MIKASA
No sé qué me molestaba más de todo aquello: el hecho de llevar vestido o de tocar el piano. Dimo, el dueño del club, desempolvó el viejo piano de cola en cuanto se enteró de mis pocos conocimientos sobre dicho instrumento. Un viejo amigo me daba lecciones cuando vivía en Mánchester; a las dos semanas ya tocaba el Canon de Pachelbel.
Edward Reeves, Dimo para los amigos, se frotó las manos al conocer mis cualidades. «¡Estupendo! Tengo que sacarle partido a tus habilidades, que no son pocas. Así que estudiaste en la Universidad de Manchester, sabes tocar la guitarra, el violín y... ¡el piano! ¡Espléndido, espléndido! Tú y yo nos vamos a llevar muy bien, Mikasa». Dimo me pareció un oportunista inmisericorde, un hombrecillo capaz de subastar su alma ante una comitiva de demonios si el precio era bueno. Llevaba trajes viejos que le marcaban los michelines, fumaba como un carretero y se quejaba de su alopecia. A menudo hablaba de su frustración. «Me hubiera gustado saber tocar algo..., aunque fuera una flauta. Pero soy un negado, de verdad. Ni la pandereta se me da bien. Mi madre era pianista, ¿sabes? Amaba a Beethoven y a Chopin, me dormía escuchando sus nocturnos. Pero yo no tengo dotes de músico. Soy un hombre de negocios».
Como digo, me contrató y me dio los horarios de los artistas que tenía en nómina. A mí me había encasillado en el miércoles, a partir de las nueve y media. Vivir de la música es complicado: o te mueres de hambre o te haces millonario con un hit. Es un mundillo extremista. Después de mi último despido, pensé que no saldría del paro, así que el trabajo en el Empíreo me parecía un milagro. Mi debut no fue malo, pero he de admitir que mi actuación más aplaudida fue idea de Dimo.
Llorando y escuchando canciones de Nina Simone, me hizo una oferta que no podía rechazar. «¿Podrías tocar Sinnerman? Tocas tan bien, y tienes una voz de oro... Fue la última canción que interpretó mi madre, ¿sabes? Se la dedicó a mi padre. Al día siguiente, estiró la pata. Si la tocas, te daré un dinerillo extra, ¿qué me dices? Tiene que ser en el piano, por supuesto» No podía rechazarlo, aunque me disgustaba separarme de mi guitarra. El dinero era una de mis preocupaciones, Dimo no me pagaba una fortuna. Si podía añadir un poco más al sueldo fijo, estaría agradecida.
—Ah, y ponte esto. Te quedará perfecto y cobrarás más. Dios, parece que esté viendo a mi madre...
La otra petición de Dimo era que llevara un vestido negro. No niego que era elegante y bonito, pero no me sentía cómoda en un vestido desde hacía años. La paga será buena, me repetía. A veces hay que hacer sacrificios para comer caliente y pagar las facturas. La casera me fió una vez, pero me daba vergüenza retrasarme en el pago. No podía dejar escapar el dinero.
Dimo había consumido ya su paquete de Camel. Echaba humo hasta por las orejas.
—Muchacha, sé que no soy la persona adecuada para hablar de música —empezó con cierta solemnidad—, pero déjame decirte algo: esa canción tienes que cantarla con el alma. No hay otra manera. Piensa en algo que te afecte, ¿me entiendes?
Sentada en la banqueta, frente a unas teclas amarillentas y un público expectante, suspiré y procedí a tocar. Con el alma, había dicho Dimo. Me puse a pensar en las calamidades de mi vida, en algo que me tiñera la voz y la cara de dolor. Había algo que me podía hacer llorar.
So I run to the river
It was bleedin' I run to the sea
It was bleedin' I run to the sea
It was bleedin'
All on that day
La amalgama de aflicción y rabia domeñó las notas que escapaban de mi garganta.
So I run to the lord
Please help me lord
Don't you see me prayin'?
Don't you see me down here prayin'?
El Señor no vino en mi ayuda aquel día. Hubo sangre, violencia y humillación. Y el Diablo no tengo claro donde estaba: si ante mí o en su trono infernal.
So I ran to the devil
He was waiting
I ran to the devil, he was waiting
I ran to the devil, he was waiting
All on that day
Dimo Reeves estaba llorando como un descosido en el camerino, limpiándose las lágrimas con kleénex y mirando una foto de su finada madre.
—Hacía años que no lloraba de esta manera. Me siento muy triste y muy feliz al mismo tiempo. Que sepas que me ha llegado, ¿vale? Te has ganado un buen aguinaldo...
¡Bien! Dimo salió del camerino emocionado. «Damas y caballeros: Mikasa Ackerman, todos los miércoles en el Empíreo», lo escuché decir. Aproveché la soledad para cambiarme de ropa. La interpretación había salido de fábula y el extra estaba asegurado. Me tumbé en un sofá apolillado y sentí morriña por Inglaterra.
La bruma que envolvía Mánchester, que hasta aquel momento no había sido más que un recuerdo lejano, se disipó y volví a ver la ciudad con nitidez. Era demasiado doloroso. Hay heridas que nunca sanan, por eso fui a París. Francia era un reinicio, una vía de escape. Sinnerman había hurgado en la llaga. A veces se hinchaba el flemón que atormentaba a mi alma, y sentía la necesidad imperiosa de llorar. Llorar sin más, sin contención, sin consuelo. No sé si soy una sentimental o una neurótica. Aparentaba lo segundo y escondía lo primero.
De pequeña, mi abuelo me dijo que había nacido con la capacidad de que todo me refanfinflara. Otros opinaban que era agradable y calmada, o seria pero imprudente. Aquella paradoja se esforzaba en regir mi vida; sin embargo, lo cierto es que mi abuelo tenía más razón que un santo: todo me importaba tres cojones. Creo que es porque me destetaron pronto, por eso comprendí la terrible realidad: nos preocupamos demasiado. La vida es una fulana que te mima un poco y después te abandona, ¿para qué vamos a devanarnos los sesos? Era el dinero, por supuesto, lo que sostenía aquella filosofía mía. En París, donde no tenía ni un chavo, las preocupaciones estaban a flor de piel. No obstante, todavía habían vestigios de la vieja Mikasa en mí: cuando un músico es pobre y despreocupado se convierte en un bohemio. La primera en ponerme la etiqueta fue Sasha.
Rezumar alegría, alegría en estado puro y completamente sincera, es algo que muy pocos pueden hacer. Tal era el caso de Sasha Braus. Contaba doce años cuando la conocí. Sasha iba saltando por la vida, balanceando su coleta de caballo de un lado a otro y, de repente, se percató de un ultraje espantoso contra su persona: le habían robado el almuerzo. Sasha era una persona fiel al histrionismo infantil, así que se echó a llorar, a patalear y a decir que moriría de hambre. No sé si fue la vergüenza ajena, el altruismo o la pena que me inspiraba aquella chiquilla, pero me acerqué y le ofrecí mi bocadillo. Así nació nuestra amistad.
La llamaba con asiduidad desde la capital gala. Ella me decía que estaba muy aburrida. «¿Y qué tal por ahí? Tía, no es por nada, pero tienes unas pintas... Pareces una bohemia, una hippie. Bueno, si vuelves a Inglaterra, acuérdate de traerme un suvenir». La gran pasión de Sasha era la comida; le gustaba cocinar y comer, comer y cocinar, y repetir, y hablar con la boca llena y llenar de migajas a su interlocutor. «Comer es un placer», decía. «La comida es vida», aseguraba. Ingresó a una escuela de cocina y, a los veintitrés, ya tenía un restaurante en Cross Street. Confieso que su peculiar ideología me cautivó durante un tiempo: engordé cinco kilos. Sasha tenía un metabolismo singular, no engordaba; en cambio, yo no tenía tanta suerte.
Me levanté del sofá y me acerqué al espejo, que me devolvió la imagen de una mujer de veintiocho años que no tenía un trabajo estable y malvivía como podía: el eslabón perdido.
Escuché unos pasos tras de mí. Pensé que sería Dimo, que venía a darme unos eurillos, pero me equivocaba. Un desconocido había atravesado la bambalina.
—¿Quién eres tú? —La voz me salió con algo de molestia.
—Tu mayor fan. —El tipo se acercó con una sonrisa de oreja a oreja mientras se toqueteaba las solapas de la camisa—. ¡Qué voz, qué talento! Tengo una habitación en el Bristol. ¿Tocarías para mí?
El descarado tenía la tez morena y unos ojos grandes y turquesas, aunque tiraban más al color verde. Sus efluvios de perfume caro me inundaron las narices. Olía muy bien, el sinvergüenza. Era esbelto, y el traje que llevaba contribuía a acentuar su atractivo. No tardé demasiado en comprender que era un golfo, y que claramente quería que hiciera de todo menos tocar el piano para él. Solía ignorar a los tíos que intentaban ligar conmigo, pero esta vez tenía que plantarle cara.
Pierre, el camarero, apareció.
—Señor, no puede estar aquí.
Pero aquel tipo no parecía acostumbrado a que le negaran nada.
—No pasa nada, Pierre. —Ni corta ni perezosa, me di la vuelta y firmé un pósit que tenía sobre el tocador—. Es un fan, nada más.
Le pegué el pósit en toda la frente y... me marché tan campante.
ooo
Estaba leyendo La Sombra del Viento tranquilamente, enfrascada en una lectura apasionante que me llevaba de la mano por la Barcelona de mediados del siglo XX. La narrativa de Zafón me inspiraba demasiado; ese hombre está compuesto de palabras y se derrama sobre las hojas con una esencia poética y sublime. Leer era mi pasatiempo predilecto. De hecho, era el único. Donde esté una buena novela, que se quite todo lo demás. Me había propuesto acabar en dos semanas con la saga estrella de Zafón, El Cementerio de los Libros Olvidados, y el primer libro me estaba resultando fascinante.
Habría terminado la novela aquella misma tarde si mi casera no me hubiera telefoneado. Me reclamaba para asuntos importantes, así que no dudé en descolgar.
Mi casera, Carla, era una mujer entrada en carnes, pero con una sonrisa absolutamente jovial y una dulzura tremenda. Era propietaria de un edificio de tres plantas cerca del boulevard de Clichy; en la de arriba vivía yo, en la intermedia vivía ella y en la primera estaba su panadería. Era un alma caritativa. Me decía que no me preocupara por los retrasos en los pagos y, a menudo, me daba baguettes o dulces. «Es una alegría tener a alguien joven viviendo aquí», decía. Carla, que no tenía familia conocida, me parecía una persona excelente.
—Mikasa, siento molestarte. —Percibí un leve temblor en su voz—. He tenido un accidente de camino al cementerio. ¿Puedes venir al hospital Saint-Antoine?
Me levanté de un brinco.
—¡Por Dios, Carla! Voy ahora mismo. —Alcancé una chaqueta mientras mantenía el móvil entre la oreja y el hombro—. Dime que estás bien.
—No te preocupes, no ha sido demasiado grave, pero los médicos insisten en mantenerme ingresada. Yo les he dicho que tengo un negocio que atender, pero...
—¡Pero nada! —exclamé. Cogí las llaves de la moto—. Haz lo que te diga el médico. En diez minutos estoy ahí.
No utilizaba la Katana casi nunca. Me gustaba ir a pie o coger el autobús, París exige que se ande por sus calles. Aquella urgencia me hizo ir a todo pistón, saltarme un par de semáforos. Podría haberme dado un piñazo, pero no me importaba. Estaba preocupada, Carla se podría haber matado mientras yo leía. La hostia. Resoplé de alivio cuando llegué y comprobé que no era nada grave.
—Carla, no puedes irte aún. Tenemos que hacerte algunas pruebas. Has dicho que se te ha nublado la vista y has visto doble. Pueden ser síntomas de cataratas.
—Ay, Keith, es falta de sueño, te lo digo yo, que conozco bien mi cuerpo.
Mi casera estaba sentada en una camilla, con una tirita encima de la ceja derecha. No se había hecho nada. De joven debió ser una belleza, con ese cabello castaño recogido en una trenza sobre el hombro y los ojos grandes y resplandecientes. El accidente no había afectado su vigor, pues parecía repuesta e insistía en marcharse.
—Por Dios, Carla, escucha al doctor —tercié al arrimarme.
El doctor era calvo y moreno. Sus patas de gallo lo situaban entre los cincuenta y los sesenta y tenía una perilla bien cuidada-
—¿Es usted la amiga de Carla? Yo soy el doctor Keith Shadis. Encantado de conocerla.
Le estreché la mano y me presenté.
—Keith se ha vuelto muy dramático con los años —añadió Carla.
—Como médico, tengo que preocuparme por mis pacientes. Tú eres mi paciente y, además, una vieja amiga. Así que estate quietecita, mujer.
Más tarde supe que Carla y Keith eran amigos de la infancia. Me percaté del brillo en los ojos malhumorados del doctor al mirar a mi casera, y me pregunté si tal vez aquellos dos tenían una historia detrás.
—No puedo quedarme, tengo una panadería que me necesita. —Carla era rotunda.
—Mira, Carla, no te lo repetiré: pueden ser cataratas. ¿Sabes que puedes quedarte ciega? Es un milagro que hayas salido ilesa. Si dejo que te vayas, me arriesgo a que te ocurra algo peor.
—Haz caso —conminé—. ¿Cómo vas a hornear estando ciega? Serán sólo unos días, Carla. El doctor Shadis se ocupará de ti y te dejará como nueva. Si lo que te preocupa es la panadería, Nicolo se hará cargo. Yo le echaré una mano de ser necesario.
—Nicolo no puede hacerlo todo y tú tienes que trabajar en el club —replicó mi casera.
—Carla, escúchame. —La voz del doctor Shadis era demandante—. No voy a dejar que te vayas en este estado. Tú eres atascada, pero yo lo soy aún más. Hazme caso por una vez en la vida, por favor. Una vez dejé de insistirte, y no sabes cuánto me arrepiento.
Se sostuvieron la mirada durante unos segundos, en silencio. Me pareció que Keith había tocado un asunto muy delicado. Carla acabó suspirando y cerró los ojos.
—Está bien. Supongo que ya estoy vieja, ¿verdad? —Me miró y me tendió un manojo de llaves—. Dile a Nicolo que se haga cargo de todo. Si lo ayudas, te pagaré algo. Y ahora vamos al lío, Keith.
ooo
Nicolo se las apañaba bastante bien. Era trabajador como las hormigas. Al contrario que Carla, no soportaba a los plomos que se dejaban caer por la tienda y los despachaba en lo que dura un cubito en una sauna. Nicolo preparaba unas comidas de rechupete. Mantenía la esperanza de que llamara a mi puerta y me invitara, pero no sucedió. Me saludaba si me veía y pasaba de mí olímpicamente. No debía tener más de diecinueve años y Carla lo había contratado hacía uno. Mi casera le había preguntado que por qué no seguía los estudios, pero Nicolo no soltaba prenda. Era sucinto. La hija del zapatero coqueteaba con él, a lo que el pobre chaval respondía encogiéndose de hombros o dando largas. Qué risa. He de admitir que lo pasé pipa viendo a la muchacha desquiciarse.
El martes, como era de esperarse, tampoco me invitó a probar una de esas recetas suyas. No bebo con frecuencia, pero aquel día me apetecía un lingotazo y una comida decente. Comía a base de frituras y bocadillos; mi partida de Inglaterra supuso un golpe devastador para mi alimentación. De pronto me sentí deprimida. Cogí mi guitarra —para no sentirme tan sola— y salí de la casa.
Pasé por la panadería y vi a Nicolo limpiándose los dientes con un palillo. Ese cabrón...
—Hola —saludó.
Le respondí levantando la barbilla en su dirección y desaparecí tan rápida como pude, como si tuviera que hacer algo que ameritara semejante prisa. Lo cierto es que el hambre me daba patadas en el estómago. Podría presentarme en algún restaurante pijo y ofrecer mis servicios musicales a cambio de un poco de solomillo caro, cordero o algo así.
Sin comerlo ni beberlo me metí en un lío importante. No hay mejor oportunidad para tropezarse con alguien que al girar una esquina. Si hubiera caído, el hambre no me habría permitido levantarme. El tío con el que choqué era el cliente golfo. El mundo es un pañuelo, de verdad.
—Perdona —se disculpó y guardó su móvil. Me reconoció—. Espera un momento, tú eres...
—Eres el cliente de la otra noche. —Suspiré y maldije mi suerte. Aquel golfales casi me provoca un infarto al colarse en el camerino.
—¡Qué casualidad! Soy Eren, el tío al que le pegaste el pósit.
Me vi obligada a darle la mano y continué mi camino. El descarado revoloteaba a mi alrededor. Empecé a mosquearme. No podía soportar el hambre y a él simultáneamente. Insistía en invitarme a tomar algo, aunque fuera un café. Que me hablara de comida no ayudaba en nada, pero no pensaba rebajarme y aceptar. Estaba famélica y corta de dinero; sin embargo, mi orgullo estaba primero. Además, el tío quería tema, se le notaba en la cara. He conocido a muchos tipos así en mi vida. Una tiene que hacer lo posible por ignorarlos y, en caso extremo, darle un telefonazo a la policía. Me dio la vara por el boulevard de Clichy hasta que, a unos metros del Moulin Rouge, me harté.
—Escucha, sé qué estás intentando, pero no lo vas a lograr, así que deja de seguirme. ¿Me estás oyendo?
Pero no me prestaba atención. Eren miraba a un vejete con pinta de tener malas pulgas. Tragué saliva cuando dos gorilas con sonrisas malignas emprendieron el camino hacia nosotros. El golfo me agarró de la mano y me instó a salir pitando de allí.
—¡A correr!
—¡Eh! —berreé—. ¡Suéltame!
Ya estaba en mitad de una carrera que no me tocaba correr. Eren giró la cabeza y me miró con ojos de miedo.
—¡Te han visto conmigo, así que ese viejo te ha fichado! —advirtió. Se percató de que los perseguidores no se rendían—. ¡Ay, Dios mío!
—¡Me has metido en un lío!
Unos dedos invisibles estrujaron mis tripas. No sé cuánto corrimos. Eren decía que iban a matarnos. No sabía si aquello era una estrategia para llevarme al huerto. Los dos gorilas no desistían. Me daba la sensación de que aquello era real. ¡Lo que me faltaba! Salí a llenarme el estómago y acabé en una carrera por mi vida. Todo puede pasar en París. El caso es que empezaba a marearme y las piernas me pedían un descanso.
En Inglaterra picoteaba entre horas y me preparaban buenos platos. No había tocado una sartén hasta que llegué a París, y resultó que era una cafre para las artes culinarias. La comida es vida. Comer es un placer. Y mientras, el puto Nicolo se sacaba la mierda de entre los dientes y no era capaz de invitar a la inquilina de su jefa. Sasha estaría metiéndose un chuletón entre pecho y espalda. ¡Qué puñetas! Cruzaría el canal de Mancha a nado con tal de zamparme... unas patatitas con pescado.
—Me muero. —Estaba jadeando como una perra desnutrida a pleno sol veraniego.
—Si nos cogen, nos partirán la crisma.
Les dimos esquinazo en la rue Véron. Me apoyé en una pared y miré al cielo. Algodones de azúcar blancos sobre sirope azul. Joder. Eren se abanicó con la mano y se echó el pelo hacia atrás. Seguro que había comido caviar, el sinvergüenza.
—Eres un... un... —No me salían las palabras. Se me había juntado todo: hambre, sed, fosca, cansancio y el peso de la guitarra. Necesitaba una copa con urgencia.
El golfo carraspeó, se llevó una mano al pecho y respiró hondo. Se sacó un Ventolin del bolsillo, se lo puso en la boca e inhaló. Aquel capullo era una caja de sorpresas: querían matarlo y era asmático.
Yo estaba para morirme. No quería diñarla en plena calle; la gente debería espicharla en casa mientras algún ser querido le dice que todo estará bien. La autopsia sería aún más patética. Me imaginé a un pobre forense dictaminando la causa: hambre, cansancio e incipiente insolación. Después me echarían el alboroque y dirían: ¡Qué buena persona era, la pobre desgraciada! Todos los fiambres eran buenas personas, es algo que nunca entenderé. Por ejemplo, mi tío abuelo falleció cuando yo tenía nueve años. La familia entera lo lloraba mientras hacían hincapié en su bondad. La verdad es que mi tío abuelo era un hijoputa y nada más. El típico viejo verde que fijaba las pupilas en el culo de cualquier jovencita y se relamía. Asqueroso. Era de utilidad para sus hijos y nietos, que le hacían la pelota y lo sableaban cada dos por tres. Según sé, dedicó sus últimas palabras a su prole: «No he tenido hijos, he tenido hijos de puta».
Definitivamente, yo moriría si no comía.
—Menuda maratón. —La preocupación de Eren había desaparecido. Hablaba con guasa—. ¡Ese cabrón pesetero de Zackly! Bueno, bueno, que le jodan. ¿Qué, vamos a un restaurante de por aquí? Todavía no he comido.
—Si insistes.
No me quedó más remedio que doblar la cerviz y aceptar la invitación. ¡Si quería darme de comer, adelante! El menda era rico. Si vendiera los anillos que llevaba, podría comprarle el edificio entero a Carla y vivir como una marquesa durante unos cuantos meses. Seguro que el traje era de Prada. De repente me pareció perfecta la idea de llenarme la panza a costa de un ricachón. Después, si Dios quería, nos despediríamos cordialmente y sólo tendría que verlo en el club, si es que se dejaba caer por allí.
Si deseaba convidarme, no se lo impediría...
—Conozco un italiano por aquí cerca. Tiene un menú fabuloso, para chuparse los dedos. Podemos comer y hablar un rato.
«Hablar un rato», pensé. Me propondría acompañarlo a su agujero o alguna indecencia de ese estilo. No me importó; después de todo, simplemente tenía que rechazarlo. Otra vez. Llegamos al restaurante y un hombrecillo simpaticón nos recibió. Era italiano, sin duda, y sus bigotes eran idénticos a los de Dalí.
—Pide lo que quieras —me conminó Eren.
Y eso hice. Me eché al coleto todos los platillos que me sirvieron. Pizza, lasaña, canalones, bruschetta. No me corté ni un pelo. Una no se da un banquete así todos los días. Eren decía que comiera más despacio, que me iba a atragantar, y que si patatín y que si patatán. Sonrió cuando pedí Anjou. Se notaba que le gustaba pimplar. Me contó que en Alemania lo llamaban Eren Jägermeister. En respuesta, le comenté que yo llevaba un año y medio de abstención. Le pareció horroroso.
—No eres francesa, ¿verdad? —preguntó—. Tienes acento inglés y rasgos asiáticos.
—Soy inglesa, de Mánchester. Y los rasgos asiáticos son herencia de mi madre, que era japonesa. Pero me considero francesa de adopción.
Habíamos entrado en confianza. Eren rió y se trincó una copa de vino.
—¡Si hasta tenemos cosas en común! Yo también me considero francés. Dime, ¿por qué viniste aquí? Si no es de luna de miel o por Disneyland, debe ser un motivo muy profundo.
—La verdad es que sí. —Me notaba un poco borracha—. Es una mierda muy desagradable. No te lo voy a contar, eh. Es que no me gusta hablar de ello. Y menos contigo.
—Touché.
Me estaba poniendo borracha, y cuando me pongo borracha me vuelvo sensiblera. Para más inri, el tío había tocado un tema tabú. La razón que me llevó a París es algo que, a día de hoy, desearía borrar de mi memoria.
—Pues yo estoy buscando a mi madre —reveló Eren—. Es una mierda muy triste. Un drama de novela, en serio.
—Pensaba que estabas aquí por el folleteo.
—Bueno, sí, también. Me encanta París; hay arte, mujeres guapas, amigos... Me siento como en casa. Y cuando pienso que mi madre está aquí, en alguna parte, sé que estoy en casa. Aunque no la conozca... sé que... me quiere.
Eren miraba al vacío mientras hablaba. Al parecer, cargaba un pasado a cuestas. Se camuflaba tras la careta de pillo, pero había algo que lo martirizaba. Imaginé que se sintió eufórico al trasladarse a París, como si una nueva y dichosa vida se abriera ante él. Yo sentí exactamente lo mismo cuando llegué hace siete años.
—Así que el golfillo no es más que un cachorro en busca de su madre —apostillé. Luego, decidí aportar mi granito de arena—. Yo huí de Mánchester, por eso estoy aquí.
No dije nada más. Ese era mi límite con respecto al tema. Eren no quiso indagar.
—Bueno, bueno, ¿y si te vienes conmigo? Podemos divertirnos, pillar una buena cogorza y...
—No voy a follar contigo.
Aquello le hizo una gracia espantosa.
—Joder, ya veo que no hay manera. Eres una de esas solteras que se comportan como casadas.
—Soy una monja que no quiere romper sus votos.
Volvió a reírse.
—Me gustan las mujeres que se acuestan conmigo, pero también las que tienen pasado e ingenio. Dame tu número, al menos... ¿No? Bueno, toma el mío.
Acabé añadiéndolo a mis contactos. No descartaba la posibilidad de llamarlo si quería darme una comilona. Confieso que el golfo me había caído bien, era más reflexivo de lo que aparentaba.
—Y te aseguro —Me señaló con un dedo— que algún día te acostarás conmigo. Es más, serás tú quien me lo pida. —Sonrió con altivez. Después se retrepó en la silla como un niño—. ¿Tocas hoy?
—Todos los miércoles a partir de las nueve, en el Empíreo. Un show imperdible, damas y caballeros —parafraseé a Dimo.
—Eh, si yo sé que te va el pitorreo, Miki. —Se mofó.
Miki, ni más ni menos. Eren te trataba como si fueras un amigo de toda la vida a pesar de haberte conocido cinco minutos atrás.
—Ya, lo que tú digas. Oye, ¿por qué ese viejo, el tal Zackly, quiere cortarte el pescuezo?
—Es una historia de engaño y pasión. —Se rellenó la copa y le dio un golpecito al vidrio—. Me acosté con su mujer en Las Vegas. Era una cubana pechugona, de esas que te manosean y te llaman papasito.
—A los hombres os encantan esas.
—Sí, no lo niego. El caso es que yo no sabía que era su mujer y me la camelé. Pensaba que era una jugadora más en busca del sueño americano, pero no, era la señora del dueño del casino: Darius Zackly. Nos pilló en el coche, ¿sabes? Bueno, sus monos nos pillaron. Que la tenía vigilado, el muy cerdo. Era ninfómana, aquella Pamela Anderson cubana. Qué mujer, de verdad. El caso es que mi amigo Connie y yo tuvimos que salir de la ciudad cagando leches.
Confirmé lo que ya sabía: Eren era un picaflor.
—¿Tengo que preocuparme por mi seguridad?
—No, no creo —respondió con seguridad—. Si nos hubieran trincado antes, sí que tendrías que preocuparte. Confío en que Zackly se olvide de mí. A fin de cuentas, su cubana le había puesto los cuernos a diestro y siniestro. Yo sólo fui uno más.
Continuamos hablando de trivialidades. El mundial, por ejemplo. El fútbol estaba en boca de todos: que si Alemania iba a ganar otra vez, que si España iba a llevarse la copa, que si Brasil tenía el campeonato en el bolsillo. Eren iba a muerte con los germanos. Marcaba todavía más su acento cuando hablaba de ello. Teutón tenía que ser. A mí me importaba un comino quien resultara campeón del mundo, pero solía apoyar el triunfo de los británicos.
Luego preguntó por mi guitarra y la miró con curiosidad.
—¿Por qué la llevas contigo?
—Es una costumbre.
La llevaba porque era la única pertenencia que había abandonado Reino Unido junto a mí. Porque, después de que Erwin Smith arruinara mi vida, me acompañó a París.
ooo
Hitch me llamó rebosante de entusiasmo y me invitó a su nuevo apartamento. «¡Marlo y yo estamos mejor que nuca!», aseguró, y yo me lo creí lo suficiente como para aceptar la invitación.
—¡Eres un cerdo! —dijo ella de un chillido—. Sólo me fijo en cabrones. ¿Dónde has estado? —Luego se volvió hacia mí, que estaba sentada en una mesa de la cocina—. Todos los hombres son cerdos, Mikasa. Todos.
—Cariño, relájate —Marlo trataba de serenarla—. Estaba en el bar tomándome una caña y un bocadillo.
Hitch dio una patada en el suelo y lo acribilló con la mirada.
—¡Una caña y un bocadillo! Esto es el colmo. Tú almorzando y yo aquí, enclaustrada. ¿Sabes qué? Se acabó. Necesito emborracharme.
Marlo intentó detenerla, pero las decisiones de Hitch son innegociables. «¡Cariño, por Dios! ¿Adónde vas a estas horas? Venga, que voy a hacer la comida, no hagas numeritos». Ella le largó un puntapié en el tobillo. «¡Cabrón!», le dijo, y se marchó.
—¡Qué mujer, qué mujer! —exclamó Marlo, saltando a la pata coja con un gesto de dolor.
Bostecé. Las discusiones de esos dos eran muy comunes; presurosas pero intensas. Consideré la pelea como un entremés. A Hitch le encantaba discutir, pero Marlo no era capaz de estar a la gresca todo el santo día. Era conciliador en extremo, un pacifista.
—Pues nada —terminó por decir Marlo—. Ya sabes cómo es esta mujer, cuando le da la neura... no hay quien la pare. Voy a preparar unas patatas asadas.
Hacia las cuatro de la tarde, volvió Hitch tambaleándose, borracha como una cuba, y se dejó caer en un sofá. No es que fuera una alcohólica, decía, pero necesitaba pasarse de copas de vez en cuando, para mantener el tipo. Su hígado estaba completamente sano, aunque no lo creáis. Bebía cerveza como quien respira. Marlo vivía con miedo. «Un día acabará con un coma etílico, ya verás. O me llamarán del depósito de cadáveres para que vaya a reconocerla».
Eructó y se incorporó, todavía babeando.
—Marlo —lloriqueó—, ¡Marlo!
—¿Qué?
—Eres un idiota. —Hitch parecía profusamente entristecida—. El mayor idiota que ha parido la humanidad, ¿lo sabías? Pero te quiero, subnormal, te quiero...
Me largué justo cuando empezaron a meterse mano. No se cortaban, aquellos dos. El sexo estaba flotando en el ambiente y yo no quería saber nada de sexo. Decidí regresar a casa y dormir una siesta de tres horas, hasta que tuviera hambre y me diera por cenar.
Me tumbé en la cama y desenfundé el móvil.
De: Jean Kirstein
Para: Mikasa Ackerman
¡Estoy en Francia!
¡Por Dios vivo! ¡Jean estaba en Francia! No sabía con qué cara mirarlo después de lo que pasó. Recordé la tarde en la que fui consciente de mi incapacidad. Sí, aquella tarde me temblaban las manos. «Mikasa, tranquila... No pasa nada, no pasa nada...», decía. Le dije que no podíamos repetir aquello, que era mejor dejarlo. Él se fue a España; un club de la capital madrileña lo había fichado, y era una oportunidad que no podía desaprovechar. Habían pasado dos años desde entonces.
De: Mikasa Ackerman
Para: Jean Kirstein
Ah, genial.
Lo envié. Me estaba dando una vergüenza espantosa; la memoria me torturaba, podía verme con nitidez durante aquel día, hacía dos años atrás.
—No puedo, no puedo —le decía yo.
No sé cómo, pero acabamos discutiendo.
—El problema no es lo que te ocurrió —soltó él, cabreado—, es que no quieres superarlo.
Me tapé la cara con la almohada y apreté, intentando asfixiar los recuerdos. Sabía que Jean tenía razón. Habían pasado nueve años, y no podía superarlo.
ooo
¡HOLAAAAAAAA!
He aquí el segundo capítulo de «París era una fiesta», narrado desde la perspectiva de Mikasa. Voy a ser sincera: no soy fanática de la alternancia de narradores, pero creo que es una buena idea emplear dicha técnica en esta historia. Ya veremos cómo sale. ¿Habrán más narradores? Puede ser.
Ahora, hablemos del capítulo. Tengo que destacar la aparición de Carla, la casera adorable y dicharachera . Creo que no hace falta decir el motivo. ¿Puede ser esta la Carla de Eren? ¿Qué pasó entre ella y Keith? Está muy relacionado con Eren. En fin, Ilse Langnar encontrará pronto el significado de «Shigansina».
Erwin es una figura importante en el pasado de Mikasa. ¿Qué ocurrió en Inglaterra? ¿Qué es lo que persigue a Mikasa desde hace nueve años?
Como veis, Mikasa es alguien que vive tranquilamente, visitando a algún amigo de vez en cuando (Marlo y Hitch xD). No está interesada en el romance ni en el sexo, en nada que no sea comer, dormir la siesta (viva España), leer. He querido dejar patente algo: echa de menos Manchester. Sabe que tiene cabos sueltos allí, pero es incapaz de resolverlo. No puede superarlo, como ha dicho al final. Aquello que le pasó, aquello que no le ha contado a Eren, es lo que determina su forma de ser, esa tranquilidad e impasibilidad que coquetea con la frialdad. Y, sin embargo, se preocupa por la gente que le importa (Carla y su accidente).
¡El buen Jean! Este chico es una de las pocas personas que sabe qué le ocurrió a Mikasa. Y quizá sea él quien tenga que revelarlo, porque ella se niega rotundamente a hablar de ello.
¡Nos vemos próximamente!
Reviews siempre son bienvenidos.
