa mañana, su deber como marido lo obligaba a regresar a la habitación principal para atender a su esposa y despertarla con un "buenos días". Se despidió del animal y abandonó sus ilusiones por recorrer el inmenso jardín y los alrededores de éste. Ya tendría tiempo para eso.
— ¡Terry! — exclamó Susana al verlo entrar al cuarto. Éste se apresuró a ayudarla a sentarse en la silla de ruedas. — Creí que habías bajado a desayunar y estaba por acompañarte.
— No puedes bajar las escaleras tú sola. — objetó él llevándola al baño. — Llamaré a Melody para que te ayuda a bañarte, ¿está bien? Si necesitas algo sólo díselo. Yo te estaré esperando en el comedor. — prometió al darle un apretón en el hombro.
— Terry… — lo llamó antes de que él tocara la manija de la puerta. — Ven. — el actor obedeció hincándose frente a ella. — Quiero disculparme por mi insistencia de anoche, yo… — su rostro se ruborizó al recordar el incidente. — perdóname, por favor. No sé qué me pasó.
— Pierde cuidado, Susie. — la tranquilizó acomodándole un mechón de cabello detrás de la oreja. — Perdóname por no cumplir tu deseo. — esbozó una media sonrisa. — Supongo que tenía mucho sueño.
— Lo sé, pero yo fui egoísta.
— Ni lo digas, está bien. Sólo olvídalo.
— Te prometo que te daré tu tiempo. — murmuró retirando su mirada del rostro de su esposo. — Comprendo que es complicado llevar este tipo de vida. — Terry la miró con asombro. ¿Es que acaso era tan obvio? — Sólo… sólo quiero pedirte algo, no es necesario que lo cumplas si no quieres… — se calló un momento, indecisa por continuar.
— Dímelo.
— Yo… — se ruborizó de nuevo. — Quisiera que durmieras en la cama. Anoche sentí que te repugnaba mi presencia.
Su marido la observó un segundo. No pudo identificar el sentimiento con el que lo hacía, pero sabía que estaba equivocada, no la miraba con repulsión. Si bien no la amaba, tan siquiera no la odiaba.
— No me repugnas. — aseguró el muchacho arrugando el entrecejo. — Si así fuera no me habría casado contigo. Y sí, está bien, dormiré en la cama. Ahora llamaré a Melody, no quiero que tu madre crea que estoy malcriándote al permitir que te duches tarde. Bonito día. — se despidió poniéndose de pie en un santiamén.
La joven no le respondió. Se sentía confundida y avergonzada. Cada vez que se imaginaba su primer día como mujer casada, creyó que lo pasaría con una sonrisa en la boca, siempre cerca de su marido también sonriente. Creyó que para ese día, Terry ya la amaría. Sin embargo su novio estaba más misterioso que antes. Sus ojos no la miraban con indiferencia como los dos años que trabajaron juntos en la compañía, pero tampoco la miraban como a ella. Se sentía culpable por envidiar a la mujer que ya no tenía ninguna relación con su actor favorito, aunque no podía evitar compararse con ella. Recordó que un día quiso parecerse a ella enchinando su cabello para una fiesta a la que asistiría con Terry. Cuando él la vio, hizo una mueca de desagrado y evitó su mirada durante toda la velada; lo sabía molesto, pero conociéndolo, no la enfrentaría. Pasó la noche sin dirigirle la palabra o mirarla, estaba enfadado, mas no lo demostró, mucho menos frente a tantas mas. Cuando salieron del evento, Terry la llevó a la casa de su madre y apenas se despidió con la mano. Nunca volvió a enchinar su melena.
Una lágrima rodó por su mejilla, ésa era la prueba que necesitaba para confirmar sus sospechas, no importaba cuánto tiempo pasara, él seguía pensando en esa mujer. La noche en la que Susana intentó parecerse un poco a la enfermera ya había ocurrido dos años atrás, eso era cierto, ya no podría validar sus sospechas por ese día; pero la noche anterior, Terry volvió a confirmarlo. El recuerdo aún le daba vergüenza y la atormentaba hasta estados críticos.
Horas atrás, Melody había salido de la habitación casi al mismo tiempo en que Terry entraba con un short de lana y una playera blanca que cubría sus hombros, pero dejaba al descubierto sus brazos bien trabajados. No la miró siquiera, sólo se dirigió al armario. Susana lo esperaba en la cama con un camisón que cubría con inocencia su única pierna y permitía a su acompañante vislumbrar un escote pronunciado que dejaba admirar dos senos firmes y redondos que enloquecerían a cualquier hombre normal. Debió acostumbrarse a la idea, su marido no estaba en ese catálogo de normalidad.
— ¿Ocurre algo, Terry? — le preguntó Susana cuando vio como el muchacho colocaba una sábana tras otra en el suelo. — ¿Qué estás haciendo?
— Nada, tú descansa. — contestó él acomodando las almohadas entre las sábanas.
— Pero… — intentó hablar la rubia arrastrándose hasta la orilla de la cama. — Es que… yo… bueno, nosotros… — tragó saliva recordando las palabras de su madre respecto al tema. — Es nuestra noche de bodas y sabes cuál es la tradición.
Terry se detuvo un segundo sin mirarla. Se mordió el labio inferior y luego posó sus ojos en el rostro de la muchacha, delatándose. Sus ojos no la miraban con deseo o ternura. En ese momento, una fría mirada atravesó el corazón de Susana.
— Tengo sueño. — se excusó, regresando a su actividad. — Buenas noches. — se despidió antes de acostarse en el colchón improvisado.
— Pero, ¿qué dirán los sirvientes cuando vean las sábanas limpias? Creerán que yo no me entregué virgen. — alegó la desesperada muchacha. En realidad lo que le asustaba era el cuestionario que su madre seguramente le haría al día siguiente. Se enojaría con Terry si se enteraba que no la había tomado como su esposa, avergonzándola aún más.
— Ocúpate de dormir, Susana. Deja esas pequeñeces para otra noche, ha sido un día muy agotador y creo que deberías descansar. — concluyó cubriéndose con una colcha su cuerpo y dándole la espalda a su esposa.
La sirvienta entró a la habitación y Susana se limpió las lágrimas del rostro antes de que la mujer de más de treinta años la ayudara a desvestirse con un dejo de desilusión al notar que la prenda no había sido tocada por manos masculinas porque el olor que desprendía era el conocido de fresas de la antigua actriz.
Candy terminó de doblar su uniforme y lo depositó en el bote que iría a la lavandería. Se miró una vez más al espejo y se alzó de hombros. No era que le importara su atuendo de aquella noche, sólo sería una cena, nada importante; no obstante, le incomodaba que su cabello se resistiera a ordenarse en cualquier peinado. Por fin decidió dejarlo suelto sintiéndose aún más informal. Se prometió que en su siguiente tiempo libre lo recortaría hasta la mitad de la espalda o incluso a los hombros. Extrañaba la facilidad con la que antes se peinaba, extrañaba ser una pequeña de seis años a la que nada le importaba, excepto su amiga Annie.
Suspiró por enésima vez en el día y tomó su bolso lista para salir del hospital y encontrarse con el doctor Northeng. Su vestido era largo y rosado, sin mayores detalles que un pequeño moño en el escote cuadrado que sólo dejaba lucir una delicada clavícula algo marcada por la delgadez de la muchacha. Su falda ondeaba con elegancia a cada paso que daba. Había que admitirlo, se veía adorable.
Sin embargo, cuando llegó a la entrada, no encontró al hombre orgulloso y serio que conocía en Jeffrey Northeng. En su lugar, estaba un hombre decaído, sentado sobre la banqueta con las manos entre la cabeza y que se lamentaba e insultaba a sus superiores.
— ¿Doctor Northeng? ¿Le ocurre algo?
— Bruce Karsh murió, Candy. — contestó Jeffrey con la voz rota.
Entonces, todo comenzó. Si esa noche no hubiera pasado eso, si esa noche el paciente no hubiera muerto… quizá nada más habría ocurrido. Tal vez Candy no lo sabía, mas Jeffrey estaba al tanto de todo lo que se vendría encima.
Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mi labio una frase de perdón;
habló el orgullo y se enjugó su llanto
y la frase en mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar en nuestro mutuo amor,
yo digo aún: «¿Por qué callé aquel día?»
Y ella dirá: «¿Por qué no lloré yo?»
— Bécquer, Gustavo Adolfo.
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¡Hola!:
Ésta es mi propuesta. Sé que parece algo enredada, pero pronto le tomarán el hilo, si es que deciden continuarla. No tengo mucho que decirles, creo que todo lo he puesto en mi introducción.
Como sea, espero que tanto la historia como los poemas de mi Bécquer sean de su agrado. Publicaré un capítulo por semana; no pueden quejarse, estos capítulos son lo doble de largos que los de "Una rosa deshojada". Subiré uno cada jueves, procuraré que sea temprano, en el horario de México.
Antes de despedirme, quisiera pedirles un favor a todos los que son creyentes de alguna religión: me gustaría que incluyeran en sus rezos a mi país, tengo mucho miedo de que algo malo ocurra en estos días y a pesar de saber que un rezo no cambiará la opinión de los líderes (ya sea gubernamentales o sociales), mamá confía en que las oraciones tienen mucha fuerza. Por favor, sólo les pido eso. De antemano, gracias.
Les mando un fuerte abrazo y mis mejores deseos.
Andreea.
