Capítulo 1

La misteriosa enfermedad del Visitador Gálvez

"En una oportunidad, en Ures y bajo una tensión muy particular,

Gálvez dijo ser, entre otros personajes de importancia,

rey de Prusia, Carlos XII de Suecia,

ayudante del almirante de España,

San José, y finalmente

el mismo Padre Eterno."

Capítulo VIII. Arizona Hispánica

Iris H. W. Engstrand

Frontera de Nueva España, misión-aldea de San José, 16 de Mayo de 1770

"Llevamos dos semanas de misión sin que nada relevante haya ocurrido aun."

Amelia observó con cierta resignación la primera línea del informe aun por redactar; se negaba a volver a escribir un "sin novedad", pero por otro lado encontraba que no había otra manera mejor de resumir lo acontecido hasta el momento. El jaleo fuera no la dejaba concentrarse, así que tapó el ventanuco del cuarto con una de las tablas de madera y asegurándose de que nadie la veía sacó el mechero de Pacino para encenderse una vela de sebo. Quizás un poco del día a día, pensó, sin entrar en detalles.

"Debido a la falta de actividad, la moral de la patrulla ha sufrido altibajos durante estos días. La espera ha propiciado que cada uno busque actividades acordes a su tapadera, para encajar mejor en la dinámica de la comunidad y facilitar las cosas en caso de que la misión lo demande."

Amelia revisó el párrafo con satisfacción: genérico, sincero y nadie quedaba mal. Dejaba claro que todos arrimaban el hombro a pesar de que, en palabras de Julián, casi que era mejor volverse.

La misión que se suponía tenían que llevar a cabo era, como todas, en principio bastante simple: tenían que esperar la llegada de José de Gálvez, por aquel entonces Visitador del Rey, y comprobar las fechas de su paso por aquel lugar; también debían confirmar como verdaderos los síntomas de la enfermedad de la que se recuperaría en el camino de regreso a Ciudad de México. Existía debate sobre si la extraña demencia que le había asaltado a finales del 69 y principios del 70, se debía a envenenamiento (a nadie le gusta un Visitador, había comentado Alonso) o a fatiga; era su misión confirmar lo descrito en las crónicas (Julián había estado estudiando un par de manuales de psiquiatría y había equipado el botiquín de manera acorde, por si acaso), así como asegurarse de que la travesía acababa bien.

Amelia volvió a mojar la pluma y suspiró, molesta: antes de enviarles, en cualquier caso, alguien podría haberse asegurado de que el VIP (como lo llamaba Julián), pasaría por allí. "Esto se parece a una obra de teatro que me tuve que leer una vez en el instituto", había confesado hacía dos días durante la cena. "Esperando a Godot, se llama. Y alerta de spoiler, en la obra del Godot ese sólo se habla. Un timo de obra."

Actividades diarias, se recordó Amelia, y menos quejas y tacos. Aun tenía un informe que terminar. Se acordó de Alonso y cómo había pasado la mayor parte del tiempo cuidando las yeguas del fallecido sargento García.

"El agente de Entrerríos sigue familiarizándose con los modos de los soldados de este tiempo. Además de estudiar sus ordenanzas y deberes, sigue al cuidado de unas yeguas que el destacamento volante ha dejado en las cuadras de la misión, como reserva, y que parece pertenecían al desafortunado sargento García. Hoy he podido ver con qué paciencia y cariño trata a los animales, algo que los días iniciales había tomado con menos talante debido al carácter casi salvaje de las monturas. Ignoro si estará en las reglas de los soldados, pero hoy al buscarle he podido ver cómo les hablaba, a cada yegua por un nombre, cuando les iba a dar de comer. Su forma de tratar a los indios que habitan en la aldea ha mejorado también. De una abierta desconfianza inicial ha pasado a intercambiar palabras con ellos y a practicar algunos juegos que ha podido aprender de los más jóvenes. Hay algo más calmo en él, desde hace unos días. Quizás hable únicamente por mi, pero creo que las últimas salidas dejaron en todos nosotros una suerte de sombra que parece haberse extinguido en este lugar."

Amelia se sintió extrañamente calmada al acabar la frase, como si ponerla sobre el papel aliviase un peso que no sabía que había estado ahí; haría más de una semana que habían llegado a la conclusión de que Salvador les había enviado a aquella pérdida de tiempo para darles un descanso; sin embargo, no había sido consciente de lo mucho que les había ayudado estar allí, atrás en el tiempo, en un trabajo que no era tal.

No había sido consciente, comprendió, hasta escribirlo.

Buena parte de culpa la tenía aquel tranquilo lugar. La misión de San José estaba al fondo de un pequeño valle, no muy profundo, por el que pasaba un río que daba a las tierras pozos y razonable fertilidad. El recinto de la misión, que había sido un presidio en tiempos abandonado y luego retomado por dos frailes franciscanos, había acabado rodeado de chozas y de tierra de labor. Más de veinte años habían pasado fray Luis y fray Emilio, acogiendo y cristianizando a todos los indios que habían querido buscar refugio allí, y lo cierto era que habían tenido un razonable éxito, al punto de que convivían elementos de varias tribus en razonable (al menos nadie se mataba) armonía. Aprovechando que la misión aun conservaba cuadras y habitaciones, una compañía volante de una docena de hombres la había tomado como acuartelamiento años atrás.

Amelia había consultado mil veces el listado de misiones y presidios que había sacado con ella del Ministerio, sin haber encontrado San José en ninguno de ellos. Supuso, no sabía si acertadamente o no, que la Historia se había olvidado de aquel lugar por algún motivo. La paz y la tranquilidad, había acabado por suponer, bien podía ser uno de ellos.

"Del destacamento volante no hay noticias y la misión de San José sigue sin protección, pero no parece por ahora necesitarla y en palabras de los frailes nunca ha sido del todo necesaria. La compañía asignada lleva varias semanas fuera en un encargo que, por lo que sabemos, en nada tiene que ver con el Visitador Gálvez. Con respecto a las relaciones con los indios de fuera, los "indios bárbaros" los llaman, no son de enemistad, al punto de que varias veces al mes vienen emisarios de varios grupos vecinos a comerciar. Hemos podido presenciar la visita de dos. Normalmente ofrecen pieles o piezas de caza, a cambio de grano o fruta de la que este año parece haber abundancia en los cultivos que rodean la misión. Las relaciones de los indios bajo la protección de los frailes, entendemos que ha seguido la dinámica habitual de este tiempo."

Amelia dejó de escribir un momento y pensativa se pasó la pluma por la nariz. Contar que Pacino y Alonso habían enviado a fray Emilio al dispensario por haber vareado a uno de los muchachos Chiricahua, estaba de más; bien cierto era (ella había estado delante), que Alonso y Pacino sólo se habían defendido tras recibir la vara del fraile y que la pierna y el brazo rotos habían sido accidentales al caer el hombre por las escaleras que daban a lo alto del muro sur. También era verdad que el gruñón y temperamental fray Emilio había aprendido que la autoridad y la disciplina no significaba violencia gratuita y desproporcionada; no obstante y técnicamente aquello suponía una violación de las normas del Ministerio que Ernesto o Salvador podrían censurar. Con respecto al fraile, Alonso había argumentado que lo poco que había visto allí no se distinguía mucho de cómo los frailes trataban a la gente a su cargo, en su tiempo, en la península, a lo que Julián había respondido que una cosa era reprender a un chaval por hablar sin permiso con una muchacha (que esa era otra, pero en fin, no se le podían pedir peras al olmo al siglo XVIII) y otra varearlo por ello en público atado a una estaca.

"El agente Martínez ha podido colaborar en el dispensario, ya que uno de los frailes sufrió heridas accidentales causadas por nuestra presencia, por lo que se imponían medidas correctivas. En palabras de Martínez hay poco trabajo, exceptuando el desgraciado accidente del fraile, y algún caso puntual de insolación. Con respecto al agente Martínez, su interés por mantener una buena relación con los indios le ha llevado a aprender algunas palabras sueltas en varias de sus lenguas, ya que no todos los nativos al amparo de la misión comparten origen. "

Sonoros chillidos de júbilo y alocados gritos de guerra atravesaron la madera del ventanuco.

Amelia suspiró de nuevo, molesta. No hacía falta asomarse: el Atlético Chiricahua había marcado un gol. Esperó de corazón que Julián y Pacino supieran lo que hacían; mejor dicho, esperó que aquello no se les fuera de las manos porque desde luego no sabían lo que hacían. La relación entre los Pueblo y los Chiricahua no era mala últimamente (no tan mala como con Navajos u otros Apaches, por ejemplo, a los cuales sólo se les veía por la misión cuando venían a hacer trueque); pero no estaba segura de cómo le afectaría un derby.

"La conducta del agente Martínez y el agente Pac..., Méndez, se ha centrado principalmente en conseguir información y buenas relaciones con los indígenas. En la tapadera ideada por el agente Martínez, somos mercaderes que vienen de un viaje por Filipinas y Japón, traídos a costa por un mercante Portugués. Aunque se barajó la opción de que la tapadera estuviese más ligada a los territorios del Sur, ni nuestros acentos ni nuestros conocimientos en la época hubiesen podido sostener el engaño a la larga."

Amelia volvió a pasarse la pluma por la nariz, lo que le causó un pequeño estornudo que estuvo a punto de tirar el tintero. Recordó que los nombres ideados por Julián para la tapadera habían sido extrañamente elegidos; él era Tomás Panadero, natural de Villaviciosa, mientras que Alonso respondía al nombre de Benjamín Prais, de Barcelona. Pacino y ella habían sido Óliver y Patricia, señores de Aton, de Vizcaya. El haber pasado como matrimonio les había proporcionado un cuarto propio lo cual, reconoció Amelia al notar cierto sonrojo subirle, quizás había contribuido en más de una ocasión a encontrar aquella misión tan reconfortante.

Especialmente después de hacerse con una pila de baño con capacidad para dos.

Carraspeó incómoda antes de volver al informe: existían detalles que tampoco hacía falta especificar. En cierto sentido, concluyó revisando lo escrito por enésima vez, no había necesidad de especificar nada de aquello; excepto quizás la muerte del sargento García, lo cual ya había cubierto en el primer informe, nada de aquello importaba. Suspiró, harta. ¡De Gálvez no había noticia, ni la habría, y no tenía ni idea de cómo explicar a Salvador que a Pacino y a Julián, en un anacronismo de traca, les había dado por enseñar a jugar al fútbol a los indios! ¡Vaya misión chapucera! ¡Si al menos fuera una misión! ¡Pero no lo era! ¡Cómo demonio se podía hacer un informe de unas vacaciones! ¡Era de locos!

Molesta, cansada y perdida la paciencia con un nuevo gol afuera, se pasó la mano por el ojo sin darse cuenta de que llevaba los dedos negros de tinta. Cuando se percató era demasiado tarde y un manchurrón negro, lo supo al pasarse la palma limpia por el párpado, le debía cubrir el ojo completamente. Torpemente buscó un pañuelo y al hacerlo, con el codo tiró el tintero sobre el pliego del nuevo informe, empeorándolo todo.

- ¡Joder! ¡Joder! ¡Mierda! ¡Mierda! -soltó por la boca pensando en un "mecachis".

Suspiró, contó hasta tres. Demasiado tiempo cerca de Pacino y Julián le comenzaba a poner las mismas barbaridades en la boca. Logró tranquilizarse, secó con arena lo mejor que pudo la tinta derramada y en un nuevo pliego de papel logró escribir con la que quedaba:

"Llevamos dos semanas de misión sin que nada relevante haya ocurrido aun."

Listo. Perfecto. Se acabó. Ahora foto y a enviarlo a Ernesto.

Sacó el móvil y tras repetir la secuencia de toques varias veces, un cosquilleo de inquietud le subió hasta la coronilla desde la nuca.

No tenía cobertura.


Cuando Amelia salió de su cuarto esperaba encontrar el patio vacío; había olvidado que aquella no era su tarde y con una nueva maldición en los labios comprendió que el partido fuera de los muros de la misión justo había terminado, con jugadores y público entrando en incontrolable bulla y desaforados gritos camino de la capilla.

Para ser franca, debía admitir que la idea de bombero de poner a los indios a jugar había mantenido a los jóvenes bastante ocupados. Con fray Emilio en el dispensario sin poder amenazar a nadie con la vara, y los dragones ausentes, fray Luis había tenido que pedirles ayuda para controlar ciertas indisciplinas que habían ido en aumento, sobretodo entre los jóvenes. Genaro (Nube Blanca), por ejemplo, se había atrevido a coger de la mano a María de las Mercedes (Pequeña Saltadora), lo que aunque había sido con permiso de la muchacha, había dado valor a muchos otros para saltarse normas como compartir confidencias, buscarse después del rezo o las tareas o, y aquello era lo más preocupante, escaparse a los sembrados a, en palabras de fray Luis, probablemente pecar en concupiscencia. Habían estado a punto de celebrarse dos bodas desde el accidente de fray Emilio, y sólo las confesiones aclaradoras de las parejas habían evitado Sacramentos mayores. Tras el segundo incidente, y puesto que Pacino y Julián ya habían cogido algo más de confianza con los habitantes al cuidado de la misión, habían empezado a organizar varios equipos de fútbol que mantuvieran a los varones jóvenes la mayor parte del tiempo entrenando y cansados, para evitar males mayores.

Mal le pesara a Amelia, tenía que admitir que la idea había funcionado; por un lado Pacino y Julián habían encontrado una manera de matar el tiempo y por otro las indisciplinas entre los jóvenes se habían reducido a cero; bien cierto era que aunque no entendía de fútbol, no estaba segura de si el juego que practicaban seguía del todo sus reglas. En palabras de Julián los chavales habían añadido nueva reglamentación "estilo indio" que le daba más salsa al juego, como placajes por debajo de la rodilla, cargas legales de hombro y como una rutina al inicio de cada encuentro, una pequeña tangana inicial para derimir la elección de campo y portería.

Si era por cansancio o amoratamiento, chicos y chicas volvían a mantener una distancia (en público al menos) que fray Luis agradeció al nuevo deporte, especialmente tras asociar advocaciones a los diferentes equipos. Precisamente a eso iba el Sporting Pueblo a la capilla, hinchas incluidos: a agradecer la victoria a San Pedro. Los jugadores del Atlético Chiricaua (le tocaba entrenar a Pacino), debían de seguir fuera asimilando la derrota. Con el gentío y la polvareda en el patio de la misión (y Julián y varios de sus jugadores llevados en hombros por la masa), Amelia no vio aparecer a Alonso a su lado.

- Amelia, debo hablaros... Hablarte -dijo alarmado Alonso a su lado, por sorpresa-. Hay un problema.

- Eh... Claro, Alonso -respondió Amelia-. ¿Qué ocurre? ¿Tú tampoco tienes cobertura?

- ¿Cobertura, decís? -preguntó perplejo, sacando su móvil-. No me había fijado...

Amelia comprobó de un vistazo que él tampoco tenía cobertura. El escalofrío que le había sobrevenido en su cuarto se le intensificó especialmente detrás de las orejas. Detuvo en seco el intento de Alonso de contarle lo que fuera que, con toda probabilidad, incluía alguna nueva habilidad de sus yeguas.

- Debemos ir a la puerta -ordenó Amelia-. Esto no me gusta.

Ambos se encaminaron a las cuadras evitando pequeños ríos de gente mientras fray Luis, a lo lejos y con la capilla abarrotada, iniciaba un rezo al patrón. Mejor avisar a Pacino y a Julián después, no fuera a ser una falsa alarma. Cuando esquivaron el último grupo de camino a las cuadras, Alonso decidió no esperar más.

- Creo que lo que venía a deciros puede estar relacionado -dijo sin aflojar el paso.

- Perdona Alonso -rogó Amelia-. ¿De qué se trata?

- Es el año, Amelia -dijo Alonso parándose-. ¡El año!

Amelia se detuvo en seco. Frente a ella Alonso había puesto el libro regalo de los frailes, que por algún motivo goteaba levemente un líquido translúcido y espeso; en una de sus primeras hojas la fecha de edición databa de 1772.

- Pero, pero... ¿No eran estas las ordenanzas del año 29?

- Fijaos -insistió él-. El editor menciona al tercer Rey Carlos. No hay error posible.

La alarma de detrás de las orejas la invadió por completo. Comprendió, sin atreverse a tocar el libro, que estaba frente a las ordenanzas militares de Carlos III de 1769. ¡En una edición posterior! Que el libro estuviera en Nueva España... Tras al menos un año de viaje... Y por el aspecto envejecido... Oh, Dios...

Oh, Dios, no...

- No me di cuenta antes -se disculpó Alonso-. La hoja estaba escondida entre varias pegadas en muy mal estado. Que Dios tenga en su gloria a García, pero bien sabrá el cielo que no era un hombre ni limpio ni ordenado. No lo hubiera visto nunca si no hubiera sido por Sabi -explicó-. Me dejé el libro cerca de su cajón y al parecer ha estado jugando con las páginas; gracias a que lo ha babeado he podido separar las hojas. Y al hacerlo...

Ninguna de las posibilidades era buena, concluyó Amelia. O aquel libro era un anacronismo o...

- Alonso... -pensó Amelia en voz alta, sin esperar realmente respuesta-. ¿En qué año estamos?

- Es lo que pensé -contestó él-. Y no puedo deciros. Iba a preguntar a los frailes, pero ya sabéis que fray Emilio no me dirige la palabra y que con el partido y el rezo...

- Fray Luis no podrá atendernos... -completó Amelia-. Debemos llegar a la puerta. Aun es pronto para alarmarnos -añadió sin encontrar en su propia voz algo de confianza en lo dicho.

¡Error de novata! ¡En qué había estado pensando! ¡Dos semanas sin hacer nada y no había sido capaz de comprobar el año ni una vez! El que la puerta estuviera mal catalogada no era excusa. Lo primero que había que hacer nada más pasar puerta era asegurar la fecha, pero la llegada a la misión y la muerte de García les había robado toda la atención. Para ser exactos había sido la muerte de García y su capitán, un tal Ezquerro, aunque el capitán llevaba ya varios días enterrado cuando ellos llegaron.

García y Ezquerro se habían enfrentado en un duelo, dos días antes de su llegada.

Al aparecer por las cuadras y fingir venir de fuera de la misión, un preocupadísimo fray Luis, les había pedido ayuda nada más verles, sin preguntar filiación o de dónde habían podido llegar unos españoles sin caballos, porque el herido había empeorado en apenas horas y se le moría, los ángeles se lo llevaran, sin que nada pudiera hacer. Julián poco había podido arreglar con el orondo sargento (septicemia extendida, fiebre, problemas de tensión y cardiacos, un cuadro vamos), quien había dejado claro nada más verles (no hacía más que repetirlo en su delirio) que mejor muerto que esperar juicio por matar a su capitán. El feudo entre García y Ezquerro era por temas de dinero y aunque Julián había estado más al tanto de los detalles, lo importante en el esquema de las cosas era que a falta de la compañía volante los frailes y ellos cuatro eran los únicos no indios en millas a la redonda.

Eso si exceptuaban a los del otro lado de la puerta oculta en las cuadras, la cual daba al Ministerio de 1913.

Daba, era la clave de la expresión, porque al llegar a ella, relinchos de saludo y miradas de interés de las yeguas al verles, cuando Alonso retiró la manta y los herrajes viejos de la pared, el marco y la puerta habían desaparecido.

- ¡No! -exclamó Amelia, tratando de no gritar-. ¡No puede ser!

- Os juro que ayer estaba -gruñó Alonso-. ¿Qué demonio ha ocurrido? No me digáis...

Alonso se detuvo porque un niño, el hijo pequeño de Bernarda, les interrumpió desde la entrada de las cuadras. Una extraña mujer les buscaba. A su señor de usted y a su amigo el barbado también, señá Pati. Y mi mamá dice que es mala mujer y que mejor no se entrometan con ella, pero también me dijo que fuera a avisarles, pues porque con todo el mundo en el rezo no quería que se entrase aquí.


Julián fue el último en llegar, sacado del rezo de la mano por el hijo de Bernarda, hasta la puerta de la misión. Amelia le vio venir como antes Pacino les había visto llegar a ella y a Alonso. A Pacino la india le había pillado fuera, probablemente dándole al Atlético la última charla sobre la intensidad y la necesidad de pelear todos los balones. Nada puedo decirle, les contó que le había dicho, hasta que sus otros tres amigos estuvieran presentes.

Excepto que está usted regalán. Largo.

Amelia había podido observar a la silenciosa india los minutos de espera sin poder hacerse una opinión clara sobre quién tenían delante. Vestía de manera parecida a las mujeres Chiricahua, pero las cintas y los adornos que usaba eran de cerca muy diferentes. Dos plumas salían de una bandana ancha que a modo de tocado era de donde también salían, pero hacia abajo, dos cuidadas y brillantes trenzas caoba, enmarcándole la cara. Su piel tostada por el sol, su forma de moverse, sus apariencias en resumen, eran indias. Debía superar con mucho la cuarentena y, aquello era lo más chocante de todo, el caso era que no era india: sus rasgos denotaban un origen europeo cercano.

Si criollo o peninsular estaba por ver.

Cuando Julián llegó jadeante a la puerta, pudo pronunciar un leve, ¿qué?, antes de que la visitante, de pronto y por sorpresa, eligiese una voz altisonante y brusca para iniciar la conversación, como si un autómata a la espera del momento oportuno, activase su mecanismo.

- ¡Hola! -se presentó la mujer, brusquedad y ceremonia-. ¡Soy la india Juani!

- Ehhh... Hola -fue a presentarse Julián, confuso por la situación, mirando a los demás de hito en hito-. Yo soy Tomás...

- Sé quién es usted, JuliánMartínez -le interrumpió la india, con unas inflexiones bruscas y un acento extraño-. Sé quienes son todos -completó-, pues su llegada fue anunciada hace muchos inviernos.

Amelia cruzó miradas con los demás, por no saber si creerse lo que veía.

Observó a Julián poner la cara de alelado que siempre ponía cuando no acababa de entender algo; más o menos la misma que la de Pacino y Alonso, si bien este último había optado por la práctica y se había llevado disimuladamente la mano a la pistola. A esas alturas la existencia de una profecía india era quizás lo menos raro que traía consigo aquella mujer: elegía un tono altisonante, resaltado por su inclasificable acento y cada frase era acompañada por un teatral y exagerado gesto de manos, cuerpo o mirar, que cada poco tiempo repetía, en la espera quizás de que aquellas maneras aclarasen la comunicación. Amelia había podido ver "indios bárbaros" antes, cuando varias tribus aparecieron para comerciar con frailes y habitantes de la misión y aunque bruscos en alguna ocasión, ninguno se había comportado de una manera tan...

Excesivamente teatral.

- Nuestra llegada fue anunciada... ¿por quién? -se interesó Pacino.

- Padre de mi padre podrá relatarles cuando lleguemos a su casa. Él es el portador del mensaje.

Amelia no necesitó mirar para notar el ceño fruncido de Alonso ante la frase. Alejarse de la misión era algo que desde los primeros días no habían siquiera contemplado. Acompañado a veces por indios Pueblo, a veces por Pacino, cuando se hubo hecho con las más dóciles de sus yeguas, había podido explorar los llanos de los alrededores del valle, apenas unas millas; siempre había visto movimientos de grupos de caballos que a falta de la llegada de Gálvez (con quien esperaban un grupo mucho más grande), sin duda significaban partidas de caza indias.

- ¿Y dónde está la casa de Padre de su padre? -preguntó Alonso, desconfiado.

- Padre de mi padre ha montado su tienda a medio día de camino -informó la india Juani-. Yo vengo de allí. Nada ha de temer el soldado de Entrerríos -añadió pronunciando la doble "r" como una sola-, pues Padre de mi padre es hombre santo.

- Nos ayudaría saber qué quiere relatarnos Padre de tu padre -intervino Amelia, al confirmar que el rostro de Alonso no se había relajado-. Y por qué no ha venido él a vernos.

La india sonrió ante la petición de Amelia.

- Padre de mi padre me relató que ella le dijo que diría usted eso, AmeliaFolch.

- ¿Qué ella? -intervino Julián alarmado.

- Una mujer de doble espíritu, de cabello como el sol, apareció una mañana cuando Padre de mi padre aun era joven. Ella le confió un mensaje, de extrema gravedad, importancia y secreto -continuó la india sin perder un ápice de teatralidad-. Padre de mi padre prometió que sólo a la patrulla se lo diría y así ha guardado su promesa hasta el día de hoy. Deben ustedes venirse conmigo inmediatamente, pues tiempo es cosa que no tenemos.

- ¿Por qué?

- Padre de mi padre se muere, AmeliaFolch -reveló la india Juani, perdido un poco el tono teatral, un poco menos alegre-. Si no vienen conmigo ahora, me temo que su promesa, morirá con él.


FIN CAPITULO 1


Hola:

Por fin! Tiempo de Dragones! Este capítulo va dedicado a 3 personas. Unade y Volgrand, los primeros. Sin ellos, Tiempo de Futuros habría pasado bastante desapercibido y los consejos de Unade han sido tenidos en cuenta (no sé si del todo bien) para hacer relatos un poco menos duro en la lectura. A Volgrand le debo algunos detalles de la india Juani que acabaron de encajar después de encontrar a Macdolia en "La guerra de las Sombras".

La tercera persona ignoro su nombre. Sé que debe vivir en Francia y su desconcertante pasión por revisitar capítulos de "Futuros" me hace sentir a la vez halagado y un poco preocupado por ella.

Gracias, quienquiera que seas: entiendo que no hayas pasado del sitio de Barcelona, no te culpo :)

Iré agradeciendo al resto que me habéis ido comentando en los demás capítulos. En el fondo sois la causa última de que le eche horas a esto, así que gracias a todos.

Edit: Creí que había cambiado el error en el apellido de Julián, lo siento :)