La liebre y el viajero
II
Un regreso inesperado
Hyōga está por entrar en el comedor principal pero, al escuchar una puerta cerrarse en el piso superior y pasos acelerados, levanta la cabeza y ve aparecer a Shun en lo alto de las enormes escaleras. El chico lleva el cabello esmeralda húmedo y, mientras baja apresuradamente, va tratando de arreglar el cuello de su camisa rojo vino. Esperándolo al pie de las escaleras, Hyōga no puede evitar notar lo realmente bien que se ajustan a su anatomía esos pantalones azul claro que usa, y de inmediato lo asalta la repentina idea de querer tener esas largas y torneadas piernas enredadas fuertemente alrededor de su cadera.
–Buenos días –saluda Shun, sonriéndole ampliamente cuando llega a su lado– ¿Te sientes bien, amigo? –pregunta con preocupación al notarlo algo alterado.
–Sí…, estoy bien –miente, pues en realidad tiene la garganta seca, el corazón a mil y la mente aturdida porque aún no puede acostumbrarse a que esa clase de pensamientos le lleguen de golpe siempre que se abstrae admirando lo encantador y sexy que es su amigo– Todo está… muy bien –dice, haciendo por acercarse a él y enfocándose en enderezarle un pequeño borde del cuello de la camisa que aún está un poco torcido, mientras se esfuerza por retraer tal pensamiento hacia esa parte recóndita de su mente a la que pertenecen todos los pensamientos de ese tipo (es decir, todas esas secretas fantasías e íntimos deseos de amor sensual que lo involucran a él junto a Shun).
"Oh no, mala idea" se dice a sí mismo lleno de ansiedad cuando al acercarse percibe ese delicioso aroma tan caracteristico de Shun (un suave olor a menta fresca, freesia y madera de cerezo) mezclado delicadamente con el olor a jabón de ducha. Para colmo, los dedos que están rozando la blanquísima piel le hormiguean de ganas por deslizarse un poco más allá, y sus instintos le piden acercarse aún más a él, apretarlo entre sus brazos y enterrar el rostro en la cuenca de su cuello.
"Por todos los dioses..., ¡piedad, que me vuelve loco! piensa desesperado".
En medio de su desesperación parece ser que todos los dioses, en efecto, se apiadan de él porque consigue hacer acopio de un frio autocontrol y se obliga a mantener la distancia. Sin embargo, lo que sí no puede evitar es llenarse los pulmones, lo más disimuladamente que puede, de la embriagadora fragancia de su querido amigo.
–Gracias –dice Shun, levantando un poco la cabeza y sonriéndole cuando al fin Hyōga aparta las manos del ahora perfectamente bien arreglado cuello de su camisa.
En ese momento sus miradas se cruzan por un instante. Un breve instante que los deja completamente mudos y durante el cual Hyōga distingue un claro destello de ansiedad titilando ávidamente en la mirada esmeralda.
"¿Qué significa esa…?"
Pero ni siquiera tiene tiempo de pensar en lo que significa esa mirada porque Shun rompe de inmediato el contacto visual dejando al rubio bastante desconcertado.
–Vaya –dice Shun asomándose a la estancia del comedor como si ese momento extraño no se hubiera suscitado entre ellos–, somos los primeros.
–Sí…, eso parece –responde Hyōga recuperándose un poco de su desconcierto mientras mira el vacío comedor.
–Creí que mi retraso me haría llegar tarde pero veo que me equivoque. Menos mal. Estaba tan absorto en mis pensamientos mientras trotaba que se me fue el tiempo sin notarlo. Hasta que vi a Saori y Tatsumi, que iba cargado de canastas, atravesando los jardines rumbo al garaje me di cuenta de lo tarde que era y entré rápido a ducharme.
Hyōga ni siquiera presta atención al comentario sobre Saori y Tatsumi porque ese "Estaba tan absorto en mis pensamientos mientras trotaba que se me fue el tiempo sin notarlo" lo ha hecho sentir una súbita e irrefrenable punzada de celos en el fondo del estómago que no le ha dejado cabeza más que para pensar "¿Qué cosas o personas son las que ocupan tus pensamientos, Shun?, ¿tan importantes son que te hacen abstraerte así de lo que sucede a tu alrededor?"
Y, así como llegó, esa feroz punzada se convierte en un loco y arrebatador impulso de querer saber si siquiera él fue parte de sus pensamientos tanto como Shun ha sido parte de los suyos "Porque te juro por Athena que yo no puedo dejar de pensar en ti, Shun". Y ya que está, también quiere preguntarle qué ha significado esa mirada de antes y, sobretodo, ansía saber si se siente tan emocional y físicamente atraído como él al grado de sentir volverse loco cuando lo tiene cerca.
Sin embargo, de nuevo, logra contenerse y no dice nada porque, en primer lugar, sabe que soltar todo eso sería totalmente indiscreto, absurdo y extraño para Shun. Y en segundo lugar porque no se ha olvidado de la advertencia de Ikki (y no es que le tema, claro, pero la experiencia le ha enseñado que con el Fénix hay que andarse con mucho cuidado, y más si el asunto en cuestión tiene que ver con su hermano pequeño).
Así que, en vez de hablar, atraviesa junto a su amigo el umbral de la estancia del comedor mientras se reprende mentalmente a sí mismo preguntándose si enamorarse, además de traer consigo esas inesperadas calenturas hormonales que sin avisar sacan a flote sus más secretos deseos íntimos, también tiene como efecto colateral sufrir repentinos y absurdos ataques de celos, y lapsus de marcada irracionalidad.
Lo que Hyōga no imagina siquiera es que Shun se encuentra en un estado muy similar al suyo.
Y es que desde que lo miró esperándolo en la entrada del comedor ha tenido que hacer un gran, pero gran esfuerzo para esconder tras su sonrisa amigable todas las sensaciones y sentimientos que se alborotaron cual tormenta nebular en su interior al ver lo atractivo que luce el rubio con esos pantalones blancos ajustados a sus largas y bien formadas piernas, y con esa camisa azul marino que resalta increíblemente el azul celeste de sus ojos y hace un contraste perfecto con su larga y húmeda cabellera dorada.
Le gustaría decirle que no ha hecho otra cosa que pensar en él mientras se ejercitaba y que ansía saber de qué va esa pesadilla que tan descompuesto lo había dejado al despertar; cuyas consecuencias, por cierto, ya no se reflejan en su semblante de chico recién duchado salvo por las ojeras debajo de sus ojos, pero Shun sabe muy bien que ese mal sueño lo ha atormentado desde hace semanas.
Y quiere saberlo todo al respecto para ayudarlo porque saber que sufre y no poder estar junto a él, en su cama, cada mañana para aliviar su angustia lo pone muy ansioso. Tan ansioso que hace un momento, cuando su mirada se encontró con esos preciosos ojos azul celeste, de pestañas espesas y oscuras, estuvo a punto de claudicar y revelarle, de una vez por todas, todo eso que siente y su amor por él.
Sin embargo, sabiendo perfectamente lo indiscreto, absurdo y extraño que todo eso sería para Hyōga, optó por hablar de otras cosas y hacer como si nada pasara.
Así, ambos terminan tomando su lugar en la mesa y se quedan en silencio mientras piensan en lo realmente complicado que es estar enamorado. Pero, afortunadamente para ellos, pronto ese silencio incómodo es roto por el sonido de una puerta azotándose en el piso de arriba, y pasos apresurados que se convierten en saltos acrobáticos hechos a lo largo de toda la escalera hasta que el remolino de hiperactividad llamado Seiya entra saludando con especial alegría.
–¿Saori aún no ha llegado? –pregunta impaciente el joven moreno después de darles los buenos días– Espero que no se haya olvidado del compromiso de hoy.
–No te preocupes, Seiya, seguro que no tarda. Hace un rato la vi dándole instrucciones a Tatsumi. Caminaban rumbo al garaje principal y al parecer ya todo está listo.
–¡Genial! –Feliz, Seiya toma su lugar, pero a los pocos segundos empieza a tamborilear con los dedos sobre la mesa– ¿Por qué tarda tanto?... ¡Estoy hambriento!, ¿podríamos empezar ya?
El joven Pegaso está especialmente contento e impaciente por la visita que todos harán al orfanato "Hijos de las Estrellas", y no ve la hora de salir de la mansión.
–No te impacientes, Seiya –sugiere Hyōga, riendo ante la expresión ansiosa de su amigo– Aún es temprano.
–Buenos días a todos –saluda la encarnación de la diosa Athena al entrar al comedor. Respetuosamente, los tres jóvenes se levantan de inmediato de sus lugares para recibirla.
–Buenos días, Saori –responden los tres al unisonó inclinándose hacia ella en una atenta y educada reverencia.
–Disculpen mi retraso, por favor.
–No te preocupes, Saori –dice Shun volviendo a tomar su lugar. Seiya, en cambio, toma su plato y empieza a llenarlo de toda la comida que tiene a la mano, mientras que Hyōga se sirve únicamente un vaso con jugo de naranja– Nosotros también nos retrasamos. A mí se me fue el tiempo trotando y, bueno, también acabamos de llegar.
–¡Vamos, aprisa, Shun, Hyōga, sírvanse y coman rápido o llegaremos tarde! –dice Seiya, engullendo lo más aprisa que puede un sándwich relleno de pavo y verduras.
–Tranquilo, Seiya –advierte Shun cuando al moreno se le atora la comida y lo ve soltar el plato y correr hacia la fuente de jugos golpeándose el pecho con el puño– ¡No bebas tan rápido o te ahogaras! –Dirigiéndose a Saori, añade sonriendo: –Está impaciente y muy emocionado por volver a ver a Miho y a los niños.
Saori, sentada a la cabecera del enorme comedor, asiente mientras bebe de su tacita de té y ríe contenta al ver a su caballero más leal e impetuoso tan emocionado como un niño en la mañana de Navidad. En ese momento Shun deja caer su cubierto sobre su plato a medio servir de fruta y se levanta apresuradamente de su silla para llegar junto a Seiya, a quien le ha dado un ataque de tos al casi ahogarse con jugo de manzana.
Hyōga los mira en silencio, con solo una sonrisa leve y los ojos brillantes. Frente a él sus cubiertos están intactos, y en su mano derecha solo tiene el vaso con jugo del que apenas ha bebido algunos sorbos pues toda su atención está puesta en el rostro de Shun, quien está golpeando suavemente la espalda de Seiya y riendo divertido ante sus apuros.
Sus ojos celestes están tan prendidos de su amigo que ni siquiera siente la mirada suspicaz de Saori sobre él sino hasta que ella decide romper su burbuja de encanto.
–¿No tienes apetito, Hyōga?
Estando tan ensimismado mirando a Shun, el joven rubio no alcanza a disimular el sobresalto que escuchar la voz de Saori le provoca, tanto así que casi derrama medio vaso de jugo sobre la mesa.
–Discúlpame –dice Saori– No pretendía asustarte.
–No, yo lo siento… Estaba distraído.
Sin decir más, Hyōga toma su plato y se sirve de la fuente más cercana. Sin fijarse siquiera lo que es, comienza a comer. Saori, por supuesto, no pasa por alto su evidente distracción, así como tampoco se le escapa la razón de ésta.
–Shiryū se marchó hace una semana, e Ikki lo hizo esta mañana –apunta la joven como si nada– Creí que tú también querrías hacer lo mismo y viajar a Siberia ahora que estamos disfrutando de este periodo de paz.
–Erm… Yo no lo había pensado.
–Sabes que puedes viajar cuando quieras. Después de todo, no hay algo o alguien que te ate a permanecer aquí, ¿no es así?
Hyōga no responde de inmediato. En vez de ello, sin ser consciente de que lo hace, aparta sus ojos de Saori y rápidamente vuelve a mirar a Shun, quien está entretenido conversando con Seiya.
–Eso, por supuesto, si viajar a Siberia es lo que deseas… –agrega Saori mirando que, de nuevo, Hyōga se ha quedado abstraído mirando a Shun– Aunque… es evidente que no es así –termina susurrando más para sí misma que para el rubio.
–¿Eh?… Ya, desde luego, Saori –responde Hyōga, reaccionando distraídamente ante esa última frase de la joven– Yo…, uhm, lo pensaré.
Saori asiente y sonríe imperceptiblemente mientras da otro pequeño sorbo a su tacita de té. Sabe que Hyōga no tiene nada que pensar porque él mismo acaba de demostrarle que, tal como ella sospechaba desde hace tiempo, en realidad sí hay alguien que lo mantiene atado a permanecer en la mansión Kido.
–De cualquier manera, sea lo que sea que decidas, sabes que está es tu casa, Hyōga –dice Saori con afecto– Y también la de ellos –añade señalando discretamente con la cabeza a Seiya, quien está atacando la charola de los panecillos con especial entusiasmo, y a Shun, que lo mira sonriendo divertido ante su despreocupado desparpajo– Y puedes estar aquí todo el tiempo que gustes.
–Gracias, Saori –dice el rubio regalándole una enorme sonrisa.
–Por nada. Ahora será mejor que nos demos prisa o, como dice Seiya, llegaremos tarde.
El sol está brillando con fuerza en el punto más alto del cielo, y en la distancia se escucha el trino sereno de las gaviotas, el murmullo del mar, y el ruido de los autos que circulan sobre la gran avenida que está justo enfrente del orfanato "Hijos de las Estrellas".
De pie ante la reja principal del edificio, Shun, Hyōga, Saori, Seiya y Tatsumi (quien lleva entre sus brazos una enorme canasta cargada de fruta y varias bolsitas de papel llenas de dulces) contemplan en silencio el patio vacio.
–Ha pasado casi un mes pero parece que fue ayer cuando estuvimos de pie justo aquí –dice Shun mirando a la distancia el elevado techo de la capilla que corona el orfanato. Como siempre su voz es suave y muy serena pero esta vez, igual que siempre que habla sobre cuánto echa de menos la cercanía de su hermano Ikki cuando éste no está con ellos, un marcado tinte de nostalgia se nota en su tono– Creí que no volveríamos a ver este lugar.
Hyōga, quien está de pie junto a él y no le ha quitado los ojos de encima, de inmediato coloca la mano derecha sobre su hombro para confortarlo. Al sentirlo Shun gira la cabeza y se encuentra con una sonrisa comprensiva.
–Entiendo lo que sientes, Shun. Aquel día yo también lo pensé así por un momento… Todos pensamos que la batalla contra los caballeros dorados que nos aguardaba en el Santuario sería sangrienta y mortal, mucho más que todas las batallas que habíamos peleado hasta entonces, y sabíamos que era muy probable que ninguno de nosotros sobreviviría a ella. Pero por la gracia de Athena estamos vivos, y yo…
Con los ojos clavados intensamente en la mirada verde esmeralda, la voz del ruso titubea como queriendo añadir algo más. Hyōga deja escapar el aire y pausa mirando a Saori con sumo respeto. La encarnación de Athena le sonríe con benevolencia y asiente ligeramente dándole su venia para que continúe hablando.
–… yo, más que por la gracia de nuestra diosa, estoy vivo gracias a lo que tú hiciste por mí en la casa de Libra.
Shun no sabe qué decir porque el intenso agradecimiento que titila en los grandes ojos de Hyōga lo deja sin palabras (eso, y un algo profundo y arrebatador que brilla en el azul celeste, algo que Shun no logra descifrar pero que hace que su corazón amenace con comenzar a latir desbocado). Y es que ya antes su amigo le había agradecido por devolverlo al mundo de los vivos cuando lo encontraron atrapado en el ataúd de hielo hecho por Camus, pero nunca lo había hecho colocando su gesto por encima de lo que la propia Athena había hecho al restaurarlos a todos en su paso por las doce casas hacía la Cámara del Patriarca.
Encima, todos, incluyendo la propia Saori, miran a Shun con admiración y respeto. El joven de cabellos esmeralda, sorprendido ante ello y no acostumbrado a ser el centro de atención, solo atina a sonreír con cierta timidez (deseando con todas sus fuerzas que el loco latir de su corazón provocado por la arrebatadora mirada de Hyōga se apacigüe pronto).
–Todos ustedes pelearon valientemente, queridos caballeros –dice Saori, cruzando ambas manos sobre el plisado de la falda de su vestido color violeta mientras inclina la cabeza hacia ellos en muestra de agradecimiento y respeto– Por eso ahora es justo que disfruten de este periodo de paz sin pensar en los pasados sinsabores.
–Saori tiene razón –agrega Seiya– No tenemos porque ponernos nostálgicos, amigos.
Despreocupadamente, el joven Pegaso se gira hacia Tatsumi y saca la mano derecha del bolsillo de sus eternos jeans para tomar una gran manzana roja de la canasta.
–¡Ahora que tenemos la oportunidad es momento de disfrutar de la vida! – exclama, dándole una voraz mordida.
Hyōga ríe al mirar el gesto reprobatorio de Tatsumi y le lanza una mirada divertida a Shun, quien también sonríe meneando la cabeza con suavidad. Seiya sigue devorando la manzana con especial entusiasmo.
–¡Aaarrggg, muchacho insolente y glotón! –explota al fin indignado Tatsumi ante el comportamiento desenfadado del moreno– ¡Tendrás que reponer esa manzana! Estos regalos no son…
–¡Basta, Tatsumi!
–Pero, mi Señora, él…
El resto de las palabras del malhumorado mayordomo quedan ahogadas por el repentino y sonoro repiqueteo de la campana de la capilla que anuncia el periodo de descanso del medio día. Cuando las puertas del edificio principal se abren de par en par un montón de niños y niñas salen corriendo llenando el patio con sus gritos alegres y sus risas. Al verlos la sonrisa de Seiya se ensancha y sus grandes ojos marrones brillan emocionados. Sin perder tiempo salta sobre la reja y corre hacía los niños llamándolos a gritos.
–¡Miren, es Seiya! –grita Makoto con su pequeña y emocionada voz a todos sus compañeritos cuando reconoce al joven Pegaso.
De inmediato todas las cabecitas se giran hacia él y en un segundo Seiya se ve rodeado por todos los niños.
–¡Miho tienes que venir a ver esto! –llama emocionado el pequeño Akira– ¡Seiya ha vuelto!
Saori, seguida por Shun, Hyōga y Tatsumi, atraviesan la reja en el preciso momento en el que Miho, la joven maestra de los niños del orfanato, aparece junto a la puerta principal del edificio.
–Seiya –susurra la chica casi sin voz. Sus grandes ojos mirando al joven moreno como si contemplaran una visión imposible.
–Hola, Miho –saluda Seiya con voz suave, sonriéndole y mirándola directamente a los ojos. Luego, en un tono todavía más suave, casi íntimo, pregunta:– ¿Cómo estás?
Sin siquiera darse cuenta, la sorprendida y conmovida chica deja caer a un lado las piezas de un puzzle de madera que lleva en las manos y empieza a caminar apresuradamente hacia él, abriéndose paso entre el corro de niños.
–Regresaste…
Se miran frente a frente, en silencio, mientras una lágrima tras otra resbala por las blancas mejillas de la joven.
–Te prometí que lo haría –responde el joven Pegaso en un susurro afectuoso, retirando con su dedo índice las lágrimas que siguen cayendo.
Entretanto Saori, Hyōga, Shun y Tatsumi son rodeados por todos los niños mientras observan conmovidos el tierno reencuentro.
–Buenos días a todos –saluda otra suave y femenina voz que proviene desde el área donde se encuentra la puerta principal del orfanato.
Hyōga gira la cabeza de inmediato ante el conocido timbre y su sorprendida mirada se queda fija en los grandes y negros ojos de Erii Aizawa.
–Hola, Hyōga –saluda la joven de cabellos dorados. Entre sus brazos lleva las piezas de madera que Miho había dejado caer y no hace por apartarse del umbral de la puerta, pero mira fijamente al ruso regalándole su más bella sonrisa– Bienvenidos sean.
Además de Hyōga, también Saori, Seiya y Shun la contemplan con los ojos llenos de asombro.
Erii Aizawa, quien antaño trabajara en el orfanato como maestra junto a Miho, había resultado ser elegida por la mismísima Eris, diosa de la Discordia, para que su cuerpo le sirviera de huésped en su propósito de recuperar su propio cuerpo absorbiendo para ello la energía vital de una cautiva Athena, y así convertir la Tierra en un lugar lleno de caos, odio, amargura y destrucción.
Al final de la cruenta batalla librada contra la diosa Eris y sus Caballeros Fantasma en la Isla de Hokkaido, Erii fue rescatada junto con Athena, pues, luego de que la despiadada Eris abandonara el cuerpo de la joven creyéndose lo suficientemente fuerte para tener el suyo propio, la maligna diosa terminó siendo destruida por la flecha de Sagitario que Seiya disparó contra ella y contra la manzana dorada que representaba su esencia vital.
Después de tales acontecimientos, Erii Aizawa desapareció de la noche a la mañana y ni siquiera Miho pudo saber a dónde se había marchado.
Pero ahora ha vuelto. Y tanto Saori como Seiya y, muy especialmente, Hyōga y Shun se preguntan por qué.
De pie a un lado de la puerta corrediza de cristal, con la rubia cabellera recogida tal como antaño, y vistiendo un bonito y sencillo vestido color verde manzana, Erii los mira luciendo ligeramente tímida pero sonriente. Particularmente, le sonríe a Hyōga. Al darse cuenta de ello, Shun deja de preguntarse si la vuelta de la joven será venturosa o no, pues de inmediato siente su corazón estrujado y dolorido cuando recuerda claramente la profunda e intensa simpatía que había surgido entre Hyōga y Erii en el pasado.
–Erii volvió hace un par de semanas –explica Miho, yendo a colocarse a un lado de la rubia para ayudarla con el montón de piezas de madera que lleva entre los brazos– Y de inmediato quiso reincorporarse a su antiguo puesto.
–Espero que no haya ningún inconveniente de su parte, señorita Kido –dice Erii, haciendo una sentida reverencia ante Saori– Entendería si lo hubiera, por supuesto…, dados mis antecedentes.
Saori observa la suave reverencia de la joven con una expresión por demás meditativa. Luego, después de un momento, sonríe levemente.
–Desde luego que no hay problema alguno, Erii –le asegura con un tono suave y sereno– Para mí y para la Fundación Graude, que auspicia este orfanato, es un placer tenerte de nuevo con nosotros. Siéntete bienvenida.
–Muchas gracias, señorita Kido.
–Hyōga… –dice Saori dirigiéndose al rubio, causándole un evidente espasmo de sorpresa con su repentino llamado–, ¿te gustaría charlar un rato con Erii mientras nosotros distribuimos entre los niños los regalos que hemos traído?
–Eh… Sí…, desde luego, Saori.
En un gesto de caballerosidad, Hyōga extiende su mano derecha hacía Erii, quien la toma mientras su bella sonrisa vuelve a hacerse evidente. Luego, juntos, caminan hacia una banca de madera que se encuentra debajo de un frondoso árbol situado en el costado izquierdo del gran patio de juegos.
–Shun, ven con nosotros –pide Saori con voz muy suave, mirando que el joven de cabellos esmeralda se ha quedado estático observándolos.
–Ah…, sí, enseguida.
Sin decir nada más, Shun se acerca a la gran mesa que Seiya y Miho han sacado del edificio y sobre la que Tatsumi ha colocado varias canastas rebosantes de fruta, así como varias bolsitas de papel llenas de dulces, y se une a ellos tratando de ignorar esa punzante sensación en el centro de su pecho que causa que su corazón se contraiga dolorosamente. Esforzándose por sonreír como siempre, acaricia con ternura varias de las cabecitas que se arremolinan en torno suyo, y comienza a repartir regalos de fruta y dulces entre los pequeñitos que lo miran con ojos emocionados y le sonríen felices.
Saori, mientras tanto, mira por un momento a Hyōga y Erii, quienes al parecer conversan animadamente, y a continuación se vuelve para mirar a Shun.
"Sé lo que sientes por él, Shun. Perdóname por hacerte esto, pero... es necesario" piensa Saori para sí.
Luego, sin más, también se acerca a la gran mesa, y otro grupito de niños la rodean de inmediato como abejitas a un panal de miel.
Como se han podido dar cuenta he introducido aquí parte del argumento de la película "Los caballeros del Zodiaco: la leyenda de la manzana de oro" (en España), o "Los caballeros del Zodiaco y la reencarnación de Ellis, diosa de la guerra" (en Hispanoamérica) Por cierto, la traducción de este titulo no me convence. Para empezar, no es Ellis, sino Eris. Y no es diosa de la guerra, sino de la discordia. Pero, en fin, ya sabemos que a veces las traducciones chafean.
Sé que lo ocurrido en esta película no es parte del argumento de la serie de Saint Seiya como tal, pero a mí me latió muchísimo echar mano de ella (sirve para mis fines, mwajajajaja).
