Autora del fic: ineedyoursway

Traducido por: Nikky Valencia

Beta: Jocelynne Ulloa

Fanfiction addiction (Twilight)


3 meses después…

… 9 de Septiembre

(Tercer Año)

Me desperté con un sobresalto, mi camisón empapado de sudor espeso. Suspiré, mirando alrededor en mi habitación que no cambia. Mis muñecas seguían sentadas con las espaldas pegadas al pie de mi cama. Mi armario se apoyaba ligeramente entreabierto, las piezas rebeldes de ropa sobresalían de él. Una pequeña cinta había estado siempre atada a la perilla de la puerta. Me senté y me estiré, abrí mi ventana al mundo, ya que, ¡demonios! ¿Qué otra cosa podía salir mal? Lo hice un hecho para abrir todas las ventanas y la puerta cada vez que me encontré con uno. Era un hecho que abriera mi ventana y mi puerta cada vez que despertaba con un sobresalto.

No había nada de valor de todas formas. Charlie, por supuesto, pensaba diferente. Él mantenía la casa cerrada incluso de los muertos. Él me mantenía adentro. Cada ventana y puerta estaban cerradas. Incluso la puerta del gato estaba cerrada con tablas. Incluso era extraño que tuviéramos una, de todas formas. No es como si tuviéramos un gato. Charlie y yo éramos alérgicos a ellos. Me puse de rodillas con los codos apoyados contra el travesaño, dejando que el aire flotara y aclarara mis senos.

Me metí en la ducha (raro, lo sé). Pensé que desde que era ahora, una mujer de alta sociedad, bien podría darme una ducha. No sé. La lógica estúpida. Estúpido, lo sé. Estúpido lo que siempre he sabido. Cuando entré a la cocina de Charlie me miró con sorpresa. Limpia. Extraño. Tuve un breve momento de dejavú que lo montaba con Reneé, cuando yo era pequeña y las cosas eran sencillas. Ella utilizaba un exprimidor de naranjas para preparar zumo con las naranjas que había en la casa, a pesar de que era completamente inútil y una pérdida considerable de todas las naranjas que se encontraban en la casa.

Se colocaba en frente de nosotros, de Charlie y yo. Entonces ella esperaba, expectante, como si fuera un ama de casa normal, anhelando ver si su marido y su hija estaban satisfechos con la comida. Tomaríamos unos sorbos. Seríamos educandos. Escupiríamos la pasta en nuestra servilleta. Le diríamos que era la bebida más deliciosa que nunca tuvimos la suerte de probar. Ella haría como si el trabajo de su vida fuera finalmente completado, y volvería a la cocina a exprimir las naranjas restantes.

El día que ella se fue, fue algo así también. Nos hizo zumo de naranja, excepto cuando le dijimos que estaba grandioso, ella ni siquiera sonrío. Charlie no lo notó, pero yo sí. Ella siempre sonreía. Charlie se fue al trabajo. Yo aún era demasiado joven para quedarme sola. Estaba jugando con un caballo de plástico cuando ella bajó las escaleras, con su cabello recogido en un moño deshilachado y descuidado. Ella no era mi mamá: había una nueva y extraña mujer que había tomado su lugar. Algo había cambiado en ella. Ella me miró y después miró a lo lejos, como si ni siquiera pudiera soportar lo que estaba viendo. La llamé por su nombre cuando ella abrió la puerta porque quería filetes de pescado para la comida. El golpe de la puerta y el movimiento resultante de los marcos de los cuadros sueltos, fue la respuesta que me dieron. Corrí a la ventana, preguntándome a dónde iba.

Ella se despidió de mí desde el asiento del coche. Se despidió y luego se cubrió la boca con la mano.

Nunca regresó.

— ¿Bellita?— Bellita. Ugh.

—Sí, lo siento—. Noté que mi voz sonaba extraña últimamente. No la uso mucho, y ahora que había al menos intentado, sonaba una especie de tipo áspero, de como un zombi. Algo así como los muertos vivientes.

—Aquí—. Me entregó el zumo. Zumo de naranja. ¿Por qué la gente dice 'aquí', cuando te entregan las cosas? Ni siquiera tiene sentido.

Tengo un coche durante el verano. Para Charlie le tomó años el poder darme las llaves, aunque yo compré el carro con el dinero que ahorré de mi trabajo de verano. Empacar alimentos. La mayoría del tiempo era bueno. De verdad nadie me notaba tocando su comida y poniendo mis gérmenes sobre ella. El único problema que había tenido fue cuando alguien me notó. Alguien con uno de los siguientes nombres: Jessica, Lauren o Tanya. Tanya era una alegría. No, en realidad no lo es. Una vez ella quebró todos los huevos antes de pagar e irse, así que cuando los recogí, estaban goteando sobre mí, la caja registradora, el piso y los demás alimentos que llevaba. Ahora no solo tenía huevos escurriendo sobre mí, pero tenía que obtener todos los alimentos que no se había arruinado y regresárselos, trapear el piso, y limpiar la caja registradora.

Pero tenía que entregarle los alimentos a Tanya. Eso era creativo.

Se supone que haríamos todos esos dibujos, pinturas y demás mierda durante el verano. Yo no lo hice. Nada de eso. No solía tener problemas poniendo mis pensamientos en el papel. Pero este verano era peor que cualquier otro. Y las personas dicen que las cosas mejorancon el tiempo. Bueno, en eso están mal. Las cosas empeoran con el tiempo. Peor aún, como en los ataques de pánico, inquietantes pesadillas al azar y una existencia alrededor de esta mierda. Tampoco podía ni siquiera quejarme acerca de eso. Porque es mi culpa de todas maneras.

—No sé cómo te sientas para manejar hoy, Bellita— Bellita. Ugh.

—Voy a estar bien—. Murmuré, empujando las migas de un pan tostado en el plato.

— No lo sé. Me sentiría mejor si yo te llevará—. Lo miré a los ojos, estos estaban tristes y preocupados en todo eso se habían convertido. Yo había hecho así a Charlie. Él solía ser tan despreocupado. Todo lo que él pensaba era en la pesca y el baseball, y el juego ocasional que había en la reserva. Él se convirtió en un hombre pasivo cuyo cabello estaba, principalmente, salpicado de gris y cuya voz siempre contenía una cierta inflexión de preocupación.

—Si así te sentirás mejor—, suspiré. Nada de carro, no era lo peor a lo que hoy tendría que enfrentarme.

Charlie me dejó justo enfrente. Me miró caminar hacia el interior. Una vez adentro, yo estaba sola. El frente de la escuela estaba poblado en su mayoría por los estudiantes veteranos e incluso los nuevos estudiantes que no sabían nada de mí. Era extrañamente cómodo, pero todavía me encontré a mi misma buscando refugio en el salón de arte, mi santuario de apagados colores pastel y crayones rotos. El primer semestre era arte. Era muy normal, excepto por el hecho que me dieron una severa platica por no haber hecho mi trabajo de verano. La profesora consideraba reprobarme en la clase de arte la cual repetiría, pero sintió pena por mí y me dejó pasar. Mis clases eran mis principales pilares. Aburridos pilares pero hice mi mejor esfuerzo para ignorarlo.

¡Oh, no! Gimnasio. Me estaba poniendo fuera, esta clase es mi peor temor. Necesitaba dos clases de esto para graduarme, así que serían en el tercer y último año. Caminé a las clases con un fuerte golpeteo de mi corazón. Me cambié en los vestidores: un par de pantalones deportivos conservadores para la sudoración y una ancha blusa, la droga de mi elección. La chica bulímica estaba vomitando en su casillero. Jessica Stanley me sorprendió. Ella se convirtió en una líder, asumiendo una posición entre los estudiantes veteranos que esperaban, literalmente, de una orden para seguir su voluntad. Ella encendió un cigarro. Jess Stanley. Jess Stanley encendió un cigarro.

Ella ni siquiera me notó como si hubiera muerto.

Era la primera que estaba afuera además de los chicos. Lo cual, a propósito, era demasiado injusto, porque los chicos lo que hacen es cambiarse su playera y lo llaman bueno. Me senté en las gradas en la parte traseras, rogándome a mi misma mezclarme en ellas como un camaleón. Ellos jugaron básquetbol. Los nuevos estudiantes, no más altos, que un joven Edward. Se quedaron debajo del aro sur de baloncesto, pasando un balón hacia atrás y hacia adelante, intentando superarse unos a otros. Los estudiantes veteranos tomaban turnos cada vez que podían. Ellos usaban musculosas playeras para lucir sus torsos y anchos shorts de basquetbol que colgaban de sus caderas.

No reconocí a nadie. Excepto a uno.

Edward lanzaba un balón una y otra vez con un chavo, al cual solo una vez había escuchado su nombre de pasada. Su brazo extendido había alcanzado una altura considerable para lanzar el balón, mostrando el vello de las axilas y sus músculos flexionados. Contuve el aliento, deleitándome con el hecho de que, de alguna manera, se había puesto más guapo durante el verano. Su forma había adquirido más madurez, tan solo con su estatura, y sus ojos eran bastante notables en su belleza. Sus ojos siempre habían sido muy notables. No de aliens, como los de su novia. Sin embargo agudos e intensos. Siempre podía ver la inteligencia y el ingenio de esos ojos. Él nunca fue estúpido como yo fui, como lo soy.

El trató de salvarme. El trató de salvarme de mi misma.

— ¡Eddie!— La ojos de alien corrió dentro del gimnasio, seguida de cerca por Jessica y su grupo. Era una jerarquía social muy evidente incluso para un ciego. Primero era la reina de la jerarquía, sus rubios rizos rebotando en la parte superior de su cabeza, sus senos rebotando en la parte superior de su pecho. La siguiente, la princesa, dispuesta a complacer, pero también a liderar. Y las damas de compañía, de una edad incalculable, escondidas detrás, con pulseras de la amistad idénticas en sus muñecas y tomadas de la mano como niñas de kínder. Ellas usaban pequeños shorts y tops expandibles con el nombre de zapatillas marca "Nike".

Para el gimnasio.

¡Já!

Edward sonrió y hundió sus manos en sus bolsillos, dejo de prestarle atención al partido de futbol americano. Él trotó hacia ella. Y… comenzó la exhibición pública de afecto. Sinceramente, quería mirar a otro lugar, pero fue como si no pudiera. Como un terrible accidente de coche, tuve que mirar durante todo el tiempo como se comían el uno al otro. Al igual que todos los demás en el gimnasio. Cuando se separaron la clase real comenzó y el gordo del entrenador del equipo de fútbol se movía pesadamente dentro del salón.

—A tus pies, ¡nosotros vamos a jugar fútbol de banderas!— Dijo, sentándose en la parte baja de las gradas.

¡Sorpresa!

Lanzó una caja de las banderas de clip en el suelo, momento en el que todos corrieron como si sus traseros estuvieran en llamas para coger el mismo color que sus amigos. Estaba básicamente formado así que era niñas contra niños, excepto por el hecho de que Edward estaba en el equipo de las niñas. Tanya lo forzó. Me di cuenta por la expresión de decepción en sus ojos cuando ella llegó y le entregó su bandera. Sus amigos hacían sonidos de azote, usando las banderas para señalar "el azote", golpeándolas contra el suelo. Tanya sólo se rió, ocasionando que sus senos rebotaran de arriba hacía debajo de forma molesta.

Me aseguré de que estaba cerca de la pared de atrás, lo más lejos posible. Me agaché un poco con la triste excusa de amarrar mis agujetas. ¿He mencionado que Edward no se dio cuenta que estaba en su clase todavía? Como era de esperar, el juego de fútbol de banderas se convirtió rápidamente en fútbol americano. El cual, para el equipo de los chicos, se convirtió en "Vamos a ver cuántos senos pueden acariciar el futbol americano". El maestro/entrenador estaba escribiendo obras de teatro en su libro de jugadas, que se apoyaba en las grasientas y gordas rodillas.

Juro por Dios, la escuela entera era una ironía en pie. O sentado como el caso del Señor Everhart.

Los chavos empezaban a estar muy cerca así que retrocedí. Gran error.

— ¡Mira hacia dónde vas, fenómeno!— Fenómeno. Lo mejor que Jess Stanley podía hacer.

—Perdóname, Jess—. Murmuré con una leve sonrisa, mordiéndome el labio y estando un paso lejos de su camino.

— ¿Cómo me has llamado?— Ella se adelantó hacia mí con paso torpe. El juego se detuvo para contemplar el espectáculo. Jessica tenía por lo menos tres pulgadas por arriba de mí, y otra libra y media demás (de la cual, ella decidió unirse a la chica bulímica durante un par de días, pero se negó a renunciar a su amor por Twinkies fritos)

—Jessica—. Dije, mirando mis pies. Me sonrojé deliberadamente. Sentí que mi corazón se aceleraba y mi respiración se agitaba. ¡Oh, mierda! No ahora. Por favor no ahora.

—No, no lo hiciste. Me llamaste Jess, torpe. Sabes que nadie me dice Jess. No ahora ni nunca.

—Perdón.

—No, eso no basta.

—De verdad.

—Ni siquiera estas siendo sincera. Tú eres solo, como, un muerto. A nadie le gustas. ¿Por qué sigues aquí, por cierto? Tú eres tan molesta. Como la peste. Como un escarabajo o algo tan horrible como eso.

—Perdón.

— ¡No, eso no basta!

Ella me empujó sobre el reluciente y pulido piso del gimnasio. Aterricé sobre el trasero con una rabieta, mirando al suelo. Me hice un ovillo. Por favor, que se vaya por favor, que se vaya, por favor que todos desaparezcan. El entrenador hizo sonar su silbato y le oía de pie. El puto suelo tembló como un maldito terremoto cuando aquel hombre se puso de pie.

— ¿Qué está sucediendo ahí?— Dijo. Su voz era tan bajita que el suelo vibraba como vibraba con su peso.

—Um, Señor Everhart, esta chica se ha vuelto loca.

El señor Everhart camino alrededor de mil con un ruido sordo. ¡Godzillaaaa!

—Todo el mundo retroceda— Bramó, jadeando y resoplando. Me asomé por debajo de mis brazos. Acababa de ver el suelo, deseando que me calmara. Cálmate, ¿de acuerdo? Cálmate, ¿de acuerdo? Vi sus pies regordetes, ¿por qué cada parte de él, era regordete?, Rompí mi línea de visión.

— ¿Necesita ayuda? ¿Vas a estar bien? ¿Necesitas a la enfermera?

Sacudí mi cabeza, no. Solo sacudí mi cabeza varias veces. Probablemente me veía como una loca, sacudiendo mi cabeza muchas veces, porque él dijo.

— ¿Alguien puede llevarla con la enfermera?

—Yo la llevaré—. Conocía esa voz, solo que no tan profunda como lo era ahora. Conocía el ánimo de esa voz. El verdadero ánimo de esa voz, detrás de la fachada. Solo porque conocía el alma de él, no significaba que tenía que mirarlo. Mantuve mi cabeza en mis brazos, quedándome en el suelo. Se rayo por un zapato, una línea negra a través de la superficie encerada de oro.

— ¿Puedes caminar?—. Su voz estaba justo en mi oído, y cuando el tocó mi hombro una descarga eléctrica me recorrió. Me alejé de Edward.

—No me toques—. Escupí. Todos me estaban viendo. Se supone que nadie me veía porque era invisible. é del suelo. No quería que nadie más me viera por más tiempo. No podía soportar las miradas de todas esas personas sobre mí. No podía soportarlos, juzgándome con esas duras miradas y duros gestos. Corrí hacia el baño. Corrí hacía un cubículo. Vomité.

Un día menos, ciento veintinueve por venir.