La despedida

Todo en mi vida es perfecto. Mi familia está mejor que nunca, tanto la mortal como la inmortal, tengo un mejor control en mi escudo, mejor autocontrol y lo que es todavía mejor es que tengo junto a mí a dos preciosos ángeles. Uno es mi esposo. Mi Edward, la otra mitad de mi alma y el otro es mi Renesmee, mi preciosa hija. Los amo con locura. Mi adorada princesita sigue creciendo, ahora aparenta la edad de nueve o diez años y Jacob, mi mejor amigo, no se separa de ella. Esta unión todavía me es un poco incomoda, pero ellos se quieren y ¿Cómo les podría prohibir esa especie de relación si yo misma se que se siente cuanto te separan de la razón de tu existencia?

Sin embargo, hay una pequeña cosa que está mal y que me arruinaba mi feliz existencia. Nos tenemos que ir de forks. Ya había pasado demasiado tiempo y la gente empezaba a sospechar de nosotros, también debíamos ocultar el rápido crecimiento de Renesmee.

Así que por eso vamos en dirección a casa de Charlie, para despedirnos. El estaba al tanto de nuestro inminente viaje, y aunque le costó aceptarlo sabe que lo hacemos por el bien de todos. Pero eso no lo hace más agradable.

-Bella, amor ¿Estás segura que quieres hacer esto?

-Si Edward, tenemos que hacerlo. No podemos esperar más tiempo y lo sabes. No me gusta demasiado pero no tenemos la capacidad de hacer que las cosas marchen bien si nos quedamos por más tiempo.

Suspiró. Volteé a ver su cara, estaba llena de preocupación por mi decaído ánimo.

-Cariño, no quiero que te inquietes por mí, voy a superar esto, al fin y al cabo ya sabía que me tendría que separar de Charlie. Es lo mejor para nuestra familia – dije con una tranquilidad apenas estable. Me sorprendí de que mi voz no hubiera sonado histérica. Estaba hecha un manojo de nervios.

-Está bien – murmuró.

Renesmee se revolvió en mis brazos.

-¿En serio tenemos que irnos, mami? – dijo con tristeza y un poco de resignación.

Le tenía un inmenso amor a su abuelito. Yo entendía claramente que mi hija iba a sufrir con esta separación, pero… era lo correcto. Me partía el corazón verla triste por eso. Me sentía tan impotente. Tan fuerte y tan débil al mismo tiempo.

-Lo siento cariño. Es por el bien de todos.

-¿Por qué?

-Nessie, ya lo hablamos. Las personas empiezan a sospechar por nuestro aspecto, se extrañan que luzcamos igualmente que cuando llegamos. – respondió Edward por mí. Le acaricio suavemente la mejilla mientras de decía esto.

Hizo un triste puchero y ocultó su cara entre mi cabello.

Miré a Edward. Sus ojos reflejaban mi sufrimiento.

No volvimos a hablar de eso. Legamos a casa de Charlie en menos de cinco minutos. Si mi corazón siguiera latiendo estaría a punto de explotar por la forma tan rápido de mí amado esposo. Bajamos del auto. Apretaba la mano de Nessie con la mano izquierda, mientras que mi mano izquierda estaba entrelazada con la mano del hombre de mis sueños.

Se me hizo eterno el camino hasta la puerta.

Suspiré y toque tres veces. Charlie se encontraba en la cocina así que no tardó mucho en abrir la puerta.

-¡Hola chicos!, que sorpresa – nos saludo Charlie alegremente. Se me hizo un nudo en la garganta al ver su rostro tan feliz. ¿Por qué la vida es tan complicada?

- Hola papá – dije con voz medio ahogada.

-Hola Charlie – le saludo Edward amablemente. El también le tenía aprecio a Charlie. Al fin de cuentas era su suegro.

-Hola abuelito

-¡Oh!, que nena tan preciosa. ¿Cómo estás cariño? – Charlie se puso de cunclillas para abrazar a Renesmee que se soltó de mano y acudió gustosa a los brazos de Charlie – Pero, pasen chicos.

Se hizo a un lado para permitirnos entrar. Seguimos hasta el salón y nos sentamos juntos en el sillón. Justo como la vez que fuimos a decirle de nuestro compromiso, Charlie se sentó frente a nosotros.

Respire hondo. Apreciando y tratando de grabar en mi memoria el aroma de mi padre. ¡Cuánto lo iba a extrañar!

-Papá… - empecé, pero las palabras se me atascaron en la garganta. No podía decirle eso a mi padre. Sentí como si me ahogara. Miré a Edward en busca de apoyo, y en cuanto se cruzaron nuestras miradas le rogué con los ojos que continuara él.

Me acarició la cara con su mano lleno de angustia, pena y preocupación por mi sufrimiento. Asintió. Volteamos a ver a mi padre quien nos estaba mirando receloso por las caras raras que hacíamos. Se mostró claramente desconfiado.

-¿Qué iban a decir? – preguntó despacio.

Renesmee tenía la cara oculta, pero podía adivinar que estaba a punto de llorar. Conozco muy bien a mi hija y sé cuando esta triste.

-Charlie – dijo Edward mirándolo apenado -… ha llegado la hora de irnos de forks.