No fue necesaria una investigación muy completa para que Molly supiera que Steven había muerto por causas naturales. Al menos, no encontraba nada fuera de lo lugar. Pero no tenía sentido… Steven no era tan anciano. Pero bueno, nada se le podía hacer.

Cuando Molly tuvo tiempo libre nuevamente, salió de la morgue para seguir buscando al dueño de la corbata. Su casillero, donde la había guardado, le quedaba de camino hacia la cafetería para tomar un descanso. Ella tenía la corbata en la mano, preguntándole a todo el mundo de quién era. De pronto apareció Mike Stamford.

-¡Esa es mi corbata!

-¿En serio? La encontré por ahí anoche, no sabía de quién era –dijo entregándole la corbata a Mike.

-Gracias por cuidarla. Bueno, nos vemos más tarde. Voy a salir a tomar un poco de aire fresco afuera.

-Okay.

De vuelta al trabajo, Molly se aburría. Se sentía sola, sin compañía. Cualquier persona se hubiera sentido incómoda en su logar; estando sentada a menos de dos metros de un cadáver. Estaba acostumbrada a eso, a veces aún lo encontraba escalofriante, pero no tanto. Aún así ella se sentía solitaria. Quería hablar con alguien. Y Steven se había ido. Metafóricamente, pues, ya que en realidad estaba al lado de ella. Envuelto en una bolsa especial para cubrirlo completamente de pies a cabeza.

Molly no quería sentirse adicta a su blog, dependiente de revisarlo en todo momento. Pero necesitaba hacerlo. Al menos ahí podía hablar. Aunque fuera consigo misma. Nadie le había escrito ningún solo comentario aún, pero alguien ya lo haría. Eso esperaba.

De pronto, de la nada, Sherlock entró a la habitación. Estaba del mismo humor que ayer. Aún no tenía ningún caso, y eso lo frustraba. Otra vez, por aburrimiento, visitó a Molly. Algunas veces, cuando se aburría, se dedicaba a analizar alguno que otro cadáver, extraía algo interesante de éstos, saliva, para poder analizarla en el microscopio. Para divertirse. Por suerte para ella, Molly se había puesto ese día su mejor camisa rojo oscuro con blanco, con vuelos, debajo de su delantal.

Sherlock ya tenía listas las muestras para ir a analizarlas a otra sala. Por mientras, le pidió permiso a Molly para examinar el cuerpo de Steven. Ella no podía negarlo.

-¿Es reciente? –Preguntó Sherlock abriendo el cierre para ver el rostro inerte de quién había trabajado en informática.

-Acaba de llegar –dijo Molly, mostrando su mejor sonrisa. No quería verse triste, Steven había sido un amigo por suerte muy cercano–. 67 años, causas naturales –Continuó explicando mientras caminaba alrededor del cuerpo–. Solía trabajar aquí. Lo conocía, era lindo.

-Bien –respondió cerrando el cierre y sonriéndole a Molly–. Empezaremos con el látigo.

Molly prefería no estar presente en los momentos de los latigazos. Iba a ser algo doloroso ver que le hacían eso a su amigo. De todos modos, a Sherlock tampoco le gustaba compañía en ese momento, prefería estar solo. Empezó a golpear con el látigo al cuerpo con toda la fuerza que pudo, innumerables veces. Molly, veía desde afuera, no había podido evitarlo. Le divertía ver cómo Sherlock hacía lo que hacía, solamente por propósitos científicos. Era un poco escalofriante tal vez, pero no importaba. Molly ya se había acostumbrado a eso.

Mirándolo, la chica no pudo evitar sonreír un poco. Pensó en invitar a Sherlock a tomar café cuando ella tuviera tiempo libre y no tuviera trabajo que hacer. Sí, lo invitaría. Pero antes de eso, fue corriendo al baño, con cartera en mano, para poder arreglarse un poco y verse más atractiva. Justo había comprado el lápiz labial para una ocasión como esa.

-Entonces, ¿fue un mal día? –Preguntó ella entre risas, entrando de nuevo a la habitación casualmente.

-Necesito saber qué moretones se forman en los siguientes 20 minutos –contestó sin siquiera molestarse a mirarla a los ojos–, la coartada de un tipo depende de ello. Mándame los resultados.

Ella quería preguntar a qué era lo que se refería cuando decía coartada. Steven había muerto por causas naturales, ella misma lo había comprobado ese día. No se atrevió a preguntar, temía recibir una respuesta aterradora. Prefirió quedarse en la incertidumbre. Para distraerse, cambió el tema.

-Escucha, me preguntaba… Puede que después, cuando acabes…

-Llevas lápiz labial. Antes no llevabas –dijo, fijándose detalladamente en ese simple detalle, después de no haber visto a Molly a la cara ni siquiera.

Molly quiso saltar de alegría al ver que Sherlock había notado ese simple detalle. Él estaba pendiente de ella. Pero en realidad había esperado a que eso hubiera sido más un halago que una observación.

-Ah, Me he arreglado un poco –dijo, enrojeciendo un poco por la vergüenza.

Algo consternado, Sherlock levantó la cabeza –Perdón, ¿qué decías?

-Me preguntaba si te gustaría tomar un café –dijo empezando a enfadarse consigo misma por sentirse tan avergonzada. Él tenía que aceptar, tenía que aceptar…

-Negro. Dos de azúcar, por favor. Estaré arriba –dijo simplemente anotando algo en una pequeña libreta, y acto seguido se fue, dejando el anhelo de Molly de ir a tomar café con él hecho escombros.

Cuando Molly hubo procesado lo que había acabado de pasar, se sintió estúpida–Bueno… –, fue lo único que pudo decir. Una vez más, ella volvía a estar sola en la habitación, junto a Steve. Por la soledad, Molly dudó en si debería hablarle a su amigo muerto. Prefirió no hacerlo, y se dedicó a buscar y preparar el café.

Se dirigía hacia la cafetería cuando nuevamente se topó con Mike Stamford. Éste era un hombre muy simpático, sociable y amable con todos. Desde que supo que Molly había cuidado su corbata roja verde y amarilla, Mike había empezado a portarse con ella aún mejor que antes, si es que era posible. Mike era con todos así.

-¡Ah, Molly! Te vuelvo agradecer que hayas encontrado y cuidado mi corbata. ¡Es más, mírala, la estoy usando! –Dijo entusiasta mientras se indicaba el pecho. Junto al sonriente de Mike, veía un hombre más o menos bajo, de cabello claro, de mirada seria y con un bastón en la mano– Te presento a mi amigo, John Watson.

-Hola –respondió John, y Molly hizo lo mismo. Ella tuvo que excusarse, tenía que ir a buscar el café. En la cafetería había mucha gente y Molly tardó mucho. Incluso para pedir un simple café había que hacer una fila. Pero a Molly no le importaba. Si hacía que Sherlock se sintiera bien con el café, ella podría aguantar la fila más larga y lenta del mundo. Mientras tanto en la fila, con un espejo en su bolso, Molly aprovechó de quitarse el lápiz labial de la boca. Se sentía tonta con eso.

Cuando por fin consiguió el café, fue a entregárselo a Sherlock. Pero antes, pasó por fuera de la sala de computación donde trabajaba Steve. Estaba cerrada ese día. Apareció por ahí Alex, el conserje. Molly a veces hablaba con él. Alex era parecido a Steve, pero él tenía una joroba y un aspecto no muy amigable. Por suerte, sólo era el aspecto.

-He escuchado muchas cosas hoy en día. Mucha gente dice que Steve es irremplazable –le dijo Alex a Molly–. Va a ser un lío conseguir a otra persona para el puesto. Acuérdate de mí, van a traer a cientos de sustitutos y ninguno va a durar. Ni creo que contraten a alguien, tal vez tengan que quedarse personas de aquí mismo haciendo turno.

-Oh, espero que no me elijan a mí. No me entiendo en eso –dijo Molly. Luego se despidió de Alex y fue corriendo a entregarle el café a Sherlock antes de que se enfriara. Antes de abrir la puerta, se relajó e intentó aparentar que no había llegado corriendo. Abrió la puerta y entró cabizbaja.

-¡Ah! Molly, café, gracias –dijo Sherlock recibiendo el café. Estaba hablando con más gente. Ahí Molly pudo ver a Mike con su ostentosa corbata, y al hombre bajo del bastón que recién había visto. Ya se había olvidado de su nombre– ¿Qué pasó con el lápiz labial?

-No iba bien conmigo – Obviamente el lápiz labial no había surtido el efecto que ella había esperado.

-¿En serio? Era una gran mejoría. Tu boca se ve demasiado pequeña ahora –dijo alejándose con la taza en la mano.

-De acuerdo –fue lo último que ella pudo decir antes de retirarse de la habitación, roja de vergüenza.