Emm… este capítulo se sitúa inmediatamente después del primer capítulo de las Reliquias de la Muerte, "El Ascenso del Señor Oscuro".
Capítulo 2: Rencores
Los últimos murmullos y cuchicheos de morbosa curiosidad se deshacían en hilos delgados, perdiéndose entre las sombras, alimentando el aura sobrecargada de maldad que reinaba en ese espacio de terreno.
Los asistentes a la reunión ya se habían retirado. El último vestigio de existencia que quedaba en esa habitación era un sendero de sangre que recorría los trozos de la lujosa mesa rota, y una enorme serpiente reptando encima, buscando algún pedazo de alimento que hubiera olvidado devorar.
Las sillas que los invitados habían usado se hallaban vacías. A excepción de una, que estaba en el extremo opuesto de la chimenea.
La figura permanecía sentada, sin moverse. Parecía que ni siquiera respiraba. La cubría por completo una gruesa capa negra.
Un silbido atravesó las paredes de la estancia, avisando que la reptil había dado por finalizada su merienda y se marchaba, arrastrándose hacia la puerta. Fue ahí, cuando el individuo que estaba de pie junto a la chimenea comenzó a hablar.
- Hoy fuiste una buena niña. Dejaste que Nagini se ocupara sola del trabajo - hablaba con voz suave y fría, avanzando hacia la figura encapuchada. - No creas que no te vi. Se te derretían los ojos por torturar a la bruja ésa. - pasó de largo, hacia el ventanal cubierto de cortinas verdes oscuras. Era una noche gobernada por las tinieblas. Todo era nebuloso.
- Como habrás escuchado, Harry Potter sucumbirá ante mi mano el próximo sábado - prosiguió con su discurso - Tú vendrás con nosotros - Unas cadenas se sacudieron. Al oírlas, Voldemort torció la boca a modo de una cruel sonrisa.
Casi de inmediato, se escuchó un gemido ahogado, de alguien que reprimía un chillido de dolor.
- Aún no... consigo ver qué estuvo mal contigo... - murmuró el mago distraídamente, observando su mano de largos dedos blancos. - Tal vez tuve que apretar más la correa... exprimirte un poco más... fueron demasiadas libertades las que te permití... - una brisa, que se asemejaba al suspiro en un ser humano empañó levemente el vidrio - Una vez más, nimios errores echaron todo a perder... - cerró los dedos hacia el interior de la palma blanca, mirando su puño. - Todo lo que hacen es estropear el trabajo que me ha costado años conseguir - esta vez, las palabras fueron dichas con furia.
Las cadenas volvieron a sacudirse violentamente. Voldemort se giró con lentitud. La figura se había puesto de pie, pero parecía no alejarse demasiado de la silla. Algo la retenía a ella.
- Mi trabajo era perfecto - dijo la figura, la voz suave y fría como la de él, pero un rastro de furia escondida en ella.
- "Perfecto" - repitió el Señor de las Tinieblas, acercándose. - Fue perfecto hasta que decidiste unirte a... Dumbledore y esa nefasta Orden... - el desprecio no podía ser más evidente.
- Fui tu más fiel seguidora - continuó hablando la figura - Fui... la más... devota y leal de todas...-
El señor Oscuro rió fríamente, quedando frente a frente de su interlocutora. Realizó una floritura con la mano, y la capucha se le cayó, revelando el pálido y carente de color rostro de una mujer. El cabello negro le enmarcaba la cara, llegándole un poco más allá de los hombros. Los oscuros ojos lo miraban con insolencia y rabia, además de tener una tonalidad levemente carmesí.
Los dedos de Voldemort se deslizaron por su mentón, y ella ni se inmutó por el contacto de la fría piel.
- Es verdad... - murmuró - Y has vuelto... desconozco tus intenciones todavía... pero tu lealtad lleva mi nombre... - buscó las manos de ella, que se hallaban apresadas por unos grilletes sujetos a la silla. Esas eran las cadenas que sonaban cada vez que se movía.
Los dedos de la mujer, casi tan largos y delgados como los de él, estaban enfundados por guantes de tela. Le seguían los brazos y el pecho desnudo. Llevaba un collar apegado al cuello. Usaba un vestido hasta el suelo. Calzaba botas largas de taco alto y delgado. Además de la capa encima. Y toda su vestimenta era completamente negra.
- La quiero. - musitó la mujer.
Voldemort olvidó su ira e indignación, sonriendo o intentando algo muy parecido.
- ¿Cuánto estás dispuesta a darme? - preguntó. La mujer cerró los puños, temblando, haciendo que las cadenas y todo su cuerpo tiritaran.
- Todo.-
El mago subrayó su gesto anterior.
- Muy bien. Que así sea. - le soltó el mentón bruscamente. Dibujó otro movimiento con la mano; las cadenas desaparecieron, pero los grilletes continuaban apresando sus muñecas. - Tú me das lo que quiero... y yo te otorgaré lo que me pides. - la mujer asintió serenamente. Se separó de él, caminando hacia la puerta.
- Alicia - llamó. La mujer se volteó antes de cerrar la puerta. - Sin matarla.
Ella sonrió despiadadamente.
- Tampoco pensaba hacerlo, padre. -
