Casi héroes
"Well they said he changes when the sun goes down. Over the river, going out of town. They said he changes when the sun goes down… Around here"
"When the sun goes down", Arctic Monkeys
Capitulo 2: Entre locos y héroes
A pesar de que tenía la convicción, Peeta no tenía nada de experiencia en ser un héroe. La mayor parte de las historietas sobre héroes nunca decían qué pasos seguir o qué cosas hacer para convertirse en uno. Incluso trató de buscar en internet, pero nada le parecía lo suficientemente realista.
Sin embargo, estaba decidido a completar su cometido. Era la primera vez en su corta vida que tenía una meta definida y de verdad no quería arruinarlo.
Navegando en la web dio con una oferta de un disfraz de superhéroe por solo cinco dólares. No le había dicho a nadie lo que planeaba hacer por lo que lo mantenía escondido en su habitación, hasta que fuera el momento perfecto para salir y comenzar su trabajo. Los héroes no revelaban su identidad para protegerse y proteger a los suyos y Peeta no quería que nada malo le pasase a su familia. O a lo que quedaba de ella.
Decidió que el momento perfecto para comenzar su labor fue un miércoles en la mañana. Planeaba hacer novillos en la escuela porque dudaba que alguien notara realmente su ausencia. Así pues, esa mañana desayunó y se despidió de su padre más temprano que de costumbre, con el traje puesto bajo la ropa. Hasta ese momento no había pensado en lo incomodo que era usar licra.
Cuando se hubo alejado lo suficiente de su casa se quitó la ropa y la guardó dentro de su mochila, que ocultó detrás de unos arbustos. En su camino al centro fue consciente de algunas miradas extrañadas de los transeúntes pero los ignoró estoicamente. Tener una máscara cubriendo su rostro le hacía sentir más confianza en sí mismo porque sabía que nadie lo podría reconocer.
Tomó el bus hasta llegar a Central LA, que no estaba demasiado lejos de su hogar y cuya tasa de crímenes era considerable.
No hay que mentir o exagerar los sucesos. Peeta tuvo que caminar y esperar durante varias horas a que algo interesante sucediera. Tal vez tuviera que conseguirse un radio o aprender a infiltrarse en la señal de la policía; comenzaba a sentirse frustrado de no lograr de buenas y primeras lo que quería.
Sin embargo, caminando por una vieja zona llena de viejos edificios de oficinas consiguió justo lo que buscaba. En un estacionamiento lejos de la vista de todos, dos tipos estaban tratando de robar un auto.
Peeta se quedó paralizado un momento, sin saber que era lo que debía hacer. Pero un instante despues pensó que lo único que podía hacer era ser un héroe y plantarle cara a ese par de ladrones. Caminó hasta donde ambos hombres estaban y se aclaró la garganta para llamar su atención.
—Creo que no deberían hacer eso —dijo.
Uno de ellos, con barba de tres días y suficiente musculo para llenar una piscina, lo inspeccionó de arriba abajo antes de carcajearse.
—Vete a la mierda, niño. Si sabes lo que te conviene.
La sangre de Peeta llegó a sus oídos. Tenía que imponer su autoridad de héroe antes de que ese par de inadaptados se salieran con la suya.
—No hasta que tú vayas primero —replicó inflando su pecho. Ambos hombres se detuvieron y lo vieron—. Ahora, aléjense del maldito auto o… o ya verán.
La amenaza solo hizo que los hombres lo vieran con algo de compasión durante un segundo antes de sonreírle con condescendencia.
—A ver, chico. Creo que deberías irte ya, antes que tu mami se dé cuenta que no estás tomando la siesta. —Ambos se rieron y siguieron en lo suyo.
Peeta pensó en retroceder e irse pero algo dentro de sí, que hervía y retumbaba en su pecho, lo hizo quedarse allí con la determinación necesaria para pelear con aquellos tipos. Sin embargo, muy tarde se dio cuenta que aquella contienda estaba destinada a acabar mal para él. Ellos eran dos hombres grandes, musculosos y tal vez con mucha experiencia en peleas callejeras y él era solo él, con brazos escuálidos y un par de puños que solo sabían dibujar en carboncillo.
Lo último que Peeta logró ver antes de caer inconsciente sobre el asfalto fue a los hombres acercándose a él con los puños en alto.
…
Cuando volvió a abrir los ojos tenía un profundo dolor latiéndole detrás del cuello. Un pitido extraño sonaba a su alrededor y un olor a lejía y antisépticos inundaba el aire.
A su lado escuchaba el sonido de un par de personas conversando y aun con un palpitante dolor en la parte baja de la cabeza reconoció a una de ellas. Era su madre.
Por un momento su corazón se aceleró emocionado y una de las maquinas que estaban a su lado comenzó a replicar con pitidos el retumbar dentro de su pecho. Sintió que alguien se acercaba y le pasaba una mano por la frente con delicadeza, aunque al principio no lograba enfocar bien.
—Peeta, mi amor. Estoy aquí.
No había ninguna duda de que quién estaba a su lado era su madre. Sin embargo, la emoción que había sentido al principio se había esfumado por completo, y en cambio ahora la sangre que corría por sus venas hervía como lava caliente. ¿Qué hacia su madre allí? ¿Y dónde estaban?
La última vez que Peeta había visto a su madre había sido unos cinco años atrás, en víspera de año nuevo. Estaban todos en casa, llenos de ese espíritu festivo propio del fin de año. Sin embargo, y a pesar de solo tener once años, Peeta era consciente que su madre no estaba del todo feliz. Sabía que le ocultaban muchas cosas por ser pequeño, pero no era tonto y se daba cuenta de que algo no andaba bien. Cada noche, desde hace ya varios meses podía escuchar los gritos de sus padres en la sala, que no paraban hasta bien entrada la madrugada. Peeta ignoraba por qué se gritaban, por qué discutían, por qué cada vez hablaban menos. Solo trataba de llevarlo con normalidad, de seguir la corriente y no hacer mucho drama al respecto; pero sabía que solo era cuestión de tiempo hasta que las peleas se volvieran inaguantables y uno de los dos estallara.
Su madre lo hizo.
Peeta recuerda con claridad la última vez que la había visto: justo después de celebrar el año nuevo, con un largo vestido azul y el maquillaje impecable, a pesar de haber estado horas y horas celebrando. Ya había llegado la hora de dormir así que su madre se había encargado de meterlo en la cama, como cuando era un niño. "Te quiero, mamá" había dicho Peeta cuando su madre lo tapó con la cobija y le dio un beso en la frente. Ella solo había respondido con un "Buenas noches, cariño", con una mirada displicente en sus grandes ojos azules.
A la mañana siguiente se había ido, sin notas ni despedidas. Peeta conservaba la esperanza de que algún día volviera, pero esa esperanza se fue convirtiendo poco a poco en una idea cada vez más difusa, hasta que con el pasar de los meses, y luego de los años, se había desvanecido por completo.
Por eso era tan difícil de asimilar que su madre se encontrara a su lado en ese momento.
—Peeta, cariño, ¿cómo te encuentras?
Peeta no contestó. Giró el rostro y observó todo a su alrededor. Estaba en una habitación de hospital de paredes blancas. La ventana que estaba a su lado le indicaba que afuera el día estaba radiante.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —preguntó. Su madre pareció ignorar el tono hosco de Peeta porque se acercó y le acarició el rostro con afecto. Peeta pensó en alejarla pero tenía las manos vendadas. ¿Qué le había pasado? Sentía que sus recuerdos se difuminaban y confundían en su mente.
—Ocho días —indicó su madre, sonriendo con tristeza—. Pasaste la mitad del tiempo en terapia intensiva. Te hallaron en un estacionamiento con varias heridas en todo el cuerpo. Afortunadamente no llegaron a herir ningún órgano vital. También tenías una fuerte contusión cerebral y varios huesos rotos. El doctor Keller, con quien estaba hablando antes que despertaras, fue el encargado de recibirte, hacerte las transfusiones de sangre y la operación.
—¿Operación? —repitió Peeta, ofuscado.
—El te lo explicará mejor, déjame llamarlo. —Su madre hizo ademan de salir de la habitación pero Peeta la retuvo.
—Mamá, espera. —Escucharse a si mismo diciendo eso era más extraño que la presencia de su madre, pero estaba muy confundido por todo lo que estaba pasando. Además, tenía la sensación de que si se descuidaba su madre podría volver a irse, y aunque una parte de sí mismo la odiaba por haberlo abandonado, otra aun anhelaba que se quedara junto a él—. ¿Por qué estás aquí? ¿Cómo supiste…?
—Tu padre me avisó. He mantenido el contacto con él desde que me fui, Peeta —confesó—. Pero ya discutiremos eso luego. El doctor Keller necesita hablar contigo.
Peeta la vio salir de la habitación. Se quedó allí en la cama, pensando en lo que su madre le había dicho. ¿Su padre había mantenido el contacto con ella? ¿Por qué nunca le había dicho? Tenía tantas dudas en ese momento. Una amarga sensación de desdicha comenzó a crecer en su pecho. Se sentía traicionado. ¿Por qué su madre nunca se puso en contacto con él? Cada vez estaba más convencido de que no lo quería y eso lo entristeció. Debería estar feliz de que ella se encontrara de nuevo con él, pero en cambio estaba molesto. Nunca podría perdonar su abandono, menos ahora que sabía que lo había abandonado a él.
La puerta del cuarto se abrió, dejando entrar a un medico enfundado en una bata blanca con un folio bajo el brazo. Detrás de él Peeta vio entrar a su padre. Lo vio evaluativamente unos segundos. ¿Cómo había podido ocultarle que había estado en contacto con su madre durante tanto tiempo? El doctor Keller comenzó a hablar antes de que Peeta pudiera pensar mucho más en eso.
—Has mejorado mucho estos últimos días, Peeta —dijo el doctor, sonriendo—. Tu cuerpo se ha regenerado mucho mejor de lo que esperábamos. Llegaste en estado fatal, pero gracias a una operación de vanguardia logramos mantenerte con vida.
Del folio que tenía bajo el brazo, el doctor sacó varias radiografías que colocó sobre la pantalla de luz de la habitación.
—Recubrimos gran parte de tus huesos y articulaciones con pequeñas placas y soportes metálicos. ¿Lo ves? Estos ligeros cambios incrementan la resistencia física general del cuerpo, lo que podría resultar en un gran beneficio en una persona joven como tú. Sin embargo no todo es positivo. Dado el estado en que se encontraba tu cuerpo y lo complicada de la operación, has perdido muchas de tus terminaciones nerviosas. Tu sensibilidad en brazos, piernas y torso es mínima.
Peeta escuchaba todo con atención. Se sentía fascinado por lo que era ahora su cuerpo. Aquel doctor Keller casi lo había convertido en Wolverine. Tenía ahora una resistencia al dolor tan alta que se sentía capaz de pararse frente al metro y soportar el impacto sin protestar.
Por unos minutos, Peeta se olvidó de todo lo que pasaba a su alrededor; del dolor que sentía por su padre, de los sentimientos encontrados por la presencia de su madre, del montón de cables que lo mantenían atado a la cama del hospital… y se permitió divagar en el gran abanico de posibilidades que su nuevo cuerpo le ofrecía.
Ahora sí que tenía una habilidad especial, casi un superpoder.
Ahora sí podría ser un héroe de verdad.
…
Peeta bajó las escaleras y se asomó un segundo a la cocina. Vio a sus padres conversando en murmullos muy bajos. Con toda la cautela que pudo utilizar caminó hasta la puerta y salió a la calle, tratando de que no se dieran cuenta de que había salido. Hace apenas unos días le habían dado el alta en el hospital y su madre se había mudado de nuevo a la casa. No sabía muy bien por qué lo había hecho. Tal vez para tratar de arreglar las cosas y volver a ser una familia normal o quizá solo para hacer la vida de Peeta insoportable. Lo que estaba claro era que se estaba tomando muy en serio el asunto de ser la madre sobreprotectora y atenta que nunca fue.
Parte de las ventajas de no haber tenido a su madre en la casa durante los primeros años de su adolescencia era la libertad de tomar decisiones y hacer cualquier cosa cuando le antojara. Ahora, con su madre en casa, Peeta debía someterse a interrogatorios incansables cada vez que hacia un movimiento y que no terminaban hasta que la santa inquisidora de su madre quedaba satisfecha o hasta que Peeta se hartaba y decidía no contestar mas nada. ¿Por qué tomas leche directo del envase? ¿Cuándo fue la última vez que te lavaste las manos? ¿Hiciste los deberes de la escuela? ¿Por qué no los has hecho? ¿Cuántas materias llevas reprobadas este trimestre? Era insoportable.
Además, otra de las ventajas que quedaban suprimidas por la presencia de su madre era la privacidad. Si alguna vez pensó que el momento más embarazoso de su vida había sido cuando sus compañeros de clase habían colgado sus calzoncillos del asta bandera no fue nada en comparación al momento en que su madre lo encontró masturbándose.
Ahora se aseguraba de cerrar su habitación con llave todo el tiempo.
En la calle, las farolas iluminaban la acera con una luz mortecina. Peeta vivía en unos suburbios modestos junto al centro de la ciudad, al que podía llegar fácilmente a pie. Cuando llegó a la avenida, los carteles y las luces llenaban el espacio, y las personas que transitaban la calle se movían de un lado a otro con un trajín enérgico. Peeta se arrebujó mejor dentro de su chaqueta tratando de pasar desapercibido. Debajo de esta tenía su traje de licra.
En un principio no tenía mucha idea de qué buscar. Albergaba la esperanza de encontrarse a un ladronzuelo apuntado a una mujer en un callejón oscuro, a unos cuantos hombres peleando en la acera o a un gatito atrapado en un árbol, pero la ciudad estaba increíblemente tranquila.
Resignado a que esa sería una noche tranquila y aburrida decidió entrar a un Dunkin' Donuts a comer algo con los diez dólares que traía en el bolsillo. Se sentó en una de las mesas de brillante formica naranja que daba hacia la calle. Pasaron unos cuantos minutos antes de que un auto de policía se estacionara fuera y un par de alegres oficiales entraran al local y se sentaran a comer varios paquetes de donas en una mesa en el centro. Peeta los observaba, críptico. Uno de ellos era particularmente escandaloso, y su voz gutural le daba el aspecto de un rinoceronte riendo.
Peeta salió del local. La brisa era ahora más fría que antes. Caminó a través del estacionamiento, vacío a excepción el auto patrulla de los policías, cuando escuchó algo. En un principio solo parecía ser un murmullo incoherente, como el de un teléfono cuando está a punto de perderse la línea. Peeta se detuvo un momento a escuchar de donde provenía. No vio a nadie en un radio de veinte metros. El ruido volvió a repetirse; esta vez pudo entender fragmentos de palabras y la voz de una mujer: "Patrulla siete-cinco-uno, respondan".
Peeta se quedó lívido al comprender que el ruido provenía del auto patrulla. Volvió la cabeza al local, donde ambos oficiales seguían comiendo y riendo, ajenos al llamado de su radio.
"Se han recibido informes sobre el posible escondite de una banda de criminales. Se requiere inspección urgente", continuaba la voz. Peeta tragó en seco y se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, preguntándose qué hacer. Podría entrar al local e interrumpir a los policías y decirles que su radio estaba llamándoles. O, podría encargarse él mismo de la situación, y dejarles un merecido descanso a los oficiales. Con una determinación impropia de él tomó un gran respiro y se acercó al auto. Los vidrios estaban bajos y la radio seguía pidiendo una respuesta.
Peeta se inclinó con cuidado dentro del auto, mirando de soslayo a los policías, que parecían no haberse dado cuenta de lo que estaba haciendo. Estiró una mano y cogió el intercomunicador.
—Patrulla siete-cinco-uno reportándose, cambio —dijo, imitando la voz gutural del policía.
La radio tardó unos segundos en contestar.
—Hay informes de la localización del escondite de una banda de criminales buscados cerca de su posición actual, se requiere una inspección y respuesta urgente, cambio.
Peeta tomó aire y volvió su cabeza al local. Los policías seguían riendo, ignorantes de lo que pasaba.
—Copiado —respondió—. Iremos para allá, cambio.
La radio dictó la dirección, unas calles más arriba del Dunkin Donuts. Peeta procuró grabarla en su mente y a medida que se dirigía para allá, la repetía como un mantra, una y otra vez.
Estaba excitado. Era su primera misión como héroe real (porque el fracaso de la vez anterior no contaba) y era además un trabajo de verdad. Se sentía algo culpable por haber intervenido la línea policial y se preguntó fugazmente si no estaría aplicando una doble moral para actuar de héroe. Pero también era consciente de lo inútil que había sido la policía los últimos meses para combatir el crimen y eso le alentaba a hacer su labor.
No tardó en llegar. En la calle no había ni un alma. Algunos carros viejos y aparatosos estaban aparcados frente a los decrépitos edificios que conformaban la manzana. Todos eran idénticos, de tres pisos, con paredes llenas de filtraciones y placas a punto de derrumbarse de pura mugre. Peeta entró al que tenia los números 3058 en la entrada y subió hasta el tercer piso.
Se había quitado la chaqueta al salir del estacionamiento y ahora solo llevaba puesto el traje que había comprado. En el hospital se lo habían devuelto al salir y él se había encargado de lavarlo y enmendarlo. No podía ser un héroe si no llevaba traje y mascara.
Cuando llegó al tercer piso no le fue difícil reconocer el apartamento. Un gran hombre de tez oscura se encontraba sentado junto a la puerta como portero. Suspiró y trató de alejar el creciente temor de su cuerpo mientras se acercaba al hombre. Este levantó la cabeza de su revista al ver a Peeta frente a sí.
—Déjame entrar —exigió Peeta, con toda la altanería que pudo demostrar. El hombre lo vio un momento antes de tirar la revista al suelo y cruzar los brazos sobre su vasto pecho, evaluándolo inquisitivamente.
—Adelante —respondió al cabo. Abrió la puerta y lo dejó entrar, no sin antes resoplar algo sobre los jóvenes y la moda.
Peeta entró al apartamento asombrado de lo fácil que había sido. Tal vez aquello no fuese tan difícil como pensaba. Dentro, el olor a decadencia humana era insoportable. Atravesó el desastroso pasillo esquivando colillas de cigarros, botellas vacías y condones usados. Llegó a lo que parecía una sala amplia, con una puerta que parecía ser una habitación, un balcón que daba a la calle y una ventana con salida a la escalera de emergencia del edificio.
Tres hombres estaban sentados en una mesa a un lado de la habitación jugando cartas e ignorantes de la presencia de Peeta allí. En el mueble frente al televisor había otros dos, que estaban embelesados en un videojuego, mientras una mujer con ropa que no dejaba mucho a la imaginación fumaba y se paseaba entre ellos como gata en celo. Un hombre estaba sentado en el suelo tratando de encender un cigarro. Peeta carraspeó para hacerse notar. El hombre del suelo fue el primero en verlo.
—¿Qué hay, amiguito? —preguntó con ojos rojos y ausentes.
Peeta se quedó estático un segundo. ¿Qué se supone que debía hacer ahora? Por primera vez desde que había llegado, todo aquello le pareció muy mala idea. Podría fácilmente salir justo ahora antes de que los hombres se alborotaran, llamar a la policía y dejar el asunto de lado, pero todo aquello era de cobardes. Y los héroes no son cobardes. Los héroes no huyen; los héroes acaban con los tipos malos. Y él acabaría con estos tipos malos. Se paró muy erguido y sacó un cuchillo de su chaqueta.
—Espera, espera, espera —musitó uno de los hombres que estaba jugando cartas y que ahora estaba a unos pasos de Peeta—. Guarda ese cuchillo, chico.
Peeta tragó en seco.
—Oblígame —exclamó mientras se lo tiraba al hombre del suelo sin pensarlo dos veces. Lamentablemente, la puntería nunca fue una de las habilidades de Peeta y la punta de su cuchillo quedó clavada en la pared junto a la cabeza del hombre. Todos los hombres se pusieron en guardia y dejaron lo que estaban haciendo para girarse a verlo.
—Muy mal movimiento, imbécil —rió el que le había hablado antes, acercándose a Peeta.
—¿Ah, sí? —respondió Peeta tratando de ocultar el nerviosismo de su voz. Su frente sudaba raudales bajo la máscara—. ¿Y qué hay de esto?
Peeta sacó del bolsillo de la chaqueta un táser, cortesía de sus amigos policías, y lo apuntó al hombre frente a él. Esta vez su puntería fue mucho mejor pues el táser le dio justo entre las cejas. La mujer gritó, los demás hombres se acercaron a donde estaba Peeta y dos de ellos lo sujetaron por detrás.
—¡Maldito hijo de puta! —gritó el que había sido atacado con el táser despegándose las puntas—. ¡Sujétenlo bien! Pronto deseará no haber nacido.
Peeta comenzó a patalear pero los dos hombres lo tenían sujeto demasiado fuerte. El tipo del táser, quien parecía ser el líder, despegó el cuchillo que Peeta había lanzado antes de la pared y trastabillando aun por el impacto eléctrico, se acercó hasta Peeta.
—No sé qué pretendías, entrando aquí. —Le dio una patada en la pierna pero Peeta no sintió más que un pequeño dolor. Despues le propinó otra en el estomago, un poco más dolorosa—. Pero te vas a arrepentir. ¿Unas últimas palabras?
—La justicia te hará pagar muy caro. —Peeta escupió a los pies del tipo.
—Pero miren lo que tenemos: un héroe. —Con una risa, el tipo levantó en alto el cuchillo mientras los que tenían a Peeta sujeto lo alzaban. Tan solo unos segundos y todo habría acabado. Peeta se sintió desfallecer. En ese momento comprendió a Castor y Pollux y todo lo que le habían dicho sobre el destino del iluso que pretendiera ser un héroe. No sobreviviría ni un día en el mundo real con los tipos malos reales.
Con una última ráfaga de determinación levantó la mirada y vio directamente al que tenía la intención de matarlo. No tenía porque sentirse débil en sus últimos segundos de vida, quería ser recordado por lo menos como Peeta Mellark, el loco que murió tratando de ser héroe. Esperó que la mano que sostenía el cuchillo se clavara en su corazón rápidamente, para no pasar por el dolor y la agonía, pero esa mano nunca bajó.
En un segundo el tipo estaba a punto de acabar con él con la mirada inyectada de furia y al siguiente caía sin vida hacia adelante, con los ojos en blanco. Al caer, un gran charco de sangre se extendió alrededor del suelo, y una imponente figura apareció, blandiendo un tridente con las puntas llenas de sangre.
—Y así es como Mister Finn, acaba con las perras —dijo el sujeto con una fantástica sonrisa.
Todos los hombres se quedaron un segundo perplejos, primero por ver a su líder muerto frente a sus ojos, y luego por aquel extraño hombre, que vestido con un ridículo traje azul y negro sostenía un tridente mortal y parecía ser capaz de asesinar a sangre fría.
Varios de ellos sacaron revólveres y cuchillos. Por un momento se olvidaron por completo de Peeta, que yacía ahora en el suelo y se había arrebujado contra la pared buscando confundirse con el empapelado.
—Parece que esta noche habrá movimiento en la habitación —suspiró "Mister Finn" mientras limpiaba el filo del tridente en el mueble con indiferencia—. Que comience el juego.
Peeta vio como Mister Finn se movía con agilidad por la habitación y blandía su tridente de un lado a otro con precisión. Uno de los tipos que lo había estado sujetando tenía un revolver en su mano pero con una hábil patada, Mister Finn lo había desarmado y luego había clavado el tridente justo en medio de su estomago, matándolo al instante. Otros dos tipos se habían abalanzado hacia él al mismo tiempo pero con habilidad, Mister Finn usó el mango de su tridente para hacerlos caer de boca al piso y luego atravesarlos con las puntas. Se giró justo a tiempo para hacerle un tajo en la garganta a uno de los que pretendía abalanzarse sobre él.
El tipo al que Peeta había visto drogado en la pared estaba acercándose lentamente por un lado de Mister Finn, con un revolver en la mano. Mister Finn alcanzó a verlo, y con una sonrisa presuntuosa se acercó a él, y utilizando el tridente como una extensión de su mano hizo que el hombre se volara los sesos él mismo. Otro hombre entró por la puerta que a Peeta le había parecido una habitación al principio y vio a todos sus compañeros muertos y a Mister Finn con un tridente en la mano. Trató de escapar pero Mister Finn lanzó el tridente como si fuera una lanza y logró clavarlo contra la pared, con el mango del tridente saliendo de su pecho.
Peeta apartó la mirada, tratando de no vomitar. Mister Finn atravesó la habitación para coger su tridente, justo antes de que el portero de afuera abriera la puerta para averiguar que era todo el alboroto. Mister Finn ni siquiera tuvo que usar su tridente. Con un par de golpes y movimientos acertados logró desnucar al hombre. Sonrió jactándose de sí mismo con confianza pero cuando volvió la cabeza, vio a la mujer enfundada en lencería apuntándolo con un revólver. Dejó el tridente clavado en el suelo un momento para hablarle con calma.
—No me gusta luchar con mujeres así que... —Pero no había terminado de hablar cuando la mujer se metió la boquilla del revólver en la boca y jaló el gatillo—. Eso fue más sencillo —bufó, encogiéndose de hombros.
Había sangre por todos lados, pero Mister Finn estaba límpido. Esta vez cogió el tridente y lo limpió en la camisa de uno de los cadáveres de la habitación antes de voltearse a donde estaba Peeta, que no se había dado cuenta hasta ese momento, pero estaba temblando.
—Oye, tranquilo. Estamos en el mismo bando —comentó Mister Finn accionando un botón en su tridente que lo replegaba hasta convertirlo en un simple palo brillante que envainó con certeza en una funda en su espalda. Tendió una mano a Peeta para ayudarlo a levantarse pero Peeta en cambio se giró a un lado y vomitó la dona y el refresco que había tomado de camino.
Se limpió como pudo y se levantó trastabillando.
—Eres nuevo por aquí, ¿cierto? —comentó Mister Finn mientras sacaba una bolsa de lona y metía todo el efectivo que encontraba en el departamento allí—. Lamento no haber intervenido antes, por cierto. Podría haberte evitado esas patadas.
Peeta negó con la cabeza restándole importancia al asunto. Estaba aun verde, y la visión de toda la sangre de la habitación no ayudaba mucho. Mister Finn cerró la bolsa y se la cargó al hombro.
—Creo que deberíamos irnos, se ha armado una buena. Los vecinos no tardaran en preguntarse qué ha pasado —caminó hasta la ventana que daba a las escaleras de emergencia pero Peeta ya estaba de camino a la puerta de entrada—. Joder, tienes que ser nuevo en serio. No puedes usar la puerta ahora. Ven por aquí.
Peeta asintió avergonzado y se apresuró a seguir a Mister Finn escaleras arriba. Llegaron a la azotea del edificio y se detuvieron al llegar al borde.
—Hay que saltar —dijo Mister Finn—. Debemos alejarnos rápido.
—¿Saltar? —preguntó Peeta, con la voz como un hilo—. Como… ¿de un edificio a otro?
Con un poco mas de cordura y menos sangre a su alrededor Peeta podía ver que el increíble Mister Finn en realidad parecía estar un poco loco.
—Sí, mira —respondió este—. Me has caído bien y creo que con esa actitud puedes calificar para entrar en nuestra liga. Solo necesitas un poco de entrenamiento.
Corrección, loco de remate.
—¿De qué liga hablas?
—Te lo explicaré cuando lleguemos, solo sígueme.
Mister Finn dio tres pasos hacia atrás para coger impulso y se lanzó hacia el edificio de al lado.
—¡Mierda! —exclamó Peeta en un susurro antes de ver a Mister Finn rodar en la azotea del otro edificio y luego levantarse con precisión.
—¡Rápido! —apremió a Peeta. El rubio cerró los ojos y respiró profundo. Lo haría, lo haría. Tenía que hacerlo. Algo en Mister Finn le fascinaba y le hacía querer seguirlo a como diese lugar. Tragó en seco y con una nueva descarga de adrenalina, dios tres pasos hacia atrás y salió corriendo hasta el borde.
Durante dos segundos, se sintió libre en el aire… hasta que la dura superficie de la azotea lo recibió con frialdad. Asombrosamente, no sintió más dolor que el que le hubiera provocado un golpe de almohada. Se levantó lo más rápido que pudo y continuó. Mister Finn lo veía con una sonrisa de aprobación.
Saltaron unas cuantas azoteas más hasta que Mister Finn indicó que ya estaban lo suficientemente lejos como para bajar. Anduvieron por varias calles y avenidas cada vez más sombrías, cada vez más alejados del centro. Peeta no sabía porque, pero ese extraño que parecía estar loco le inspiraba una gran confianza. Tal vez fuese porque lo había salvado de una muerte segura o porque con ese traje y esa actitud en verdad parecía un héroe.
Llegaron a una calle llena de edificios de oficinas viejos y galpones abandonados. Mister Finn guió a Peeta a uno con una puerta cerrada. Extrajo una llave de su cinturón y abrió la puerta con ella, dejando pasar a Peeta primero y asegurándose de cerrar luego.
El lugar estaba apenas iluminado por luces de larga duración que emitían una tenue luz blanca, antiséptica. Todo el lugar era frio y blanco, pero se veía bien conservado. Al entrar Peeta vio que a un lado de la puerta había unas escaleras que conducían a un piso superior pero Mister Finn las pasó de largo y cruzó a la derecha, por un largo pasillo de paredes y puertas blancas. Mister Finn entró a la última, donde descargó la bolsa de lona en el suelo y encendió las luces.
Se trataba de una amplia sala con una barra de bebidas en una esquina, un televisor y varios muebles. La única ventana que había estaba tapiada desde fuera.
—Siéntate un rato, no tardarán en llegar —explicó su anfitrión mientras abría un par de refrescos en el bar.
Peeta hizo lo que le pedía preguntándose con quienes se encontraría. ¿Serían más personas como Mister Finn? ¿Sería posible que en verdad existieran los héroes? Peeta no tuvo que esperar mucho para obtener sus respuestas. La puerta volvió a abrirse en ese momento, dejando paso a tres figuras muy diferentes entre ellas.
—Finnick Odair, date por muerto. —La primera era la de una chica menuda y altiva, que entró a la habitación haciendo aspavientos y mascullando maldiciones. La voz y sus gestos se le antojaron extrañamente familiares a Peeta pero enfundada en un brillante traje de cuerpo completo con un antifaz a juego no podía precisar su identidad.
—Tranquilízate, por todos los cielos. Ya está aquí y está bien. —El siguiente era un muchacho alto y de espalda ancha, con traje y antifaz similares, que iba tras la chica tratando de apaciguarla.
La última figura entró a la habitación de último y en completo silencio, y se apoyó en el marco de la puerta. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años que no iba vestido de ninguna manera extravagante, solo un par de pantalones oscuros y una camisa de botones blanca. Vio a Peeta unos segundos pero no dijo nada y volvió su atención a los otros tres chicos, esbozando una ligera sonrisa.
—Te dije que me esperaras —seguía diciendo la chica con tono acusador dirigido a Mister Finn, o Finnick Odair, como lo había llamado antes—. ¿Por qué te fuiste solo? ¿Pretendías hacerte el suicida o qué coño?
—Tranquilízate, ¿quieres? —calmaba Finnick con un tono de galán de telenovela—. No me fue nada mal. Era algo casi de rutina. Además, no estaba solo.
—¿Qué? —farfulló la chica, incrédula, mientras Finnick le pasaba una coca-cola fría a Peeta y todas las miradas se posaban en él—. ¿Y quién es este?
—Ah, un chico que quiero unir al equipo —contestó Finnick, tranquilo.
—Estarás jodiendo… —gruñó la chica—. Primero te vas a una misión solo y resulta que regresas con un chico al que pretendes unir al grupo. ¿Qué crees que somos? ¿Un puto club?
—Por Dios, mujer, estás haciendo una maldita tormenta en un vaso de agua —Finnick giró los ojos y tomó un trago de su coca-cola—. El chico tiene potencial, solo necesita entrenamiento.
—¿Has perdido la cabeza? —exclamó la chica—. ¿Acaso sabes siquiera como luce? Apuesto a que ni siquiera sabes su nombre. Podría ser un maldito espía.
—Te aseguro que no lo es, querida —canturreó Finnick—. Estaba dispuesto a pelear él solo contra una banda completa de criminales y hubiera muerto en el proceso si no hubiera sido por mi intervención.
—Eso no demuestra nada, podría ser un doble agente o… —refutó la chica.
—O un simple tonto que se cree héroe —intervino por primera vez el hombre de la puerta—. Quítale la máscara, Finnick. Nosotros somos cuatro y él solo uno, no corremos ningún riesgo.
Peeta se dio cuenta que hablaban de él pero no se movió de su asiento cuando Finnick se acercó y le quitó la máscara con una mano, descubriendo su rostro. La chica, que hasta hace unos segundos estaba exaltante, se quedó de piedra ante él.
—¿Peeta Mellark? —inquirió con confusión, tratando de rectificar lo que sus ojos veían. Peeta, al igual que todos los demás, se quedaron impactados ante las palabras de la chica.
—¿Lo conoces? —preguntó Finnick, diciendo en voz alta lo que todos pensaban.
—Claro —contestó la chica—. Estudia conmigo. —Empezó a desatarse el antifaz para dejarse ver de verdad. La mandíbula de Peeta casi cae al suelo cuando la reconoció.
—¿Katniss Everdeen?
¡Hola de nuevo! Bueno, espero no haber decepcionado a nadie con este capítulo. A partir de aquí es que la historia comienza a cobrar un poco mas de sentido y los personajes mas relevantes hacen su aparición.
Habría actualizado ayer por la noche pero fui en la tarde a ver Catching Fire y luego me pasé el resto de la noche tratando de asimilarla. Creo que fue demasiado para mis pobres nervios. No entraré en detalles para no spoilear a nadie, jajaja.
Gracias un millón de veces a las chicas que le dieron una oportunidad a esta historia y dejaron un precioso review. Hicieron mi día. Y en respuesta a sai: gracias, me alegra que te guste la idea a pesar de lo loca que es :) y como ves, esta semana he podido actualizar dos veces. Vamos a ver por cuanto puedo mantener este ritmo... todo depende del tiempo libre del que disponga.
¡Nos leemos pronto!
Mariauxi.
