CAPITULO 2:

El escape de las ratas

Raoul miró su reloj una vez más. Ya pronto comenzaría la subasta de Pets, y Iason no llegaba.

Imprudente., pensó con desdén y dejó caer su puño cerrado sobre la mesa redonda, donde otros Blondies conversaban armoniosamente.

Ya era la tercera vez en una semana que se retrasaba en sus obligaciones. Y como Raoul bien sabía, Júpiter no estaría para nada apacible cuando Iason regresara.

Como subordinado siempre lo había apoyado. Por un lado, porque le temía más a Iason que a la propia Júpiter y por otro lado, porque quizás de esa manera, lograría subir su rango y algún día ser superior.

Sin embargo como amigo, disfrutaba oponérsele en todo. Llevarle la contraria no le provocaba ni el más mínimo esfuerzo, pero si generaba en él uno de los más grandes placeres. La fría mirada que Iason le dirigía cuando estaba furioso o cuando se desafiaban mutuamente, no hacía nada más que despertar el sádico instinto de Raoul. Aun así, también había actitudes que le exasperaban. Una de ellas, la impuntualidad y la falta de responsabilidad y compromiso.

Con el pasar de los años, había comenzado a preguntarse si Iason repudiaba su puesto como jefe del Júpiter's Syndicate o si ya estaba aburrido. Después de todo, con él no había nada que fuese completamente seguro.


Guy sabía que algo extraño pasaba con Riki. Su expresión había sido el doble de inalterable que antes. Sus ojos habían contemplado un vacío eterno y lejano y apenas habló.

Los demás miembros de Bison comentaban entre sí que desde la última semana, su jefe había cambiado de forma radical.

Una de las cosas que les había llamado la atención a todos era la repentina mudanza de Riki. Aunque en eso fue la consecuencia, el clímax, de una seguidilla de acontecimientos que poco a poco cobraron importancia.

Primero, Riki había dejado de bañarse en grupo como solían hacer siempre, ya que el agua era escasa y debían mantenerse con dos bidones de veinte litros al mes. Luego, se rehusaba a compartir la habitación con alguno de los muchachos. Y finalmente había llegado un día anunciando de su partida.

-Chicos, me largo.-dijo con decisión y mirando fijamente a Guy, quien no tardó en replicar.

-¿A dónde? ¿A hacer qué?

-He encontrado un departamento abandonado donde podré quedarme, siempre y cuando pague una pequeña cuota.-respondió.

-¿Qué pasará con nosotros?-exigió saber Guy y se señaló a sí mismo y a sus compañeros.

-Nada.-se encogió de hombros.-Ah, ya entiendo.-suspiró.-Yo no dije que dejaría Bison, ¿o sí?-arqueó la ceja con gesto burlón.

-Es que…

-Pueden seguir permaneciendo aquí si lo desean. El lugar no me pertenece.-hizo una pausa.-También pueden irse al demonio y dejar la maldita pandilla.-comenzó a caminar hacia la puerta del galpón, sosteniendo un bolso en la mano izquierda. Abrió el portón de chapa, sin despedirse.

-¡Espera!-le gritó Guy.-¡Aguarda un segundo, Riki! ¡Riki!-le llamó, pero éste no se dio por aludido y salió al exterior, cerrando la pesada puerta detrás de sí.-¡Maldita sea!-exclamó y pateó una lata abollada.

Miró a sus compañeros, que tenían la vista clavada en la puerta.

Era lógico que nadie hubiese dicho nada. Porque ninguno había creído que Riki the Dark, estuviera abandonándolos.


Iason se encerró en su lujoso cuarto, sabiendo que pronto tendría a Raoul tocándole la puerta y reprendiéndolo como siempre hacía.

No se sentía culpable. No se sentía feliz ni se sentía furioso. No sentía nada. Tenía un corazón que le permitía vivir. Un corazón que solo cumplía la función de bombearle sangre a su cuerpo. Nada de sentimientos provocaban que su pecho fuese embargado con la supuesta calidez que una emoción, fuera cual fuese, podía estimular.

Se quitó la capa blanca, quedando vestido solo con su traje rojo. Se acercó lentamente hacia la ventana que daba a su terraza privada y la abrió para poder salir al exterior y observar a toda Eos bajo el cielo nocturno salpicado en pequeñas estrellas.

Aun así, algo nuevo en su interior estaba despertando. Una especie de inquietud que alteraba por momentos su mente. Incertidumbre y adrenalina. Sabía que se había metido en el lugar equivocado, y con la persona equivocada. Que lo que había hecho, era presagio del caos. Pero de todos modos, la idea le había resultado excitante y tentadora.

Quizás su naturaleza fría y calculadora no estaba acostumbrada a ser desafiada por alguien que no fuese Raoul. No había habido, jamás, una mirada que hubiese provocado en él tal diversión como la de ese sujeto. Ni palabras tan irónicas, y mucho menos…era la primera vez que alguien osaba levantar una mano en contra suya.

Realmente estaba desconcertado. Y cuanto más trataba de olvidar lo sucedido, más se remarcaban las imágenes en su memoria.

Iason era terco. Sin embargo esta vez, algo iba diferente: no podía ni quería olvidar el episodio de aquella tarde. Y si tenía que pasar la noche en vela con tal de recordar hasta el mínimo detalle, lo haría. ¡Y vaya que lo haría!


¿Por qué? ¿Por qué estoy aquí?, se preguntó Riki al entrar al viejo departamento.

El aroma a humedad se desprendía de las paredes y el suelo de madera estaba viejo y degastado.

Había una lámpara colgando del techo y una cama particular contra una de las paredes más largas. La cocina estaba sucia y oscura y solo había una heladera. El baño era bastante grande. Incluso más grande que la cocina misma.

-No está mal.-comentó y muy en el fondo, aunque jamás lo reconocería, deseó poder compartirlo con Guy.

Dejó caer el bolso sobre la cama y se quitó la camiseta negra, arrojándola al suelo. Prosiguió con las botas de cuero negras y posteriormente con sus tejanos del mismo color.

Se encerró en el baño y se miró fijamente en el espejo de cuerpo entero que descansaba colgado a un lado de la ducha. En su antebrazo derecho aún conservaba las marcas de Iason. Aquel maldito cabrón lo había sujetado tan fuerte, que si no le hubiera propinado un puñetazo, de seguro el desgraciado le hubiese arrancado el brazo entero.

Resopló, volviendo a sentir como las venas le hervían, y giró el grifo del agua caliente para poder tomar una ducha lo antes posible.

Tranquilízate, Riki. Calma

Respiró agitadamente, exhalando con furia y de manera entrecortada. Cerró los puños y golpeó la pared con fuerza, mientras el agua corría. Le dolió. Le dolió muchísimo. Pero ni siquiera ver la sangre correr por sus nudillos, le preocupó más que haber vendido su orgullo.

Sus ojos se cerraron, impotentes. No iba a llorar. Jamás lo había hecho y ésta no sería la primera vez. No por un sujeto de piernas kilométricas y largos cabellos rubios que se creía el dueño hasta del aire. No por ese bastardo infeliz…

-¡Maldito!-gritó enfurecido y se dejó caer de rodillas al suelo. Golpeó el piso con ambas manos repetidas veces, hasta que no sintió más los dedos ni las palmas. Gritó una y otra vez intentando con todas sus fuerzas olvidar.

Hubiera preferido morir.

Hubiera preferido morir, antes que ser rescatado de los brazos de la muerte por un siervo del demonio.