Por fin pude actualizar, sé que Gankutsuou es un anime poco visto y por lo tanto pocas personas buscan fanfic's sobre este, pero espero que quienes lean por favor dejen sus comentarios, pues ellos me animan a seguir escribiendo.

Como siempre los personajes No me pertenecen, son propiedad de Alexander Dumas, producidos por el Estudio Gonzo...


-Si me permite decir Señora, no me parece adecuado que una dama, en especial usted se encuentre en un lugar como este.

-Bertuccio...

-¿Si Señora?

-No es la primera vez que visito una prisión.

-Lo sé Señora, pero Le Chateau d'If es la prisión más peligrosa, sin men...

-Sin mencionar que aquí están los criminales acusados de alta traición, lo se Bertuccio, pero prometí ayudar a los inocentes y sé muy bien que pueden haber personas justas encerradas en este agujero sin fondo.

-Pero Señora...

-No te preocupes, iré con Alí.

-Esta bien, la esperaremos en la nave, y por favor tenga mucho cuidado.

Al entrar en el recinto, comprobó las lamentables condiciones del lugar, aunque no era de extrañar que se encontrara así, pues había estado funcionando durante años recibiendo una escasa ayuda del gobierno. Sin saber el porque Haydea caminó guiandose con su mano por toda la pared.

-¿Qué desea ver, Señora?

-Si me permite, me gustaría ver el lugar donde fue encerrado hace algunos años el prisionero Edmond Dantes.

-¿Edmond Dantes? Señora, espere aquí iré a comprobar los registros y a preguntarle a mi superior.

El guardia se alejó con paso apresurado, dejando a Haydea y Alí.

-Alí, permanece en este sitio hasta que regrese y no cuentes esto a Bertuccio.

Alí en señal de obediencia llevó su mano derecha al corazón e hizo una profunda reverencia.

Haydea cerró los ojos inhalando profundamente, al abrirlos de nuevo vio como el guardia anterior se acercaba.

-Síguame, le mostrar la celda.

La caminata duró aproximadamente diez minutos, que parecieron una hora por el vaivén del silencio incómodo. La respiración de la joven emperatriz comenzó a hacerse dificultosa ya sea por la emoción o por que a esa profundidad el oxígeno escaseaba, sin poderlo soportar más apoyó su mano en la pared.

-¿Me permitiría unos momentos a solas? Por favor.

-Diez minutos, estaré afuera.

Tras escuchar el sonido de la puerta al cerrarase y unos pocos pasos del carcelero alejarse, dejó caer su cuerpo abrazando sus rodillas en el acto, mientras gruesas lágrimas salían de sus inocentes ojos.

-¡Oh, mi Señor! Aquí estuviste, aquí sufriste, aquí la venganza llegó a tu corazón. Señor mío, perdona que perturbé tu descanso, soy egoísta, pero necesito verte.

Limpiando con el dorso de su mano las lágrimas se irguió y tocó la puerta de grueso metal.

-¿Terminó? -preguntó el guardia guiándola a la salida.

-Si... ¿puedo hacerle una pregunta?

-Adelante.

-¿Qué sucedió con el prisionero?

-Pensé que al venir directamente a visitar su celda sabría lo sucedido... Bueno, le encerraron de por vida, pero según he oído logró escapar cuando llevaba veinte años de la condena, lo buscaron pero nunca lo encontraron, así que lo dieron por muerto.

-Ha sido muy amable.

-¿Cómo lo conoce usted?

-Un viejo conocido.

-¿No es usted demasiado joven para conocerlo?

-¿Le parece? Necesito que me dé información sobre el resto de los prisioneros.

-Obtener toda esa información tomará semanas.

-Comprendo. Cuando la tengan envíenla a mi despacho en Janina.

La visita a Le Chateau d'If había arrojado más angustia a la joven reina, mientras recorría las calles de una Viena dormida en un carro tirado por cuatro hermosos castrados. Miraba por el cristal de la ventana los perfectos copos de nieve caer, mientras que la presión de su pecho volvía a incrementarse, con un quejido inaudible llevó su mano al pecho, presionando su corazón que comenzaba a congelarse.

-No lo puedes evitar.

-Gankutsuo...

-Es el precio que debes pagar, pero mira... Allí en esa esquina, dime ¿quién es ese desgraciado?

-Conde -susurró- ¡Alí, detén el carro!

Casi al instante el aliengena obedeció, Haydea del mismo modo se lanzó de él sin decir alguna otra palabra.

-Señor...

El sorprendido y maltrecho hombre se arrastró hacia la oscuridad del callejón tratando de huir.

-No le haré daño. Seguramente tiene frío, espere un segundo –dijo quitándose el mullido abrigo que llevaba-, esto lo mantendrá caliente –sonrió al colocarlo sobre los hombros del tembloroso Edmond—mi nombre es Haydéa, ¿cuál es su nombre?

Silencio, lo único que pudo escucharse, luego de formulada la pregunta.

-Por favor, acompáñeme, en mi carruaje tengo más abrigo y podría ir a mi casa a comer…

El hombre impelido por el miedo y la desconfianza, se levantó para alejarse de la amable pero extraña samaritana.

-Perdone, por favor no huya. No tiene que acompañarme, vendré mañana, le traeré comida y un mejor abrigo.

El indigente se detuvo en la penumbra para ver a su ayudadora, quien le dedicó una cálida sonrisa maternal. Él respondió con un leve asentimiento casi imperceptible.

Haydéa se alejó con una tenue sonrisa, que al subir al carruaje se convirtió en brumosas lágrimas. Había encontrado al hombre que amaba y estaba demasiado feliz para poder expresarlo, pero las condiciones en que lo miraba destrozaban su corazón.

Al día siguiente acudió más temprano con la esperanza de verlo, esperó cerca de dos horas bajo la densa nevada, pero nada. Continuó de esa manera por otros dos días más alternando la hora de la visita, su amado desgraciado seguía sin aparecer, comenzaba a perder la esperanza, al fin y al cabo él pudo haberse marchado para alejarse de ella, si era cierto lo que Gankutsuo decía, ella sólo era una extraña.

Al cuarto día decidió adentrarse más en ése callejón para poder dejar la comida y el abrigo prometido. Con la escasa luz logró vislumbrar un improvisación de casa con cartones rotos y mojados, al acercarse más vio al miserable acostado sobre el suelo húmedo, tapado con el abrigo que ella había dejado. Se agachó para apartar unos mechones de cabello, notando que su rostro ardía, supo que los días anteriores había estado en ésa misma situación.

-¡Alí! –logró gritar sin que su voz se quebrara- ¡Rápido, Alí!

El criado velozmente acudió al lado de su señora.

-Alí, necesitamos llevarlo a casa.

Con una inclinación de cabeza, cargó al vagabundo hasta depositarlo dentro del carruaje. Cuando Haydéa también estuvo dentro Alí exigió toda a la velocidad a las máquinas. Antes de llegar a las puertas de la estancia una voz lo detuvo.

-Alí, llévalo a mi habitación. No dejes que alguien lo vea, luego ve a buscar un médico y hazlo pasar del mismo modo.

Cuando la señora de la casa cruzó el lumbral de la puerta principal el lugar ya estaba en movimiento.

-Sea bienvenida, Señora.

-Gracias Bertuccio. El desayuno lo tomaré en mis habitaciones.

-Enseguida Señora.

Mientras subía por las escaleras se encontró con Alí quien con una sonrisa y una inclinación indicaba que había cumplido con éxito su trabajo. El final del trayecto Haydéa siguió erguida pero con un paso más acelerado. Al entrar en sus aposentos, y por fin pudo correr, ¡por fin pudo verlo! La oscuridad del callejón había desaparecido, un hombre pobremente vestido, delgado, levemente bronceado (sin duda por la oscura prisión), cabello, barba y bigotes largos y enmarañados; todo el esplendor místico que un día poseyó el Conde de Montecristo eran sólo un recuerdo.

La estatua nívea invadida por el aturdimiento se puso de rodillas al lado de la cama tomando una de las manos del forajido.

-Señor, permite a tu esclava, regresar el resplandor que te pertenece –dijo besando una de las sucias manos—permite que me quede a tu lado lo que resta de nuestras vidas…

La ferviente declaración fue interrumpida por el llamado de la puerta.

Apresuradamente Haydéa se acercó a la puerta para recibir.

-Mi Señora, le traigo el desayuno.

-Gracias, démelo, puede retirarse.

-Mi Señora, es necesario que se lo sirva.

-No es necesario, aún no tengo hambre.

-Pero Alí nos ordenó que hoy le diéramos un poco más.

-Espere un momento, me vestiré –dijo resignada, soltando un suspiro y cerrando la puerta.

Al acercarse a la cama Haydéa bajó las cortinas de seda oscura que rodeaban su lecho. Sin más remedio se desprendió de sus ropas y se vistió únicamente con una bata.

-Adelante -ordenó tomando asiento en unos sillones persas.

La mucama cruzó la habitación y colocó la bandeja sobre una mesita de roble, pero antes de marcharse pudo distinguir a su ama.

-Señora, si me permite, le cambiaré de ropa.

-No se preocupe, estoy bien.

-Si se siente incómoda conmigo, llamare a sus criadas personales...

-No. Permaneceré un roto más así.

-Pero podría recibir visitas, además, todos los ricos tienen quien les ayuda.

-Espero que no me clasifique junto a todos los demás.

-¡Por supuesto que no, mi Señora!

-Puedes retirarte.

-Lamento mi indiscreción Señora.

Al escuchar Haydéa que la puerta se cerraba cogió la bandeja, y se sentó al borde de la cama.

-Oh, mi amado Señor, por favor despierta -suplicó Haydéa acariciando la maraña de cabello que tenía Edmond, hasta que oyó un toquido en la puerta- ¿quién?

-...

-Adelante, Ali.

El esclavo mudo se acercó hasta la cama, con una inclinación de cabeza de parte de Haydéa hizo entrar tras de si a un hombre ya mayor que en su mano llevaba una maleta.

-Su Majestad -dijo haciendo una torpe inclinación.

-¿Es usted el doctor?

-Si, mi Señora.

-Bien, acerquese, aquí esta su paciente...

El anciano reprimió una mueca de horror, pues no era posible que un hombre tan horrendo estuviera en el regazo de una reina. Con todo el aplomo de los años que llevaba trabajando se acercó al hombre y comenzó a examinarlo, tras unos cuartos de minutos miró a Haydea y con voz solemne dijo:

-No conozco las circunstancias, pero sé que estuvo a punto de morir.

-¿Aún hay peligro? -preguntó Haydéa reteniendo la respiración.

-Lo hay, pero si tiene un buen descanzo y toma la medicina apropiada se recuperará rápidamente. Bien la receta se la daré a su sirviente.

-Gracias doctor, Ali lo acompañará a la salida y le pagará generosamente sus honorarios.

Cuando Ali cerró la puerta tras el médico, Haydea soltó un hondo suspiro y continuó acariciando la cabeza del desgraciado.

-Todo estará bien, amo... Nada ni nadie volverá a lastimarlo, y si usted me lo permite dedicaré mi vida entera a hacerle feliz.

Tras varios minutos se volvió a oírse el toquido de la puerta, Haydea conociendo de quien se trataba, dijo secamente:

-Adelante, Ali.

Cuando el esclavo entró lo hacía con una bandeja donde habían frascos y una nota. Antes de retirse Ali hizo una inclinación.

Haydéa leyó atentamente una parte: "Su Majestad, le recomiendo que encargue a alguien más la aplicación del medicamento, pues puede tener reacciones violentas".

Haydéa se mordió el labio inferior tras meditar en esas palabras, pero no podía arriesgarse más de lo que ya había hecho, a pesar de la advertencia del doctor y para alivio de ella, las reacciones violentas no se presentaron al darle la primera dosis.

El resto del día lo atendió y alimentó, en los breves momentos en que él recobraba lucidez. A las cuatro de la tarde, al verlo dormir y comprobar que la fiebre había disminuido, se dirigió a una sala en el ala sur, donde su arpa le esperaba, a través de las notas pudo transmitir sus sentimientos y esperanzas. Un golpeteo en la puerta le alertó de la hora, las siete y media, la cena estaba a punto de ser servida.

Apenas probó bocado, pues su mente estaba en otra parte, cuando por fin subió a sus habitaciones, estas estaban a oscuras, le pareció extraño que la brisa de la noche inundara el lugar. Al encender la luz, sus ojos tropezaron con otro par de color marrón.

-¡Sácame de aquí!

-¿Se encuentra bien? –le interrogó amorosamente.

-¿Por qué? ¿Por qué me tienen nuevamente encerrado?

-Mi Señor, usted no está encerrado, puede marcharse cuando guste, pero lo he traído aquí porque no podía dejarlo morir en ese horrible lugar.

-¿Por qué? Tú no me conoces…

-Sé lo suficiente, es usted un buen hombre que necesita ayuda.

Al instante Edmond retrocedió unos pasos, para luego desplomarse sobre la alfombra.

-¡Ah! ¡Señor!

-Edmond, soy Edmond Dantes, prófugo de Le Chateau d'If, no soy un buen hombre, como has de reconocer.

-Se equivoca usted, lo que ha dicho no ha hecho más que confirmar que es alguien bueno.

-Tú… eres testaruda.

-Es la primera vez que alguien me dice eso, vamos, debe descansar, ¿desea algo de comer o beber?

-Vino, una copa de vino.

-Lo que desee, vaya a la cama, enseguida se lo llevaré.

Al instante en que el Merlot llegó a su boca, Edmond suspiró satisfecho, la dulzura del vino le recordaba la dulzura de aquella mujer, su Mercedes. Una lágrima se resbaló por su rostro, se dio cuenta de ello cuando la mano de la joven tocó su mejilla, esa inocente testaruda le recordaba algo, algo que no tenía muy claro.